En el fondo del abismo: La justicia infalible
Part 11
--Lo que encargo á ustedes desde ahora, dijo con intensa emoción la anciana, es que abracen á mi desgraciado hijo en mi nombre y le aseguren que mi corazón no ha dudado jamás de él y que mi pena no me ha importado pensando en la suya. Ha cometido muchos errores y muchas faltas, pero está pagando su mala vida con un suplicio que le limpia y le engrandece. Díganle ustedes esto que le consolará si ha llorado y antes de prometerle la rehabilitación háganle ver que nada es perdido en este mundo, ni aun el dolor...
--Realizaré sus deseos, señora, dijo gravemente Tragomer; pero si usted piensa que se puede expiar cualquier error, dígnese ser indulgente con los que yo he cometido. ¿No querrá usted abogar por mi con la señorita de Freneuse? Sería muy dulce para mi decirle adiós antes de marchar. Si sigue inexorable por lo que á ella concierne, acaso quiera animarme por cariño á su hermano. No pido ningún perdón, ninguna esperanza. Un sencillo deseo de buen éxito y si no vuelvo, una oración.
La señora de Freneuse se levantó, pasó á la pieza contigua, donde estuvo un instante, y volvió á aparecer seguida de su hija. Las dos mujeres estaban pálidas y con los ojos llenos de lágrimas. María se adelantó hacia su antiguo prometido y dijo con voz segura:
--Ha pedido usted verme, señor de Tragomer, antes de partir. Sé que va usted á intentar la salvación de mi hermano y no puedo oponerme á ese deseo. Aquí estoy.
Tragomer permaneció delante de ella turbado, temblando y desgraciado. Quiso hablar, pero había prometido callarse. Su justificación le subía á los labios y su corazón estaba lleno de pena viendo después de dos años, adelgazada y abatida por el dolor, á la que había conocido risueña, y dichosa. Le parecía más hermosa en el dolor que en la alegría. Su cara había tomado un carácter de nobleza y de altivez en vez de su antigua expresión de discuido y de candor. Se adelantó hacia ella y dijo con dulzura:
--María...
La joven se estremeció ante los recuerdos que evocaba en su mente aquel nombre pronunciado por su antiguo prometido. Todo el pasado desfiló por sus ojos. Vió la casa alegre y animada, á su madre dichosa, á su hermano mimado á pesar de sus locuras, y á ella sonriente ante un porvenir de felicidad.
Ante ese cuadro tan dulce de la antigua vida, acabada para siempre, la joven no pudo contener su emoción y llevándose las manos á la cara rompió en sollozos. Tragomer, entonces, sin poder contenerse dijo con vehemencia apasionada:
--Esas lágrimas, María, me afligen y me encantan á la vez, porque indican que no lo ha olvidado usted todo y que su corazón no está cerrado para siempre. ¡Oh! si, se abrirá de nuevo para mi, lo sé, y me perdonará. Tanto haré que olvidará usted su justo resentimiento. Si hubiera partido sin ver á usted, creo que mi empeño hubiera fracasado. Ahora que ya no tengo ninguna inquietud, estoy seguro de triunfar. Sepa, pues, que por usted haré todo lo que he pensado y entonces, comparando mis errores con la reparación conseguida, llegará un día en que usted me perdone.
María se levantó tranquila, fuerte, decidida, y mostrando á Cristián su hermosa cara transfigurada por la esperanza, pronunció estas palabras:
--¡Logre usted su empeño!...
Tragomer lanzó un grito de júbilo y viendo la mano de María que caía con descuido por encima de su falda, la cogió arrodillándose é imprimió en ella respetuosamente sus labios. Después se inclinó ante la señora de Freneuse y dijo:
--¡Vamos, Marenval; ahora partamos.
--¡Partamos! repitió Cipriano con energía.
Y abrazando calurosamente á las dos mujeres, siguió á Tragomer.
SEGUNDA PARTE
VI
La chalupa de vapor se detuvo al pie de la escalera del muelle y un sargento de infantería de marina tiró con un gancho de la embarcación para facilitar el desembarque del pasajero. Éste se levantó de la popa, donde estaba sentado al lado del timonel y dijo en inglés:
--Esperadme aquí hasta que vuelva. Acaso tardaré largo tiempo; que ni un solo hombre baje á tierra.
