Chapter 11
--Porque, querida niña, no me estás jugando limpio--fue su contestación arrogante y fría.--Has pensado que te habías librado para siempre de mí muy ingeniosamente, hasta que esta noche me he vuelto a presentar aquí, como ves, pronto, vamos... dispuesto a ser pensionado, ¿le llamaremos así? No creas que tengo el ánimo de permitir que me engañes esta vez; por lo tanto, dame el brazalete como primer pago, y no hablemos más. Y le tiró un manotón al brazo, que ella evitó, haciendo un rápido movimiento.
--No acepto--exclamó con una repentina y feroz determinación.--¡Ahora te conozco! Eres brutal e inhumano, sin una pizca de amor o estimación... un hombre de esos que por conseguir dinero es capaz de arrastrar al suicidio a una pobre mujer. Ahora que has salido libre de la cárcel tienes intención de vivir sobre mí: tu carta con esa proposición es suficiente prueba. Pero esta noche te declaro aquí que no conseguirás de mí ni un penique más de la suma que se te paga ahora todos los meses.
--Para sellar mis labios--interrumpió.--Y vi en sus negros ojos un relámpago maligno, criminal.
--No necesitas tenerlos sellados más tiempo--replicó de un modo abiertamente desafiador.--Yo misma voy a manifestar la verdad, y poner así fin a este brillante plan tuyo de chantaje. De consiguiente, creo que me has entendido ahora--añadió firmemente, con un valor que era admirable.
Reinó silencio entre ellos durante un momento, interrumpido sólo por el extraño grito de una lechuza.
--¿Entonces, esta es absolutamente tu decisión?--preguntó en voz dura, y noté que su rostro estaba blanco de ira y disgusto al reconocer que, si ella manifestaba la verdad y hacía frente a las consecuencias de su propia exposición, fuera ella lo que fuese, su poder sobre la joven quedaría destruido.
--Mi resolución está tomada. No temo ninguna revelación que puedas hacer concerniente a mí.
--De todos modos, dame ese brazalete--exigió salvajemente, apretando los dientes, agarrándola por un brazo y tratando a la fuerza de desprender el broche de la joya.
--¡Suéltame!--gritó.--¡Bruto! ¡Suéltame! ¿Vas a robarme, después de haberme insultado?
--¡Robarte!--murmuró, con una perversa expresión de odio desenfrenado en su grosera cara pálida.--¡Robarte!--silbó pronunciando un sucio juramento,--¡más que eso voy a hacer! ¡Voy a ponerte donde tu maldita lengua no vuelva a moverse más, y donde no podrás decir la verdad!
Y desgraciadamente, antes que yo pudiera conocer sus designios la tomó por las muñecas y, con un movimiento rápido, la obligó a retroceder tan violentamente contra el bajo parapeto del puente, que durante un momento estuvieron unidos en un abrazo de muerte.
Mabel gritó aterrada, al darse cuenta de sus intenciones, pero un instante después, con una vil imprecación, arrojola de espaldas por sobre la muralla, cayendo ruidosamente y desamparada al fondo de las profundas y obscuras aguas.
En el acto me abalancé a salvarla, mientras el criminal huía, pero ¡ay! era demasiado tarde, porque vi espantado, al escudriñar ansiosamente la obscuridad de aquel abismo, que la masa flotante de hielo la había cubierto, y había desaparecido completamente de la vista.
XVIII
LAS ENCRUCIJADAS DE OWSTON
El ruido de los pasos rápidos del asesino, al escapar por la sombría avenida en dirección al camino, sacome del desaliento en que estaba y me produjo una viva sensación de mi responsabilidad en presencia de aquello, y en el acto me quité el sobretodo y el saco, parándome después a mirar lleno de ansiedad la negra obscuridad de debajo del puente.
Aquellos segundos me parecieron horas, hasta que de pronto alcancé a ver en medio del río un bulto blanco, y sin un momento de vacilación me lancé al agua en su busca.
