El tesoro misterioso

Chapter 17

Chapter 173,910 wordsPublic domain

Observé todo con mucho cuidado, pero no pude ver nada, absolutamente nada, que estuviera en conformidad con lo que el antiguo bandido Poldo Pensi había dejado registrado.

Durante media hora larga anduvimos escudriñando en vano, hasta que comprendimos, alarmados, que, como no habíamos medido con exactitud los pasos señalados desde el Puente del Diablo, no estábamos en el punto preciso. Retrocedimos el camino andado, lenta y trabajosamente, volviendo a tener que pasar por entre las malezas casi impenetrables, desgarrando nuestras ropas e hiriéndonos, y una vez que llegamos al puente, que era el punto de partida, emprendimos de nuevo la marcha.

Tan equivocado había sido nuestro cálculo, que a los trescientos ochenta y siete pasos de la segunda exploración pasamos por el lugar que con tanta minuciosidad habíamos escudriñado momentos antes, y continuando nuestro camino, siempre adelante, nos paramos al llegar a los cuatrocientos cincuenta y seis pasos, sobre la cima de un alto campo muy similar al otro, aun cuando más agreste y todavía más inaccesible.

--Aquí no parece haber nada--observó Reginaldo, cuya cara estaba toda lastimada por las malezas espinosas y chorreaba sangre.

Miré en contorno y tuve, con disgusto, que ratificar sus palabras. Los árboles eran grandes y sombríos donde estábamos parados, inclinándose algunos de ellos sobre la profunda quebrada por donde el río serpenteaba. Cautelosamente nos arrastramos de bruces hasta el borde de la roca, usando esta precaución, porque no sabíamos si la orilla estaba podrida, e inspeccionamos el punto con mirada penetrante.

--¡Mira!--gritó mi amigo señalando un lugar que había hacia el fondo del peñasco, a mitad de camino del profundo río, después que daba la abrupta vuelta,--allí hay unos escalones y una senda estrecha que conduce más abajo. ¿Y qué es aquello?

XXVIII

DESCRIPCIÓN DE UN DESCUBRIMIENTO ASOMBROSO

Miré y vi, sobre una especie de plataforma natural hecha en la roca, una pequeña choza de piedra, cuyo obscuro techo de teja contemplábamos desde la altura.

--Sí--exclamé,--allí están los veinticuatro escalones de que habla el registro, no hay duda. ¿Vivirá alguien dentro de esa choza?

--Bajemos e investiguemos--indicó Reginaldo ansiosamente, y pocos minutos después descubríamos una estrecha huella que conducía del bosque de castaños directamente a los toscos escalones, los cuales bajaban hasta una angosta abertura entre dos rocas. Sobre la que quedaba a la derecha vimos, profundamente grabada en la piedra, una anticuada E mayúscula, como de un pie de largo, y pasando por junto de ella, nos encontramos con un cangilón peligroso y lleno de escabrosidades, que, haciendo ziszases, conducía a la pequeña choza. La puerta cerrada y la ventanita de hierro de aquella solitaria cabaña despertaron nuestra curiosidad.

Un momento después, sin embargo, el misterio quedó descubierto. El frente de la choza era ojival, y sobre la clave había una pequeña cruz de piedra.

Era una celda de ermitaño, como tantos otros sitios antiguos de retiro y contemplación que hay en la vieja Italia, y acto continuo, al pasar por delante de las rocas y descender cautelosamente por la senda, abriose la puerta, y salió de la ermita un monje, en el que reconocí, con gran sorpresa mía, al corpulento y barbudo capuchino, fray Antonio.

--Caballeros--exclamó en italiano, saludándonos,--éste es un inesperado encuentro, ciertamente.--y nos señaló el banco de piedra que había fuera de la pequeña y baja choza, el cual noté que estaba hábilmente oculto por los grandes árboles, cuyas copas se inclinaban sobre el río, de manera que quedaba invisible de ambas márgenes del Serchio.

Cuando nos sentamos aceptando su invitación, él recogió su desteñido hábito carmesí y se sentó a nuestro lado.

Le manifesté la sorpresa que me causaba encontrarlo allí, pero él se sonrió, y dijo:

--¿Está usted decepcionado por no haber descubierto otra cosa?

