Chapter 14
--Financieramente la puede arruinar, eso es cierto--observé suspirando.--Pero lee esto, viejo--y le di la extraña carta de Mabel.
--¡Buen Dios!--tartamudeó cuando la hubo leído,--tiene un terror mortal a esta gente, no puede dudarse. Para escapar de ellos y de ti, ha huido... a Liverpool, para luego embarcarse con rumbo a América, quizá. Recuerda que en su niñez ha viajado mucho, y, por lo tanto, conoce las rutas.
--La debemos encontrar, Reginaldo--declaré decisivamente.
--Pero lo peor es que ha resuelto dar este paso por escapar de ti--me contestó.--Parece que tiene alguna razón poderosa para proceder así.
--Razón que sólo ella conoce--observé con melancolía.--Es, ciertamente, un contratiempo que Mabel haya desaparecido, por su propia voluntad, de esta manera, justamente cuando habíamos conseguido conocer con exactitud el secreto del Cardenal, origen de la fortuna de Blair. Recuerda todo lo que tenemos en juego y arriesgamos. No conocemos quiénes son nuestros amigos o nuestros enemigos. Tenemos que ir los dos a Italia y descubrir el punto indicado en ese registro cifrado, porque, si no lo hacemos, otros se anticiparán, y puede ser que lleguemos demasiado tarde.
Convino conmigo en que, perteneciéndome el secreto por haberme sido legado, debía dar inmediatamente los pasos necesarios para hacer valer mis derechos. No pudimos dejar de comprender que Dawson, como socio de Blair y partícipe de su enorme riqueza, debía conocer muy bien el secreto y haber dado ya los pasos convenientes para ocultarme a mí, su legítimo dueño, la verdad. Había que tenerlo muy en cuenta, pues era un hombre siniestro, poseedor de la astucia más insidiosa y del ingenio más diabólico en el arte de los subterfugios. Los informes recogidos en todas partes sobre él, demostraban que éste era su carácter. Poseía esa manera tranquila y fría del hombre que ha vivido a fuerza de aguzar su ingenio, y en este asunto parecía que su ingeniosidad, aguzada aún más por su vida aventurera, iba a tener que enfrentarse y luchar con la mía.
La inesperada resolución y repentina desaparición de Mabel eran de enloquecer, y el misterio de su carta, inescrutable. Si, en realidad, temía que pudiera ser revelado algún hecho vergonzoso y desagradable, debía haber tenido suficiente confianza en mí y haberme hecho su confidente. Yo la amaba, aun cuando jamás le había declarado mi pasión; por consiguiente, ignorando la realidad, ella me había tratado como amigo sincero, según había sido mi deseo. Sin embargo, ¿por qué no había buscado mi ayuda? ¡Las mujeres son seres tan extraños, después de todo!--reflexionaba yo.--¡Tal vez amaba a ese rústico hombre!
Pasó una semana ansiosa, febril, y Mabel no daba señales de vida. Una noche dejé a Reginaldo en el Devonshire, a eso de las once y media, y me encaminé a través de las calles húmedas y nebulosas de Londres hasta que llegué adonde el bullicio del tráfico cesaba, los coches arrastrábanse lentamente y sólo pasaban de cuando en cuando, y las húmedas y fangosas calzadas y aceras quedaron a disposición del policía y del pobre y tembloroso vagabundo sin hogar.
En medio de la densa neblina anduve embargado en profunda meditación, y cada vez más y más preocupado por aquel notable encadenamiento de circunstancias que hora por hora parecía enredarse más.
Había caminado siempre adelante, sin parar ni ocuparme en qué dirección me llevaban mis pies, pasando a lo largo de Knightsbridge, orillando el Parque y los jardines de Kensington, y cruzaba en ese momento la esquina del camino de Earl's Court, cuando una feliz circunstancia me despertó de mi profundo sueño, y por la primera vez tuve conocimiento de que era seguido. Sí, sentía distintamente pasos detrás de mí, que se apresuraban cuando yo me apresuraba, y aflojaban cuando yo aflojaba. Crucé el camino, y delante de la elevada y larga muralla del Holland Park, me paré y di vuelta.