--Muy bien, master Cristián.
Tragomer vestido de tela blanca y llevando en la cabeza el casco colonial de corcho, saltó con ligereza á las losas mojadas de la escalera y subió al muelle. Una bandada de canacos vestidos de sórdidos oropeles se agolpó delante del viajero. El sargento exclamó rudamente.
--¡Atrás! atajo de brutos...
Y levantando un revenque que tenía en la mano pareció dispuesto á poner de acuerdo sus actos con sus palabras. Los indígenas hicieron plaza al recién llegado y éste se encontró solo en presencia del jefe del puesto.
--¿Ha desembarcado usted del pequeño navío inglés; caballero?
--Sí, dijo Tragomer con un fuerte acento inglés, he desembarcado para todo el día. Quisiera visitar el establecimiento penitenciario...
--Hay que pedir permiso al gobernador.
--¡Ah! ¿Y dónde está el gobernador?
Con la habitual complacencia francesa, el sargento buscó con la vista al rededor y viendo un vigilante canaco que estaba holgazaneando sentado en el parapeto de la estacada, le gritó:
--¡Derinho! Vas á acompañar hasta el palacio á este señor extranjero... No encontrará usted al gobernador, caballero; está haciendo un viaje á bordo del aviso de guerra... pero le recibirá á usted su secretario... Si, son las tres y debe estar allí todavía... Si por casualidad se hubiera marchado, lléguese usted al café de la _Cousine_.
--Gracias, dijo sonriendo Tragomer, y no queriendo ofrecer dinero al digno sargento, sacó del bolsillo una petaca de paja de Manila y la presentó al jefe del puesto.
--Hágame el favor de aceptar un cigarro.
--¡Con mucho gusto!... ¡Cáspita! ¿Ha pasado usted, al venir, por la Habana?
Cristián vació la petaca en las manos del soldado y, saludándole, siguió al guía que le esperaba.
--Esta vez, exclamó alegremente el soldado viendo alejarse al viajero, si atrapo el cáncer del fumador, no será con colillas...
Y encendiendo voluptuosamente un cigarro de banquero, continuó su interrumpida ronda de vigilancia. Hacía un calor sofocante apenas dulcificado por la brisa del mar. La isla de Nou extendía enfrente de la rada su costa baja orlada de espuma y en el cielo sin nubes se recortaban las agrestes y verdosas cimas de la isla de los Pinos. La bahía estaba animada por el movimiento de las chalupas y de los lanchones conducidos por marineros canacos. Un gran barco carbonero estaba llenando sus calas y repartía en derredor una mancha negra, mientras algunos navíos mercantes, con las velas plegadas en las vergas y las chimeneas inactivas, balanceaban su mole sobre las ondas azules. Unos cuantos metros más lejos, un yate blanco, armado en goleta, de poca altura sobre el agua y cortado para carreras, levantaba su chimenea amarilla por la que se escapaba un ligero penacho de humo: En el palo de popa flotaba la bandera inglesa y el movimiento de la tripulación en el puente indicaba que el navío tenía sus calderas encendidas y estaba pronto á marchar.
Por un paseo de árboles cuya vitalidad no honraba á la administración colonial, Tragomer entró en la población precedido por el guía. Como hacía buen tiempo, una espesa capa de polvo cubría el camino, que en la época de las lluvias debía convertirse en un río de cieno. Á uno y otro lado se veían algunas tiendas poseídas por expenados y que ofrecían á la población objetos de utilidad ó de lujo. Las muchachas canacas, con sus sombreros trenzados y sus vestidos de algodón de colores, pasaban, de vuelta del mercado, mostrando las cestas llenas de pescados y respondiendo con sonrisas á las miradas de los soldados de marina. El vigilante acortó el paso y Tragomer vió delante de él una construcción bastante vasta en la que se ostentaba la bandera tricolor.
--¡Palacio!... dijo con énfasis Derinho, escupiendo un charco de saliva enrojecida por el betel.
--Bien, respondió Tragomer, que divisó al centinela apoyado negligentemente en su fusil á la sombra de la garita.