--Esperamos conocer el secreto del cardenal Sannini--fue mi franca respuesta, sabiendo bien que él estaba en posesión de la verdad, y sospechando que, junto con el inglés tuerto, había sido también socio de Blair.

Las facciones, toscas y tostadas por el sol, del monje asumieron una expresión enigmática y confusa, porque comprendió que algo habíamos conseguido saber, pero sin embargo vaciló interrogarnos por temor de descubrirse a sí mismo. Los capuchinos, como los jesuitas, son admirables diplomáticos. Indudablemente la fascinación personal que ejercía el monje, se debía en parte a su espléndida presencia. Su cara era hermosa, despejada, con facciones bien delineadas y enérgicas, dulcificadas por unos ojos en que parecía brillar la luz de la perpetua juventud, con una cándida expresión modesta.

--Entonces ha recuperado usted el registro--observó al fin, mirándome fijamente a la cara.

--Sí, y como lo he leído--contesté,--he venido aquí a investigarlo y reclamar el secreto que me ha sido legado.

Respiró con fuerza, nos miró un momento a los dos, y sus negras cejas cargadas se contrajeron. Hacía calor donde estábamos sentados, porque el brillante sol italiano caía de plano sobre nosotros; por lo tanto, sin responderme, se levantó y nos invitó a entrar en su pequeña celda fresca, pieza cuadrada y desnuda, con piso de tabla, cuyo mobiliario se componía de una cama de madera, baja y anticuada, con un pedazo de una vieja colcha obscura por cobertor, un _priedieu_ Renacimiento, de roble antiguo tallado, ennegrecido por el uso y el tiempo, una silla, una lámpara de colgar, y en la pared un gran crucifijo.

--¿Y el señor Dawson?--preguntó al fin, cuando Reginaldo se hubo sentado en la orilla de la cama y yo en la silla.--¿Qué es lo que él dice?

--No tengo necesidad de pedirle su opinión--repliqué rápidamente.--Por la ley el secreto del cardenal es mío, y nadie puede disputármelo.

--Salvo su actual poseedor--fue su tranquila observación.

--Su actual poseedor no tiene derecho sobre él. Burton Blair me lo ha regalado, y por consiguiente es mío--declaré.

--Yo no disputo eso--contestó el monje.--Pero como guardián del secreto del cardenal, tengo derecho de saber cómo ha venido a sus manos el registro inscripto en las cartas, y cómo ha conseguido usted la clave de la cifra.

Le referí exactamente todo lo que deseaba saber, y cuando se hubo cerciorado, exclamó:

--Ha conseguido usted triunfar ciertamente en lo que yo le predije que fracasaría, y su presencia aquí me llena de sorpresa. Aparentemente ha vencido todos los obstáculos que se le han presentado, y hoy viene a reclamar de mí lo que por derecho es suyo, sin duda alguna.

Parecía hablar con sinceridad, pero debo confesar que yo no tenía confianza en él y que todavía abrigaba recelos.

--Antes de que pasemos adelante, sin embargo--continuó, de pie, con sus manos metidas dentro de las anchas mangas de su hábito,--voy a preguntarle si tiene usted la intención de observar los mismos métodos que puso en práctica el señor Blair, el cual adjudicaba una octava parte del dinero derivado del secreto a nuestra orden de capuchinos.

--Ciertamente que sí--repliqué, algo sorprendido.--Mi deseo es respetar en todos conceptos las obligaciones de mi difunto amigo.

--Esa es una promesa que hace usted--dijo con cierta ansiedad.--Es preciso que la haga solemnemente... vamos, que jure. ¿Quiere repetirla? ¡Levante su mano--Y señaló el gran crucifijo que había en la blanca pared.

Levanté mi mano y exclamé:

--Juro proceder como Burton Blair ha procedido.

--Muy bien--replicó el monje, al parecer satisfecho de que era un hombre de honor.--Supongo entonces que ha llegado el momento de revelarle el secreto, aunque no dudo que le causará indecible sorpresa. Piense, señor, que es usted todavía un hombre relativamente pobre, pero que dentro de media hora será más rico de lo que se ha forjado en sus más extravagantes sueños... que tendrá millones, como sucedió con Burton Blair.

