El Tesoro de Gastón: Novela

Part 8

Chapter 83,944 wordsPublic domain

Gastón lo aprobaba todo, aunque enterándose menudamente: nunca discípulo preguntó más, ni escuchó con mayor atención á un maestro. Como si sufriese el ascendiente de la inteligencia y el contagio de la actividad del Alcalde, poco á poco había ido tomando la costumbre de trabajar con él primero una hora, luego hasta tres, sin prescindir por eso de las expediciones y los correteos á pie y en pollino, acompañando á Florita. En las horas de despacho ahondaba en lo que le importaba mucho, pertrechándose á fin de realizar el indispensable y urgente viaje á Madrid, en que debía consultarse con un abogado de fama y pelear con Uñasín cuerpo á cuerpo. Don Cipriano le amaestraba, le ponía los puntos sobre las ies, le hacía fijarse especialmente en las mil vueltas que jurídicamente cabe dar á una misma cuestión. Las cataratas se le caían al señorito de Landrey. No sólo iba viendo la explotación de que era víctima, sino el tejido fuerte y mañoso de la red en que le envolvían, y el modo de romper las mallas y sacar fuera la cabeza para respirar y las manos para concluir de rasgar la odiosa prisión. Y constituía la nota cómica la indignación de Lourido al demostrar las arterias y habilidades de Uñasín. Sus exclamaciones podrían traducirse de esta manera:

--¡Lástima no habérseme ocurrido esa treta á mí! ¡Buen golpe para que lo diese el presente maragato!

Cuando Gastón se creyó impuesto en todo lo necesario, dejó á Telma guardando el castillo y salió hacia Madrid, donde esperaba no perder tiempo. Florita, desde su marcha, guardó un retraimiento absoluto; economizó más de una fanega de harina, por lo que dejó de empolvarse; otorgó treguas á su hermoso pelo rubio, no martirizándolo con las tenacillas; aflojó tres dedos el corsé; se dió tono anticipado de viudita noble, y hasta se prestó á acompañar á la iglesia, muy de velo á la cara, á su hermana Concha, organizadora de una espléndida novena, con gozos, á la Patrona de la Puebla. Allí tuvo el gusto de mirar con fisga á Antonia Rojas, que concurría á la novena todas las tardes y que aparecía algo descolorida y menos animada que de costumbre.

[Ilustración]

XIII

El aro de oro

Poco más de un mes estuvo en Madrid Gastón, y la tarde en que regresó, al ver á Telma que había salido á esperarle, la abrazó con tanto cariño, que la vieja sirviente se deshizo en llanto. El señorito venía muy diferente: ¡qué formal, qué aplomado, qué hombre!

Al otro día de la llegada, Gastón empezó á dar órdenes para arreglar las habitaciones del castillo y reparar lo que era más urgente que se reparase. Los muebles de comodidad, las ropas, el ajuar todo, llegarían en breve por el ferrocarril: Gastón levantaba su apeadero de Madrid y se traía el mobiliario: además había adquirido muchas cosas, no de lujo, pero necesarias. Albañiles y carpinteros empezaron á arreglar los techos y pisos del Pazo y de la capilla, cerrada desde tiempo inmemorial, en cuyo magnífico retablo barroco anidaban las palomas y las golondrinas, y en cuyo púlpito se guarecía una tribu de ratones.

Corrió una semana, y como Gastón no hubiese bajado á la Puebla, ni dado señales de existir para la familia de don Cipriano, Florita, que se engalanaba todos los días inútilmente, tuvo un ataque de nervios y un soponcio, y el Alcalde, caballero en su yegua, subió lleno de inquietud la calzada pedregosa. Recibióle Gastón con afabilidad, celebró que se le hubiese ocurrido venir, y le obsequió con vino y bizcochos; después se encerraron los dos en el aposento que el señorito de Landrey empezaba á utilizar para despacho, instalando en él estantes con libros y papeles y una mesa ministro. La encerrona duró más de dos horas, y al cabo de ellas salió Lourido en un estado digno de lástima: desemblantado, mortecino de ojos, gacho de orejas, hasta temblón de manos; y Telma, que corrió á ordenar que le trajesen la yegua á la puerta del Pazo y le tuviesen el estribo, notó que dos ó tres veces volvía la cabeza el Alcalde y miraba atrás crispando los puños, como el que quiere comerse con la vista y el deseo á algo ó á alguien...