Cristián dió una moneda al guía y entró en el palacio. Una cuadrilla de penados estaba componiendo el techo de un pabellón y el vigilante, sentado en una viga, fumaba tranquilamente. Sobre una puerta Tragomer leyó: "Administración penitenciaria--Despacho del Gobernador--Secretaría general;" Entró y un empleado soñoliento levantó la cabeza al oir pasos y dijo con voz agria:
--¿Qué desea usted?
--Hablar con el señor secretario...
--¡Otro inglés! murmuró el empleado; y levantándose perezosamente entró en la habitación contigua.
--Pase usted, dijo reapareciendo un momento después.
El secretario estaba medio echado en una butaca, con el chaleco desabrochado y la corbata deshecha. Al ver al visitante se levantó, indicó con mano negligente un sillón enfrente del suyo y con una cara que expresaba grande asombro, pues nadie iba á aquel país sin estar obligado, dijo:
--¿Á quién tengo el honor de hablar?
--Sir Cristián Fergusson, de Liverpool, y aquí tiene usted una carta del cónsul de Francia en Colombo que me recomienda á la benevolencia del señor Gobernador.
--¿El señor es inglés? dijo el secretario cogiendo el papel con amable indiferencia. Sí, no vemos visitantes si no son ingleses ó americanos. Los franceses no vienen jamás... Esos no viajan... ¿Para qué venir, por otra parte, á este endiablado país? ¡El establecimiento! ¡Los campos penitenciarios! ¡Bonito espectáculo! En fin, cada uno su gusto...
Echó una ojeada á la carta y continuó:
--Está usted haciendo un estudio comparativo del régimen penal de las naciones europeas... ¡Ingrato trabajo! Hay que ver de cerca á los penados, como nosotros los vemos, para darse cuenta del escaso partido que se puede sacar de ellos para colonizar... ¡Mal ganado, caballero, mal ganado! ¡Y difícil do conducir! Todos creen, al llegar aquí, que van á estar en Jauja. Los hay que están en las cárceles de Francia y matan para ser enviados á la Nueva Caledonia... Ven la colonia á través de sus sueños y cuando se encuentran con la realidad viene el desencanto. Aquí no gozan de una existencia de plantador ó de sibarita... ni con mucho. Creen que van á pasar el tiempo fumando en la orilla del mar, como parisienses de veraneo, y se sublevan cuando ven las cuadras, los dormitorios en que duermen encadenados, los vigilantes revólver en mano... ¡Oh! Cuando se portan bien, la administración es paternal con ellos. Se les admite en las oficinas, se dulcifica su suerte y se les hace casi dichosos... Pero ¿cuántos se hacen dignos de esos favores?... La mayor parte no tienen más que una idea: robar y escaparse...
El secretario tomó aliento. Su oyente le había escuchado con una atención que le halagaba, y ya se preparaba á proseguir, cuando Tragomer le preguntó:
--¿Son frecuentes esas evasiones?
--Muy frecuentes, pero casi siempre inútiles. Para que un penado se pueda escapar, es preciso que le recoja un navío. Tuvimos en otro tiempo la evasión de Rochefort con Olivier Pain, que se cita como una especie de leyenda. Pero es preciso gastar mucho dinero y tener cómplices fuera para que salga bien una tentativa semejante... Generalmente, los que se escapan se meten en las malezas y viven allí como bandidos corsos, hasta que los cogen los canacos ó se rinden ellos mismos... Su única probabilidad de salvación es apoderarse de una lancha y tratar de llegar á la Australia... Pero entonces corren el riesgo do morirse de hambre ó de que se los coman los tiburones.
--¿Y dónde se escapan más fácilmente?
--En la isla Nou... El último que nos jugó esa partida consiguió despojar de su uniforme al vigilante y atarle como un salchichón... Después se escapó en su lancha, pero se le alcanzó en el mar y fué preso... Es un antiguo sacerdote, condenado por atentado al pudor. ¡Oh! un buen punto... Le echaron encima cinco años de célula... Allí puede decir sus rezos á la sombra.
El secretario se echó á reír, pero se repuso ante la calma imperturbable de su interlocutor.