Le atendía atónito, dando apenas crédito a lo que mis oídos escuchaban. Sin embargo, ¿para qué me servía poseer riquezas fabulosas, ahora que había perdido a mi amor?

De una pequeña alacena sacó una vieja linterna herrumbrosa, y la encendió cuidadosamente, mientras nosotros dos la mirábamos llenos de interés y faltos de aliento. Después echó llave a la puerta y la aseguró con una barra de hierro, cerró los postigos de la ventana, y quedamos en tinieblas.

¿Iríamos a ver acaso alguna ilusión sobrenatural? Quedamos de pie esperando, ávidos y extáticos, sin darnos cuenta ni adivinar lo que iba a suceder.

Un momento después corrió su pesada cama, retirándola del rincón donde estaba, y vimos en el suelo, hábilmente oculta, una especie de puerta, que al abrirla dejó al descubierto un pozo profundo y obscuro.

--Tengan cuidado--nos advirtió,--porque los escalones son algo escabrosos y difíciles en ciertas partes,--y sosteniendo la linterna en alto, desapareció pronto de la vista, dejándonos detrás para que lo siguiéramos por esos toscos escalones hechos en la piedra viva y luego en la sólida roca, escalones húmedos y pegajosos donde el agua se filtraba y caía en sonoras gotas.

--¡Agáchense!--ordenó nuestro guía, y vimos el débil bulto de su luz iluminando nuestro camino a lo largo de una senda estrecha y tortuosa, que se extendía hasta el mismo corazón del enorme peñasco. Por ciertos puntos cruzábamos entre lodazales de barro y moho pegajoso, mientras el aire allí detenido despedía un olor desagradable, sucio y malsano.

De pronto salimos a un gran espacio abierto cuyas dimensiones no pudimos calcular a la débil luz de aquella pobre linterna.

--Estas cavernas se dilatan millas--explicó el monje.--Las galerías corren en todas direcciones y van directamente a parar debajo de la ciudad de Lucca y hacia el Arno. Jamás han sido exploradas. ¡Escuchen!

En medio de la extraña obscuridad oímos el distante rugido de lejanas aguas que caían estrepitosamente.

--Ese es el río subterráneo, el río que separa el secreto de todos los hombres, a excepción de usted--dijo.--Después siguió adelante, siempre a lo largo de un costado de la gigantesca caverna que cruzábamos, y nosotros lo seguimos, acercándonos cada vez más a esas ruidosas aguas, hasta que al fin nos ordenó pasar, y se puso a examinar las toscas y escabrosas murallas sobre las cuales resplandecían grandes estalactitas brillantes. Por fin encontró una gran señal blanca, igual a la letra E que había grabada en la roca a un lado de la entrada del enorme peñasco, y puso en el suelo su linterna.

--No avancen un paso más--exclamó.--Entonces hizo salir de un hueco, donde parecía estar bien escondido, un largo y tosco puente, que consistía en un solo tablón, con débiles barandillas a ambos lados. Lo empujó hacia adelante mientras yo sostenía en alto la luz, hasta que llegó al borde del profundo abismo, y lo atravesó, para que pudiéramos pasar.

Cuando estuvimos en medio de él, levantó más la linterna, y nos estremecimos al ver, allá en el fondo, como a cien pies de nosotros, una especie de cañada, por la cual corrían impetuosas masas de agua negra, rugiendo furibundas al perderse en las entrañas de la tierra, y formando una terrible trampa para aquellos que se aventuraran a explorar aquel extraño, curioso y húmedo lugar.

Después que pasamos el puente, volvimos a orillar una nueva muralla rocallosa que había a la derecha, atravesamos luego un túnel largo y angosto, y al fin salimos a otro espacio abierto, cuyas dimensiones tampoco nos fue posible calcular.

El monje colocó entonces su linterna en un nicho, en cuyo seno había varias velas puestas sobre toscas tablas y aseguradas entre tres clavos. Cuando las encendió y nuestros ojos se acostumbraron a la luz, vimos que estábamos en una especie de pieza, no muy grande, pero sí larga, angosta y más seca que las otras partes de la caverna.

