El tesoro misterioso

Chapter 3

Chapter 33,873 wordsPublic domain

--Hace ya más de cinco años que soy su amigo, Mabel, y, por lo tanto, confío en que me permitirá cumplir la promesa que hice a su papá--exclamé, poniéndome de pie delante de ella y hablándole con profunda solemnidad.--Sin embargo, desde el principio debemos entendernos de una manera clara y formal. Por consiguiente, permítame, Mabel, que le hable en este momento con toda la mayor ingenuidad posible, como un hombre lo debe hacer con una mujer que es su verdadera amiga. Es usted joven, Mabel, y... vamos, usted lo sabe, muy... muy bella...

--No, señor Greenwood, le aseguro que hace usted muy mal en decir eso--me interrumpió, sonrojándose al escuchar mi cumplimiento.--Estoy convencida de que...

--Escúcheme, le ruego--continué con fingida severidad.--Es usted joven, muy bella y rica; posee, por lo tanto, los tres atributos necesarios que hacen que una mujer sea preferida en nuestra actual época moderna, ya que ahora se estiman en tan poca cosa el amor y los sentimientos. Bien entonces; las personas que observen nuestra íntima amistad declararán, no hay duda, con mala intención, que estoy tratando de casarme con usted por su dinero. Estoy seguro de que el mundo dirá esto, pero yo quiero que usted me prometa refutar en el acto semejante afirmación. Deseo que usted y yo seamos amigos firmes y sinceros, como lo hemos sido siempre, sin el más ligero pensamiento de afecto recíproco. Puedo admirarla, como siempre la he admirado, lo declaro ahora, pero todo amor de mi parte hacia usted está completamente descartado, teniendo presente que soy un hombre de recursos limitados. Comprenda bien, Mabel, que no deseo hacer méritos por lo pasado, ahora que su padre no existe y se encuentra usted sola. Comprenda también, desde el principio, que al tenderle mi mano lo hago como amigo sincero, lo mismo que lo haría con Reginaldo, mi antiguo condiscípulo y mejor amigo, y que, en adelante, defenderé sus intereses como si fuesen los míos propios.--Y, entonces, le tendí mi mano.

Durante un momento vaciló, porque mis palabras, al parecer, le habían producido la más profunda impresión.

--Muy bien--dijo tartamudeando, y me miró a la cara un segundo.--Es un convenio, si así lo quiere usted.

--Deseo, Mabel, cumplir la promesa que le hice a su padre. Como usted sabe, tengo para con él una gran deuda de gratitud por su generosidad, y anhelo, por consiguiente, como prueba de mi agradecimiento, ocupar su lugar y proteger a su hija, proteger a usted, Mabel.

--¿Pero no somos, acaso, nosotros dos, mi padre y yo, los que estamos, en primer término, endeudados con usted?--exclamó.--Si no hubiera sido por la benevolencia del señor Seton y de usted, yo habría seguido vagando, tal vez, hasta morir en algún camino.

--¿Y qué es lo que su papá buscaba?--le pregunté.--Seguramente, él se lo debió decir.

--No, nunca me lo dijo. Ignoro la razón que tuvo para andar tres años recorriendo toda Inglaterra. Tenía un fin expreso, no hay duda, que al cabo realizó, pero jamás me reveló lo que era.

--Supongo que debía ser algo que se relacionara con el objeto que llevaba siempre consigo, ¿no es verdad?

--Creo que sí--fue su contestación. Luego añadió, volviendo a sus observaciones anteriores.--¿Por qué habla usted de su deuda para con él, señor Seton, cuando yo bien sé que usted, con el fin de poder pagar la pensión de mi colegio en Bournemouth, vendió su mejor caballo, y no pudo, por consiguiente, gozar de sus cacerías esa temporada? Se privó usted del único placer que tenía, para que yo pudiera estar en las mejores condiciones posibles.

--Le prohíbo que vuelva a mencionar eso--le dije rápidamente.--Recuerde ahora que somos amigos, y que entre amigos no puede haber cuestiones de deudas.

