# En el fondo del abismo: La justicia infalible

## Part 14

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--La de dos reclusas voluntarias. Han huído del mundo á quien acusaban de tu pérdida, y se han confinado en su casa para llorar á sus anchas. Todo lo que no fueses tú era extraño para ellas. Todo lo que no participaba de su fe en tu inocencia y de su desolación por tu martirio, fué separado sistemáticamente. Yo mismo...

--¿Tú, Cristián? exclamó Jacobo con sorpresa.

--Sí, yo; porque en el primer momento de estupor incliné la cabeza ante la sentencia que te condenaba; porque no reaccioné bastante pronto contra la infamia que te era impuesta, fuí rechazado por tu madre y por tu hermana..., ¡por tu hermana, á quien amo, por María, que estuvo aún más dura que su madre! Su puerta se me cerró, como si yo fuera un importuno ó un enemigo... Y á pesar de mis esfuerzos nada pude conseguir hasta que di con los primeros indicios del error de que habías sido víctima. Sólo entonces la señora de Freneuse consintió en verme y no puedes figurarte la intransigencia de tu hermana... Hasta el último minuto no se presentó delante de mi y si me estrechó la mano fué porque afirmé que iba á arriesgar mi vida por salvarte.

--¡Querida María! Y tú, pobre Cristián, también has sido desgraciado por mi causa...

--Pero tomaré un brillante desquite. Cuando te arroje en sus brazos tendrá que reconocer que no soy un ingrato ni un indiferente, su altivez se humanizará y la volveré á ver como en otro tiempo, sonriente y afectuosa.

Jacobo se puso grave y dijo con lentitud, como si pesase las palabras:

--Hace veinticuatro horas, Cristián, estoy reflexionando sobre todo lo que me has revelado. La noche que precedió á mi evasión, mientras yo temblaba por sus consecuencias, y anoche, en fin, cuando me encontré libre entre las inmensidades del mar y del cielo y en presencia de Dios, pensé en todo lo que tiene de extraño tu relato y resolví perseguir la prueba del crimen que se ha cometido conmigo. Me he convencido de que mi primer deber es rehabilitarme. Mi madre y mi hermana han llorado durante dos años; yo he padecido torturas inconcebibles, mientras los verdaderos culpables se regocijaban por mi pérdida y se reían de mi vergüenza. Son unos monstruos y quiero castigarlos. Si Lea está viva, si Sorege es cómplice de su desaparición y la sustituyeron con otra víctima, es preciso que la verdad brille y que se sepa qué móviles les guiaron y cómo lograron engañar á la justicia y á mí mismo. Es indispensable que me digas todo lo que sabes y que yo te cuente lo que ignoras. Porque ante los jueces no lo he dicho todo, no podía decirlo. He dejado sin esclarecer ciertos misterios porque no quise comprometer á alguien á quien yo creía extraño al asunto. Pero ¿quién sabe si me engañaba? Cuando hayamos restablecido los hechos de un modo verosímil, ya que no real, convendremos el modo de obtener el resultado que ambicionamos.

--¡Al fin! Estas son las palabras que yo esperaba, que yo preveía, exclamo con fuego Cristián. ¿No lo has dicho todo ante los jueces? ¿Has temido comprometer á quién? ¡Acaso á los mismos que te perdían! Pero vamos al fin á comprenderlo todo y á descifrar este enigma... Esperemos á Marenval, que tiene derecho á saber lo mismo que nosotros.

En el mismo momento se abrió la puerta, y Cipriano se adelantó hacia Jacobo con las manos tendidas, sonriente y dichoso.

--¡Y bien! ¿Nuestro pasajero empieza á reponerse de sus emociones?

--Vuestro protegido no tendrá bastante con todo su corazón para agradecer lo que habéis hecho por él.

--Querido amigo, nos quedan dos meses de vivir juntos y tendremos tiempo para congratularnos mutuamente. Porque, salvación aparte, vamos á hacer con usted un viaje admirable. Y como pasaremos nuestro tiempo en penetrarnos de su inocencia, tendremos una completa seguridad de espíritu.

