Chapter 6
--Por lo que supe en Londres cuando tuvimos ocasión de conocernos--contestó mi compañero, muy gravemente,--presupongo que el secreto del pobre Blair ha sido robado de una manera muy ingeniosa, y que la persona en cuyo poder está ahora, sabrá sacar buen provecho de él.
--¿En perjuicio de su hija Mabel?
--Ciertamente. Ella deberá ser la principal víctima, la que tenga más que perder--contestó, con una especie de suspiro.
--¡Ah, si él hubiera confiado a alguien sus asuntos, podría, conociendo la verdad, combatir esa astuta conspiración! Pero parece que todos, como en efecto sucede, estamos en la más completa obscuridad. ¡Aun sus abogados nada saben!
--¡Y usted, a quién el secreto ha sido legado, lo ha perdido!--añadió.--Sí, señor, la situación es, ciertamente, muy crítica.
--En este asunto señor Salvi--le dije,--como amigos del pobre Blair, debemos esforzarnos en hacer todo lo que podamos para descubrir y castigar a sus enemigos. Dígame, por lo tanto ¿conoce usted el origen de la vasta fortuna de nuestro desgraciado amigo?
--Aquí no soy el señor Salvi--fue la réplica tranquila del monje.--Me conocen como fray Antonio de Arezzó, o, más breve, fray Antonio. El nombre de Salvi me lo dio el pobre Blair, que no quiso introducir entre sus amigos mundanos a un monje capuchino. En cuanto al origen de su fortuna, creo que conozco la verdad.
--Entonces ¡dígamela, dígamela!--grité lleno de ansiedad.--Puede ser que nos dé el hilo para saber quiénes son esas personas que han conspirado con tanto éxito contra él.
De nuevo el monje volvió hacia mí sus penetrantes ojos obscuros, esos ojos que en las tenues tinieblas de San Frediano parecían tan llenos de fuego y también de misterio.
--No--contestó, en un tono duro y decisivo.--No tengo permiso para decir nada. El ha muerto, dejemos descansar su memoria.
--¿Pero por qué?--inquirí.--En estas circunstancias de graves sospechas, y en que el secreto, que por derecho me pertenece, ha sido robado, es deber de usted seguramente explicar lo que sabe, con el fin de que podamos obtener un hilo que nos guíe. Recuerde también que el porvenir de su hija depende del descubrimiento de la verdad.
--No puedo decirle nada--repitió.--Mis labios están sellados por mucho que lo sienta.
--¿Por qué?
--Por un juramento que hice hace años, antes de entrar en la orden de capuchinos--respondió. Luego, después de una pausa, añadió, con un suspiro:--Todo es muy extraño... mucho más extraño de lo que ningún hombre ha soñado, tal vez... pero no puedo decirle nada, señor Greenwood, absolutamente nada.
Me quedé silencioso. Sus palabras habían sido demasiado mortificantes y enigmáticas, como también decepcionantes. Todavía no había podido saber si en realidad era mi enemigo o amigo.
En ciertos momentos parecía sencillo, franco y sincero, como lo son todos los de su orden religiosa; pero en otros parecía haber dentro de él esa notable astucia, hábil diplomacia y penetrante doble vista del jesuita.
El hecho mismo de que Burton Blair, habiéndome ocultado su amistad--si es que existía amistad--con este vigoroso monje, de cara bronceada y arrugada, me hacía abrigar contra él una especie de vaga desconfianza. Y, sin embargo, cuando recordaba el tono de la carta que le había escrito a Blair, ¿cómo podía dudar de que su amistad, aun cuando secreta, no fuese real y sincera? No obstante, volvían a mi memoria aquellas palabras que le había alcanzado a oír en la plaza Leicester, las cuales renovaban en mí las dudas y cavilaciones.
Caminaba al lado de este hombre, sin preocuparme adonde nos dirigíamos. Estábamos ya en medio de la campiña. La inmovilidad de todo, el silencio que reinaba y el brillo luminoso de los últimos tintes de aquella puesta de sol de invierno, comunicaban cierta melancolía a los grises montes toscanos cubiertos de olivos. Esa tranquilidad, ese sosiego inmenso que se expandía sobre todo, esa inalterable calma de la atmósfera, esas luces inmóviles y esas grandes sombras, producían en uno la impresión de una pausa en el movimiento vertiginoso de siglos, de una espera intensa, de un momento de reflexión, o más bien quizá, una mirada de melancolía hacia el lejano pasado, cuando los astros, seres humanos, razas y religiones no existían.
