El Viaje a Nicaragua é Historia de mis libros Obras Completas, Vol. XVII

Part 8

Chapter 83,099 wordsPublic domain

_Año nuevo_ es una decoración sideral, animada, se diría, de un teológico aliento. La _Sinfonía en gris mayor_ trae necesariamente el recuerdo del mágico Théo, del exquisito Gautier y su _Symphonie en blanc majeur_. La mía es anotada «d'après nature», bajo el sol de mi patria tropical. Yo he visto esas aguas en estagnación, las costas como candentes, los viejos lobos de mar que iban a cargar en goletas y bergantines maderas de tinte, y que partían a velas desplegadas, con rumbo a Europa. Bebedores taciturnos, o risueños cantaban en los crepúsculos, a la popa de sus barcos, acompañándose con sus acordeones cantos de Normandía o de Bretaña, mientras exhalaban los bosques y los esteros cercanos rodeados de manglares, bocanadas cálidas y relentes palúdicos. En _Epitalamio bárbaro_ se testifica en la lira el triunfo amoroso de un grande apolonida. El _Responso_ a Verlaine prueba mi admiración y fervor cordial por el Pauvre Lelian, a quien conocí en París en días de su triste y entristecedora bohemia; y hago ver las dos faces de su alma pánica, la que da a la carne y la que da al espíritu; la que da a las leyes de la humana naturaleza y la que da a Dios y a los misterios católicos, paralelamente. En el _Canto de la sangre_ hay una sucesión de correspondencias y equivalencias simbólicas, bajo el enigma del licor sagrado que mantiene la vitalidad en nuestro cuerpo moral. La siguiente parte del volumen, _Recreaciones arqueológicas_ indica por su título el contenido. Son ecos y maneras de épocas pasadas, y una demostración, para los desconcertados y engañados contrarios, de que, para realizar la obra de reforma y de modernidad que emprendiera, he necesitado anteriores estudios de clásicos y primitivos. Así en _Friso_ recurro al elegante verso libre, cuya última realización plausible en España es la célebre _Epístola a Horacio_, de D. Marcelino Menéndez y Pelayo. Hay más arquitectura y escultura que música; más cincel que cuerda o flauta. Lo propio en _Palimsesto_, en donde el ritmo se acerca a la repercusión de los números latinos. En _El reino interior_ se siente la influencia de la poesía inglesa, de Dante Gabriel Rosetti, y de algunos de los corifeos del simbolismo francés, (¡Por Dios! Si he querido en un verso hasta aludir al _Glosario_ de Powell...) _Cosas del Cid_ encierra una leyenda que narra en prosa Barbey d'Aurevilly y que, en verso, he continuado. _Decires, leyes y canciones_ renuevan antiguas formas poémicas y estróficas; y así expreso amores nuevos con versos compuestos y arreglados a la manera de Johan de Duenyas, de Johan de Torres, de Valtierra, de Santa Fe, con inusitados y sugerentes escogimientos verbales y rítmicas combinaciones que dan un gracioso y eufónico resultado, y con el aditamento de finidas y tornadas. Y, para concluir, en la serie de sonetos que tiene por título _Las ánforas de Epicuro_--con una _Marina_ intercalada--hay una como exposición de ideas filosóficas; en _La espiga_, la concentración de un ideal religioso a través de la naturaleza; en _La fuente_, el autoconocimiento y la exaltación de la personalidad; en _Palabras de la Satiresa_, la conjunción de las exaltaciones pánica y apolínea--que ya Moréas, según lo hace saber un censor más que listo, había preconizado, ¡y tanto mejor!--; en _La anciana_, una alegórica afirmación de supervivencia; en _Ama tu ritmo_..., otra vez la exposición de la potencia íntima individual; en _A los poetas risueños_, un gozo amable, un ímpetu que lleva a la claridad alegre y reconfortante, con el exultorio de los cantores de la dicha; en _La hoja de oro_, el arcano de tristezas autumnales; en _Marina_, una amarga y verdadera página de mi vivir; en _Syrinx_ (pues el soneto que aparece en otras ediciones con el título _Dafne_, por equivocación, debe llevar el de _Syrinx_) paganizo al cantar la concreción espiritual de la metamorfosis; _La gitanilla_ es una rimada anécdota. Loo después a un antiguo y sabroso citareda de España; lanzo una voz de aliento y de ánimo; indico mis sueños. Y tal es ese libro, que amo intensamente y con delicadeza, no tanto como obra propia, sino porque a su aparición se animó en nuestro Continente toda una cordillera de poesía poblada de magníficos y jóvenes espíritus. Y nuestra alba se reflejó en el viejo solar.

