Chapter 13
--Es cierto--observó el anciano, que parecía muy versado en toda la historia moderna de San Pedro, en Roma.--El secreto divulgado por el Cardenal, es, indudablemente, de inmenso valor, y si procedió así, fue para salvar su reputación, según creo, por lo que me dijo el bandido italiano, pues ellos habían descubierto que se encontraba en el extremo Sud de la península, contrariando las órdenes del Papa, que lo había mandado en opuesta dirección, y el objeto de éstos había sido promover una agitación religiosa, mal intencionada, contra Pío IX. De aquí que Sannini, en quien tanto confiaba Su Santidad, viose obligado a todo costo a ocultar la noticia de su captura, la cual debía permanecer absolutamente ignorada. Pensi me refirió cómo, antes de soltar al Cardenal, se trasladó, con el mayor sigilo, a cierto paraje de la provincia toscana y se cercioró de que el secreto que había revelado el gran eclesiástico era una realidad. Después de eso fue puesto en libertad, y, con una escolta que lo garantiera, marchó hasta Cosenza, donde tomó el tren para Roma.
--¿Pero cómo vino el secreto a poder de Burton Blair?--preguntó ansiosamente.
--¡Ah!--observó el viejo, mostrando las palmas de sus manos morenas y endurecidas,--esa es la cuestión. Sobre esas mismas cartas que usted tiene, sé que Poldo Pensi, el exbandido de Calabria, inscribió en inglés las instrucciones del Cardenal. En efecto, notará usted que la redacción revela que su autor ha sido un extranjero. Esas letras mayúsculas, casi borradas, fueron trazadas por él a bordo del «Annie Curtis», y conservó seguro su secreto hasta su muerte. Lo que él me refirió confidencialmente, no lo manifesté jamás a nadie hasta... vamos, hasta que Burton Blair me obligó a hacerlo esa noche en que reconoció esta casa por la fotografía sacada por Poldo, y me encontró de nuevo.
--¡Lo obligó!--exclamó Reginaldo.--¿Cómo?
XXI
PEOR QUE LA MUERTE
El alto y enjuto anciano me miró con sus ojos pardos y movió la cabeza.
--Burton Blair sabía demasiado--contestó evasivamente.--Según parece, después que yo me retiré llegó a ocupar el puesto de primer piloto, y Poldo, el hombre que había tenido en sus manos, para conseguir buenos rescates, a duques, cardenales y otros grandes hombres, trabajó a sus órdenes pacientemente. Algún tiempo después, Poldo cayó enfermo de un grave ataque de fiebre y murió, pero, aun cuando es bastante extraño, le dejó, así lo aseguraba Blair, el paquete de cartas con el secreto.
Dick Dawson, sin embargo, que estaba también en el buque como contramaestre, y que la mitad de su vida la ha pasado en bergantines italianos, en el Adriático, declara que esta historia es falsa, y que Blair robó la bolsita que encerraba las cartas de debajo de la almohada de Poldo, media hora antes de que éste muriera.
Sea esto verdad o mentira, sin embargo, los hechos quedan en pie, y son: que Poldo debió dejar escapar en medio del delirio de la fiebre parte de su secreto, y que Blair vino a ser el dueño de las pequeñas cartas. Tres semanas después de la muerte del italiano, Blair, al desembarcar en Liverpool, llevando consigo las cartas y la instantánea, emprendió ese larguísimo y fatigoso viaje por todos los caminos de Inglaterra, con el fin de encontrarme y conocer por mi intermedio la clave del secreto del famoso bandido, la cual yo poseía.
--Y cuándo consiguió encontrarlo, ¿qué sucedió?
--Afirmó solemnemente que Bruno se las había dado como un regalo de moribundo, y que la razón que tenía para buscarme era porque el viejo bandido, antes de morir, pidió ver la fotografía que estaba en su cofre de a bordo, y contemplándola un largo rato, le dijo en italiano, reflexivamente: «En esta casa vive el único hombre que conoce mi secreto.»
Esa fue la razón que evidentemente tuvo Blair para posesionarse de la fotografía, después de la muerte del italiano.
