Electra

Chapter 2

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PANTOJA. Esa luz que usted cree inteligencia, no lo es. Es tan sólo el resplandor de un fuego intensísimo que está dentro: la voluntad. Con esta fuerza, que debo a Dios, he sabido enmendar mis errores.

EVARISTA. Después de la confidencia que me hizo usted anoche, veo muy claro su derecho a intervenir en la educación de esta loquilla...

PANTOJA. A marcarle sus caminos, a señalarle fines elevados...

EVARISTA. Derecho que implica deberes inexcusables...

PANTOJA. ¡Oh! ¡Cuánto agradezco a usted que así lo reconozca, amiga del alma! ¡Yo temía que mi confidencia de anoche, historia funesta que ennegrece los mejores años de mi vida, me haría perder su estimación!

EVARISTA. No, amigo mío. Como hombre, ha estado usted sujeto a las debilidades humanas. Pero el pecador se ha regenerado, castigando su vida con las mortificaciones que trae el arrepentimiento, y enderezándola con la práctica de la virtud.

PANTOJA. La tristeza, el amor a la soledad, el desprecio de las vanidades, fueron mi salvación. Pues bien: no sería completa mi enmienda si ahora no cuidara yo de dirigir a esta niña, para apartarla del peligro. Si nos descuidamos, fácilmente se nos irá por los caminos de su madre.

EVARISTA. Mi parecer es que hable usted con ella...

PANTOJA. A solas.

EVARISTA. Eso pensaba yo: a solas. Hágale comprender de una manera delicada la autoridad que tiene usted sobre ella...

PANTOJA. Sí, sí... No es otro mi deseo. (_Siguen en voz baja._)

ELECTRA (_en el grupo del centro, disputando con Máximo_). Quita, quita. ¿Tú qué sabes? (_Mostrando un dibujo._) Dice este bruto que el pájaro parece un viejo pensativo, y la mujer una langosta desmayada.

MARQUÉS. ¡Oh! no... que está muy bien.

MÁXIMO. A veces, cuando menos cuidado pone, tiene aciertos prodigiosos.

CUESTA. La verdad es que este paisajito, con el mar lejano, y estos troncos...

ELECTRA. Mi especialidad ¿no saben ustedes cuál es? Pues los troncos viejos, las paredes en ruínas. Pinto bien lo que desconozco: la tristeza, lo pasado, lo muerto. La alegría presente, la juventud, no me salen. (_Con pena y asombro._) Soy una gran artista para todo lo que no se parece a mí.

DON URBANO. ¡Qué gracia!

CUESTA. ¡Deliciosa!

MARQUÉS. ¡Cómo chispea! Me encanta oírla.

MÁXIMO. Ya vendrá la reflexión, las responsabilidades...

ELECTRA (_burlándose de Máximo_). ¡La razón, la seriedad! Miren el sabio... fúnebre. Yo tengo todo eso el día que me dé la gana... y más que tú.

MÁXIMO. Ya lo veremos, ya lo veremos.

PANTOJA (_que ha prestado atención a lo que hablan en el grupo del centro_). No puedo ocultar a usted que me desagrada la familiaridad de la niña con el sobrino de Urbano.

EVARISTA. Ya la corregiremos. Pero tenga usted presente que Máximo es un hombre honradísimo, juicioso...

PANTOJA. Sí, sí; pero... Amiga mía, en los senderos de la confianza tropiezan y resbalan los más fuertes: me lo ha enseñado una triste experiencia.

ELECTRA (_en el grupo del centro_). Yo sentaré la cabeza cuando me acomode. Nadie se pone serio hasta que Dios lo manda. Nadie dice ¡ay! ¡ay! hasta que le duele algo.

MARQUÉS. Justo.

CUESTA. Y ya, ya aprenderá cosas prácticas.

ELECTRA. Cierto: cuando venga Dios y me diga: «niña: ahí tienes el dolor, los deberes, la duda...»

MÁXIMO. Que lo dirá... y pronto.

EVARISTA. Electra, hija mía, no tontees...

ELECTRA. Tía, es Máximo que... (_Pasa al lado de su tía._)

DON URBANO. Máximo tiene razón...

