En el fondo del abismo: La justicia infalible
Part 12
--Jacobo, no puedo explicarte cómo ha sucedido todo esto, pero te afirmo que es cierto. Se ha cometido un error que no califico, porque me faltan palabras para ello, pero se ha cometido. Tu inocencia, en la que nadie ha querido creer, es cierta. Si se ha cometido un crimen no has sido tú el autor. Así lo he asegurado á tu madre y á tu hermana cuya desesperación he logrado apaciguar temporalmente. Así lo he declarado á uno de los magistrados que estudiaron tu causa, que te creía culpable y á quien he hecho dudar con mis afirmaciones. He probado tu inocencia á Marenval y ese escéptico, ese egoísta, ha sido presa de tal entusiasmo que ha fletado un navío, ha dejado sus placeres, y ha atravesado los mares desafiando peligros, fatigas y responsabilidades para acompañarme hasta ti. Y cuando llego á decirte que el crimen por el que estás condenado no se ha cometido, ¿serás tú el único que no quiera creerme?
--¡Pero se ha cometido un crimen! exclamó Jacobo con espanto. Veo todavía aquella mujer muerta, con su cabello rubio y su cara ensangrentada é informe...
--¡Informe!
--¿Quién era aquella mujer, si no era Lea?
--Eso es lo que vengo á preguntarte.
El presidiario se torció las manos, angustiado por su ignorancia, que él creía mortal.
--¡No sé! ¡No puedo saber! ¿Cómo quieres que sepa? ¡Oh! Me estás atormentando... Déjame en mi abyección y en mi rebajamiento... ¿Á qué querer remontar la corriente? ¡Estoy perdido sin apelación! El destino no cambia. Soy un desgraciado víctima de fatalidades inexplicables y en vano tratarás de arrancarme á mi suerte. No me revoluciones el pensamiento con esperanzas irrealizables. Déjame: no espero más que el reposo y el olvido de la muerte.
--¿Á tal abandono de ti mismo has llegado? exclamó Tragomer. ¡Qué! el efecto de la miserable condición en que vives hace dos años ha sido tan rápido y tan completo que renuncias á justificarte y á confundir á los culpables?
--Tú no sabes, Cristián, las torturas mortales que he padecido. ¡Todo me es indiferente ya!
--¿Hasta ver á tu madre y á tu hermana?
--¡Oh! no... Eso solamente, eso es lo que deseo. ¿Pero cómo lograr esa dicha? Soy un presidiario. Por muy benévolos que sean mis carceleros, no puedo esperar la libertad antes de años y años, y aun entonces no podré volver á Francia. Sería, pues, preciso que mi madre y mi hermana viniesen aquí y cuando ahora no han venido contigo es que juzgan que es imposible y no lo harán jamás. Ellas y yo moriremos sin habernos vuelto á ver. Eso es lo que me desgarra el corazón, Cristián; acepto mi miserable suerte, me resigno á sufrir, pero no á que sufran los que amo.
Dejó caer la cabeza hasta las rodillas y así, con el cuerpo enflaquecido, encorvado en su sayal de tosco lienzo, se echó á llorar como un niño. Al oir ese ruido el vigilante apareció en la puerta y viendo á Tragomer sentado con el preso, que lloraba á lágrima viva, dijo:
--¡Ah! ¿Está contando su historia y eso le conmueve? No es mal muchacho, aunque haya dado un mal golpe... Si todos aquí fueran como él, nuestro oficio no sería duro... Se podría tener humanidad... Pero la mayor parte, milord, son buenos mozos que le matarían á uno si no tuviera el revólver en la cintura... ¿Se cansa usted de hablar con él? Me le llevaré...
--Un instante, dijo Tragomer con calma. Ha logrado conmoverme y quiero conocer el fin de su aventura...
--Como usted guste.
Y el vigilante encendió un cigarrillo y fué á sentarse en la sombra para esperar al visitante.
--Ya ves, Jacobo, que tenemos los instantes contados. Voy á tener que dejarte y nada te he dicho de nuestros proyectos. Si esperas aquí que se pruebe tu inocencia, pueden pasar años. Tu madre puede morir sin haberte visto y tú mismo puedes desaparecer. Además es imposible que establezcamos las verdaderas responsabilidades y que desembrollemos la maraña de pruebas enredada al rededor de tu cabeza, si no estás á nuestro lado para trabajar y guiarnos. La obra emprendida será lenta y más lenta todavía la justicia. Hay que obrar y adelantarnos á ella atrevidamente.
