Chapter 10
--¿Sabe usted lo que es esto?
--No, no tengo la menor idea--respondí.--Debe ser algo que su papá cuidaba mucho. Parece muy gastada, como si alguien la hubiera llevado guardada en el bolsillo.
--Bien, entonces yo se lo diré--me dijo.--No tenía idea de que aún la conservara, pero creo que la ha guardado como un recuerdo de esos fatigosos viajes a pie del lejano pasado. Esta fotografía representa el sitio que andaba buscando por toda Inglaterra--añadió, conservándola todavía en su mano.--No tenía más que esta instantánea por guía, y, por lo tanto, nos vimos obligados a recorrer de arriba abajo todos los caminos reales del país, con el fin de encontrar el punto buscado. No fue hasta casi un año después que usted y el señor Seton tuvieron la generosidad de ponerme en la escuela, en Bournemouth, cuando mi padre consiguió descubrir lo que había andado buscando durante tres largos años, pues él siguió solo sus fatigosas excursiones. Una noche de verano consiguió, por fin, identificar las encrucijadas de Owston, y encontró viviendo en la casa a la persona que había buscado tan empeñosamente y con tanto sacrificio.
--Es curioso--exclamé yo.--Cuénteme más al respecto.
--Nada más hay que contar, salvo que, debido al descubrimiento de la casa, obtuvo la clave del secreto; a lo menos, eso es lo que yo le he entendido siempre que ha hablado de esto--contestó.--¡Ah! recuerdo bien aquellas interminables y cansadoras caminatas cuando niña; cómo recorríamos esos largos, blancos e inacabables caminos, con sol y con lluvia, envidiando a la gente que iba en coches y en carros, a hombres y mujeres que andaban en bicicletas, y, sin embargo, mi valor se sostenía siempre con las palabras de aliento de mi padre y su declaración de que algún día habíamos de poseer una gran fortuna. Esta fotografía la llevaba constantemente consigo, y en casi todas las encrucijadas la sacaba, examinaba el paisaje y lo comparaba, sin saber, por cierto, si la vieja casa había sido derribada después de sacada la instantánea.
--¿No le dijo nunca la razón que tenía para desear tan empeñosamente visitar esa casa?
--Solía decirme que el sujeto que vivía en ella, el mismo que tenía por costumbre sentarse en las tardes de verano en la silla colocada en el exterior de la casa, era su amigo, aun cuando hacía mucho tiempo que no se veían y éste ignoraba si mi padre vivía aún. Creo que habían sido amigos en el extranjero, cuando mi padre había andado navegando.
--¿Y la razón que tenía su papá para estos constantes viajes errantes era identificar dicho paraje?--exclamé, contento de haber aclarado al fin un punto, que, durante cinco años o más, había sido un verdadero misterio.
--Sí. Un mes después que hubo conseguido su anhelado objeto, vino a Bournemouth a verme, y me dijo en confianza que su dorado sueño de poseer una gran fortuna estaba próximo a realizarse. Había resuelto el problema, y dentro de una o dos semanas esperaba tener abundantes recursos. Casi inmediatamente después de esto desapareció, y estuvo ausente un mes, como usted recordará. Al cabo de ese tiempo volvió rico; tan rico, que usted y el señor Seton se quedaron enteramente confundidos. ¿No recuerda usted esa noche que estábamos en Helpstone, cuando salí por una semana de la escuela para estar con mi padre, porque acababa de volver de su viaje? Nos habíamos reunido todos después de la comida y mi pobre padre recordó la vez aquella en que también allí mismo nos habíamos congregado con otro objeto, cuando me enfermé en el camino y fui traída a la casa de ustedes. ¿Y no recuerda que el señor Seton pareció poner en duda la afirmación de mi padre, que declaró tener ya una fortuna de cincuenta mil libras?
--Lo recuerdo--repliqué, al encontrarse sus hermosos ojos puros con los míos.--Recuerdo bien cómo su padre nos dejó completamente confundidos cuando bajó y trajo su libro de cuentas de un banquero, que probaba tener un balance a su favor de cincuenta y cuatro mil libras esterlinas. Después de esto fue para nosotros un misterio más grande que nunca. Pero dígame--añadí en voz baja y ansiosa,--qué ha sido lo que ha descubierto esta noche que tanto la ha impresionado?