[Ilustración]

Dos días después--era domingo--Miguelito, que se entretenía en botar al agua una lucida escuadrilla de barcos de papel en el pilón de la fuente, sintió que unas manos se le apoyaban sobre los ojos, y una voz le decía:

--¿Quién soy?

--¡Gastón, Gastón!--chilló el niño desprendiéndose y volando hacia la casa.--¡Mamá! ¡Está aquí Gastón!

Antonia Rojas tardó poco en aparecer: Gastón la saludó con efusiva alegría, y la miró á la cara fija, larga y tiernamente, encontrándola desmejorada y delgada, como persona que ha sufrido.

--¿Ha estado usted enferma?--preguntó afanosamente el señorito de Landrey, dirigiéndose al sitio donde acostumbraban charlar, á los asientos cerca de la fuente.

--Enferma, no...--respondió débilmente Antonia, que sin embargo hablaba con voz quebrantada y tenía apagada la claridad de sus hermosos ojos y el antes vivo carmín de su encendida boca.--Es un poco de debilidad, ó yo qué sé... En resumen, nada. Vamos á ver, hábleme usted de sus asuntos... Vuelve usted de Madrid... Supongo que ha arreglado algo... No habrá perdido el tiempo...

--¡Antonia, Antonia!--respondió Gastón que parecía enajenado.--Sí, lo he perdido... He perdido todo el tiempo que transcurrió entre este día y aquel en que usted me desterró de su casa... He perdido todo el tiempo que no pasé cerca de usted..., pero he de enmendarme ¡vive el cielo! y ahora será preciso que usted me permita estar á su lado... por... por largos años... ¿Quiere usted?

La palidez de Antonia se convirtió en un rubor vivísimo; cayó sobre sus ojos garzos la cortina sedosa de sus párpados, y sólo la agitación de su seno respondió á la apasionada pregunta del señorito de Landrey.

Rehaciéndose al fin, pudo articular no sin mucha confusión y vergüenza:

--No entiendo... ¿De qué se trata? ¡No creo que pague mi amistad con una ofensa ni con una chanza de mal gusto!

--¿De qué se trata? ¡De que si antes me alejó usted por evitar que nuestra amistad escandalizase á estas buenas gentes, hay un medio de que mi presencia aquí, en vez de escandalizar, edifique! ¡De que todos la comprendan, la aprueben y la envidien quizás!... Antonia, ¡cuánto tiempo hace que sabe usted lo que ahora está oyendo!

La viuda, con poderoso esfuerzo, se serenaba completamente. Sin necesidad de poner la mano sobre el corazón, había aquietado sus latidos mediante uno de esos actos de voluntad, cuyo secreto poseen las naturalezas enérgicas y resignadas á la vez. Su animosa y franca sonrisa volvió á jugar en la boca expansiva y grande y en los ojos garzos que se fijaron tranquilamente en los de Gastón, candentes de entusiasmo y de brío juvenil. Y revelando en su voz calma y dignidad, contestó despacio:

--Hace tiempo que sé que usted... ha visto en mí algo más... ó algo menos que una amiga... y por eso le rogué que no menudease las visitas, y, últimamente... es decir, mucho antes del viaje... que las suprimiese por completo. Aun cuando usted no demostrase... tanta complacencia en venir, le hubiese rogado lo mismo, por mil razones de prudencia. Pero... después de que usted, á ruegos míos, se alejó de aquí... ¡han sucedido muchas cosas!

--¿Á usted, Antonia?--interrogó Gastón con ansiedad.

--Á mí, no. Yo he seguido mi vida de siempre. Á usted...