Mi perseguidor avanzó unos pocos pasos, pero se detuvo súbitamente, y sólo pude distinguir, a la luz del débil farol que penetraba a través de la neblina londinense, una figura alta y descompuesta por la niebla enceguecedora.
Sin embargo, no fue bastante densa para impedirme encontrar mi camino, porque conocía muy bien esa parte de Londres. No era muy agradable, ciertamente, verse seguido con tanta persistencia a semejante hora. Sospeché que algún vagabundo o ladrón que había pasado junto a mí, había notado mi distracción y olvido de lo que me rodeaba, y se había vuelto para seguirme con mala intención.
Seguí de nuevo adelante, sin retroceder, pero apenas lo hice, sentí los pasos ligeros y suaves, como un eco de los míos, que furtivamente resonaban detrás de mí. Había oído contar curiosas historias sobre locos que rondan de noche las calles de Londres y siguen, sin objeto, a los transeúntes, siendo ésta una de las diferentes clases de insanidad bien conocida por los alienistas.
De nuevo crucé el camino, pasé a través de la plaza Edwarde, volviendo así sobre mis pasos, y tomé en dirección a la calle High, pero el misterioso individuo me seguía con igual persistencia. Confieso que experimenté cierta inquietud, viéndome en medio de esa espesa neblina, que en esa parte habíase puesto tan densa hasta el grado de obscurecer completamente los faroles.
De pronto, al dar vuelta a la esquina para penetrar en los jardines de Lexham, en un punto donde la neblina había cubierto todo con su negro manto, sentí que alguien me asaltaba repentinamente, y, al mismo tiempo, una aguda sensación penetrante detrás del hombro derecho.
El ataque fue tan recio, que lancé un grito, dándome vuelta en el acto para enfrentarme con mi asaltante, pero tan ágil había sido éste, que antes que pudiera hacerlo, me esquivó el cuerpo y huyó.
Oí sus pasos al retroceder corriendo por el camino de Earl's Court, y entonces grité llamando a la policía. Pero nadie me respondió. El dolor de mi hombro se hacía a cada momento más incómodo y mortificante. El desconocido me había herido con un cuchillo, y la sangre brotaba, porque la sentía, húmeda y pegajosa, caer sobre mi mano.
Volví a gritar: ¡Policía, policía! hasta que, por fin, oí una voz que me respondió en medio de la neblina y me encaminé en su dirección. Después de algunos otros gritos descubrí al vigilante y le referí mi extraña aventura.
Acercó a mi espalda su linterna sorda y exclamó:
--¡Es indudable, señor; le han dado una puñalada! ¿Qué clase de hombre era?
--No lo pude ver bien ninguna vez--fue mi torpe contestación.--Se mantuvo siempre a buena distancia, y únicamente se aproximó en un punto demasiado obscuro para poder distinguir sus facciones.
--No he visto a nadie, a excepción de un clérigo que encontré hace un momento por el camino de Earl's Court; por lo menos, si no era clérigo, vi que llevaba un sombrero de anchas alas parecido a los que éstos usan. Pero no pude verle la cara.
--¡Un clérigo!--exclamé tartamudeando.--¿Cree usted que podrá haber sido algún sacerdote católico?--porque mis pensamientos se habían concentrado en ese instante en fray Antonio, que era, evidentemente, el guardián del secreto del Cardenal.
--¡Ah! no puedo afirmarlo. No pude ver sus facciones. Sólo noté su sombrero.
--Me siento muy débil--le dije, al apoderarse de mí un fuerte desvanecimiento y languidez.--Desearía que me trajera un coche. Piense que lo mejor que puedo hacer es irme directamente a mi casa, que está en la calle Great Russell.
--Es un viaje muy largo. ¿No sería más conveniente que fuera primero al Hospital West London?--indicó el vigilante.
--No--repliqué decidido.--Quiero irme a casa y llamar a mi médico.
