Part 6
--Hago quesos, y los envío á Madrid... Sin sospechar que venían de tan cerca de la casa de usted puede que los haya usted probado. No me permiten,--y eso mortifica mi vanidad, lo confieso,--ponerles el rótulo que me gustaría: «Quinta de Sadorio,» impreso con molde... Quieren hacerlos pasar por el famoso _fromage suisse_, y lo logran; y como ganan, porque yo se los vendo baratos, y no hay derechos de aduanas, tengo clientela segura... No doy abasto á los pedidos, y me parece que pronto tendré que ensanchar mi comercio, comprando un pradito más...
De sorpresa en sorpresa iba Gastón. ¿Era aquella la mujer calificada en la Puebla de _romántica_, y que se le había aparecido en traje de excursionista en la torre de la Reina mora? ¿Había cálculo en tanto aparato de laboriosidad y economía? ¿Es humanamente posible fingir un género de vida y unas costumbres como las de Antonia Rojas? Sin querer, las intenciones y propósitos de Gastón respecto á la viuda, iban modificándose; si al pronto la tuvo por fácil presa, ahora, con el naciente respeto, la juzgaba torre alta é inaccesible. Terminaron la visita de la propiedad, y salieron á reposar á una terraza cerca del estanque, donde encontraron servida ligera colación: té con leche, hasta media docena de quesitos, y un plato de fresas: para otra fruta era temprano: Antonia sirvió el té y preparó las _rôties_ untadas con miel de abeja, que trascendía á flores de campo y romero; y como Gastón se mostrase confuso y agradecido del obsequio, Miguel explicó que era la misma merienda de todas las tardes...
--No, hijo mío,--advirtió su madre,--los quesos son un extraordinario, para que este señor los pruebe. Lo otro sí: es un lujo que nos damos el de tomar un té inglés de primera: me lo envían unos amigos que tengo, cónsules en Plymouth. Lo demás... caserito. La leche, de mis vacas; la miel, de mis abejas; las fresas, de las platabandas que hay debajo de los rosales... cuyas rosas se lucen en ese vasito de China...
--Señora,--murmuró Gastón, saboreando con delicia la infusión perfumada,--yo no soy adulador, pero crea usted que este té tan elegante, este servicio tan delicado, me parece un sueño que me lo ofrezcan á un cuarto de hora de Landrey. No he tomado en mi vida ninguno que tan bien me supiese...
--Era de suponer que diría usted eso,--respondió maliciosamente la viuda.
--Qué, ¿no lo cree usted? Pues no acostumbro hacer madrigales al té, señora... Lo que más me admira es que tenga usted estos servidores óptimos... é invisibles, porque nos lo hemos encontrado todo aquí como traído por mano de las hadas.
--¡Dios mío! ¡Qué bueno es usted! Tengo los mismos servidores que todo el mundo... Dos muchachas, á quienes he ido enseñando lo más elemental... Pero hago que, cuando estoy sola, me sirvan con los mismos requisitos que si estuviese alguien de fuera (lo cual aquí no suele suceder), y por eso, sin que me haya escabullido para mandarlo, usted ve una servilleta planchada y unas cucharas que relucen... ¡Gran misterio! Lo que no me explico es que nadie proceda de otro modo; es más cómodo así... ¡Soy muy comodona; no vaya usted á suponer lo contrario!
Gastón se sentía, sin comprender por qué, feliz. Sabíale á gloria la refacción, y el aire perfumado de esencias de flor que bañaba sus sienes, le refrescaba el espíritu. Hubiese querido prolongar aquella visita una semana; tan bien se hallaba en el jardín de Antonia. La conversación, desviándose ya de los temas de la vida práctica, rodó sobre mil asuntos diversos: se habló de viajes, de música y hasta de arquitectura, á propósito de Landrey. Antonia ensalzaba el castillo propiamente dicho, el que era posterior á la torre de la Reina mora, y no comprendía que Gastón hubiese permitido tocar, en ausencia suya, á tan hermosas y sólidas piedras.
[Ilustración]
--Estaban firmes, más firmes que las del Pazo, que es muy posterior,--exclamó.--Han hurgado allí por todas partes, y sin que se explique la razón. ¿Cómo ha dado usted licencia?
