Chapter 12
--No, ni una sola vez--contestó Hales, dirigiéndose luego a su esposa que acababa de entrar, para decirle que estaba ocupado con nosotros en una conversación reservada y pedirle que nos dejara solos, lo cual hizo inmediatamente.--Burton Blair era un hombre de carácter original--continuó, volviéndose a mí,--y siempre lo fue. No hubo nunca mejor marino que comiera carne de buey salada, que él. Era un espléndido navegante y verdaderamente intrépido. Conocía tan bien el Mediterráneo como otros hombres conocen la calle Cable, en Whitechaple, y su vida había estado llena de aventuras. Pero en tierra era un loco atolondrado. Recuerdo con cuánta dificultad escapamos una vez con vida de una pequeña ciudad de la costa de Argelia. Movido por un impulso travieso, le levantó el velo a una niña árabe que encontramos en el camino, y cuando ella gritó pidiendo auxilio, nosotros apenas tuvimos tiempo de escapar corriendo velozmente, les aseguro--y se rió con ganas al recordar sus travesuras en tierra.--Pero los dos pasamos momentos duros en Camarones y en los Andes. Yo era mayor que él y cuando lo conocí por primera vez no pude menos de reírme de lo que creía era ignorancia suya. Pero pronto me di cuenta que él había sacado doble provecho que yo de sus viajes y aventuras en el corto tiempo que llevaba de navegación, pues tenía una hábil destreza para desertar e internarse en los puntos que deseaba, siempre que se le ofrecía una oportunidad. Peleó en media docena de revoluciones en los países de Centro y Sud América y solía decirnos que, en cierta ocasión, los rebeldes de Guatemala lo habían elegido su ministro de comercio.
--Sí--confirmé yo--era un hombre muy notable en muchos conceptos con una historia muy notable también. Desde el principio hasta el fin su vida era un misterio, y es ese misterio el que trato ahora, después de su muerte, de descubrir.
--¡Ah! Pero temo que sea una tarea muy difícil la suya--respondió su viejo amigo, sacudiendo la cabeza.--Blair era en todo sumamente reservado. No permitió jamás que su mano derecha supiera lo que su izquierda hacía. Nunca podrá usted conseguir conocer a fondo toda su viveza e ingenio, o sus motivos. ¿Y no puede usted adivinar la razón que ha tenido para dejarle su secreto?--añadió, como si hubiese sido un pensamiento repentino.
--Lo ha hecho sólo por gratitud. Pude en cierta ocasión prestarle una pequeña ayuda.
--Lo sé. Me contó todo lo sucedido, diciéndome cómo ustedes dos habían puesto en el colegio a su hija para que terminara su educación. Pero--continuó,--Blair ha tenido algún motivo para dejarle a usted esa cifra ininteligible; puede estar seguro. El sabía muy bien que jamás obtendría solo su solución.
--¿Por qué?
--Porque otros, antes que usted, lo han intentado y fracasaron.
--¿Quiénes son ellos?--inquirí, con gran sorpresa.
--Uno es Dick Dawson. Si lo hubiera conseguido, habría ocupado el lugar de Blair, transformándose en millonario. Lo que hay es que no ha sido perspicaz, y el secreto pasó a nuestro amigo.
--Entonces, ¿usted no cree que yo pueda descubrir alguna vez la solución del enigma cifrado?
--No--contestó el anciano, con mucha franqueza,--no lo creo, ni se lo predigo tampoco. ¿Y qué es de su hija?--añadió.--Me parece que se llamaba Mabel, ¿no es así?
--Está en Londres y ha heredado toda la fortuna--respondí. Al oír esto, la cara arrugada del viejo se iluminó con una severa sonrisa, y observó:
--No hay duda, hará una espléndida conquista matrimonial. ¡Ah! si usted pudiera conseguir que le dijera todo lo que sabe, lo pondría en posesión del secreto de su padre.
--¡Qué! ¿acaso ella lo conoce?--exclamé.--¿Está usted seguro de eso?
--Lo estoy; ella sabe la verdad. Pregúnteselo.
--Lo haré--declaré yo.--¿Pero no puede usted decirnos qué clase de informes le dio a Blair esa noche que al fin lo volvió a encontrar?--le pregunté persuasivamente.
