Chapter 4
--Pero debe tratar de olvidar--insistí con profunda simpatía en presencia de su pena.--Nosotros estamos haciendo los mayores esfuerzos para descubrir el misterio que rodeaba las acciones de su padre y las causas que han producido su muerte. Esta noche parto para Italia, con el objeto de hacer averiguaciones secretas sobre este individuo que ha sido nombrado su secretario.
--¡Ah! sí--suspiró.--¿Qué motivo podrá haber tenido mi padre para poner mis asuntos en manos de un extranjero? ¿Quién será este hombre?
--Probablemente, debe ser algún antiguo amigo de su papá--le indiqué.
--No--contestó.--Yo conozco a todos sus amigos. Sólo tuvo un secreto para mí, el del origen de su fortuna. Siempre se negó a decírmelo.
--Parto directamente para Florencia, y veré de descubrir todo lo que pueda antes que los abogados le notifiquen a este misterioso individuo el fallecimiento de su papá--le dije.--Puede ser que consiga saber algo que nos sea de mucho beneficio en el porvenir.
--¡Ah! es usted muy bueno, señor Greenwood--replicó, levantando sus hermosos ojos y mirándome con una expresión de profunda gratitud. Debo confesar que la idea de tener que verme íntimamente ligada a un desconocido, y que este desconocido es un extranjero, me produce un gran temor y recelo.
--Pero tal vez sea joven y buen mozo el verdadero Paolo del romance... y usted su Francesca--le indiqué sonriendo.
Sus dulces labios se entreabrieron ligeramente, pero sacudió la cabeza, suspirando al contestar:
--Hágame el favor de no anticipar nada sobre eso. Confío y espero que sea viejo y muy feo.
--De modo que no pueda despertar mis celos, ¿no es verdad?--exclamé riendo.--Le aseguro, Mabel, que si nuestra amistad no estuviese apoyada sobre bases tan bien definidas, me permitiría representar el papel de amante. Usted sabe que yo...
--Vamos, déjese de necedades--interrumpió, levantando su pequeño dedo con fingida reprobación.--Recuerde lo que dijo ayer.
--Dije lo que pensaba y tengo intención de hacer.
--Y lo mismo hice yo. Hablándole con franqueza, le diré que me gusta considerarlo como si fuese mi hermano mayor--declaró.--Creo que nunca amaré a nadie--añadió, pensativamente, mirando el brillante fuego de la chimenea.
--No, no; no diga eso, Mabel. Algún día encontrará a un hombre de su misma condición, lo amará, se casará con él y será feliz--le observé, con mi mano apoyada en su hombro.--Recuerde que con su fortuna puede elegir la flor del mercado matrimonial.
--¿Algún joven aristócrata empobrecido, quiere usted significar? No, gracias. He tenido oportunidad de conocer a un buen número de ellos, pero su afecto simulado ha sido siempre demasiado débil. La mayoría de ellos querían mi dinero para poder levantar los gravámenes de sus posesiones. No, preferiría, más bien, a un hombre pobre... aun cuando es seguro que nunca me casaré... nunca, jamás.
Permanecí callado un momento; luego le dije con torpeza:
--Yo siempre pensé que se casaría usted con el joven lord Newborough. Parecían muy buenos amigos.
--Lo éramos... hasta que él me propuso casamiento.
Y mirome a la cara con esa franca y serena mirada de sus espléndidos ojos, en los cuales se reflejaba una expresión llena de asombro, casi como los de una criatura.
Su carácter era extrañamente complejo. Cuando era una niña alta y de figura sinuosa, en los primeros días de nuestra amistad, conocí que era altiva, de elevados pensamientos y tenaz, pero, al mismo tiempo, de una índole dulce y afectuosa, que la hacía atrayente y simpática para todos aquellos que la conocían y tenían contacto con ella. Su natural era tan tranquilo y suave, que el amor en ella parecía un impulso inconsciente.