--¿Hay en este momento penados cuya conducta sea ejemplar y que merezcan los favores de que me hablaba usted hace poco?
--¡Ah! Ya veo que está usted haciendo averiguaciones serias, dijo el secretario, mirando con curiosidad á Cristián.
--Sí; voy á publicar un trabajo á mi vuelta á Inglaterra, en el _Century-Magasine_... y deseo reunir datos.
El secretario cogió un librote, lo hojeó y dijo:
--Tenemos en el almacén un antiguo notario condenado á veinte años por haber arruinado un pueblo entero de provincia... Nos presta muy buenos servicios... Aquí, en el hospital, hay un médico condenado á perpetuidad por haber envenenado á su querida... Estuvo admirable, hace poco tiempo, cuando la epidemia de viruela: sin su abnegación, no sé cómo hubiéramos salido del paso... Yo no quiero que me cuide otro médico cuando esté malo... Y la familia del gobernador forma parte de su clientela...
--¡Muy curioso! dijo Cristián. Verdaderamente francés!
--Amigo mío, contestó el secretario, no hay que andarse con prejuicios ante el peligro. Es mejor ser curado por un presidiario que morirse tratado por un santo.
--_Yes_. ¿Y hay otros?
--Sí; le indico muy particularmente un joven de buena familia condenado á perpetuidad por haber matado á su querida. Ha caído en un misticismo extraordinario, hasta el punto de edificar con su piedad al capellán. Si el señor gobernador le dejase libertad para ello y los reglamentos lo permitieran, se haría cura... Nos hemos visto obligados á separarle de los demás penados, que le colmaban de injurias y de malos tratamientos y hubieran acabado por matarle, tomándole por un espía destinado á denunciarles.
--¿Y cómo se llama ese hombre tan extraño?
--Se llamaba Freneuse. Ahora está matriculado con el número 2317.
Tragomer se estremeció, su cara se cubrió de palidez y su corazón se oprimió dolorosamente. Respondió, sin embargo, con calma:
--¿Me será posible ver al notario, al médico y á ese apóstol?
--Sí, si así lo desea usted.
--Creo que me será útil.
--Pues voy á dar á usted un permiso.
--Será usted muy amable.
El funcionario escribió unas líneas y dijo:
--Doy orden para que pongan á la disposición de usted la lancha de la administración; eso simplificará todas las formalidades. El patrón acompañará á usted.
--_¡All right!_
--Pero son las diez dadas. ¿Ha almorzado usted?
--No; no he hecho más que desayunarme esta mañana. Si quiere usted permitir á un viajero con el que ha sido usted tan complaciente, que le invite á almorzar, llegará al colmo de su buena hospitalidad... tan francesa.
--Realmente, soy yo quien debe hacer los honores...
--Me disgustaría usted, dijo Cristián sonriendo.
--Pues acepto.
Se puso la corbata, se abrochó el chaleco, cogió el sombrero y salió precediendo á Tragomer.
El mismo día, á las tres, la lancha de la administración, impulsada, por seis vigorosos pares de remos que manejaban otros tantos presidiarios, atracaba en la isla Nou, y Cristián, conducido por el patrón del barco, se dirigía al establecimiento penitenciario. En la muralla que rodea el campo de los penados se apoyaba un pequeño edificio en cuya puerta se leía, en letras negras y rojas, estas palabras: _Pretorio disciplinario_. Era el tribunal ante el que comparecían los indisciplinados para responder de sus fechorías. Un estrado y unos cuantos bancos guarnecían la sala, cuyas paredes estaban tendidas de cal.
--Siéntese usted un instante, milord, dijo el vigilante. Voy á buscar al 2317 y se lo traeré... Puede usted fumar si gusta..., no huele á rosas aquí.
Tragomer inclinó la cabeza sin responder, y se apoyó en el estrado desde el cual se distribuían castigos á aquellos desgraciados que parecen, sin embargo, haber llegado al máximum del sufrimiento. Una indecible angustia le oprimía el corazón. Había llegado al fin de su empresa; el presidio le había abierto sus puertas y dentro de un instante iba á encontrarse en presencia del que venía á buscar desde tan lejos.