--No--replicó en un tono decisivo,--fue un asunto reservado, y debe seguir siéndolo. Mis servicios fueron recompensados, y en cuanto a mí me concierne, yo me he lavado las manos y nada tengo que hacer de él.
--Pero usted puede decirme algo respecto a esta extraña pesquisa de Blair; algo, quiero decir, que pueda ponerme en la senda de la solución del secreto.
--El secreto de cómo obtuvo su fortuna, dice usted, ¿eh?
--Por cierto.
--¡Ah! mi estimado señor, eso no lo descubrirá nunca, fíjese bien, aun cuando llegue a vivir hasta los cien años. Burton Blair se cuidó bien de ocultar eso a todo el mundo.
--Y estuvo muy bien ayudado por hombres como usted--le dije, con un tanto de impertinencia,--me temo.
--Tal vez, tal vez, sí--replicó rápidamente, con su cara enrojecida.--Le prometí guardar silencio y he cumplido mi promesa, porque la posición desahogada y confortable de que gozo ahora, la debo únicamente a su generosidad.
--Un millonario puede hacer cualquier cosa, ciertamente. Su dinero le asegura sus amigos.
--Amigos, sí--respondió el anciano, gravemente;--pero no felicidad. El pobre Burton Blair era uno de los hombres más desgraciados, estoy bien seguro de eso.
Yo sabía que hablaba la verdad. El millonario me había confesado muchas veces, en confianza, que había sido mucho más feliz en sus días de penurias y atolondradas aventuras allende los mares, que ahora que era propietario de la gran mansión de West End y de la primera posesión rural del condado de Herefordshire.
--Atención--exclamó Hales, de pronto, paseando su mirada penetrante de Reginaldo a mí y sucesivamente,--voy a hacerles una advertencia--y bajó la voz hasta convertirse casi en un débil murmullo.--Ustedes dicen que Dick Dawson ha vuelto. ¡Tengan cuidado con él! ¡Pueden apostar su cabeza, seguros de que ese hombre tiene malas intenciones! ¡Tengan, también, mucho cuidado de su hija; ella sabe más de lo que ustedes piensan.
--Nosotros abrigamos una ligera sospecha de que Blair no ha muerto de causas naturales--observé.
--¿Tienen ustedes recelos?--exclamó, sobresaltado.--¿Por qué creen eso?
--Las circunstancias han sido tan notables, que nos han hecho entrar en dudas--repliqué, y entonces pasé a explicarle el trágico fin de nuestro amigo y todo lo sucedido, como ya he tenido ocasión de referirlo.
--¿No sospechan ustedes nada de Dick Dawson?--preguntó ansiosamente el anciano.
--¿Por qué? ¿Tenía algún motivo para desear verse libre de nuestro amigo?
--¡Ah! Yo no sé. Dick es un cliente muy entretenido. Siempre lo tuvo bajo su dominio a Blair. Formaban una pareja muy notable; el uno surgiendo como millonario, y el otro viviendo en el extranjero, creo que en Italia, en el mayor secreto y retiro.
--Dawson debía tener algún motivo muy poderoso para permanecer tan oculto--observé.
--Porque se veía obligado a estarlo--contestó Hales, con un movimiento misterioso de cabeza.--Existían razones para que él no asomase a la luz su rostro. Yo mismo me quedo asombrado de ver cómo se ha atrevido ahora a mostrarse.
--¡Qué!--grité ansiosamente,--¿acaso lo necesita la policía?
--Me imagino que no recibiría con agrado la visita de cualquiera de esos caballeros escudriñadores de la Scotland Yard--contestó el anciano, después de cierta vacilación.--Recuerden ustedes que yo no hago ninguna acusación, absolutamente ninguna. Sin embargo, si intenta cometer alguna mala acción, pueden ustedes mencionarle, como de paso, que Enrique Hales vive todavía, y está pensando en venir a Londres para hacerle una visita matinal. Observen entonces el efecto que estas palabras producirán en él--y el anciano se rió, añadiendo:--¡Ah! señor Pájaro Dawson, me imagino que todavía tiene que arreglar sus cuentas conmigo.
--¿Entonces nos ayudará usted?--exclamé con vehemencia.--¿Puede usted salvar a Mabel Blair si quiere?