A menudo había pensado que era demasiado buena, demasiado dulce y demasiado bella, para ser lanzada en medio de los zarzales del mundo, verse expuesta a caer y herirse con las espinas de la vida. El mundo es tan cruel y despiadado y está tan lleno de trampas para la juventud incauta de la alta sociedad, como para la de las clases bajas. Por lo tanto, era mi deber, si me hallaba dispuesto a cumplir mi promesa hecha al hombre que descansaba silencioso en su tumba, protegerla de los mil y un engaños de aquellos que se esforzarían en tratar de aprovecharse de su sexo e inexperiencia.
Sus privaciones y vida de sufrimientos cuando niña, mientras su padre se encontraba ausente en el mar, y esos meses de fatiga y caminatas en busca de los molinetes de Inglaterra, habían hecho su efecto en ella. Para Mabel, el amor casi no era una pasión o sentimiento, sino más bien un encanto ilusorio, un sueño que un hechizo de hadas destruía o afirmaba a su capricho. Era tan exquisitamente delicado su carácter, como lo era su rostro, que parecía que hasta el más leve contacto lo profanaría. Como las notas de una dulce y melancólica música que llega notando en las alas de la noche y del silencio, y que más bien sentimos que oímos; como la suave exhalación de la violeta que fenece sobre el sentido que hechiza; como el copo de nieve que se disuelve en el aire antes que lo haya empañado la tierra; como la ligera marea separada de la fuerte ola que una ráfaga la destruye, tal era su naturaleza, rebosante de esa modestia, gracia y ternura, sin las cuales una mujer no es mujer.
Mientras la veía allí de pie delante de mí, delicada y frágil figura vestida de riguroso luto, con su mano entre las mías, agradeciéndome la investigación que iba a emprender en favor de ella, y deseándome _bon voyage_, me estremecí al pensar qué sería de ella viéndose arrojada en medio de una suerte adversa y cruel, de todas las corrupciones y lobos hambrientos de la sociedad, tal vez sin energía para resistir, sin voluntad para proceder, o sin fuerza para sufrir.
Sola y desamparada en semejante caso, el fin tenía que ser inevitablemente desastroso.
Me despedí de Mabel, alejándome con el sentimiento de que, amándola como confieso que la amaba, sin embargo era indigno de ella. Ciertamente, ¡estaba jugando una partida peligrosa!
Desde aquella noche de invierno en que nos conocimos en Helpstone, había concebido un afecto poderoso, sincero y creciente por ella; pero ahora que era dueña de grandes riquezas, me daba cuenta de que había dos barreras que se oponían a nuestro casamiento: la diferencia de edades y el hecho de ser yo un hombre pobre. En verdad, ella jamás había desplegado para cautivarme ninguna de las coqueterías femeninas, ni nunca me había dado el menor motivo o pretexto que me hiciese pensar que yo la había conquistado. Había hablado con franqueza y sinceridad: ella me consideraba como si hubiese sido su hermano mayor; eso era todo.
Aquella misma noche, mientras me paseaba por la cubierta del vapor que atravesaba el canal en medio de un fuerte viento de invierno, contemplando la luz giratoria de la bahía de Calais, que a cada momento se distinguía mejor, mis pensamientos estaban dedicados a ella.
El amor es el maestro, la pena es el domesticador, y el tiempo es el médico del corazón humano. Mientras las máquinas se movían, el viento rugía y el agitado mar se sacudía violentamente, yo me paseaba de arriba abajo, cavilando, confundido en la carta de juego que llevaba en mi bolsillo, y reflexionando en todo lo que había sucedido. Las fértiles fantasías de la juventud, las visiones de esperanzas ha tiempo fenecidas, las sombras de alegría no producidas, los vivos colores de la aurora de la existencia; en fin, todo lo que mi memoria había atesorado, desfilaron por delante de mí, pero ya no existían dentro de mi corazón.
