Chapter 16
--Recuerdo esa noche perfectamente--le dije, compadeciéndola.--¿Fue aquélla entonces la noche de su casamiento? Pero ¿cómo la obligó a que se casara con él? Las razones que lo impulsaron, son demasiado claras, por cierto. Quería sacar ventaja, no hay duda, ya fuera por el hecho de que usted no podría consentir que se supiera que era la esposa de un hombre vulgar, de un cuidador de caballos, o ya porque tenía la intención de entrar en posesión de su dinero a la muerte de su padre. Ciertamente que no es el suyo el primer casamiento de esta clase que se ha celebrado--añadí, con un sentimiento de espanto y confusión.
En el mismo momento en que mis esperanzas habían llegado al más alto grado y parecían próximas a ver realizados sus ensueños, debido a la declaración de la señora Percival, había caído el golpe terrible sobre ellas, y comprendí en el acto que era imposible todo amor entre nosotros. Mabel, la mujer a quien había amado con tanta pasión y ternura, era la esposa de un rústico campesino bruto que con sus amenazas la martirizaba hasta la locura, y que, como ya lo había demostrado, no vacilaría ante nada con el fin de conseguir sus despreciables fines.
El estado de mi ánimo y sentimientos era indescriptible. No tengo palabras para poder dar una idea adecuada de las emociones encontradas que destrozaban mi corazón, ni cómo lo torturaban cruelmente. Hasta ese momento había estado bajo mi protección, pero, ahora que ya sabía que era la esposa de otro, no tenía derecho para ejercer contralor sobre sus actos, no tenía derecho para admirarla, ni tampoco lo tenía para amarla.
¡Ah! si alguna vez se ha sentido un hombre desesperado, abatido y desengañado; si ha comprendido cuán inútil y sin objeto ha sido su vida triste y solitaria, ese hombre he sido yo.
Intenté persuadirla de que me contara cómo ese rústico campesino la había obligado a que se casara con él, pero las palabras se anudaron en mi garganta y la emoción me ahogó. Las lágrimas debieron agolparse en mis ojos, supongo, porque con un impulso de súbita simpatía, una explosión de ternura femenina que vibraba tan fuertemente dentro de su noble ser, colocó su mano cariñosamente sobre mi hombro y dijo, en una voz tranquila, serena y baja:
--No podemos revocar lo pasado, ¿para qué entonces pensar en ello? Proceda como le pedí en mi carta que lo hiciera. Perdóneme y olvide. Déjeme con mis penas. Ahora sé que me ha amado, pero es...
No pudo terminar la frase, porque se bañó en lágrimas.
--Sé lo que quiere usted decir--le dije confundido.--Demasiado tarde... sí, demasiado tarde. Nuestras dos existencias han sido destruidas por mi necedad... porque le oculté lo que como hombre sincero y honrado debía habérselo dicho hace ya mucho tiempo.
--No, no, Gilberto--gritó, llamándome por mi nombre por la primera vez,--no digo eso. La culpa no es suya, sino mía... mía--y se cubrió la cara con las manos y sollozó fuerte y melancólicamente.
--¿Dónde está su marido... o más bien dicho, ese hombre que intentó matarla?--le pregunté fieramente pocos minutos después.
--En algún punto del Norte, según creo.
--¿Y cuándo estuvo aquí con usted?
--Hace una semana que vino y permaneció un par de horas.
--¡Pero no es posible que siga abusando de usted de este modo! ¡Si no puedo seguir siendo su amante, puedo, sin embargo, ser siempre su campeón, Mabel!--grité lleno de decisión.--En adelante tendrá que arreglárselas conmigo.
--¡Ah, no!--tartamudeó, volviéndose hacia mí con recelo y temor.--No debe usted hacer nada. De otra manera podría él...
--¿Qué podría él hacer?
Quedó callada, contemplando por la abierta ventana, sin objeto ni interés, los anchos prados que se extendían delante de su vista, nebulosos y silenciosos en medio de la obscuridad del crepúsculo.
--¡Puede--dijo en voz baja y cortada,--puede decir al mundo la verdad!
--¿Qué verdad?
--La que él sabe... por medio de la cual me obligó a ser su esposa,--y se llevó la mano al pecho, como para detener los terribles latidos de su tierno corazón.