--Haré todo lo que pueda--fue la respuesta de Hales,--porque reconozco que se está tramando por alguna parte una ingeniosísima conspiración.--Luego, después de una corta pausa, durante la cual rellenó de tabaco su pipa, y con sus ojos fijos en mí pensativamente, añadió:--Hace un momento que ha dicho usted que Blair le ha legado su secreto, pero no me ha explicado los términos exactos de su testamento. ¿No decía nada sobre eso?
--En la cláusula en que me hace la donación, hay una extraña copla que dice:
_King Henry the Eighth_ _was a Knave to his queens,_ _He'd one short of seven_ _and nine or ten scenes!_
e insiste también en que oculte el secreto a todos los hombres, exactamente como él lo ha hecho. Pero, estando cifrado el secreto--añadí,--me será imposible conocerlo.
--¿Y no tiene la clave?--sonrió el viejo marino, de rostro endurecido por las inclemencias del mar.
--¡Ninguna... salvo que la clave esté oculta dentro de esa rima!--exclamé, ocurriéndoseme, por primera vez, este extraño y rápido pensamiento. Y de nuevo repetí en alta voz la copla. Sí, todas las cartas de juego que hay en ese paquete de naipes, están mencionadas en ella:
_King (rey), eight (ocho), Knave (sota),_ _Queen (reina), seven (siete),_ _nine (nueve), ten (diez)._
Mi corazón dio un salto. ¿Sería posible que arreglando las cartas en el orden siguiente pudiera leerse el registro?
¡Si era eso así, entonces el extraño secreto de Burton Blair era mío al fin!
Manifesté mi sorprendente y súbita idea, y la cara tostada del anciano se iluminó con una sonrisa triunfante, exclamando:
--Arregle las cartas y haga la prueba.
XX
LA LECTURA DEL REGISTRO
El sobre que encerraba en su seno las treinta y dos cartas, estaba en mi bolsillo, junto con la fotografía pegada al lienzo; por lo tanto, despejé la cuadrada y vieja mesa de roble, las saqué ansiosamente y las coloqué encima de ella, mientras Reginaldo y el anciano me miraban faltos de aliento.
--El primero mencionado en la rima es el rey--dije.--Pongamos los cuatro reyes juntos.
Una vez arreglados, coloqué los cuatro ochos, las cuatro sotas, las reinas, ases, nueves y dieces, en el orden que llevaban en la poesía.
Reginaldo fue más rápido que yo en leer la primera columna y declaró que era un enredo enteramente ininteligible. Luego leí yo, y, profundamente decepcionado, me vi obligado a confesar que, después de todo, allí no se encontraba la clave.
Sin embargo, recordé lo que mi amigo de Leicester me había explicado, advirtiendo cómo podía encontrarse en la primera letra de cada carta, leyendo consecutivamente una tras otra en todo el paquete, y traté, repetidas veces, de arreglarlas de una manera inteligible, pero no tuve ningún éxito. La cifra seguía tan confusa y enigmática como siempre.
Noches enteras había pasado con Reginaldo, tratando, en vano, de descubrir algo, pero siempre había sido inútil, pues no habíamos podido nunca descifrar ni una sola palabra.
Cambié las letras de arriba a abajo, pero el resultado fue el mismo.
--No--observó el anciano Hales,--todavía no ha conseguido encontrar lo que buscaba; pero estoy seguro, sin embargo, de que anda cerca. Esa copla da la clave, usted me lo ha hecho notar.
--Sinceramente creo que es así, pero la cuestión es descubrir el arreglo conveniente de las cartas--declaré agitado y sin aliento.
--Justamente--observó Reginaldo con tristeza.--En eso está la ingeniosidad de la cifra. Es tan sencilla, y, sin embargo, tan extraordinariamente complicada a su vez, que las posibles combinaciones que pueden hacerse con ella ascienden a millones. ¡Piensa en ello!
--Pero tenemos la rima, la cual, distintamente, nos indica su arreglo.--Y volví a repetir la copla.--Es bastante claro, y debíamos haberlo visto desde un principio--respondí.
--Entonces, pruebe con el rey de un palo, con el ocho de otro, la sota de otro... y así con los demás--indicó Hales, agachándose con vivo interés sobre las pequeñas cartas.