CUESTA. Seguramente. (_Cuesta y Don Urbano pasan también al lado de Evarista, quedando solos a la izquierda Máximo y el Marqués._)

MÁXIMO. ¿Puedo saber ya, señor Marqués, el resultado de su primera observación?

MARQUÉS. Me ha encantado la chiquilla. Ya veo que no había exageración en lo que usted me contaba.

MÁXIMO. ¿Y la penetración de usted no descubre bajo esos donaires algo que...?

MARQUÉS. Ya entiendo... belleza moral, sentido común... No hay tiempo aún para tales descubrimientos. Seguiré observando.

MÁXIMO. Porque yo, la verdad, consagrado a la ciencia desde edad muy temprana, conozco poco el mundo, y los caracteres humanos son para mí una escritura que apenas puedo deletrear.

MARQUÉS. Pues en esa escritura y en otras sé yo leer de corrido.

MÁXIMO. ¿Viene usted a mi casa?

MARQUÉS. Iremos un rato. Es posible que mi mujer me riña si sabe que visito el taller de Electrotecnia y la fábrica de luz. Pero Virginia no ha de ser muy severa. Puedo aventurarme... Después volveré aquí, y con el pretexto de admirar a la niña en el piano, hablaré con ella y continuaré mis estudios.

MÁXIMO (_alto_). ¿Viene usted, Marqués?

DON URBANO. ¿Pero nos dejan?

MARQUÉS. Me voy un rato con este amigo.

EVARISTA. Marqués, estoy muy enojada por sus largas ausencias, pero muy enojada. No podrá usted desagraviarme más que almorzando hoy con nosotros. Es castigo, Don Juan;[27] es penitencia.

MARQUÉS. Yo la acepto en descargo de mi culpa, bendiciendo la mano que me castiga.

EVARISTA. Tú, Máximo, vendrás también.

MÁXIMO. Si me dejan libre a esa hora, vendré.

ELECTRA. No vengas, hombre... por Dios, no vengas. (_Con alegría que no puede disimular._) ¿Vas a venir? Di que sí. (_Corrigiéndose._) No, no: di que no.

MÁXIMO. ¡Ah! No te libras de mí. Chiquilla loca, tú tendrás juicio.

ELECTRA. Y tú lo perderás, sabio tonto, viejo... (_Le sigue con la mirada hasta que sale. Salen Máximo y el Marqués por el jardín. José entra por el foro._)

ESCENA VIII

ELECTRA, EVARISTA, DON URBANO, PANTOJA, CUESTA, JOSÉ.

JOSÉ (_anunciando_). La señora Superiora de San José[28] de la Penitencia.

PANTOJA. ¡Oh, mi buena Sor Bárbara de la Cruz...!

EVARISTA. Que pase aquí. (_Se levanta._) No: al salón. Vamos.

PANTOJA. ¡Qué feliz oportunidad! Así me evita el ir al convento.

EVARISTA. Hija, que estudies. (_Señalándole la estancia próxima._)

CUESTA (_despidiéndose_). Yo me retiro. Volveré luego.

EVARISTA. Adiós.

CUESTA (_aparte, por Electra_). ¿La dejarán sola?

PANTOJA (_acudiendo a Electra_). Cultive usted, Electra, con discernimiento ese arte sublime. Consagre usted todo su talento al gran Bach...[29] para que se vaya asimilando el estilo religioso. (_Vanse todos menos Electra._)

ESCENA IX

ELECTRA; _al poco rato_ CUESTA.

ELECTRA (_entonando una salmodia de Iglesia, recoge los dibujos y los ordena_). Bach... para que me asimile... ¡qué gracia! el estilo religioso. (_Canta._)

CUESTA (_entra por el foro recatándose_). ¡Sola...!

ELECTRA (_canta algunas notas litúrgicas. Ve avanzar a Cuesta_). ¿Pero no se había marchado usted, Don Leonardo?

CUESTA (_con timidez_). Sí; pero he vuelto, hija mía. Tengo que hablar con usted.

ELECTRA (_un poquito asustada_). ¡Conmigo!

CUESTA. El asunto es delicado, muy delicado... (_Con fatiga y dificultad de respiración._) Perdone usted... padezco del corazón... no puedo estar en pie. (_Electra le aproxima una silla. Se sienta._) Sí: tan delicado es el asunto que no sé por donde empezar.