--¿Qué has soñado? preguntó Jacobo con estupor.
--Que te escapes.
--¡Yo!...
--Si... No debe ser difícil... Tú gozas, según me han dicho, de una libertad relativa. Trabajas y duermes en un edificio que depende de las oficinas... ¿Á qué hora de la noche te encierran?
--No puedo decirte nada, contestó Jacobo con rudeza. Me tientas en vano... No quiero escaparme.
--¿Rehusas la libertad?
--No quiero tomármela.
--¿Crees que te la darán?
--Si tienes las pruebas de mi inocencia, intenta la revisión del proceso...
--¡Qué! ¿No comprendes que nos estrellaremos contra todas las dificultades acumuladas por tus enemigos, y que tenemos que contar con la mala voluntad de la justicia? Empieza por huir; después probaremos que no eres culpable, te empeño mi palabra...
Jacobo alzó la frente. En las frases de su amigo, le habían conmovido dos palabras: tus enemigos. Hasta entonces había acusado de su infortunio á la casualidad y la oscuridad impenetrable que rodeaba su pensamiento había contribuído á apaciguarle. El misterio, que al principio le exasperaba, fué después una causa de resignación. Pero, de pronto, Tragomer arrojaba en su espíritu una levadura inesperada y su calma se veía turbada por una repentina fermentación. ¡Sus enemigos! Quería conocerlos y una ardiente curiosidad reemplazó á su indiferencia envilecida.
--¿Crees que mi pérdida ha sido preparada por personas que tenían interés en hacerme daño?
--No me cabe duda.
--¿Las conoces?
--Sospecho que sí.
--Dime sus nombres.
Tragomer vió en los ojos de su amigo que la vida moral renacía en él. Jacobo de Freneuse empezaba á reaparecer.
--Si te nombro al que sin duda alguna urdió toda la intriga, te vas á estremecer de horror ante una acción tan baja y tan cobarde de un ser con el que tenías derecho á contar, que no ignoraba nada de tus pensamientos ni de tus acciones y que estaba seguro de perderte, por lo mismo que habías confiado completamente en él. Figúrate otro yo; imagina que has sido vendido por otro Cristián, y si buscas tan cerca de tu corazón, encontrarás al hombre que buscas.
La fisonomía del desgraciado tomó una expresión terrible; sus ojos se agrandaron como si vieran un espectáculo aterrador, sus manos temblaron al levantarse hacia el cielo y en un grito inconsciente lanzó este nombre:
--¡Sorege!
Tragomer sonrió con amargura.
--¡Ah! No has vacilado; no podía ser otro. Sí, el sensato y cauteloso Sorege es el que ha vendido y deshonrado á su amigo...
--Pero ¿por qué, exclamó en tono de furiosa protesta el desgraciado; ¿por qué?
--Eso es lo que le preguntaremos á él mismo y lo que tendrá que confesarnos, te lo juro, cuando lo cojamos los dos por nuestra cuenta. He visto ya su palidez y sus temblor cuando comprendió que yo sospechaba su infamia. Si entonces no hubiera temido descubrirle mis proyectos, le hubiera confundido, porque podía hacerlo. Pero en eso caso se hubiera escapado y tú no podrías salvarte. Le tranquilicé, por el contrario, y le dí una falsa pista para conservar mi libertad de acción. Si Sorege se pusiera en guardia, sus cómplices serían advertidos y las pruebas desaparecerían. Ahora comprendes, Jacobo, que es preciso que salgas de aquí sin tardanza. La ocasión es admirable. Tenemos un navío á nuestra disposición. Mañana podemos darnos á la mar y esa es la salvación, la libertad y la rehabilitación.
--¡Me vuelves loco! exclamó dolorosamente el penado. Tantos pensamientos nuevos y tan repentinos en un pobre cerebro entumecido y cansado, es un sufrimiento atroz. ¿Qué hacer? ¿Desperdiciar en un momento las pruebas de cordura y de resignación que he logrado dar?... ¿Exponerme, si me cogen, á pasar por un hipócrita y un embustero? ¡Tragomer, no puedo!... Abandóname á mi destino...
