Chapter 15
--No hice más que cumplir con mi deber para con ambos ustedes--fue su respuesta.--Ella lo ama, como ya se lo he dicho, y, por lo tanto, estoy convencida de que con poca persuasión usted podría conseguir que nos dijese la verdad respecto a Dawson. Ella ha huido, es cierto, pero más por temor de lo que pueda usted pensar de ella cuando su secreto se divulgue, que por horror a este hombre. Recuerde--añadió,--que Mabel lo ama apasionadamente, como muchas veces me lo ha confesado, pero por alguna razón extraordinaria, que permanece siendo un misterio, ella se esfuerza en reprimir su cariño. Teme, creo yo, que de su parte sólo haya amistad, que sea usted un soltero decidido, demasiado recalcitrante, para que pueda abrigar por ella ningún pensamiento de cariño.
--¡Oh, señora Percival!--exclamé, dominado por un súbito estallido de pasión--le aseguro... le confieso que siempre he amado a Mabel... que ahora la amo tierna, apasionadamente, con todo ese vehemente ardor que un hombre sólo siente una vez en su vida. Ella me ha juzgado mal. He sido yo el culpable, porque he estado ciego, he procedido neciamente y jamás he leído el secreto de su corazón.
--Entonces es preciso que ella sepa esto inmediatamente--contestó llena de simpatía la respetable señora.--Debemos, cueste lo que cueste, encontrarla, y decirle todo. Sí, hay que tener una reunión, y ella, por su parte, debe confesarle a usted sus sentimientos. Sé muy bien cuán profundamente lo ama--añadió,--sé cuánto lo admira y cómo, en la soledad de su habitación, ha llorado muchas veces amarga y largamente, porque creía que era usted indiferente y ciego a la ardiente pasión de su noble, sincero e inocente corazón.
--¿Pero cómo era posible hacer eso ahora? El paradero de mi bien amada era un misterio para todos nosotros, nadie lo conocía. Había desaparecido completamente, con el objeto de eludir la terrible revelación que tanto horror le causaba y que ella temía ver divulgada de un momento a otro.
Mientras yo seguía débil e imposibilitado, Ford y Reginaldo en los días subsiguientes se ocuparon con toda actividad de sus investigaciones, pero todo fue en vano. Apelé a Leighton, el abogado, y le pedí su opinión, pero lo único que se le ocurrió fue insertar avisos; sin embargo, ambos estuvimos conformes en que ese medio no era conveniente ni adaptable para ella.
Aun cuando pueda parecer extraña, Dorotea Dawson, o Dolly, como la llamaba su padre, la joven de cara morena, manifestaba también la más viva ansiedad por Mabel. Su madre había sido italiana, y ella hablaba el inglés con un leve acento extranjero, como que había vivido siempre en Italia, según decía. Vino a visitarme una vez, para expresarme su sentimiento por mi enfermedad. Su aparente aspecto vulgar se debía únicamente a su nacionalidad mixta, y aun cuando era una joven muy astuta, que poseía toda la sutil perspicacia del italiano, Reginaldo había descubierto que era una compañera viva y entretenida.
Sin embargo, todos mis pensamientos estaban concentrados en un dulce amor perdido, y en ese arrogante y vulgar individuo que, con sus amenazas y desprecios, la tenía sometida a su irresistible y oculto poder.
¿Por qué había huido aterrorizada de mí? ¿Por qué se había cometido ese cobarde e ingenioso atentado contra mi vida?
Había resuelto el secreto del enigma cifrado sólo para hundirme más profundamente todavía en un hondo abismo de dudas, desesperación y misterio, pues lo que me reservaba el libro cerrado del porvenir era, como lo verán ustedes, enloquecedor y pasmoso.
Cuando la luz se hizo, resultó la realidad de una manera terrible, dura e incontestable, pero, sin embargo, fue tan asombrosa y extraña, que la fe en ella vaciló y la duda pareció ocupar su lugar.
XXIV
TERRIBLE REVELACIÓN
Transcurrieron varias semanas tristes y pesadas antes que me sintiese suficientemente mejorado para salir, y al fin, acompañado por Reginaldo, hice mi primer paseo en coche.