Delante de nosotros, al dar vuelta una curva del camino, vi elevarse en alto sobre la ladera de una colina, medio oculto por los verdes y grises árboles, un enorme y blanco monasterio antiguo.
Era el Convento de los Capuchinos, su hogar, me dijo fray Antonio.
Me paré un momento, y contemplé el blanco edificio, casi sin ventanas, quemado por el calor y los rayos solares de trescientos veranos, levantándose como un baluarte--como en un tiempo lo fue--contra el fondo de los purpúreos Apeninos. Escuché el sonido de la vieja campana que emitía sus llamamientos con la misma nota antigua, con la misma voz vieja de los siglos pasados. Fue entonces, en ese momento, cuando el encanto de Lucca y sus hermosos alrededores se grabaron en mi espíritu. Sentí, por la primera vez, que brotaba de todas partes una atmósfera de soledad y separación del resto del mundo; un ambiente de misterio, esencia viviente de lo que es aquel lugar, fácil de destruir ¡ay! pero que todas las cosas la exhalan aún porque están impregnadas de él: ciertamente, es el alma agonizante de la en un tiempo brillante Toscana.
Y allí, a mi lado, aplastando todos mis pensamientos, como la sombra de una esfinge gigante se expande y alarga sobre las arenas del desierto, estaba de pie ese corpulento monje, de tez bronceada, pies descalzos, hábito de un carmesí desteñido, su cintura ajustada por un cordel de cáñamo, y con un semblante de misterio, mientras dentro de su corazón se encerraba el gran secreto que había sido legado a mí y que ocultaba el origen de la fortuna de Burton.
--¡El pobre Blair ha muerto!--repetía incesantemente, como si todavía hubiera dudado de que su amigo no existía ya y le fuera imposible creerlo. Sin embargo, yo tardaba en convencerme de su sinceridad, porque bien podía estarme engañando, después de todo.
Como me invitara, lo acompañé a subir el tortuoso y escarpado camino hasta que llegamos a la pesada puerta del monasterio, a la cual llamó. Resonó un fuerte y solemne campanazo, y unos segundos después se abrió la pequeña ventana de reja, apareciendo detrás la cara del hermano portero, de blanca barba, que nos hizo entrar en el acto.
Me condujo a lo largo del silencioso claustro, en medio del cual había un maravilloso pozo medioeval de hierro forjado, y después por interminables corredores de piedra, cada uno alumbrado por una sola lámpara de kerosene, lo que hacía parecer más sombría y melancólica la casa.
De la capilla, que estaba en el extremo del gran edificio, llegaba el murmullo del canto que en voz baja entonaban los monjes; pero más allá reinaba el silencio de una tumba. Figuras obscuras y espectrales pasaban sin hacer ruido por junto de nosotros y parecían desaparecer era la obscuridad; la puerta del refectorio estaba abierta, y a la luz opaca que proyectaban dos o tres lámparas, pude distinguir magníficas esculturas, espléndidas pinturas al fresco y las dos largas filas de bancos de roble, ennegrecidos por el tiempo, en que se sientan a comer los hermanos capuchinos.
De pronto mi guía se paró delante de una puerta, la que abrió con su llave, y me encontré dentro de una diminuta y desnuda celda, sin alfombra, cuyo mobiliario se componía de una cama de ruedas, una silla, una mesa-escritorio y un estante de libros bien provisto. En la pared había un gran crucifijo de madera, delante del cual se persignó al entrar.
--Esta es mi casa--explicó en inglés.--No muy lujosa, es cierto, pero no la cambiaría por ningún palacio del mundo. Aquí todos somos hermanos, y el superior es nuestro padre que provee a todas nuestras necesidades humanas, incluyendo el rapé que consumimos. Aquí no hay celos, no hay rivalidades, no hay calumnias ni disputas. Todos somos iguales, todos estamos perfectamente contentos, porque todos hemos aprendido esa dificilísima lección de amor fraternal.