Marenval, con su buen sentido, infundió calma en los ánimos ya muy exaltados de los dos jóvenes y les volvió al equilibrio recordándoles la justa noción del tiempo y de las cosas.

--Mi querido Jacobo, ante todo es preciso devolverle á usted una figura humana. El ayuda de cámara va á venir á afeitarle, á peinarle. En el armario encontrará usted ropa blanca y vestidos á su medida. Se sentirá usted con más aplomo cuando esté lavado y mudado. No hay como encontrarse en su traje ordinario para volver á sus costumbres. Cuando esté usted listo, véngase al comedor. Almorzaremos y después, si nos conviene, charlaremos.

El criado entró. Marenval y Cristián dirigieron un ademán amistoso á su huésped y salieron del camarote.

VIII

Viendo á Jacobo vestido con un traje de franela blanca y una elegante gorra, tendido en un _rocking-chair_ y fumando un buen cigarro, después de almorzar en compañía de sus dos amigos, nadie hubiera reconocido en él al miserable penado que arrastraba el día antes su cadena en el presidio de la isla Nou. Los cuidados del notable ayuda de cámara que Marenval había llevado consigo y sin el cual no podía pasarse, una buena elección de ropas, la ducha, la navaja, los peines y toda una minuciosa sesión de tocador, operaron esa transformación. Era un Freneuse desmejorado, pálido, sin cabellos y sin barba, pero era Freneuse, con su mirada y su sonrisa.

Jacobo dijo á sus compañeros:

--Ahora es preciso que yo dé las explicaciones necesarias para estudiar el problema y resolverle. Para empezar, fijaré el estado de mis relaciones con Lea Peralli. Hacía cerca de dos años que vivía con ella, como sabéis. Yo estuve al principio muy enamorado y ella, por su parte, parecía amarme tiernamente. Cuando la conocí, llegaba de Florencia de donde había tenido que alejarse á consecuencia del escándalo del divorcio con su marido, el caballero San Martino, ayudante de campo del conde de Turín. Era una admirable rubia de ojos negros, alta estatura y manos aristocráticas, cuya aparición producía en todas partes una sensación profunda. Más instruída que inteligente poseía en el más alto grado la facultad de la fascinación sensual. Era difícil verla sin enamorarse de ella, y sus grandes maneras y su talento de cantante, que le había válido grandes éxitos en los salones aristocráticos de Roma, acababan de apoderarse del ánimo turbado por su belleza.

Cuando nos conocimos habitaba un departamento amueblado en la calle de Astorg y vivía decentemente con restos de su dote, que el marido le había devuelto con una generosidad digna de aprecio, dado el trato poco halagador á que su mujer le había sometido. Una camarera y un joven criado, traídos de Italia, la servían más bien mal que bien, y el desorden, la falta de respeto de los criados y la irregularidad en el servicio, ofrecían un cuadro muy característico de la incuria italiana. Había allí una mezcla de lujo y de miseria completamente curioso. Al comienzo de nuestras relaciones he visto á Lea en peinador de seda, con unos zafiros de veinte mil francos en las orejas, almorzando unos arenques en una mesa sin mantel, en un plato desportillado y con vino de _champagne_ bebido en tazas de cocina. El orden, el decoro de la vida eran letra muerta para ella. Lo importante, lo que ella satisfacía ante todo, era su capricho. La encontré en un concierto de beneficencia, donde cantó magistralmente unos aires húngaros, acompañada por Maraeksy y me quedé encantado por su belleza y por su aire majestuoso.

En medio de las señoras del gran mundo que en el estrado prestaban su concurso á la función, Lea parecía una reina. Estaba guiada y protegida por el marqués Gianori, ese viejo verde teñido y estirado y que tiene un modo tan alarmante de acariciar los dedos del que le da la mano. El guardián no era, pues, muy temible; hice que me presentaran á la encantadora italiana y el día siguiente fui á dejar mi tarjeta en su casa. La respuesta no se hizo esperar, pues á los pocos días me invitó á ir á su casa á tomar una taza de te y á oir música.