--Casi he encontrado la prueba de un hecho que durante años he temido que fuera cierto; un hecho que no sólo afecta la memoria de mi pobre padre, sino que también me afecta a mí. Estoy en peligro... sí, en peligro personal.
--¿Cómo?--le pregunté rápidamente, sin comprender el significado de sus palabras.--Recuerde que yo le prometí a su padre ser su protector.
--Lo sé, lo sé. Es mucha bondad la suya--dijo, mirándome agradecida con esos maravillosos ojos que siempre me habían tenido fascinado por el hechizo de su belleza.--Pero--añadió, sacudiendo tristemente su cabeza,--me temo que en esto sea usted impotente. Si el golpe cae, como tiene que suceder más tarde o más temprano, seré aplastada y quedaré perdida. No hay poder que pueda entonces salvarme; ni aun su fiel y noble amistad me servirá.
--Ciertamente, Mabel, que habla usted de una manera muy extraña. No la entiendo.
--Así lo creo--fue su contestación breve.--Usted no lo sabe todo. Si lo supiera, comprendería cuán arriesgada es mi posición y qué grande es el peligro que me amenaza.
Estaba de pie, inmóvil como una estatua, su mano apoyada en un ángulo del escritorio y sus ojos fijos en el alegre fuego.
--Si el peligro es tan grande y verdadero, creo que debo saberlo. ¡Estar prevenido es estar preparado!--le observé decisivamente.
--Es bien real y grande, pero como la confesión de mi padre ha sido sólo para mí, no puedo revelarla. Su secreto es mío.
--Ciertamente--respondí, aceptando su resolución, la cual era natural, dadas las circunstancias. No podía revelar las confidencias de su difunto padre.
Sin embargo, si lo hubiera hecho, ¡cuán diferente hubiese sido el curso de los acontecimientos! Indudablemente, la historia de Burton Blair era una de las más extrañas y románticas que había sido dado a un hombre referir, y las extrañas circunstancias que ocurrieron después de su muerte, fueron, ciertamente, más notables y enigmáticas aún. Todo el asunto, desde el principio hasta el fin, era un enigma completo.
Más tarde, cuando Mabel se hubo tranquilizado algo más, concluimos nuestro trabajo de investigación, pero descubrimos muy poca cosa de interés fuera de varias cartas en italiano, sin fecha ni firma, a pesar de que eran, evidentemente, de puño y letra de Dick Dawson, el amigo... o enemigo, del millonario. Leyéndolas, encontré que era la correspondencia de una relación íntima, que participaba de la fortuna de Blair y le ayudaba secretamente en la adquisición de sus riquezas. Se mencionaba mucho en ellas «el secreto», y descubrí también repetidas advertencias sobre que no debía revelar nada del particular a Reginaldo ni a mí.
En una carta hallé este párrafo en italiano:
«Su hija se está transformando en una verdadera dama. Espero que algún día será condesa, o tal vez duquesa. Sé, por su parte, que Mabel, a su vez, está convirtiéndose en una muy linda joven; y pienso que usted debería, dados su posición y nombre, hacerle contraer un buen enlace. Pero conozco cuán anticuadas son sus ideas al respecto, pues es usted de los que creen que una mujer debe casarse sólo por amor.»
La lectura de estas cartas dejó impreso vívidamente en mí un hecho decisivo, y fue: que si el tal Dawson participaba secretamente de la fortuna de Blair, no tenía necesidad ciertamente de obtener su secreto por medios infames, puesto que lo conocía.
El reloj de la caballeriza dio las doce antes que Mabel llamara a la señora Gibbons, y el esposo de ésta viniese también en seguida, trayéndome un reconfortante whisky y un poco de agua caliente.
Mi pequeña y linda compañera me estrechó alegremente la mano, deseándome buenas noches, y después se retiró, acompañada por el ama de llaves, mientras Gibbons se quedó mezclando mi bebida.
--Triste cosa, señor, lo que le ha sucedido a nuestro pobre amo--se arriesgó a decir el bien enseñado servidor, que toda su vida la había pasado al servicio de los anteriores propietarios.--Me temo que la pobre y joven señorita sienta demasiado el peso de su desgracia.