Estábamos a mediados de abril, el tiempo era todavía bastante frío, y el brillante mundo londinense no había vuelto aún de pasar el invierno en Monte Carlo, Cairo o Roma.
Cada año la sociedad se convierte en golondrina, volando hacia el Sud en el primer día frío de otoño, para volver más tarde a la ciudad, y cada _season_ de Londres parece más prolongada que la anterior.
Por Piccadilly nos encaminamos a la esquina de Hyde Park, y luego, dando vueltas a Constitution Hill, tomamos por la Pall Mall. Una vez aquí, apoderose de mí el vehemente deseo de descansar un rato y gozar del aire de St. James Park; por lo tanto bajamos del coche, pagamos el pasaje al conductor, y apoyado en el brazo de Reginaldo, lentamente emprendimos la marcha por las enarenadas sendas del paseo hasta que encontramos un asiento conveniente.
El esplendor y la belleza de St. James Park, aun en un día de abril, constituyen siempre un goce para los verdaderos londinenses. Muchas veces me he asombrado de ver qué poca gente aprovecha de sus ventajas. Los maravillosos árboles, el delicioso lago con su sábana de agua plateada, todos los encantos y bellezas de los paisajes rurales ingleses, y luego esa sensación que se experimenta al darse cuenta de que lo rodean los grandes palacios, departamentos y oficinas del gobierno de nuestro gran imperio; o, en otras palabras, ese silencio de que se goza en su seno entremezclado con la vida exterior febril y tumultuosa, hacen que el parque de St. James sea uno de los más encantadores retiros de Inglaterra.
Reginaldo y yo nos repetimos varias veces esto mismo, y después, bajo la deliciosa influencia de aquel medio ambiente, llegó el momento de las reflexiones y reminiscencias, hasta que por último se sucedieron esos grandes silencios que se producen entre los amigos, y que son los mejores símbolos de su completa armonía de sentimiento e ideas.
Mientras permanecíamos sentados meditando, advertí que estábamos justamente en el punto por donde es más seguro ver pasar, a esa hora, a las figuras políticas más prominentes del día, ya para sus diferentes oficinas, o ya en camino al parlamento, donde iba a abrirse la sesión. En rápida sucesión pasaron hacia la puerta Storey un ministro del gabinete, dos pares del partido liberal, un conservador y un subsecretario.
Reginaldo, que tanto interés tomaba en la política, y a menudo había ocupado un asiento en la galería de las cámaras, me mostraba los políticos que iban pasando; pero mis pensamientos estaban en otra parte, habían volado hacia donde se hallaba mi amor perdido. Ahora que la señora Percival me había revelado cuáles eran los verdaderos sentimientos de Mabel, comprendía qué necio había sido en tratar de fingir indiferencia hacia ella, aparentando todo lo contrario de lo que en realidad existía en mi corazón. Había sido un gran tonto, y lo estaba pagando cruelmente.
Durante las semanas que había estado confinado en mi dormitorio, había conseguido hacerme de un buen número de libros, y descubierto ciertos hechos y datos concernientes al difunto cardenal que en cambio de su libertad había tenido que revelar su secreto.
Andrea Sannini, según parece, era natural de Perugia, llegó a arzobispo de Bolonia, y luego se le otorgó el capelo cardenalicio. Pío IX, de quien era gran favorito, lo designó para varias misiones delicadas ante diferentes potencias, y como demostró en su calidad de diplomático poseer una notable penetración y viveza, el Papa lo hizo tesorero general, como también director de los museos y galerías de fama universal del Vaticano. Fue una de las figuras más distinguidas y poderosas del Colegio de cardenales, según parece, y con motivo de la entrada de las tropas italianas en la Ciudad eterna el año 1870, adquirió una extraordinaria prominencia por la parte que tomó en ella. A la muerte de Pío IX, ocho años después, se creyó que sería designado como su sucesor, pero la elección recayó en su colega, el cardenal Pecci, que pasó a ser el Papa León XIII.
Estaba preocupado en todos estos datos que había conseguido después de muchísimo trabajo y pesada lectura, cuando Reginaldo exclamó de pronto, en voz baja:
--¡Mira, allí viene la hija de Dawson acompañada por un hombre!
