El Tesoro de Gastón: Novela

Part 7

Chapter 73,974 wordsPublic domain

--No le disculpa á usted eso. Antes me parece que le acusa más. Sobre disipador, ha sido usted neciamente confiado. No ha querido usted molestarse ni en saber á quién entregaba sus intereses y consagrar á vigilarlos ni una hora de las que perdía en sus vacíos goces. Los bribones nacen espontáneamente al lado de los abandonados como usted. Si no le hubiesen pelado á usted Uñasín y Lourido, le pelarían otros que se llamarían de otra manera: diferencia única. Y no me diga usted que le faltó buen consejo, Gastón... porque lo tuvo usted tan bueno, que no cabe otro mejor; y á no haberse usted olvidado de las palabras de su madre, de que la fortuna se nos da como en depósito... hoy sería usted un hombre feliz, rico y con la conciencia tranquila; sería usted... óigalo bien, Gastón, porque esta frase me parece que lo dice todo... un _administrador de Dios_... que es lo que hay que ser, y lo demás, ¡patarata!

Radiante luz penetraba en el espíritu de Gastón, que casi sentía impulsos de arrodillarse y de herirse el pecho con el puño cerrado. Podía todo aquello mortificarle un poco, pero... ¡qué gran verdad encerraba! Antonia, perspicaz al fin como mujer, notó muy bien el efecto de la homilía, y se dilató su rostro.

--Si aspira usted á restaurar la riqueza de Landrey para volver á tirarla por el balcón, no tengo fe en los consejos que le voy á dar: recaerá usted en la miseria, y quién sabe si en la deshonra. Antes de rehacer el caudal, que es cosa externa, rehágase usted por dentro: me parece lo más urgente. Si se ha de cambiar su porvenir, cambie usted, transfórmese en otro hombre...

--Creo que tiene usted razón, Antonia,--exclamó el señor de Landrey con entusiasmo.--Conozco que he sido... un trasto; ¡francamente! Deseo regenerarme... pero no podré si usted no me ayuda. Estoy muy solo: nadie me quiere; á nadie le importa de mí... Esto no lo había notado hasta hoy; vivía en un vértigo, y aturdido no comprendía el vacío de mi alma. Ahora conozco que me falta sostén y calor... Si usted no me tiende la mano, Antonia, usted que es tan fuerte, tan derecha, tan valiente... no haré nada; me echaré al surco.

La viuda de Sarmiento se encendió de emoción; pero fué como el paso fugaz de una nube roja sobre un tranquilo cielo. Pesando sus palabras, cuya importancia conocía, respondió serenamente:

--Si entiende por tender la mano lo que estoy haciendo... ya la tiene usted tendida. Pero de esa puerta afuera,--y señaló á la de la verja,--es usted el que tiene que valerse. ¿No es usted hombre? ¿No ha de poder un hombre recoger sus fuerzas y su voluntad y cumplir un propósito? Si yo no fuera mujer, me asociaría á usted para trabajar juntos en la restauración de Landrey; hasta me divertiría la empresa. Su delicadeza de usted debe hacerle comprender que no puedo en esta ocasión olvidar la reserva propia de las faldas. Ni aun como consultora me gustaría que, en lo sucesivo, acudiese usted á mí. Le queda á usted trazada una línea de conducta, ó mucho me engaño, ó puede seguirla solo. ¿Qué, no será usted capaz de remediarse? Porque entonces...

--¿Y esa línea de conducta?--murmuró él con tierna sumisión.

--Ya lo sabe usted; volverse del revés como un guante. Era usted gastador y ha de ser económico; era usted confiado, y ha de ser receloso; era usted dormilón, y ha de ser madrugador; era usted perezoso, y ha de ser activo; era usted un vago, y ha de trabajar diez horas diarias, papelear, hacer números, sepultarse en las cuentas hasta el cogote... No ha de fiar usted á nadie sus asuntos, y no ha de perder ni un día en caprichos. El venir aquí es capricho también. Pase hoy, porque hablamos de cosas serias; mas si le ocurre jugar al picadero con Miguelito, yo no he de prestarme á ello. ¡Usted ya no es dueño de un minuto!

