# En el fondo del abismo: La justicia infalible

## Part 10

Book page: https://www.cyberlibrary.org/es/books/en-el-fondo-del-abismo-la-justicia-infalible-14236/index.md

Pasaron al salón, donde la señora de Weller, en el centro de un grupo de señoras, estaba haciendo funcionar un admirable fonógrafo que acababa de recibir de América. El aparato era la última palabra del progreso y reproducía exactamente las voces humanas y los sonidos de los instrumentos. Una cuadrilla de indios cantaba una canción semi-salvaje que hacía entonces furor en todas las poblaciones americanas y bailaban una danza desordenada. Todo estaba exactamente reproducido, hasta las pisadas epilépticas de los bailarines y los aullidos de entusiasmo de los espectadores.

--Ahora, si ustedes quieren, dijo la dueña de la casa, oirán á la Patti y á Mac-Kinley...

Harvey y Tragomer se aproximaron á miss Maud, y en el momento en que Mac-Kinley empezaba á decir: _Fellow citizens of the senate_..., el ganadero, señalando á su hija el joven, dijo:

--Te presento al vizconde de Tragomer, un amigo de tu futuro marido... Miss Harvey, mi hija.

La delgada fisonomía de la americana se esclareció con una sonrisa. Señaló á Cristián una silla al lado de su sillón y dijo en tono un poco autoritario:

--Siéntese usted. Celebro mucho hablarle; deseaba conocerle hace mucho tiempo. Algunos amigos míos me han hablado de usted con frecuencia.

--Su prometido...

--¡No! El señor de Sorege no ha pronunciado jamás su nombre de usted. Y, sin embargo, sé que ha sido su amigo durante muchos años. No debe usted extrañar el verme tan bien enterada; soy curiosa y me gusta saber lo que atañe á las personas con quienes entablo relaciones... ¡Y no las hay más importantes que las del matrimonio! Me alegro, pues, de conocer á los que han rodeado á mi futuro marido: se juzga muy bien á las personas por las que les acompañan... ¿Por qué Sorege no habla nunca de usted? ¿Están ustedes regañados?

Tragomer, algo sorprendido por aquel atrevimiento, inclinó un poco la cabeza para disimular su embarazo. Le repugnaba dar á miss Harvey informes falsos y no quería declarar el enfriamiento de sus relaciones con Sorege. Una palabra dicha por ella á su promedito bastaría para ponerle en guardia.

Tan poco enfadados estamos, que si su padre de usted no me hubiera hecho el honor de presentarme, iba á hacerlo Sorege mismo.

--¡Tanto mejor! Yo quisiera que el señor de Sorege tuviera muchos amigos como usted... Parece que los tuvo muy malos en otro tiempo... ¿Quién era aquel Freneuse, que tan mal acabó?

Al oir aquella pregunta imprevista, Cristián se puso rojo y miró atentamente á miss Harvey. Desde que tenía que habérselas con Sorege desconfiaba de todo. Sospechó que la americana servía inconscientemente de cómplice al hombre de las miradas ocultas y que aquella prueba había sido preparada como un lazo. Quiso entonces penetrar hasta el fondo del pensamiento de miss Maud y dijo:

--Ese pobre Freneuse, señorita, era un infeliz muchacho que conocíamos el señor de Sorege y yo desde la infancia y cuyas aventuras han sido causa de una gran aflicción para todos los que le tratábamos.

--¿Por qué el señor de Sorege tiene tanta repugnancia en hablar de esas aventuras y del que fué su protagonista?... Nunca he podido sacar de él mas que respuestas vagas y lloronas sobre este asunto.

--Pero, señorita Maud, ¿por qué esa curiosidad?

--¡Ah! Hay entre mis conocimientos muy malas lenguas que critican todo lo que se hace sin su intervención... Se ha criticado mucho mi proyecto de matrimonio con el señor de Sorege y como no se encontraba nada reprensible en su conducta, han recurrido á la de sus relaciones... De este modo he tenido que conocer ese desgraciado asunto de Freneuse. Ha habido quien me ha hecho entender que habiendo el conde vivido en intimidad con un culpable, no sería imposible que él llegase á serlo. Como es natural, he acogido esos absurdos con el desprecio que merecen; pero he interrogado á Sorege sobre su antiguo amigo y él, que es tan dueño de sí mismo, se ha turbado y ha parecido estar en un suplicio. Entonces me propuse poner en claro lo que hubiese en el asunto.