ELECTRA. Por Dios, ¿qué es?

CUESTA (_animándose_). Electra, yo conocí a su madre de usted.

ELECTRA. ¡Ah! Mi madre fue muy desgraciada.

CUESTA. ¿Qué entiende usted por desgraciada?

ELECTRA. Pues... que vivió entre personas malas que no le permitían ser tan buena como ella quería.

CUESTA. ¡Oh! Sin saberlo ha dicho usted una gran verdad... ¿Recuerda usted a su madre?... ¿Piensa usted en ella?

ELECTRA. Mi madre es para mí un recuerdo vago, dulcísimo; una imagen que nunca me abandona... Viva la guardo en mi corazón, que no es todavía más que una gran memoria, y en esta gran memoria la están buscando siempre mis ojos ansiosos de verla. ¡Pobre madre mía! (_Se lleva el pañuelo a los ojos. Cuesta suspira._) Dígame, Don Leonardo: cuando trataba usted a mi madre ¿era yo muy chiquitita?

CUESTA. Era usted una monada. Le hacíamos a usted cosquillas para verla reír; su risa me parecía el encanto, la alegría de la Naturaleza.

ELECTRA. Vea usted por que he salido tan loca, tan traviesa y destornillada... Y alguna vez me cogería usted en brazos.

CUESTA. Muchísimas.

ELECTRA (_sonriendo sin acabar de secar sus lágrimas_). ¿Y no le tiraba yo de los bigotes?

CUESTA. A veces con tanta fuerza, que me hacía usted daño.

ELECTRA. Me pegaría usted en las manos.

CUESTA. ¡Vaya!

ELECTRA. ¿Pues sabe usted que creo que todavía me duelen...?

CUESTA (_impaciente por entrar en materia_). Pero vamos al caso. Advierto a usted, Electra, que esto es reservadísimo. Queda entre los dos.

ELECTRA. ¡Oh! me da usted miedo, Don Leonardo.

CUESTA. No es para asustarse. Vea usted en mí un amigo, el mejor de los amigos; vea en este acto el interés más puro, el sentimiento más elevado...

ELECTRA (_confusa_). Sí, sí: no dudo... pero...

CUESTA. Vea usted por qué doy este paso... Aunque no soy muy viejo, no me siento con cuerda vital para mucho tiempo. Viudo hace veinte años, no tengo más familia que mi hija Pilar, ya casada, y ausente. Casi estoy solo en el mundo, con el pie en el estribo para marchar a otro... y mi soledad ¡ay! parece como que quiere echarme más pronto... (_Con gran dificultad de expresión._) Pero antes de partir... (_Pausa._) Electra, he pensado mucho en usted antes que la trajeran a Madrid, y al verla ¡Dios mío! he pensado, he sentido... qué sé yo... un dulce afecto, el más puro de los afectos, mezclado con alaridos de mi conciencia.

ELECTRA (_aturdida_). ¡La conciencia! ¡Qué cosa tan grave debe ser! La mía es como un niño que está todavía en la cuna.

CUESTA (_con tristeza_). La mía es vieja, memoriosa. Me repite, me señala sin cesar los errores graves de mi vida.

ELECTRA. ¡Usted... errores graves, usted tan bueno!

CUESTA. Sí, sí: bueno, bueno... y pecador... En fin, dejemos los errores y vamos a sus consecuencias. Yo no quiero, no, que usted viva desamparada. Usted no posee bienes de fortuna. Es dudoso que la protección de Urbano y Evarista sea constante. ¿Cómo he de consentir yo que se encuentre usted pobre y desvalida el día[30] de mañana?

ELECTRA (_con penosa lucha entre su conocimiento y su inocencia_). No sé si lo entiendo... no sé si debo entenderlo.

CUESTA. Lo más delicado será que lo entienda sin decírmelo, y que acepte mi protección sin darme las gracias. Juntos van el deber mío y el derecho de usted. Gracias a mí, Electra, no se verá roto el hilo que une a cada criatura con las criaturas que fueron, y con las que aún viven... Y si hoy me determino a plantear esta cuestión, es porque... porque hace tiempo que me asedia el temor de las muertes repentinas. Mi padre y mi hermano murieron como heridos del rayo. La lesión cardiaca, destructora de la familia, ya la tengo aquí (_Señalando al corazón_): es un triste reloj que me cuenta las horas, los días... No puedo aplazar esto. No me sorprenda la muerte dejando a esta preciosa existencia sin amparo. No puedo, no debo esperar... Concluyo, hija mía, manifestando a usted que tenga por asegurado un bienestar modesto...