Intenté persuadirla de que me revelara el secreto, que confiara en mí sus cuitas, dado que era su más fiel y sincero amigo, pero se negó.
--No--exclamó en voz cortada,--no me lo pregunte, Gilberto, ahora que puedo permitirme llamarle así, pues de todos los hombres es a usted al que no puedo decírselo. A mí sólo me resta callar... y sufrir.
Su cara estaba pálida, muy pálida, y por la expresión de ella conocí que su resolución era irrevocable.
A pesar de la confianza y estimación que me tenía, comprendí que no habría poder en el mundo que la indujera a revelarme esa terrible verdad.
--Pero usted sabe la razón que tuvo su padre para designar a su amigo Dawson administrador de su fortuna--le dije.--Tenía confianza en que con una palabra suya se conseguiría hacerle retirarse del puesto que hoy ocupa. No es posible que aparente usted ignorar el misterioso motivo que tuvo su padre para proceder así.
--Ya se lo he dicho. Mi pobre padre también procedió bajo presión. El señor Leighton lo sabe también.
--¿Y conoce usted la razón?
Movió la cabeza afirmativamente.
--¿Entonces puede usted contrarrestar los planes de ese hombre?
--Sí, podría--contestó lentamente,--si me atreviera a hacerlo.
--¿Qué teme?
--Temo lo que mi padre temía--respondió.
--¿Y qué era eso?
--Que cumpliera cierta amenaza que muchas veces había hecho a mi padre, y más tarde a mí. El día que abandoné mi hogar me amenazó también... desafiándome a que pronunciara una sola palabra.
Sí, ese tuerto tenía sobre ella un poder absoluto, como se había jactado delante de la señora Percival. También conocía ese hombre el secreto del cardenal, mientras yo lo ignoraba.
Permanecimos sentados en esa pequeña y anticuada habitación hasta que el crepúsculo se convirtió en noche profunda, y ella se levantó penosamente y encendió la lámpara. A la luz noté, sobresaltado, cómo había cambiado su dulce rostro. Sus mejillas estaban pálidas y marchitas, sus ojos hinchados y enrojecidos, y todo su semblante denotaba una ansiedad profunda, terrible, ardiente, un terror pánico de lo desconocido que el porvenir le reservaba.
Ciertamente, su posición era extraña, casi inconcebible: una linda joven, con una fortuna de más de dos millones de libras depositada en poder de sus banqueros, y sin embargo perseguida, rondada por sus crueles enemigos que buscaban su ruina, degradación y muerte.
La revelación de su casamiento me había dado un golpe terrible, como para hacerme tambalear. Ya no podía ser para ella más que un simple amigo como cualquier otro hombre; todos los pensamientos de amor estaban excluidos, toda esperanza de felicidad abandonada. Jamás la había yo pretendido por su fortuna, eso puedo confesarlo honradamente. La había amado sólo por lo que ella valía en sí, porque era dulce y pura, porque conocía que su corazón era leal y sincero; que en carácter, fuerza de voluntad, gracia y belleza, era incomparable.
Durante un largo rato retuve su mano entre las mías, sintiendo cierta satisfacción, supongo, en repetir de esta manera lo que tantas veces había hecho en otro tiempo, ahora que ya tenía que despedirme para siempre de todas mis esperanzas y aspiraciones.
Ella permanecía sentada en silencio, dejando escapar profundos suspiros de dolor mientras yo hablaba, refiriéndole esa extraña aventura nocturna de las calles de Kensington, y cuán cerca había estado de la muerte.
--Entonces, sabiendo que ha conseguido usted leer el secreto escrito en esas cartas, han intentado sellar sus labios para siempre--exclamó al fin, en una voz dura y mecánica, casi como si hubiera estado hablando consigo misma.--¡Ah! ¿no se lo previne en mi carta? ¿no le he dicho que el secreto está tan bien e ingeniosamente guardado, que no conseguirá nunca saberlo o sacar provecho de él?
--Pero tengo la intención de perseverar en la solución del misterio de la fortuna de su padre--declaré, siempre, con su mano entre las mías, dándole mi adiós triste y amargo.--El me dejó su secreto, y yo he decidido partir mañana para Italia, a buscar el punto indicado y conocer la verdad.
