Chapter 9
--¡Ah!--exclamó, alzando rápidamente la vista y mirándome.--Algunos datos concernientes a su pasado, quiere usted decir. Sí. Tiene razón, señor Greenwood. Debemos ser muy prudentes y saber guardar bien el secreto de estas cartas, especialmente si, como usted lo ha indicado, Dawson conoce los medios de poder hacer inteligible este enigma.
--El secreto me ha sido legado, y, por lo tanto, voy a tomar posesión de ellas--le dije.--Haré, también, algunas averiguaciones, y me cercioraré por qué medios se pueden poner estas cifras en un inglés comprensible.
Pensé en ese momento en un señor Bayle, profesor de un colegio preparatorio situado en Leicester, que era un verdadero perito en estas cuestiones de cifras, claves y anagramas, y resolví no perder tiempo en ir allí y conocer su opinión.
A mediodía tomé el tren en St. Pancras, y a eso de las dos y media me encontraba sentado con él en su pieza particular del colegio. Era un hombre de regular edad, completamente afeitado y de rápida inteligencia, que con frecuencia había ganado premios en los varios certámenes de competencia ofrecidos por diferentes periódicos; hombre que parecía haber aprendido de memoria el _Diccionario de citas familiares_, de Bartlett, y cuyo ingenio y habilidad para descifrar enigmas era incomparable. Mientras fumábamos, le expliqué el punto sobre el cual deseaba me diese su opinión.
--¿Puedo ver las cartas?--me preguntó, sacando la pipa de su boca y mirándome con cierta sorpresa, según me pareció.
Mi primer impulso fue negarme a mostrárselas, pero después recordé que era uno de los más grandes peritos que había en estas materias, y, por consecuencia, saqué el pequeño paquete del sobre en que lo había puesto.
--¡Ah!--exclamó en el momento que las tuvo en su mano y las recorrió rápidamente.--Este es el más complicado y difícil de los enigmas cifrados, señor Greenwood. Estuvo en boga durante el siglo XVII en España e Italia, y después en Inglaterra, pero en los últimos cien años, o más, parece que ha caído en desuso, debido, probablemente, a su gran dificultad.
Con el mayor cuidado colocó en filas sobre la mesa todas las cartas, y se entregó a largos y complicados cálculos entre las pesadas bocanadas de humo que despedía su pipa.
--¡No!--exclamó al fin.--No es lo que yo esperaba. Por medio del sistema de deducciones no conseguirá nunca la solución. Podrá tratar de descifrarlo durante cien años, pero será en vano, sí no descubre la clave. Hay, en verdad, tanto ingenio en esta clase de cifra, que un escritor del siglo pasado calculó que en un paquete de cartas cifradas como éstas, existen, por lo menos, cincuenta y dos millones de posibles arreglos y combinaciones.
--¿Pero cómo está escrita la cifra?--pregunté muy interesado, aun cuando abatido al ver que no podía ayudarme.
--Del siguiente modo--replicó.--El autor del secreto decide lo que quiere dejar registrado, y entonces arregla las treinta y dos cartas en el orden que desea. Después escribe las primeras treinta y dos letras de su registro, recuerdo, o lo que sea, en el anverso o reverso de las treinta y dos cartas, una letra en cada una consecutivamente, empezando por la primera columna, y siguiendo luego por las columnas segunda y tercera, por su orden, hasta que pone la última letra de la cifra. Se suelen también colocar en el lugar de los espacios ciertas letras, y algunas veces el enigma se hace todavía más difícil de descifrar para el que por casualidad encuentra las cartas, cuando se las baraja de una manera especialmente arreglada al llegar a la mitad de lo que se está escribiendo.
--¡Muy ingenioso!--observé, completamente confundido por la extraordinaria complicación del secreto de Burton Blair.--¡Y, sin embargo, las letras están escritas con tanta claridad!
--Así es--rió el profesor.--A simple vista parece el más sencillo de todos los métodos de cifras, y, no obstante, es completamente ininteligible, salvo que se conozca la fórmula exacta en que está escrita. Cuando se consigue eso, la solución es fácil. Se arreglan las cartas en el orden que estuvieron cuando fueron escritas, y tomando una letra de cada carta sucesiva, se deletrea el enigma, leyendo hasta abajo una columna tras otra y pasando por alto las letras colocadas en el lugar de los espacios.