Recordé esa verdad de Rochefoucauld: «Il est difficile de définir l'amour: ce qu'on en peut dire est que, dans l'âme, c'est une passion de régner, dans les esprits, c'est une sympathie; et dans le corps, ce n'est qu'une envie cachée et délicat de posséder ce que l'on aime, après beaucoup de mystères.» Sí, yo la amaba con todo mi corazón, con toda mi alma, pero reconocía que no me era permitido hacerlo. Mi deber, el deber que había prometido cumplir al moribundo cuya vida había sido un romance secreto, era asumir el carácter de protector de Mabel, y no convertirme en su amante y así sacar provecho de su fortuna. Blair me había legado su secreto, con el fin, no hay duda, de ponerme en condiciones de no andar a la caza de riquezas, y como se había extraviado, era mi deber no ahorrar esfuerzo alguno para recuperarlo.
Con estos sentimientos, firmemente arraigados en el fondo de mi corazón entré en el _wagonlit_ en Calais, empezando la primera etapa de mi viaje a través de Europa desde el canal hasta el Mediterráneo.
Tres días después me paseaba por la vía Fornabuoni, en Florencia, por esa calle de palacios medioevales, bancos y consulados, que durante tantos inviernos me ha sido tan familiar, hasta que preferí las partidas de caza en Inglaterra a los rayos solares del Lung'Arno y el Cascine.
Esa brillante mañana de febrero, al recorrer la larga y tortuosa arteria nombrada, llena de ociosos florentinos y de ricos extranjeros que habían salido de paseo, vi a varios caballeros y señoras de mi relación. Lo de Doney y Giacosa, los puntos favoritos de reunión para los hombres, estaban atestados de ricos holgazanes tomando coktails, o ese agradable _petit verre_ conocido en la vía Fornabuoni con el nombre de _piccolo_, mientras los canastos de los vendedores de flores transmitían un suave y agradable matiz al sombrío, severo y colosal palacio de Strozzi.
Las banderas de diferentes naciones que flameaban en los consulados, sobresaliendo entre todas las del siempre popular «Mayor», me recordaron que era la fiesta de Santa Margarita.
En los años pasados, cuando solía vivir «en pensión» con dos oficiales de artillería de ejército italiano y un holandés, estudiante de arte, en el último piso de uno de esos grandes y viejos palacios de la calle dei Banchi, la vía Fornabuoni era el lugar elegido para mi paseo matinal, porque allí se encuentra uno con todo el mundo: las damas ocupadas en sus compras en las tiendas o de paso para las bibliotecas y librerías; los hombres charlando en las aceras, hábito que pronto adquieren todos los ingleses que establecen su residencia en Italia.
Era asombroso ver cuántas caras conocidas encontré esa mañana; pares ingleses y sus esposas, miembros del parlamento, magnates financieros, tiburones de la City, grandes fabricantes y turistas de todas las nacionalidades y condiciones.
Su alteza el Conde de Turín, que volvía de los ejercicios, pasó a caballo riendo con su edecán y saludando a todos aquellos que conocía. La mayoría de las mujeres vestían sus más elegantes toilettes con pieles, porque soplaba un viento frío venido del Arno; la esencia de las flores vagaba en el ambiente, y las risas e incesante charla resonaban por todos lados, porque la antigua ciudad de rojas azoteas estaba llena de alegría. Tal vez no hay en el mundo una ciudad tan llena de encantos, ni tampoco de mayores contrastes, que la vieja y extraña Florencia, con su maravillosa Catedral, su antiguo puente, con sus hileras de joyerías, sus magníficas iglesias, sus pesados palacios y sus obscuras calles, silenciosas y medioevales, algunas de las cuales poco han cambiado desde la época en que Giotto y el Dante las cruzaban. El tiempo ha asentado muy levemente su mano sobre la ciudad de las flores, pero cuando lo ha hecho ha sido alternado lo existente hasta quedar desconocido, y la extravagante modernidad de ciertas calles y plazas de la actualidad disgusta ciertamente a aquellos que, como yo, han conocido a la vieja ciudad antes de que se construyera la plaza Vittorio, siempre la plaza Vittorio, sinónimo de vandalismo, y cuando existía aún el antiguo Ghetto, pintoresco aunque sucio.
Dos hombres, ambos italianos, se detuvieron al verme pasar, para saludarme y desearme _ben tornalo_. Uno era un abogado, cuya esposa tenía fama de ser una de las mujeres más bonitas de la ciudad, en la cual, aunque parezca extraño, el tipo más notable de belleza es el de cabellos rubios. El otro era el caballero Alimari, secretario del cónsul general inglés, o el «Mayor», como lo denominaban todos.