--No la he dado realmente, señora... Esa es una historia de que hablaremos,--contestó Gastón, confirmado en sus sospechas por estas preguntas de Antonia.--Pero deseo que un día visite usted conmigo á Landrey y veamos esos trabajos.
Cuando salió Gastón de Sadorio, la luna brillaba en el firmamento, y en su corazón lucía un rayito de sol alegre y dulce. Las madreselvas, desde los zarzales, le enviaban aromas penetrantes y deliciosos; el aire era tibio, el camino poético y silencioso, y la última caricia de Miguel calentaba aún las mejillas del señorito. Al llegar á Landrey, no pudo menos de preguntarse á sí propio con sorpresa:
--¿Estaré enamorado? ¿Ó son efectos del lugar, la hora, las circunstancias?... ¡Lo cierto es que no cabe pasar tarde más bonita que ésta!
[Ilustración]
X
La consejera
Aunque la discreción ponga coto á ciertos impulsos, extraño sería que no triunfasen de ella en un mozo como Gastón, poco acostumbrado á la disciplina moral,--que muchas veces consiste en vivir á contrapelo del gusto.--Cautivado por Antonia Rojas, Gastón deseaba verla á cada instante, y la misma levadura de respeto y de admiración involuntaria que se mezclaba á otros sentimientos menos ordenados y pacíficos, le inducía á creer que no era peligrosa la frecuencia del trato con la viuda, ni las reiteradas visitas á Sadorio. Fué primero cada tres días, después cada dos, por último, diariamente. Antonia no le esperaba: jamás la encontró ni vagando por el jardín, ni tocando el piano, ni sentada lánguidamente en un cenador, ni cortando flores con la larga tijera que para este oficio llevaba pendiente de la cintura. Siempre la sorprendió ó dirigiendo la preparación de unos apetitosos calamares en conserva, ó poniendo en madurero la cosecha de tomates tempranos, ó haciendo que trasquilasen el melonar, ó desnatando leche, ó cortando blusas para Miguelito: ocupaciones nada sentimentales, y que no autorizaban ningún poético desmán. Ocurrió con aquellas visitas un fenómeno, aflictivo para el ya prendado Gastón: y fué que en las primeras, Antonia le recibió expansiva y afable; en las segundas, reservada y cortés; y cuando las menudeó, empezó á mostrarse seca, fría y hasta incivil, pues le dejaba solo con Miguelito las horas muertas, y se marchaba á sus quehaceres. El niño, en cambio, estaba cada día más afectuoso con su amigo, y le abrumaba á caricias, á preguntas y atenciones, allá á su inocente estilo. No sabiendo Gastón qué discurrir para complacer á su único partidario en la casa, ideó buscar un caballito pequeño, barato y manso, que compró en la Puebla, y que trajo á Sadorio, con objeto de dar lecciones de equitación á Miguel. La idea produjo embriaguez de dicha en la criatura; pero Antonia, terminada la primera lección, llamó á Gastón á la sala, y en frases bien escogidas para no herirle, y firmes bastante para reprimirle, le dijo claramente que sus visitas continuas no eran convenientes, ni admisibles sus regalos. Y como él mostrase gran pesadumbre, Antonia dulcificó la voz y añadió:
--Usted debe comprender que, en esta soledad, es muy grata la compañía; usted debe comprender que yo ni soy insociable, ni tengo tantas distracciones que me estorbe la que usted me proporciona con su amable trato. Pero no le hago á usted tan poco perspicaz que no se dé cuenta del efecto que sus visitas diarias han de causar en el público.
--¿Hay aquí público, Antonia?--preguntó Gastón con ironía.
--Lo hay en todas partes. Éste es reducido y de gente sencilla, pero por lo mismo se les debe buen ejemplo, hasta en las apariencias; sobre todo, cuando la realidad es honrada y clara, y sólo honrada y clara puede ser. ¡Sí, amigo Landrey! Yo quiero que me estimen de veras mis criaditas, la Colasa y la Minga... entre otras razones, ¡porque he de vivir con ellas muchos años!
