El tesoro misterioso

Chapter 8

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Bajo una masa de cabellos griscastaños aparecía su arrugada frente y un par de ojos azules hundidos, uno de los cuales contemplaba el mundo con especulativo asombro, mientras el otro era opaco, nebuloso y sin vista. Sus extrañas cejas venían a juntarse sobre su nariz algo carnosa, y su barba y bigote tenían ya un color gris. De las mangas de su sobretodo salían sus manos de dedos pequeños y morenos, que retorcían y golpeaban con nerviosa persistencia, y de un modo que indicaba la alta tensión de aquel hombre, los brazos tapizados de la silla en que estaba sentado delante de nosotros.

--La razón que he tenido para venir a molestarlos a esta hora--dijo como disculpándose, pero con una misteriosa sonrisa en sus gruesos labios,--es que he llegado a Londres esta misma noche, y acabo de saber que, por su testamento, mi amigo Burton Blair ha dejado en mis manos la administración de los asuntos de su hija.

--¡Oh!--exclamé fingiendo sorpresa, como si aquello hubiera sido nuevo para mí.--¿Y quién ha dicho eso?

--Tengo informaciones privadas--repuso evasivamente.--Pero antes de entrar a proceder, he pensado que era mejor que viniera a verme con ustedes, para que nos podamos entender bien desde el principio.

Sé que ustedes dos han sido amigos muy buenos e íntimos de Blair, mientras yo, debido a ciertas circunstancias curiosas, me he visto obligado, hasta hoy, a permanecer enteramente en el fondo del escenario, como su amigo secreto. También estoy bien al tanto de las circunstancias en que se conocieron y de la bondad y caridad de ustedes para con mi amigo muerto y su hija; en una palabra, él me lo contó todo, porque no tenía secretos para mí. Sin embargo, ustedes, por su parte--continuó, mirándonos con su solo ojo azul,--deben haber considerado su repentina fortuna como un completo misterio.

--Así ha sido, ciertamente--observé.

--¡Ah!--exclamó con rapidez en un tono de mal oculta satisfacción.--¡Entonces él no les ha revelado nada!

En el acto comprendí que, inadvertidamente, le había dicho a aquel hombre lo que justamente más deseaba saber.

XIII

SE REVELA EL SECRETO DE BURTON BLAIR

--Cualquier cosa que Burton Blair me haya dicho ha sido en la más estricta confianza--exclamé, ofendido por el entrometimiento de aquel individuo, pero, sin embargo, contento interiormente de haber tenido la oportunidad de conocerlo y poder tratar de cerciorarme de sus intenciones.

--Por cierto--respondió Dawson con una sonrisa, mientras su único ojo me miraba parpadeando a través de sus anteojos, arcos de oro.--Pero su amistad y gratitud nunca hicieron que llegase al grado de revelarle su secreto. No. Si usted me disculpa y permite, señor Greenwood, le diré que pienso que es inútil estemos combatiendo de esta manera, teniendo en vista que yo sé mucho más de Burton Blair y de su vida pasada, que lo que usted sabe.

--Aceptado--le dije.--Blair fue siempre muy reticente. Se consagró a resolver un misterio y consiguió su objeto.

--Y con eso ganó una fortuna de más de dos millones de libras esterlinas, que todavía las gentes consideran un misterio. Sin embargo, no hay misterio en esos montones de cauciones que están depositadas en sus Bancos, como no lo hubo en el dinero con que las compró--rió.--Fue en buenos billetes del Banco de Inglaterra y en sólidas monedas de oro del reino. Pero ya el pobre no existe; todo ha acabado--añadió con un aire algo pensativo.

--Pero su secreto existe aún--observó Reginaldo.--El lo ha legado a mi amigo.

--¡Qué!--estalló el tuerto, dándose vuelta hacia mí con verdadero espanto.--¿Le ha dejado a usted su secreto?

Parecía completamente trastornado por las palabras de Reginaldo, y noté el brillo perverso de su mirada.