Sin pérdida de tiempo seguí su consejo, y cuidadosamente volví a colocarlas de la manera que había dicho. Pero de nuevo el resultado fue ininteligible, pues no fue más que un grupo de letras enigmáticas engañadoras y decepcionantes.
Recordé lo que mi amigo, perito en la materia, me había dicho, y mi corazón se abatió profundamente.
--¿No conoce usted, en efecto, los medios por los que puede resolverse el problema?--le pregunté al anciano señor Hales, pues se había apoderado de mí en ese momento la sospecha de que él los conocía bien.
--Le aseguro que no puedo decirle nada--fue su rápida réplica,--porque no los conozco. Sin embargo, a mí me parece que esa copla forma, de alguna manera, la clave. Intente otro arreglo de las cartas.
--¿Cuál? ¿Qué otro puedo probar?--pregunté confundido, pero él sólo sacudió la cabeza.
Reginaldo, con papel y lápiz en la mano, estaba tratando de descifrar y hacer comprensibles las letras por medios que varias veces había intentado yo, a saber: substituyendo la A por la B, la C por la D, y así todas las demás. Después probó añadir dos letras, luego tres, y más aún, con el fin de descubrir la clave, pero, como ya me había sucedido antes a mí, su trabajo fue enteramente perdido.
Mientras tanto, el anciano, que parecía manejar las cartas con demasiado interés, estaba, lo vi, tratando de volverlas a arreglar él solo, colocando su dedo sobre una, luego sobre otra y después sobre una tercera, como si hubiera sabido el arreglo concreto de ellas, y leyendo para sí el registro.
¡Tal vez era posible que estuviera en posesión de la clave del problema que teníamos allí desplegado, y que se estuviese enterando del secreto de Burton Blair, mientras nosotros permanecíamos ignorándolo!
De pronto, el anciano y enjuto marino se enderezó, y, mirándome, exclamó, con una sonrisa de triunfo:
--Mire, señor Greenwood; aquí hay cuatro palos, ¿no es verdad? Haga la prueba por orden alfabético: los bastos, copas, espadas y oros. Primero tome todos los bastos y arréglelos así: rey, ocho, sota, reina, as, siete, nueve, diez; luego las copas, y después los otros dos palos. Una vez terminado el arreglo vea lo que puede sacar de eso.
Ayudado por Reginaldo, procedí de nuevo a colocar sobre la mesa las cartas como me había indicado, y las arreglé, según la extraña rima, en cuatro columnas de ocho cartas cada una, por orden alfabético.
--¡Al fin!--gritó Reginaldo, casi fuera de sí de gozo.--¡Al fin! ¡Ya la tenemos, viejo! ¡Mira! Lee la primera letra de cada carta hasta abajo, una columna después de otra. ¿Qué es lo que deletreas?
Los tres estábamos sin poder respirar, y aparentemente el más agitado de todos era el viejo Hales, o, tal vez, nos había estado extraviando y fingiendo ignorancia. Había arreglado solo la primera fila, la de bastos, pero ya se leía lo siguiente:
Rey BONTDRNNCROAUIT
Ocho EITYGOJTAENNWNH
Sota TNHJENTYNDJOIDE
Reina WTESJTHFDTOLLTC
As EWJIWHEOEHNDLHR
Siete EHLXHEFUFEEEFEO
Nueve NEEPEFIRERWOIOS
Diez TRFARIFJNEINNLS
--La primera columna empieza con la palabra _Between_ (¡Entre!)--grité, contemplando atónito lo primero comprensible que había descubierto.
--¡Sí, y yo veo otras palabras en las demás columnas!--exclamó Reginaldo, arrebatándome, lleno de agitación, algunas de las cartas que yo tenía, y ayudándome a arreglar las otras filas.
Aquellos instantes han sido los más agitados, nerviosos y solemnes de mi vida. El gran secreto que había producido toda su fabulosa riqueza a Burton Blair, iba a quedar revelado para nosotros.
¡Podía convertirme en un millonario, como había sucedido con su difunto dueño!
Una vez arregladas todas las cartas en el orden correspondiente: las ocho de copas, las ocho de espadas y las ocho de oros debajo de las ocho de bastos, tomé un lápiz y escribí la primera letra de cada carta.