--Es cierto,--declaró él tranquilizado.--Mi suerte ha cambiado por completo de faz, y á usted lo debo, ¡Antonia del alma! Me creía pobre, arruinado, hasta cargado con deudas mayores que mi haber... y gracias á sus discretos consejos, á sus sabias lecciones, me encuentro dueño de gran parte de ese caudal que juzgaba perdido, y lo que es mejor, libre de trampas y ahogos, sin depender de nadie para nada. Esto sólo ya sería deber á usted un beneficio inmenso... ¡Pues falta lo mejor, el mayor bien que usted me ha dispensado! Yo era un hombre inútil, un ocioso vividor, que si no tenía los instintos del vicio, había adquirido los hábitos de disipación que conducen á él insensiblemente. Usted me ha despertado, me ha iluminado y me ha hecho reflexionar sobre mi propio destino. Me he visto y me he avergonzado de verme. Me he comparado con usted y me he sonrojado de quererla valiendo tan poco. Me he propuesto merecerla á usted cambiando de vida y de costumbres. Hoy podría volver á mis antiguas mañas; con lo que he salvado del naufragio tengo para reingresar en las filas de la vagancia elegante. En vez de hacerlo, me vengo á Landrey á restaurar la vieja casa de mi familia, no por vanidad, sino para conseguir, ayudado de usted, practicar el consejo de mi madre, y ser solamente depositario de mi riqueza...

[Ilustración]

Escuchaba Antonia con la mirada brillante, los labios entreabiertos como para beber el maná de aquellas deliciosas palabras: su expresión era de felicidad profunda, incontrastable. Sin embargo, un pensamiento que cruzó por sus ojos los oscureció repentinamente. Afirmando con trabajo la voz que la emoción enronquecía, preguntó:

--¿Cómo ha salvado usted su hacienda? Deseo saberlo. ¿De qué medios se ha valido usted para poner á Lourido suave como un guante?

Algo confuso, Gastón se preparó á entonar el _mea culpa_.

--Antonia, voy á ser con usted enteramente leal... porque ya la considero á usted como á mi propia conciencia... Cuando la pedí su parecer y usted me trazó con tanto acierto mi línea de conducta, al pronto me sentí un poco chafado... sí, chafado, es la verdad... viendo que una mujer me daba tal lección... Puede ser que este mal sentimiento no durase un minuto, si usted no me ordena, á renglón seguido, que no aportase por aquí... Esta orden, ¡cuyas razones comprendo! hirió mi amor propio: yo creía que usted debía sentir algo por mí, aunque sólo fuese una amistad tierna... y tanta entereza y tanta frialdad me irritaron... En fin, salí de aquí contrariado y con ganas de hacer á usted sufrir en su vanidad de mujer... para averiguar si me quería un poco... ¡Ya ve si hay en mí fondo de tontería y de malos instintos!... Me propuse que usted rabiase... y al mismo tiempo... ¡que me tuviese por listo y por mozo de muchas camándulas! ¿No se ríe usted? Pues lo cuento para que se ría, no para que se contriste...

--No me puedo reir,--murmuró Antonia.

--Bastante castigo me impone usted con eso... Abreviando: me metí en casa de Lourido mañana y tarde, y mientras el padre empezaba á desenredar las trapisondas de allá, y me imponía de cómo era fácil salir de la trampa en que había caído, la hija... se figuró... se persuadió de que...

--¡De que usted se casaba con ella!--prorrumpió Antonia como á su pesar y no acertando á reprimirse.--Y lo pensó todo el país, y se dió por hecha la boda...

--¡Antonia,--afirmó Gastón seriamente,--mi falta no es tan grande como usted supone!... Ahora conozco que no procedí con entera caballerosidad, y que no todos los medios son buenos para empleados; indudablemente, si Lourido no se imaginase que yo pretendía á su hija, no se tomaría el interés extraordinario que se tomó en arreglar mis asuntos...

--Esté usted cierto de ello. Usted tuvo la triste habilidad de engañar á ese bribón y también á su hija, á una mujer... Ahí está un consejo que yo no le había dado.

--¡Es usted severa y cruel!... Antonia, puede usted creerme bajo palabra de honor; no he dicho jamás á Flora una palabra ni de amores, ni de casamiento. Lisonjas, bromas, piropos, tonterías, acompañarla, sí; otra cosa, no ciertamente. Esa familia, desde el punto y hora en que me vió y supo mi ruina, que para ellos era todavía prosperidad, soñó que me casase con Flora, y su obcecación se explica; todo lo convirtieron en substancia.--Reconociendo que estaba en deuda con don Cipriano de las enseñanzas que me dió y de la labor fina que hizo para romper la telaraña de Uñasín, le he firmado en un barbecho sus cuentas, que en menor escala eran dignas de las del otro, ¡una gazapera! y en el acto de firmarlas, como he enajenado fincas y tengo dinero disponible, le he pagado duro sobre duro los seis mil que se lleva de _bóbilis_... Además, pienso enviar á Concha un relicario y á Flora un bonito brazalete... ¡que no es el de esponsales, porque ese... ese, aquí lo tengo! y le pido á usted que sea buena y lo acepte en seguida ¡en prueba de que me perdona!