Luego, me senté en el umbral de una puerta que quedaba al terminar los jardines de Lexham y esperé la llegada del vehículo, pues el vigilante había ido al camino Old Brompton en busca de un _hanson_.
--¿Había sido atacado por algún maniático homicida que me había seguido todo el trayecto andado, o difícilmente había escapado de ser víctima de un infame asesinato? Tales eran mis cavilaciones mientras permanecía allí sentado aguardando. La última suposición era, para mí, decididamente, la más factible. Existía una razón poderosa para que se deseara mi muerte. Blair me había legado el gran secreto y yo acababa de conseguir descifrar el enigma que encerraban las cartas.
Este hecho debía haber llegado, probablemente, a conocimiento de nuestros enemigos; de ahí este cobarde atentado contra mi vida.
Sin embargo, semejante contingencia era aterradora, porque, si realmente era sabido que había descifrado el registro, entonces nuestros enemigos darían, ciertamente, todos los pasos necesarios en Italia para impedir que descubriéramos el secreto que yacía en ese punto de las orillas del tortuoso, agreste y desierto río Serchio.
Al fin llegó el _hanson_, y, deslizando una buena propina en la mano del policía, entré en aquél y partimos, lentamente, a través de la niebla, casi al paso, tal era la dificultad de poder marchar. Había colocado sobre el lado derecho de la espalda mi bufanda de seda, para restañar la sangre que manaba de mi herida.
Tan pronto casi como penetré en el _hanson_ sentí fuertes vahídos y una extraña sensación de entorpecimiento que me subía por las piernas. Al mismo tiempo se apoderó de mí una curiosa repugnancia, y, aun cuando felizmente pude detener el derrame de sangre, lo que tendía a demostrar que la herida no era, después de todo, tan seria, mis manos empezaron a encogerse de una manera extraña, a la vez que mis carrillos se vieron atacados de un dolor peculiar, muy semejante al que se sufre cuando empieza un ataque de neuralgia.
Me sentía terriblemente enfermo y sin fuerzas. El cochero, que había sido informado de mi herida por el vigilante, abrió la puertecita de la cubierta para preguntarme cómo estaba, pero yo apenas pude articular unas pocas palabras. Si la herida era sólo superficial, ciertamente el efecto que producía en mí era extraño.
De las muchas luces nebulosas que vi en la esquina de Hyde Park, tengo un recuerdo claro; pero después de eso mis sentidos parecieron quedar atontados por la neblina y por el dolor que sufría, y no recuerdo nada más de lo que sucedió, hasta que de nuevo abrí penosamente los ojos y me encontré en mi cama, brillando a través de la ventana la hermosa luz del día, y vi a mi lado a Reginaldo y a nuestro antiguo amigo Tomás Walker, cirujano de la calle Reina Ana, de pie, observándome con profunda gravedad, que en aquel momento me pareció humorística.
Sin embargo, debo confesar que había muy poca gracia en la situación.
XXIII
QUE ES EN MUCHOS CONCEPTOS ASOMBROSO
Walker estaba confundido, verdaderamente confundido. Mientras había estado yo inconsciente, él me había curado la herida, después de haberla examinado, supongo, e inyectado varios antisépticos. Había mandado llamar también, para consultar, a sir Carlos Hoare, el muy distinguido cirujano del Hospital de Charing Cross, y ambos habían estado grandemente confundidos en presencia de mis síntomas.
Cuando, una hora después, me sentí suficientemente fuerte para poder hablar, Walker me tomó la muñeca y me preguntó lo que me había sucedido.
Después que le hube explicado, todo lo mejor que pude, me dijo:
--Lo único que puedo decirle, mi querido amigo, es que ha estado tan cerca de la muerte como ninguna otra persona que yo haya asistido. Ha sido el suyo un caso de los más expuestos que pueden darse. Cuando Seton me llamó la primera vez y lo vi, creí que todo había terminado. Su herida es bien pequeña, más bien dicho, superficial, y, sin embargo, su estado de decaimiento y postración ha sido de los más extraordinarios; además, hay ciertos síntomas tan misteriosos, que a sir Carlos y a mí nos han llenado de confusión.