--Entonces no debe usted hacer alusión a los pequeños servicios que mi padre le hizo--respondió riendo.--¡Vamos, voy a ser ingobernable, si usted no sabe cumplir la parte que le toca en el convenio!

Y así fue cómo nos vimos obligados, desde ese momento, a renunciar a todo, y volver a reanudar nuestra amistad sobre una base firme y perfectamente bien definida.

Sin embargo, ¡qué extraño era! La belleza de Mabel Blair, al contemplarla de pie, delante de mí, en aquella magnífica mansión, que ahora le pertenecía exclusivamente, era, no hay duda, capaz de trastornar la cabeza de cualquier hombre que no fuese un juez severo o un cardenal católico; muy diferente, por cierto, de la pobre niña, desmayada y sin fuerzas, que por primera vez vi caída, junto al camino, en medio del triste crepúsculo invernal.

V

EN EL CUAL EL MISTERIO AUMENTA CONSIDERABLEMENTE

La desaparición o pérdida del precioso objeto, documento o lo que fuese, encerrado dentro de la bolsita de gamuza, que el muerto había conservado tan cuidadosamente durante tantos años, era ahora, por sí sola, una circunstancia muy sospechosa, mientras las vagas pero firmes aprensiones de Mabel, que no quería o no podía definir, habían despertado en mí nuevos recelos sobre la muerte de Burton Blair, recelos que me hacían pensar que había sido víctima de una infamia.

En el acto que me despedí de ella, me encaminé a Bedford Row, donde tuve otra consulta con Leighton, al cual le expliqué mis serios temores.

--Como ya le dije, señor Greenwood--exclamó el abogado cuando hube terminado, recostándose en su silla y mirándome gravemente a través de sus anteojos,--creo que mi cliente no ha fallecido de muerte natural. En su vida ha habido algún misterio, alguna extraña circunstancia romántica que, desgraciadamente, nunca creyó conveniente confiármela. Poseía un secreto, según me dijo, y, debido al conocimiento de ese secreto, obtuvo su gran fortuna. Hace media hora que he hecho un cálculo aproximado del valor actual de sus bienes, y, por lo bajo, creo que la suma pasará de dos y medio millones de esterlinas. Pero decirle, en confianza, que el total de esta fortuna pasa derecho a su hija, exceptuando varios legados, entre los cuales están incluidas diez mil libras para el señor Seton y otras diez mil para usted; dos mil para la señora Percival, y algunas pequeñas sumas para los sirvientes. Pero--añadió,--hay una cláusula en el testamento muy enigmática, y que le afecta a usted íntimamente. Como ambos tenemos sospechas de que se ha cometido un acto infame, pienso que puedo mostrársela ahora mismo, sin aguardar el entierro de mi infortunado cliente, y la lectura formal de su testamento.

Se levantó, y de una gran caja negra de papeles, con la siguiente inscripción: «Burton Blair, Esquire», sacó el testamento del muerto, y, abriéndolo, me mostró la siguiente cláusula:

«(10) Dono y lego a Gilberto Greenwood, de Los Cedros, Helpstone, la bolsita de gamuza que se encontrará en mi persona en el momento de mi muerte, con el objeto de que pueda sacar provecho de lo que hay dentro de ella, y como compensación de ciertos servicios valiosos que me hizo. Pero es preciso que recuerde siempre esta rima:

_Henry the Eighth was a knave to his queens,_ _He'd one short of seven--and nine or ten scenes!_

y que sepa ocultar muy bien el secreto a todos los hombres, exactamente como yo lo he hecho.»

Era todo. ¡Una cláusula extraña, ciertamente! ¡Burton Blair, después de todo, me había legado su secreto; el secreto que le había dado su colosal fortuna! Sin embargo, había desaparecido... robado, probablemente, por sus enemigos.

--Es una copla curiosa--sonrió el abogado.--Pero el pobre Blair tenía, según creo, poca cultura literaria. Poseía mayores conocimientos marinos que poéticos. Empero, después de todo, la situación es bien molesta e intrigada para usted, el secreto del origen de la enorme fortuna de mi cliente le ha sido legado, y, ahora, se encuentra con que le ha sido robado de esta extraña manera.