--¡Mire!--exclamó el capuchino, haciendo un movimiento con la mano.--Aquí está todo, señor Greenwood, y todo es suyo.

Entonces comprendí, azorado y atónito, que alrededor de las murallas de esa pieza había, formando altas pilas, unos sobre otros, una inmensidad de sacos de cuero llenos hasta casi reventar. Toqué una pila que había al alcance de mi mano, y vi que lo que dentro se encerraba, era duro y angular y no cedía a la presión. También había varios cofres pequeños y anticuados, que, por su seguro aspecto, con sus fajas de hierro herrumbroso y tachonados de clavos, debían contener, pensé yo, las misteriosas riquezas que habían convertido en millonario a Burton Blair, cuando pocos días antes era un pobre caminante sin hogar.

--¡Qué!--grité azorado;--¡este es un inmenso tesoro escondido!

--Sí--contestó fray Antonio en su voz baja, profunda.--El tesoro escondido del Vaticano. Vea--añadió,--todo está aquí, a excepción de la parte que sacó el señor Blair,--y abriendo uno de los macizos cofres, sostuvo en alto la linterna y desplegó ante mis ojos una colección tan variada de cálices, patenas y custodias de oro, vestiduras recubiertas de joyas y pedrería y magníficas alhajas, como nunca antes había visto igual.

Reginaldo y yo nos habíamos quedado completamente confundidos y mudos en presencia de aquello. Al principio creí que estaba viviendo en un mundo encantado de leyendas y romances, pero cuando un momento después el áspero capuchino me recordó lo pasado, mi asombro fue ilimitado.

¡El secreto de Burton Blair estaba descubierto... y era mío!

--¡Ah!--exclamó el monje, riendo;--esta revelación lo ha dejado ofuscado, no hay duda. Pero ¿no le prometí que dentro de media hora sería usted varias veces millonario?

--Sí, pero refiérame la historia de toda esta gran riqueza--le dije con instancia, porque había cortado uno o dos de los sacos de cuero y descubierto que cada uno de ellos rebosaba de oro y piedras preciosas, incrustadas en su mayoría en crucifijos y ornamentos eclesiásticos.

XXIX

EN EL QUE SE REFIERE UNA HISTORIA EXTRAÑA

--Creo justo que conozca ahora la verdad, aun cuando se han hecho los mayores esfuerzos para ocultársela--observó el monje, como hablando consigo mismo.--Bien, hela aquí. Usted, como protestante, tal vez sabe que los tesoros encerrados en el Vaticano, en Roma, son los más grandes del mundo, y también que cada Papa, con motivo de su jubileo o de algún otro notable aniversario, recibe un enorme número de regalos, mientras la iglesia de San Pedro, por su parte, constantemente recibe numerosos ornamentos y joyas como ofertas votivas. Todo esto se guarda en el tesoro del Vaticano, y constituye una colección de riquezas no igualadas por todos los millones de los modernos millonarios.

A principios del año 1870 el Papa Pío IX recibió, por medio de las maravillosas vías diplomáticas que posee nuestra Santa Iglesia, informes secretos anunciándole que las tropas italianas tenían la intención de bombardear y entrar a Roma, como también saquear el palacio del Vaticano. Su Santidad confió sus temores al gran cardenal Sannini, su favorito, que era entonces el tesorero general. Este sabía que existía aquí un seguro escondite, pues había vivido en este distrito siendo joven campesino; por lo tanto consiguió, en los meses de junio, julio y agosto de 1870, trasladar secretamente una gran cantidad del tesoro del Vaticano y guardarlo en este lugar, con el fin de salvarlo de las manos del enemigo.