--Pero, señorita, me cuesta trabajo comprender que una joven como usted, sin inquietudes y sin cuidados, aplique su atención á asuntos tan dolorosos como el que usted evoca. Y en todo caso, si el hecho de haber sido amigo de Jacobo de Freneuse es comprometedor, permítame usted harcerla observar que yo también fui amigo suyo.

--Sí, pero usted le defendió, usted no teme hablar de él, ni se pone violento cuando se pronuncia su nombre... Tengo la costumbre de pensar muy claramente y de hablar con mucha franqueza. En este asunto de Freneuse hay algo que me choca en lo que se refiere al señor de Sorege. ¿Qué es? Usted debe saberlo; dígamelo.

Cristián permaneció impasible.

--No tengo nada que decir á usted, miss Maud, sino que Jacobo de Freneuse no ha cesado de afirmar su inocencia y que algunos amigos suyos no han creído en su culpa, á pesar de las apariencias y á pesar de las pruebas.

--¿Y usted es de esos amigos?

--Sí, soy uno de ellos.

--¿Y no ha hecho usted nada hasta ahora para probar que no se engaña?

--¿Qué he de hacer? La justicia ha pronunciado su fallo.

--¿Y si se ha engañado?

--La justicia no se engaña, aunque es algunas veces engañada, que no es lo mismo.

--¿Había, pues, en ese asunto alguien que tuviera interés en engañar á la justicia?

--Acaso.

--¿Le conoce usted?

--No, no le conozco.

En este momento Sorege, inquieto al ver que la conversación de Tragomer y de su prometida se prolongaba, apareció en la puerta del salón. Miss Harvey le hizo seña con el abanico de que se aproximara y con todo el ímpetu incontrastable de su naturaleza, le dijo:

--Venga usted por acá. Estoy encantada de que mi padre me haya presentado al señor de Tragomer, que me está interesando mucho con el asunto de Freneuse, sobre el cual nunca he podido arrancar á usted ni una palabra. ¿Por qué no me ha dicho usted que le creía inocente?

--¡Quisiera creerlo! dijo Sorege con voz sorda.

--Tiene usted menos sencillez de espírtu ó menos indulgencia que el señor de Tragomer, porque él admite la inocencia de su amigo.

El conde inclinó la cabeza con tristeza.

--Tragomer tiene muchas razones para querer que Jacobo sea inocente; por eso afirma lo que desea...

--¿Qué razón es puede tener que usted no tenga? Era amigo de aquel desgraciado como usted, no más.

--¿No ha dicho á usted entonces los lazos que le unían á la familia Freneuse?

Miss Maud fijó en Tragomer su clara mirada. El joven se sonrió.

--Es verdad; la señorita de Freneuse era mi prometida cuando ocurrió la catástrofe que echó por tierra todos nuestros proyectos. ¡Oh! Confieso que fué por mi culpa... No tuve constancia ni firmeza para desafiar y despreciar la opinión pública y sufrí débilmente la influencia de cobardes consejos. Me alejé un poco de esas desgraciadas señoras y cuando volví hallé la puerta cerrada y los corazones llenos de desdén... Por eso he paseado por el mundo entero mi tristeza durante diez y ocho meses, sin lograr calmarla. Aquí tiene usted mi historia, que es la de todos los amigos de Jacobo de Freneuse, y ahora comprenderá usted porqué á Sorege le es desagradable hablar de este asunto.

--Le hubiera agradecido que me confesase la verdad, como agradezco á usted mucho su franqueza... Comprendo la resolución de la hermana de aquel desgraciado... Yo no perdonaría nunca una falta de valor moral... Me explico que se tenga miedo delante de un tigre ó de un león. Es un efecto físico que no se puede razonar, pero creo que sería inexorable para un desfallecimiento intelectual. Después de volver del viaje, ¿ha hecho usted alguna tentativa para ver á su antigua prometida ó á su madre?

--No, dijo sordamente Tragomer; sé que sería inútil...

--¿Y usted, conde, no las ha vuelto á ver?

--Nunca.