CANTOS DE VIDA

:: Y ESPERANZA ::

[Ilustración]

CANTOS DE VIDA Y ESPERANZA

Si _Azul_... simboliza el comienzo de mi primavera, y _Prosas profanas_ mi primavera plena, _Cantos de Vida y Esperanza_ encierra las esencias y savias de mi otoño. He leído, no recuerdo ya de quién, el elogio del otoño; mas, ¿quién mejor que Hugo lo ha hecho con el encanto profundo de su selva lírica? La autumnal es la estación reflexiva. La naturaleza comunica su filosofía sin palabras, con sus hojas pálidas, sus cielos taciturnos, sus opacidades melancólicas. El ensueño se impregna de reflexión. El recuerdo ilumina con su interior luz apacible los más amables secretos de nuestra memoria. Respiramos, como a través de un aire mágico, el perfume de las antiguas rosas. La ilusión existe, mas su sonrisa es discreta. Adquiere el amor mismo cierta dulce gravedad. Esto no lo comprendieron muchos, que al aparecer _Cantos_ _de Vida y Esperanza_ echaron de menos el tono matinal de _Azul_... y la princesa que estaba triste en _Prosas profanas_, y los caprichos siglo XVIII, mis queridas y gentiles versallerías, los madrigales galantes y preciosos y todo lo que, en su tiempo, sirvió para renovar el gusto y la forma y el vocabulario, en nuestra poesía encajonada en lo pedagógico-clásico, anquisolada de siglo-de-oro, o apegada, cuando más, a las fórmulas prosaico-filosóficas o baritonantes y campanudas de maestros, aunque ilustres, limitados. Apenas Bécquer había traído su melodía a la germánica, aunque el gran Zorrilla imperase, Cid del Parnaso castellano, con su virtuosidad genial y castiza.

Al escribir _Cantos de Vida y Esperanza_ yo había explorado no solamente el campo de poéticas extranjeras, sino también los cancioneros antiguos, la obra ya completa, ya fragmentaria de los primitivos de la poesía española, en los cuales encontré riqueza de expresión y de gracia que en vano se buscarán en harto celebrados autores de siglas más cercanos. A todo esto agregad un espíritu de modernidad con el cual me compenetraba en mis incursiones poliglóticas y cosmopolitas. En unas palabras liminares y en la introducción en endecasílabos se explica la índole del nuevo libro. La historia de una juventud llena de tristezas y de desilusión, a pesar de las primaverales sonrisas; la lucha por la existencia, desde el comienzo, sin apoyo familiar, ni ayuda de mano amiga; la sagrada y terrible fiebre de la lira; el culto del entusiasmo y de la sinceridad, contra las añagazas y traiciones del mundo, del demonio y de la carne; el poder dominante e invencible de los sentidos, en una idiosincrasia calentada a sol de trópico en sangre mezclada de español y chorotega o nagrandano; la simiente del catolicismo contrapuesta a un tempestuoso instinto pagano; complicado con la necesidad psicofisiológica de estimulantes modificadores del pensamiento, peligrosos combustibles, suprimidores de perspectivas afligentes, pero que ponen en riesgo la máquina cerebral y la vibrante túnica de los nervios. Mi optimismo se sobrepuso. Español de América y americano de España, canté, eligiendo como instrumento al hexámetro griego y latino, mi confianza y mi fe en el renacimiento de la vieja Hispania, en el propio solar y del otro lado del Océano, en el coro de naciones que hacen contrapeso en la balanza sentimental a la fuerte y osada raza del norte. Elegí el hexámetro por ser de tradición greco-latina y porque yo creo, después de haber estudiado el asunto, que en nuestro idioma, «malgré» la opinión de tantos catedráticos, hay sílabas largas y breves, y que lo que ha faltado es un análisis más hondo y musical de nuestra prosodia. Un buen lector hace advertir en seguida los correspondientes valores; y lo que han hecho Voss y otros en alemán, Longfellow y tantos en inglés, Carducci, D'Annunzio y otros en Italia, Villegas, el P. Martín y Eusebio Caro el colombiano, y todos los que cita Eugenio Mele en su trabajo sobre la _Poesía bárbara en España_, bien podíamos continuarlo otros, aristocratizando así nuevos pensares. Y bella y prácticamente lo ha demostrado después un poeta del valer de Marquina.