Y acercó la única silla que había para que me sentara, pues estaba sudoroso y cansado después de esa larga caminata y escarpada ascensión desde la ciudad al convento.
--Es una vida muy dura, ciertamente--observé.
--Al principio, sí. Tiene uno que ser fuerte de mente y de cuerpo, para poder pasar con éxito el período de prueba--respondió.
Pero después la vida del capuchino es indudablemente una de las más deliciosas de la tierra, unidos como estamos para hacer el bien y ejercer la caridad en nombre de San Antonio. Pero--añadió, con una sonrisa,--yo no lo he traído aquí, señor, para tratar de convertirlo de su fe protestante a la nuestra. Le pedí que me acompañara, porque me ha comunicado usted un hecho que encierra un profundo y notable misterio. Me ha puesto en conocimiento de la muerte de Burton Blair, el hombre que fue mi amigo, y que por propio interés debía venir a verme esta noche en San Frediano. Existían razones particulares, las razones más poderosas que un hombre puede tener, para que hubiera cumplido su promesa y hubiese acudido a la cita. Pero no lo ha hecho. ¡Sus enemigos se lo han impedido, y le han robado su secreto!
Mientras hablaba, anduvo buscando algo en un cajoncito de la pequeña mesa-escritorio, y por fin sacó un objeto, añadiendo con profunda solemnidad:
--Usted conocía a Blair íntimamente, más íntimamente que yo, tal vez, en estos últimos años. Conocía a sus enemigos como también a sus amigos. Dígame, ¿ha tenido oportunidad de ver alguna vez el original de cada uno de estos hombres?
Y me puso ante los ojos dos retratos.
Uno de ellos me era completamente desconocido, pero el otro lo reconocí en el acto.
--Este es mi viejo amigo Reginaldo Seton--exclamé,--que también era amigo de Blair.
--No--declaró el monje, en un tono duro y significativo,--no su amigo, señor... su más terrible enemigo.
X
EL HOMBRE DE LOS SECRETOS
--No comprendo lo que quiere usted decir--le dije,--resentido de ver la acusación que hacía a mi más íntimo amigo.--Seton ha sido mejor amigo que yo para con el pobre Blair.
Fray Antonio se sonrió de un modo extraño y misterioso, como sólo el sutil italiano puede hacerlo. Pareció compadecerse de mi ignorancia, y tuvo deseos de burlarse de mi fe en la sinceridad de Seton.
--Yo sé--rió;--yo sé casi tanto como usted por una parte, mientras que por la otra mis conocimientos se extienden algo más allá que los suyos. Todo lo que puedo decirle, es que he observado, y, por lo tanto, he sacado mis conclusiones.
--¿De que Seton no era su amigo?
--Sí, de que Seton no era su amigo--repitió lenta y muy claramente.
--Pero por cierto que usted no le hace una acusación directa--exclamé.--Seguramente, usted no cree que él es el responsable de esta tragedia, si es que ha habido una tragedia en esta muerte, ¿no?
--Yo no formulo una acusación directa--fue su ambigua respuesta.
El tiempo revelará la verdad, no hay duda.
Ansiaba poderle preguntar abiertamente si algunas veces no se hacía pasar con el nombre de Paolo Melandrini; sin embargo, temía hacerlo, por recelo de despertar sus indebidas sospechas.
--El tiempo será el único que podrá revelar que Reginaldo Seton fue uno de los mejores amigos del muerto--dije pensativamente.
--Al parecer, sí--fue la dudosa contestación del capuchino.
--¿Un enemigo tan mortal como el Ceco?--le interrogué, mirándole a la cara mientras tanto.
--¡El Ceco!--tartamudeó, lleno de sorpresa por mi audaz pregunta.--¿Quién le ha hablado de él? ¿Qué sabe usted respecto a ese hombre?
El monje se había olvidado evidentemente de lo que le había escrito en la carta a Blair.
--Sé que está en Londres--repliqué, tomando por guía sus propias palabras.
La niña le acompaña--añadí,--a pesar de serme completamente desconocida la identidad de la persona a que me refería.
--¿Y bien?--preguntome.