No desperdicié la ocasión y á las diez llegué á la calle de Astorg donde encontré una docena de personas de variadas condiciones, que iban desde el tenorino que cecea el francés, hasta el diplomático serio y desde la viuda joven un poco dudosa hasta la más auténtica. Era aquella una sociedad extraña en la que aparecían mezclados lo sólido y el similor, pero donde se veía que lo sólido iba á desaparecer prontamente para dejar el campo libre á todo género de fantasías. Mi entrada en escena trajo ese resultado. Tenía yo veinticinco años y era libre, rico y muy solicitado en sociedad. Tenía excelentes relaciones y un lujo de buen gusto. Me apoderé de Lea por el aspecto exterior de mi vida, que era justamente aquel á que le hacía más sensible su naturaleza italiana. Más que mis atenciones, mis cuidados y mi ternura, ganaron su voluntad mi carruaje correctamente enganchado y esperando á su puerta, mis elegantes libreas, el refinamiento de mi porte, la sonoridad de mi nombre y la autenticidad de mi título. Pronto concibió por mí un amor de cabeza, vivamente transformado en amor de los sentidos.

Al cabo de unas semanas su existencia había cambiado por completo. Ya no recibía á ninguna de las personas á quienes encontré en su casa, y que fueron reemplazadas con increíble facilidad por mis amigos y sus queridas. Aunque distinguida por educación, no tenía el sentido de las distancias sociales. La encontraba frecuentemente sentada enfrente de su camarera italiana, una pesada hija de Lombardía, jugando á las cartas y fumando á dúo cigarrillos. Cuando yo le hacía observaciones me respondía:

--¿Qué importa? Está á mi disposición lo mismo para distraerme jugando á la baraja que para abrocharme las botas. Le pago, me sirve y no hay más. En cuanto á fumar, todo el mundo lo hace en Italia, hasta las damas de la corte.

Su falta de respetabilidad era tan grande como su ignorancia de la economía, que llegaba al descuido más completo. Jamás se preocupó por saber cómo iba á pagar lo que compraba ni con qué haría frente á los gastos de la vida diaria. Mientras tenía dinero, lo gastaba; cuando el cajón estaba vacío, se privaba de todo. Y era curioso ver con qué poco se contentaba aquella mujer acostumbrada al lujo y á prodigar el dinero como una princesa. Antes de estar iniciado en las dificultades de su posición, la he sorprendido alimentándose, según ella por gusto, con platos de su país que costaban apenas unos céntimos al día.

Un día me encontré en su casa en pleno embargo y á Lea en medio de una avalancha de papel sellado y llorando delante de sus alhajas que en tanta estima tenía y que valían mucho dinero. Sus proveedores, exasperados por el desahogo y la falta de cumplimiento de mi amiga, habían preparado aquella ejecución. Mi primer movimiento fué sacar la cartera y preguntar al alguacil: ¿cuánto? Lea, con gran furia de desinterés amoroso protestó, lloró y se empeñó en rehusar, pero el funcionario que había visto la posibilidad de cobrar, no hizo caso de las exclamaciones de la deudora y, por primera vez, Lea me costó el dinero.

Si yo no se lo hubiera ofrecido es probable que no me lo hubiera pedido nunca, pero desde el día en que pagué, encontró muy natural continuar aprovechándose de mi generosidad. Y aquí empieza el período más deplorable de mi existencia. La acusación á que sucumbí estuvo basada en las locuras que hice para sostener los gastos de Lea. Tenía para vivir cómodamente como soltero y para sufragar todo el costo de la vida del gran mundo. En esta época había ya empezado á gastar la herencia de mi padre, pero las tierras que había vendido eran de poco rendimiento y mis rentas no habían disminuído gran cosa. Tenía yo todavía cuarenta mil francos de renta.

Apenas si esa cifra hubiera sido suficiente para los gastos de Lea y para los míos si una prudente economía hubiera reglado las necesidades corrientes; pero el desorden de Lea era incurable y yo no era tampoco muy previsor. Ello fué que al cabo de unos meses me encontré en los más graves apuros. ¿Para qué recordaros los detalles de aquella triste época? Los conocéis tanto como yo. Usted, Marenval, me ayudó en diversas ocasiones á pagar deudas urgentes que me hubieran comprometido sin recurso, y tú, Cristián, trataste de arrancarme á mi disipación y á mi rebajamiento. El juego había llegado á ser mi único recurso, y para sostener mis fuerzas aniquiladas por las noches enteras que pasaba en las mesas de _baccará_, me di á la bebida.