Con un movimiento gracioso, Antonia rechazó el delgado aro de oro en que se engastaba una gruesa perla, y contestó tratando de disimular lo vivo de sus sentimientos:

--Gastón, no hay resolución impremeditada que no se llore después... Deme usted tiempo de reflexionar, y de reflexionar á solas, consultándome á mí misma... Algún castigo merece la travesura de usted con Flora... Le impongo ocho días de extrañamiento. Vuelva usted el domingo que viene...

[Ilustración]

--¡Qué barbaridad!--gritó Gastón.--¡Ocho días! Antonia, no voy á tener paciencia... ¿Por qué me sujeta usted á tal cuarentena, si se ha conmovido usted al verme entrar en el jardín? ¡Se ha conmovido usted! ¡Lo he visto! Y nada; como es usted una cabeza de hierro, no valdrá que yo pida misericordia...

--No valdría,--respondió Antonia dulcemente.--Es preciso que conozca usted bien mis defectos, y se convenza de mi testarudez. Así no irá engañado.

--Pero me voy á aburrir mucho,--declaró Gastón.

--La gente sensata y laboriosa no se aburre jamás,--dijo sonriendo ella.

--Pues á lo menos,--imploró Gastón viendo al niño que se acercaba dando vueltas á una cuerda que hacía restallar como un látigo,--hágame usted un favor muy grande... Envíeme mañana á Miguelito á pasar conmigo el día... Le prometo á usted que no le mimaré ni le levantaré de cascos... Le daré de comer cosas sanas... Cuidaré mucho de que no se rompa la cabeza en los escombros... ¿me promete enviármele?

--Bien, irá Miguelito... No me le vuelva loco...--exclamó festivamente la madre.

[Ilustración]

XIV

Miguelito

Loco ya, pero de contento, llegó el niño á Landrey á cosa de las once, acompañado de Colasa, encargada también de recogerle antes del anochecer, y á quien Gastón hizo extensivo el convite, encomendando á Telma que la obsequiase cumplidamente. Á medio día se sirvió el almuerzo, y Miguelito, estimulado por la caminata y la novedad, lo encontró todo de ángeles; fué preciso que Gastón le contuviese, para que el festín no parase en cólico. Después de comer recorrieron las habitaciones del Pazo y las ruinas del castillo, sin olvidar la vetusta torre en que se conocieron, y donde Gastón, en un arranque de sensibilidad, besó al niño subiéndole en brazos; mas como las tardes de verano son largas, y Gastón deseaba que su convidado no se aburriese un minuto, preguntóle:

--¿Qué quieres hacer ahora? ¿Quieres pasear? ¿Quieres que volvamos á casa, á ver las estampas del álbum?

--Quería,--declaró misteriosamente Miguel,--buscar el nido de la comadreja. Sé dónde está, y mamá no me deja volver allí, porque las piedras resbalan mucho.

--¿Es junto al río?

--En el mismo río... Tú no tienes miedo, ¿eh?

--No, mi vida... ¿Y tú, yendo conmigo, tampoco lo tendrás?

--¡Buena gana! Sin tí no lo tengo... ¡figúrate los dos! Mira, llevemos palos... las piedras resbalan,--repitió Miguel, que en realidad sentía una especie de terror atractivo al pensar en el resbaladero.

Preparáronse á la expedición, y Gastón guardó en el bolsillo pastas y un vaso, para merendar y refrigerarse á orillas del río. Echaron á andar con buen ánimo, pero ni uno ni otro sabían el camino, y al primer chicuelo aldeano que encontraron le comprometieron á que sirviese de guía para llevarles al sitio, llamado, según informes de Miguel, _o Paso da cova_,--el Paso de la cueva.--El muchacho, que se dedicaba á apacentar unas mansas vaquitas, se ofreció á ponerles en dirección del río, volviéndose después, por no separarse del ganado. Orientóles en efecto, y Gastón comprendió que ya no necesitaba más, pues la bajada al río no ofrecía dificultad seria, y una vez en la orilla, todo se reducía á seguir derecho, hasta llegar al resbaladero famoso.