Flexibilizado nuestro alejandrino, con la aplicación de los aportes que al francés trajeran Hugo, Banville y luego Verlaine y los simbolistas, su cultivo se propagó--quizá en demasía--en España y América. Hay que advertir que los portugueses tenían ya tales reformas.

Hay, como he dicho, mucho hispanismo en este libro mío; ya haga su salutación el optimista, ya me dirija al rey Oscar de Suecia, o celebre la aparición de Cyrano en España, o me dirija al presidente Roosevelt, o celebre al Cisne, o evoque anónimas figuras de pasadas centurias, o haga hablar a D. Diego de Silva Velázquez y a D. Luis de Argote y Góngora, o loe a Cervantes, o a Goya, o escriba la Letanía de Nuestro Señor Don Quijote. ¡Hispania por siempre! Yo había vivido ya algún tiempo y habían revivido en mí alientos ancestrales.

El título--_Cantos de Vida y Esperanza_--, si corresponde en gran parte a lo contenido en el volumen, no se compadece con algunas notas de desaliento, de duda, o de temor a lo desconocido, al más allá. En _Los tres reyes magos_ se afianza mi deísmo absoluto. En la _Salutación a Leonardo_--escrita en versos libres franceses y publicada hacía tiempo en el _Almanaque de Peuser_ de Buenos Aires--hay juegos y enigmas de arte, que exigen para su comprensión, naturalmente, ciertas iniciaciones. En _Pegaso_ se proclama el valor de la energía espiritual, de la voluntad de creación. En _A Roosevelt_ se preconizaba la solidaridad del alma hispanoamericana ante las posibles tentativas imperialistas de los hombres del Norte; en la poesía siguiente se considera la poesía como un especial don divino y se señala el faro de la esperanza ante las amenazas de la baja democracia y de la aterrizadora igualdad; en _Canto de Esperanza_ vuelvo mis ojos al inmenso resplandor de la figura de Cristo, y grito por su retorno, como salvación ante los desastres de la tierra envenenada por las pasiones de los hombres; y, más adelante, de nuevo hago vislumbrar a los meditabundos pensadores, a los poetas que sufren la transfiguración y la final victoria. _Helios_ proclama el idealismo y siempre la omnipotencia infinita; _Spes_ asciende a Jesús, a quien se pide «contra el sañudo infierno una gracia lustral de iras y lujurias»; la _Marcha triunfal_ es un «triunfo» de decoración y de música. Hay una parte titulada _Los cisnes_. El amor a esta bella ave simbólica desde antiguo:

_ignem perosus, Quæ colat, elegit contraria flumina flammis..._

ha hecho que tanto a mí como al español Marquina nos haya censurado un crítico hispanoamericano, anteponiendo al ave blanca de Leda el ave sombría, aunque minervina: el buho. De cierto, juzgo en su metamorfosis más satisfecho al hijo de Sthenelea que a Ascálafo. Y con todo, en varias partes afirmo la sabiduría del buho. Por el símbolo císnico torno a ver lucir la esperanza para la raza solar nuestra; elogio al pensador augurando el triunfo de la Cruz; me estremezco ante el eterno amor. En _Retrato_, presento en lienzos evocatorios pasadas figuras de la grandeza y del carácter hispánicos: cuatro caballeros y una abadesa. Luego ritmo al influjo primaveral, en un romance cuyo compás corto de pronto. En _La dulzura del Angelus_ hay como un místico ensueño, y presento como verdadero refugio la creencia en la Divinidad y la purificación del alma y hasta de la naturaleza por la íntima gracia de la plegaria.