--¡Ah!--exclamé ansiosamente.--¡Cuánto deseo conocer la clave!
--¿Entonces es un secreto muy importante?--preguntó Bayle.
--Sumamente importante--respondí.--Es un asunto reservado que ha sido puesto en mis manos, y que estoy obligado a resolver.
--Me temo que nunca pueda conseguirlo, salvo que exista la clave, como ya le he dicho. Es demasiado difícil para que yo trate de hacerlo. Las complicaciones, que parecen de construcción tan sencilla, protegen eficazmente el secreto de toda solución posible y lo garanten de cualquier peligro. Por lo tanto, todos los esfuerzos que se hagan para descifrarlo sin conocer el orden en que estuvieron las cartas, será necesariamente inútil.
Volvió a colocarlas dentro del sobre y me las entregó, sintiendo no poderme ayudar en nada.
--Podrá intentar descifrarlo todos los días durante años y años--declaró,--y no conseguirá aproximarse a la verdadera solución. Está demasiado bien protegido para poderlo resolver por casualidad, y es, en verdad, la cifra más ingeniosa y segura que haya ideado el ingenio de un hombre.
Me quedé un rato más y tomé una taza de té con él; pero a las cuatro y media entraba en el expreso y partía para Londres, decepcionado de mi viaje completamente estéril. Dado lo que me había explicado, el secreto se hacía más impenetrable e inescrutable que nunca.
XV
CIERTAS COSAS QUE DESCUBRIMOS EN MAYVILL
--La señorita Blair, señor--me anunció Glave al día siguiente, un poco antes de las doce. Me encontraba solo en mi pieza particular, fumando y completamente confundido en la empresa de resolver el problema de las cartas del muerto.
De un salto me puse en pie para recibir a Mabel, que estaba encantadora y muy elegante con sus ricas y abrigadas pieles.
--Supongo que si la señora Percival supiera que he venido sola aquí, me daría una grave conferencia sobre la impropiedad de venir a visitar a un hombre en sus habitaciones--me dijo riendo, después que la saludé y cerré la puerta.
--Casi se puede decir que es la primera vez que me ha honrado con una visita, ¿no es así? Y me parece que no necesita inquietarse mucho por lo que piense la señora Percival.
--¡Oh! cada día está más rígida--refunfuñó Mabel.--No debo ir aquí, ni tampoco allá; se asusta de que hable con este hombre o con aquel otro, y así todo por el mismo estilo. Verdaderamente, me voy cansando de esto, le aseguro--declaró, sentándose en la silla que yo acababa de desocupar, desprendiendo el cuello de su pesada capa de pieles y acercando su precioso pie al fuego de la chimenea.
--Pero ha sido para usted una amiga muy buena--le argumenté.--Según lo que yo he podido ver, ha sido la más cómoda de las damas de compañía.
--La verdaderamente modelo es aquella que desaparece por completo cinco minutos después que ha entrado en la habitación--manifestó Mabel.--Y es justo que le conceda a la señora Percival lo que le corresponde, porque ella nunca se ha prendido de mí en los bailes y reuniones, siempre me ha dejado en libertad, y si me ha encontrado sentada en algún punto retirado y obscuro, ha tenido a mano un pretexto para dirigirme a otra parte. Sí--suspiró,--supongo que no debo quejarme cuando recuerdo esas viejas regañonas en cuyo poder están otras niñas. Por ejemplo, lady Anetta Gordon y Violeta Drummond, dos preciosas niñas que se han estrenado en esta última _season_, sufren verdaderas torturas con esas viejas brujas que las acompañan a todas partes. Ambas me han contado que no pueden levantar los ojos para mirar a un hombre, sin que al día siguiente tengan que soportar una dura conferencia sobre las maneras corteses y la modestia propia de una niña.