Cuando llegó aquí, me mostró el paquete de cartas, y me prometió mil libras esterlinas si le revelaba las confidencias del italiano. Como éste había fallecido, no hallé razón por qué negarme, y en cambio de la promesa del pago de dicha suma, le dije lo que quería saber, y entre otras cosas, le expliqué el arreglo de las cartas, de modo que pudo descifrarlas. La clave de la cifra la había descubierto ese día de fiesta que encontré a Poldo en el castillo de proa escribiendo un mensaje sobre las cartas, evidentemente dedicado para el Cardenal residente en Roma, porque después he sabido que el bandido y el eclesiástico, antes de la muerte de este último, mantenían frecuente pero secreta comunicación.
--Pero el tal Dawson debe haber sacado enorme beneficio de la revelación hecha por Blair--observé.--Parece que han sido amigos muy íntimos.
--Por cierto que ha sacado provecho--respondió Hales.
Blair, en posesión de este notable secreto, tenía un terror mortal a Dick, que podía declarar, como ya lo había hecho, que se le había robado al moribundo. Sabía muy bien que Dawson era un marino sin escrúpulos, del peor tipo que puede haber; por lo tanto, consideró muy prudente, supongo yo, entrar en sociedad con él y que le ayudase a explotar el secreto. Pero el pobre Blair debe haber estado siempre en las manos de Dawson, aun cuando es evidente que sus ganancias fueron enormes. Las de Dick no han sido menores, a pesar de que éste ha vivido, al parecer, en el más absoluto retiro y obscuridad.
--Dawson tenía miedo de venir a Inglaterra--observó Reginaldo.
--Sí--contestó el anciano.--Hace algunos años que hubo en Liverpool un feo incidente, y esa es la razón que ha tenido.
--¿Pero no existe ninguna prueba negativa de que el bandido reformado no le haya regalado el paquete de naipes a Blair?--pregunté enérgicamente.
--Ninguna. Por mi parte creo que Poldo se lo debió dar a Blair y recomendarle que volviera a tierra y me buscase, porque él había sido bueno y había tenido para con él muchas pequeñas finezas durante repetidas enfermedades. Poldo, al abandonar sus malas hazañas, se había hecho muy religioso y solía asistir a las misiones para los hombres de mar cuando estaba en tierra, como también Blair era, según ustedes saben, un hombre muy temeroso de Dios para ser marino. Cuando recuerdo todas las circunstancias, pienso que era muy natural que Poldo entregase el secreto del Cardenal, muerto, en manos de su mejor amigo.
--El lugar indicado es cerca de Lucca, en Toscana--observé.--Usted dice que el tal Poldo Pensi ha estado allí y ha hecho averiguaciones. ¿Qué fue lo que encontró?
--Lo que el Cardenal le había dicho que encontraría. Pero jamás me explicó lo que era. Todo lo que llegó a manifestarme era que el secreto convertiría a su dueño en un hombre muy rico, lo que ciertamente ha sucedido en el caso de Blair.
--La conexión que parece existir entre el difunto Cardenal Sannini y fray Antonio, el capuchino de Lucca, es extraña--observé.--¿Estará el monje en posesión del secreto? cavilo yo. No hay duda de que él tiene algo que ver con este asunto, como lo demuestran sus constantes consultas con Dawson.
--Es indudable--dijo Reginaldo, dando vuelta a las cartas sin objeto.--Ahora tenemos que descubrir la posición exacta de estos dos hombres, y, al mismo tiempo, impedir que el tal Dawson consiga tomar demasiada posesión de la fortuna de Mabel Blair.
--Eso déjemelo a mí--exclamé reservadamente.--Por ahora nuestra línea de conducta es bien clara. Debemos investigar el paraje que queda a orillas del Serchio y descubrir lo que está allí escondido.--Después, volviéndose a Hales, añadió:--En el registro he notado que ordena claramente: «Buscad primero al anciano que vive en la casa de las Encrucijadas.» ¿Qué significa esto? ¿Por qué se indica esa dirección?
--Porque creo que cuando el registro fue estampado en estas cartas--contestó,--yo era la única persona que sabía algo respecto al secreto del Cardenal; la única, fuera del interesado, que poseía la clave de la cifra.