Durante aquellos años malditos en que me visteis descender paso á paso hasta el fango del arroyo, mi inteligencia y mi corazón estaban atrofiados. Vivía como un bruto y los destellos de razón que se manifestaban todavía en mí, no servían más que para satisfacer mis vicios. Porque mientras Lea se adhería más y más á mí, viendo mis esfuerzos por hacerla vivir dichosa, yo empezaba á cansarme de ella y la engañaba. Lo mejor hubiera sido, sin duda, renunciar á ella, refugiarme en mi familia, arreglarme y empezar de nuevo á vivir; era yo tan joven que todo hubiera sido posible. Pero insistí en mis relaciones con una especie de obcecación estúpida como si el renunciar á Lea fuese prescindir de todos los sacrificios que había hecho por ella. Me encontraba en la situación de un jugador que busca el desquite. Y, además, tenía miedo á su carácter exaltado.

Aquella mujer altanera y violenta tenía á veces recaídas en el orgullo de su antigua condición que le hacían terrible. Un día en que su criada, la misma á quien toleraba tan extrañas familiaridades, le contestó no sé qué insolencia, se arrojó á ella, la tiró al suelo y por poco la hiere gravemente. En aquellos momentos, decía, sería capaz de matar y no tendría miedo á un hombre. Tantas veces me había amenazado con su cólera si la engañaba, que si no temía violencias contra mi persona, podía pensar que acaso, atentase á la suya.

--¿Qué me quedaría si te perdiera? me decía. Mi vida caería en ruinas. Todo lo he abandonado por ti. Cuando te conocí era todavía una mujer del gran mundo. Ahora ¿qué soy? una entretenida. Mi familia no quiere nada conmigo y ni siquiera responde á mis cartas. Recibo mi modesta pensión por medio de un banquero. He roto por ti con mi pasado y tengo derecho á tu porvenir.

Vignot, el ilustre compositor, entusiasmado por su voz y por su estilo quería ajustarla en la Ópera para interpretar el principal papel en su nueva obra. Pero ella no aceptó, por cumplir la promesa hecha á su familia de no cantar en público. Yo la incitaba á aceptar las proposiciones de Vignot para ver si Lea se bastaba á si misma y se aligeraba así el pesado fardo de mis deudas. Acaso también, en el entusiasmo del éxito, se hubiera separado de mí para ponerse en condiciones de admitir los ricos y brillantes adoradores que no hubieran dejado de asediarla. Pero su indolencia y su voluntad estaban de acuerdo para hacerla rehusar las contratas y seguía viviendo inactiva, en el desorden y en el descuido. Recibía á sus compatriotas y á mis amigos, algunos de los cuales le hicieron la corte, sin que esto me inspirase cuidado alguno. Me hubieran hecho un servicio quitándomela y esto bastaba para que ninguno lo lograse. Cristián era el único que nunca había simpatizado con Lea y había hecho todo lo posible para hacerme romper aquella unión, hasta el punto de regañar momentáneamente conmigo y de un modo más definitivo con ella.

Sorege, por el contrario, no escaseaba los elogios sobre la bondad, los encantos y la distinción de Lea. Si sus expansiones no se hubieran realizado en mi presencia, hubiera yo podido sospechar que estaba enamorado de Lea, de la que era fiel amigo y confidente. Mi hermana, con la que quiso casarse, le rechazó, y Sorege iba muy poco á casa de mi madre, á donde yo mismo no concurría con frecuencia. La hostilidad de Juan contra Tragomer se traducía en continuas insinuaciones y hábiles sarcasmos.

Era el tercer año de mi unión con Lea y la situación se había puesto más grave que nunca. Una locura completa se había apoderado de mí y debía conducirme á una catástrofe. Por lo general Lea no recibía en su casa más que hombres, convencida, con razón, de que la sociedad de las mujeres es inútil cuando no peligrosa.