Miré rápidamente en la dirección indicada y vi, cruzando el puente que atraviesa el lago y aproximándose hacia donde nosotros estábamos, una figura de mujer bien vestida, con una chaqueta elegante de pieles y una preciosa cofia, y a su lado un hombre alto y delgado, de traje negro.
Dolly Dawson caminaba tranquilamente, conversando y riendo, mientras él de cuando en cuando se inclinaba a su oído y le hacía algunas observaciones. Al levantar la cabeza y extender la mirada a través del lago, vi asomar sobre su sobretodo un cuello clerical y un pedacito de tela púrpura. Aquel hombre era evidentemente algún canónigo u otra dignidad de la iglesia católica.
Sería como de unos cincuenta y cinco años, de cabellos grises, bien afeitado y llevaba puesto un sombrero de copa de una forma algo eclesiástica; era en conjunto un hombre de aspecto más bien agradable, a pesar de sus delgados labios sensitivos y de su cara de una palidez ascética.
En el acto se me ocurrió que debían haberse reunido clandestinamente y andaban por allí para evitar que en la calle los pudieran reconocer. El sacerdote parecía tratarla con estudiada cortesía, y noté sus ligeras gesticulaciones al hablar, lo cual me hizo creer que era extranjero.
Le transmití mi pensamiento a Reginaldo, y éste me contestó:
--Hay que vigilarlos, viejo. No nos deben ver aquí. Desearía que se dirigiesen por el lado contrario.
Los seguimos con la vista durante un momento, temerosos de que, habiendo cruzado el puente, se dieran vuelta hacia donde nosotros estábamos, pero felizmente no lo hicieron, pues tomaron a la derecha costeando la orilla del lago.
--Si ese sacerdote es italiano, entonces debe haber venido expresamente de Italia para entrevistarse con ella--observé.--Porque desde el momento que había hablado con fray Antonio, parecía existir una curiosa conexión entre el secreto del cardenal fallecido y la iglesia de Roma.
--Es preciso averigüemos y sepamos lo que hay de verdad--observó Reginaldo.--Pero tú no debes permanecer más tiempo aquí. Se está poniendo demasiado frío para ti--añadió, poniéndose de pie de un salto.--Mientras tú te vuelves a casa, yo los seguiré.
--No--le dije.--Caminaré un poco contigo. Estoy interesado en este juego,--y levantándome también, introduje mi brazo en el suyo y emprendí la marcha apoyado en mi bastón.
Caminaban muy juntos, embargados en una animada conversación. Por las rápidas gesticulaciones del sacerdote, la manera cómo sacudía, primero, sus dedos apretados, y luego alzaba su mano abierta y tocaba su antebrazo izquierdo, podría haber afirmado que estaba hablando de algún secreto, cuyo poseedor había desaparecido. Si uno conoce bien el italiano, puede seguir hasta cierto punto el tema de la conversación por los gestos, pues cada uno de éstos tiene su significado particular.
Andando con la mayor rapidez que me fue posible, conseguimos poco a poco acercarnos, porque habían acortado el paso e iban con relativa lentitud. El sacerdote llevaba la palabra y hablaba con vehemencia, como tratando de persuadir a la hija del contramaestre del «Annie Curtis», para que procediese en el sentido que le indicaba.
Ella parecía pensativa, silenciosa e indecisa. Una vez se encogió de hombros, y se retiró de él, dándose vuelta como en actitud de desafío, pero en el acto el astuto sacerdote fue todo sonrisas y disculpas. Hablaban, no había duda, en italiano, para que así los transeúntes no pudieran entender su conversación. Noté que sus ropas eran de corte marcadamente extranjero y que sus zapatos eran bajos, aun cuando les había quitado las brillantes hebillas de acero.
En el momento que aparecieron cruzando el puente, ella venía riéndose alegremente de alguna observación de su compañero, pero ahora toda su alegría parecía haber desaparecido por completo y haberse dado cuenta del verdadero objeto de la misión de aquel extranjero. La senda que habían seguido conducía a la Horse Guard's Parade, y comprendiendo un momento después que mi debilidad no me permitiría caminar más, me vi obligado a volverme hacia las gradas de la columna de York, dejando solo a Reginaldo para que observase todo cuanto pudiese.