Conforme a los temores de Su Santidad, el 20 de septiembre las tropas italianas, después de cinco días de bombardeo, entraron a Roma, pero, felizmente, no llevaron un recio ataque al Vaticano. Desde entonces permanece aquí el tesoro arrancado de su seno. El cardenal Sannini fue, según parece, traidor a la Iglesia, pues aun cuando indujo a Pío IX a que permitiera sacar el tesoro secretamente, jamás le dijo el punto exacto donde estaba oculto; y es extraño que los dos guardias suizos que le ayudaron en su obra al cardenal, y que, fuera de él, eran los únicos poseedores del secreto, desaparecieran tan completamente. Es muy probable, pienso yo, que hayan sido precipitados al fondo de ese río subterráneo que acabamos de cruzar. La pequeña entrada a estas galerías estaba antes oculta por sólo malezas y zarzas, pero después que el tesoro quedó guardado aquí, Su Eminencia descubrió que el paraje era muy adaptable para construir una ermita, e hizo construir esta pequeña choza que han visto ustedes sobre la pequeña abertura de la roca, al costado del enorme peñasco, con el objeto de ocultarla. Para que los albañiles no descubrieran la entrada, cerró primero, con sus propias manos, el agujero.

Por espacio de varios meses, durante la lucha entre el Gobierno italiano y la Santa Sede, abandonó su vestidura purpúrea y llevó una vida de ermitaño en esta celda, pero no tuvo otro objeto al hacer esto que cuidar el enorme tesoro tan hábilmente asegurado. Como usted sabe, fue, en cierta ocasión capturado por el terrible Poldo Pensi, tan temido en la Calabria, y obligado, con el fin de salvar su vida y reputación, a descubrir la existencia de su tesoro. Pensi, en vista de esto, vino aquí secretamente, vio el tesoro, pero como era en extremo supersticioso, cual lo son todos los de su condición, no se atrevió a tocar ni un solo objeto. Buscó un hombre que en un tiempo había formado parte de su partida y que después entró, arrepentido, en nuestro Monasterio, un tal fray Horacio, y le entregó la ermita para que la cuidara, pero sin decirle nada sobre el túnel secreto y sus cavernas subterráneas. Sannini y el Papa murieron, mientras fray Horacio, ignorando por completo el hecho de que residía sobre una verdadera mina de fabulosa riqueza, continuó viviendo aquí por espacio de dieciséis años, hasta que murió, y yo le sucedí en la ocupación de la celda, donde paso casi seis meses todos los años en meditación y orando.

Mientras tanto, el secreto de Su Eminencia, inscripto en la cifra secreta usada por el Vaticano en el siglo XVII, pasó, según parece, de las manos de Poldo Pensi a las de Burton Blair, su compañero de mar e íntimo amigo.

Hace unos cinco años, más o menos, que yo supe esto por primera vez. Mi tranquilidad se vio turbada un día por la visita de dos ingleses, Blair y Dawson, los cuales me contaron una historia extraña sobre el secreto que les había sido dado, pero al principio yo no quise creer que hubiera nada de cierto en este cuento del tesoro escondido. Sin embargo, investigamos, y después de una exploración muy larga, difícil y peligrosa, conseguimos descubrir la realidad.

--¿Entonces Dawson participó del secreto, como también de los beneficios?--observé atónito ante la asombrosa verdad.

--Sí, nosotros tres éramos los únicos que conocíamos el secreto, y entonces convinimos en que Blair tendría la mayor parte, dado que el exbandido se lo había regalado a él, mientras Dawson, a quien Pensi, según parece, dio a conocer algunos datos concernientes al tesoro, antes de morir, participaría de una cuarta parte del producto anual, y yo, nombrado guardián de la casa del tesoro, de una octava, o, mejor dicho, mi comunidad, para cuyo beneficio era. No se me pagaría directamente a mí, porque eso habría despertado sospechas, sino al vicario general de la Orden de Capuchinos, residente en Roma, siendo los encargados de esta misión los banqueros de Blair, de Londres.

Este convenio ha sido cumplido durante cinco años. Una vez cada seis meses entrábamos en este sitio todos juntos y elegíamos una cierta cantidad de joyas y otros artículos de valor, los cuales eran enviados, por diferentes vías, a los puntos convenientes: las joyas a Amsterdam, para ser vendidas, y los demás artículos a las grandes casas de remates de París, Bruselas y Londres, mientras otros objetos iban a parar a las manos de famosos comerciantes y coleccionistas de antigüedades.