Miss Harvey se quedó un instante pensativa. Después dijo, con una expresión de melancolía que contrastaba con su habitual vivacidad:

--La suerte de esas pobres mujeres es de lo más triste que se puede soñar. ¿Siguen creyendo en la inocencia del joven?

--Siempre.

--¿Y no hacen nada?

--¡Qué quiere usted que hagan?

--¡Si yo estuviera en su lugar haría algo! No es admisible el estarse llorando y meditando en un rincón cuando se ha cometido una injusticia. Yo, señor de Tragomer, si uno de mis hermanos hubiera sido víctima de una maquinación semejante, no hubiera tenido ni un instante de descanso hasta hacer proclamar su inocencia; hubiera gastado para ello mis fuerzas, mi inteligencia y mi fortuna, pero no hubiera dejado al inocente en presidio aunque tuviera que arrancarle de él á la fuerza con una cuadrilla de filibusteros...

Á estas últimas palabras Sorege prorrumpió en una carcajada que produjo un ruido falso. Su mirada pasó por los entreabiertos párpados hasta fijarse en la cara de Tragomer para estudiarla con inquieto cuidado.

--Usted es, dijo, una verdadera amazona, miss Maud... Pero esas cosas no se hacen tan cómodamente como usted cree. Para guardar á los penados hay buenas tropas, sólidas fortificaciones y rápidos navíos que recorren las costas.

--¡Parece usted encantado por ello! contestó con vivacidad la joven. La verdad es que no lo comprendo. Hay momentos en que parece que odia usted á su antiguo amigo.

--¡Odiarle! no; pero le vitupero severamente por haber malgastado tan torpemente su vida y alterado la de los demás. No tenía más que seguir tranquilamente el camino que se le ofrecía y por su afición á los caminos extraviados se hundió en tal cloaca de vicios que fué imposible impedir que se perdiera. Le guardo rencor por eso, miss Maud, por eso solamente, y así pruebo una vez más mi amistad.

--Pero, si está usted aún preocupado por ese muchacho, ¿por qué no participa de la creencia de su amigo? ¿Por qué no trata de discutir la culpa del condenado?

--¡Ah! Eso es imposible. Nos estrellaríamos contra la evidencia, dijo Sorege con fuerza. Negar los hechos materiales y reconocidos, probar, lo inverosímil, cerrarse á la evidencia, no es empresa para un ser sensato. Se puede gemir, lamentar maldecir, revolverse contra el buen sentido; pero combatir contra la verdad, ¿para qué?

--Sorege tiene razón, miss Maud, dijo fríamente Tragomer. Lo comprendo tan bien que mis convicciones son enteramente platónicas. Si hubiera algo que hacer, ya lo hubiera intentado, esté usted segura. Precisamente porque todo lo creo inútil he tomado el partido de viajar para distraerme.

--Puesto que viaja usted, ¿por qué no va á ver á ese desgraciado?

Tragomer se estremeció y se preguntó una vez más si la americana estaría de acuerdo con Sorege para hacerle hablar. Pero la audacia misma de la pregunta destruía esa suposición. La joven estaba sencillamente influida por el genio aventurero de su raza, por el desconocimiento de los obstáculos que caracteriza á las grandes fortunas y por la inconsciencia de las leyes que es propia de la mujer.

--¿Ir á Numea? preguntó Sorege con su voz falsa. ¡Triste expedición!

--No tendría valor, dijo Tragomer, para ver en la abyección un hombre á quien he conocido bello y brillante. ¡Cómo estará después de dos años de vida común con aquellos innobles compañeros! El carácter se rebaja pronto, el cuerpo se gasta y las malas costumbres se apoderan del hombre. El presidio convierte un individuo inteligente y fuerte en un ser envilecido y degradado... Prefiero no ver ese espectáculo que me causaría profunda pena...

--Y, sin embargo, usted le cree inocente y se resigna á pensar que vive en esas miserables condiciones, sin tratar de sacarle de ellas. Va usted á pasearse por el Mediterráneo de modo de poder desembarcar en Cannes ó en Montecarlo, lo que es muy agradable y muy higiénico. Allí no verá usted espectáculos tristes, si trata de no mirar á los tísicos. Me habían dicho que los franceses eran los últimos enamorados de la Quimera y que no se cometía en el mundo una heroica locura sin que tomasen parte en ella. Celebro ver que han adquirido sentido práctico y que antes de tomar una resolución consultan sus intereses. Señor de Tragomer, buen viaje. Tengo mucho gusto en haber conocido á usted. Probablemente, habrá usted vuelto de su expedición en la primavera; si quiere venir con mi padre y conmigo á la isla de Wight, á donde iremos como todos los años, hará un viaje muy de su agrado, pues se divertirá sin emociones ni disgustos.