_Tarde del trópico_ fué escrita hace mucho tiempo, cuando por la primera vez sentí bajo mis pies las vastas aguas oceánicas, en mi viaje a Chile. Era para mí entonces todo en la poesía el semidiós Hugo. Los _Nocturnos_, en cambio, dicen una cultura posterior; ya han ungido mi espíritu los grandes «humanos», y así exteriorizo en versos transparentes, sencillos y musicales, de música interior, los secretos de mi combatida existencia, los golpes de la fatalidad, las inevitables disposiciones del destino. Quizá hay demasiada desesperanza en algunas partes; no debe culparse sino a los marcados instantes en que una mano de tiniebla hace vibrar mayormente el cordaje martirizador de nuestros nervios. Y las verdades de mi vida: «un vasto dolor y cuidados pequeños;» «el viaje a un vago Oriente por entrevistos barcos»; «el grano de oraciones que floreció en blasfemia»; «los azoramientos del cisne entre los charcos»; «el falso azul nocturno de inquerida bohemia»... Sí, más de una vez pensé en que pude ser feliz, si no se hubiera opuesto «el rudo destino». La oración me ha salvado siempre, la fe; pero hame atacado también la fuerza maligna poniendo en mi entendimiento horas de duda y de ira. Mas, ¿no han padecido mayores agresiones los más grandes santos? He cruzado por lodazales. Puedo decir, como el vigoroso mejicano: «Hay plumajes que cruzan el pantano, y no se manchan: mi plumaje es de esos». En cuanto a la bohemia inquerida, ¿habría yo gastado tantas horas de mi vida en agitadas noches blancas, en la euforia artificial y desorbitada de los alcoholes, en el desgaste de una juventud demasiado robusta, si la fortuna me hubiera sonreído y si el capricho y el triste error ajenos no me hubiesen impedido, después de una crueldad de la muerte, la formación de un hogar...?

Esperanza olorosa a yerbas frescas, trino del ruiseñor primaveral y matinal, azucena tronchada por un fatal destino, rebusca de la dicha, persecución del mal...

Y gracias sean dadas a la suprema Razón, si puedo clamar con el verso de la obertura de este libro: «¡Si no caí fué porque Dios es bueno!» En la _Canción de Otoño en Primavera_ digo adiós a los años floridos, en una melancólica sonata, que, si se insiste en parangonar, tendría su melodía algo como un sentimental eco mussetiano. Es de todas mis poesías la que más suaves y fraternos corazones ha conquistado. En _Trébol_ hay homenaje a glorias españolas; en _Charitas_ una aspiración teologal incensa la más sublime de las virtudes. En los siguientes versos: «¡Oh, terremoto mental!» pasa la amenaza de las potencias maléficas; y más adelante se señala el peligro de la eterna enemiga, de la hermosa Varona que nos ofrece siempre la manzana... En _Filosofía_ se comprende la justeza de la obra natural y de la divina razón, contra las feas y dañinas apariencias; en _Leda_ se vuelve a cantar la gloria del Cisne en _Divina Psiquis_... se tiende, en el torbellino lírico, al último consuelo, al consuelo cristiano. _El soneto de trece versos_; cuyo sentido incomprendido ha hecho balbucir juicios distantes a más de un crítico de poca malicia, es un juego a lo Mallarmé, de sugestión y fantasía. Los versos que van a continuación elevan a la idealidad y alivian del peso a las miserias morales. Después vendrá un paternal recuerdo, un himno al encanto misterioso femenino, una loor al Gran Manco, un madrigal ocasional, un canto a la siempre para mí atrayente Thalassa, una meditación filosófica, seguida de otras; una silueta bíblica; alegorías y símbolos. Un soneto hay que tiene una dolorosa historia: _Melancolía_. Está dedicado a un pobre pintor venezolano que tenía el apellido del Libertador. Era un hombre doloroso, poseído de su arte, pero mayormente de su desesperanza.