--Jacobo, si no vienes de grado, te robaré por fuerza, dijo Cristián con terrible resolución. Estoy dispuesto á todo. He jurado á tu hermana que te devolvería á su cariño... ¿Comprendes? á tu hermana María, á quien amo y que no será mía si no te salvo... No se trata solamente de ti, sino de mí mismo, y yo sé lo que quiero y lo que debo hacer. Vendré al frente de mis hombres y te arrebataré á mano armada, si á ello me obligas. Arriesgaré en esta lucha mi vida y la suya, pero les pagaré lo que haga falta y no vacilarán... ¡Decide!
--Pues bien, te obedezco, dijo Jacobo con repentina resolución. Para evitar tantas desgracias, me expondré yo solo al peligro... ¡Pero, qué riesgos! Salir de aquí no es nada... Un traje para que no sea reconocido fuera del campo...
--Te llevaré á un sitio convenido un traje como los de nuestros marineros.
--Será preciso que gane la playa y que espere la noche para que venga á buscarme la embarcación.
--Estaré contigo... Yo no te dejo.
--Pero la barca no podrá abordar sin ser descubierta, y habrá que ir á buscarla á nado... ¿Tendré yo la fuerza suficiente?
--Yo te sostendré... y te llevaré si es preciso.
--¿Y los tiburones? ¿Has pensado que pululan por estas costas y que hay cien probabilidades contra una de ser devorado por ellos? Son los mejores guardianes de la isla y la administración lo sabe bien... Apenas vigila el mar, tan peligrosa es la evasión.
--Nos aprovecharemos de esa confianza... y en cuanto á los tiburones, los desafiaremos... Quinientos metros, ó menos, á nado... Además, iremos armados y la lancha de vapor vendrá en un momento á nuestro socorro.
--Pues bien, sea lo que Dios quiera... Hasta mañana, pues... Vete, no despertemos sospechas, ya que la resolución está tomada... Separémonos.
Se dieron un apretón de manos y Tragomer sintió en el vigor de la mano de Jacobo que éste no faltaría á su palabra.
--Me voy, amigo, dijo al vigilante. Puede usted llevarse á su pensionista...
Al llegar á la puerta, el vigilante preguntó á Cristián:
--¿Le ha interesado á usted, milord? Es un pobre diablo completamente inofensivo... Anda por todas partes en libertad y no hay peligro de que quiera escaparse... Aunque le dejaran la puerta abierta no se iría... Ande usted, 2317, váyase solo á su departamento; yo voy á acompañar á milord...
Jacobo inclinó la cabeza para ocultar la animación de su fisonomía, y saludando á Cristián balbuceó:
--Hasta la vista, señor; no olvide usted que me ha prometido libros.
--Convenido. Hasta mañana.
El penado se alejó y Cristián lo siguió impasible con los ojos.
--Está algo loco, dijo al vigilante, pero creo, como usted, que es inofensivo...
--Un niño, milord.
--¿Dónde habita?
--Ahora le enseñaré á usted el sitio. Es al lado del capellán, en un pabellón que sirve de depósito de cordelería... El olor del cáñamo es sano y está bien allí... Y, después, puede hablar con el capellán... ¡Oh! Ese es su gran recurso y parece que tiene ideas muy extrañas... Un poco chiflado, como usted dice... Ahí tiene usted su chirívitil...
Tragomer se detuvo.
--Bueno; iré á visitarle mañana, pues vendré á ver también al médico y al notario...
--¡Ah! ¿Los _Monthyons_? dijo riendo el vigilante.
Y al ver la mirada de extrañeza de su interlocutor, continuó:
--Los llamamos así porque podrían concurrir al premio de virtud si se diera aquí como en París... ¡Una broma, milord! Sí, son las personas honradas del presidio...
--Volvamos á Numea, dijo Tragomer. Mañana vendré á la misma hora... ¿Habrá que pedir nuevo permiso?
--Es indispensable, aunque ya es usted conocido
--¿Y usted me acompañará?
--Seguramente.
Llegaron al muelle donde los remeros dormían en la lancha, expuestos al sol y mecidos por la ola ligera que iba á morir al pie de la escalera. El vigilante dió un agudo silbido con un pito colgado al uniforme, y los penados, turbados en su sueño, se incorporaron con los ojos asombrados y las caras lívidas.
--Puede usted embarcar, milord. ¡Adelante!