--Y si están en Londres, no es seguramente con buenas intenciones.
--¡Ah!--exclamó.--¿Blair le ha dicho a usted algo... le ha manifestado sus recelos?
--Ahora, al último, se había apoderado de él el temor de que lo asesinaran secretamente el día menos pensado--contesté.--Sin duda alguna, le temía al Ceco.
--Y ciertamente que tenía razón de temerle--exclamó fray Antonio, con sus obscuros ojos brillantes, vueltos hacia los míos en medio de la semiobscuridad.--El Ceco no es un individuo fácil de manejar.
--Pero ¿con qué fin ha ido a Londres?--le pregunté.--¿Acaso ha ido con malas intenciones?
--El corpulento monje se encogió de hombros, y respondió:
--Dick Dawson no ha sido nunca hombre de muy buen genio. Evidentemente algo debe haber descubierto, y ha jurado vengarse.
Sus observaciones me habían dado a conocer un dato importantísimo: que el hombre conocido en Italia con el sobrenombre de «el ciego», era un inglés llamado Dick Dawson, un aventurero, muy probablemente.
--¿Entonces, sospecha usted que haya sido cómplice en el robo del secreto?--le indiqué.
--Como la pequeña bolsita de gamuza ha desaparecido, me inclino a pensar que debe haber pasado a sus manos.
--¿Y la niña?
--Dolly, su hija, lo ayudará en todo, eso es seguro. Es tan astuta como su padre, y posee una notable habilidad femenina; es una joven peligrosa, por no decir otra cosa. Yo previne a Blair de que tuviera cuidado de los dos--añadió,--recordando de pronto, según parece, su carta.--Pero me alegro que haya usted reconocido a uno de estos dos individuos cuyas fotografías le he mostrado. Ha dicho usted que se llama Seton, ¿no es así? Bien entonces, si es su amigo, le aconsejo que esté siempre alerta. ¿Está usted seguro de que no ha visto jamás a este otro hombre? ¿qué no conoce a este amigo de Seton?--me interrogó muy encarecidamente.
Tomé en mi mano el retrato y me acerqué adonde estaba la opaca lámpara de kerosene. Lo examiné muy atentamente y me fijé en todos sus detalles. Era un hombre de cara larga, calvo, barba entera, cuello muy alto, levita negra y un elegante moño de corbata. El adorno que tenía sobre la pechera de su camisa, era un tanto peculiar, pues parecía una pequeña cruz de alguna orden extranjera de caballería, y producía más bien un efecto delicado y novedoso. Los ojos eran los de un hombre astuto, vivo y penetrante, mientras las mejillas hundidas daban a su rostro un aspecto notable y ligeramente macilento.
Era una fisonomía que, según mis recuerdos, no la había visto nunca, pero, sin embargo, sus peculiaridades eran tales, que en el acto se grabó indeleblemente en mi memoria.
Le manifesté que me era imposible saber quién era, a lo cual replicó él, insistiendo:
--Cuando regrese, vigile los movimientos de su titulado amigo Seton, y entonces puede ser que tenga oportunidad de conocer a su amigo, cuyo retrato le he mostrado. Una vez que esto suceda, escríbame, y déjemelo a mi cargo.
Guardó de nuevo la fotografía en el cajoncito de su mesa, pero, al hacerlo, mis ojos alcanzaron a distinguir dentro una carta de juego, el siete de bastos, con algunas letras escritas en ella de la misma manera o muy similares a las que había en la carta que yo tenía guardada en mi bolsillo. Le hice alusión, pero se sonrió simplemente y cerró en el acto el cajón.
Sin embargo, el hecho de encontrarse el enigma cifrado en su poder, era ciertamente algo más que extraño.
--¿Suele usted ausentarse de su casa?--le pregunté al fin, recordando cómo lo había conocido en la mesa de Blair, con motivo de la comida en su casa de la plaza Grosvenor, pero no muy satisfecho del descubrimiento de la carta con las curiosas inscripciones enigmáticas.
--Rara vez... muy rara vez--respondió.--Es sumamente difícil conseguir permiso, y cuando se obtiene, es con el fin único de visitar a la familia.