--Pero, Antonia,--objetó Gastón con humorismo,--lo que me aconseja usted estaría en carácter si yo tuviese aún millones que administrar. Los que me despojaron me quitaron esas ansias. Á fe que bien libre me encuentro.

--Ese es el error,--exclamó Antonia--No hay semejante ruina. Lo que han hecho es embrollarle de mala manera sus asuntos; desean comérsele hasta los huesos; pero apostaría lo que no tengo á que si usted se lo propone, los desembrolla. Usted mismo reconoce que no ha podido gastar, de ningún modo, lo que le da por invertido el peje de Uñasín. Si se cruza usted de brazos, claro es que acabarán por llevárselo todo. ¿Quiere oir lo que yo haría en su caso?

--Como que he de acatar á ciegas lo que usted disponga,--declaró Gastón, que se sentía revivir.

--Pues halague usted á Lourido; déle á entender que conseguirá cuanto desee; y únicamente pídale luz para desenredar lo de Madrid. Sírvase de un bribón contra otro bribón. Esto es lícito, y como no se trata de hacer ninguna picardía... Lourido es hombre que oye crecer la hierba; posee gran aptitud para los negocios; en otro campo que la Puebla, tendríamos en él á uno de esos reyes de la banca, que sudan oro. Utilice usted á Lourido para meter al de Madrid en cintura. Estudie con Lourido el problema, y cuando se empape bien en las doctrinas de ese maestro, (para el caso presente es que ni de encargo), haga usted la maleta y váyase á Madrid á empezar á devanar el ovillo. Después de poner orden allá, puede dedicarse á lo de aquí. Á Landrey, hoy por hoy, debe usted mirarlo como cosa secundaria.

--Á todo esto, Antonia,--interrogó Gastón que había bebido ávidamente las palabras de la viuda,--no me dice usted nada de... lo principal.

--¿Á qué llama usted lo principal?

--Al tesoro.

--¿Lo principal el tesoro? ¡Ay Dios mío! Me temo que desde hace media hora estoy predicando en desierto.

--¿Cree usted que el tesoro es una patraña? Dígalo en seguida... y no pensaré en él más.

--Mi opinión,--respondió Antonia pausadamente,--es que el tesoro existe.

--¡Ah!--gritó Gastón, viendo ya relucir el oro y fulgurar las pedrerías.

--¡Que existe... y que no debe usted buscarlo!

--¿Cómo es eso?--interrogó Gastón sorprendidísimo, aunque iba acostumbrándose á la originalidad de su consejera y amiga.

--Verá... Primero le diré por qué supongo que existe el tesoro. No cabe ni dudar que existía cuando su bisabuelo de usted escribió el documento y trazó el plano encerrado en la caja de plata. Un padre no engaña á su hija querida desde el lecho de muerte. El relato de doña Catalina tampoco es quimera de su imaginación debilitada por la edad: lo que le contó á usted está de acuerdo con lo que sabe Telma y consta por tradición,--la quema de papeles, el desafecto de don Martín á su hijo, su preferencia por la hija que le acompañaba.--Desde que eso sucedió han pasado sesenta años, y ha estado el castillo en poder de mayordomos y caseros. Ninguno de ellos se ha hecho millonario ni ha derrochado caudales: luego ninguno ha descubierto el tesoro...

--¿Y Lourido?--interrumpió Gastón.

--Ya llegamos á Lourido... Verdad que pasa aquí por rico, y lo es hasta cierto punto, porque chupó como una sanguijuela los bienes de la casa y prestó á réditos, y compró á desprecio explotando á los infelices; pero así y todo, la riqueza de Lourido es riqueza de aldea, la hemos visto crecer y sabemos de dónde procede: si hubiese encontrado el tesoro prosperaría de golpe, y se marcharía de aquí, porque su mujer y su hija Flora rabian por volar á otras esferas... ¡Tampoco Lourido ha encontrado el tesoro, aunque bien lo buscó!...

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--¿Que lo ha buscado?--preguntó Gastón estremeciéndose al ver confirmadas sus sospechas.