Como puede usted ver, esta colección de joyas es inacabable. Tres rubíes solamente produjeron, el año pasado, en París, la cantidad de sesenta y cinco mil libras esterlinas, mientras que algunas de las esmeraldas se han vendido por sumas enormes. Sin embargo, tan ingeniosamente arreglaron los señores Dawson y Blair las diferentes vías por las cuales colocaban las alhajas en el mercado universal, que nadie abrigó jamás la menor sospecha.

--Pero todo esto, hablando con honradez, pertenece a la Iglesia de Roma--observó Reginaldo.

--No--contestó el gran monje, hablando en inglés;--según el cardenal Sannini, Su Santidad, después de la paz con Italia, se lo regaló como prueba de consideración, y teniendo en cuenta también que, con la ocupación de Roma por las tropas italianas, sería difícil, sin excitar grandes sospechas, volver a traer al tesoro del Vaticano la gran colección de joyas.

--¡Entonces todo esto es mío!--exclamé no pudiendo todavía dar completo crédito a la verdad.

--Todo--respondió el capuchino,--salvo la parte mía, o, más bien dicho, de mi Orden, para distribuirla entre los pobres, como pago de su misión protectora aquí, y la del señor Dawson, también, junto... con alguna concesión de recompensa,--y se dio vuelta hacia Reginaldo--a vuestro amigo, aquí presente. Por lo menos, es lo que yo supongo. En cierta ocasión lo puse en guardia contra él--añadió,--pero fue debido a lo que me dijo Dawson, que no eran sino mentiras.

--Ya he jurado proceder con vuestra Orden como lo hizo Burton Blair. En cuanto a lo que se refiere a Dawson, ese es otro asunto distinto; pero mi amigo Seton no será, tenedlo por seguro, olvidado, ni vos tampoco personalmente, como fiel poseedor del secreto.

--Toda recompensa o regalo que se me pueda hacer es para mi Orden--fue la tranquila respuesta del varonil monje.--A nosotros nos está prohibido poseer dinero, pues nuestras pequeñas necesidades personales son suplidas por el padre superior, y de las riquezas de este mundo nada deseamos, salvo aquello necesario para socorrer a los pobres y aliviar a los afligidos.

--No tema usted--le dije riendo,--tendrá una suma para ese objeto.

Después, como el aire, agotado por las luces, parecía ponerse cada vez más impuro, decidimos volvernos a la celda tan hábilmente construida en la entrada de la estrecha galería exterior.

Habíamos llegado a la orilla de ese terrible abismo, donde en lo profundo rugía el agua en impetuosa corriente, y ya había yo cruzado el estrecho puente y pisado la orilla opuesta, cuando, inesperadamente, un par de brazos férreos me oprimieron en la obscuridad, y casi antes de que pudiera lanzar un grito, fui empujado con violencia hacia el borde del espantoso precipicio.

Las manos que me habían aprisionado apretábanme con dedos de acero en la garganta y brazo, y tan repentino fue el ataque, que al principio creí que era una broma de Reginaldo, pues era éste muy amigo de chanzas cuando estaba de buen humor.

--¡Dios mío!--le oí gritar un segundo después, al iluminar la oscilante luz de la linterna el rostro de mi asaltante.--¡Es Dawson!

La conciencia de la terrible realidad y el sentirme aferrado por mi peor enemigo, el cual, no hay duda, nos había seguido, pues conocía bien el paraje, despertó en mí una fuerza sobrehumana, y me empeñé en una terrible lucha de muerte con mi adversario. Antes que mis dos compañeros pudieran acudir en mi auxilio, los dos nos debatíamos, cuerpo a cuerpo, en medio de la profunda obscuridad, sobre el mismo borde del abismo, a cuyo seno era su intención arrojarme para que pereciera como los dos guardias suizos, los cuales debieron ser impelidos al fondo del precipicio por el astuto cardenal.

Comprendí su criminal designio, pero no tan pronto que no tuviera él tiempo de murmurar jadeante, lanzando un terrible juramento:

--¡Esta vez no se escapará! El golpe que le di en medio de la neblina no produjo el efecto deseado; pero aquí, una vez caído abajo, no podrá volver a meterse en mis asuntos. ¡Abajo con usted!