En el fondo del abismo: La justicia infalible
Part 15
Mi amada tuvo entonces una recrudescencia de entusiasmo hacia mí y tuve que consolarla de las traiciones de que yo mismo era cómplice. Pero mi nuevo capricho era demasiado imperioso para que yo pudiera engañar por mucho tiempo á Lea. Todos los días me separaba más de ella; hasta que resolví jugar el todo por el todo para recobrar mi libertad. Para esto me hacía falta una suma importante, á fin de liquidar con Lea y dejarla con qué vivir por lo menos un año. No había que pensar en recurrir al crédito, pues le tenía agotado hacía mucho tiempo. No me quedaba más medio de salir del apuro que recurrir al juego y librar una batalla decisiva.
Reuní todo el dinero que tenía disponible, vendí mis últimas alhajas y algunos objetos de valor y me puse á tallar en el círculo durante dos noches, en las que llegué á ganar ciento ochenta mil francos, lo bastante para ponerme á flote durante algún tiempo. Pero no me dí por satisfecho y resuelto á violentar la suerte, me puse á tallar la tercer noche con todas mis ganancias delante de mí. Quería doblarlas para dar una suma importante á Lea, pagar mis deudas y realizar el proyecto que había formado de marcharme al extranjero. El momento que pasó entre la satisfacción de verme con una suma que me permitía liquidar mi situación, y la resolución que formé de jugar ese dinero para duplicarle, fué el más importante de mi vida. Si en aquel minuto hubiera tenido el valor de retroceder, estaba salvado. Mi unión con Lea hubiera cesado por la fuerza misma da las cosas; no tenía más que decir una palabra á Juana Baud para romper con ella. Hubiera vuelto á mi casa y la vida de familia me hubiera regenerado.
¿Pero cómo había yo de tomar una resolución tan cuerda? Mis buenos instintos parecían muertos y sólo sobrevivían en mí las malas tendencias. Había olvidado á mi madre, que lloraba, y á mi hermana, que me suplicaba. No tenía más ley que mi capricho y mis pasiones; era un ser despreciable y cobarde. Vi á mi madre suplicarme de rodillas que no la abandonase, que no deshonrase su vejez, y permanecí sordo á sus súplicas, y me reí de su desesperación...
¡Cuántas veces en mis noches de horror, encadenado á mis compañeros de miseria, he recordado aquellas repugnantes escenas, en las que tenía el valor de oponer á las lágrimas de mi madre un cinismo burlón y feroz! ¡Cuánto he deplorado aquella ceguera que me entregaba á los consejos pérfidos de mis aduladores y de mis parásitos y me impedía ver la actitud suplicante de dos ángeles que querían salvarme!... Pero yo estaba destinado á la desgracia y, debo confesarlo, muy justamente.
La tercera noche, como si la suerte hubiera querido hacerme pagar sus favores desperdiciados, perdí todo lo que tenía, más cincuenta mil francos que el mozo de la sala de juego me prestó bajo mi firma. Aquel día llegué á casa de Lea aniquilado, embrutecido, y mi querida vió fácilmente que me ocurría alguna desgracia que yo juzgaba irreparable. En efecto, todo cuanto tenía estaba en manos de los usureros. Mi madre había ya pagado por mí sumas importantes. Mis amigos, cansados de prestarme dinero que nunca les devolvía, empezaban á huir de mí. Había llegado á un momento en que no tenía más que dos partidos que tomar: matarme ó marcharme al extranjero.
No me resultaba el primer medio y en cambio el segundo se adaptaba muy bien á mis proyectos. Pero necesitaba, por el honor de mi nombre, pagar mi deuda de juego, cincuenta mil francos que era urgente encontrar... Aquí, amigos míos, el rubor me asoma á la cara, tan deshonroso es lo que tengo que contaros... Lea me ofreció sus alhajas para empeñarlas. Si hubiera rehusado, si hubiera ido una vez más á los pies de mi madre, estoy seguro de que se hubiera aún sacrificado para sacarme del mal paso; pero hubiera tenido que hacer promesas, arreglarme, dejar mi vida infame y entrar en la tranquilidad de la vida de familia. No quise hacerlo. La muerte ó la fuga, pero no la honradez.