Hacía dos horas que había llegado a Florencia, y después de darme un baño en el Saboya, salí con el objeto de descontar un cheque en casa de French, antes de empezar mis investigaciones.
El encuentro con Alimari, sin embargo, hizo que me detuviera un momento en mi camino, y después que me manifestó el placer que le producía mi vuelta, le pregunté:
--¿Conoce usted, por casualidad, a una persona de apellido Melandrini, Paolo Melandrini? Su dirección es vía San Cristófano, número 8.
Me miró de un modo extraño con sus ojos vivos, después se pasó la mano por su obscura barba, y al fin contestó en inglés, con un leve acento extranjero:
--La dirección no parece muy atrayente, señor Greenwood. No tengo el placer de conocer a ese caballero, pero la calle San Cristófano es una de las más peores y pobres de Florencia, detrás, exactamente, de Santa Croce, yendo por la vía Ghibellina. Pero, no le aconsejaría que fuera de noche a ese barrio, porque hay allí algunos tipos muy malos.
--El hecho es--expliqué,--que he venido expresamente a cerciorarme de algunos datos referentes a ese individuo.
--Entonces, no lo haga usted en persona--fue el consejo de mi amigo.--Emplee a alguno que sea florentino. Si se trata de un caso de averiguaciones confidenciales o secretas, ciertamente, tendrá mucho más éxito que el que usted pueda alcanzar. En el acto que ponga usted los pies en esa calle, se sabrá en todas las casas de vecindad que un inglés anda haciendo preguntas. Y--añadió con una sonrisa significativa,--en la vía San Cristófano se ofenden si les dirigen preguntas.
VII
EL MISTERIOSO EXTRANJERO
Conocí que su consejo era bueno, y en el correr de la conversación, mientras tomábamos un _piccolo_ en casa de Giacoso, me indicó que debía ocupar a un tal Carlini, hombre muy astuto aunque viejo y feo, quien se había encargado algunas veces de ciertas investigaciones privadas del consulado inglés.
Una hora después el viejo se presentaba en el Saboya. Era un hombre pequeño, encorvado, de cabeza blanca, miserablemente vestido, con un sombrero blando, grasiento, de color gris, echado a un lado; un verdadero florentino típico del pueblo. En los mercados lo conocían con el nombre de «Babbo Carlini», según supe después, y las cocineras y sirvientas encontraban placer en hacerlo el blanco de sus travesuras y bromas.
Todos creían que era un poco tonto, y él hacía por robustecer esas ideas, porque le daba mayores facilidades para sus investigaciones secretas, pues la policía acostumbraba emplearlo en los casos graves, y muchos criminales habían sido aprehendidos debido a su astucia.
En mi dormitorio, solo con él, le expliqué, en italiano, la misión que deseaba llevase a cabo.
--Sí, _signore_--era toda su respuesta, cada vez que yo hacía una pausa.
Sus botines estaban en un estado lastimoso, todos rotos, y le hacía inmensa falta una muda de ropa limpia; pero, sin embargo, de uno de los bolsillos asomaba un paquetito de _toscani_, esos cigarros largos, delgados y de a un penique, que tan predilectos son para el paladar italiano.
--Recuerde--le dije al viejo--que usted debe encontrar, si es posible, un medio de hacer relación con Paolo Melandrini, obtener de él mismo todos los datos que pueda sobre su persona, y arreglar las cosas de modo que yo pueda, lo más pronto posible, verlo sin que él me vea. Este asunto--añadí--es estrictamente privado, y lo tomo a usted a mi servicio por el término de una semana, con el sueldo de doscientas cincuenta liras. Aquí tiene cien para que pague sus gastos generales.
Tomó los verdes billetes de banco con sus manos como garras, y murmurando _Tanti grazie, signore_, los guardó en el bolsillo interior de su miserable chaqueta.