--Me lo ha dejado. El secreto es mío ahora--repuse, aun cuando no le dije que la misteriosa bolsita de gamuza se había extraviado.

--¿Pero no sabe usted, hombre, lo que eso implica?--gritó, poniéndose de pie delante de mí y entrelazando y retorciendo sus delgados dedos nerviosa y agitadamente.

--No, no lo sé--contesté riendo, pues trataba de aparentar que tomaba sus palabras con ligereza.--Me ha dejado como legado la bolsita que llevaba siempre consigo, junto con ciertas instrucciones interesantes que me esforzaré en cumplir.

--Muy bien--gruñó.--Proceda como le parezca más conveniente; pero prefiero que haya usted quedado dueño del secreto y no yo, eso es todo.

Su disgusto y terror aparentemente no conocían límites. Luchó por ocultar sus sentimientos, pero todo esfuerzo fue en vano. Era evidente que existía alguna razón muy poderosa para tratar de impedir que el secreto viniera a mis manos; pero su creencia de que la bolsita ya estaba en mi poder destruía mi sospecha de que este misterioso hombre estaba ligado a la muerte extraña de Burton Blair.

--Créame, señor Dawson--le dije, con la mayor calma,--no abrigo temor alguno del resultado de la bondadosa generosidad de mi amigo. En verdad, no veo qué motivo pueda haber para abrigar ningún recelo. Blair descubrió un misterio que, a fuerza de paciencia y esfuerzos casi sobrehumanos, consiguió resolver, y presumo que, guiado, probablemente, por un sentimiento de gratitud por la pequeña ayuda que mi amigo y yo pudimos hacerle, ha dejado su secreto bajo mi custodia.

El hombre permaneció silencioso durante unos minutos con su único ojo fijo en mí, inmóvil e irritado.

--¡Ah!--exclamó al fin con impaciencia.--Veo que lo ignora usted todo completamente. Tal vez es mejor que siga así.--Luego añadió:--Hablemos ahora de otro asunto, del porvenir.

--¿Y qué tiene el porvenir?--le interrogué.

--He sido nombrado secretario de Mabel Blair y administrador de sus bienes.

--Y yo le prometí en su lecho de muerte a Burton Blair defender y proteger los intereses de su hija--le dije, en una voz tranquila y fría.

--¿Puedo, entonces, preguntarle, ya que tratamos el asunto, si abriga usted intenciones matrimoniales respecto a ella?

--No, no debe usted preguntarme nada de eso--grité enfurecido.--Su pregunta es una injuriosa impertinencia, señor.

--Vamos, vamos, Gilberto--interrumpió Reginaldo.--No hay necesidad de promover una disputa.

--No, por cierto--declaró con aire imperioso el señor Ricardo Dawson.--La pregunta es bien sencilla, y como futuro administrador de la fortuna de la joven, tengo perfecto derecho de hacerla. Entiendo--añadió,--que se ha convertido en una niña muy atrayente y amable.

--Me niego a responder a su pregunta--manifesté con vehemencia.--Yo también podría preguntarle por qué razón ha estado usted todos estos años pasados viviendo ocultamente en Italia o por qué recibía su correspondencia dirigida a una casa de una calle secundaria de Florencia.

Su rostro perdió sus bríos, sus cejas se contrajeron ligeramente, y noté que mi observación le había causado cierto recelo.

--¡Oh! ¿Y cómo sabe usted que he vivido en Italia?

Pero con el fin de extraviarlo y confundirlo, me sonreí misteriosamente y respondí:

--El hombre que posee el secreto de Burton Blair también conoce ciertos secretos concernientes a sus amigos.--Luego añadí intencionadamente:--El Ceco es bien conocido en Florencia y en Lucca.

Su cara se puso blanca, sus delgados dedos nervudos se agitaron de nuevo y la contorsión que estremeció las comisuras de su boca, demostraron cuán profunda e intensa había sido la impresión que le había producido la mención de su sobrenombre.