--¿Qué arma ha usado ese hombre? No ha sido un puñal común, ciertamente. Ha sido, no hay duda, una daga de hoja larga y delgada, un estilete, muy probablemente. He encontrado en la parte exterior de la herida, sobre la tela de su sobretodo, algo así como grasa, o, más bien dicho, gordura animal. Voy a hacer analizar un poco, ¿y sabe lo que espero encontrar en ella?
--No; ¿qué?
--Veneno--fue su contestación.--Sir Carlos está conforme con mi suposición de que usted ha sido herido con uno de esos pequeños y antiguos puñales con hojas perforadas, que tanto se usaron en Italia durante el siglo XV.
--¡En Italia!--grité, despertando en mí al solo nombre de ese país la sospecha de que el atentado debía haber sido cometido por Dawson o por su íntimo amigo, el monje de Lucca.
--Sí; sir Carlos, que, como probablemente usted lo sabe, posee una gran colección de armas antiguas, me ha dicho que en la Florencia medioeval acostumbraban impregnar la gordura animal con algún veneno muy poderoso y luego frotaban con esa mezcla la hoja perforada. Al herir a la víctima y retirar después el arma de la herida, quedaba en su seno una parte de la materia grasa envenenada, la cual producía un resultado fatal.
--Pero usted, ciertamente, no anticipa que estoy envenenado--exclamé tartamudeando.
--Está envenenado, no hay duda. Su herida no corresponde a su prolongada insensibilidad ni tampoco a esas extrañas y lívidas manchas que tiene en el cuerpo. ¡Mire el revés de sus manos!
Hice lo que me decía y me quedé horrorizado de encontrar en las dos unas manchas pequeñas, obscuras, color cobre, que se extendían también por las muñecas y los brazos.
--No se alarme mucho, Greenwood--rió el amable y buen doctor;--ya he conseguido dar vuelta a la peligrosa curva, y todavía no le ha llegado el tiempo de morirse. La escapada ha sido casi un milagro, porque el arma era de lo más mortífero que pueda imaginarse; pero, felizmente, llevaba usted puesto un grueso sobretodo, además de otras piezas de ropa pesadas, todas las cuales le chuparon la mayor parte de la sustancia venenosa antes de que pudiese penetrar a la carne. Y le aseguro que ha sido una suerte para usted, porque, si este ataque hubiese tenido lugar en verano, cuando las ropas son ligeras, no habría habido la menor esperanza de salvación.
--Pero ¿quién ha sido el autor de este atentado?--exclamé, enloquecido, con mis ojos clavados en esas feas manchas que cubrían mi piel, prueba evidente de que dentro de mi naturaleza se había introducido un veneno terrible.
--Alguien que le tendrá un odio implacable, me imagino--rió el cirujano, que era mi amigo desde hacía varios años y que tenía por costumbre asistir algunas veces a las partidas de caza con los Fitzwilliams.--Pero, vamos, viejo compañero, alégrese; uno o dos días tendrá que pasar con leche y caldo, dejar curarse la herida y permanecer muy tranquilo. Ya verá cómo pronto vuelve a recuperar su salud.
--Todo eso está muy bueno--respondí impacientemente,--pero yo tenía un mundo de cosas que hacer, y algunos asuntos privados que atender.
--Tendrá que dejarlos descansar por un día o dos, ciertamente.
--Sí--insistió Reginaldo;--debes estar tranquilo, Gilberto. Estoy demasiado contento de que no haya sido tan grave como al principio creímos. Cuando el cochero te trajo a casa y Glave corrió a buscar a Walker, yo me imaginé que morirías antes de que llegase. No sentía palpitar tu corazón, y estabas completamente helado.
--¡No adivino quién puede ser el infame que me ha herido!--grité.--¡Por Jacob! que si lo pillo, me parece que allí mismo le retuerzo su precioso cuello.
--¿Con qué fin te incomodas, cuando pronto vas a mejorar?--preguntó Reginaldo filosóficamente.