Si hay algún monasterio cerca del lugar adonde nos trasladamos, debemos pedir que se nos conceda una cama en él, antes que permanecer en una casa particular. Las reglas le parecen duras--añadió sonriendo;--pero le aseguro que para nosotros no lo son, ni sufrimos absolutamente nada. Todas ellas son benéficas para la felicidad y el bienestar del hombre.
De nuevo traté de hacer recaer la conversación en lo que me interesaba, esforzándome en conseguir algunos datos sobre el secreto misterioso del muerto, que estaba convencido de que le era conocido. Pero fue inútil. No quería decirme nada.
Todo lo que me manifestó fue que la razón de esa entrevista que debía haber tenido lugar esa noche en Lucca, era muy poderosa, y que si el millonario no hubiera muerto, indudablemente habría acudido a ella.
--Tenía por costumbre verse conmigo de tiempo en tiempo, ya en la iglesia de San Frediano, o en otros puntos de Lucca, como también en Pescia o Pistoya--añadió el monje.--De cuando en cuando, variábamos el sitio de reunión.
--Y esto explica, por cierto, sus misteriosas ausencias--observé yo, recordando que sus movimientos habían sido con frecuencia muy errantes, de modo que hasta Mabel había ignorado su dirección. Se suponía generalmente que había partido a Escocia o al norte de Inglaterra; pues nadie se imaginó nunca que sus repentinos viajes fueran tan lejanos, y que se encontrara, cuando menos se pensaba, en la Italia central.
Los informes del monje demostraban también que Blair había tenido algún motivo muy poderoso para celebrar estas secretas entrevistas. Fray Antonio, su amigo ignorado, había sido indudablemente el más íntimo y de mayor confianza.
--¿Por qué razón nos había ocultado a todos, hasta a la misma Mabel, esta extraña y misteriosa amistad?
Miré fijamente la severa cara del monje italiano, tostada por el sol, y traté de penetrar el misterio escrito en ella, pero fue en vano. No hay hombre en el mundo que sepa guardar tan bien un secreto como el sacerdote confesor, o el humilde fraile, cuya morada es su pobre celda.
--¿Y cuál es su intención, después de lo que ha sucedido con el pobre Blair?--le pregunté al fin.
--Mi intención, como la suya, es descubrir la verdad--replicó.--Será una cosa difícil, no hay duda, pero tengo confianza de que al fin triunfaremos, y que usted recuperará el secreto perdido.
--Pero ¿no podrán utilizarlo mientras tanto los enemigos de Blair?--interrogué.
--¡Ah! eso no podremos impedirlo, por cierto--contestó fray Antonio.--Nosotros debemos preocuparnos del porvenir, y dejar que el presente se cuide solo. Usted, en Londres, hará todo lo que sea posible para descubrir si Blair fue víctima de una infamia y quiénes fueron los autores de ella, mientras yo, aquí en Italia, trataré de saber si ha existido, fuera del robo del secreto, algún otro móvil.
--Pero si la bolsita de gamuza hubiera sido robada, ¿no cree usted que Blair la habría extrañado? Estuvo completamente consciente durante varias horas antes de morir.
--Se podía haber olvidado de ella. La memoria de los hombres decae a menudo en las últimas horas que preceden a la muerte.
* * * * *
La noche había extendido su negro manto antes que la campana con su gran badajo de madera, la misma que servía para despertar a los monjes a las dos de la mañana, hora en que se levantan a orar, resonase a lo largo del claustro, como recordándome que debía retirarme de aquella silenciosa morada, donde era un extraño.
Fray Antonio se levantó, encendió una gran linterna vieja de bronce, y me guió a través de los solitarios y tranquilos corredores, de la pequeña plaza y de la ladera de la colina hasta el camino real, que en medio de la obscuridad resaltaba blanco y recto.
Luego, después de haberme encaminado, tomó mi mano entre sus grandes palmas ásperas y encallecidas, debido al duro trabajo en su pedazo de jardín, y me dijo:
--Confíe en mí, que yo haré todo lo que me sea posible. Yo conocía al pobre Blair; sí, lo conocía mejor que usted, señor Greenwood. También conocía algo de su notable secreto, sé cuan extraño es lo sucedido, y qué misteriosas son todas las circunstancias. Mientras usted vuelve a Londres y prosigue sus investigaciones, yo trabajaré aquí, haciendo las mías. Voy a hacerle una indicación, sin embargo, y es la siguiente: si llega a conocer a Dick Dawson, haga amistad con él y con Dolly. Son una pareja extraña, el padre y la hija, pero la amistad con ambos puede serle de provecho.