Acepté el ofrecimiento de Lea y me llevé sus perlas, sus zafiros, sus brillantes, con la decidida intención, oidlo bien, de no volver á presentarme delante de ella. En el Monte de Piedad obtuve ochenta mil francos. Envié la papeleta á Lea para que pudiera desempeñar sus joyas con el dinero que yo pensaba enviarle, y fuí á pagar mi deuda. Vi en su casa á Juana Baud que estaba preparada para acompañarme á Londres, y obtuve de ella que fuese á reunirse conmigo el día siguiente en el Havre. Y en seguida me fuí á almorzar con Sorege, el único de mis amigos á quien podía confiar mis desdichas y mi viaje.
Su sorpresa pareció muy grande al saber que había yo llegado á tales extremos. Me afeó el préstamo aceptado de Lea y puso cuanto tenía á mi disposición, pero no era bastante para sacarme del apuro. Se ofreció amistosamente á servirme de intermediario para anunciar á Lea mi viaje y me hizo observar que acaso fuese peligroso enterarla del país á que me dirigía. Me acompañó á mi casa, me ayudó á terminar mis preparativos y me acompañó á la estación. Allí me abrazó afectuosamente y me pidió que le escribiera si tenía necesidad de algo. El tren partió y no volví á ver á Sorege hasta la audiencia, donde declaró con una mesura y una habilidad que me fueron muy favorables.
No ignoráis cómo fuí preso y llevado á París ni cómo terminó esta trágica aventura. Sabéis ahora todo lo que pasó, lo que oculté al juez de instrucción, á mi abogado y hasta á mi madre. No quise comprometer en las peripecias de éste proceso á la pobre Juana Baud, que no había cometido más falta que la de amarme. Con un dulce agradecimiento de mi corazón, la aparté de aquel drama de lodo y de sangre. Juana debió marchar á Inglaterra, donde tenía un ajuste para el teatro de la Alhambra. No sé qué habrá sido de ella, pero deseo que haya sido más feliz que yo. No es justo que todo el que ha intervenido en mi lúgubre destino, haya sido inexorablemente herido por la desgracia.
Jacobo se calló cuando la tarde declinaba. El día se había pasado entero en el desarrollo de aquel terrible relato. Hacía mucho tiempo que Tragomer y Marenval no fumaban, suspendidos por el interés ardiente de aquel drama al que estaban mezclados tan de cerca y cuyos resortes secretos sabían mejor que el mismo protagonista. Se produjo un largo silencio durante el cual Jacobo se repuso de la emoción que le había producido el recuerdo de las peripecias de su historia. Tragomer fué el primero que tomó la palabra y dijo con su habitual sangre fría:
--Mi querido Jacobo, tu sincera confesión tiene el mérito de no dejar duda alguna en nuestro espíritu. Adivino en la satisfacción de Marenval que la verdad le salta á los ojos como á mí.
--Perfectamente, apoyó Cipriano. Es claro como la luz del día.
--Pero, continuó Cristián, es necesario, por mucho que lo deplore, hacerte saber qué ha sido de Juana Baud. La pobre muchacha no ha tenido el destino dichoso que tú le deseas, porque en el momento en que te prendían, estaba muerta.
--¡Muerta! exclamó Jacobo. ¿Cómo?
--Mi querido amigo, es la evidencia. Puesto que Lea Peralli está viva y anda por esos mundos con el nombre de Jenny Hawkins, después de haberse hecho llamar durante algún tiempo Juana Baud, es que ésta estaba muerta. La mujer de la calle Marbeuf, tu pretendida víctima no era otra que Juana Baud.
--¡Pero es imposible! dijo Jacobo.
--Es cierto, contestó Cristián. La identidad de la víctima debía ser establecida por su presencia en casa de Lea. ¿Quién si no Lea podía ser asesinada en la calle de Marbeuf? ¿Quién podía llevar sus vestidos, su ropa interior, sus alhajas? ¡Oh! las precauciones para engañar todas las miradas fueron adoptadas admirablemente... La mujer fué desfigurada por las balas del revólver, pero ¿quién había de dudar que era Lea Peralli? Juana Baud, tú lo has dicho, tenía la misma estatura, la misma amplitud de líneas. ¿Quién podía imaginar una sustitución? Tú mismo no dudaste. Te enseñaron la mujer muerta y la reconociste sin vacilar. Y, sin embargo, Lea está viva y Juana ha desaparecido.