ELECTRA. ¡Un bienestar modesto... yo...!

CUESTA. Lo suficiente para vivir con independencia decorosa...

ELECTRA (_confusa_). ¿Y yo... qué méritos tengo para...? Perdone usted... No acabo de convencerme... de...

CUESTA. Ya vendrá, ya vendrá el convencimiento...

ELECTRA. ¿Y por qué no habla usted de ese asunto a mis tíos...?

CUESTA (_preocupado_). Porque... A su tiempo se les dirá. Por de pronto, sólo usted debe saber mi resolución.

ELECTRA. Pero...

CUESTA (_con emoción, levantándose_). Y ahora, Electra, ¿querrá usted a este pobre enfermo, que tiene los días contados?

ELECTRA. Sí... ¡Es tan fácil para mí querer! Pero no hable usted de morirse, Don Leonardo.

CUESTA. Me consuela mucho saber que usted me llorará.

ELECTRA. No me haga usted llorar desde ahora...

CUESTA (_apresurando su partida para vencer su emoción_). Adiós, hija mía.

ELECTRA. Adiós... (_Reteniéndole._) ¿Y qué nombre debo darle?

CUESTA. El de amigo no más. Adiós. (_Arrancándose a partir. Sale por el foro. Electra le sigue con la mirada hasta que desaparece._)

ESCENA X

ELECTRA, EL MARQUÉS.

ELECTRA(_meditabunda_). Dios mío, ¿qué debo pensar? Sus medias palabras dicen más que si fuesen enteras. ¡Madre del alma! (_El Marqués, que entra por el jardín, avanza despacio._) ¡Ah!... Señor Marqués.

MARQUÉS. ¿Se asusta usted?

ELECTRA. Nada de eso: me sorprendo no más. Si viene usted a oírme tocar, ha perdido el viaje. Hoy no estudio.

MARQUÉS. Me alegro. Así podremos hablar... Apenas presentado a usted, entro de lleno en la admiración de sus gracias, y conocida una parte de su carácter, deseo conocer algo más... Usted extrañará quizás esta curiosidad mía y la creerá impertinente.

ELECTRA. ¡Oh! No, señor. También yo soy curiosilla, señor Marqués, y me permito preguntarle: ¿es usted amigo de Máximo?

MARQUÉS. Le quiero y admiro grandemente... Cosa rara, ¿verdad?

ELECTRA. A mí me parece muy natural.

MARQUÉS. Es usted muy niña, y quizás no pueda hacerse cargo de las causas de mi amistad con _el Mágico prodigioso_...[31] A ver si me entiende.

ELECTRA. Explíquemelo bien.

MARQUÉS. La sociedad que frecuento, el círculo de mi propia familia y los hábitos de mi casa, producen en mí un efecto asfixiante. Casi sin darme cuenta de ello, por puro instinto de conservación me lanzo a veces en busca del aire respirable. Mis ojos se van tras de la ciencia, tras de la Naturaleza... y Máximo es eso.

ELECTRA. El aire respirable, la vida, la... ¿Pues sabe usted, Marqués, que me parece que lo voy entendiendo?

MARQUÉS. No es tonta la niña, no. También ha de saber usted que siento por ese hombre un interés inmenso.

ELECTRA. Le quiere usted, le admira por sus grandes cualidades...

MARQUÉS. Y le compadezco por su desgracia.

ELECTRA (_sorprendida_). ¿Desgraciado Máximo?

MARQUÉS. ¿Qué mayor desgracia que la soledad en que vive? Su viudez prematura le ha sumergido en los estudios más hondos, y temo por su salud.

ELECTRA. Sus hijos le consuelan, le acompañan. Hoy les ha visto usted. ¡Qué lindas criaturas! El mayor, que ahora cumple cinco años, es un prodigio de inteligencia. En el pequeñito, de dos años, veo yo toda la gracia del mundo. Yo les adoro; sueño con ellos, y me gustaría mucho ser su niñera.