--¡Qué!--exclamé.--¿Amistad con el hombre que ha confesado usted que es uno de los más crueles enemigos que tuvo Blair?
--¿Y por qué no? ¿No es un rasgo de diplomacia ser bien recibido en el campo enemigo? Recuerde que es usted el que más arriesga en este asunto, pues en él se juega el secreto que le ha sido legado--¡el secreto de los millones de Burton Blair!
--Y tengo la intención de recuperarlo--declaré con firmeza.
--Yo espero que lo conseguirá, señor--exclamó en una voz que me pareció llena de doble significado.--Espero que lo conseguirá--replicó de nuevo.
Despidiéndose luego con un _Adio, e buona fortuna_, fray Antonio, el hombre de los secretos, se dio vuelta y se alejó, dejándome parado en el obscuro camino real.
No había avanzado unas cincuenta yardas, cuando de en medio de la sombra de algunos arbustos que había a un lado, apareció una pequeña figura negra, y por la voz que me saludó, conocí que era el viejo Babbo, a quien no esperaba, pues había creído que se hubiera cansado de aguardarme. Pero comprendí que nos había seguido y que al vernos entrar en el monasterio, se había puesto a esperar mi vuelta con toda paciencia.
--¿Ha descubierto el señor lo que deseaba?--me preguntó el viejo italiano, prontamente.
--Algo, no todo--fue mi réplica.--¿Ha visto a ese monje con quien he estado?
--Sí. Mientras usted estaba en el convento, yo he hecho algunas averiguaciones, y he sabido que el capuchino más popular de todo Lucca, es fray Antonio, y que sus actos de caridad son bien conocidos. Es él quien anda mendigando de puerta en puerta, por toda la ciudad, para conseguir los céntimos y las liras que hacen que los pobres tengan diariamente su ropa y pan. Es fama que era muy rico, y que al entrar en el convento de los capuchinos donó a la orden sus riquezas. También se sabe que tiene un amigo que quiere mucho, un inglés conocido por la gente de la ciudad, con el sobrenombre de el Ceco, porque tiene un ojo casi perdido.
--¡El Ceco!--grité.--¿Qué ha descubierto respecto de éste?
--La dueña de una pequeña quesería que hay junto de la puerta por donde salimos de la ciudad, es muy comunicativa. Como todas las de su clase, parece que admira grandemente a nuestro amigo el capuchino. Me ha hablado de las frecuentes visitas de este inglés tuerto, que ha residido tanto tiempo en Italia, que puede casi pasar por italiano. Parece que el Ceco, tiene la costumbre de parar en la vieja posada de la Croce di Malta, viniendo acompañado algunas veces de su hija, una joven muy linda.
--¿De dónde suelen venir?
--¡Oh! todavía no he podido averiguar eso--contestó Babbo.--Sin embargo, parece que las constantes visitas de el Ceco al monasterio capuchino, han despertado el interés público. La gente dice que ahora fray Antonio no es tan activo como antes para buscar dinero para los pobres, pues está demasiado ocupado con su amigo inglés.
--¿Y la niña?
--Debe ser de una belleza notable, porque tiene fama hasta en Lucca, que es una ciudad de niñas bonitas--contestó el viejo, haciendo una mueca.--Habla el toscano perfectamente, y puede hacerse pasar con facilidad por italiana, así dicen. Su espalda no es tiesa como la de esos otros ingleses que uno ve en la vía Tornabuoni, si el señor me perdona la crítica--añadió disculpándose.
Estos informes que probaban que Dick Dawson, contra quien el monje había puesto en guardia a Burton Blair, era en efecto el amigo del capuchino, hacían que la situación fuera más enigmática y complicada.
Reconocí que en esas frecuentes visitas y conferencias debía haberse tramado el complot secreto contra mi pobre amigo, conspiración que había sido llevada a cabo con éxito, según parecía.