No era difícil la bajada al río, en el sentido de que se veía por donde realizarla; mas lo empinado y agrio del monte hacía el sendero casi impracticable: equivalía á despeñarse cabeza abajo, y la seca rama de los pinos, llamada en el país _espinallo_, aumentaba el riesgo, haciendo resbaladiza la estrecha vereda, buena sólo para las cabras, si allí las hubiese, que no las hay. Miguelito reía á carcajadas, agarrándose á Gastón que le sostenía cuidadosamente; y la risa se convirtió en convulsión cuando el señorito de Landrey, en uno de los sitios más peliagudos, cayó de espaldas, sentado, y se levantó todo cubierto de _espinallo_, sacudiéndose y exagerando la queja, para que el chico exagerase la alegría...

Cuando llegaron á la margen del río, no por eso fué la empresa menos ardua. Al contrario: por allí no había camino practicable, ni estrecho ni ancho, ni malo ni bueno, y era preciso saltar por cima de agudos pedruscos, ó abrirse paso difícilmente entre carrascas y aliagas que picaban las piernas. En algunos sitios, lo tajado de la orilla y la estrechez del lugar en donde con gran trabajo se podía sentar la planta, ocasionaban verdadero peligro, y Gastón, temeroso de una desgracia, tomaba á Miguelito en brazos y le obligaba, á pesar de su resistencia, á dejarse conducir fuera del atolladero. El chico protestaba, jurando que por allí había pasado él con su madre, los dos á pie, y «divinamente.» Llegaron á un sitio tan propio para romperse las vértebras, que Gastón sentía impulsos de desandar lo andado y enviar enhoramala la expedición y el _Paso da cova_, donde, después de todo, no habría más que unas lajas resbaladizas como si de jabón las untasen; pero el chico era tan resuelto defensor de que se terminase la hazaña gloriosamente, y Gastón se sentía ya tan padrazo, que no hubo remedio sino salvar, medio á gatas, el sitio empecatado, del cual salieron con las manos arañadas y sangrientas. Al verse fuera del apuro, Gastón, respirando, miró alrededor, é hizo un movimiento de sorpresa, notando algo como involuntario y oscuro estremecimiento de todo su ser.

Hallábanse en un lugar donde, ensanchándose de pronto el álveo del río, disminuye en profundidad y es vadeable, caso raro en los ríos de Galicia. El agua clara y tranquila descubre el lecho de arena, y baña suavemente un trozo de pradería natural, tendido á ambos lados del escarpe del monte. Á la otra margen, Gastón veía el principio de un sendero, no pendiente y agrio como el que habían seguido para bajar, sino asaz cómodo y practicable, que se perdía entre los pinares de la montaña. Pero lo que más impresionaba al señorito de Landrey, era notar que, á sus espaldas, sobre una ladera escarpadísima, casi cortada á pico, descollaba una torre que conoció: era la de la _Reina mora_. Estaban debajo del vetusto torreón, tan á plomo con él, que una piedra lanzada de las ventanas hubiese podido caerles sobre la cabeza; y sin embargo, por aquel lado la torre era absolutamente inaccesible: querer subir por el tajo á pico sería como intentar asirse á una lisa pared de acero. Los que sitiasen á Landrey no era posible ni que intentasen el asalto del torreón por donde cae al río.

¿Por qué se destacó en el espíritu de Gastón esta idea con extremada lucidez? ¿Por qué la recibió como se recibe á un huésped que afanosamente esperamos? Al pronto ni lo supo él mismo. Un aturdimiento singular, especie de mareo del entendimiento, le dominaba; y como entre sueños, al través del zumbido de la sangre agolpándose á sus sienes, oía la voz del niño.

--Aquí es,--decía.--Qué bonito, ¿eh? Pero no hay resbaladero, ¿sabes? porque hoy el río va más crecido y cubre las lajas... que son atroces de lisas... Dijo mamá cuando estuvimos aquí, que esas lajas no las puso Dios, sino que las colocó la gente para cruzar á pie enjuto, y que deben de tener mil años, por lo gastadísimas que están... ¡Vén, anda! que te enseñaré el _Paso da cova_ y el nidal de la comadreja...