--Pero, dijo Jacobo, la muerta era rubia y Juana Baud tenía el pelo castaño oscuro...
--¡Necio! exclamó Cristián; ¿no te he preguntado si Lea se teñía el cabello?
Freneuse hizo un gesto de horror y sus ojos se hundieron bajo las fruncidas cejas.
--¡Ah! dijo Tragomer. ¡Empiezas á comprender! ¡Ves la atroz y fúnebre operación que se hizo sufrir á la desgraciada víctima! Los que han fraguado esta intriga sangrienta tenían una admirable sangre fría. Vistieron á la muerta, la adornaron y la tiñeron el cabello antes de desfigurarle la cabeza á balazos. Querían, seguramente, perderte, pero no querían menos salvarse. Cesa de dudar la evidencia. Todo es seguro ya. ¿No fueron á retirar las alhajas del Monte de Piedad el mismo día del crimen? Tú no pudiste hacerlo puesto que no tenías la suma necesaria y habías enviado á Lea la papeleta. Te han acusado de haberlas vendido porque había que dar una explicación al desempeño y porque la justicia quiere comprenderlo todo. Pero lo cierto es que Lea recuperó sus alhajas antes de partir. Todo estaba arreglado de este modo para hacer de ti un ladrón y un asesino. En vano te has defendido; en vano has enseñado los treinta mil francos que te quedaban del empeño después de pagar la deuda de juego; en vano has hecho presente que puesto que habías partido, no podías haber desempeñado las alhajas. Te han respondido con la afirmación de que habías vendido la papeleta y tu pérdida se ha consumado. Todo se encadenaba entonces en el crimen. Mataste á Lea para apoderarte de la papeleta. El robo y el asesinato aparecían lógicos y era todo lo que hacía falta para la garantía de la sociedad y el triunfo de la justicia...
Jacobo, con la frente inclinada, no escuchaba ya; soñaba. Tragomer le había convencido y los resortes secretos del asunto se le aparecían ya claramente. Pero habían sido tan hábilmente dispuestos que conociéndolos ahora, viéndolos, por decirlo así, funcionar, se preguntaba cómo hubiera podido escapar de ellos y si lograría aún coger á los culpables. Á este pensamiento levantó repentinamente la cabeza y rojo de cólera y con la mirada chispeante, preguntó:
--Pero, en fin, ¿quién ha cometido esa acción espantosa? Tú, Tragomer, que conoces tan bien todas las circunstancias del crimen, ¿conoces á los criminales?
--Aquí, amigo mío, entramos en el terreno de las hipótesis. Lo que resultó cierto para Marenval y para mí después de nuestras primeras averiguaciones, fué tu inocencia. Los medios de establecerla eran menos seguros. Teníamos que habérnoslas con personas tan hábiles, que hubiera bastado ponerlas en guardia para hacer imposible toda investigación. Lea Peralli, advertida por Sorege, hubiera desaparecido y échate á correr por el mundo tras ella... En suma, hasta ahora no hay sino apariencias de culpa, pero terribles, contra Lea y contra Sorege. ¿Pero á qué motivos han obedecido? Por muy poderosas que sean las presunciones morales que pueden deducirse de tu relato y de las relaciones que existían entre Juana Baud y tú, no pasan de ser presunciones. Necesitamos pruebas formales y vamos á buscarlas contigo. Por eso era preciso librarte. Si hubiéramos esperado el triunfo de tu inocencia, nuestra vida y la tuya se hubieran agotado en investigaciones acaso infructuosas. Hemos, pues, preferido empezar por el desenlace y abrirte las puertas de tu prisión. Ahora estás libre para obrar. La primera parte del drama se termina y va á empezar la segunda.