--Lo siente demasiado, Gibbons--respondí, tomando un cigarrillo y quedándome de pie con la espalda hacia el fuego.--Era una hija muy amante y dedicada a su padre.
--Ahora es la dueña de todo, según nos ha dicho el señor Ford cuando estuvo aquí, hace unos tres días.
--Sí, todo es de ella--le dije;--y espero que usted y su esposa la servirán tan fielmente y tan bien como lo han hecho con su padre.
--Trataremos de hacerlo, señor--fue la respuesta del grave servidor, de cabello gris.--Todos la quieren mucho a la señorita, que es hoy nuestra joven ama. Es muy buena con todos los sirvientes.
Luego, como yo permaneciera silencioso, colocó preparada sobre la mesa mi luz, me hizo un saludo y diome las buenas noches.
Cerró la puerta al salir, y entonces quedé solo en esa gran pieza antigua y silenciosa, donde las movibles llamas proyectaban extrañas sombras y luces en los puntos obscuros, y el viejo y alto reloj Chippendale marchaba tan solemnemente como lo había hecho durante un siglo.
Después de tomar mi bebida caliente, me acerqué de nuevo al escritorio de mi amigo muerto, y lo examiné cuidadosamente para ver si tenía algunos cajones secretos. Lo sometí a un registro metódico, pero como no pude encontrar ninguna cavidad insospechada o botón oculto, después de echar una última mirada a esa fotografía que había hecho andar a Blair vagando extenuado durante meses y años para identificarla, apagué las lámparas y cruzando el gran hall antiguo, con sus armaduras de pie que parecían conjurar visiones de caballeros espectrales, subí a mi pieza.
El brillante fuego le daba a la vieja estancia, con sus colgaduras fúnebres, un aspecto alegre y confortable que contrastaba con la fuerte helada exterior, y no teniendo deseos de dormir todavía, me eché en una silla de brazos y senteme a reflexionar profundamente.
De nuevo el reloj de la caballeriza dio la hora, la media, y creo que después debí dormitar un rato, porque me desperté súbitamente al sentir unos leves pasos furtivos sobre el bruñido piso de roble delante de mi puerta. Escuché, y oí distintamente que alguien se deslizaba suavemente y bajaba por la gran escalera, que crujía muy despacio.
El extraño aspecto de aquella vieja mansión y sus muchas históricas tradiciones produjeron en mí algunos recelos, según parece, pues me encontré pensando en robos, ladrones y visitantes nocturnos. Otra vez me puse a escuchar con toda atención. ¡Quizá no era más que un sirviente, después de todo! Sin embargo, cuando miré mi cronómetro y vi que faltaba un cuarto para las dos, en el acto quedó descartada de mi mente la idea de que los sirvientes no estuvieran ya descansando.
De pronto, en la pieza que quedaba debajo de la mía, oí claramente un ruido lento, áspero y desapacible. Luego, todo volvió a quedar en silencio.
Sin embargo, como unos tres minutos después, me pareció oír un vago murmullo de voces, y entonces, apagando rápidamente la luz, corrí una de las pesadas cortinas de mi habitación, y miré hacia afuera, viendo, con gran sorpresa, dos figuras que cruzaban el prado dirigiéndose hacia el bosque de arbustos.
La luna estaba algo oculta por las nubes, pero a la luz opaca y nebulosa que esparcía, pude distinguir que aquellas dos figuras eran un hombre y una mujer. A él me fue imposible reconocerlo de espaldas; pero el porte y el modo de caminar de su compañera, al encaminarse con paso apresurado hacia el sombrío círculo de obscuros y desnudos árboles, me eran muy familiares.
Aquella era Mabel Blair. El secreto estaba descubierto. Su repentino deseo de venir a Mayvill había sido con el fin de celebrar una entrevista a media noche.
XVII
QUE SE REFIERE PURAMENTE A UN DESCONOCIDO
Sin un momento de vacilación me puse mi sobretodo, cubrí mi cabeza con un gorro de golf y bajé a la pieza que quedaba debajo de la mía, donde encontré abierta una de las grandes ventanas, y por ella salí rápidamente al enarenado camino.