La embarcación hendió con su proa las aguas de la bahía, mientras Tragomer, perdido en sus pensamientos, se dejaba mecer por el movimiento acompasado de los remos al hundirse en el mar.
Una hora después Cristián subía con ligereza la escala del yate y saltaba al puente por la cortadura... Marenval, imposible de reconocer con su traje de franela blanca, gorra marina con galones de oro, tez curtida y barba descuidada, se lanzó al encuentro de su amigo y llevándole á la popa, bajo una toldilla de lona que abrigaba al puente de los rayos del sol;
--¿Y bien? preguntó con ansiedad. ¿Le ha visto usted?
--Acabo de dejarle.
--¿Todo está arreglado?
--¡No sin trabajo!
--¿Que me cuenta usted?
--La triste verdad. He necesitado casi amenazarle para decidirle á escapar.
Marenval hizo un gesto de asombro.
--¿Habremos llegado tarde? ¿No tendrá ya la fuerza y la energía necesarias para evadirse?
--Tiene fuerza. Lo que le faltaba era la voluntad.
--¿Prefería quedarse?
--Sí. Estaba bajo la influencia de no sé qué ideas de resignación fatalista; tenía horror á la lucha, al esfuerzo. La acción le espantaba. Hubo un momento en que creí que su razón había volado... Esa espantosa existencia es muy á propósito para quebrar los caracteres más enteros; cuanto más fino es el temple de un alma, más rápidamente es destruída por semejantes pruebas... He tenido que revelarle la traición de Sorege para hacerle entrar en posesión de sí mismo... ¡Oh! Entonces sí saltó de furor y gritó de desesperación... De este modo me apoderé de él.
--¿Qué han resuelto ustedes?
--El plan más sencillo es siempre el mejor. Mañana le llevaré una blusa, un pantalón y una boina de marinero. Me quedaré por la noche, bajo pretexto de visitar el interior de la isla por la mañana temprano, y ayudaré á Jacobo á llegar á un punto de la costa, donde esperaremos la oscuridad ocultos en las quebraduras de las rocas. Entonces vendréis con la chalupa de vapor á pasar por la isla, lo más cerca posible, en cuanto cierre la noche, lo que es aquí obra de algunos minutos... Nosotros nos echaremos al mar y llegaremos á nado á la embarcación. Si grito, forzaréis la velocidad hacia nosotros, pues será que estemos en peligro. En pocos instantes se decidirá nuestra salvación ó nuestra pérdida.
--¿Y el navío?
--El navío pedirá sus papeles mañana y pasará la visita, de modo de levar anclas á las siete de la noche. Es preciso que le encontremos á la altura de la isla Nou en condiciones de dar en un momento el máximum de velocidad. Podríamos ser perseguidos... Hay un vapor en la rada y si da la alarma, se nos dará caza en un instante.
--No hay nada que temer; nuestro yate anda bien.
--Y si nos cañonean...
Marenval se calló y su mirada se dirigió hacia los cuatro cañones cuyas bocas de cobre asomaban por la borda.
--Tenemos con qué defendernos ¿verdad? ¿Es eso lo que usted pensaba? preguntó Tragomer.
--Sí, dijo Marenval, Pero entonces nos convertimos en verdaderos filibusteros y la ley no se anda en bromas en esos casos. Hay que tratar de que no haya conflicto...
--¿Y si, á pesar de todo, es inevitable?
--¿El capitán y la tripulación obedecerán?
--El capitán es inglés y no se dejará coger. Su gente es disciplinada y le obedecerá.
Marenval dió un suspiro. Había previsto las dificultades y el peligro que se presentaban. Pero tomó valientemente su partido.
--Saldremos adelante, dijo. Hasta ahora todo ha resultado bien. Hemos tenido un tiempo magnífico; la travesía ha sido feliz; nuestro yate es capaz de andar diez y ocho nudos por hora durante doce, sin sufrir avería. El resultado dependerá de la actividad con que os ayudemos mañana por la noche. Puede usted contar con que todo se hará según su deseo. Yo no dejaré el puente y ¡qué diablo! si hay que jugar el todo por el todo pura socorreros, se jugará...