--Ya lo creo... Yo trato poco á lo que aquí se llama _señorío_, pero hablo muchísimo con los aldeanos... y ellos, á su manera, todo lo husmean y todo lo saben. En esta comarca, el secreto del tesoro es un secreto á voces. Lourido ha practicado varias excavaciones ocultamente, y las gentes piensan que lo que busca son las joyas que la Reina mora llevó al sepulcro. Me he reído de esas joyas y de la credulidad de los labriegos mil veces, porque no sabía lo que usted acaba de confiarme. Hoy comprendo que Lourido tenía olfato. Que por ahora nada consiguió encontrar, me lo prueba además otra razón: el empeño que demuestra en hacerse con el castillo de Landrey. Dueño del castillo, lo arrasará y no parará hasta acertar con el tesoro, que le trae loco de codicia.

--Bien, Antonia; todo eso está divinamente deducido, lo que no parece es la razón de que yo no realice, en uso de mi derecho, lo que no consiguió Lourido,--exclamó Gastón respirando.

--La razón... ¡Ay! ¡y qué empedernido está usted; qué difícil va á ser que usted se enmiende!--declaró la viuda con pena y hasta con cierto tedio, que mortificó á su amigo.--La razón es que el tesoro supone para usted lo desconocido y lo fantástico, el golpe de varilla de las comedias de magia, la suerte que nos coge dormiditos y nos echa encima los bienes como podría echarnos un cubo de agua... ¡Valiente gracia haría usted si descubriendo el tesoro repusiese su caudal! ¡Valiente hombrada! Después de todo, el caudal es lo que menos importa. Su alma de usted, su conducta, su regeneración por el trabajo y por una vida que no redunde en daño y en perversión de usted mismo y también de los demás, es aquí lo que interesa, al menos á mi parecer... y habíamos quedado en que yo era el juez de este litigio... ¿ó se vuelve usted atrás?

--No,--respondió Gastón enérgicamente, con involuntario esfuerzo.--Á usted me encomiendo, y se me figura que he comprendido bien sus indicaciones y que las voy á seguir de tal manera... que usted misma se admirará.

--¡Quiéralo Dios! Pues, siendo así, el tesoro,--lo repito,--significa para usted algo insano, una especie de lotería con que cuenta para remediar males que causó su imprevisión y su vida loca. Si aspira á que yo le estime... dejará en paz el tesoro. Esas cosas que se deben al azar, se agradecen cuando el azar quiere enviárnoslas, pero no se buscan; buscarlas sería seguir las huellas de Lourido... y usted no ha de proponerse tal modelo.

Gastón calló. Sentíase subyugado por aquella mujer animosa, en quien tenía que reconocer la superioridad del criterio y la firmeza de la voluntad. Este sentimiento iba acompañado, preciso es reconocerlo, de cierta humillación. No podía dudar que Antonia manifestaba ideas dignas de un hombre, y que todo aquello debería él haberlo discurrido antes, en vez de dormirse al arrullo del goce y en el seno de la pereza y la indolencia.

--¡Qué lección me está dando!--pensaba.--¡Parece que veo en un espejo la cara del ser más inútil de la tierra! ¡Pero yo le demostraré á Antonia que también, cuando llega el caso, sé dominar las circunstancias! Y á fe que he de averiguar si la que me administra estos sabios consejos tiene en ese cuerpo tan sano y tan hermoso algo que se parezca á un corazón... Porque hasta hoy, al menos para mí, se me figura que no existe en Antonia tal víscera.

Mientras la ingratitud y la fatuidad dictaban al mal convertido Gastón semejantes reflexiones, Antonia, como si quisiese confirmar la opinión de su amigo acerca de su despego é insensibilidad, añadió:

--Ya he dicho á usted cuanto se me alcanza acerca de su situación actual. Si usted es capaz de penetrarse bien de todo ello, no necesita que insista; y si no... cuanto yo porfiase sería machacar en hierro frío. Creo que usted no gustará de machaquerías. Además, á un hombre de la edad de usted... no se le lleva de la mano. Si quiere hacerme á su vez un favor, evitar que mi nombre ande en lenguas, dejará de venir definitivamente. La malicia grosera de las aldeas no sé si es más terrible que la malicia sutil é ingeniosa de los pueblos grandes. Si usted es sincero conmigo, me confesará que tiene motivos para darme en esto la razón.