--Pienso que sería mejor consultar a la policía, y explicar nuestras sospechas--dije con amarga pena al ver que la bolsita de gamuza había caído en otras manos.

--Estoy completamente de acuerdo con usted, señor Greenwood. Iremos juntos a la Scotland Yard y solicitaremos que inicien las pesquisas necesarias. Si, en efecto, el señor Blair ha sido asesinado, entonces el crimen se ha cometido de la manera más secreta y notable, para decir lo menos posible. Pero hay otra cláusula en el testamento, que es algo inquietante, y que se relaciona con su hija Mabel.

El testador ha designado como su secretario y administrador de sus bienes, a una persona desconocida para mí, de quien nunca he oído hablar: a un tal Paolo Melandrini, italiano, que, según parece, vive en Florencia.

--¡Qué!--grité, atónito.--¡A un italiano para secretario de Mabel! ¿Quién es ese hombre?

--Una persona que no conozco, como ya he dicho, cuyo nombre, en verdad, nunca se lo oí mencionar a mi cliente. Cuando hice el testamento, no hizo más que dictármelo para que yo lo escribiese.

--¡Pero eso es absurdo!--exclamé.--Ciertamente que no es posible permita usted que un extranjero desconocido, que bien puede ser un aventurero por todo lo que sabemos, tenga completo contralor sobre sus bienes.

--Temo que no se pueda evitar--replicó Leighton, gravemente.--Aquí está escrito, y nos veremos obligados a comunicarle a este hombre, sea quien sea, su nombramiento, con un sueldo de cinco mil libras anuales.

--¿Y tendrá, en efecto, completo poder sobre sus asuntos?

--Absolutamente. Para decir verdad, ella hereda toda la fortuna con la condición de que acepte a este individuo como su secretario y consejero confidencial.

--¡Blair debía estar loco!--exclamé.--¿Conoce Mabel a este misterioso italiano?

--No ha oído nunca nada sobre él.

--En ese caso, pienso que antes de informarlo de la muerte del pobre Blair y de la buena fortuna que le aguarda, debemos, por lo menos, descubrir quién es él. De cualquier modo, podemos vigilarlo cuidadosamente, una vez que esté en su puesto, y ver que no malgaste el dinero de Mabel.

El abogado suspiró, limpió lentamente sus anteojos, y observó:

--Tendrá en sus manos la administración de todo, y, por lo tanto, será difícil saber lo que desaparece, o cuánto guarda en su bolsillo.

--Pero, ¿qué motivo pudo tener Blair, o qué se posesionó de él, para haber dictado semejante cláusula? ¿Usted no le hizo notar la locura que cometía?

--Sí, se lo hice notar.

--¿Y qué le dijo?

--Reflexionó un momento, pensó mis palabras, suspiró, y luego me contestó: «Es imperativo, Leighton. No tengo otra alternativa.» Por eso he sospechado que procedió así bajo presión.

--¿Cree usted que este extranjero estaba en condiciones de exigírselo?

El abogado sacudió afirmativamente la cabeza. Era evidente que él opinaba que existía una razón secreta para introducir en la casa de Mabel a este desconocido, razón sólo conocida por Burton Blair y este individuo. Me pareció extraño que Mabel no me lo hubiera dicho, pero quizá habría vacilado al manifestarle yo la promesa que le habría hecho a su padre, y en vista de eso, no se habría animado a herir mis sentimientos. La situación se hacía, cada hora que pasaba, más misteriosa y complicada.

Yo estaba, sin embargo, decidido a efectuar dos cosas: primero, recuperar el objeto más precioso del millonario, el cual me lo había legado junto con la orden expresa de recordar esa copla extraordinaria, que se había impreso en mi mente; y segundo, hacer averiguaciones secretas sobre este extranjero desconocido, que tan repentinamente había aparecido tomando parte en el asunto.

Aquella misma tarde, a eso de las seis, habiéndome reunido con Reginaldo, pues así lo habíamos convenido, en el estudio del señor Leighton, los tres subimos a un coche y nos dirigimos a la Scotland Yard, donde tuvimos una larga conferencia con uno de los oficiales superiores de la policía, a quien explicamos las circunstancias y nuestras sospechas de que se hubiera cometido un crimen.