Jacobo permanecía meditabundo ante el pavoroso problema que se planteaba y Marenval tomó la palabra:
--Observe usted, querido, que lo verdaderamente raro en este asunto es que hay en él un verdadero desafío al buen sentido. Tan imposible parece desenredarlo, que antes de partir consultamos á un magistrado de los más eminentes, Pedro Vesín, pues que puedo nombrarle, y su asombro fué igual á su curiosidad, pero no puso en duda ni un instante que nos esperaba un fracaso. Es la lucha, nos dijo, del puchero de barro con el de hierro. ¿Qué hacer contra ese poder formidable que se llama la justicia? Está blindado por sus códigos, atrincherado en sus estrados y defendido por todos sus auxiliares jurídicos, y es invulnerable por la necesidad social que impone la infalibilidad de sus sentencias. ¿Y vamos á emprenderla contra esa Bastilla más impenetrable que la primera, pues contiene el _palladium_ del orden y abriga la soberana majestad de la razón de Estado? Pues bien, sí; vamos á intentar la aventura. ¡Es extravagante! ¡Es incomprensible! Tragomer y yo hemos arriesgado ya el presidio por arrancar á usted de él y por combatir á la fuerza pública, conduciéndonos como piratas... Pues no nos importa. Hemos tomado nuestro partido y nunca el proverbio de que el fin justifica los medios puede tener mejor aplicación que en este caso. Queremos llegar á nuestro fin á toda costa y cuando hayamos probado que era usted una víctima y no un culpable y que se le tenía encerrado á consecuencia de un monstruoso error judicial, veremos si en el país de la audacia y de la generosidad hay gendarmes para detenernos y jueces para castigarnos. Yo no tengo ningún remordimiento, ninguna inquietud, ninguna vacilación. ¡Y este viaje me encanta!
El ingenuo buen humor de Cipriano normalizó los crispados semblantes. El contraste entre la gravedad de los actos realizados y la placidez del que los llevaba á cabo daba á su declaración un picante sabor. Con indiferencia sublime, pisoteaba las leyes y desafiaba á los poderes públicos como un héroe ó como un bandido. Y bien sabe Dios que Marenval, con su cara de beatitud, sus mejillas rosadas encuadradas de patillas grises y sus ojos bonachones húmedos de alegría, no tenía el menor aspecto de bandido ni de héroe, sino de un ricacho viajando para divertirse. En efecto, aquellos tres hombres sentados en sus _rocking-chairs_ bajo la ondulante toldilla, acariciados por el fresco de la tarde, mecidos por las olas y alumbrados por los rayos oblicuos del sol poniente, en aquel lindo yate que volaba hacia las colonias holandesas, más parecían gozar de las delicias de la vida que buscar el secreto de la muerte.
--Ya que os he contado, dijo Jacobo, lo que no conocíais de mi aventura, decidme lo que yo ignoro de vuestras pesquisas. Tragomer no me explicó nada preciso cuando vino á buscarme á la isla Nou. Deseo saber en qué condiciones se va á presentar la lucha con nuestros adversarios, qué hace Sorege y dónde está Lea.
--Puedes comprender, querido, dijo Cristián que cuando te vi en la isla, tenía algo más que hacer que contarte historias. Era preciso ante todo sacarte de allí y tú no parecías muy decidido á seguirme. Ahora que tenemos dos meses por delante para discutir y combinar, podremos utilizar el tiempo. Lo que importa que sepas desde ahora es que Jenny Hawkins irá á Europa en primavera y cantará en Londres por primera vez desde que cambió de nombre. Se cree bastante segura de su transformación para afrontar las miradas de los que la conocieron en otro tiempo. Y es lo cierto que habiendo dudado yo cuando la vi con su cabello oscuro, los que la han frecuentado poco no podrán conocerla ó descubrirán, cuando más, un parecido que nada tiene de extraordinario. Sorege ha arreglado muy hábilmente sus asuntos para ir á pasar la temporada en la isla de Wight y en Londres con su suegro y su prometida. El bueno de Harvey no sospecha que él mismo va á conducir á Sorege ante Jenny Hawkins. Vamos, pues, á caer como una bomba en medio de las combinaciones de tus enemigos que no han podido concertarse y que tendrán que defenderse en un terreno difícil y molestados por toda especie de estorbos sociales; lo que vendrá muy bien para hacer igual la partida y darnos probabilidades de triunfo.
--¿Luego se casa Sorege? dijo Jacobo pensativo... Y con una americana... rica, sin duda...
--Enormemente rica. Su padre es el rey de la ganadería. Una especie de pastor archimillonario; un Labán del que Sorege quiere ser el Jacobo. Ha estado ya con él á inspeccionar sus rebaños en el Far-West, el año pasado. En ese viaje descubrí su complicidad con Lea.