--Es cierto, Antonia,--contestó noblemente el señorito de Landrey.--Aún hoy á la salida de misa, unas bocas pecadoras... Pero, en último término,--añadió dejándose llevar del atractivo poderoso que sobre él ejercía Antonia,--¿qué nos importa? ¿Quién tiene derecho á fiscalizarnos? ¿No somos libres?

--Nadie es libre...--tartamudeó Antonia, cuya voz temblaba,--y usted menos que nadie. ¡Tiene usted que levantar su casa y su apellido! Á esa tarea, dedique usted todo el tiempo, toda la energía de que sea capaz. Venir aquí es una distracción como otra cualquiera. No conviene que usted se distraiga... Y por último, yo deseo que no venga... y usted debe respetar mi deseo.

--Lo respetaré, Antonia; se lo prometo, ya lo verá,--contestó él con un tono que parecía frío, y no era sino el velo de un despecho profundo y doloroso.

La tarde última que Gastón pasaba en el jardín de la quinta se acabó tristemente. Antonia se esforzaba por reanimar la conversación, pero el señorito de Landrey se había encerrado en un mutismo displicente. Cuando se retiró, apenas estrechó la mano de su consejera; á Miguelito, en cambio, le apretó contra el corazón y le besó arrebatadamente en los ojos.

XII

Táctica y estrategia

Gastón cumplió su promesa de ir á comer al día siguiente con la familia de Lourido; acogiéronle al pronto con cierta hostilidad, pero la escena cambió, aun no bien el señorito de Landrey, sentado á la izquierda de Florita, armó con la muchacha una escaramuza de coqueteos, tan marcados, que extrañaron á Concha y regocijaron al Alcalde y á la Alcaldesa. Saltaba á los ojos: ¡el señorito cortejaba á la niña! ¡Y qué bien se insinuaba, y cómo sabía asestar los tiros, y de qué expresivo modo manifestaba la impresión producida por la belleza de Flora! Ésta, de puro engreída, no tocaba á los platos: y Concha, con su buen humor invencible, la soltó esta pulla en seco:

--¿Qué santo es hoy, Flora? Como veo que ayunas al traspaso...

No por eso recobró el apetito la interpelada; tal era su embeleso al recibir las ojeadas incendiarias y las atenciones constantes de Gastón, que al servirla, al bromear con ella, adoptaba lánguidas actitudes de galán deseoso de disimular su inclinación y que no lo consigue. Sofocada bajo la espesa capa de polvos de arroz, Flora comparaba al juez municipal con aquel apuesto y arrogante caballero, cuyos modales respiraban distinción y desenfado gracioso, cuya ropa trascendía á no sé qué perfume tenue y fino, y que era además _el señorito_, el dueño de Landrey, el personaje más eminente que había encontrado en su camino, un ser distinto de los otros... También al Alcalde le chispeaban los ratoniles ojillos. ¿No era _aquello, aquello_ mismo, lo que él se había atrevido á soñar, un día en que recontaba su ya orondo peculio... pero como se sueña el golpe más inesperado de la suerte, que puede venir y sin embargo, juraríamos que no vendrá? ¡Florita señora de Landrey! ¡Qué diablo! ¡Para eso ha exprimido el padre el limón del préstamo; para eso ha bebido el sudor de los braceros y las lágrimas de los huérfanos y las viudas; para eso sabe hacer que, en el plazo de un año, una onza se doble y arroje á la partida del haber treinta y dos duros!

Al terminarse la comida, Flora dió señales de querer arrastrar á Gastón á la senda de perdición del piano; pero el señorito de Landrey, como quien realiza un esfuerzo, rogó á Lourido que le concediese una entrevista, para hablar de negocios. Encerráronse en el despacho, y Gastón, con abandono lleno de confianza, enteró á don Cipriano de lo que le sucedía.

--Al encontrarme, don Cipriano, con que le debo á usted cinco mil duros... ó tal vez más... quisiera pagárselos inmediatamente, bien lo sabe Dios, pero si no saco á subasta las tierras y el castillo, lo cual dice usted que sería un desacierto...

--¡Un _sin pies_!--exclamó el usurero, que creía decir _un ciempiés_.