--Voy a ordenar, por cierto, que se hagan averiguaciones en Manchester y en otras partes--contestó al fin,--pero como el testimonio médico ha demostrado tan concluyentemente que ese caballero ha muerto por causas naturales, no me es posible abrigar muchas esperanzas de que nuestro departamento policial de detectives o el de Manchester pueda ayudarles. Los motivos que alegan ustedes para suponer que ha sido víctima de un acto infame, son muy vagos, como deben ustedes mismos reconocerlo, y, según mi entender, la única base verdadera que tienen para estas sospechas es el robo de ese documento, objeto o lo que sea, que llevaba consigo. Sin embargo, no se mata a un hombre, por lo general, a la plena luz del día, con el fin de cometer un robo, que cualquier ratero hábil lo puede hacer sin recurrir a ese medio. Además, si sus enemigos o rivales sabían lo que era o conocían la costumbre que tenía de llevarlo siempre consigo, habrían podido apoderarse de él fácilmente sin asesinarlo.

--Pero él estaba en posesión de cierto secreto--observó el abogado.

--¿De qué índole era el secreto?

--Desgraciadamente, no tengo la menor idea sobre ello. Nadie lo conoce. Todo lo que sabemos es que su posesión lo sacó de la pobreza y lo enriqueció, y que había una persona, por lo menos, que estaba ansiosa por conseguir poseerlo.

--Naturalmente--observó el anciano director auxiliar de la oficina de investigaciones criminales.--Pero ¿quién es esa persona?

--Tengo la desgracia de no saberlo. Mi cliente me lo manifestó hará un año, pero no me indicó ningún nombre.

--¿Entonces, no abriga usted sospechas sobre alguien, sea quien sea?

--A nadie puedo señalar. La bolsita de gamuza, dentro de la cual estaba el documento u objeto, ha sido robada, y este hecho ha despertado nuestros recelos.

El enjuto y grave empleado movió la cabeza muy dudosamente.

--Esa no es bastante base para fundar una sospecha de asesinato, especialmente cuando hay que tener en cuenta que poseemos todos los testimonios de la pesquisa que se ha efectuado, de la autopsia y del veredicto unánime del jurado de los coroner. No, caballeros--añadió,--no encuentro un fundamento serio para abrigar sospechas verdaderas. Después de todo, puede ser que el documento no haya sido robado. Parece que el señor Blair era de un carácter algo excéntrico, como muchos hombres que repentinamente surgen y se elevan en el mundo, y es posible lo haya ocultado en algún punto seguro. Para mí, esto me parece que es lo más probable, especialmente cuando él había expresado el temor de que sus enemigos trataran de apoderarse de él.

--¡Pero, si hay sospecha de crimen, es deber de la policía investigarlo, ciertamente!--exclamé yo, con algún resentimiento.

--Convencido. Pero ¿dónde está la sospecha? Ni los médicos, ni el coroner, ni la policía local, ni el jurado, abrigan la menor duda de que no ha muerto por causas naturales--arguyó.--En este caso, la policía de Manchester no tenía derecho ni necesidad de intervenir en el asunto.

--Pero ha habido un robo.

--¿Qué prueba tienen ustedes de eso?--preguntó, levantando sus cejas encanecidas y golpeando la mesa con su pluma.--Si pueden ustedes demostrarme que se ha cometido un robo, entonces pondré en movimiento las varias influencias bajo mi mando. Por el contrario, ustedes sólo sospechan que esa bolsita, cuyo contenido se ignora, ha sido robada. Sin embargo, puede ser que esté oculta en algún punto difícil de descubrir, pero, no obstante, bien segura. Como ustedes tres, empero, sostienen que el desgraciado caballero ha sido asesinado con el fin de apoderarse de este misterioso y pequeño objeto, que él guardaba con tanto cuidado, me comunicaré con la policía de la ciudad de Manchester y le pediré que hagan todas las averiguaciones que le sea posible. Más que eso, caballeros--añadió suavemente,--temo que mi departamento no pueda ayudarles.