--Entonces, es mejor que se economice esa molestia, señor--exclamó una voz de hombre vulgar y sin ninguna educación, que al oírla me sobresaltó y, al darme vuelta rápidamente, vi que la puerta se había abierto sin ruido, y en el dintel, contemplándonos con aparente satisfacción, estaba de pie el hombre que se interponía entre mi bien amado y yo: ¡el campesino rústico y brutal que la reclamaba con el derecho de darle el nombre sagrado de esposa!
XXVI
FRENTE A FRENTE
--¿Me gustaría saber qué tiene usted que hacer aquí?--preguntome aquel vulgar individuo, de facciones groseras, cuyo chato sombrero gris y calzones cortos le daban un aspecto marcadamente de mozo de cuadra. Y se quedó de pie en el umbral de la puerta, cruzando los brazos desafiadoramente y mirándome a la cara.
--El asunto que me ha traído aquí, sólo a mí atañe--contesté, haciéndole frente con repugnancia.
--Si le incumbe a mi esposa, yo tengo derecho de saberlo--insistió.
--¡Su esposa!--grité, avanzando hacia él y dominando con dificultad el poderoso impulso que sentía de golpear y arrojar al suelo a ese joven rufián.--¡No la llame su esposa, hombre! ¡Llámela por su verdadero nombre: su víctima!
--¿Me dice usted eso como insulto?--dijo rápidamente, poniéndose blanca su cara de súbita ira. Mabel, al ver su actitud amenazadora, de un salto se interpuso entre nosotros y me suplicó que conservara mi calma.
--Hay algunos hombres para quienes no pueden ser insulto las palabras, por duras que sean--contesté violentándome,--y usted es uno de ellos.
--¿Qué quiere usted decir?--gritó.--¿Desea usted pelear?--y avanzó con los puños cerrados.
--No deseo pelear--fue mi rápida respuesta.--Lo único que le ordeno es que deje en paz a esta dama. Puede legalmente ser su esposa, pero yo asumiré el papel de su protector.
--¡Oh!--exclamó, encogiendo el labio con burla.--¿Querría saber con qué derecho interviene usted entre nosotros?
--Con el derecho que todo hombre tiene de proteger a una mujer desamparada y perseguida--contesté con toda firmeza.--Le conozco, y estoy bien al tanto de su ignominioso pasado. Ya que se atreve a desafiarme, ¿tendré acaso que recordarle un incidente que parece haber olvidado muy cómodamente? ¿No recuerda de cierta noche, no muy lejana, en el parque de Mayvill, cuando intentó usted cometer un crimen infame y brutal, no recuerda?
Dio un salto sobresaltado, luego me miró iracundo, brillando en sus ojos el fuego del odio criminal.
--¡Ella se lo ha dicho! ¡Maldita sea! ¡Me ha vendido!--exclamó lanzando a su temblorosa y aterrada mujer una mirada de profundo desdén.
--No, ella no me lo ha dicho--respondí.--Por casualidad me tocó ser testigo de su cobarde atentado. Yo fui quien la sacó con vida del río helado, adonde usted la arrojó criminalmente. Por ese acto que cometió entonces, va a responderme ahora.
--¿Qué es lo que quiere usted significar?--preguntó, y por las líneas de su semblante conocí que mi actitud y palabras le habían producido una inmensa inquietud.
--Quiero significar que no es a usted a quien le toca atreverse a desafiar, teniendo en vista el hecho de que, si no hubiera sido por la feliz circunstancia de haberme encontrado presente esa noche en el parque, hoy sería usted un asesino convicto.
Al oír las últimas palabras, se contrajo aterrado. Como todos los de su clase, era arrogante y tirano con el débil, pero tan fácil de dominar con firmeza como un perro que se somete a la voz de su amo.
--Y ahora--continué,--puedo añadir también que esa misma noche en que casi mató a esta pobre niña que es su víctima, oí sus exigencias. Es usted un vil explotador, el tipo más despreciable y ruin del criminal, y parece haber olvidado que para delitos como los suyos hay leyes severas que castigan.