Tenía la intención de descubrir el motivo de esta entrevista nocturna y la identidad de su compañero, que debía ser evidentemente algún novio secreto cuya existencia nos había ocultado a todos. Pero, seguirla derecho a través del prado iluminado por los rayos de la luna, era hacerse descubrir en el acto. Por lo tanto, me vi obligado a dar una vuelta circular y tortuosa, buscando siempre el amparo de las sombras, hasta que al fin llegué al bosque de arbustos, donde me paré y me puse a escuchar ansiosamente.
Allí no se oía más que el suave crujido de las ramas y el triste gemido del viento. Un lejano tren cruzaba el valle, y en algún lugar de la aldea próxima ladraba un perro. No pude, sin embargo, distinguir voces humanas. Lentamente me abrí paso a través de las hojas caídas hasta que hube orillado todo el bosque, y entonces saqué la consecuencia de que debían haberlo cruzado por alguna senda extraviada y luego haber penetrado en el parque.
Mi marcha se hacía más difícil, porque la luna no estaba lo suficientemente cubierta por las nubes para que mis movimientos hubieran quedado protegidos por las sombras, y temía dar a conocer mi presencia si salía a campo abierto.
Pero el proceder de Mabel de venir aquí a verse con este hombre, fuera quien fuera, me llenaba de confusión y embarazo. ¿Por qué no se veía en Londres con él?--cavilaba yo.--¿Sería tan poco presentable este novio, que su aparición en Londres fuese cosa imposible? No es raro ni tampoco una novedad que una niña de buena cuna se enamore del hijo de un labrador, como no lo es que un caballero ame a una campesina.
Muchas niñas bonitas de Londres sienten en la actualidad una secreta admiración por algún joven gañán o un caballerizo buen mozo de la posesión de su padre, encerrándose la gravedad de este amor no declarado en la completa imposibilidad de su realización.
Siendo todo ojos y oídos, continué mi marcha, sacando la mayor ventaja posible de la sombra, pero parecía que había tomado una dirección diferente de la que yo había creído, dado que habían partido casi cinco minutos antes que yo.
Al fin conseguí llegar a la relativa obscuridad que proyectaba la vieja avenida de hayas que conducía directamente a la casa del guarda sobre el camino de Dilwyn, y proseguí a lo largo de ella como cerca de media milla, cuando de pronto mi corazón saltó de alegría, porque delante de mí distinguí a los dos que iban a la par conversando animadamente.
Mis celos e ira se despertaron en el acto al ver aquello, y temiendo que pudieran oír mis pasos sobre el camino cubierto de dura nieve, me deslicé detrás de los árboles y tomé por encima del césped del parque, consiguiendo pronto aproximarme casi a la par de ellos sin hacer ruido ni atraer su atención.
Cuando llegaron al viejo puente de piedra a través del río, que formaba la salida del lago, se pararon, y yo, ocultándome detrás de un árbol, pude entonces, a la luz de la luna, que felizmente había adquirido mayor brillo, ver bien las facciones del misterioso compañero de Mabel. Juzgué que debía tener alrededor de veintiocho años, y me pareció un hombre vulgar, mal educado, de nariz chata y ancha y cabellos amarillos, cuya figura pesada, apoyado como estaba contra el bajo parapeto, era indudablemente la de un agricultor. Su cara era de facciones duras y prematuramente curtida, mientras el corte de su traje era de ese tipo marcado de «confección» hecha en la sastrería-emporio de las ciudades provincianas. El sombrero duro de fieltro lo tenía un poco inclinado a un lado, como acostumbran llevarlo en sus paseos de domingo los dandys de barrio y los mozos campesinos.
Por lo que pude observar, me pareció que la trataba con extraordinario desdén y gran familiaridad, hablándole de «tú» y encendiendo en su presencia un cigarrillo ordinario, mientras ella, por su parte, no parecía estar muy tranquila, como si hubiera asistido, más bien obligada, que por su gusto.
Se había abrigado confortablemente con una gruesa capa de lana y una bien ajustada gorra con visera, la cual, traída sobre la frente y los ojos, medio ocultaba sus facciones.