La impresión del agua fue muy dura, pero, felizmente, soy un fuerte nadador, y ni el intenso frío ni la fuerza de la corriente tuvieron mucho poder para impedir mi avance hacia donde estaba el cuerpo de la inconsciente niña. Después que la tomé, sin embargo, tuve que luchar terriblemente para evitar que me arrastrara hacia la curva, donde yo sabía que el río, unido a otro su afluente, se ensanchaba, y donde las probabilidades de efectuar el salvamento hubieran sido muy débiles.
Durante algunos minutos luché con todas mis fuerzas para conseguir mantener sobre la superficie la cabeza de la pobre niña inconsciente, sin embargo, era tan poderosa la corriente, con sus masas de hielo flotante, que toda resistencia parecía imposible, y ambos fuimos arrastrados cierta distancia río abajo, hasta que al fin, llamando en mi auxilio mis últimas fuerzas, conseguí salir del peligro con mi insensible carga y llegar a un banco de arena, donde pude sosteniendo una fiera lucha, saltar a tierra y arrastrar a la pobre niña sobre la orilla helada.
Muchos años antes había asistido por un tiempo a un curso de primeros auxilios, y recordé en aquel momento las instrucciones que había recibido entonces y me puse en el acto a trabajar para producir una respiración artificial. Era un trabajo pesado para hacerlo solo, con mis ropas mojadas adheridas a mi cuerpo, heladas y duras por el frío terrible; pero perseveré sin embargo, decidido, si posible era, a volverla a la vida, y esto lo conseguí felizmente media hora después.
Al principio no pudo pronunciar una palabra, y yo no la interrogué. Me bastaba saber que todavía estaba viva, porque cuando la traje a tierra creí que ya era inútil todo auxilio humano, y que el cobarde atentado de su vulgar amante había tenido éxito. Tiritaba y se estremecía de la cabeza a los pies, pues el viento de la noche cortaba como un cuchillo, y, al fin, por indicación mía, se puso de pie y, apoyándose pesadamente sobre mi brazo trató de caminar. La tentativa fue muy débil primero, pero luego aceleró algo el paso, y, sin mencionar ninguno de los dos lo que había sucedido, la conduje por la larga avenida hasta la casa. Una vez dentro, me manifestó que era innecesario llamar a la señora Gibbons, y en voz muy baja me imploró que callase todo lo que había presenciado. Tomó mi mano entre las suyas y la retuvo.
--Quiero que olvide usted, si es su voluntad hacerlo, todo lo que ha pasado--exclamó, profundamente ansiosa.--Ya que me siguió usted y oyó lo sucedido entre nosotros, quiero que considere que esas palabras no han sido jamás pronunciadas. Quiero que... que...--tartamudeó, y luego se calló sin concluir la frase.
--¿Qué es lo que desea que haga?--le pregunté después de un breve momento de penoso silencio.
--Quiero que me mire usted todavía con alguna estimación, como siempre lo ha hecho--murmuró, bañada en lágrimas,--porque no me gusta pensar que haya descendido en su aprecio. Recuerde que soy una mujer... y los impulsos e indiscreciones de una mujer pueden perdonarse.
--Usted no ha perdido absolutamente nada de mi estimación, Mabel--le aseguré.--Lo único que siento es que ese bribón haya cometido con usted ese terrible y ultrajante atentado. Pero ha sido una felicidad que la haya seguido, aun cuando creo que debo disculparme por haber asumido el carácter de espía.
--Me ha salvado la vida--contestó en un murmullo, al estrecharme la mano con afecto como dándome las gracias. Luego se deslizó veloz y silenciosamente por la gran escalera y perdiose de vista.
A la mañana siguiente se presentó en el comedor a la hora del almuerzo, sin que al parecer se notaran casi los estragos producidos por su peligrosa escapada de la muerte, siendo tal vez las únicas huellas visibles dos negros y grandes círculos alrededor de sus ojos, que daban a conocer su terrible ansiedad y su insomnio. Pero sin embargo charló alegremente, como si no hubiera tenido ninguna preocupación en el mundo por qué afligirse. Mientras Gibbons estuvo sirviéndonos, no pudo hablar con confianza, pero cuando sus ojos se fijaban en mi, su mirada estaba llena de expresión significativa.