Al hablar así miss Maud miraba al joven con una sonrisa violenta que daba á su cara expresión de desdén extraordinario. Sorege intervino con aire paternal.

--¿Pero hay que estar loco, miss Maud, para agradar á usted? No es justo sermonear á Tragomer por mi causa. ¿Por qué exigirle una sublimidad de que yo no le doy el ejemplo? Esta noche está usted de humor regañón, y en este caso aquí estoy yo para servir de blanco. Pero, por favor, que se salven los transeuntes.

Miss Harvey se echó á reir.

--Después de todo, conde, tiene usted razón, como decía su amigo, y él también la tiene. He hecho mal en ponerme agresiva.

--¡Los pueblos nuevos! dijo Sorege. Ya pensarán como nosotros, razas cansadas.

La joven ofreció la mano á Tragomer y le dijo con su amabilidad acostumbrada:

--Me he exaltado un poco; espero que me dispensará usted.

--Con mil amores, dijo el bretón; y con más motivo todavía, puesto que Sorege es el que ha hecho el gasto.

Todos rieron y el mismo Sorege se dignó alegrar un poco su impasible fisonomía.

--Ahora, dijo la americana, no me interesa ya permanecer aquí y me voy.

Hizo una señal á su padre y se alejó seguida de Sorege. Marenval, que acechaba á su compañero hacía largo rato, se acercó entonces y preguntó, no sin inquietud:

--¿Qué diablos de conferencia han tenido ustedes los tres en ese rincón? Por los ademanes, me parecía que la conversación era grave.

--Y no se engañaba usted. Á poco me ofrece miss Maud llevarme ella misma á la Nueva Caledonia...

--¡Usted se chancea!

--No, por cierto. Y esto, delante de Sorege. Todavía tiemblo.

--¿Entonces la hija después del padre? ¡Pero esta familia tiene la manía de pasear á la gente por el mar!

--Me ha hecho sufrir un verdadero interrogatorio á propósito de Jacobo de Freneuse...

--¡Bah! ¿Para qué?

--Eso quisiera yo saber. He sospechado un instante que Sorege había preparado esta encerrona para cogerme... Pero no; estaba tan violento como yo... Todo ha sido casual... En todo caso pienso, en un momento dado, sacar partido de la entrevista. Miss Harvey no permanecería indiferente á nuestros esfuerzos en favor de Freneuse. Si hay necesidad de pedirle su ayuda en una circunstancia decisiva, no la creo mujer de regateárnosla.

--¿Contra su prometido?

--Hasta contra él.

--¿Está usted seguro de no haber dejado adivinar nuestros proyectos?

--Completamente. He preferido dejar que esa muchacha se burle de mí. En este momento le inspiro una deplorable opinión. Yo haré que la modifique.

--¿Se va usted?

--Sí, tengo que terminar aún algunos preparativos y que arreglar algunos negocios.

--¿Dónde nos veremos mañana?

--Á las tres, en casa de la señora de Freneuse. Quiero tratar de verla y cuento con usted para que me reciba.

--Hasta mañana, pues.

El sombrío hotel de la calle de _Petits-Champs_ pareció despertar de su lúgubre silencio cuando el timbre de la puerta resonó, impacientemente movido por Tragomer.

Giraud salió á abrir, sonrió á Marenval y se quedó estupefacto al ver á Tragomer. Su cara volvió á tomar el aspecto taciturno y cuando Marenval le preguntó:

--¿Están visibles las señoras?

--Para el señor, ciertamente, respondió el criado, pero no sé si el señor de Tragomer...

El acento lleno de censuras de aquella frase interrumpida impresionó profundamente á Tragomer. Desde el primer paso veía exactamente los sentimientos que había para él en aquella casa. ¡Aquel hombre que en la niñez le llevaba á su casa después de jugar con Jacobo, y que le daba paternalmente golosinas y caricias, dudaba si sus señoras querrían recibirle! El hotel de los Freneuse aparecía silencioso y desolado, Jacobo no estaba allí ya, el criado se presentaba encorvado, tembloroso y triste, y él volvía á entrar como un extraño en aquella mansión antes abierta y risueña...