Á su pesar rió Gastón el gracejo de la señora, y doblando la cabeza, murmuró:
--Antonia, yo deseo de todas veras obedecer á usted... y ya se sabe que la obedeceré... pero óigame usted, puesto que tengo la suerte de que me hable usted con esta franqueza tan noble... que prefiero á la seriedad de ayer. La conozco á usted de hace un instante, puede decirse, y me he acostumbrado á su amistad de usted tan pronto y de una manera tan extraña, que la necesito lo mismo que se necesita el aire para respirar. No frunza usted el ceñito: mire que no la estoy cortejando; ¡le juro que no se trata de eso! Es que me encuentro en circunstancias especialísimas de mi vida, en los momentos penosos en que es preciso que alguien nos atienda y nos dé un buen consejo; es que me hallo completamente solo, aisladísimo, desorientado, y que, probablemente, voy á cometer mil desatinos si me falta una persona buena, que vea mejor que yo cuestiones de que penden mi fortuna y mi porvenir. La casualidad me ha puesto en contacto con usted, que casualmente es también el único ser humano capaz de inspirarme una confianza absoluta, incondicional; porque tiene usted un juicio y un carácter...
--Bien, al caso,--interrumpió Antonia atajando la alabanza.--Si se trata de prestarle á usted servicio... es diferente... Aquí estoy.
--Pues acepte usted por algún tiempo el papel de confidente y consejera mía.
--Aceptado,--declaró la viuda sin vacilar.--Yo seré su confidente y consejera. Eso no implica que usted venga aquí á menudo. Vendrá usted una vez por semana... ó menos, si no es preciso.
--Me resigno,--suspiró Gastón.--Vendré los sábados, como los empleados... ó los domingos... como el lavandero.
[Ilustración]
--He dicho que tal vez menos...--repitió Antonia risueña.--Probablemente le señalaré á usted un turno quincenal. En fin, eso dependerá de la consulta que usted quiere dirigirme. No sé de qué índole será... Para que vea usted que empiezo complaciéndole: mañana se viene usted á comer aquí, y, de sobremesa, me comunica esas historias de que, según afirma, penden su porvenir y su fortuna. Yo necesitaré, de seguro, reflexionar, porque á fuer de gallega tengo el trasacuerdo mejor que el acuerdo. Así es que, después de la confidencia, no vuelve usted... en diez días. Pero antes de que me honre usted con su confianza, á mi vez tengo yo el deber de enterarle á usted bien de quién soy, porque usted me conoce de poco acá, y las referencias que haya podido oir de mí quizás no brillen por la más rigurosa exactitud.
--Tiene usted sus partidarios y sus detractores, Antonia; y entre los primeros se cuenta una cojita muy simpática, hija de mi mayordomo Lourido.
--¡Pobre Concha!--murmuró afectuosamente Antonia.--¡Criatura más angelical! La resignación con que sufre,--porque está enfermísima,--le ganará un lugar señalado allí donde muchos soberbios y poderosos quisieran conseguirlo...
Y, pensativa, la viuda apartó la mirada del rostro de Gastón.
--Espero su historia de usted, Antonia, para que se aumente mi afecto,--indicó el señor de Landrey, respetuosamente.