[Ilustración]

No eran ya las sienes; era el corazón, era todo el cuerpo de Gastón lo que se agitaba como saturado de azogue... La idea inicial había sido llamada por las otras, que acudieron con la rapidez propia de su inmaterialidad; y agrupándose como un haz de rayos lumínicos, produjeron la claridad viva que en aquel instante deslumbraba y enloquecía al señorito de Landrey... Las palabras del manuscrito de don Martín rodaban por su cerebro á guisa de olas encrespadas: «Si guiado por el Norte siguieres el camino de los antiguos en peligro de muerte...» Allí, allí estaba «el camino de los antiguos;» por allí los defensores de Landrey podían no sólo bajar á la corriente á surtirse de agua, sino escapar, desvanecerse como el humo cuando les amenazasen los sitiadores, cruzando el río por las lajas colocadas á mano, y perdiéndose en el sendero del otro lado de la montaña cubierto de robles y pinos... ¡La mina, la mina! ¡El tesoro!

--Vén, te enseñaré donde he visto esconderse la comadreja,--repetía el niño, tirando de la mano á Gastón, que embobado se dejó arrastrar.

Orientóse Miguelito con ese acierto topográfico que distingue á los niños, cuya retentiva fresca no pierde un detalle, y empezó á desviar los brezos y los renuevos de roble que revestían la base del escarpe, descubriendo un sitio en que sólo su mirada avizor podría adivinar la boca de una cueva,--orificio angosto, cegado por desplomes de tierra y piedras, entre las cuales surgía recia y lozana vegetación, disimulando perfectamente la entrada y haciendo hasta dudoso que tal abertura fuese otra cosa sino madriguera de los tejones y las _martas_, abundantes en aquel país.--Pero Gastón no dudaba; era la boca de la mina militar del castillo de Landrey, y la emoción le empapaba las sienes en sudor helado y le hacía temblar las piernas...

[Ilustración]

Calló: no era posible confiar tal secreto á Miguelito. Cuando, ya anochecido, habiendo regresado los dos á Landrey, lo entregó á Colasa que se proponía, viéndole muerto de sueño y de cansancio, llevarle á cuestas hasta Sadorio, Gastón, al despedirse del chico, le dió un abrazo largo, largo, vehemente, y entre dientes murmuró, al estrecharle:

--¡Criatura, que Dios te bendiga!

Aquella noche no durmió Gastón; literalmente no concilió el sueño cinco minutos; y sin embargo, una especie de fiebre le causó raras alucinaciones. Cerrando los ojos se representó á la Comendadora con sus hábitos y á don Martín, con su casaca y su calzón corto, que armados de antorchas le alumbraban por las vueltas y recovecos de medroso subterráneo... Al amanecer, ya estaba pidiendo á Telma un ligero desayuno, provisión de fiambres y las herramientas de los albañiles, que éstos solían dejar en un cesto de esparto, por no llevarlas y traerlas todos los días; además se surtió de una azada, una pala y de un «guadaño» para segar la maleza. Encargó á Telma el sigilo y que diese á los albañiles dinero en pago de sus herramientas, que supondrían perdidas, y con paso ágil, bajó como la víspera, sin que esta vez las asperezas y escabrosidades del sendero le pareciesen tantas; ó por decir toda la verdad, sin que su enajenamiento le diese lugar á reparar en ellas. Descendía como desciende la piedra, por su propio impulso y sin percibir los obstáculos que la podrían detener. En media hora recorrió el trayecto que el día anterior les había costado á Miguelito y á él, adoptando mil precauciones, cerca de una.--Al verse ante la boca de la cueva, detúvose y reflexionó.

¿Á dónde podía conducir la mina? Sin duda á las fundaciones de la torre, en que Gastón, «guiado por el Norte,» esperaba encontrar el tesoro. Mas Gastón recordaba que debajo de la torre había realizado un registro inútil, hallando una especie de mazmorra subterránea, en que ni las paredes sonaban á hueco, ni se veían rastros de comunicación, puerta, escalera, ni argolla alguna. ¿Iría la mina á perderse en el seno de la montaña? ¿Sería mina siquiera?