Conocía ya su estado moral, pues el secretario se lo había descrito claramente; pero ¿cuál sería su estado físico? ¿Cómo habría soportado la terrible prueba de la vida común con tantos bandidos? ¿Qué habría sido, después de dos años, del hermoso Freneuse? ¿Habría persistido el vigor en aquel cuerpo sometido á repugnantes trabajos, á privaciones de alimento y á un clima mortífero? ¿No le habría minado y destruído la pena? ¿Llegaría á tiempo la salvación? Se oyeron pasos, la puerta se abrió y el vigilante dijo.
--Entre usted. Aquí está el extranjero que tiene autorización para verle.
Tragomer se volvió. Quería que Jacobo no pudiera reconocerle al entrar. No sabía si el vigilante les dejaría solos y temía que un grito, un ademán, una palabra, redujesen á la nada toda su combinación. El vigilante se acercó á él:
--Milord, aquí está el personaje. Está un poco chillado, ¿sabe usted? Escuche sus tonterías el tiempo que guste y cuando se canse no tiene más que llamarme. Yo me quedo á la puerta.
Tragomer experimentó una tranquilidad deliciosa. Iba á poder hablar libremente á su amigo. Ahora ardía en deseos de volverse y de verle. Le sentía allí, á tres pasos, humilde y obediente, esperando sus órdenes. Veía de reojo su silueta miserable con el traje de lienzo del presidio. Una sombra interceptó la claridad de la puerta; era el vigilante que salía. Cristián, entonces, se volvió y poniéndose un dedo en los labios como para recomendar la prudencia á su amigo, avanzó hacia él sonriendo.
Jacobo de Freneuse no hizo un gesto ni pronunció una palabra. Un tinte lívido invadió su cara enflaquecida y afeitada, sus ojos se agrandaron asustados como á la vista de un espectro, tembló con todos sus miembros y, las manos juntas, los labios balbucientes, dijo muy bajo, como si temiera hacer desvanecerse aquella dichosa visión:
--¡Cristián! ¡Cristián! ¿Es posible? ¡Cristián!
Las lágrimas brotaron de sus ojos tristes y dulces y se deslizaron por sus demacradas mejillas. Y se quedó allí inmóvil, el pecho anheloso y medio muerto de angustia y de esperanza. De pronto percibió á su amigo que venía hacia él, sintió que dos manos afectuosas estrechaban las suyas y oyó una voz que decía:
--¡Cuidado! El vigilante puede oírnos, y todo se perdería... ¡Jacobo! ¡Mi pobre Jacobo! ¡En qué estado te encuentro! Mírame... que yo vea tus ojos... ¡Cómo has debido sufrir para llegar á esta delgadez, á este abatimiento!...
Le atrajo al ángulo más lejano de la sala, donde era difícil verlos é imposible oirlos desde fuera. Se sentaron en un banco y Tragomer cogió en sus brazos al pobre mártir y le estrechó contra su corazón riendo y llorando á la vez. Jacobo, sin embargo, trataba de desasirse, como avergonzado.
--¿No te causo horror? dijo con amargura. Mira mi traje y este número, que es ya mi único nombre, ¡Estás abrazando á un presidiario, Tragomer! ¡Bien sabes, sin embargo, que soy un asesino!
--¡No! Sé que eres inocente y acabo de navegar millares de leguas para decírtelo y para ayudarte á probarlo. Jacobo, bésame en la mejilla; la última boca que se ha posado en ella es la de tu madre.
--¡Mi madre! dijo Jacobo con extravío. ¿La has visto, vienes de su parte y me traes sus besos? ¡Oh! Cristián, he aquí un momento que me compensa de muchas penas... ¿Se habrá el cielo apiadado de mí? Pero no me escuches... ¿Qué importa lo que yo digo? ¿Qué puedo decirte? Mi vida se resume en la palabra desgracia. ¡Háblame! Tengo sed de oirte!...
--Los instantes que hemos de estar juntos son preciosos, Jacobo mío. He entrado aquí con nombre falso. Me creen inglés. Tengo un navío anclado en el puerto. Marenval, pronto y decidido á todo, me espera.