--En verdad, no creo tenga, hasta ahora, muchos motivos por qué lamentarse. Su pobre padre era muy indulgente con usted, y estoy seguro de que la señora Percival, aun cuando algunas veces pueda parecer un poco rígida, sólo lo hace por su bien--le dije con toda franqueza, de pie sobre el tapiz de la estufa y contemplando su hermosa figura.
--¡Oh! ya sé que en su concepto soy una niña muy voluntariosa--exclamó, con una sonrisa.--Siempre solía usted decir eso cuando estaba en el colegio.
--Lo era, hablándole con sinceridad--contesté abiertamente.
--Por cierto. Ustedes los hombres nunca tienen indulgencia con una niña, ni le conceden nada. Son dueños de su libertad cuando visten por primera vez sus pantalones largos, mientras que a nosotras, las pobres niñas, no nos dejan solas ni libres un segundo, ni dentro ni fuera de la casa. No importa que seamos tan feas como una bruja o tan bellas como Venus, tenemos que estar amarradas a alguna mujer de edad, que muy frecuentemente sucede que es tan aficionada a un «flirteo» moderado como la ingenua joven que está a su cargo. Discúlpeme, señor Greenwood, que le hable tan cándidamente, pero mi opinión es que los métodos modernos de la sociedad son todos fingidos y engañadores.
--Parece que hoy no está usted con muy buen humor--observé, sin poder dejar de sonreírme.
--No, no lo estoy--confesó.--La señora Percival está haciéndose muy pesada. Deseo ir esta tarde a Mayvill, y ella no me quiere dejar ir sola.
--¿Por qué desea, con tanto empeño, ir sola?
Se sonrojó ligeramente, y por un momento pareció desconcertada.
--¡Oh! no tengo tanto empeño en ir sola--replicó tratando de convencerme.--Lo que yo objeto es la necedad de quererme impedir que viaje sola como cualquiera otra joven lo hace. Si una doncella tiene la libertad de hacer sola un viaje por ferrocarril, ¿por qué no puedo yo hacerlo también?
--Porque usted tiene que respetar las conveniencias de sociedad, y una sirvienta no necesita eso.
--Pues entonces prefiero el lote que le ha tocado a ésta en suerte--declaró de una manera que me hizo comprender que algo la debía haber incomodado.
Yo, por mi parte, hubiera sentido muchísimo que la señora Percival le hubiera consentido ir sola a Herefordshire, pero era evidente que tenía alguna razón secreta para no querer que su respetable compañera fuera con ella.
--¿Qué podría ser?--cavilaba yo.
Le pregunté la razón que tenía para desear ir a Mayvill hasta sin una doncella, pero se excusó diciendo que quería ver si estaban bien cuidados los otros cuatro caballos de caza por el encargado del stud, como también para hacer un registro completo en el estudio de su padre, por si quedaban allí papeles importantes o íntimos. Ella tenía las llaves en su poder, y deseaba hacer esto antes de que ese hombre odioso ocupase su puesto.
Esta indicación, inventada evidentemente como excusa, me pareció que debía efectuarse sin más demora; pero era tan claro que deseaba ir sola, que al principio vacilé ofrecerle mi compañía. Nuestra amistad era de un carácter tan íntimo y estrecho, que podía, por cierto, hacerle esa proposición sin salirme de los limites propios; sin embargo, resolví tratar de saber primero el motivo tan poderoso que tenía para desear viajar sola.
Pero Mabel era una mujer inteligente, y no tenía intención de decírmelo. Se conocía que la dominaba un deseo secreto de ir sola a esa espléndida mansión de campo que era ahora de su propiedad, y que no quería que la señora Percival la acompañase.
--Si va a registrar la biblioteca, ¿no sería mejor, Mabel, que yo la acompañase y ayudara?--le indiqué al fin.--Esto es, por cierto, si usted me lo permite--añadí disculpándome.
Quedó silenciosa un momento, como quien está ideando un medio de resolver un dilema; después me respondió:
--Si quiere usted venir, para mí será un verdadero placer. Sí, debe ayudarme, porque puede ser que descubramos la clave del enigma cifrado de las cartas. Mi pobre padre, medio mes antes de morir, estuvo allí unos tres días.
--¿Y cuándo partiremos?