Le conocí en París; fuimos íntimos, me mostró las heridas de su alma. Yo procuré alentarle. Pasado un corto tiempo partió para los Estados Unidos. Y no tardé en saber que en Nueva York, en el límite de sus amarguras, se había suicidado. _Aleluya_ exalta el don de la alegría en el universo y en el amor humano. _De Otoño_ explica la diferencia entre los mayos y diciembres espirituales; en el poema _A Goya_ me inclino ante el poder de aquel genial príncipe de luces y tinieblas; en _Caracol_ junto al misterio natural mi incógnito misterio; en _Amo, amas_, pongo el secreto del vivir en el sacro incendio universal amoroso; en el _Soneto autumnal al marqués de Bradomín_, al celebrar a un gran ingenio de las Españas, exalto la aristocracia del pensamiento; en otro _Nocturno_ digo los sufrimientos de los invencibles insomnios cuando el ánima tiembla y escucha; en _Urna votiva_ cumplo con la amistad; en _Programa matinal_ se expone un epicureismo todo poético; en _Ibis_ señalo el peligro de las ponzoñosas relaciones; en _Thanatos_ me estremezco ante lo inevitable; _Ofrenda_ es una ligera y rítmica galantería banvillesca; en _Propósito primaveral_ de nuevo se presenta una copa llena de vino de las ánforas de Epicuro.

La _Letanía de Nuestro Señor Don Quijote_ afirma otra vez mi arraigado idealismo, mi pasión por lo elevado y heroico. La figura del caballero simbólico está coronada de luz y de tristeza. En el poema se intenta la sonrisa del «humour»--como un recuerdo de la portentosa creación cervantina--, mas tras el sonreir está el rostro de la humana tortura ante las realidades que no tocan la complexión y el pellejo de Sancho. En _Allá lejos_ hay un rememorar de paisajes tropicales, un recuerdo de la ardiente tierra natal, y en _Lo fatal_, contra mi arraigada religiosidad y a pesar mío, se levanta como una sombra temerosa un fantasma de desolación y de duda.

Ciertamente, en mí existe, desde los comienzos de mi vida, la profunda preocupación del fin de la existencia, el terror a lo ignorado, el pavor de la tumba, o, más bien, del instante en que cesa el corazón su ininterrumpida tarea y la vida desaparece de nuestro cuerpo. En mi desolación me he lanzado a Dios como a un refugio, me he asido de la plegaria como de un paracaídas. Me he llenado de congoja cuando he examinado el fondo de mis creencias, y no he encontrado suficientemente maciza y fundamentada mi fe, cuando el conflicto de las ideas me ha hecho vacilar y me he sentido sin un constante y seguro apoyo. Todas las filosofías me han parecido impotentes, y algunas abominables y obra de locos y malhechores. En cambio, desde Marco Aurelio hasta Bergson, he saludado con gratitud a los que dan alas, tranquilidad, vuelos apacibles y enseñan a comprender de la mejor manera posible el enigma de nuestra estancia sobre la tierra.

Y el mérito principal de mi obra, si alguno tiene, es el de una gran sinceridad, el de haber puesto «mi corazón al desnudo», el de haber abierto de par en par las puertas y ventanas de mi castillo interior, para enseñar a mis hermanos el habitáculo de mis más íntimas ideas y de mis más caros ensueños. He sabido lo que son las crueldades y locuras de los hombres. He sido traicionado, pagado con ingratitudes, calumniado, desconocido en mis mejores intenciones por prójimos mal inspirados, atacado, vilipendiado. Y he sonreído con tristeza. Después de todo, todo es nada, la gloria comprendida. Si es cierto que «el busto sobrevive a la ciudad», no es menos cierto que lo infinito del tiempo y del espacio, el busto, como la ciudad, y, ¡ay!, ¡el planeta mismo, habrán de desaparecer ante la mirada de la única Eternidad!

[Ilustración:

ACABÓSE DE IMPRIMIR ESTE LIBRO EN MADRID, EN LA TIPOGRAFÍA YAGÜES EL DÍA XXIV DE ENERO DEL AÑO MCMXIX]