--¡Sí!--grité, casi fuera de mi razón y presa de la mayor excitación,--el arreglo es perfecto. ¡El secreto de Burton Blair está descubierto!
--¡Es una especie de registro!--exclamó Reginaldo.
Y empieza con las palabras: Entre el _Ponte del Diávolo_... ¡Este nombre es italiano, y supongo que querrá decir: ¡Puente del Diablo!
--El Puente del Diablo es un antiguo puente medioeval que hay cerca de Lucca--expliqué rápidamente, y luego recordé la cara grave del monje capuchino, que vivía en el silencioso monasterio próximo a dicho paraje. Pero en ese momento toda mi atención estaba dedicada a aclarar el enigma, y no tenía tiempo para reflexionar. La letra Y estaba colocada en algunos puntos en lugar del espacio, con el fin aparentemente de confundir, y así ocultar el secreto de cualquiera solución probable o casual.
Al fin, después de un cuarto de hora casi, porque algunas de las letras estaban bastante borradas, descubrí que el registro cifrado que había estado escribiendo era un extraño documento que contenía lo siguiente:
«Entre el Puente del Diablo y la punta donde el Serchio se une al Lima, sobre la orilla izquierda, a cuatrocientos cincuenta y seis pasos desde la base del puente donde el sol brilla sólo una hora el cinco de abril y dos horas el cinco de mayo, a mediodía, descended veinticuatro escalones, detrás de los cuales puede un hombre defenderse de cuatrocientos. Hay dos grandes rocas, una a cada lado. En una de ellas se encontrará grabada una vieja E. Bajad a la mano derecha y hallaréis lo que buscáis. Pero primero encontrad al anciano que vive en la casa de las Encrucijadas.»
--¿Qué significará todo esto?--observó Reginaldo, y, volviéndose al señor Hales, añadió:--La última parte se refiere a usted.--El anciano se rió intencionalmente, y comprendimos que sabía más de los asuntos de Blair, que lo que quería confesar.
--Significa que en ese estrecho y romántico valle de Serchio se halla escondido algún secreto, y estas son las instrucciones para descubrirlo--dije.--Conozco el tortuoso río y el punto exacto donde, a través de los siglos, el agua ha conseguido abrirse paso sobre un lecho rocalloso y profundo lleno de peñascos gigantescos, saltos torrentosos y hondas lagunas. Sobre este puente se cuentan muchas extrañas historias del diablo, asegurándose que fue él en persona quien lo construyó, con la condición de tomar para sí el primer ser viviente que pasase por él, y que fue un perro. En realidad--añadí,--el paraje es uno de los más agrestes y románticos de toda la campiña toscana. Es extraño, también, que a sólo tres millas del lugar indicado viva en el monasterio capuchino fray Antonio.
--¿Quién es fray Antonio?--preguntó Hales, quien contemplaba aún las cartas con toda atención.
Le expliqué, y el anciano se sonrió, pero yo conocí que en la descripción del monje había reconocido a uno de los amigos de Blair, de los años pasados.
--¿Quién habrá escrito este registro?--le interrogué.--Blair no ha sido, eso es evidente.
--No--fue su contestación.--Ahora que legalmente le pertenece, por donación de nuestro amigo, y que ha conseguido descifrarlo, puedo, también, contarle algo más sobre eso.
--Sí, hágalo--gritamos ansiosamente los dos.
--Bien entonces; voy a referir cómo fue--explicó el enjuto anciano, apresando el tabaco en su larga pipa.--Hace varios años que era yo primer piloto del buque «Annie Curtis», de la matrícula de Liverpool, ocupado en el comercio de frutas del Mediterráneo y que regularmente hacía sus viajes entre Nápoles, Esmirna, Barcelona, Argelia y Liverpool. Nuestra tripulación era mixta, pues se componía de ingleses, españoles e italianos, y entre estos últimos había un viejo llamado Bruno. Era un individuo misterioso, originario de la Calabria, y entre los demás tripulantes se susurraba que había sido el jefe de una célebre partida de bandidos, que había sembrado el terror en la parte más al Sud de Italia, la cual había sido recientemente exterminada por los carabineros. Los otros italianos lo conocían por el sobrenombre de Baffitone, que, según creo, quiere decir Bigotudo.