--A las tres y media, de la estación Paddington. ¿Será cómodo para usted? Vendrá conmigo y será mi huésped.
Y se rió picarescamente al ver cómo se rompían las conveniencias, y no se tenía en cuenta el probable disgusto que le causaría a la señora Percival.
--Muy bien--asentí; y diez minutos después la acompañaba hasta abajo y le hacía subir, sonriendo dulcemente, en su elegante victoria, cuyo cochero y lacayo vestían ahora de luto.
¿No es verdad que suponen ustedes que estaba jugando una peligrosísima partida? Y era así, en efecto, como después tendrán ocasión de verlo.
A la hora señalada me reuní con Mabel en Paddington, y dejando a un lado sus tristes meditaciones y desgracia, emprendimos el viaje hasta la estación Dunmore, más allá de Hereford. Una vez aquí, subimos al coche que nos esperaba, y después de andar casi tres millas, bajamos delante de la espléndida mansión antigua que dos años antes había comprado Burton Blair, porque el paraje se prestaba admirablemente para las partidas de caza y para la pesca con caña.
Irguiéndose en medio de su hermoso parque, a mitad de camino entre King's Pyon y Dilwyn, Mayvill Court era, y lo es todavía, uno de los puntos de campo dignos de verse. Era una mansión ideal hereditaria. La gran casa antigua, con sus elevadas torres cuadradas, su entrada estilo rey Jacobo, su puerta cochera, los hermosos bojs de fantásticas formas y el reloj de sol de su primoroso jardín anticuado, poseía un delicioso encanto de que pocas mansiones antiguas podían jactarse; y, además, en su perfecto estado de conservación, sin ninguna alteración ni en sus más pequeños detalles, se encerraba otro interesante rasgo de su atracción.
Por espacio de casi trescientos años había estado en poder de sus primitivos dueños, los Baddesley, hasta que Blair la había comprado, incluyendo el mobiliario, las pinturas, armaduras, y, en fin, todo lo que en ella había.
Eran ya cerca de las nueve cuando la señora Gibbons, la anciana ama de llaves, nos recibió, con los ojos llenos de lágrimas por la muerte de su señor, y entramos en el gran hall revestido con entrepaños de roble, en el cual se veían la espada y el retrato del valeroso caballero, capitán Enrique Baddesley, de quien todavía se recordaba allí una romántica historia.
Habiendo escapado difícilmente con vida del campo de batalla, el capitán espoleó su corcel y se encaminó a su hogar, seguido muy de cerca por algunos soldados de Cromwell. Su esposa, dama de gran valor, tuvo apenas tiempo de esconderlo en la cámara secreta antes de que llegara el enemigo a registrar la casa. Sin acobardarse mucho, ella misma les ayudó y personalmente los guió por toda la mansión. Como sucedía en muchos otros casos, había que pasar por el dormitorio principal para poder entrar en la pieza secreta, y cuando los soldados penetraron en el primero para inspeccionarlo, sus sospechas se despertaron. Por lo tanto, decidieron quedarse allí a pasar la noche.
La esposa del perseguido les mandó una abundante cena y un poco de vino, mezclado convenientemente con una buena dosis de droga, que dio por resultado que los desagradables huéspedes se durmieran profundamente, y que el valiente capitán, antes de que hubiesen desaparecido los efectos del vino, se encontrase muy lejos de su alcance.
Desde aquel día la vieja mansión había permanecido absolutamente como era, sin sufrir la menor alteración, con su hilera de obscuros y envejecidos retratos de familia en el gran hall, su amueblado estilo rey Jacobo y sus antiguos yelmos y lanzas que habían sufrido los golpes y choques de la batalla de Naseby. La noche era terriblemente fría. En la gran chimenea abierta ardían enormes trozos de leña, y mientras estábamos de pie delante del fuego, calentándonos después del viaje, la señora Gibbons, que había sido informada de nuestra visita por un telegrama despachado con tiempo, nos anunció que había preparado para nosotros una buena cena, por que sabía que no íbamos a poder llegar a la hora de la comida.
Ella y su esposo le manifestaron a Mabel su más profundo pesar por su reciente desgracia.