--Si traigo una mujer á mi casa y es fea, mis amigos no encontrarán placer alguno en su presencia, y si es bonita, arriesgaré el perder mi amante.

Solamente cuando me creía unido á ella con lazos más fuertes, hizo una excepción á esa regla y esta fué la causa de mi perdición. Lea había conocido á una joven muy elegante, muy linda y una cantante agradable, que le agradó por la gracia de su carácter y por una atracción misteriosa y perversa de que no la hubiera creído capaz, pues poco viciosa y muy amante del hombre, nunca Lea me había parecido dispuesta á ciertas aberraciones. Su nueva amiga se encargó de modificar sus costumbres, y mi amante, con el ardor que ponía en todo, llegó á estar tan celosa de Juana Baud como hubiera podido estarlo de mí.

Hasta entonces ni Marenval ni Tragomer habían hecho un gesto ni pronunciado una palabra y habían dejado hablar á Jacobo con la esperanza de coger algún indicio útil ó algún dato nuevo. Pero cuando pronunció el nombre de Juana Baud, los dos se dirigieron una mirada. La luz empezaba á abrirse paso y la aparición de Juana Baud en la existencia de Jacobo y de Lea daba una importancia decisiva al descubrimiento de Tragomer. El lazo entre Jenny Hawkins y Jacobo aparecía ya, y aquel primer hilo de la trama en que el desgraciado había sido envuelto, se dibujaba á los ojos de los dos amigos.

--¿Qué hay en mi relato que os asombre particularmente? preguntó Jacobo.

--Ese nombre de Juana Baud que pronuncias por primera vez.

--Tenía serias razones para no hablar de esa joven. Las comprenderéis cuando os cuente toda mi aventura.

--Un sencillo detalle antes de reanudar tu relación... ¿Cómo era esa Juana Baud? ¿Alta ó baja, rubia ó morena, de ojos azules ú oscuros? Haznos su retrato en lo posible.

--Cuando la conocí por primera vez en casa de Lea, era una encantadora muchacha de veinticinco años, de alta estatura, piel muy blanca, hombros, admirables, pelo negro y ojos grises. Formaba con Lea una pareja encantadora, pues tenían la misma estatura, las mismas líneas suntuosas y el mismo vigor. Solamente, Lea era tan rubia como Juana morena. Creo que el efecto extraordinario que ambas producían contribuyó por mucho á su mutua afición, pues estaban orgullosas de ese efecto y trataban de producirle.

--Una pregunta todavía, dijo Tragomer. ¿Lea Peralli no se teñía el cabello?

--Sí. El color rubio á lo Ticiano de su pelo no era natural. Yo no la he conocido sino rubia, pero ella debía ser de color castaño oscuro... Se hacía rizar el pelo, mientras que el de Juana Baud era rizado naturalmente.

--Está bien, dijo Cristián. Puedes continuar.

Se volvió hacia Marenval y añadió con un gesto de satisfacción:

--Ahora sé ya á qué atenerme.

--Permanecí bastante tiempo, prosiguió Jacobo, sin sospechar las razones secretas que aquellas dos mujeres tenían para no separarse. No se mostraban en público, pero yo encontraba continuamente á Juana en casa de Lea y cuando ésta salía sin mí, iba siempre á casa de su amiga. El pretexto para su unión fué el deseo de Juana Baud de recibir de Lea lecciones de dicción italiana, á fin de dejar la opereta y dedicarse á la ópera seria. Para ello empezaron á trabajar formalmente.