Al fin, cuando terminamos, y juntos atravesamos el gran hall para volver a la biblioteca, le dije:
--¿Va a permitir que el desgraciado incidente de anoche pase inadvertido? Si lo hace, me temo que ese hombre pueda cometer otro atentado contra su vida. Será ciertamente mucho mejor que sepa, una vez por todas, que yo he sido testigo de su infame cobardía.
--No--respondió en voz baja y dolorida.--Le ruego que no discutamos eso. Debe pasar inadvertido.
--¿Por qué?
--Porque, si yo tratara de hacerlo castigar, él podría declarar algo... algo que deseo que permanezca siendo un secreto.
Yo sabía eso, y recordé cada palabra de aquella acalorada conversación nocturna. El bribón conocía algún secreto suyo, el cual temía ella que fuera revelado, pues debía ser deprimente y perjudicial.
¡Desde el principio hasta el fin era ciertamente un enigma de lo más notable y extraño! Desde la noche de invierno cuando la encontré caída a la orilla del camino real en Helpstone, hasta este mismo momento, se habían ido sucediendo y amontonando misterios sobre misterios, secretos sobre secretos, hasta que, con la muerte de Blair y el paquete de pequeñas cartas que tan curiosamente me había legado, el problema había asumido gigantescas proporciones.
--Ese hombre la hubiera asesinado, Mabel--exclamé.--¿Le tiene miedo?
--Sí, le tengo--contestó sencillamente, con su mirada fija a través del prado y del lejano parque, y suspiró.
--¿Pero no debería usted ahora asumir la defensiva en vista de que ese hombre ha intentado deliberadamente quitarle la vida?--le argumenté.--¡Su villana acción de anoche ha sido verdaderamente criminal!
--Lo ha sido--dijo con una voz hueca y confusa, volviendo sus ojos hacia mí.--No tenía la menor idea de su intención. Confieso que he venido aquí, porque me obligó a que viniera a tener una entrevista con él. Ha sabido la muerte de mi padre y comprende ahora que puede obtener dinero de mí; que tendré por fuerza que ceder a sus exigencias.
--Pero creo que me podrá decir su nombre, por lo menos--exclamé.
--Herberto Hales--contestó, no sin alguna vacilación. Después añadió:--Pero deseo, señor Greenwood, que me haga el favor de no mencionar otra vez este penoso asunto. ¿Usted no sabe cómo me trastorna cuanto depende del silencio de este hombre?
Se lo prometí, aun cuando antes hice los mayores esfuerzos para tratar de inducirla a que me diera algún indicio sobre la naturaleza del secreto que poseía este grosero campesino. Pero fue inflexible y se negó a decirme nada.
Que el secreto era algo que la afectaba a ella o a su honor, parecía evidente, porque cada vez que yo le indicaba que sería bueno obligar a ese hombre a que se enfrentara cara a cara con ella, se estremecía de terror a la sola idea de la espantosa revelación que en venganza podía hacer.
Cavilaba si ese documento, dedicado a ella solamente, escrito por el que no existía ya, y que había destruido la noche anterior, no tendría alguna conexión con el secreto de Herberto Hales. En verdad, cualquiera que fuese la índole de lo que ese hombre sabía, el hecho es que era tan poderoso su secreto, que la obligaba a venir de Londres para arreglar con él, si era posible, las condiciones.
Felizmente, empero, todos los moradores de Mayvill ignoraban por completo los acontecimientos de la noche anterior, y cuando a mediodía abandonamos la mansión, de regreso para Londres, Gibbons y su esposa nos despidieron en la puerta y nos desearon feliz viaje.
El mayordomo y su esposa creían, por cierto, que el objeto de nuestra rápida visita había sido registrar los efectos del muerto, y con la curiosidad natural de los sirvientes, ambos estaban deseosos de saber si habíamos descubierto algo de interés, aunque no podían interrogarnos directamente. La curiosidad aumenta cuanto mayor es la fidelidad y confianza que se tiene en un sirviente, hasta que este servidor, fiel y reservado generalmente, sabe tanto y conoce tan bien los asuntos de su amo o ama como ellos mismos. Burton Blair había tenido particular predilección por el matrimonio Gibbons, y casi parecía que éstos se consideraban menospreciados porque no se les informaba de todas las disposiciones del testamento de su difunto amo.