--Haga usted el favor, Giraud, de anunciar á las señoras mi venida; voy á esperar en el saloncillo donde...

Al decir estas palabras tan llenas de recuerdos para él, las lágrimas se agolparon á sus ojos.

--¡Ah! señor Cristián, exclamó el criado conmovido. Nuestro Jacobo no le hará á usted compañía como en otro tiempo... Pero creo que no le ha olvidado usted y que le quiere todavía... ¡Oh! Bien pensaba yo que era imposible que hubiese abandonado á su amigo como los otros...

--No, Giraud, no le he abandonado. Ya tendrá usted la prueba. Pero es importante que hable con la señora de Freneuse. El señor Marenval va á pedir que me reciba. Condúzcale usted y yo esperaré que me llamen.

Entró en la pieza donde Marenval había interrogado tan largamente á Giraud acerca de Sorege, y el criado y Cipriano se encaminaron al salón en el que aquella madre desconsolada pasaba su existencia sin esperanza. La hija estaba trabajando silenciosamente en el hueco del balcón. Fuera de los detalles corrientes de la vida, las dos mujeres no hablaban nada: estaban tan de acuerdo que no necesitaban palabras para comprenderse.

La puerta se abrió y apareció Marenval detrás de Giraud. La señorita de Freneuse dedicó al recién llegado una amable sonrisa, se levantó y ofreciendo la mano á Cipriano le condujo hasta su madre.

--Había prometido volver muy pronto, queridas primas, dijo el antiguo comerciante, y aquí estoy para traer á ustedes mejores esperanzas que la última vez.

--¿Ha sabido usted algo favorable á nuestra causa? preguntó turbada la señora de Freneuse.

--Sí, ciertamente, muy favorable... Pero ante todo, no quiero que se me atribuya á mi solo el mérito de lo que se ha logrado. En este asunto he tenido un aliado hábil y perseverante á quien se debe la parte más importante de los resultados obtenidos;... es Tragomer.

La frente de María se oscureció, pero Marenval no se desconcertó por eso.

--Es indispensable que le vean ustedes. Sólo él podrá darles los importantes datos que posee, pues él es quien los ha obtenido á fuerza de perseverancia y de sagacidad.

La señora de Freneuse miró á su hija para ver cómo acogía esta petición. La joven hizo un movimiento de protesta, palideció y dijo, sin embargo:

--Recíbele, madre mía, si tienes en ello interés. Yo me retiraré.

--¿No puedes mostrarte menos rigurosa?

--Nunca olvidaré lo que ha hecho, bien lo sabes.

--Sin embargo, si repara su falta y trabaja con nosotros por la rehabilitación de tu hermano...

--Para convencerme necesito algo más que vanas palabras, dijo la joven con amargura.

Llamó y dijo á Giraud, que apareció en la puerta:

--Haga usted subir al señor de Tragomer.

Y sin decir más, pasó por delante de su madre y de Marenval y salió.

--¡Ese pobre Cristián! dijo Cipriano á la señora de Freneuse. Cuando usted sepa lo que ha hecho y lo que está dispuesto á hacer, será usted su abogado cerca de María. Es preciso no desanimar á un hombre tan útil. ¡Diablo! ¿Qué sería de nosotros sin él?

Tragomer entró. Durante un momento permaneció indeciso en la puerta, buscando con la vista á María, y no vió más que á la señora de Freneuse enlutada y con el cabello blanco. Sus labios se conmovieron, sus ojos se pusieron húmedos y sin poder articular palabra, Cristián fué á arrodillarse con respeto filial ante aquella mártir. La anciana abrió los brazos y ambos confundieron por un instante sus lágrimas. Por fin la señora de Freneuse se separó, enjugó sus ojos y dijo mirando afectuosamente al joven:

--Gracias, Cristián, por haber vuelto. Por unos minutos ha hecho usted resucitar el pasado. Veamos ahora qué ha hecho para que el porvenir sea mejor.

Tragomer se levantó, se apoyó en la chimenea y contestó, dirigiéndose tanto á Marenval como á la madre de Jacobo:

--He adquirido la convicción, más aún, la certeza, de que la mujer por cuya muerte fué condenado Jacobo, vive.