No se separaron ya, y yo, distraído por mis ocupaciones, por mis apuros y por mis placeres, no podía imaginar lo que tenía de apasionado la ternura que se dedicaban las dos mujeres. Sorege fué el que me llamó la atención sobre ese asunto. Con su prudencia habitual y por medio de insinuaciones, despertó mis sospechas y me incitó á comprobarlas. Sorege parecía indignado contra ellas, echaba pestes contra tales vicios, que á mí me tenían sin cuidado, y al oirle se hubiera creído que era el amante de una de ellas. Le vi exasperado hasta tal punto, que le pregunté si estaba en relaciones con Juana Baud. Él, entonces, cambió de fisonomía, se dominó y echó el asunto á broma. Lo que me decía, aseguró, era por mí. ¿Qué le importaba á él semejante cosa? Es verdad que no podía ver á las mujeres que tenían tales gustos, pero en aquel caso no veía sino á mí, ni se preocupaba más que por el ridículo que yo pudiera alcanzar. Yo estaba tan desmoralizado por mi mala vida, tan gangrenado de pensamiento y de corazón, que el pensamiento de que Lea me era infiel en condiciones tan inesperadas no me inspiraba repulsión ni cólera.

Pensé, no sin complacencia, en el cuadro encantador que debían ofrecer aquellas dos hermosas criaturas y desde aquel momento se apoderó de mí la curiosidad malsana de poseer á Juana. Las espié y pronto adquirí la evidencia de sus tratos, pues descubrí sus costumbres y sus horas de cita. En sus relaciones había extraños refinamientos de vicio, en los que se descubría la imaginación ardiente de Lea.

Una vez, en una reunión, estuve á punto de sorprenderlas en el cuarto de mi amada. Tenían un modo especial de darse citas, aun en mi presencia, sin que pareciese que se hablaban. Lea, como por juego, cogía á Juana en sus brazos y se ponían á bailar desenfrenadamente, hasta que faltas de aliento, casi asfixiadas, caían en un sofá, donde permanecían juntas como en una especie de letargo. Un día llegué á casa de Lea á eso de las cuatro y la encontré con el sombrero puesto y con aire preocupado. Me acercó la frente á los labios y me dijo distraídamente:

--Tengo que salir por una hora. Mi padre me envía un recado con un amigo suyo y es preciso que vaya hoy mismo á verle al Gran Hotel, pues se marcha mañana á Londres.

--Entonces me voy. Hasta la noche.

--No; quédate un momento. He dado asueto á los criados. Juana debe venir en seguida y quiero que la recibas y le digas que me espere. Vamos á comer juntas.

--Bueno...

En el momento se me ofreció imperiosamente la idea de apoderarme de la amiga de Lea. La hora era propicia; la casa estaba vacía; todo se arreglaba á medida de mi deseo. Dejé marcharse á mi amada y esperé á Juana, que llegó sonriente, vestida con un traje de seda gris y con un sombrero de flores azules que daba á su cabello oscuro y á su cutis pálido un brillo extraordinario. No pareció extrañar la ausencia de Lea, se quitó el sombrero, tiró los guantes sobre la mesa y se sentó á mi lado. Yo no sé verdaderamente lo que le dije; creo recordar que hablé de su belleza. Juana apoyó la cabeza en el respaldo del sofá, cerca de la mía y recuerdo que mi boca, casi junta á su oreja, le tocaba el cuello con la punta del bigote. Juana no se retiraba y yo la veía estremecerse dulcemente. Su cara, de perfil, me mostraba unos labios entreabiertos sobre admirables dientes y su persona emanaba un perfume de heliotropo que se me subía á la cabeza. Al cabo de un instante pasé el brazo al rededor de su talle, la atraje hacia mí y, sin ninguna resistencia, aquella mujer fué mía.

Á partir de ese momento tomé la firme resolución de dejar á Lea. Juana era una querida encantadora, mucho más mujer que la altiva italiana. Me confesó que me amaba hacía mucho tiempo y que muchas veces había tenido impulsos de decírmelo. Yo no hice ninguna alusión á sus extrañas relaciones con Lea, pero, cosa asombrosa, me sentí más celoso de ella que lo había estado de mi querida y me propuse estorbar sus encuentros, nuevo Bartolo de aquellas singulares Rosinas. Pude, por otra parte, convencerme por síntomas muy elocuentes, de que Juana rehusaba ya á Lea ciertas intimidades, y la rabia, la amargura y la rudeza de ésta se manifestaron con una increíble libertad. Si yo la hubiera ayudado un poco, creo que Lea se hubiera quejado á mi del abandono de su amiga.