Nosotros sólo les participamos el legado de doscientas libras para cada uno que les había hecho Blair, lo cual les causó el más profundo placer.
Después de dejar a Mabel en la plaza Grosvenor y de despedirme de ella, me volví inmediatamente a la calle Great Russell, y me hallé con que Reginaldo acababa de volver de su negocio de la calle Cannon.
Procediendo en conformidad a la súplica de mi dulce y encantadora amiguita, no le dije nada sobre el desagradable y excitante incidente de la noche anterior. Todo lo que le conté fue el examen que habíamos hecho del escritorio de Blair y lo que habíamos descubierto en él.
--Debemos ir y ver esa casa de las Encrucijadas, creo yo--exclamó cuando hubo visto la fotografía.--De King's Cross a Doncaster es un viaje rápido; podemos ir y volver mañana mismo. Me interesa conocer la casa que anduvo Blair buscando por toda Inglaterra y por cuyo motivo, vagó meses y años hasta descubrirla. Esta fotografía debió venir a su poder--añadió entregándomela,--sin ningún nombre o indicio de su ubicación.
Estuve conforme con que debíamos ir y ver por nuestros propios ojos la misteriosa casa; por lo tanto, después de pasar una noche tranquila y agradable en el Devonshire, partimos al día siguiente para Yorkshire en el primer tren matinal. Cuando llegamos a la estación de Doncaster, a la cual nos dirigimos desde Londres sin parar, tomamos una volanta y nos encaminamos por el ancho camino real, cubierto de nieve, que atraviesa por Benttey, recorriendo unas seis millas o más, hasta que, después de orillar el parque de Owston, nos encontramos de pronto sobre las Encrucijadas, donde se levantaba la solitaria y vieja casa, tal como la fotografía la representaba.
Era un edificio antiguo y extraño, parecido a esas viejas casas de portazgo que se ven en los grabados de la antigüedad, sólo que le faltaba la vieja barra de hierro. Sin embargo, se conservaban todavía los postes del portón, y como durante la noche había caído una sábana de nieve, el aspecto que presentaba el paraje, era verdaderamente invernal y pintoresco. La vieja casa, con sus anchas chimeneas despidiendo humo, parecía que había sido ensanchada después de sacada la fotografía, porque en el ángulo derecho se levantaba una nueva ala de ladrillo colorado, que la transformaba en una morada confortable.
No obstante, al aproximarnos más a ella, viéndola surgir de la blanca planicie cubierta de nieve, sentimos que respiraba silenciosamente el ambiente de esa época olvidada, cuando las mensajerías de York y Londres pasaban por allí, los enmascarados caballeros de los caminos estaban escondidos en el bosque sombrío de abetos que se extendía más allá de los abiertos terrenos comunales de Kirkhouse Green, y los postillones no se cansaban de alabar aquellos maravillosos y célebres quesos en la vieja posada Bell, en Stilton.
Nuestro cochero pasó de largo, y como a un cuarto de milla del punto le hicimos parar, bajamos y retrocedimos a pie, ordenándole que nos esperara.
Llamamos a la puerta y nos abrió una anciana con gorra y adornos de cintas. Reginaldo, que asumió la parte de interlocutor, pidiole disculpa y le manifestó que habíamos ido pasando; pero que, habiendo notado por su exterior que era evidentemente una antigua casa de portazgo, no habíamos podido resistir al deseo de llamar y pedir que se nos permitiera verla por dentro.
--Sean ustedes bien venidos, caballeros--contestó la mujer, en su grosero dialecto de Yorkshire.--Es una casa vieja y les aseguro que han venido muchas personas a visitarla en los años que llevo de estar en ella.
A través de la pieza se veían las negras y viejas vigas con dos siglos de existencia, mientras en un rincón estaba la anticuada chimenea que presentaba un aspecto confortable y atrayente con su asiento de roble bien lustrado, y la gran olla hirviendo sobre el alegre fuego. El mobiliario había cambiado poco del que existía en aquella antigua época de los coches y mensajerías, pero el ambiente general que reinaba, era de abundancia y comodidad.