--¿Y cómo es su prometida?
--¡Ah! ¿Eso te interesa? Ya la verás. Es una americanita impetuosa y fantástica, que no será fácil de conducir. No doy diez céntimos por Sorege como ella sepa sus villanías...
--¿Piensas que ni Lea ni Sorege sospechan la posibilidad de mi aparición?
--¿Cómo han de sospecharla? Te creen tan definitivamente enterrado como á la mujer asesinada. No puedo dudar que Sorege tuvo cierta inquietud al verme hacer averiguaciones sobre la existencia de Lea y sobre sus relaciones con ella. Su actitud, sus palabras, todo me prueba que adivinó que yo poseía parte del secreto. Pero entre esa parte y el todo hay tal distancia, que tiene la convicción de que nunca llegaré á descifrar el enigma. Y no se equivoca después de todo, pues aun después de nuestra audaz tentativa estamos á merced de los sucesos y de los individuos y va á ser preciso que tú mismo aparezcas para confundirle y desenmascarar á su cómplice.
--Lo lograré, estoy seguro, dijo Jacobo con firmeza. No habréis hecho por mí inútilmente lo que habéis hecho. Estoy comprometido en la misma empresa que vosotros y la proseguiré hasta el último límite. Si Sorege, como tú afirmas y yo empiezo á creer, ha desempeñado un papel abominable en mi terrible aventura, te respondo que será castigado como merece.
Se pasó la mano por la cara, súbitamente ensombrecida, y continuó:
--En cuanto á Lea, no sé á qué móviles habrá obedecido al procurar mi pérdida de un modo tan cruel... He cometido faltas para con ella, pero por culpable que haya sido, su venganza ha traspasado todos los límites... Si me hubiese arrancado la vida, todavía sería excusable, pero anonadarme bajo tal infamia, deshonrar á los míos y condenarnos á todos á un dolor cuyo único fin debía ser la muerte, indica un alma tan horrible, que me considero libre de obrar respecto de ella sin consideración alguna. No creo extralimitarme de mi derecho defendiéndome como he sido atacado; sin piedad. Podeís, pues, amigos míos, contar conmigo, como yo cuento con vosotros. Para vuestra justificación, para que yo me rehabilite, es preciso que logremos nuestros fines. En la lucha que comienza sólo puedo perder la vida, que no vale gran cosa, pero aun así la estimo en tanto como la de Sorege. Ahora, como decíais muy bien hace un instante, tenemos delante de nosotros dos meses para reflexionar. No hablemos ya de nada; dejadme volver á entrar en la vida libre en medio de vosotros. Tengo necesidad de reponerme física y moralmente, para estar á la altura de lo que podéis esperar de mí.
El puente estaba oscuro. La noche de los trópicos, se había apoderado bruscamente del mar y la estela del navío aparecía iluminada por misteriosas fosforescencias. La oscuridad confundía vagamente las formas de los tres amigos.
--Estamos á 15 de febrero, dijo Marenval. En este momento hace en París, probablemente, un frío del diablo y sus calles están enfangadas de escurridiza nieve. Aquí, en cambio, gozamos de una temperatura de verano... Cuando lleguemos al Mediterráneo el mes de Abril habrá traído el sol. Nos pasearemos por la costa durante algunos días para hacer notar nuestra presencia, y pasando por Gibraltar, nos dirigiremos á Inglaterra... Entonces empezará la batalla. Hasta ese momento vivamos alegremente. El tiempo está hermoso, la mar bella. En la primera escala enviaremos un telegrama á mi criado para que lo transmita á la señora de Freneuse. Una vez que esa señora esté tranquila sobre la suerte de su hijo, todo irá bien.
--Los señores pueden bajar á comer cuando gusten, dijo el camarero apareciendo en la puerta de la cámara.
--¡Á la mesa!
Cada uno de ellos cogió á Jacobo por un brazo y los tres se dirigieron al comedor.
TERCERA PARTE
IX
Jenny Hawkins volvía á su casa, á las diez de la mañana, cargada de flores que acababa de comprar en el mercado de _Covent-Garden_, y su doncella le dijo al abrir la puerta:
--Un caballero espera en el salón á la señora.