--¡Ah!--exclamó.--Blair me ha traicionado, entonces me ha jurado en falso, después de todo. ¿Eso les dijo a ustedes, eh? ¡Muy bien!--Y se rió con la extraña risa hueca del hombre que contempla la venganza.--Muy bien, caballeros. Veo que en este asunto, mi posición es la de un intruso.

--Hablándole con franqueza, señor, le diré que justamente es así--intervino Reginaldo.--Era usted desconocido hasta que se leyó el testamento del muerto, y no creo anticiparme en afirmar que la señorita Blair tendrá cierta inquietud de verse obligada a ocupar a un extraño.

--¡Un extraño!--rió con altanero sarcasmo.--¡Dick Dawson un extraño! No, señor, usted verá que para ella no soy un extraño. Por otra parte, pienso que también tendrá oportunidad de saber que la joven acogerá bien mi intención en vez de desagradarle. Esperen y verán--añadió, con un tono sumamente confiado.--Mañana tengo intención de ir a la oficina del señor Leighton, y hacerme cargo de mis obligaciones como secretario de la hija del difunto millonario Burton Blair--y acentuando las últimas palabras, se rió de nuevo en nuestras caras desafiadoramente.

No era un caballero. En el momento en que entró en la pieza lo conocí. Su aspecto externo era el de un hombre que ha tenido contacto con gente respetable, pero era sólo un barniz superficial, pues cuando perdía la calma y se agitaba, demostraba que era tan rudo como el tosco hombre de mar que tan repentinamente había expirado. Su acento era pronunciadamente londinense, a pesar de que se decía que, como había residido tantos años en Italia, se había convertido casi en un italiano. Un hijo verdaderamente de Londres no puede nunca ocultar sus _enes_ nasales aun cuando haya pasado su vida en el más lejano confín del mundo. Ambos nos habíamos dado cuenta rápidamente de que el desconocido, aun cuando de contextura más bien delgada, era extraordinariamente muscular. Y este era el hombre que celebraba esas frecuentes entrevistas secretas con Fray Antonio, el grave monje capuchino.

Había demostrado que no nos tenía miedo, por la manera audaz con que había venido a vernos, y la franqueza con que nos había hablado. Se conoció que tenía plena confianza en su posición, y que interiormente se reía de nuestra ignorancia.

--Hablan ustedes de mí, caballeros, como de un extraño y desconocido--exclamó, abotonándose su sobretodo después de una corta pausa y tomando su bastón.--Supongo que lo seré esta noche... pero mañana no lo seré ya. Espero que muy pronto aprenderemos a conocernos mejor; entonces es posible que confíen en mí un poco más de lo que han hecho esta noche. Recuerden que durante muchos años he sido el amigo más íntimo del muerto.

En la punta de la lengua tuve la observación de que el motivo que había tenido el pobre Burton para poner en su testamento esa extraña cláusula, era el temor que él le inspiraba, y que la había insertado bajo coacción; pero felizmente me dominé, y con cierta cortesía le dije «buenas noches».

--Que me ahorquen, Gilberto--gritó Reginaldo, cuando el tuerto se hubo retirado.--La situación a cada momento se hace más interesante y complicada. Es evidente que Leighton va a tener que habérselas con un cliente duro.

--Sí--suspiré.--El tiene la mejor parte de todos nosotros, porque se ve claro que Blair lo tenía al tanto de todo, pues era de su completa confianza.

--¡Es mi opinión, Greenwood, que Blair nos ha tratado ruinmente!--estalló mi amigo, eligiendo un nuevo cigarro, y mordiéndole la punta con enojo.

--Recuerda que me ha dejado su secreto.

--Puede ser que lo haya destruido después de haber hecho el testamento--apuntó Reginaldo.

--No; o debe estar escondido, o ha sido robado, eso es lo que no ha podido aclararse. Por mi parte, considero que gradualmente va disipándose la idea que abrigamos de que se había cometido un asesinato. Si él hubiese sospechado que había sido víctima de una infamia, seguramente nos habría indicado algo antes de morir. De eso estoy completamente convencido.

--Es muy probable--observó con cierta duda, sin embargo.--Pero lo que tenemos ahora que descubrir es si existe aún esa bolsita que él siempre llevaba consigo.

--Es evidente que el tal Dawson se encontraba en Inglaterra antes de la muerte del pobre Blair. Puede ser que haya pasado a su poder--indiqué yo.

--De todos modos, es muy probable que trate de apoderarse de ella--convino Reginaldo.--Debemos saber con fijeza dónde estaba y qué hizo el día en que Blair perdió tan misteriosamente el conocimiento en el tren. No me gusta el individuo, aparte de su _alias_ y secreta amistad con Blair. Su intención es mala, viejo, bien mala. La he visto brillar en el único ojo que tiene. Recuerda lo que dijo sobre que Blair lo había traicionado. Me parece que abriga la idea de vengarse en la pobre Mabel.

--Mejor es que no trate de ofenderla--exclamó ferozmente.--Tengo que cumplir la promesa que le hice al pobre Burton, y la cumpliré. ¡Sí, juro por Dios que lo haré! al pie de la letra. Buen cuidado tendré de que no caiga en las manos de ese aventurero.

--Ella le teme anticipadamente. ¿Por qué será?

--Por desgracia, no quiere decírmelo. Es posible que este hombre esté en posesión de algún secreto deshonroso del muerto, cuyo conocimiento, si se hiciera público, podría dar por resultado el descrédito de Mabel y su expulsión de la buena sociedad.

Seton gruñó, se recostó en el respaldo de su silla y quedó contemplando el fuego pensativamente.

--¡Por Job!--exclamó, después de una breve pausa.--¿Si será eso así?

A la mañana siguiente, mientras estábamos almorzando, llegó un muchacho mensajero con una tarjeta de Mabel, en la que me pedía que fuese en el acto a su casa. Sin perder un minuto, por lo tanto, tomé de un sorbo mi café, me puse apresuradamente el sobretodo y un cuarto de hora después entraba en la alegre sala de mañana de la mansión de la plaza Grosvenor, donde la hija del muerto, con su cara encendida por la agitación, me esperaba.

--¿Qué es lo que hay?--le pregunté al tomarle la mano, temeroso de que el hombre que ella detestaba hubiese venido ya a verla.

--Nada grave--me contestó riendo.--Es que tengo una nueva muy buena para usted.

--¿Para mí? ¿qué es?

Sin contestarme, colocó sobre la mesa una pequeña y lisa cigarrera de plata, que en un ángulo de la tapa tenía las iniciales B. B., monograma que se veía grabado en toda la vajilla de Blair, en sus carruajes, arneses y demás objetos propios.

--Vea lo que hay dentro de ella--exclamó, señalándome la caja que tenía por delante, y sonriendo dulcemente con profunda satisfacción.

La tomé ansiosamente, levanté la tapa y miré lo que había en su seno.

--¡Qué!--grité, casi fuera de mí de alegría.--¡No puede ser cierto!

--Sí--rió ella.--Lo es.

Y después con dedos temblorosos, saqué del interior de la caja el precioso objeto que me había sido legado, la pequeña bolsita usada de gamuza del tamaño de la palma de la mano de un hombre, a la cual estaba unida una delgada pero muy fuerte cadena de oro para poderla colgar del cuello.

--La encontré esta mañana por casualidad, exactamente como está, en un cajoncito secreto de un viejo escritorio que hay en la pieza de vestir de mi padre--explicó.--El que la debió colocar allí por precaución antes de partir para Escocia.

La conservaba en mi mano completamente atónito, pero, no obstante, con el más profundo deleite.

¿El hecho de que Blair se hubiera separado de ella, dejándola guardada en esa caja, antes que arriesgarse a llevarla consigo durante ese viaje al Norte, no probaba que había temido ser víctima de un ataque para conseguir su posesión? Sin embargo, el pequeño y curioso objeto, que en tan extrañas condiciones me había sido legado, estaba ahora en mi mano, y era una bolsita plana, cuidadosamente cosida, de piel de gamuza, ennegrecida por el uso y el tiempo, como de media pulgada de grueso, y que encerraba algo duro y liso.

Dentro de ella se ocultaba el gran secreto, cuyo conocimiento había transformado en millonario a Burton Blair, el pobre marino sin hogar. Lo que era, ni Mabel ni yo pudimos ni por un momento imaginarnos.

Ambos estábamos sin aliento, igualmente ansiosos de cerciorarnos de la realidad. No hay duda, jamás hombre alguno se vio en su vida delante de un problema más interesante o enigmático.

En silencio tomó un par de pequeñas tijeras de hacer ojales de encima de la mesita-escritorio que había junto de la ventana, y me las entregó.

Luego, temblándome la mano de agitación, introduje la punta en el extremo de la bolsita y la corté largo a largo, pero lo que cayó sobre la alfombra un momento después nos arrancó dos fuertes exclamaciones de sorpresa.

La posesión más valiosa de Burton Blair, el gran secreto que durante todos esos años pasados y en sus viajes errantes había llevado siempre consigo, al fin descubierto, resultó ser verdaderamente pasmoso.

XIV

LA OPINIÓN DE UN PERITO

Sobre la alfombra, a nuestros pies, yacía desparramado un paquete de muy pequeñas cartas de juego, más bien sucias, que había caído de la bolsita, y el cual contemplábamos los dos de pie con sorpresa y desengaño.

Por mi parte, yo había esperado encontrar dentro de esa bolsa-tesoro de gamuza algo de más valor que esos pedazos de cartón duro, manoseados y bastante gastados, pero nuestra curiosidad se despertó instantáneamente cuando me agaché, alcé una de ellas y descubrí ciertas letras escritas con tinta obscura medio borrada, similares a las que había en la carta que tenía ya en mi poder.

Resultó ser un diez de oros, y con el fin de que los lectores puedan darse una idea clara de cómo estaban arregladas las letras, reproduzco una copia de ella enfrente.

--¡Qué extraño!--exclamó Mabel, tomando la carta y examinándola atentamente.--Debe ser algún enigma cifrado, igual al otro que encontré dentro de un sobre sellado en la caja de hierro.

--No hay duda--dije yo, al notar, mientras estaba agachado, recogiendo el resto del paquete,--que todas ellas, tanto por el anverso como por el reverso, tenían catorce o quince letras escritas, en tres columnas, todas, por cierto, enteramente ininteligibles.

Las conté. Formaban un paquete de treinta y una cartas, faltando el as de copas, que habíamos encontrado antes. Debido a haberlas llevado siempre consigo, el roce constante y durante tanto tiempo, había gastado las puntas y los filos, mientras el lustre había desaparecido hacía ya mucho.

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Ayudado por Mabel, las extendí todas sobre la mesa, verdaderamente atontado por aquellas columnas de letras que demostraban que algún profundo secreto encerraban, pero que nos fue completamente imposible descifrar.

En el anverso del as de bastos había tres columnas paralelas, de cinco letras cada una, colocadas en esta forma:

E H N

W E D

T O L

I E H

W H R

Luego, di vuelta al rey de espadas, y en el reverso encontré sólo estas catorce letras:

Q W F

T S W

J H U

O F E

Y E

--¿Qué significará todo esto?--exclamé, examinando cuidadosamente, a la luz, los caracteres escritos. Las letras eran mayúsculas, y tan torpe e inseguramente trazadas como las del as de copas; no hay duda, debían haber sido hechas por una mano sin educación. Las A denotaban una forma de letra extranjera más que inglesa, y el hecho de que algunas cartas estaban escritas por el anverso y otras por el reverso, parecía indicar que había algún significado oculto. Fuese lo que fuese, aquello se presentaba como un problema enigmático e intrincado.

--Es muy curioso, ciertamente--observó Mabel, después de haber estado un rato tratando en vano de juntar algunas palabras inteligibles con las letras en columnas, valiéndose del método fácil de cálculo.--No tenía la menor idea de que mi padre hubiese llevado oculto de este modo su secreto.