Volví a casa completamente exhausto y helado, pues, a pesar de haber llevado puesto mi gran sobretodo de lana, que usaba para los paseos en coche cuando estaba en Helpstone, no había podido evitar que se colara el viento frío y cortante. Permanecí dos horas completas sentado junto al fuego para reparar lo perdido, hasta que al fin volvió mi amigo.
--Los he seguido por todas partes--explicó, dejándose caer en un sillón que había enfrente de mí.--Es evidente que él la ha amenazado, y ella le tiene miedo. Cuando llegaron a Horse Guard's Parade, doblaron otra vez por Birdcage Walk y luego cruzaron el parque Green. Después la ha acompañado en coche a una de las tiendas de Fuller en la calle Regent. Parece que el sacerdote tiene un terror pánico a ser conocido, y antes de abandonar el parque Green, levantó el cuello de su sobretodo, para ocultar ese pedacito de púrpura que asomaba.
--¿Has descubierto su nombre?
--Lo seguí hasta el Saboya, que es donde para. Allí ha registrado su nombre como monsignore Galli, de Rimini.
Nuestras informaciones al respecto acababan aquí. Bastaban, sin embargo, para demostrar que el sacerdote estaba en Londres con un propósito fijo, probablemente para persuadir a la hija de el Ceco de que le diera ciertos informes que deseaba conocer vehementemente, y que tenía la intención de obtener por medio de ciertos datos importantes que poseía.
Pasaron varios días lluviosos y sombríos, y Bloomsbury presentaba su aspecto más melancólico. No había podido descubrir la menor huella de mi amor desaparecido, ni conseguir ningún otro dato de monsignore, el sacerdote de blancos cabellos. Parece que éste había abandonado el Saboya a la tarde siguiente, retornando, no hay duda, al Continente, pero ignorábamos si había tenido o no éxito en su misión.
Dolly Dawson, con quien Reginaldo había entablado una especie de agradable amistad, más con el propósito de poderla observar e interrogar que por otra cosa, vino a vernos para informarse de mi salud y saber si habíamos conseguido alguna noticia sobre el paradero de Mabel. Su padre--nos dijo,--habíase ausentado por varios días de Londres, y ella iba a partir para Brighton, a visitar una tía.
¿Sería posible que Dawson, habiendo tenido conocimiento de mi buen resultado en la solución del enigma cifrado, hubiera partido para Italia con el fin de salvar el secreto del cardenal y arrebatárnoslo? Hora por hora anhelaba recuperar todas mis fuerzas para poder partir hacia el sitio señalado a orillas del Serchio, pero me encontraba detenido dentro de aquellas estrechas habitaciones por mi terrible debilidad.
Pasaron cuatro largas y espantosas semanas de martirio, hasta que llegó mediados de mayo, y pude tener suficientes fuerzas para salir solo a caminar y dar unos cortos paseos por la calle Oxford y sus alrededores. El testamento de Burton Blair había sido ya aprobado, y Leighton nos manifestó, en las varias veces que nos visitó, el descuido, e indiferencia con que el tal Dawson manejaba los bienes.
Que el aventurero estaba en comunicación secreta con Mabel lo probaba el hecho de que ciertos cheques firmados por ella habían pasado por sus manos para ir al Banco; sin embargo, aun cuando parezca muy extraño, aparentaba completa ignorancia al respecto y declaraba no saber dónde se encontraba.
Dawson estaba ya de vuelta en la mansión de la plaza Grosvenor, cuando un día, a eso de las doce, Glave hizo pasar a mi presencia a Carter.
Conocí por su semblante la agitación que lo dominaba, y apenas entró, después de saludarme respetuosamente, exclamó:
--¡He conseguido descubrir la dirección de la señorita Mabel, señor! Desde que ella abandonó la casa no he perdido de vista las cartas enviadas al correo, como el señor Ford me había indicado que lo hiciera; pero el señor Dawson no le ha escrito nunca hasta esta mañana, que por casualidad, creo yo, envió una carta al correo dirigida a ella, entre un número de otras que entregó al mensajero. Está en Mill House, Church Enstone, cerca de Chipping Norton.