--¡Marenval! ¿De dónde viene ese celo imprevisto?
--De sus remordimientos por no haber hecho bastante por tu causa y de su deseo de reparar su falta.
--Pero ¿qué intentáis?
--Escucha. En el momento de la sentencia protestaste de tu inocencia con toda la energía de que eres capaz. Nadie te creyó. Los que más te amaban, pensaron que habías obrado en un momento de locura, pero con gran dolor suyo, tuvieron que privarse de defenderte. El asesinato era un hecho cierto, evidente, indiscutible.
--Sí, dijo Jacobo, pero no le había cometido yo. En la cárcel, durante la prisión preventiva, me cogía la cabeza con los manos y me volvía loco, porque, como tú dices, la evidencia me aplastaba. Y, sin embargo, yo sabía bien que era inocente. Cuando los testigos desfilaban delante de mí en la sala de audiencia, y todos probaban mi crimen; cuando el fiscal tomó la palabra para acusarme, yo me preguntaba si mi razón me había abandonado, porque todos decían cosas que yo no podía negar ni refutar y, sin embargo, sabía que era inocente. Mientras la notable defensa de mi abogado, yo comprendía que ninguno de los argumentos con tanta inteligencia aducidos por él llevaba la convicción á los ánimos, y oí mi sentencia sin asombro alguno. Sin embargo, era inocente. ¿Cómo se explica, Cristián, que se puedan producir iniquidades semejantes, que un desgraciado pueda ser entregado á los verdugos sin haber hecho nada para ser torturado, que se le insulte, que se le humille y que se le encadene, si no hay en su destino un castigo del cielo con el que ha sido ingrato? Nada ocurre en la vida sin que tenga una razón determinante; la dicha ó la desgracia se merecen por los esfuerzos hechos en el sentido del bien ó del mal. Yo nací bajo una influencia dichosa; la fortuna repartió en torno mío sus más preciosos dones, y yo, en vez de aprovechar esas influencias favorables para levantarme más y más, las usé para descender hasta la más horrible conducta. He afligido á los míos con mis caprichos y mis faltas. No puedo comprender esta catástrofe final sino como una expiación de mi mala vida. He meditado, he llorado, he sufrido y me he inclinado bajo la mano que me hiere, para merecer su misericordia por mi resignación.
--¿Así pues, has renunciado á toda esperanza de justificarte?
--¿Cómo probar hoy lo que no pude hace dos años? Para perderme se unieron mil circunstancias misteriosas. Tenía una deuda con el destino y la estoy pagando.
--¿Y si yo hubiera descubierto la trama misteriosa y criminal de esas circunstancias misteriosas?
--¿Sabrías tú lo que yo me maté inútilmente por saber?
--Lo sé.
--¿Cómo lo has descubierto?
--Por casualidad.
--¿Conoces al culpable?
--Todavía no, pero sé que no pudiste ser tú.
--¿Has descubierto al verdadero asesino de Lea Peralli?
--No lo he descubierto, por la sencilla razón de que Lea Peralli está viva.
Los ojos de Jacobo se pusieron fijos como si los atrajera una visión lejana y horrorosa. Movió la cabeza y dijo:
--La vi bañada en sangre. ¡Estaba muerta!
--Y yo la he visto llena de fuerza y de salud. ¡Estaba bien viva!
Una sombra de espanto pasó por la mente de Jacobo: el infeliz creyó que la locura venía de nuevo á asaltar su mente. Bajó la voz y dijo con terror:
--¡Cristián! ¿Estás seguro de no delirar? Tengo miedo por mi razón en algunos momentos. Los testigos, los jueces, todo el mundo ha estado de acuerdo. Yo estoy aquí con esta inmunda librea de presidiario porque Lea Peralli murió asesinada. ¿Qué significaría todo este rigor, toda esta infamia, si yo no tuviera que responder de un crimen cierto? ¿Qué formidable y monstruosa mistificación se habría cometido? ¿Y qué decir de los que se hubieran prestado á ella?
Se echó á reir sordamente; después sus ojos se llenaron de lágrimas. Bajó la cabeza, como para ocultar el llanto, y el movimiento acompasado de sus labios hizo creer á Cristián que estaba rezando.