--Bueno, si yo lo creo también...--declaró Gastón con ingenuidad.--Pero repito que, á no cometer ese _sin pies_... no sé cómo arreglarme. Resulta que, en Madrid, mis asuntos están peor que aquí todavía. Se me figura que no ha tenido acierto mi apoderado, el señor de Uñasín, sujeto por otra parte honradísimo... y que me ha metido en un lío muy gordo. Y como usted es tan inteligente, vengo á consultarle... ¿Quiere usted enterarse de este legajo?

Contenía el legajo los estados de cuenta y los comprobantes remitidos por Uñasín para su revisión y aprobación, y que el señorito de Landrey había recibido en uno de los últimos correos, acompañados de una carta muy melosa, en que el buitre solicitaba que se le devolviesen cuanto antes legalizados y en forma, «al objeto de aplacar á los acreedores, que están venenosos.» Lourido, con rapidez febril, tomó aquel mazo de papeles, y empezó á examinarlo hoja por hoja, apasionadamente.

--Si quisiera usted enterarse despacio...--dijo con indiferencia Gastón,--la verdad... como me aburre todo esto de los negocios... preferiría que usted se batiese ahí con esos mamotretos... y yo me volvería á la sala... ¡He dejado á sus hijas con la palabra en la boca!... Antes de subir á Landrey, volveré á ver qué ha sacado usted en limpio...

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Y con el aire del que consigue sacudirse una mosca, corrió á la sala, mientras Lourido se restregaba las manos de gozo...

Cuando Gastón, al anochecer, se presentó otra vez en el despacho, Lourido le acogió con una explosión de indignación exagerada y de satisfacción irónica; y riendo y gruñendo á la vez, exclamó:

--¡No es mal punto filipino el apoderado general! ¡Honradísimo... sí, buena honradez nos dé Dios! ¡Yo ya me lo había tragado, por cosas que me pasaron con él; pero no creí que gastase tanta _envilantez_! ¡Amañados le ha puesto los asuntos, señorito... amañados! Ni una madeja dada al gato...

--¿De modo que... estoy arruinado sin remedio?--preguntó Gastón.

--¡Quiá! ¿Me chupo yo el dedo? Si me deja estudiar este protocolo unas horitas más... le diré cómo ha de hacer para empezar á salir del pantano. Las cosas es menester darlas cinco vueltas. Al principio todo parece el mundo universal, y después resulta una _cunca_ de mijo menudo.

--Verá usted,--dijo Gastón con el mismo abandono.--Á mí ya se me había ocurrido que aquí podía haber mácula... sólo que no sabía cómo defenderme. Y, la verdad: _hoy_ sentiría quedar pobre; estoy cansadísimo de la vida de soltero, y deseo establecerme aquí, en este país tan precioso, en esa casa vieja de Landrey, que usted sostuvo y yo quisiera arreglar... Una mujer sencilla, una joven linda y honesta, ajena á los engaños y á las locuras de la corte...--añadió como absorto y hablándose á sí mismo.--¡Pero casarse sin tener pan!... No. Lo que haré, si no puedo salvar nada de mi hacienda, será irme á cualquier parte con un destino que me den mis amigos de Madrid...

--¡Jesús, señorito! Déjeme á mí, guíese por mí, que le aseguro que hemos de salir avante... Esta noche me peleo con los papeles, y mañana venga aquí, que le diré...

--Pensaba venir de todos modos, porque sus hijas de usted quieren que demos un paseo y que nos embarquemos á pescar _panchos_...--respondió Gastón con alegría descuidada, propia de un muchacho de diez y seis años á lo sumo.

Al retirarse Gastón, conferenció la familia Lourido,--excepto Concha, á quien despidieron á su cuarto por sospechosa y recalcitrante.--Resultó de la conferencia, que la Alcaldesa, y sobre todo, como era natural, Florita, habían notado en el dueño de Landrey señales del más fino enamoramiento; lo cual, junto á las palabras que se le habían escapado en el despacho de Lourido, calentó las cabezas, y dió tela para fantasmagorías del porvenir. Sin embargo, ni Flora ni su madre podían ver en aquellas risueñas perspectivas lo que veía don Cipriano; el tesoro enterrado en las fundaciones de Landrey, y cuya búsqueda y descubrimiento serían lícitos ya y podrían realizarse sin temor, cuando se hiciesen á nombre del amo, pero el amo casado con la hija del mayordomo... Así aquella misteriosa riqueza soterrada y oculta en las entrañas de piedra de Landrey actuaba sobre la mente de cuantos sospechaban su existencia, y guiaba sus determinaciones, según la calidad respectiva de las almas, impulsando á Antonia á aconsejar el desprendimiento, y á Lourido á abrazar la causa de Gastón y luchar desde lejos, oponiendo su penetración y socarronería galaica á las artimañas de Uñasín...