Lleno de alegría, di un salto y me puse en pie; le agradecí la noticia, ordené a Glave que le diera de beber y partí de Londres para Owfordshire por el tren de la una y media.
Antes de las cinco hallé a Mill House, casa sombría y anticuada, que quedaba detrás de un alto seto de bojes que había en la calle de la aldea en Church Enstone, sobre el camino real de Aylesburg a Stratford. Delante de la casa se extendía un pequeño prado, alegre y brillante con sus canteras de tulipanes y fragantes narcisos.
Una criada de burdo lenguaje me abrió la puerta e hízome pasar a una pieza baja, pequeña y anticuada, donde sorprendí a mi amada sentada en una gran silla de brazos, en actitud triste, leyendo.
--¡Señor Greenwood!--tartamudeó, levantándose rápidamente, pálida y sin aliento--¡usted! ¡usted aquí!
--Sí--contesté, cuando la sirvienta hubo cerrado la puerta y quedamos solos.--¡Al fin la he encontrado, Mabel... al fin!--Y, avanzando, tomé tiernamente sus dos manecitas entre las mías. Después, dominado por el éxtasis de aquel momento de placer, la miré de fijo a los ojos, exclamando:--Ha tratado de huir de mí, pero hoy la he vuelto a encontrar. He venido, Mabel, a confesarle con franqueza, a decirle... a decirle, mi queridísima Mabel, que... que la amo!
--¡Que me ama!--gritó, espantada, dando un salto atrás, y apartándome de su lado con sus dos blancas y pequeñas manos.--¡No! ¡No!--gimió.--Usted no debe... no puede amarme. ¡Es imposible!
--¿Por qué?--le pregunté rápidamente.--La he amado desde aquella primera noche que nos conocimos. Ciertamente que usted debe haber descubierto hace mucho tiempo el secreto de mi corazón.
--Sí--tartamudeó,--lo he conocido. Pero ¡ay! ¡es demasiado tarde... demasiado tarde!
--¿Demasiado tarde?--exclamé.--¿Por qué?
Quedó callada. Su semblante cubriose de una repentina palidez mortal y hasta sus labios se pusieron blancos: luego la vi temblar de pies a cabeza.
Repetí mi pregunta gravemente, con mis ojos fijos en ella.
--Porque--contestó al fin lentamente, en una voz trémula y tan baja, que apenas pude oír las fatales palabras que pronunció--¡porque ya estoy casada!
--¡Casada!--exclamé tartamudeando y quedándome rígido.--¡Y su esposo! ¿Cómo se llama?
--¿No adivina usted?--me preguntó.--¿No lo sospecha? El hombre que ya ha tenido oportunidad de conocer: Herberto Hales.
Sus ojos estaban bajos como avergonzados, mientras su barba fina descansaba abatida sobre su pecho jadeante.
XXV
EL NOMBRE SAGRADO
¿Qué podía yo decir? ¿Qué habrían dicho ustedes?
Me quedé silencioso. No supe qué palabras emitir. ¡Ese joven caballerizo, ese bribón, hijo del respetable y anciano marino que pasaba las tardes de sus plácidos días sentado a la puerta de su casa de las Encrucijadas, era, en efecto, el esposo de la hija del millonario! Parecía completamente increíble, sin embargo, al recordar aquella escena de media noche en el parque de Mayvill; en el acto reconocí cuán impotente y desamparada se hallaba en las manos de ese vulgar y arrogante gañán, de ese infame campesino, que, en un momento de loco frenesí, había cometido aquel desesperado y furioso atentado contra la vida de Mabel.
Reconocí también que hacía mucho tiempo que el amor, si es que existió alguna vez, había desaparecido entre ellos, y que la única idea que dominaba en el pensamiento de ese hombre, era sacar provecho de su unión con ella, abusar y explotarla vilmente, como tantas mujeres ricas y de elevada posición son en este mismo momento víctimas de iguales infortunios en Inglaterra. Como un relámpago acudió a mi mente el recuerdo de su negativa de perseguir y castigar a este hombre infame por el cobarde atentado contra su vida, y la razón se manifestó entonces clara y concluyente.