--¿Hace mucho tiempo que vive usted aquí?--preguntó Reginaldo, después que examinamos lo que nos rodeaba y vimos la ventanita triangular en el rincón de la chimenea, desde donde el guardián del portazgo podía antiguamente dominar con la vista muchas millas a lo largo del camino carretero que se extendía a través de los brezales.
--El próximo día de San Miguel hará veintitrés años que estoy aquí.
--¿Y su esposo?
--¡Oh! aquí está--rió la mujer, llamándolo luego:
--Ven, Enrique, ¿dónde estás?--y después añadió:--No se ha ausentado ni un día de aquí, desde que volvió a la patria hace dieciocho años y dejó el mar. Ambos somos muy apegados a esta vieja morada. Un poco solitario, podría decir la gente refiriéndose al paraje, pero a sólo una milla está Burghwallis.
Cuando le oímos mencionar que su esposo había vuelto del mar, los dos pusimos toda atención a sus palabras. Aquí era donde residía, evidentemente, el hombre que Burton Blair había buscado de una punta a la otra de Inglaterra.
XIX
EN EL QUE SE ENCUENTRA UN RASTRO
Se abrió una puerta y avanzó un hombre alto, flaco, viejo, de blancos cabellos y barba gris puntiaguda. Se conocía que se había retirado al llegar nosotros para cambiarse el saco, porque traía puesta una chaqueta azul plegada que tenía muy poco uso, pero cuyo cuello estaba torcido, demostrando que acababa en ese momento de ponérsela.
Su cara veíase surcada profundamente de grandes y rectas arrugas a través de su frente; era la fisonomía de un hombre que durante años había estado expuesto a los rigores e inclemencias del viento y del tiempo de diferentes climas.
Después de saludarnos, se rió alegremente cuando le explicamos nuestra admiración por las casas viejas. Les dijimos que éramos de Londres, y que las casas de portazgos, por su relación con el antiguo medio de locomoción en lo pasado, siempre nos encantaban.
--Sí, eran días muy agitados aquéllos--dijo en una voz más bien fina para aquel aspecto tan tosco.--Hoy el automóvil ha ocupado el lugar de la pintoresca diligencia y sus parejas de caballos, y pasan por aquí bebiéndose los vientos a toda hora del día y de la noche, haciendo resonar sus cornetas. Imaginarse semejante cosa en el mismo punto donde Claudio Duval[*] paró al Duque de Northumberland y galantemente escoltó después a lady María Percy hasta Selby.
[*Célebre salteador de caminos, de nacionalidad francesa, pero que fue joven a Inglaterra.]
El viejo parecía deplorar la desaparición de la buena época pasada, porque era uno de esos hombres que son conocidos como «de la vieja escuela», lleno de estrechos prejuicios contra toda nueva idea, ya fuera de medicina, religión o política, y declaró que, cuando él era joven, los hombres eran hombres y sabían sostener lo suyo con éxito en competencia con el extranjero, ya fuese en la paz del comercio o en el choque de las armas.
Nos dijo que su apellido era Hales, lo cual me produjo la mayor sorpresa, pues era el mismo del novio secreto de Mabel, y en el correr de la conversación supimos que había estado un buen número de años en el mar, principalmente en viajes comerciales por el Atlántico y por el Mediterráneo.
--Pero ahora parece que está usted muy confortable--observé, sonriendo;--tiene una casa cómoda y atrayente, una buena esposa y todo lo que puede hacerlo feliz.
--Dice usted bien--contestó, tomando una larga pipa de arcilla de sobre el morillo de la abierta chimenea.--Un hombre no necesita nada más. Estoy demasiado contento y desearía que todo el mundo en Yorkshire estuviera tan confortable como yo en este tiempo tan duro.
La anciana pareja parecía sentirse halagada por nuestra visita, y nos ofrecieron bondadosamente un vaso de cerveza fuerte.
--Es cerveza casera--declaró la señora Hales.--Las personas como nosotros no pueden darse el lujo de tener vino, pero pruébenla ustedes--insistió, y como nos vimos instados, tuvimos el gusto de encontrar una excusa para prolongar nuestra visita.