Era muy trabajador, casi no bebía, y, al parecer, era bastante educado, porque hablaba y escribía bien el inglés, y, además, siempre estaba atormentando a los demás para que le hicieran enigmas y cifras, a cuya solución se dedicaba en sus momentos de ocio. Un día, que era la conmemoración de una fiesta religiosa, lo cual fue motivo de excusa para los italianos, pues lo aprovecharon como festivo, lo encontré en el castillo de proa escribiendo algo en un pequeño paquete de cartas. Trató de ocultarme lo que estaba haciendo; pero, despertada mi curiosidad, noté en el acto cómo las había arreglado, y ese hecho mismo me demostró qué cifra tan notablemente ingeniosa había descubierto.
El anciano se calló un momento, como si vacilara referirnos toda la verdad del asunto. Al fin, después de encender su pipa con una astilla, reanudó su relación, diciendo:
--Abandoné el mar, volví aquí al lado de mi esposa y pasaron seis años sin que supiera nada del italiano, hasta que un día, con aspecto de un hombre de recursos y vestido con un traje nuevo y sombrero duro, también nuevo, se presentó a verme. Todavía estaba en el «Annie Curtis», pero como la barca se hallaba en dique seco, él, según me dijo, había querido bajar a tierra para andar de jarana. Permaneció aquí dos días, y con su pequeña máquina fotográfica, adquisición muy reciente, evidentemente, anduvo sacando toda clase de vistas, incluyendo la de esta casa.
Antes de ausentarse me hizo depositario de sus secretos y me declaró que lo que a bordo de la barca se había sospechado era cierto, pues no era otro que el célebre Poldo Pensi, el bandido cuya osadía y ferocidad habían sido años antes narradas en verso y prosa en Italia. Sin embargo, desde que su partida había sido totalmente destruida, habíase reformado, y en vez de sacar provecho de ciertos datos que había adquirido durante su vida de bandolero, trabajaba para ganarse su subsistencia a bordo de un buque inglés. Los datos, según me dijo, los había obtenido de un cierto Cardenal Sannini, del Vaticano, a quien él tuvo secuestrado para conseguir un buen rescate, y eran de una índole tal, que podía convertirse en hombre de fortuna el día que quisiera serlo; pero, dado que el Gobierno de su país había ofrecido un gran premio por su captura, había resuelto ocultar su identidad y recorrer los mares. También me manifestó la noche antes de irse, aquí en esta pieza, donde estábamos sentados fumando, que el secreto estaba archivado en forma de registro cifrado, pero de una naturaleza tal, que ninguno que lo descubriera podría leerlo sin poseer la clave de la cifra.
--¡Entonces fue aquí, en estas cartas, donde le dejó estampado el secreto!--grité, interrumpiéndolo.
--Justamente. El secreto del Cardenal Sannini, obtenido por el famoso bandido Poldo Pensi, cuya terrible partida de bandoleros devastó media Italia hace veinticinco años, y que obligó al mismo Papa Pío IX a pagarle tributo, está escrito aquí, como usted lo acaba de descifrar.
--¿Y Pensi ha muerto?--pregunté.
--¡Oh! sí. Murió y fue enterrado en el mar, cerca del puerto de Lisboa, antes de que Burton Blair tomara posesión de las cartas. El secreto, según mis seguros informes, le fue arrancado a la fuerza al Cardenal Sannini, que, al atravesar la desierta e inhospitalaria región entre Reggio y Gerace, fue preso por Pensi y su gavilla, llevado a su baluarte, pequeña aldea de la montaña, como a tres millas de Micastro, y allí retenido prisionero, para exigir un gran rescate a la Santa Sede. Por ciertas razones ignoradas, parece que el astuto y anciano Cardenal no deseaba que el Vaticano tuviera conocimiento de su captura; por lo tanto, impuso como condición de su libertad que revelaría un secreto notabilísimo, el secreto escrito en estas cartas, lo cual hizo, y Pensi lo puso entonces en libertad, cumpliendo el compromiso.
--Pero Sannini era uno de los cardenales más altamente colocados en Roma--exclamé.--A la muerte de Pío IX se creyó que sería nombrado su sucesor en el Pontificado.