¡Era su esposa!
El solo pensamiento me produjo un espasmo de celos, dolor y odio, porque la amaba con toda la pasión sincera y honrada de que es capaz un hombre de bien. Desde que la señora Percival me había revelado la realidad, sólo había vivido para ella, pensando en volverla a encontrar y declararle francamente mi amor.
--¿Es esto cierto?--le pregunté al fin en una voz cuya aspereza no pude reprimir. Tomé su mano fría e inerte entre las mías y contemplé su hermosa cabeza caída.
--¡Ay de mí! desgraciadamente lo es--fue su débil contestación.--Es mi esposo; por consiguiente, todo amor entre nosotros está excluido--añadió.--Ha sido usted siempre mi amigo, señor Greenwood, pero ahora que me ha obligado a confesarle la realidad, nuestra amistad ha terminado.
--¿Y su esposo está aquí con usted?
--Ha estado--respondió,--pero se ha ido.
--Supongo que abandonó usted Londres secretamente para reunirse a él, ¿no es así?--observé con amargura y acritud.
--Porque me lo pidió. Deseaba verme.
--¿Para obtener dinero a fuerza de amenazas, como intentó hacerlo esa noche memorable en Mayvill?
La pálida y abatida niña movió afirmativamente la cabeza.
--He venido a vivir en esta casa, pero pagando--explicó.--Isabel Wood, una antigua condiscípula, vive aquí con su madre. Las dos creen que he hecho un casamiento secreto, contrariando a los míos, para lo cual he tenido que fugarme del hogar, y en estos dos últimos años han sido extraordinariamente bondadosas conmigo.
--¡Entonces hace dos años que está usted casada!--exclamé lleno de sorpresa y confusión, verdaderamente asombrado de ver la manera cómo había sido engañado.
--Sí, hace casi dos años. Nos casamos en Wymondham, en el condado de Norfolk.
--Cuénteme toda la historia, Mabel--la insté, después de una pausa prolongada, esforzándome por conservar una fingida calma exterior, que no coincidía ciertamente con mis sentimientos más íntimos y profundos.
Su pecho se levantaba y bajaba jadeante debajo de sus encajes y chiffons, sus grandes ojos maravillosos brillaban llenos de lágrimas. Durante largos cinco minutos permaneció dominada por la emoción y sin poder articular una palabra. Al fin, en una voz baja, enronquecida, dijo:
--No sé lo que pensará usted de mí, señor Greenwood. Estoy avergonzada de mí misma, y de la manera cómo lo he engañado. Mi única disculpa puede concentrarse en estas dos palabras: era imperativo. Me casé obligada por una terrible cadena de circunstancias, que usted sólo comprenderá cuando la luz se haga, cuando conozca toda la verdad.--Y volvió a quedar callada.
--¿Pero no me la dirá usted ahora?--insistí.--Como su mejor amigo, como el hombre que la ha amado sinceramente, creo que tengo derecho a conocerla.
Movió la cabeza con amarga tristeza, y, mirándome a través de sus lágrimas, respondió brevemente:
--Ya se la he dicho. Estoy casada. Sólo puedo pedirle perdón por haberlo engañado y manifestarle que me he visto obligada a hacerlo.
--¿Quiere usted decir que se ha visto precisada a casarse con él? ¿obligada por quién?
--Por él--tartamudeó.--Hace dos años que una mañana salí sola de Londres y me reuní con él en Wymondham, donde previamente había estado parando por espacio de quince días, mientras mi padre estaba pescando. Herberto me recibió en la estación, y nos casamos secretamente, actuando como padrinos dos hombres desconocidos, elegidos a la ventura. Después de celebrada la ceremonia, nos separamos. Me saqué el anillo y volvime a casa. Esa noche dábamos una comida, y entre los comensales estaba usted, lord Newborough y lady Rainham; después concurrimos al Haymarket. ¿No lo recuerda? Cuando estábamos sentados en el palco, me preguntó por qué me encontraba tan triste y pensativa, y yo me disculpé diciéndole que tenía un fuerte dolor de cabeza. ¡Ah! ¡si hubiera usted sabido!