Después de quitarnos nuestros abrigos, pasamos al pequeño comedor, donde Gibbons y un sirviente, de librea, nos atendieron y sirvieron la cena, con toda esa majestad antigua característica en aquella espléndida mansión que tantos siglos contaba de existencia.
Gibbons y su esposa, viejos servidores de los antiguos dueños, estaban algo sorprendidos, según me pareció, de ver que yo solo había venido en compañía de su joven ama, a pesar de que Mabel les había explicado que deseaba hacer un examen de todos los objetos pertenecientes a su padre que había en la biblioteca, y que por esa razón me había invitado para que la acompañara.
Sin embargo, debo, por mi parte, confesar que yo no había sacado aún ninguna conclusión respecto al móvil verdadero de aquella visita; a pesar de que estaba convencido de que había en ello algún motivo ulterior, que no podía, empero, ni sospechar.
Después de cenar, la señora Gibbons condujo a mi linda compañera a su pieza, mientras Gibbons me mostró la que había preparado para mí. Era una gran habitación situada en el primer piso, cuyas ventanas daban amplia vista sobre los ondulados prados que se extendían hasta Wormsley Hill y Sarnesfield. Ya en varias ocasiones anteriores había ocupado esta misma pieza, y la conocía bien, con su gran cama antigua, tallada, de cuatro pilares, sus anticuados tapices y colgaduras, cómodas y guardarropas de estilo rey Jacobo y su cielo raso de roble bruñido.
Después de hacerme una ligera _toilette_, volví a reunirme en la biblioteca con mi elegante y delicada joven huéspeda. Era una gran pieza larga y antigua, donde ardía un brillante fuego, y las lámparas estaban suavemente sombreadas con pantallas de seda amarilla. De un extremo a otro se veían las hileras de libros con sus lomos grises, los que probablemente hacía medio siglo que no habían sido tocados.
Después que Mabel me permitió fumar un cigarrillo y le dijo a Gibbons que deseaba que nadie la viniese a molestar durante una hora o más, se levantó y cerró con llave la puerta, para que pudiéramos emprender el trabajo de investigación sin que sufriéramos interrupción alguna.
--No sé si descubriremos algo que sea de interés--dijo, volviendo sus hermosos ojos hacia mí, dominada por una agitación que no pudo reprimir al dirigirse al gran escritorio y sacar de su bolsillo las llaves de su padre.--Supongo que esta tarea le incumbe al señor Leighton--añadió,--pero prefiero que usted y yo echemos una mirada a los asuntos de mi padre, antes que venga el abogado a examinarlos con sus ojos escudriñadores.
Parecía que abrigaba cierta esperanza de encontrar algo que deseaba ocultar al abogado.
El escritorio del muerto era un pesado mueble anticuado, de roble tallado, y al abrir ella el primer cajón y sacar lo que contenía, acerqué dos sillas y me puse a ayudarle, con el fin de hacer un examen metódico y completo. Los papeles eran, en su mayoría, cartas de amigos y correspondencia con abogados y comisionistas de la City, que le hablaban sobre sus diferentes inversiones de dinero. Pude darme cuenta, por algunas que leí, de cuán enormes habían sido los beneficios que había obtenido de ciertas negociaciones verificadas en Sud Africa, mientras en otras se hacían alusiones a asuntos que para mí eran sumamente enigmáticos.
La ansiosa actitud de Mabel era la de una persona que busca un documento que cree que allí está. Apenas se tomaba el trabajo de leer las cartas; no hacía más que examinarlas rápidamente y ponerlas a un lado. Así fuimos registrando un cajón tras otro hasta que vi en su mano un gran sobre azul, sellado con lacre negro, y que tenía el siguiente letrero, escrito por su padre:
«Para que sea abierto por Mabel después de mi muerte.--_Burton Blair._»
--¡Ah!--murmuró casi sin resuello,--¿qué contendrá esto?--E impacientemente, rompió los sellos y sacó una gran hoja de papel escrita con letra muy junta, a la cual estaban ligados con un broche varios otros papeles.