--Pero al principio aparentó usted no conocerla--observé yo, mirando todavía con cierto recelo al anciano.
--Porque no estaba seguro de si procedían ustedes de buena fe--dijo riéndose con toda franqueza.--Me tomaron de sorpresa, y no tenía intención de expandirme prematuramente.
--¿Pero nos ha referido usted todo lo que sabe realmente?--exclamó Reginaldo.
--Sí, no sé nada más--replicó.--En cuanto a lo que hay en el punto que indica el registro, lo ignoro por completo. Recuerden que Blair me pagó lo justo, y aun más de lo estipulado; pero, como ustedes lo saben bien, era un hombre sumamente reservado en todo lo concerniente a sus asuntos, y me dejó sin saber nada.
--¿Y no puede darnos más informes sobre este tuerto que parece que ha sido socio de Blair en la extraordinaria empresa misteriosa?
--Nada más tengo que decir, salvo que es una relación muy poco apetecible. Fue Poldo quien le puso el apodo de «el Ceco».
--¿Y el monje que se llama fray Antonio?
--Jamás he oído hablar de esa persona; nada sé de él.
En la punta de la lengua tuve la pregunta de si tenía un hijo y si su nombre era Herberto, recordando aquella trágica escena nocturna en el parque de la mansión de Mayvill. Sin embargo, supe, por fortuna, contenerme y guardar silencio, prefiriendo ocultar lo que sabía y esperar el desenvolvimiento de los hechos y de aquella extraordinaria situación.
Sin embargo, mi corazón rebosaba de indignación y unos feroces y locos celos lo roían. Mabel, la dulce y bondadosa niña que yo tanto amaba, y cuyo porvenir había sido depositado en mis manos, había cometido el grave y triste error, como otras tantas niñas, de enamorarse de un hombre vulgar, torpe y muy inferior a ella. El amor en una cabaña, sobre el que tanto oímos, es muy bueno en teoría, como lo es el engaño de que se puede tener el corazón alegre aun cuando el bolsillo esté vacío; pero en estos tiempos modernos la mujer habituada a las comodidades y al lujo no puede nunca ser feliz en la modesta casa de cuatro piezas, así como no lo es el hombre que se casa valientemente por amor y renuncia a su herencia.
No. Cada vez que recordaba las amenazas y menosprecios de ese joven rufián, su arrogancia y su estallido final de pasión criminal, que tan cerca había estado de terminar con la vida de mi bien amada, mi sangre hervía de ira y se encendía mi cólera. El bribón había escapado, pero dentro de mi ser juraba que no quedaría impune.
Y, sin embargo, cuando rememoraba bien toda la escena, parecía que Mabel estaba completa e irresistiblemente bajo el poder de ese hombre, a pesar que había intentado desafiarlo.
Permanecimos con Hales y su esposa una hora más, aun cuando pocos datos nuevos obtuvimos, a excepción de algunas palabras que la anciana dejó escapar. Me cercioré de que tenían en efecto un hijo y que se llamaba Herberto, pero que no era de muy buena conducta.
--Estaba ocupado en las caballerizas de Belvoir--explicó su madre cuando yo la interrogué sobre él.--Pero hace como dos años que salió de allí, y desde entonces no lo hemos vuelto a ver. Algunas veces nos escribe de diferentes puntos y parece que prospera.
El tal individuo era, por lo tanto, como yo lo había supuesto por su aspecto, un cuidador de caballos, un caballerizo o algo por el estilo.
Eran casi las siete y media cuando llegamos de vuelta a King's Cross, y después de una ligera comida en un pequeño restaurant italiano que había enfrente de la estación, tomamos un coche y nos encaminamos a la plaza Grosvenor, con el objeto de comunicarle a Mabel nuestro éxito en la solución del enigma.