--¿Quién es?
--Aquí tiene la señora su tarjeta.
Juana Hawkins cogió el cuadrado de cartulina y leyó: El conde Juan de Sorege. Jenny no se tomó tiempo para quitarse el sombrero y el abrigo. Dió el brazado de flores á la doncella, abrió la puerta del salón y entró. Sentado cerca de la ventana, en aquella pieza amueblada de un modo macizo y sin gracia, á la inglesa, Sorege se entretenía en mirar la calle. Se volvió vivamente y al ver á la joven venir hacía él fresca, sonriente y animada por su paseo matinal, dijo:
--El triunfo de anoche no ha fatigado á usted, según veo, pues se ha levantado tan temprano...
Sorege le ofreció la mano, pero Jenny pareció no ver su movimiento y se acercó á un espejo donde se quitó el sombrero y se arregló el cabello mientras hablaba:
--¿Estaba usted en el teatro? La ópera fué muy bien... Novelli fué muy aplaudido... y yo no poco.
La cantante se sentó cerca de Sorege en una silla baja, al lado de la chimenea.
--Sí, estaba en el teatro y no era solo á devorar á usted con los ojos; había otras personas que se interesaban igualmente por usted...
--¿Su prometida de usted y el buen Julio Harvey, sin duda? dijo Jenny en tono irónico y con una viva mirada.
--Sí, ciertamente. Miss Harvey y su padre eran de los que más admiraban á usted, dijo Sorege, aunque no fuera más que á título de compatriotas. Pero no me refería precisamente á ellos, sino á dos antiguos conocidos; Cristián de Tragomer y Marenval.
Las facciones de la cantante adquirieron gran dureza. Sus párpados, al cubrir los hermosos ojos grises, proyectaron una sombra sobre la cara y su boca se crispó.
--¿Acaban de llegar? preguntó.
--Llegaron ayer mañana. Venía á advertir á usted para que no se sorprenda si se ve repentinamente en su presencia.
Jenny hizo un gesto de cansancio.
--Creía poder contar con más seguridad. ¡Siempre este cúmulo de inquietudes y de recelos cuando creo haberlos alejado definitivamente.
--De usted depende, en efecto, asegurar su porvenir contra toda investigación importuna, dijo con placidez Sorege. No tiene usted más que representar su papel y hacer aquí lo que hizo en San Francisco, para evitar todo peligro. Nada tiene usted que temer de Tragomer aquí, donde es usted conocida de todos sus compañeros, de su director, del público y de los americanos que la aplauden hace dos años. Todos afirmarían, si fuera preciso, que es usted Jenny Hawkins. No hay más que un ser en el mundo que no se dejaría engañar por su metamorfosis y cuya presencia no podría usted afrontar sin peligro. Pero, ése no vendrá. Le hemos metido vivo en una tumba tan segura como la que tendría estando muerto. Puede usted, pues, vivir tranquila. Será preciso solamente que tenga usted la energía que sabe demostrar cuando hace falta. Es usted, Lea, una verdadera mujer, capaz de todas las generosidades y de todas las infamias. Yo la adiviné y por eso la amo.
--No, Juan; si usted me amó fué porque yo amaba á Jacobo y usted le odiaba, dijo la cantante con tristeza. Yo también conozco á usted y sé que tiene un alma atroz. ¡Oh! Es usted hábil y sabe ocultar sus verdaderos sentimientos. Yo he estado engañada durante mucho tiempo creyendo en su adhesión y en su ternura, pero he acabado por ver claro en su espíritu, á pesar de su doblez, y he encontrado en él la perfidia, la envidia, la crueldad. Jacobo fué ciertamente muy indigno, muy traidor, muy cobarde. ¿Pero qué decir de usted que aprovechó su indignidad, su traición y su cobardía para arrastrarle á la perdición? ¡Quién sabe si no abusó usted de mi credulidad y no era el desgraciado tan culpable como usted quiso probarme! Ahora, Sorege, desconfío de usted, porque sé de lo que es capaz.
Los ojos de Sorege, ocultos según costumbre, se dirigieron claros y penetrantes á Jenny, y la expresión de astuta dulzura que ofrecía su cara desapareció de repente. El conde se irguió decidido y amenazador: