El tesoro misterioso

Chapter 7

Chapter 73,921 wordsPublic domain

La joven Dolly nunca había ido al monasterio, pero era evidente que había estado en Lucca, como cómplice de la trama para obtener el valioso secreto de Burton Blair, el secreto que hoy me pertenecía por la ley.

En vista de esto, resolvimos hacer algunas averiguaciones en la Croce di Malta, esa antigua y vieja posada situada en una estrecha calle lateral, peculiarmente italiana, y que prefiere que se la designe aún con el nombre de _albergo_, en vez del moderno de hotel.

Dick Dawson, conocido como el Ceco, se encontraba indudablemente en Londres, pero contando con la ayuda y connivencia del ingenioso y astuto hombre de los secretos, que tan hábilmente había tratado de entablar conmigo una falsa amistad.

--¿Sería, en efecto, este hombre, que bajo el pobrísimo hábito de religioso encubría sus malos actos, responsable de la muerte del desgraciado Blair y de la misteriosa desaparición de ese pequeño y extraño objeto, que era su más preciado tesoro?

No sé por qué, tenía el convencimiento de que esta sospecha era una realidad.

XI

EN EL QUE SE EXPLICA EL PELIGRO DE MABEL BLAIR

De las averiguaciones que a la mañana siguiente hizo el viejo Babbo en la Cruz de Malta, resultó evidente que el señor Ricardo Dawson, fuese quien fuese, venía a Lucca constantemente, y siempre con el fin de visitar y consultar al popular monje capuchino.

Algunas veces el inglés tuerto que hablaba el italiano tan bien, iba al monasterio y permanecía allí varias horas, y otras fray Antonio venía a la posada y se encerraba con el huésped en el mayor secreto.

El «ceco», así llamado por su ojo defectuoso, aparentemente era un hombre de recursos, porque sus propinas a los mozos y mucamas eran siempre generosas, y cuando estaban allí hospedados, tanto él como su hija, ordenaban lo mejor que podía procurarse. Venían de Florencia, pensaba el _padrone_, pero de esto no estaba seguro. Las cartas y telegramas que solía recibir, pidiéndole que les reservara habitaciones, llegaban fechadas en diferentes ciudades de Francia o Italia, lo cual parecía demostrar que constantemente viajaban.

Estos fueron todos los informes que pudimos obtener. La identidad del misterioso Paolo Melandrini permanecía aún sin descubrirse. El principal objeto que me había traído a Italia no había sido llenado, pero, sin embargo, estaba satisfecho de haber descubierto al fin a dos de los más íntimos y a la vez secretos amigos del pobre Blair.

Pero ¿por qué este misterio? Cuando recordaba cuán estrecha había sido nuestra amistad, me quedaba sorprendido, y hasta un poco disgustado, de ver que me había ocultado la existencia de estos dos hombres. Por mucho que sintiera tener que pensar mal de un amigo muerto, no podía evitar que me asaltara la sospecha de que su relación con estos individuos formaba parte de su secreto, y que este último era algo deshonroso.

Poco después de mediodía, guardé mis cosas dentro de mi valija, e impelido por un poderoso deseo de regresar para poder defender los intereses de Mabel Blair, abandoné Lucca, partiendo para Londres. Babbo me acompañó hasta Pisa, donde cambiamos de trenes; él para retornar a Florencia y yo para tomar el coche-dormitorio del expreso que corre de Roma a Calais.

Mientras estaba parado en la plataforma de la estación de Pisa, el viejo harapiento, que hacía más de media hora que se había puesto pensativo, exclamó de pronto:

--Se me ha ocurrido una idea extraña, señor. Usted recordará que supe en la vía San Cristófano que el señor Malandrini usaba anteojos con arcos de oro. ¿No será, acaso probable, que los use en Florencia para ocultar el defecto que tiene en la vista?

--¡Yo también creo lo mismo!--respondí.--¡Me parece que ha adivinado! Pero, por otro lado, ni su sirvienta ni sus vecinos sospechan que sea extranjero.

--Habla muy bien el italiano--convino el viejo,--pero dicen que tiene un leve acento.

--Vuelva en el acto a la vía San Cristófano--le dije, excitado por su última teoría--y haga mayores averiguaciones sobre la vista y los anteojos de este misterioso individuo. La anciana que está al cargo de sus habitaciones lo ha de haber visto sin anteojos, no hay duda, y le podrá decir lo que hay de verdad.

--Sí, señor--me contestó. Y luego yo le di escrita mi dirección en Londres, adonde debía despacharme un telegrama, si sus sospechas se confirmaban.

Diez minutos después, el ruidoso expreso de Calais a Roma, el limitado tren compuesto de tres vagones-cama, coche-restaurant y coche de equipajes, entraba en la gran estación abovedada, y, despidiéndome del ridículo viejo Babbo, subía al tren y me era señalado mi compartimiento hasta Calais.

Describir el largo y tedioso viaje de vuelta del Mediterráneo al Canal, oyendo siempre el crujido de las ruedas, y con la misma monotonía, interrumpida únicamente por el anuncio de que la comida estaba servida, es inútil. Todos aquellos que lean esta extraña historia del secreto de un hombre, que hayan viajado de ida y vuelta por ese camino de hierro que va a Roma, saben bien qué molesto y pesado se hace cuando uno se transforma en constante viajero entre Inglaterra e Italia.

Basta decir que treinta y seis horas después de haber subido al expreso en Pisa, atravesaba la plataforma de la estación Charing Cross, entraba en un _hansom_ y partía para la calle Great Russell. Reginaldo no había vuelto aún de su negocio, pero, sobre mi mesa, entre una cantidad de cartas, encontré un telegrama de Babbo, en italiano, que decía:

«Melandrini tiene echado a perder el ojo izquierdo. Es el mismo hombre; no hay duda ninguna sobre eso.--_Carlini_.»

El individuo que estaba destinado a ser el secretario y consejero de Mabel Blair, era el enemigo más terrible de su difunto padre, el inglés, Dick Dawson.

Permanecí de pie mirando el telegrama, completamente azorado.

La extraña copla que el muerto había dejado escrita en su testamento, recomendándome que la recordase, latía incesantemente en mi cabeza:

_King Henry the Eighth was a knave to his queens,_ _He'd one short of seven--and nine or ten scenes!_

¿Qué significado oculto podía encerrar? Los hechos históricos de los casamientos y divorcios del Rey Enrique VIII, eran tan conocidos para mí como lo son para todo niño inglés del Reino Unido que haya llegado al cuarto grado. Sin embargo, algún motivo debía haber tenido Blair, ciertamente, para haber puesto esta extraña rima en su testamento; tal vez era la clave de algo, ¿pero de qué sería?

Después de hacerme una rápida _toilette_ y cepillarme bien, porque estaba muy sucio y fatigado por el largo viaje, tomé un coche y me dirigí a la plaza Grosvenor, donde encontré a Mabel vestida delicadamente de negro, sentada leyendo en su confortable y bonita habitación particular, que su padre, dos años antes, la había hecho decorar y amueblar lujosamente y con todo gusto como su _boudoir_.

Se puso de pie en el acto que me vio, y me saludó con apresuramiento cuando el sirviente anunció mi presencia.

--Otra vez está de vuelta, señor Greenwood--exclamó.--¡Oh, cuánto me alegro! He extrañado mucho no haber sabido nada de usted. ¿Dónde ha estado?

--En Italia--repliqué, sacándome el sobretodo por indicación de ella, y sentándome después a su lado en un silla baja.--He estado haciendo ciertas averiguaciones.

--¿Y qué ha descubierto?

--Varios datos que tienden más bien a aumentar que a aclarar el misterio que rodeaba a su pobre padre.

Noté que su rostro estaba más pálido que cuando me había ausentado de Londres, y que parecía enervada y extrañamente ansiosa. Le pregunté por qué no había ido a pasar una temporada en Brighton o en algún otro punto de la costa Sud, como le había indicado antes, pero me replicó que había preferido quedarse en su casa, y que, hablando francamente, había estado esperando con impaciencia mi llegada.

Le expliqué, en breves palabras, lo que había descubierto en Italia, refiriéndole mi encuentro con el monje capuchino y nuestra curiosa conversación.

--Jamás le oí hablar de él a mi padre--me dijo.--¿Qué clase de hombre es?

Se lo describí lo mejor que pude, y le conté cómo lo había conocido en una comida dada en su casa, durante su ausencia en Escocia con la señora Percival.

--Yo pensaba que un monje, una vez que entraba en una orden religiosa, no podía volver a usar el traje de la vida seglar--observó.

--No puede hacerlo, ciertamente--respondí.--Ese mismo hecho aumenta las sospechas que abrigo contra él, unido a las palabras que le alcancé a oír fuera del teatro Imperio.

Y entonces le referí el incidente, exactamente como lo he hecho en un capítulo anterior.

Permaneció un momento silenciosa, con su delicada barba fina apoyada sobre la palma de su mano, contemplando pensativamente el fuego. Luego, por fin, me preguntó:

--¿Y qué ha sabido respecto a este misterioso italiano en cuyas manos me ha dejado mi padre? ¿Lo ha conocido usted?

--No, no lo he visto, Mabel--contesté.--Pero he descubierto que es un inglés de regular edad y no italiano, como habíamos pensado. Creo que no me pondré celoso por las atenciones que tenga con usted, pues adolece de un defecto físico. Sólo tiene un ojo.

--¡Sólo tiene un ojo!--repitió tartamudeando, cubriéndose su rostro de una instantánea palidez mortal, al ponerse de un salto en pie:--¡Un hombre que sólo tiene un ojo... e inglés! ¿Usted no quiere referirse, ciertamente--gritó--a ese individuo que se llama Dawson, Dick Dawson?

--Paolo Melandrini y Dick Dawson son una misma y sola persona--respondí con franqueza, completamente azorado al ver el efecto aterrador que habían tenido sobre ella mis palabras.

--Pero no es posible que mi padre me haya dejado en las manos de ese demonio, de ese individuo cuyo solo nombre es sinónimo de todo lo que implica brutalidad, astucia y maldad. ¡No puede ser cierto... debe haber algún error, señor Greenwood... debe haberlo! ¡Ah! usted no conoce como yo la reputación de ese inglés tuerto, porque si la conociera, preferiría antes verme muerta que asociada a él. ¡Debe salvarme!--gritó aterrorizada, estallando en un torrente de lágrimas.--Usted ha prometido ser mi amigo. Debe salvarme, debe salvarme de ese hombre... sí, de ese hombre cuyo simple contacto esparce la muerte!

Apenas hubo pronunciado estas palabras, vaciló, tendió aturdidamente sus finas manos blancas, y hubiera caído al suelo sin sentido, si yo no hubiese dado un salto adelante y la hubiera tomado en mis brazos.

--¿Quién podía ser este Dick Dawson--cavilaba yo--para que tanto terror y odio le produjera; este hombre tuerto que evidentemente estaba ligado con el misterioso pasado de su padre?

XII

EL SEÑOR RICARDO DAWSON

Confieso que deseaba con ansias ver aparecer a este inglés tuerto, a quien Mabel Blair tenía un terror pánico, para poder juzgarlo.

Lo que hasta entonces había conseguido saber sobre él no era muy satisfactorio. Parecía evidente que, en combinación con el monje, poseía el secreto del pasado del muerto, y quizá Mabel temía alguna desagradable revelación que se relacionara con los actos de su padre y con el origen de su fortuna. Este fue el pensamiento que se me ocurrió cuando estaba ayudando a aplicar algunos remedios y reconfortantes a la insensible niña, pues había dado la voz de alarma al verla caer desmayada, acudiendo, en el acto, su fiel compañera, la señora Percival.

Mientras permaneció sin conocimiento, con su cabeza recostada sobre un almohadón de seda lila, la señora Percival estuvo arrodillada a su lado, y pienso que me miraba con considerable recelo, pues, ignorando lo sucedido, creía que yo era el causante. Me inquirió con cierta dureza por el motivo de aquel inesperado desmayo de Mabel, pero yo le contesté sencillamente que había sido una descomposición repentina, y que la atribuía al calor sofocante de la habitación. Cuando volvió en sí, le pidió a la señora Percival y a Bowers, su doncella, que nos dejaran solos, y, cuando la puerta se cerró, me preguntó, pálida y ansiosa:

--¿Cuándo va a venir aquí ese hombre?

--Cuando el señor Leighton ponga en su conocimiento la cláusula consignada en el testamento de su papá.

--El podrá venir--dijo con toda firmeza,--pero antes que cruce este umbral, yo habré abandonado la casa. El puede proceder como le parezca bien, pero yo no residiré bajo el mismo techo que él, ni tendré comunicación alguna con él, sea lo que fuere.

--Comprendo sus sentimientos, Mabel--exclamé,--¿pero cree usted que es prudente seguir esa línea de conducta? ¿No será mejor esperar a vigilar los movimientos del individuo?

--¡Ah! ¡pero usted no lo conoce!--gritó.--¡Usted no sospecha lo que yo sé que es la verdad fiel!

--¿Y qué es eso?

--No--respondió en una voz baja y ronca,--no puedo decírselo. No pasará mucho tiempo sin que la descubra, y entonces, no se sorprenderá de que yo aborrezca hasta el nombre de ese sujeto.

--¿Pero qué motivo ha podido tener su papá para insertar semejante cláusula en su testamento?

--Porque se ha visto obligado--replicó enronquecida.--No pudo evitarlo.

--Y si se hubiera negado... si se hubiera negado a dejarla en las manos de semejante persona... ¿qué habría sucedido entonces?

--Su ruina hubiese sido inevitable--contestó.--Todo lo sospeché en el momento que supe que un hombre misterioso y desconocido había sido designado secretario y administrador de todos mis asuntos.

Sus descubrimientos en Italia han venido a confirmar mis recelos.

--Pero usted va a seguir mí consejo, Mabel. Al principio, por lo menos, debe armarse de paciencia y sufrirlo--insistí, cavilando, entretanto, si su odio se debería a que tal vez sabía que era el asesino de su padre. Su antipatía contra él era violenta, pero no pude descubrir qué razón tenía para ello.

Sacudió la cabeza al oír mi argumento, y me dijo:

--Siento no ser suficientemente diplomática para poder ocultar de ese modo mi antipatía. Nosotras las mujeres somos hábiles en muchas cosas, pero siempre damos a conocer irremediablemente lo que nos disgusta.

--Será muy sensible--le observé--tratarlo con manifiesta hostilidad, porque puede hacer fracasar todas nuestras futuras oportunidades de éxito para descubrir la verdad respecto a la muerte de su papá y del robo de su secreto. El mejor consejo que puedo darle es que guarde absoluto silencio, aparente indiferencia, pero esté siempre en guardia y alerta. Más tarde o más temprano, este hombre, si, en efecto, es su enemigo, se descubrirá él mismo. Entonces será tiempo suficiente para que nosotros procedamos firmemente, y, al fin, usted triunfará. Por mi parte, considero que cuanto más pronto le avise Leighton a este individuo su nombramiento, será mejor.

--¿Pero no hay medio de poder evitar esto?--gritó, aterrada.--¡La muerte de mi pobre padre es, ciertamente, demasiado dolorosa sin necesidad de que venga esta segunda desgracia a aumentar la aflicción!

Me hablaba con la misma franqueza que lo hubiera hecho con un hermano, y comprendí, por su modo vehemente, ahora que sus sospechas se habían confirmado, cuán grande y completa era su desesperación. En medio de todo el lujo y esplendor de aquella regia mansión, ella surgía como una figura pálida y abandonada, con su tierno corazón juvenil destrozado por la pena de la muerte de su padre y por un terror que no se atrevía a declarar.

Un antiguo proverbio, repetido con harta frecuencia, dice que la fortuna no trae felicidad, y, ciertamente, que a menudo hay más tranquilidad de ánimo y goce puro de la vida en una cabaña que en un palacio. El pobre tiene inclinación a mirar con envidia al rico; sin embargo, debe recordarse que muchos hombres y mujeres que van cómodamente arrellanados en sus lujosos carruajes y servidos por sirvientes de librea, contemplan con anhelo a esos humildes trabajadores de las calles, bien convencidos de que esos millones de seres que ellos designan con el término de «las masas», son, en verdad, mucho más felices que ellos. Muchas mujeres de título, decepcionadas y cansadas del mundo, a menudo jóvenes y bellas, cambiarían contentas sus posiciones con las hijas del pueblo, cuya existencia, aun cuando de duro trabajo, está, sin embargo, llena de inocentes placeres y de tanta felicidad como es posible obtener en nuestro mundo de lucha. Esta afirmación podrá parecer extraña, pero declaro que es verdadera. La posición del oro puede dar lujo y fama; puede poner a los hombres y mujeres en condiciones de eclipsar a sus semejantes, como también puede conquistarles honores, estimación y hasta popularidad. ¿Pero de qué sirve todo esto? Pedidle la opinión al gran propietario, al rico y al millonario, y, si hablan con sinceridad, os dirán, en confianza, que no son tan felices como parecen, ni gozan tanto de la vida como el modesto hombre de recursos independientes, que se ve sometido a una diminución por el impuesto sobre la renta.

Mientras estaba allí sentado con la hija del muerto, esforzándome en convencerla de que recibiera sin marcada hostilidad al misterioso individuo, no podía dejar de notar el vívido contraste entre el lujo de todo lo que la rodeaba y la pesada carga de tribulaciones de su corazón.

Apuntó la idea de vender la casa, y retirarse a Mayvill, para vivir allí en el campo tranquilamente con la señora Percival, pero yo insistí en que esperara, al menos por ahora. Daba lástima pensar que las espléndidas colecciones de pinturas pertenecientes a Burton Blair, todas ellas obras notables de los maestros antiguos, las hermosas tapicerías que hacía pocos años había comprado en España y la incomparable colección de mayólicas, cayeran bajo el martillo de un rematador. Entre los diferentes tesoros que había en el comedor, se ostentaba el cuadro de la Sagrada Familia, de Andrea del Sarto, el cual había costado a Blair dieciséis mil quinientas libras esterlinas en casa de Christie, y que era considerado como uno de los más bellos originales de ese gran maestro. Además, el mobiliario estilo Renacimiento italiano, la vajilla de porcelana antigua de Montelupo y Sayona y de magnífica plata vieja inglesa, constituían una fortuna, y seguirían siendo propiedad de Mabel, con gran satisfacción para mí, como que todo le había sido legado a ella.

--Sí, ya sé--respondió al oír mis argumentos.--Todo es mío salvo esa bolsita que encierra el secreto, la cual es suya, y que, desgraciadamente, se ha perdido.

--Usted debe ayudarme a recuperarla--insistí.--Está en nuestros mutuos intereses hacerlo así.

--Por cierto que le ayudaré en todo lo que me sea posible, señor Greenwood--respondió.--Después que partió usted para Italia, yo hice registrar la casa de arriba abajo, y yo misma examiné los cajones donde guardaba mi padre su correspondencia, sus otras dos cajas de hierro y ciertos puntos donde algunas veces solía ocultar sus papeles privados, con el fin de descubrir si, temiendo alguna tentativa que pudieran haber efectuado para robar la bolsita, la había dejado en casa. Pero todo ha sido en vano. Ciertamente, en esta casa no está.

Le agradecí sus esfuerzos, sabiendo que había procedido con toda energía en beneficio mío; pero, convencido de que era inútil todo registro que se hiciera dentro de la casa, y que si el secreto se recuperaba alguna vez, sería descubriéndolo en las manos de uno u otro de los enemigos de Blair.

Permanecimos juntos largo rato discutiendo la situación. La razón de su odio a Dawson no quería decirla, pero esto no me causaba sorpresa alguna, porque en su actitud veía el deseo de ocultar algún secreto del pasado de su padre. Empero, después de mucha persuasión, conseguí que consintiera en que se le avisara al hombre misterioso el puesto que debía ocupar, y que lo recibiera sin dar a conocer el menor signo de disgusto o antipatía.

Esto lo consideré un triunfo de mi habilidad diplomática, porque, hasta cierto punto, poseía sobre ella una completa influencia, como que había sido su mejor amigo durante esos días tristes y penosos de sus años pasados. Pero cuando ya se trataba de un asunto que envolvía el honor de su padre, era enteramente impotente y nada conseguía. Era una niña de firme individualidad propia, y, como todas las que poseen esta cualidad, tenía el don de rápida penetración, y peculiarmente expuesta a los prejuicios, debido a su alto sentimiento del honor.

Halagó mi amor propio declarando que ella habría deseado que yo hubiera sido nombrado su secretario, a lo cual le contesté agradeciendo su cumplido, pero afirmando que semejante cosa no hubiese sido nunca posible.

--¿Por qué?--me interrogó.

--Porque usted me ha dicho que el tal Dawson viene aquí a ocupar ese puesto por derecho propio. Su padre se vio obligado, bajo coacción, a poner esa desgraciada cláusula en su testamento, lo cual significa que le temía.

--Si--suspiró en voz baja.--Usted tiene razón, señor Greenwood. Está absolutamente en lo justo. Ese hombre tenía en sus manos la vida de mi padre.

Esta última observación me pareció muy extraña. ¿Habría sido culpable Burton Blair de algún crimen desconocido, que le hacía tener miedo a este misterioso inglés tuerto? Tal vez sí. Quizá Dick Dawson, que durante años había residido en la Italia rural haciéndose pasar como italiano, era el único testigo sobreviviente de algún acto deshonroso que Blair había cometido, y que, en la época de su prosperidad, habría deseado borrar, con cuyo fin hubiera dado contento un millón de oro. Tal fue, en verdad, una de las muchas ideas que surgieron en mi mente, viendo el misterio que rodeaba ese terror que producía en Mabel el solo nombre de Dawson. Sin embargo, cuando recordaba la bondadosa y firme honestidad de Burton Blair, su sinceridad, sus elevados pensamientos y sus actos anónimos de beneficencia por puro amor a la caridad, hacía a un lado todas esas sospechas y resolvía respetar la memoria del muerto.

A la noche siguiente, antes de las nueve, mientras Reginaldo y yo estábamos tomando el café y conversando en nuestro confortable comedorcito de la calle Great Russell, Glave, nuestro sirviente llamó a la puerta, entró y me entregó una tarjeta.

Salté de mi asiento, como si hubiera recibido una descarga eléctrica.

--Esto sí que es gracioso, viejo--grité, volviéndome a mi amigo.--Aquí tenemos a Dawson en persona.

--¡Dawson!--tartamudeó el hombre contra quien me había prevenido el monje.--Hagámosle entrar. Pero, ¡por Job! debemos tener cuidado de lo que digamos, porque, si todo lo que se dice de él es cierto, debe ser extraordinariamente perspicaz.

--Déjamele a mí--le dije. Y luego añadí, volviéndome a Glave:

--Haga pasar adelante a ese caballero.

Y ambos quedamos en anhelante expectativa aguardando la aparición del hombre que conocía la verdad del bien oculto pasado de Burton Blair, y el cual, por alguna razón misteriosa, se había encubierto durante largo tiempo bajo el disfraz de italiano.

Un momento después fue introducido a nuestra presencia, y, saludándonos, exclamó, con una sonrisa:

--Supongo, caballeros, que tengo que presentarme yo mismo. Me llamo Dawson, Ricardo Dawson.

--Y yo soy Gilberto Greenwood--dije con cierta frialdad.--Mi amigo, aquí presente, se llama Reginaldo Seton.

--De ambos oí hablar a nuestro mutuo amigo, Burton Blair, hoy, por desgracia, fallecido--exclamó; y lentamente se sentó en la gran silla de brazos de mi abuelo, mientras yo quedeme de pie sobre el tapiz de la chimenea, dando la espalda al fuego para poder verlo mejor.

Vestía un traje de tarde bien hecho y un sobretodo negro, pero en su tipo no había ningún rasgo que indicara que era un hombre de carácter. De mediana estatura, de una edad regular, como de cincuenta años, a mi juicio, con anteojos redondos, arcos de oro y grueso cristal de roca, a través de los cuales parecía guiñarnos como un profesor alemán, su aspecto general era el de un hombre serio y observador.