Usted exige dinero valiéndose de amenaza, y en presencia de una negativa comete un atentado desesperado contra la vida de su esposa. Las pruebas que yo podría presentar contra usted en el tribunal de Asises, lo harían condenar a trabajos forzados por un término de años, ¿me comprende? Voy, por lo tanto, a hacer un convenio con usted: si me promete no molestar más a su esposa, yo guardaré silencio.
--¡Y me hace el favor de decirme quién demonios es usted para que me hable de esta manera... vamos, como un capellán de cárcel en su visita semanal a las celdas!
--Mejor es que sepa contener su lengua, hombre, y reflexione bien en mis palabras,--le dije.--No soy persona de entrar en argumentos. Procedo.
--Pues, proceda como mejor le plazca. Yo haré lo que crea más conveniente, ¿me oye?
--¿Y desafiará el peligro? ¿Se expondrá a todo? Muy bien--repliqué.--Usted conoce lo peor: el presidio.
--Y usted no--rió.--Si así no fuera, no hablaría como un verdadero idiota. Mabel es mi esposa, y nada tiene usted que hacer en el asunto, de manera que ya con esto es suficiente--añadió insolentemente.--En vez de tratar de amenazarme, soy yo quien tiene derecho de preguntarle por qué le encuentro a usted aquí... con ella.
--¡Voy a decírselo!--grité encolerizado, ardiéndome las manos de deseo de darle a ese imprudente bribón una buena y merecida lección.--Estoy aquí para protegerla, porque temo por su vida. Y permaneceré aquí hasta que usted se vaya.
--Pero yo soy su marido, y por consiguiente me quedaré--exclamó el individuo, completamente inalterable.
--Entonces ella se irá conmigo--exclamé con decisión.
--Yo no permitiré eso.
--Usted procederá como yo lo crea conveniente--le dije. Después, volviéndome a Mabel, que había permanecido callada, temblando y pálida, por temor de que nos fuéramos a las manos, añadí:--Póngase su saco y sombrero en el acto, porque se debe volver a Londres, conmigo.
--¡No lo hará!--gritó, sin ceder.--Si mis maldiciones y juramentos consiguen irritarla, los tendrá gruesos y en abundancia.
--Mabel--le dije, sin poner atención en las palabras del rufián, pero retrocediendo para permitirle que pasara,--póngase su saco, hágame el favor. Afuera me espera una volanta.
El bribón intentó hacer un movimiento para impedirle salir de la habitación, pero en el acto mi mano cayó pesadamente sobre su hombro, y en mi cara leyó mi determinación.
--¡Usted se arrepentirá de esto!--silbó amenazadoramente, pronunciando entre dientes una maldición.--Ya sé lo que anda usted buscando... pero--y se rió,--pero jamás obtendrá el secreto que le dio los millones a Blair. Usted cree tener en su mano el hilo que le descubrirá el misterio, pero pronto se dará cuenta de su error.
--¿Y cuál es mi error?
--No asociarse a mí, en vez de insultarme.
--No tengo necesidad de la ayuda de un hombre que atenta contra la vida de una pobre mujer desamparada--le respondí.--Tenga presente que en adelante debe permanecer alejado de ella, o ¡por Job! le aseguro que sin más acá ni más allá, pediré la cooperación de la policía, y su historia pasada demostrará la perversidad de su carácter.
--Haga lo que guste--rió de nuevo desafiadoramente.--Entregándome a la policía le hará a ella el peor de los males. Si duda de lo que digo, pregúnteselo. Tenga cuidado de cómo procede antes de ponerse en ridículo y hacerla víctima a ella.
Y con esta vana y áspera insolencia se dejó caer en el sillón y colocó sus pies sobre el enrejado de la chimenea, asumiendo una actitud indolente y encendiendo tranquilamente un cigarro ordinario y de desagradable olor.
--No tema, será uno solo el que saldrá perdiendo--respondí significativamente.--Y ese será usted.
--Está bien--exclamó,--ya veremos.
Salí de la pieza y me reuní a Mabel, que me esperaba vestida en el vestíbulo. Después de despedirse rápidamente de Isabel Wood, su antigua condiscípula, la saqué de allí, la hice subir a la volanta y con ella me volví a Chipping Norton.