Caía la noche. Los fuegos de la isla Nou se encendieron poco á poco en la bruma transparente que se extendía por el mar, y, en lontananza, se dibujó la forma del presidio, de los campos y de los almacenes, contorneada por los faroles que los alumbraban. En aquella rada silenciosa, en medio de la oscuridad rápidamente caída sobre las ondas, aquel cuadro de presidio revelado por las luces que servían para vigilar á sus míseros habitantes, infundía en el pensamiento de los dos amigos, una profunda tristeza. ¡Cuántos dolores, cuántas penas y cuántas cóleras fermentaban en aquella ciudad del crimen y de la vergüenza! Bajo el cielo límpido y tachonado de estrellas, parecía que flotaba un grito de odio y de venganza. Y dentro de aquella tranquilidad, y de aquella atmósfera tibia y serena, unos hombres, verdaderos condenados, maldecían la vida que se arrastraba para ellos en el sufrimiento y la miseria, sin esperanza.
VII
El vigilante enseñó á Tragomer la cordelería y le dijo:
--Ahí tiene usted la casa. Si quiere usted entrar, voy á llamar á nuestro párroco...
Cristián se volvió hacia un marinero que le seguía y le dijo en inglés:
--Entre usted conmigo, Dougall.
El marinero, que llevaba al hombro una cajita de madera, tocó la boina con la mano y se disponía á entrar, cuando el centinela le detuvo diciendo:
--Tiene usted que dejar fuera la caja. No se puede entrar nada en los edificios, sin autorización.
--La traemos, dijo el vigilante sacando un papel del bolsillo.
El marinero entró detrás de Tragomer en la barraca, donde sentados en el suelo y con la espalda contra la pared, unos presidiarios estaban trabajando en gruesas y duras maromas embreadas. Todas las cabezas se levantaron con curiosidad y las manos, doloridas por el trabajo, se detuvieron. Aquel rebaño humano dejó oir un gruñido, pero á la vista del vigilante que cerraba la puerta, se produjo un silencio medroso. Los tres hombres atravesaron un patinillo contiguo á las células de castigo y vieron á través de la reja un espectáculo conmovedor. Un desgraciado con la cabeza cubierta con un capuchón por cuyos agujeros lucían sus ojos, estaba dando vueltas al rededor del patio, como una bestia feroz. Andaba lentamente y su cadena sujeta encima de la rodilla preducía un chirrido lúgubre. Enmascarado, solitario, silencioso, aquel hombre daba espanto.
--¿Qué hace ahí ese hombre? preguntó Tragomer al vigilante.
--Se pasea durante media hora. Después volverá á entrar en su calabozo. Es un escapado que fué cogido y le han condenado á dos años de célula. No ve ni habla á nadie y vive en un nicho de tres metros de largo y uno de ancho.
--¡Un _in pace_! murmuró con horror Tragomer. Esta es la suerte que aguarda á los desgraciados que traten de escaparse...
--¡Ah! milord, si no se les tratase con dureza no habría medio de entenderse...
--Y, sin embargo, es natural que un preso trate de fugarse.
--Es natural, pero eso nos produce muchas molestias. Por eso no somos blandos con los que tratan de abandonarnos.
El solitario, metido en su capuchón, daba vueltas y vueltas. Cristián se estremeció pensando que si Jacobo volvía á caer en manos de sus guardianes le estaba reservada igual suerte, é instintivamente palpó en su bolsillo el revólver que había puesto en él antes de salir. La muerte era mil veces preferible al suplicio de aquel emparedado que no salía de su tumba de piedra sino para dar vueltas velado, sin que los rayos del sol ni la brisa del cielo pudieran tocarle la cara.
Pasaron por una fragua donde algunos presidiarios estaban martillando en el yunque las esposas y las cadenas que iban á servir para sujetar á sus compañeros de miseria. Después llegaron á una puerta sobre la que se leía: Oficina auxiliar de las subsistencias.
--Aquí es, dijo el vigilante.
En una pequeña pieza amueblada con una mesa y dos bancos, Jacobo de Freneuse estaba copiando en un registro unas notas amontonadas delante de él. Levantó la cabeza y se sonrojó, al ver á su amigo, pero permaneció en su sitio, pluma en mano, esperando la orden del vigilante.
--Puede usted dejar el trabajo mientras el señor esté aquí... Aquí tiene usted los libros que está autorizado para traerle...
El marinero abrió la caja y sacó una biblia, un libro de viajes y unos paquetes de tabaco.
--Creo que querrá usted aceptar estos cigarros, dijo Tragomer al vigilante; no los hay así en la colonia. En cuanto al tabaco, ruego á usted que se lo deje á este pobre muchaobo.