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Transcurrieron varios días, durante los cuales Lourido papeleó mucho y celebró varias conferencias con Gastón, informándose de pormenores que importaban á los asuntos pendientes. En esta primer campaña demostró Lourido una perspicacia, un instinto para los negocios, que asombraron al señorito; en otro _medio_, aquel usurero de aldea se hombrearía con los negociantes que subyugan una plaza comercial y hacen brotar millones donde sientan la planta; además, había en él la aptitud innata de una raza cautelosa, de una tierra en que todos saben derecho y son capaces de retorcer el argumento al abogado más sutil.--Mientras el mayordomo iba poniendo en claro los intrincados negocios de Gastón, éste, afectando un desdén olímpico hacia la cuestión de interés, aprovechaba las ocasiones de escaparse á charlar con las muchachas, es decir, con Florita, de quien era ya declarado galán; y cada día inventaban paseos y correrías por los montes y la playa, partidas de pesca ó meriendas en algún soto, que hacían retorcerse de celos al juez municipal, antes preferido y hoy desdeñado adorador de la linda rubia. En la Puebla no se hablaba de otra cosa más que de los amoríos del señorito de Landrey con la hija de su mayordomo, creyéndose muy próxima una boda que á nadie sorprendía, dada la fabulosa riqueza que las exageraciones lugareñas atribuían á Lourido. Sólo Telma, con esa libertad de expresión que adquieren los criados antiguos, echaba de vez en cuando á su amo indirectas transparentes y muy agrias.--¡Qué hubiese dicho la señora Comendadora si ve á su sobrino arrimarse á aquella casta cochina de Lourido, que había entrado en el castillo con andrajos, en pernetas, y ahora estaba gordo á fuerza de chupar el jugo á sus amos!

Á estas salidas de la vieja criada contestaba Gastón con risas y bromas, y alguna vez con abrazos expansivos y fuertes, pues había llegado, en aquella soledad, á cobrar intenso cariño á Telma, dando todo su valor á la abnegación incondicional de un ser cuya vida había absorbido por completo la casa de Landrey, sin que pidiese á esta casa más de lo que pide la hiedra al muro: adherirse.--Entre las muchas ideas nuevas que iban abriéndose paso en el cerebro de Gastón, figuraba la del derecho de toda criatura humana; y Telma, que antes era para él algo como un _objeto_ que se había acostumbrado á ver, convertíase en _persona_. Siempre la había tratado con dulzura, y ahora la respetaba... interiormente, con un respeto piadoso; y el día en que llegó á esta altura cristiana y moral--respetar á su criada--Gastón sintió una alegría secreta, y subiéndose á la torre de la Reina mora, asestó el anteojo al jardín de Antonia, y vió en él á Miguelito jugando con Otelo.--La viuda no apareció; estaría retirada, de seguro trabajando.

Lourido entretanto llegaba á dominar la cuestión encomendada á su tacto y á sus luces. Como el explorador que penetra en una selva y va cortando con el hacha lo que se opone á su paso, abríase camino á través de los obstáculos hacinados por Uñasín. Aislando cuestiones, podía afirmar ya que con los datos existentes, y mucha energía, Uñasín no tendría más remedio que vomitar lo que había querido zamparse; la casa de Landrey, descalabrada, pero viva. Era preciso sacrificar más de una tercera parte, y las otras dos saldrían á flote, gravadas con algunos créditos é hipotecas que no sería difícil ir descargando...--¡El señorito encontraría quién le prestase dinero en mejores condiciones!--exclamaba fervorosamente Lourido, dando á entender, en frases que querían ser reticentes y veladas, pero más claras que tela de cedazo, lo que podía esperar Gastón elevado á la categoría de yerno suyo, y cuando el liberar la hacienda de Landrey fuere salvar el patrimonio de los descendientes de don Cipriano...

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