Carter, que fue quien nos hizo entrar, nos conocía tan bien, que no hizo más que conducirnos directamente arriba y hacernos pasar al salón, tan artísticamente iluminado con sus luces eléctricas sombreadas con la mayor delicadeza y hábilmente colocadas en todos los rincones imaginables. Sobre la mesa había una gran ponchera antigua, llena de espléndidas rosas Gloise de Dijón, que el jefe de los jardineros enviaba todos los días, junto con la fruta, de la posesión de Mayvill. Su arreglo se debía, como yo bien lo sabía, a las delicadas manos de la mujer que durante años había aprendido a admirar y a amar secretamente. Encima de una mesa lateral había una hermosa fotografía del pobre Burton Blair colocada en un pesado marco de plata, y en una esquina su hija había prendido un moñito de crespón como homenaje a la memoria del muerto. La gran casa estaba llena de esos delicados rasgos femeninos que revelaban la dulce simpatía de su carácter y la plácida tranquilidad de su vida.
De pronto la puerta se abrió, y ambos nos pusimos de pie; pero en vez de la linda joven chispeante y de corazón noble, con voz musical y semblante alegre y franco, entró el hombre barbudo, de anteojos, arcos de oro, que en un tiempo había sido contramaestre del buque _Annie Curtis_, de Liverpool, y después el socio secreto de Burton Blair.
--Buenas noches, caballeros--exclamó, saludando con ese aparente y forzado barniz de cortesía que adoptaba algunas veces.--Tengo mucho placer en agasajar a ustedes en la casa de mi difunto amigo. Como notarán ustedes, he establecido mi residencia aquí en conformidad a los términos del testamento del pobre Blair, y aprovecho con agrado esta nueva oportunidad que se me presenta, de volver a encontrarme con ustedes.
La fina impudencia de este hombre nos tomó de sorpresa. Parecía estar sumamente confiado y seguro de que su posición era inatacable e invencible.
--Hemos venido a ver a la señorita Blair--expliqué.--No sabíamos que iba usted a fijar tan pronto su residencia aquí.
--¡Oh! es mejor--afirmó.--Los grandes intereses de Blair requieren inmediata atención, pues hay muchos asuntos ligados estrechamente con ellos que no se pueden abandonar--y mientras hablaba, la puerta se abrió de nuevo y penetró una joven de unos veintiséis años, de cabellos obscuros y estatura regular, vestida con un traje negro escotado, algo ostentoso, pero cuyo rostro era más bien vulgar, aun cuando un tanto imponente.
--Mi hija Dolly--explicó el tuerto Dawson.--Permítanme ustedes que los presente,--y ambos le hicimos un saludo frío, porque nos chocaba sobremanera el modo de los dos, pues parecía que se habían establecido allí y tomado en sus manos el manejo de la casa.
--Supongo que la señora Percival todavía permanece aquí, ¿no es verdad?--inquirí después de un momento, al recuperar mi calma y tranquilizarme de la impresión que me había hecho el encontrar al aventurero y a su hija en posesión completa de esa espléndida mansión que medio Londres admiraba y la otra mitad envidiaba; la mansión que había aparecido tantas veces descripta y fotografiada en los _magazines_ y periódicos de las damas.
--Sí, la señora Percival está en su gabinete privado. Hace cinco minutos que la dejó allí. Mabel, según parece, salió esta mañana a las once y aun no ha vuelto.
--¡No ha vuelto!--exclamé azorado.--¿Por qué?
--La señora Percival parece que está trastornada. Creo que abriga temores de que la haya sucedido alguna cosa.
Sin pronunciar ni escuchar una palabra más, bajé corriendo la ancha escalera con su balaustrada de cristal, llamé a la puerta de la pieza que había sido reservada para la señora Percival, dime a conocer, y en el acto fui recibido.
Apenas me vio la respetable y repulida viuda, se puso de pie y exclamó terriblemente angustiada:
--¡Oh, señor Greenwood, señor Greenwood! ¿Qué podemos hacer? ¿Cómo vamos a tratar a esta gente detestable? La pobre Mabel salió esta mañana y se dirigió en el _bróugham_ a la estación Euston. Allí le entregó esta carta a Peters, dirigida para usted, y luego despachó el carruaje. ¿Qué significará todo esto?
Tomé la misiva que me entregaba, y temblando la abrí, encontrando, escritas apresuradamente con lápiz sobre una hoja de papel de esquela, estas pocas líneas:
«Estimado señor Greenwood: Indudablemente le causará a usted inmensa sorpresa saber que he abandonado para siempre mi casa. Bien sé que usted abriga por mí tan alta consideración y estima como yo por usted; pero, como mi secreto al fin va a ser conocido, no puedo permanecer haciendo acto de presencia y verme obligada a enfrentarme con usted, que es de todos los hombres al que menos me atrevo a encarar.
»Esa gente me perseguirá hasta la muerte; por lo tanto, prefiero vivir oculta lejos del alcance de sus burlas y de su venganza, antes que quedarme para ser el blanco de sus desprecios y tengan así la oportunidad de señalarme con su dedo burlón y desdeñoso.
»El secreto de mi padre jamás podrá ser suyo, porque sus enemigos son demasiado ingeniosos y astutos. Han tomado toda clase de precauciones para tenerlo bien asegurado contra sus esfuerzos y empeños. De consiguiente, le aconsejo, como verdadera amiga, que es inútil trate de luchar contra la tempestad. ¡Todo es en vano!
»¡Exponerme a la situación es peor para mí que la muerte! Créame que sólo la desesperación ha podido arrastrarme a dar este paso, porque los cobardes enemigos de mi padre y míos han triunfado.
»Le pido al mismo tiempo olvide completamente que ha existido en el mundo una persona del nombre de la desesperada, afligida e infortunada--_Mabel Blair_».
Quedé parado, con la carta abierta en la mano, manchada en lágrimas, absolutamente mudo y desconsolado.
XXII
EL MISTERIO DE UNA AVENTURA NOCTURNA
--Exponerme a la situación es peor para mí que la muerte--decía en su carta.--¿Qué podría significar eso?
La señora Percival adivinó por la expresión de mi semblante la gravedad de aquella carta, y, poniéndose rápidamente de pie, acercose a mí, colocó su mano con cariño sobre mi hombro, y me preguntó:
--¿Qué sucede, señor Greenwood, no puedo saberlo?
En contestación le di la carta. La leyó velozmente, y después dejó escapar un grito de espanto, comprendiendo que la hija de Burton Blair había huido del hogar. Era evidente que ella le temía a Dawson, habiéndose dejado dominar por la creencia aterradora de que su secreto, sea lo que fuere, se haría público ahora, y había huido, según parece, por no volver a encontrarse frente a frente conmigo. ¿Pero por qué? ¿De qué naturaleza podría ser su secreto para que tanto la avergonzara y la obligara a esconderse?
La señora Percival hizo llamar a Crump, el cochero, que había llevado en el _bróugham_ a su joven ama hasta la estación de Euston, y lo interrogó.
--La señorita Mabel ordenó el cupé, señora, unos momentos antes de las once--contestó el hombre, saludando.--Llevó su valija de cocodrilo, pero, anoche despachó por Carter Patterson un gran baúl lleno de ropa usada, así le dijo la señorita a su doncella. Yo la llevé a Euston, allí bajó y entró en la boletería. Me hizo esperar como cinco minutos, apareciendo después con un mozo de cordel que tomó su valija, y luego ella me entregó la carta dirigida al señor Greenwood para que se la diera a usted, ordenándome que me retirara. Entonces me volví a casa, señora.
--No hay duda, ha partido para el Norte--observé cuando Crump se retiró y la puerta se cerró detrás de él.--Casi parece que su huida hubiese sido premeditada. Anoche mandó su equipaje.
Pensaba en ese momento en el arrogante y atrevido caballerizo, en ese impudente joven Hales, y cavilaba si sus renovadas amenazas no habrían conseguido que ella accediera a tener otra entrevista con él. Si eso era así, entonces el peligro era terriblemente extraordinario.
--La debemos encontrar--dijo con toda resolución la señora Percival.--¡Ah!--suspiró,--no sé, realmente, lo que irá a suceder, porque la casa está ahora en poder de este hombre odioso y de su hija, y él es un tipo de lo más grosero y mal educado. Se dirige a los sirvientes con toda familiaridad, exactamente como si fuesen sus iguales; ¡y hace un momento que cumplimentó a una de las mucamas por su buena presencia! Esto es terrible, señor Greenwood, terrible--exclamó la viuda, inmensamente chocada.--¡Es la exhibición más vergonzosa de su mala educación! Yo no puedo permanecer más tiempo aquí, ciertamente, ahora que Mabel ha creído conveniente abandonar la casa sin siquiera consultarme. Esta tarde vino lady Rainham, pero yo tuve que aparentar que no estaba. ¿Qué puedo decirles a las gentes en estas circunstancias tan angustiosas?