--¡Lea Peralli! exclamó con estupor la anciana.

--Lea Peralli. Ha habido en este asunto una parte misteriosa que estoy en vías de aclarar y no retrocederé ante nada para conseguirlo. Nuestro amigo Marenval me ayuda valerosamente, animado del mismo deseo y del mismo ardor que yo. Al fin de nuestra empresa esta la declaración de inocencia de su hijo de usted. Esto es lo que vamos á tratar de realizar.

--¿Pero cómo?

--Mañana salimos para un largo viaje por mar. Nos vemos precisados á costear por el Mediterráneo á fin de aparecer en Niza, en Nápoles, en Palermo y en Alejandría, engañando así á los que nos observan. Pero repentinamente cambiaremos de rumbo, pasaremos el canal de Suez, nos lanzaremos á todo vapor en el mar de las Indias y, por Colombo, llegaremos á la Nueva Caledonia. Allí bajaré á tierra, veré á Jacobo y le plantearé las formidables preguntas que deben esclarecer por completo la oscuridad de que tan hábilmente han sido rodeados los pormenores del crimen.

--¿Van ustedes á verle? exclamó la madre juntando las manos con ademán suplicante. ¡Oh! Llévenme con ustedes.

--No podemos. La presencia de usted á bordo sería una confesión de nuestros proyectos. Por el contrario, es preciso que cuide usted de salir alguna vez durante nuestra ausencia, para que todo el mundo sepa que está en París.

--¡Todo el mundo! ¿Quién tiene interés en vigilarme y en temerles á ustedes?

--El ó los cómplices, ó los culpables mismos, en cuyo lugar sufre y expía Jacobo... Si los ponemos en guardia pueden escaparse. Para apoderarnos de ellos, es preciso, que caigamos encima como un rayo...

--¿Pero yo los conozco? preguntó con angustia la anciana.

--No me pregunte usted, respondió Tragomer; conténtese con la esperanza que le doy. Después de haber vivido durante dos años en el aniquilamiento y en el dolor, puede usted volver á la esperanza y á la alegría.

--¡La alegría! ¡Ay! Nunca la recobraré, aunque vuelva á ver á mi hijo. Estas pruebas rasgan el corazón por toda la vida. Véame usted; estoy encorvada, blanca y arrugada como una octogenaria y no tengo cincuenta años. Ruego al cielo que los que me han proporcionado mi horrible tortura no sufran todo el castigo que merecen...

--¡Oh! señora, le sufrirán terrible, porque su maquinación tuvo tan buen resultado, que se creen seguros de la impunidad. Ha sido preciso un conjunto de circunstancias increíbles para que yo haya encontrado el primer hecho que me abrió los ojos. De pesquisas en pesquisas, hemos necesitado mucho tiempo y muchos esfuerzos para llegar al punto en que estamos y aún nos queda todo por hacer.

--¿Pero tienen ustedes, al menos, esperanzas de lograr su empeño? dijo la anciana, espantada por las restricciones de Tragomer.

--Mi querida prima, dijo Marenval, míreme usted bien. Yo no me aventuro con frecuencia y, sobre todo, jamás lo hago á la ligera. Para que un hombre como yo, al fin de su carrera, acomodado, dichoso, libre, rico, y sin otro cuidado que el de vivir bien, emprenda un asunto como este en que nos hemos comprometido Tragomer y yo, es preciso que esté firmemente seguro del resultado... ¡Sí! Lo lograremos.

La señora de Freneuse miró con extrañeza mezclada de asombro á Cipriano y éste añadió con acento de bondad:

--Tragomer me lo ha prometido y tengo confianza en él.

--Pero ¿cómo sabremos lo que suceda?

--Todo lo he previsto. Mi ayuda de cámara recibirá nuestras cartas y se las traerá á ustedes; así estarán al corriente, sin recibir una correspondencia directa. La indiscreción de un empleado ó la charla de un doméstico podrían descubrirnos y echarlo todo á perder.

--¿Y que haré yo para responder á ustedes?

--Seguirán el mismo camino. Mi ayuda de cámara es un hombre de confianza, como Giraud... Pueden ustedes darle sus cartas y él las dirigirá al capitán de nuestro yate.