También cayó algo más del sobre, que yo recogí, y con gran sorpresa me encontré con que era una instantánea muy gastada y rajada, pero que se conservaba por estar adherida a un pedazo de lienzo. Representaba un paisaje de encrucijadas en una región campestre llana y más bien desolada, con una casita solitaria, que probablemente había sido en un tiempo una casa de portazgo, de altas chimeneas, situada sobre la orilla del camino real, teniendo al costado un pequeño jardincillo rodeado de reja. Delante de la puerta se veía un pórtico rústico cubierto de rosas trepadoras, y fuera, sobre un lado del camino, un viejo sillón Windsor, que parecía que acababa de quedar desocupado.
Mientras examinaba la fotografía junto de la luz, la hija del muerto leía rápidamente el documento que su padre había escrito.
De pronto lanzó un grito de espanto, como horrorizada por algún descubrimiento que había hecho, y, sobresaltado, me di vuelta para mirarla. Su rostro había cambiado completamente; hasta los labios tenía blancos.
--¡No!--tartamudeó enronquecida.--¡No... no puedo creerlo... no quiero creerlo!
Otra vez miró el papel que tenía en la mano para releer esas fatídicas líneas.
--¿Qué es lo que hay?--inquirí ansiosamente.--¿Puedo saberlo?--Y me acerqué adonde ella estaba.
--No--respondió con firmeza, colocando el documento detrás.--¡No! ¡Ni usted debe conocer esto!--Y con una rapidez pasmosa lo hizo pedazos, arrojando los fragmentos al fuego antes que yo pudiera salvarlos.
Las llamas se elevaron, y un momento después, la confesión del muerto, si tal cosa era, quedó consumida por ellas y desapareció para siempre, mientras su hija estaba de pie, macilenta, rígida y pálida como una muerta.
XVI
EN EL QUE SE CONFIRMAN DOS HECHOS CURIOSOS
Aquella acción súbita e inesperada de Mabel me sorprendió y disgustó, porque yo había creído que nuestra amistad era de una naturaleza tan íntima y estrecha, que me hubiera permitido, por lo menos, dar una mirada a lo que había escrito su padre.
Sin embargo, cuando reflexioné un momento después que el sobre había sido especialmente dirigido a ella, comprendí que su contenido había sido destinado expresamente para que sólo sus ojos lo vieran.
--¿Ha descubierto algo que la ha trastornado?--le pregunté, mirando fijamente su cara pálida y arrugada.--Espero que no sea nada muy desconcertador.
Contuvo la respiración un momento, con su mano puesta instintivamente sobre su pecho, como si hubiera querido tranquilizar los fuertes y violentos latidos de su corazón.
--¡Ah! desgraciadamente lo es--replicó.--Ahora conozco la verdad, la verdad terrible... espantosa.
Y, sin añadir una palabra más, se cubrió el rostro con sus manos y estalló en un mar de lágrimas.
Estuve en el acto a su lado tratando de consolarla, pero pronto me di cuenta de la impresión profunda de horror y espanto que habían producido en ella esas palabras escritas por su padre. Su dolor era inmenso; todo su ser estaba embargado por una pena inconsolable.
El silencio que reinaba en aquella pieza larga y anticuada, era interrumpido sólo por sus amargos sollozos y por el solemne tic-tac del gran reloj antiguo que había en el extremo más lejano de la habitación. Mi mano se apoyaba tiernamente sobre el hombro de la pobre niña, pero transcurrió un largo rato antes de que pudiera conseguir que enjugase sus lágrimas.
Cuando lo hizo, vi por su semblante, que había cambiado y era otra mujer.
Volvió junto a la mesa-escritorio y alzó el sobre, leyendo por segunda vez la inscripción que Blair había escrito sobre él, y luego sus ojos se fijaron en la fotografía de la casa solitaria situada cerca de las encrucijadas.
--¡Qué!--exclamó, sobresaltada,--¿dónde ha encontrado esto?
Le expliqué que había caído del sobre; entonces la tomó y la miró un largo rato. Después, dándola vuelta, descubrió algo que yo no había notado: escritas débilmente con lápiz y medio borradas, se leían las siguientes palabras: «Encrucijadas de Owston, 9 millas más allá de Doncaster, sobre el camino Selby.--_B. B._»