Comprendí cuán escandalizada estaba la estimable compañera de Mabel, porque era una viuda sumamente estricta, cuya misma existencia dependía de la etiqueta rigurosa y de las tradiciones de su honorable familia. Cordial y afable con sus iguales, era, sin embargo, muy fría e inflexible con sus inferiores teniendo el hábito de mirarlos a través de sus anteojos cuadrados de arcos de oro, y examinarlos como si hubiesen sido extraños seres de diferente carne y sangre. Era esta última idiosincrasia lo que siempre molestaba a Mabel, la cual profesaba esa creencia, tan femenina, de que uno debe ser bondadoso con los inferiores y sólo frío y duro con los enemigos. Sin embargo, bajo el ala protectora y la altiva tutoría de la señora Percival, Mabel había penetrado en el mejor y más elegante círculo social, cuyas puertas están siempre abiertas para la hija del millonario, y había dejado bien sentada su reputación como una de las debutantes más encantadoras de su _season_.
¡Cómo ha cambiado la sociedad en estos últimos diez años! En la actualidad, la llave de oro es el ábrete sésamo de las puertas de la sangre más azul de Inglaterra.
Ya no existen los viejos círculos exclusivistas, o, si hay algunos, han quedado obscurecidos y no tienen importancia. Las damas asisten a los salones-conciertos y se jactan de concurrir a los clubs nocturnos. Las comidas en los restaurants, que antes eran consideradas como un motivo de rebajamiento, son hoy un gran atractivo. Hace una generación que una dama de alta alcurnia objetaba razonablemente diciendo que no sabía al lado de quién podía sentarse; pero, en la actualidad, como sucedía en el teatro antes de la época de Garrick, la fama poco honorable de una parte de los concurrentes constituye un incentivo. Cuanto más flagrante es el escándalo respecto a alguna «impropiedad» bien dorada, mayor es el aliciente de comer en su compañía, y, si es posible, a su lado. ¡Tal es hoy la tendencia y el modo de ser de la sociedad de Londres!
Por espacio de un cuarto de hora, mientras Reginaldo estaba ocupado con los Dawson, _père et fille_, permanecí en consulta con la viuda, tratando de ver si conseguía algún indicio sobre el paradero de Mabel. La señora Percival pensaba que, más pronto de lo que creíamos, nos haría saber dónde estaba oculta; pero yo, conociendo tan bien la firmeza de su carácter, no participaba de su opinión. Su carta era la de una mujer que había tomado una resolución y estaba dispuesta a sostenerla, costara lo que costara. Temía enfrentarse conmigo, y por esa razón, no hay duda, ocultaría su resistencia. En casa de Cottus tenía a su nombre cuenta separada, así es que por falta de fondos no se vería obligada a revelar su actual paradero.
Ford, el secretario del muerto, hombre joven, como de treinta años, alto, atlético, completamente afeitado, asomó la cabeza, pero como nos encontrara conversando, se retiró en el acto. La señora Percival ya lo había interrogado, pero ignoraba completamente para dónde había partido Mabel.
El tal Dawson había usurpado en la casa la posición de Ford, y este último, lleno de resentimiento, estaba en constante acecho de sus actos y movimientos y dominado de los mayores recelos, como todos lo estábamos.
Reginaldo vino por fin a reunirse conmigo, y entró exclamando: «Este hombre es un tipo de lo más original que puede darse, por no decir otra cosa. ¡Conque a mí me ha invitado a tomar whisky con soda... en la casa de Blair! Considera la huida de Mabel como una broma, habla de ella en tono de chanza, asegurando que pronto estará de vuelta, pues no puede permanecer mucho tiempo ausente, y que él la hará volver en el momento que lo quiera o que necesite su presencia aquí. En una palabra, habla ese tipo como si Mabel fuera de cera en sus manos, y él pudiera hacer lo que le plazca con ella.»