La anciana se fue a la cocina para traer vasos, y aprovechando esta circunstancia, Reginaldo se puso de pie, cerró rápidamente la puerta, y, volviéndose a Hales, le dijo en voz baja:
--Queremos conversar reservadamente con usted unos cinco minutos. ¿Reconoce usted ésto?--añadió, sacando la fotografía y poniéndosela por delante al anciano.
--¡Es mi casa!--exclamó sorprendido.--¿Pero qué hay con eso?
--Nada, salvo que debe usted contestar a mis preguntas. Son de la mayor importancia, y el objeto real de nuestra venida ha sido para poder hacérselas. Primero, ¿ha conocido usted un hombre llamado Blair, Burton Blair?
--¿Burton Blair?--repitió el anciano, apoyando sus manos en los brazos de su silla al inclinarse hacia adelante ansiosamente.--Sí; ¿por qué?
--Ese hombre descubrió un secreto, ¿verdad?
--Sí, por mi intermedio... e hizo millones debido a eso, según dicen.
--¿Cuándo fue la última vez que lo vio?
--Hará cinco o seis años.
--¿Cuándo al fin descubrió que vivía usted aquí?
--Eso es. Anduvo recorriendo todos los caminos de Inglaterra para encontrarme.
--¿Fue usted quien le dio esta fotografía?
--No, creo que la debió robar.
--¿Dónde lo conoció usted por primera vez?
--A bordo del Mary Clowle, en el puerto de Amberes. Era marino, como yo. ¿Pero por qué quiere usted saber todo esto?
--Porque--contestó Reginaldo,--Burton Blair ha muerto, y su secreto ha sido legado a mi amigo, el señor Gilberto Greenwood, aquí presente.
--¡Burton Blair ha muerto!--exclamó, poniéndose de un salto en pie, como si hubiera recibido una descarga eléctrica.--¡Burton ha muerto! ¿Lo sabe Dick Dawson?
--Sí, y está en Londres--repliqué.
--¡Ah!--exclamó con impaciencia, como si todos sus planes se hubieran trastornado por el conocimiento anticipado que tenía Dawson de la noticia.--¿Quién se lo ha dicho? ¿Cómo demonios lo ha sabido?
Tuve que confesar mi ignorancia al respecto, pero, en contestación a su pregunta, deploré el fin trágico e imprevisto de nuestro amigo, y le manifesté cómo había quedado en posesión del paquete de naipes, en los cuales estaba escrito el enigma cifrado.
--¿Tiene usted una idea de lo que en realidad era su secreto?--preguntó el viejo enjuto.--Quiero decir, ¿sabe usted de dónde provenía su gran fortuna?
--Nada sé, absolutamente nada. Tal vez usted pueda decirnos algo, ¿no es verdad?
--No--dijo,--no puedo. De pronto se hizo rico, aun cuando un mes o dos antes había andado vagando y muriéndose de necesidad. Me encontró, y yo le di ciertos informes, los cuales me recompensó muy bien después. Fueron estos informes, según me dijo, los que formaron la clave para el secreto.
--¿Nada tenían que ver con este paquete de cartas y la cifra?--le interrogué impacientemente.
--No sé, pues jamás he visto las cartas de que usted hace mención. Cuando llegó aquí una noche fría, estaba exhausto, muerto de hambre y completamente abatido. Le hice comer, le di una cama para que descansara y le dije todo lo que quería saber. A la mañana siguiente, con dinero que yo le presté, tomó el tren para Londres, y cuando volví a saber algo de él, fue por una carta en que me comunicaba que había pagado a mi orden al Banco del condado, en York, mil libras esterlinas, como habíamos convenido que sería la suma que me pagaría por mis informes. Y les aseguro, caballeros, que nadie se quedó más sorprendido que yo, cuando al día siguiente recibí una carta del Banco confirmando la de él. Después depositó en el mismo Banco todos los años, el primero de enero, una suma igual, como un pequeño regalo, según él decía.
--¿Entonces, usted no lo volvió a ver más después de esa noche en que consiguió al fin encontrarlo?