MARQUÉS. El pobre Máximo, aferrado a sus estudios, no puede atenderlos como debiera.

ELECTRA. Claro: eso digo yo.

MARQUÉS. Es de toda evidencia: Máximo necesita una mujer. Pero... aquí entran mis dificultades y mis dudas. Por más que miro y busco, no encuentro, no encuentro la mujer digna de compartir su vida con la del grande hombre.

ELECTRA. No la encuentra usted. Es que no la hay, no la hay. Como que para Máximo debe buscarse una mujer de mucho juicio.

MARQUÉS. Eso es: de mucho juicio.

ELECTRA. Todo lo contrario de mí, que no tengo ninguno, ninguno, ninguno.

MARQUÉS. No diría yo tanto.

ELECTRA. Otra cosa: cuando usted me oye decirle tonterías y llamarle bruto, viejo, sabio tonto, no vaya a creer que lo digo en serio. Todo eso es broma, señor Marqués.

MARQUÉS. Sí, sí: ya lo he comprendido.

ELECTRA. Bromas impertinentes quizás, porque Máximo es muy serio... ¿Cree usted, señor mío, que debo yo volverme muy grave?

MARQUÉS. ¡Oh! no. Cada criatura es como Dios ha querido formarla. No hay que violentarse, señorita. No necesitamos ser graves para ser buenos.

ELECTRA. Pues mire usted, Marqués, yo que no sé nada, había pensado eso mismo. (_Aparece Pantoja por el foro._)

PANTOJA (_aparte en la puerta_). Este libertino incorregible... este veterano del vicio se atreve a poner su mirada venenosa en esta flor. (_Avanza lentamente._)

MARQUÉS (_aparte_). ¡Vaya! Se nos ha interpuesto la pantalla obscura, y ya no podemos seguir hablando.

ELECTRA. El señor Marqués ha venido a oírme tocar; pero estoy muy torpe. Lo dejamos para otro día.

MARQUÉS. Ya sabe usted que el gran Beethoven[32] es mi pasión. Me habían dicho que Electra le interpreta bien, y esperaba oírle la _Sonata Patética_,[33] la _Clair de Lune_[34]... pero nos hemos entretenido charlando, y pues ya no es ocasión...

PANTOJA (_con desabrimiento_). Sí: ha pasado la hora de estudio.

MARQUÉS (_recobrando su papel social_). Otro día será. Amigo mío, Virginia y yo tendremos mucho gusto en que usted nos honre con sus consejos para cuanto se refiere al Beaterio de Las Esclavas.[35]

PANTOJA. Sí, sí: esta tarde iré a ver a Virginia y hablaremos.

MARQUÉS. En el Beaterio la tiene usted toda la tarde. Y pues estoy de más aquí... (_En ademán de retirarse._)

ELECTRA. No. Usted no estorba, señor Marqués.

MARQUÉS. Me voy con la música... al taller de Máximo.

PANTOJA. Sí, sí: allí se distraerá usted mucho.

MARQUÉS. Hasta luego, mi reverendo amigo.

PANTOJA. Dios le guarde. (_Vase el Marqués hacia el jardín._)

ESCENA XI

ELECTRA, PANTOJA.

PANTOJA (_vivamente_). ¿Qué decía? ¿Qué contaba ese corruptor de la inocencia?

ELECTRA. Nada: historias, anécdotas para reír...

PANTOJA. ¡Ay, historias! Desconfíe usted de las anécdotas jocosas y de los narradores amenos, que esconden entre jazmines el aguijón ponzoñoso... La noto a usted suspensa, turbada, como cuando se ha sentido el roce de un reptil entre los arbustos.

ELECTRA. ¡Oh, no!

PANTOJA. La inquietud que producen las conversaciones inconvenientes, se calmará con los conceptos míos bienhechores, saludables.

ELECTRA. Es usted poeta, señor de Pantoja, y me gusta oírle.

PANTOJA (_le señala una silla: se sientan los dos_). Hija mía, voy a dar a usted la explicación del cariño intenso que habrá notado en mi. ¿Lo ha notado?

ELECTRA. Sí, señor.