--Entonces, todo lo que me queda que responder--observó el señor Leighton, duramente,--es que está completamente justificada la opinión pública sobre la futilidad de esta rama de la policía, para el descubrimiento de los crímenes, y no dejaré de llamar la atención del público en este asunto por medio de la prensa. Es, sencillamente, una vergüenza.

--Yo, señor, procedo según mis instrucciones, como también en conformidad con lo que usted mismo me ha manifestado--respondió.--Le aseguro a usted que, si yo ordenase que se hiciesen investigaciones en todos los casos en que se sospecha o se afirma que se han cometido homicidios, necesitaría una fuerza de detectives tan grande como la del ejército inglés. No pasa un día sin que reciba docenas de visitantes secretos y de cartas anónimas, todas ellas comunicando supuestos asesinatos, en que, generalmente, se mencionan personas por quienes tienen algún motivo de antipatía. Dieciocho años al frente de este departamento pienso que me han enseñado a saber distinguir los casos que merecen ser investigados, y el de ustedes no lo es.

Todo argumento probó ser inútil. El funcionario policial tenía la convicción de que Burton Blair no había sido víctima de un crimen, y, por lo tanto, no podíamos esperar ninguna ayuda de él. Con marcado disgusto nos levantamos y salimos de la Scotland Yard, volviendo a Whitehall.

--¡Es un escándalo!--declaró enojado Reginaldo.--El pobre Blair ha sido asesinado, todo parece indicarlo, y la policía, sin embargo, no quiere levantar ni un dedo para ayudarnos a conocer la verdad, porque un médico ha descubierto que el corazón era su punto débil. Es fijar un premio al crimen--añadió, cerrando los puños ferozmente.--Voy a referirle todo el asunto a mi amigo Mill, el miembro del Parlamento por Derbyshire del Oeste, y pedirle que haga una interpelación en la Cámara de los Comunes. ¡Veremos qué dice a esto el nuevo secretario del interior! Será una píldora bien desagradable para él, no lo dudo.

--¡Oh! ya tendrá preparada alguna disculpa oficial escrita a máquina, no tema usted--rió Leighton.--Si ellos no quieren ayudarnos, nosotros debemos hacer las investigaciones por nuestra cuenta.

El abogado se despidió de nosotros en la plaza Trafalgar, conviniendo en reunirse con nosotros en la de Grosvenor, después del funeral, para leer formalmente el testamento delante de la hija del muerto y de su compañera, la señora Percival.

--Y, después--añadió,--tendremos que dar pasos activos para descubrir a este misterioso individuo que en lo porvenir deberá manejar su fortuna.

--Yo seré quien me encargue de las averiguaciones--dije.--Felizmente, hablo el italiano, y, por consiguiente, antes de comunicarle la muerte de Blair, iré a Florencia y me cercioraré de quién es este hombre.

En verdad, abrigaba la sospecha de que la carta que había tomado de entre los papeles del muerto, la cual la había guardado secretamente para mí, había sido escrita por este individuo, Paolo Melandrini. Aun cuando no tenía dirección ni firma, y estaba escrita con un carácter de letra pesado y falto de educación, era, evidentemente, la carta de un toscano, pues descubrí en ella cierta ortografía fonética, que es puramente florentina. La extraña comunicación decía lo siguiente:

«Su carta me llegó esta mañana. El ceco (ciego) está en París, de paso para Londres. Lo acompaña la niña, y es evidente que algo saben. Por lo tanto, tenga mucho cuidado. El y sus ingeniosos amigos tratarán, probablemente, de jugarle una mala partida.

»Yo estoy todavía en mi puesto, pero el agua ha subido tres metros, debido a las grandes lluvias que se han producido. Sin embargo, la explotación ha sido buena, así es que espero verme con usted, a la hora de las vísperas, en San Frediano, en la tarde del día 6 del próximo. Tengo algo muy importante que decirle. Recuerde que «el ceco» tiene malas intenciones, y proceda en conformidad a ellas. Addio.»