--Sí--dije,--es verdaderamente asombroso. No hay duda, su secreto está escrito aquí, y lo sabríamos, si poseyéramos la clave. Pero es probable que sus enemigos conozcan su existencia, o si no, él no lo hubiese dejado guardado aquí al partir para Manchester. Puede ser que Dawson lo sepa.

--Es muy probable--contestó ella.--Era el hombre de relación más íntima de mi padre.

--Su amigo, dice él que era.

--¡Amigo!--gritó ofendida.--No, su enemigo.

--Y, por lo tanto, su papá le temía, ¿no es así? Fue esa razón la que lo indujo a insertar en su testamento esa imprudente cláusula.

Entonces le referí la visita que la noche anterior nos había hecho Dawson, todo lo que nos había dicho y la atrevida actitud desafiadora que había adoptado con nosotros.

Suspiró, pero no pronunció una sola palabra. Noté que mientras yo hablaba su semblante se había puesto algo más pálido, pero permaneció callada, como si hubiese temido hablar, por recelo de que inadvertidamente fuese a manifestar lo que tenía intención de que permaneciese siendo un secreto.

Mi pensamiento absorbente en aquel momento era, sin embargo, la aclaración del problema que se encontraba oculto dentro de esas treinta y dos cartas, bien manoseadas, que estaban delante de mí. El secreto de Burton Blair, cuyo conocimiento le había producido su fortuna de millones, se encerraba allí, y ahora que por legado me pertenecía, estaba en mis intereses hacer toda clase de esfuerzos para conseguir descubrir la verdad exacta. Recordé el inmenso cuidado que había tenido con esa bolsita que yacía vacía sobre la mesa, y la negligente confianza con que me la había mostrado esa noche en que no era más que un vagabundo sin hogar que andaba recorriendo los caminos en busca de los molinetes.

Mientras la tenía en su mano mostrándomela, había visto brillar sus ojos con una luz viva de esperanza y anticipación. Algún día sería un hombre rico, me había profetizado, y yo, en mi ignorancia, había creído entonces que era un soñador, un iluso. Pero al mirar en torno de esa pieza en que estaba ahora de pie y ver ostentándose obras de Murillo y del Tintoretto, que cada una de ellas constituía una pequeña fortuna, me vi obligado a confesar que había cometido un error y que mi desconfianza había sido injusta.

¡Y ahora el secreto escrito sobre ese pequeño paquete de cartas, de aspecto tan insignificante, era mío... con tal que pudiera descifrarlo!

Era imposible que pudiese haber una situación más enigmática y mortificante para un pobre hombre como yo. El hombre a quien en un tiempo había podido proteger, me había dejado, como prueba de reconocimiento, el secreto del origen de su enorme riqueza, pero tan bien oculto, que ni Mabel ni yo podíamos descifrarlo.

--¿Qué va a hacer?--me interrogó al fin, después de haber permanecido diez minutos en silencio examinando las cartas.--¿No habrá en Londres algún perito que pueda encontrar la clave? Es probable que esas personas que se dedican al arte de la criptografía puedan ayudarnos.

--No hay duda--respondí,--pero en ese caso, si consiguieran hacerlo, descubrirían el secreto para ellos.

--¡Ah, no había pensado en eso!

--Las instrucciones que ha dejado su papá en el testamento, son muy explícitas y terminantes, recomienda la mayor reserva en el asunto.

--Pero la posesión de estas cartas sin la clave no es, ciertamente, de mucho beneficio--arguyó.--¿No podría consultar a alguna persona experta, y cerciorarse por qué medios sería posible descifrar esta clave de enigmas?

--Podré hacer averiguaciones en un sentido general--repliqué,--pero colocar ciegamente el paquete de cartas en las manos de un perito, sería, me temo, entregar a otros la posesión más reservada de su papá. Puede ser que haya aquí escrito algún dato que no sea conveniente ni agradable que el mundo lo sepa.