Pero yo permanecí callado, reflexionando en la opinión de sir Carlos Hoare, de que la daga empleada para el crimen frustrado, había sido una vieja arma florentina, envenenada. Este mismo hecho me hacía sospechar que el cobarde atentado llevado contra mi persona, había sido obra de mis enemigos.
Nosotros, por cierto, no le dijimos nada a Walker sobre nuestra curiosa investigación, porque considerábamos en ese momento que el asunto era estrictamente confidencial. El hablaba de mi herida de un modo jocoso, declarando que muy pronto recuperaría mi salud, si es que tenía un poco de paciencia.
Después que se retiró, poco antes de mediodía, Reginaldo se sentó al lado de mi cama, y gravemente nos pusimos a discutir la situación. Las dos cuestiones más apremiantes en ese momento eran, primero, descubrir el paradero de mi bien amada, y, segundo, ir a Italia a investigar el secreto del Cardenal.
Los días iban transcurriendo pesados, largos y cansados, días sombríos de principios de primavera, durante los cuales me revolvía en la cama, impaciente, desesperado e impotente. Ansiaba poderme levantar y actuar con actividad, pero Walker me lo prohibía. En cambio me traía libros y diarios, y ordenaba tranquilidad y absoluto descanso.
Aunque Reginaldo y yo teníamos siempre nuestro pequeño pabellón de caza en Helpstone, después de la muerte de Blair no habíamos ido ni una sola vez. Además, aquella estación había sido de extraordinario movimiento en el comercio de encajes, y Reginaldo parecía más esclavo que nunca de su casa de negocio.
Por consiguiente, permanecía solo la mayor parte del día, teniendo a Glave para que cuidase y supliese mis necesidades. De cuando en cuando venían a verme algunos amigos, conversando y fumando un rato conmigo.
Así pasó el mes de marzo, siendo mi convalecencia mucho más lenta de lo que Walker había pensado al principio. En el análisis se había descubierto un dañosísimo veneno irritante mezclado con la grasa, y parece que mi naturaleza había absorbido más de lo que en un principio se creyó, de aquí mi tardío restablecimiento.
La señora Percival, que, debido a nuestro insistente consejo, todavía residía en la mansión de la plaza Grosvenor, me visitaba algunas veces, trayéndome frutas y flores de los invernáculos de Mayvill, pero nada sabía sobre Mabel. Esta última había desaparecido tan completamente como si la tierra se hubiera abierto y tragádola. Deseaba con ansia abandonar la casa de Blair, ahora que estaba ocupada por los usurpadores, pero nosotros la habíamos llenado de halagos, con el fin de que permaneciese y pudiese moderar algo los actos de Dawson y su hija. A Ford le habían causado tanta exasperación las maneras de aquel hombre, que, al quinto día del nuevo _régimen_, había protestado, lo cual dio por resultado que Dawson, tranquilamente, colocara dentro de un sobre el importe de un año de sueldo, y en el acto lo dispensara de sus servicios para en adelante, cosa que había tenido intención de hacer desde un principio, no hay duda.
Sin embargo, el exsecretario privado nos ayudaba, y en ese momento estaba empeñado en hacer toda clase de averiguaciones para cerciorarse dónde estaba su joven ama.
--La casa está completamente al revés, todo en ella está trastornado--declaró un día la señora Percival, mientras me visitaba.--Los sirvientes se hallan rebelados, y la pobre Noble, el ama de llaves, pasa, le aseguro, por momentos terribles. Carter y ocho sirvientes más le han notificado ayer que se retiran de la casa. Este tal Dawson es el tipo más acabado de la mala educación y pésimos modales; sin embargo, le he alcanzado a oír que le decía a su hija, hace dos días, que estaba pensando seriamente en manifestarse a favor de la reforma y entrar en el Parlamento. ¡Ah! ¿qué diría la pobre Mabel si supiese semejante cosa? La hija, Dolly, como él la llama, esa muchacha vulgar, se ha establecido en el _boudoir_ de Mabel, y está por hacerle renovar la decoración, pues quiere que sea de color amarillo, para que venga bien a su tez, según creo. Dado lo que dice el señor Leighton, parece que la fortuna del pobre señor Blair debe pasar enteramente a ser manejada por este individuo.
--¡Es una vergüenza, una abominable vergüenza!--grité encolerizado.--Sabemos que este hombre es un aventurero, y, sin embargo, somos completamente impotentes para poder proceder--añadí con amargura.
--¡Pobre Mabel!--suspiró la viuda, que realmente era muy apegada a ella.--Sabe, señor Greenwood--dijo, con un inesperado tono de confianza,--que más de una vez, después de la muerte de su padre, he pensado que ella está en posesión de la verdad; que conoce la razón de este extraño lazo de amistad que unía al señor Blair con este hombre sin conciencia, a quien tanto poder sobre ella y su fortuna le ha sido otorgado. Muchas confesiones reservadas me ha hecho, y creo que, si ahora quisiera manifestarnos la realidad, podríamos vernos libres de este demonio. ¿Por qué no lo hace... para salvarse?
--Porque actualmente le teme--contestó en voz dura, desesperado.--Posee cierto secreto que la hace vivir en constante terror. Ese es el motivo, creo yo, de su súbita desaparición y del abandono de su propio hogar. Ha dejado a ese hombre en posesión completa e incontestable de todo.
No había olvidado la arrogancia y la confianza en sí mismo, de que había hecho gala esa noche que por primera vez fue a vernos.
--Pero, señor Greenwood, ¿tendrá usted, ahora, la bondad de disculparme por lo que voy a decirle?--preguntó la señora Percival, después de una breve pausa y mirándome fijamente a la cara.--Tal vez no tenga derecho de mezclarme de este modo en sus asuntos más íntimos, pero confío que usted me perdonará cuando reflexione que si me atrevo a hacerlo, es por ella, por esa pobre niña.
--¡Y bien!--exclamé, algo sorprendido de su inesperado cambio. Generalmente era en extremo altiva y fría, crítica terrible que tenía en la punta de los dedos los nombres de las primas, tías y sobrinos de todo el mundo.
--La verdad es ésta--prosiguió.--Usted podría inducirla a que nos manifestase la realidad, tal es mi creencia, porque es la única persona que tiene alguna influencia sobre ella ahora que su padre no existe, y, permítame que se lo diga, tengo razones para saber que ella siente por usted una estimación muy grande.
--Sí--observé, no pudiendo contener un suspiro,--somos amigos... buenos amigos.
--Más que eso--declaró la señora Percival.--Mabel lo ama a usted.
--¡Me ama!--grité, dando un salto y sosteniéndome sobre un codo.--No, pienso que debe estar usted en error. Ella me considera más bien como un hermano que como un amante, y ha aprendido, según creo, desde el primer día que nos conocimos en tan románticas condiciones, a mirarme como una especie de protector.--No--añadí, moviendo la cabeza,--existen ciertos obstáculos que deben impedirle poder amarme, la diferencia de nuestras edades, de posición y todo lo demás.
--¡Ah! está usted completamente equivocado--exclamó la viuda, con toda franqueza.--Su padre le dejó a usted su secreto, según tuve ocasión de saber, para que sacase todo el mayor provecho posible, como él lo había hecho, y porque adivinaba la dirección que iba tomando el camino de Mabel.
--¿Cómo sabe usted esto, señora Percival?--la pregunté, medio inclinado a dudar de ella.
--Porque el señor Blair, antes de hacer su testamento, se confió en mí y me preguntó con franqueza si alguna vez su hija me había hablado de usted de alguna manera significativa que me hubiese hecho sospechar algo. Le confesé la verdad de lo que al respecto sabía, exactamente como acabo de referírselo a usted. Mabel lo ama... Lo ama tiernamente.
--Entonces le debo a usted en gran parte el que el pobre Blair me haya legado su secreto--observé, añadiendo algunas palabras de agradecimiento y embargándome luego en profunda meditación sobre lo que acababa de revelarme.