Innumerables veces traduje, palabra por palabra, esta curiosa misiva. Me parecía llena de un significado y doble sentido ocultos.

Lo más probable era que la persona conocida con el sobrenombre de «el ciego», que era el enemigo de Blair, según se adivinaba por la carta, había conseguido apoderarse de la preciosa bolsita de gamuza, que, por derecho, me pertenecía ahora, como también del misterioso secreto que encerraba.

VI

EN EL QUE FIGURAN TRES AES MAYÚSCULAS

El acto que se llevó a cabo la siguiente tarde en la biblioteca de la mansión de la plaza Grosvenor fue, como puede suponerse, muy triste y penoso.

Mabel Blair, vestida de luto, con sus ojos llenos de lágrimas, permaneció sentada y silenciosa mientras el abogado leyó secamente el testamento, cláusula por cláusula.

No hizo ni un comentario, cuando ni siquiera proclamó la designación que había hecho el muerto, nombrando al italiano desconocido para administrador de la fortuna de su hija.

--Pero ¿quién es ese hombre, me hace el favor de decir?--preguntó la señora Percival, con su voz tranquila y educada.--Jamás oí al señor Blair hablar de esa persona.

--Ni yo tampoco--declaró Leighton, que había suspendido un momento para arreglarse bien los anteojos, y después prosiguió la lectura del documento hasta el fin.

Todos nos alegramos cuando terminó la grave ceremonia. En seguida, Mabel me indicó, en voz baja, que deseaba verse a solas conmigo en el salón de la mañana; y cuando estuvimos los dos allí y hube cerrado la puerta, me dijo:

--Anoche he estado registrando la pequeña caja de hierro que hay en el dormitorio de mi padre, donde algunas veces guardaba sus papeles particulares, cartas confidenciales y otras cosas. Encontré una cantidad de cartas de mi pobre madre, que le había escrito hacía años, cuando andaba navegando, pero nada más, salvo esto.--Y sacó de su bolsillo una pequeña carta de juego, manchada y arrugada, un as de copas, sobre la cual había escritas ciertas mayúsculas cabalísticas, en tres columnas.

Con el fin de que mis lectores puedan darse clara cuenta del arreglo y posición en que estaban las letras, creo conveniente reproducirla aquí.

+-----------------------+ | | | | | | | | | A A | | O (imagen) O | | N (de un) I | | O (corazón) I | | S N | | T | | G | | K | | A | | | | | +-----------------------+

--¡Es curioso!--observé, dándole vuelta en mi mano ansiosamente.--¿Ha tratado usted de descubrir qué significado encierran estas palabras?

--Sí, pero creo que son cifradas. Notará usted que las dos columnas superiores empiezan con A, y que la de abajo termina con la misma letra. La carta es el as de copas, y, en todos estos puntos, descubro algún significado oculto.

--No hay duda--respondí.--¿Pero se ha fijado usted si estaba guardada cuidadosamente?

--Sí, estaba dentro de un sobre de hilo, bien sellado, y con un letrero de mi padre, que decía: «Burton Blair, privado». ¿Qué podía significar?

--¡Ah! yo también cavilo en lo mismo--exclamé, reflexionando profundamente en el asunto y contemplando aún las tres columnas de catorce letras. Traté de descifrar aquel enigma por los métodos de uso general y conocidos, pero no pude sacar nada inteligible. Aquí se encerraban algunas palabras ocultas, y siendo completamente indescifrables, me producían ansiedad y me daban mucho que pensar. La razón por qué Blair había conservado esa carta con tan profunda reserva, era un misterio, por no decir otra cosa.

Sospeché que en ella debía haber algún hilo oculto de su secreto, pero no pude adivinar de qué naturaleza sería.

Después que discutimos largamente el asunto, sin llegar a ninguna conclusión satisfactoria, le aconsejé que hiciera un viaje al extranjero con la señora Percival, por unas pocas semanas, para que cambiara de ambiente y se esforzara en olvidar su inesperada desgracia, pero sacudió la cabeza, murmurando:

--No, prefiero quedarme aquí. La pérdida de mi querido padre me será tan dolorosa aquí como en el extranjero.