--Realmente, Herberto, no puedo comprender el objeto que persigues--la oí argumentarle.--¿De qué beneficio posible te puede ser semejante acción?
--De mucho--contestó el hombre, añadiendo en una voz grosera y ruda, que llevaba impresa la inenarrable marca del lenguaje inculto del paisano.--Lo que digo lo haré. Tú sabes bien eso, ¿no es así?
--Por cierto--contestó.--Pero ¿por qué me tratas de esta manera? Piensa en el peligro a que me expongo viniendo a verte aquí de noche. ¿Qué pensaría la gente si lo supiera?
--¡Qué me importa a mí de lo que pueda pensar la gente!--exclamó con indiferencia.--Tú has conseguido, no hay duda, guardar las apariencias... pero yo no, felizmente.
--Pero ¿no es verdad que no harás lo que dices en tono de amenaza?--le preguntó, en una voz de verdadero tenor.--Recuerda que nuestros secretos son mutuos. Yo jamás te he descubierto... ni poco ni mucho.
--No lo has hecho, porque sabías cuál sería el resultado, en ese caso--rió con desprecio.--Nunca he confiado en la palabra de una mujer... aseguro que nunca. Ahora que ha muerto el viejo, eres rica, y yo quiero dinero--añadió decisivamente.
--Pero todavía no tengo nada--replicó.
--¿Y cuándo vas a tenerlo?
--No sé. Antes hay que cumplir con todas las formalidades legales; así me lo ha dicho el señor Greenwood.
--¡Oh! ¡maldito sea Greenwood!--estalló el sujeto.--Dicen que siempre está en Londres contigo; pídele a él, entonces, que te haga dar por los abogados un poco de dinero. Puedes manifestarle que estás apurada, pues tienes que pagar unas cuentas, o alguna otra cosa por el estilo. Cualquier mentira será buena para él.
--Imposible, Herberto--contestó, tratando de mantenerse serena.--Debes tener paciencia y esperar.
--¡Oh, sí, ya sé!--gritó.--Dime que soy bueno y fiel como un perro y todas esas cosas; pero debes saber que para mí no es esa clase de juego... ¿me entiendes? No tengo dinero, y debo... mejor dicho, preciso alguno ahora... en el acto... esta misma noche.
--Te digo que no tengo nada--declaró.
--Pero tienes una buena cantidad de joyas, vajilla de plata y otras chucherías. Dame algo de eso, que yo mañana puedo venderlo fácilmente en Hereford. ¿Dónde tienes ese brazalete de diamantes, el que me mostrate, que te regaló el viejo en tu último cumpleaños?
--Aquí--replicó, y, alzando su muñeca, mostró la hermosa joya de diamantes y zafires que su padre le había obsequiado, de un valor, por lo muy bajo, de doscientas libras esterlinas.
--Dame esto, entonces--exclamó.--Me durará un día o dos hasta que me consigas dinero.
Ella vaciló, dando a conocer que no estaba dispuesta a acceder a semejante petición, y más especialmente cuando el brazalete era el regalo último que le había hecho su padre. Sin embargo, al repetir aquel hombre su exigencia en un tono más amenazador, quedó de manifiesto que su influencia era suprema, y que en sus manos sin escrúpulos se veía tan desamparada como una pobre criatura.
La situación fue para mí una verdadera revelación. Sólo pude sospechar que era el resultado de un inocente «flirteo» antes de que la fortuna la hubiera sonreído, lo cual había hecho que se desarrollara en aquel hombre vulgar una gran arrogancia, tratando de imponerse sobre su buen natural; y después, viendo que era generosa y tierna, había asumido esta actitud de dominio sobre sus actos. Es muy difícil poder seguir el curso de los pensamientos y modo de ser del campesino.