Aun cuando, reflexionando con espíritu más sereno, no podía comprender la posición exacta que ocupaba este joven rufián que se llamaba Herberto Hales, o el significado verdadero de sus ominosas palabras finales de franco desafío, había conseguido, por lo pronto, arrebatar a mi amada de las garras de ese impudente, descorazonado y arrogante bruto y explotador, pero no me atrevía a prever por cuánto tiempo sería. Mi posición era insegura e incierta, como que no podía afrontar abiertamente la situación. Amaba a Mabel, pero no tenía derecho a hacerlo. Era, desgraciadamente, la esposa, ¡ay! la víctima, mejor dicho, de un hombre de tipo vulgar e instintos criminales.
Nuestro viaje hasta la estación de Paddington fue sin novedad, y en el más completo silencio casi. Nuestros corazones, que palpitaban tristemente, rebosaban de pena y dolor, sin alientos para poder pronunciar las más simples palabras. Una barrera insuperable se había interpuesto entre nosotros; ambos estábamos abatidos y enfermos de pesar. El pasado, lleno de esperanzas, había terminado; teníamos por delante el porvenir sombrío, melancólico y desesperante.
Cuando llegamos a Londres, me manifestó el deseo de ver a la señora Percival, y como se negara a volver a vivir bajo el mismo techo con Dawson, la conduje al York Hotel, en la calle Albemarle; después, en el mismo coche, me encaminé a la plaza Grosvenor, informando a la señora Percival dónde estaba mi amada.
La viuda no perdió un minuto en ir a su lado, y, a media noche, acompañado por Reginaldo, fui otra vez al hotel, porque quería darle ciertas instrucciones sobre su esposo, recomendándole que se negara a verlo, si llegaba a encontrarla, y también despedirme de ella, pues a las nueve de la mañana siguiente partíamos de Charing Cross, con rumbo a Italia.
Había resuelto, con Reginaldo, que no debíamos perder un momento más de tiempo, ahora que me sentía suficientemente mejorado y fuerte para viajar, y que era preciso marchar para Toscana, con el fin de averiguar la realidad de aquel misterioso registro cifrado.
Se despidió cariñosamente de los dos, e insistió en que no nos afligiéramos más por ella, a pesar de lo cual no pudimos dejar de notar cuán grande era su ansiedad respecto al resultado de mi desafío a su infame marido. Nos deseó buena suerte, rapidez en la peligrosa empresa que íbamos a emprender, éxito completo y pronto y feliz retorno a la patria.
XXVII
LAS INSTRUCCIONES DE SU EMINENCIA
El verde y tortuoso valle de Serchio presentaba su más alegre y bello aspecto en el mes de mayo, la época de las flores en la vieja Italia. Alejado, bien alejado, de las grandes rutas por donde en invierno cruzan los numerosos turistas ingleses, americanos y alemanes, solitario e inexplorado, visitado sólo por los sencillos _contadini_ de las montañas, el rumoroso río serpentea formando tortuosas curvas y caprichosos recodos, alrededor de ángulos puntiagudos, y bajo inmensos árboles con sus copas inclinadas, en torno de grandes peñascos y piedras enormes, gastadas y suavizadas por la acción del agua a través de los siglos.
En estos parajes solitarios del río, cuando se lanza impetuosamente desde los gigantescos Apeninos hacia el mar, moran, tranquilos y contentos, sin que el ser humano perturbe su plácida existencia, el brillante martín pescador y la majestuosa garza, sintiéndose dueños absolutos de él.
Cuando echamos a andar, habiendo dejado el coche que nos había llevado de Lucca al extraño puente medioeval llamado Puente del Diablo, la pintoresca, serena y solitaria belleza campestre del paisaje nos impresionó. El silencio era profundo, no se oía el menor ruido, a excepción del zumbido de los millares de insectos que pululaban al sol, y el suave rumor musical del agua, que en ese paraje se desliza tranquila sobre su lecho rocalloso.