--No debe permitir, ni por un momento, que ese individuo sospeche que se están haciendo averiguaciones concernientes a él, y recuerde bien que no debe saber que hay en Florencia un inglés que pregunta por él, porque si esto sucede, entonces en el acto sus sospechas se despertarán. Tenga mucho cuidado con todo lo que diga y haga, y venga esta noche a informarme. ¿A qué hora nos veremos?
--Tarde--gruñó el viejo.--Puede ser que sea un obrero, y, en ese caso, no podré saber nada de él hasta la noche. A las once vendré al hotel.--Y se retiró, dejando la atmósfera impregnada de un olor fuerte a tabaco y ajos en estado de descomposición.
Empecé a reflexionar qué pensaría de mí la gente del hotel cuando vieran la clase de visitante que recibía, porque el Saboya es uno de los más elegantes de Florencia; pero pronto se disiparon mis recelos, porque al salir, oí exclamar, en italiano, al portero del hall:
--¡Hola, Babbo! ¿Algún nuevo remiendo?
El viejo no hizo más que una mueca de satisfacción, y, dando otro gruñido, salió a la calle, bañada de sol.
El día fue largo y lleno de ansiedad para mí. Anduve vagando por el Ponte Vecchio y a la luz opaca y mística de la Santissima Anunzziata; por la tarde fui a visitar a varios amigos, y a la noche comí en casa de Doney, pues preferí cenar aquí antes que en la apretada _table d'hôte_ del Saboya, lleno de ingleses y americanos.
A las once esperé en el hall del hotel al viejo Carlini, y cuando llegó, le hice subir, lleno de ansiedad, a mi pieza.
--He estado todo el día haciendo averiguaciones--principió, hablando en su lengua florentina, ligeramente ceceosa,--pero he descubierto muy poco. El individuo que usted necesita, _signore_, parece ser un misterio.
--Así lo esperaba--respondí.--¿Qué ha sabido respecto a él?
--Lo conocen en la vía San Cristófano. Tiene un pequeño departamento en el tercer piso del número 8, al que sólo va de tiempo en tiempo. En vista de esto, traté, entonces, de interrogar a la cuidadora, que es una anciana de ochenta años. Había averiguado que Melandrini estaba ausente, y viendo algunas piezas de ropa puestas a secar en una ventana, me presenté como agente de policía para notificar que era una contravención colgar ropa en la parte exterior de las casas, contravención que se castigaba con una multa de dos liras. Después me preocupé de obtener algunos datos sobre su _padrone_. La anciana me dijo todo lo que sabía, que no es mucho. Tiene la costumbre de llegar inesperadamente, por lo general de noche, y permanece uno o dos días, pero jamás sale a la calle en plena luz del día. No sabe dónde vive cuando está ausente. Con frecuencia llegan cartas para él con estampillas inglesas, y ella se las guarda. Me mostró una que ha llegado hace diez días y la tiene, en espera de su dueño.
--¿Podría ser de Blair?--pensé yo para mí.
--¿Qué clase de letra era la del sobre?--le pregunté.
--De tipo inglés, gruesa y pesada. Noté que la palabra _signore_ está mal escrita.
La letra de Blair era gruesa, porque, generalmente, escribía con pluma de ave. Tuve ansias de poderla ver.
--¿Entonces, la vieja sirvienta no tiene la menor idea de cuál es su verdadera dirección?
--Absolutamente ninguna. Le ha advertido que si van a buscarlo, conteste que no tiene fijeza en sus movimientos, y que todo asunto o mensaje deben dejárselo por escrito.
--¿Qué aspecto tiene el departamento?
--Está muy pobremente amueblado, sumamente sucio y abandonado. La anciana es casi ciega y sin fuerzas.
--¿Dice la vieja que es un caballero su _padrone_?