En la Inglaterra rural de hoy en día existe muy poca gratitud sincera de los pobres hacia los ricos, y llega a tal grado, que en los distritos de campo, casi no se aprecia el don de la caridad, mientras la gente rica se va cansando de sus esfuerzos por agradar o mejorar la condición del pueblo. El campesino moderno, aun cuando muy honrado en sus tratos y negocios con los de su clase, no puede resistir a la tentación de ser inmoral cuando vende sus productos o su trabajo al hombre de fortuna. Parece que forma parte de su religión sacar, sea por medios lícitos o ilícitos, todo lo que pueda, del caballero, y luego injuriarlo en la cervecería de la aldea y burlarse de él, presentándolo como un tonto que se deja engañar de esa manera. Por mucho que sienta tener que declararlo, sin embargo, todo esto es una amarga y evidente verdad, pues la inmoralidad y el engaño son en la actualidad los dos rasgos más notables de la vida en las aldeas inglesas.
Estaba parado, inmóvil y atónito, escuchando esa extraña conversación entre la hija del millonario y su amante secreto.
La arrogancia de aquel hombre me hacía hervir la sangre. Más de una docena de veces, cuando la despreciaba insultándola, o luego la adulaba, para después amenazarla, y por fin aparentaba un afecto repelente, me sentí impelido por el deseo de abalanzarme sobre él y darle una buena y sana lección. Pero contuve mi mano, debido a que reconocí que en este asunto, en vista de su gravedad, sólo podría ayudar a Mabel permaneciendo escondido y utilizando lo que sabía en favor de ella.
Sin duda Mabel se había creído, en su inexperiencia juvenil, enamorada de ese hombre, pero ahora el horror de la situación se le presentaba en toda su vívida realidad y se veía envuelta y pillada sin esperanza. Probablemente había acudido a la cita alimentando la vana ilusión de ver si podía desembarazarse de su peligrosa posición; pero el hombre a quien llamaba Herberto descubrió pronto que él era el dueño de todos los honores en la partida empeñada.
--Vamos--le dijo al fin, en su grosero lenguaje,--si es verdad que no tienes dinero, dame el brazalete y asunto concluido. No creo que queramos pasar aquí toda la noche esperando, pues tengo que estar mañana temprano en Hereford. Cuanto menos se hable, será mejor.
La vi temblar de terror, blanca hasta los labios, encogiéndose como para evitar su contacto.
--¡Ah! Herberto, es demasiada crueldad la tuya--dijo llorando,--demasiada crueldad... después de todo lo que he hecho para ayudarte. ¿No tienes lástima, no tienes... compasión?
--No, no tengo ninguna--aulló.--Quiero dinero, y debo obtenerlo. Me tienes que pagar mil libras en el término de una semana... ¿has oído?
--¿Pero cómo puedo hacer eso? Espera y más tarde te daré esa suma, te lo prometo.
--Te digo que no voy a dejarme engañar más--gritó furioso.--He manifestado que quiero el dinero, porque de otro modo, voy a hacer público todo. ¿Entonces adonde vas a ir a parar, eh?--Y se rió de una manera dura y triunfante, mientras ella retrocedía pálida, aterrada y sin aliento.
Apreté los puños de ira, y hasta hoy me asombro cómo pude dominarme para no saltar de mi escondite y arrojar por el suelo a ese impudente campesino. Hubiera sido capaz en aquel momento de dejarlo muerto en el sitio.
--¡Ah!--gritó ella, con sus manos juntas, tendidas hacia él en actitud de súplica,--seguramente que no tienes la intención de hacer lo que dices, no es posible que pienses en semejante cosa, no; ¡no puedes hacerlo! Me librarás, me ahorrarás ese sufrimiento, ¿no es cierto? ¡Prométemelo!
--No, no te lo ahorraré, salvo que me pagues bien--fue su brutal respuesta.
--Lo haré, sí, lo haré--le aseguró en voz enronquecida, en una voz de una mujer eminentemente desesperada, aterrorizada, temerosa de ver descubierto algún terrible secreto suyo.
--¡Ah!--exclamó con desprecio, encogiendo el labio,--una vez me trataste con desdén, porque te considerabas una gran dama, pero yo voy ahora a vengarme, como vas a verlo. Eres en este momento dueña de una gran fortuna, y te declaro abiertamente que tengo intención de que la repartas conmigo. Procede como te parezca mejor, pero recuerda lo que significará para ti el negarte a hacerlo: ¡la exposición!
--¡Ah!--gritó ella desesperadamente,--¡esta noche te has revelado bajo tu verdadera faz! ¡Bruto! ¡me perderías, sin el menor remordimiento!