Mi primer impulso cuando llegamos al Universo, en Lucca, fue subir al Monasterio y visitar a fray Antonio. Sin embargo, me parecía tan íntima su relación con el socio de Blair, el excontramaestre Dawson, que resolvimos explorar primero el punto señalado y hacer algunas observaciones. Por lo tanto, a las ocho de esa mañana subimos a uno de esos viejos y polvorientos coches toscanos de camino, cuyos caballos llevan de adorno ruidosas campanillas, y cerca del mediodía nos encontramos en la orilla izquierda del río, contando los cuatrocientos cincuenta y seis pasos, como indicaba el registro secreto inscripto en las cartas.
Le ordenamos a nuestro conductor que se volviera a esperarnos en la pequeña posada, o bodegón, que había junto al camino y por delante del cual acabábamos de pasar; y para evitar que nos observara de lejos, porque sabíamos que trataría de espiar furtivamente nuestros movimientos, nos vimos obligados, en vista de no haber una senda, a dar una vuelta por el centro de un bosquecillo, saliendo de nuevo a la orilla del río un poco más arriba.
Cuando estuvimos junto al agua, de pie en medio de los altos matorrales que crecían sobre las márgenes, sólo pudimos volver la mirada hacia el puente y calcular que estábamos como a unos cien pasos de él.
Después, marchando adelante en fila, nos abrimos camino con dificultad a través de las altas malezas, pastizales, gigantes helechos y enmarañadas trepadoras, avanzando lentamente hacia el puente señalado. En ciertos parajes los árboles entrelazaban sus copas, y el brillante sol penetraba por entre el follaje, yendo a reflejarse sus rayos sobre las rumorosas y agitadas aguas, produciendo un lindo efecto.
Según el registro, el lugar debía quedar en campo abierto, puesto que el sol brillaba sobre él durante una hora del mediodía, el cinco de abril y dos horas el cinco de mayo. Estábamos en ese momento a diecinueve de mayo, y, por lo tanto, la duración del sol sería, calculando aproximadamente, como de un cuarto de hora más.
En ciertos sitios el río quedaba despejado y libre para recibir el sol, mientras en otros la luz no debía poder penetrar nunca allí, pues sus orillas eran tan altas y encajonadas que lo impedían. De las grietas de las rocas surgían pinos de montaña y otros árboles que habían echado raíces y crecido enormemente, doblándose sobre el río hasta casi tocar el agua con sus ramas; de consiguiente, nuestro avance era cada vez más lento y difícil, por las escabrosidades de la ribera, la enmarañada vegetación silvestre y los pastizales.
Un hecho estaba demostrado: hacía mucho que nadie se había aproximado al punto indicado, porque no encontramos la menor huella que diera a conocer que las plantas de algunos intrusos hubiesen hollado una hoja o destruido una sola varita.
Al fin, después que subimos a lo largo de un escarpado peñasco que descendía abruptamente al agua, y hubimos calculado que nos hallábamos a cuatrocientos veinte pasos del viejo puente, dimos vuelta de pronto a un recodo del río y salimos a un espacio en donde éste se ensanchaba, aun cuando siempre se deslizaba a cien pies o más de profundidad, de modo que corría despejado con un ancho de cuarenta yardas, por lo menos, mirando hacia el firmamento.
--¡Aquí debe ser!--grité con ansiosa anticipación, parándome e inspeccionando rápidamente el paraje.--En las instrucciones dice que hay que bajar veinticuatro escalones. Supongo que debe querer significar escalones hechos en la roca; es preciso que los encontremos.
Y ambos empezamos a buscarlos con todo interés, pero no pudimos descubrir ninguna huella en medio de aquella enmarañada vegetación.
--El registro dice que hay que descender hasta el punto detrás del cual un hombre puede defenderse de cuatrocientos--exclamó Reginaldo, leyendo una copia del original que sacó del bolsillo.--Esto parece indicar que la entrada está en alguna estrecha grieta entre dos rocas. ¿No ves tú algo parecido?
Miré con ansiedad en derredor, pero me vi obligado a confesar que no distinguía nada que coincidiera con la descripción.
Tan abrupto era el obscuro peñasco de piedra caliza que bajaba hasta el agua, que me aproximé a su borde con gran precaución, y después, echándome de bruces, me arrastré y miré por sobre su peligrosa orilla. Al hacerlo, se aflojó un enorme pedazo de roca y cayó al río con gran estrépito.