--No la he podido preguntar cómo es, pero, por averiguaciones que he hecho en otras partes, he sabido que es un individuo que muy probablemente tiene asuntos con la policía o con algo parecido. El dueño de una taberna que hay en la esquina de la calle, me dijo, en confianza, que hará unos seis meses que dos hombres, sin duda alguna agentes de policía, anduvieron haciendo investigaciones muy activas respecto a este individuo, y que, durante un mes, establecieron vigilancia sobre la casa, pero él no ha aparecido más desde ese tiempo. Me lo ha pintado como un hombre de regular edad, con barba, muy reticente, que usa anteojos, habla con leve acento extranjero y rara vez entra en una taberna o pasa un rato en el día con sus vecinos. Sin embargo, es evidente que tiene recursos, porque, en varias ocasiones, al saber la miseria o desgracias de algunas de las familias que viven en esa calle, las ha visitado silenciosamente y dispensado su caridad de una manera generosa. Es a esto, según parece, a lo que debe el respeto que ha inspirado, mientras, por otra parte, ha tratado intencionalmente de rodear de misterio su identidad.
--Con algún objeto ha de ser, no hay duda--observé.
--Ciertamente--fue la respuesta de aquel viejo extraño.--Todas mis averiguaciones tienden a demostrar que es un hombre de secretos, y que está ocultando su verdadera identidad.
--Puede ser que esas habitaciones no las tenga más que para la dirección de las cartas--le indiqué.
--¿Sabe, _signore_, que es la misma opinión que yo tengo?--me dijo.--Puede ser que resida en otra parte de Florencia, dado lo que sabemos.
--Pues debes descubrirlo. Es imprescindible que yo sepa todo lo concerniente a él antes que me vaya de aquí; por consiguiente, voy a ayudarte a vigilar su vuelta.
Babbo sacudió la cabeza y empezó a jugar con su cigarro, que estaba ansioso poder fumar.
--No, _signore_. Usted no debe presentarse en la calle de San Cristófano, porque en el acto notarían su aparición. Déjeme todo el asunto a mí solo, _signore_. Voy a tomar una persona que me ayude, y espero que los dos podremos, antes de mucho tiempo, encontrar a este misterioso individuo y seguirle la pista.
Recordando la curiosa carta en italiano que había tomado de entre los papeles del muerto, le pregunté al viejo si conocía algún punto llamado San Frediano--el lugar señalado para la cita entre el hombre que había escrito la carta y mi pobre amigo fallecido.
--Ciertamente--replicó.--Detrás del Cármine está el mercado de San Frediano, y en Lucca hay la iglesia de San Frediano, también.
--¡En Lucca!--repetí.--¡Ah! pero Lucca no es Florencia.
Sin embargo, recordé de pronto que la carta fijaba claramente la hora de las vísperas para la entrevista. Por lo tanto, el lugar convenido debía ser, ciertamente, una iglesia.
--¿No conoce alguna otra iglesia de San Frediano?--le pregunté.
--Sólo la de Lucca.
Era evidente, entonces, que la entrevista debía verificarse en ese punto, el 6 de marzo, dado que no había otro templo de ese nombre. Si mientras tanto no podía conseguir mayores datos sobre Paolo Melandrini, estaba decidido a acudir a la cita y vigilar al que estuviese allí.
Le di permiso a Carlini para que fumara, y, sentado en un sillón bajo, pronto el viejo me llenó la pieza con el fuerte humo y olor de su cigarro barato, a la vez que me refería los más minuciosos detalles de todo lo que había conseguido saber en ese miserable barrio florentino.
El lazo secreto que había unido a Burton Blair con este misterioso italiano, era un problema que no podía resolverse. Era notorio que existía algún motivo poderoso para que él lo hubiera nombrado administrador de la fortuna de Mabel, y, sin embargo, todo aquello era un completo enigma, exactamente como el origen misterioso de donde el millonario había obtenido su enorme riqueza.
Cualquier cosa que fuera lo que descubriésemos, sabía que tenía que ser alguna extraña revelación, porque, desde el primer momento que me encontré con el caminante y su hija, vi que estaban rodeados de un ambiente de notable romance y misterio, que, con la muerte de ese robusto hombre, poseedor del secreto, era ahora mayor aún, y mucho más inexplicable.
No pude dejar de abrigar fuertes sospechas de que Melandrini, cuyos movimientos eran tan misteriosos y llenos de recelo, debía haber tenido alguna parte en el robo hecho a Blair de esa pequeña y curiosa bolsita que me había legado en su testamento.