--Dé usted las gracias, 2317. Ahí tiene usted para varios meses, si no se lo deja robar por los camaradas... ¡Vamos! Tiene usted suerte; todos los visitantes no son tan generosos...
--Señor, muchas gracias, dijo humildemente el penado.
--Milord, cuando usted quiera marcharse, le espero en la lancha... Usted no se perderá ya en el camino y yo tengo necesidad de ver al comandante, que vive al otro lado del presidio... Tardaré una hora.
--Tómese usted el tiempo necesario... Yo no saldré hasta la hora reglamentaria...
--Á las seis... Ya estará oscuro.
--Que se vaya con usted el marinero. Váyase, Dougall, y que no se cambien en nada mis disposiciones.
El marinero saludó y siguió de cerca al vigilante. Tragomer los siguió con la vista desde la puerta y observó que no tomaban el camino por el que habían entrado, por lo cual no debían pasar, al salir, por delante del centinela. La suerte se decidía en favor de Jacobo. Una vez cerrada la puerta, Cristián se precipitó sobre su amigo y dijo, mirándolo hasta el fondo del alma:
--¿Estás resuelto?
--Estoy resignado á seguirte, porque así lo quieres; decidido á sufrir puesto que es preciso.
--Está bien. Tenemos pocos instantes disponibles. Hace dos horas que me paseo por el presidio, para hacer tiempo, oyendo la charla de un idiota que ha sido notario y de un mentecato que ha sido médico. ¡Pobre amigo! Eso es lo que hubieran hecho de ti diez años de esta infernal existencia. Más vale morir al tratar de ser libre.
Mientras hablaba, Tragomer se estaba desnudando. Debajo de su americana blanca, traía una blusa de lana azul igual á la de Dougall y debajo del pantalón, otro de la misma tela que la blusa. En seguida sacó del bolsillo una boina bordada de rojo y un par de zapatos.
--¡Vamos! vivo... ¡Desnúdate! ¿No podrán sorprendernos?
--No, no vendrá nadie, si el vigilante se ha marchado realmente. ¿Pero cómo me quito la cadena?
--¡Espera!
Tragomer sacó un martillo y una pequeña lima de acero montada sobre una ballesta. Cristián no pudo menos de sonreir.
--¡Herramienta de ladrón!
Estaba ya manejando la lima con destreza y la limadura de hierro caía en polvo sin producir el menor ruido. Al cabo de un cuarto de hora la anilla del brazo estaba limada hasta la mitad de su espesor. Entonces, un golpe seco con el martillo la hizo quebrarse. La operación fué más fácil y más pronta para anilla de la pierna. La cadena cayó al suelo y Jacobo pudo extender sus miembros, libres ya del infamante lazo. Tragomer cogió la cadena y se disponía á ocultarla, pero Jacobo dijo:
--Arranca esas dos anillas; quiero llevármelas.
Libre de golpear en la cadena sin hacer daño al preso, Tragomer rompió las dos anillas y se las metió en el bolsillo, mientras Jacobo, echando fuera, el inmundo sayal de tela de sacos, se ponía el traje de marinero. Una vez que lo tuvo puesto y que estuvo calzado con sus zapatos, Jacobo apareció diferente de como estaba con la librea de presidiario; su estatura resultó más alta y sus hombros más anchos. Ya no parecía encorvado bajo el peso de su infamia, pero el semblante cetrino del penado podía aún denunciarle. Tragomer, entonces, sacó un estuche de pinturas y postizos, hizo sentar á Jacobo y como si le estuviese pintando para un baile, le extendió en la cara un tinte de color de ladrillo. Después le pegó cuidadosamente algunos pelos rojos en la barbilla, y satisfecho de su obra, entregó á su amigo un espejito redondo, diciéndole:
--Toma. ¿Te reconoces?
En vez de la cara de miseria y de desesperación del pobre 2317, Jacobo vió en el espejo un vigoroso marinero quemado por el sol de los trópicos. Tragomer le entregó un revólver y le dijo con terrible resolución:
--Ahora, toma este arma, ¿Está convenido que no te cogerán vivo? Yo te defenderé, si es preciso, hasta el último aliento.
--Puedes estar tranquilo, dijo Jacobo sonriendo, ¡La última bala será para mí!
--Pues bien, ponte esa caja al hombro como la traía Dougall y vámonos.