PANTOJA. Explicación que equivale a revelar un secreto.

ELECTRA (_muy asustada_). ¡Ay, Dios mío, ya estoy temblando!...

PANTOJA. Calma, hija mía. Oiga usted primero lo que es para mí más dolorosa. Electra, yo he sido muy malo.

ELECTRA. Pero si tiene usted opinión de santo!

PANTOJA. Fui malo, digo, en una ocasión de mi vida. (_Suspirando fuerte._) Han pasado algunos años.

ELECTRA (_vivamente_). ¿Cuántos? ¿Puedo yo acordarme de cuando usted fue malo, Don Salvador?

PANTOJA. No. Cuando yo me envilecí, cuando me encenagué en el pecado, no había usted nacido.

ELECTRA. Pero nací...

PANTOJA (_después de una pausa_). Cierto...

ELECTRA. Nací... Por Dios, señor de Pantoja, acabe usted pronto...

PANTOJA. Su turbación me indica que debemos apartar los ojos de lo pasado. El presente es para usted muy satisfactorio.

ELECTRA. ¿Por qué?

PANTOJA. Porque en mí tendrá usted un amparo, un sostén para toda la vida. Inefable dicha es para mí cuidar de un ser tan noble y hermoso, defender a usted de todo daño, guardarla, custodiarla, dirigirla, para que se conserve siempre incólume y pura; para que jamás la toque ni la sombra ni el aliento del mal. Es usted una niña que parece un ángel. No me conformo con que usted lo parezca: quiero que lo sea.

ELECTRA (_fríamente_). Un ángel que pertenece a usted... ¿Y en esto debo ver un acto de caridad extraordinaria, sublime?

PANTOJA. No es caridad: es obligación. A mi deber de ampararte, corresponde en ti el derecho a ser amparada.

ELECTRA. Esa confianza, esa autoridad...

PANTOJA. Nace de mi cariño intensísimo, como la fuerza nace del calor. Y mi protección, obra es de mi conciencia.

ELECTRA (_se levanta con grande agitación. Alejándose de Pantoja, exclama aparte_): ¡Dos, Señor, dos protecciones! Y ésta quiere oprimirme. ¡Horrible confusión! (_Alto._) Señor de Pantoja, yo le respeto a usted, admiro sus virtudes. Pero su autoridad sobre mí no la veo clara, y perdone mi atrevimiento. Obediencia, sumisión, no debo más que a mi tía.

PANTOJA. Es lo mismo. Evarista me hace el honor de consultarme todos sus asuntos. Obedeciéndola, me obedeces a mí.

ELECTRA. ¿Y mi tía quiere también que yo sea ángel de ella, de usted...?

PANTOJA. Ángel de todos, de Dios principalmente. Convéncete de que has caído en buenas manos, y déjate, hija de mi alma, déjate criar en la virtud, en la pureza.

ELECTRA (_con displicencia_). Bueno, señor: purifíquenme. ¿Pero soy yo mala?

PANTOJA. Podrías llegar a serlo. Prevenirse contra la enfermedad es más cuerdo y más fácil que curarla después que invade el organismo.

ELECTRA. ¡Ay de mí! (_Elevando los ojos y quedando como en éxtasis, da un gran suspiro. Pausa._)

PANTOJA. ¿Por qué suspiras así?

ELECTRA. Deje usted que aligere mi corazón. Pesan horriblemente sobre él las conciencias ajenas.

ESCENA XII

ELECTRA, PANTOJA; EVARISTA _por el foro_.

EVARISTA. Amigo Pantoja, la Madre Bárbara de la Cruz espera a usted para despedirse y recibir las últimas órdenes.

PANTOJA. ¡Ah! no me acordaba... Voy al momento. (_Aparte a Evarista._) Hemos hablado. Vigile usted. Temamos las malas influencias.

(_Antes de salir Pantoja por el foro, entran el Marqués y Máximo por la derecha._)

ESCENA XIII

ELECTRA, EVARISTA, EL MARQUÉS, MÁXIMO.

MARQUÉS. He tardado un poquitín.

EVARISTA. No por cierto. ¿Estuvo usted en el estudio de Máximo? (_Se forman dos grupos: Electra y Máximo a la izquierda; Evarista y el Marqués a la derecha._)

MARQUÉS. Sí, señora. Es un prodigio este hombre. (_Sigue ponderando lo que ha visto en el laboratorio._)

ELECTRA (_suspirando_). Sí, Máximo: tengo que consultar contigo un caso grave.

MÁXIMO (_con vivo interés_). Dímelo pronto.

ELECTRA (_recelosa mirando al otro grupo_). Ahora no puede ser.

MÁXIMO. ¿Cuándo?

ELECTRA. No sé... no sé cuándo podré decírtelo... No es cosa que se dice en dos palabras.

MÁXIMO. ¡Ah, pobre chiquilla! Lo que te anuncié... ¿Apuntan ya las seriedades de la vida, las amarguras, los deberes?

ELECTRA. Quizás.

MÁXIMO (_mirándola fijamente, con vivo interés_). Noto en tu rostro una nube de tristeza, de miedo... gran novedad en ti.

ELECTRA. Quieren anularme, esclavizarme, reducirme a una cosa... angelical... No lo entiendo.

MÁXIMO (_con mucha viveza_). No consientas eso, por Dios... Electra, defiéndete.

ELECTRA. ¿Qué me recomiendas para evitarlo?

MÁXIMO (_sin vacilar_). La independencia.

ELECTRA. ¡La independencia!

MÁXIMO. La emancipación... más claro, la insubordinación.

ELECTRA. Quieres decir que podré hacer cuanto me dé la gana, jugar todo lo que se me antoje, entrar en tu casa como en país conquistado, enredar con tus hijos, y llevármelos al jardín o a donde quiera.

MÁXIMO. Todo eso, y más.

ELECTRA. ¡Mira lo que dices...!

MÁXIMO. Sé lo que digo.

ELECTRA. ¡Pero si me has recomendado todo lo contrario!

MÁXIMO (_mirándola fijamente_). En tu rostro, en tus ojos, veo cambiadas radicalmente las condiciones de tu vida. Tú temes, Electra.

ELECTRA. Sí. (_Medrosa._)

MÁXIMO. Tú... (_Dudando qué verbo emplear. Va a decir amar y no se atreve_) deseas algo con vehemencia.

ELECTRA (_con efusión_). Sí. (_Pausa._) Y tú me dices que contra temores y anhelos... insubordinación.

MÁXIMO. Sí: corran libres tus impulsos, para que cuanto hay en ti se manifieste, y sepamos lo que eres.

ELECTRA. ¡Lo que soy! ¿Quieres conocer...?

MÁXIMO. Tu alma...

ELECTRA. Mis secretos...

MÁXIMO. Tu alma... En ella está todo.

ELECTRA (_advirtiendo que Evarista la vigila_). Chitón. Nos miran.

ESCENA XIV

_Los mismos_; DON URBANO, PANTOJA _por el fondo_.

DON URBANO. ¿Almorzamos?

PANTOJA (_a Evarista, sofocado, viendo a Electra con Máximo_). ¿Pero, hija, la deja usted sola con Mefistófeles?

EVARISTA. No hay motivo para alarmarse, amigo Pantoja.

MARQUÉS (_riendo_). ¡Claro: si este Mefistófeles es un santo! (_Da el brazo a Evarista._)

PANTOJA (_imperiosamente, cogiendo de la mano a Electra para llevársela_). ¡Conmigo! (_Electra, andando con Pantoja, vuelve la cabeza para mirar a Máximo._)

MÁXIMO (_mirando a Electra y a Pantoja_). ¿Contigo...? Ya se verá con quién. (_Máximo y Don Urbano salen los últimos._)

ACTO SEGUNDO

La misma decoración.

ESCENA PRIMERA

EVARISTA, DON URBANO, _sentados junto a la mesa despachando asuntos_; BALBINA, _que sirve a la señora una taza de caldo_.

DON URBANO (_preparándose a escribir_). ¿Qué se le dice al señor Rector del Patrocinio?[36]

EVARISTA (_con la taza en la mano_). Ya lo sabes. Que nos parece bien el plano y presupuesto, y que ya nos entenderemos con el contratista.

DON URBANO. No olvides que la proposición de éste asciende a... (_leyendo un papel_) trescientas veintidós mil pesetas...