--¿Quién sabe? Tengo de qué acusarme, como va usted á ver...--Soy ferrolana, y mi padre, don Federico de Rojas, era marino. Lo mucho que había viajado, y su talento natural, hicieron de él, si no un sabio, por lo menos un hombre instruidísimo. Por muerte de mi madre reconcentró en mí todo su cariño, y me enseñó ciertas cosas que no suelen aprender las muchachas, por ejemplo, botánica é historia natural; de ahí salió mi afición á recoger esos bichos raros que ve usted en el acuario, y lo mucho que me divierten mi huerto y mi jardín, y mis correrías por la montaña para formar herbarios... Un armario grande he llenado de cartones--Tenía yo diez y ocho años cuando en un baile á bordo me conoció y me pretendió don Luis Sarmiento, que era joven, rico, muy bien nacido; que reunía, en fin, las condiciones que sueñan los padres para los novios de sus hijas. No hubo oposición; me casé, y al año nació Miguelito. Mi esposo era, además de todo lo que he dicho, una persona excelente: caballero, pundonoroso y de muy alegre humor: sólo que sus padres no se habían cuidado de enseñarle la vida real. Había gastado ya mucho de soltero, y por complacerme y recrearme, se lanzó á mayores dispendios después de casado: me llevó á viajar por toda Europa, con un lujo que ahora conozco que era insensato; me compró joyas y trajes; montamos trenes, y vivimos en Madrid anchamente, protegiendo artistas y adquiriendo lienzos y esculturas, como si nuestra renta fuese quince ó veinte veces más pingüe de lo que en realidad era. Aquí debo yo acusarme de mis yerros: en vez de contener á mi esposo, gozaba como una loca de aquellos esplendores y placeres, porque tengo un instinto de fausto y de arte que no parezco sino una Cleopatra... ¡y para llegar á hacer la lejía con mis propias manos ha sido menester que la adversidad me haya zorregado con unas disciplinas muy recias! Pronto pasó lo que tenía que pasar: mi marido se vió ahogado de deudas, de hipotecas y de réditos usurarios; llegó un día en que no pudo cumplir ni pagar á nadie, y entonces...--Aquí los garzos y rientes ojos de Antonia se vidriaron de lágrimas,--entonces... cometió un atentado...
--Me lo han dicho,--se apresuró á interrumpir Gastón, viendo el trabajo que le costaba á Antonia tocar aquel punto.
--¡Ojalá,--prosiguió ella,--me hubiese dicho la verdad de nuestra posición! El mismo cariño que me tenía le obligó á callar... No se sintió con valor para confesarme que nos encontrábamos arruinados y que nuestro hijo sería pobre. Si Dios le inspirase tal rasgo de sinceridad,--por eso no negaré jamás á nadie el consuelo de una confidencia,--yo, con todo mi cariño, le hubiese confortado, persuadiéndole de la verdad: ¡de que aún podíamos vivir... tan felices! Haríamos lo que hice después: vender todo, desprendernos de todo, cumplir con los acreedores, y retirarnos aquí en paz. La desgracia le ofuscó y le hizo olvidar que era cristiano, jefe de una familia, padre de un hijo á quien debía el ejemplo de la resignación y de la fortaleza... Nada me dijo; no se fió de mí, me cerró su corazón... no me miró como amiga... ¿Y sabe usted por qué? Por culpa mía: porque él no podía ver en mí más que á una muchachuela sin seso, aturdida con las galas, las diversiones y los goces del mundo y de la riqueza... ¡Ya ve usted cómo no me falta de qué acusarme!
[Ilustración]
Suspiró hondamente la viuda; y recobrándose y secándose los ojos con el pañuelo, prosiguió:
--Un solo consuelo tuve, y si no es por él, creo que aquella catástrofe, en vez de costarme la salud por algunos años, me cuesta en el acto la vida.
--¿Su hijo de usted?--dijo echándose á adivinar Gastón.
--Eso no es consuelo, eso es _yo misma_,--respondió Antonia.--No; el consuelo ¡y bien grande! fué que mi esposo vivió aún tres horas después del atentado... y no perdió el conocimiento... y tanto le rogué, y tanto le besé la cara y las manos en esas tres horas... que se arrepintió... se confesó... ¡y murió absuelto!
El silencio que siguió á estas palabras tuvo algo de magnético: parecióle á Gastón que acababa de descubrir el alma de Antonia,--fuerte, porque era creyente.--Sus ojos, iluminados de fervoroso entusiasmo, hicieron bajar al suelo los de la dama.
--Después,--dijo precipitadamente, á fin de cortar aquella corriente súbita,--me ví envuelta en mil dificultades para desenredar la pequeñísima hacienda que le quedaba á mi hijo. Vendí mis alhajas, mis encajes, hasta mis vestidos y abrigos de pieles y terciopelo; vendí los coches, los cuadros, los barros, los tapices y los muebles, y por supuesto, la plata y las vajillas; cuanto era de lujo se vendió, creo que malbaratado, pero en tales naufragios siempre sucede así: hay que darle su parte de botín al mar. Yo recordaba que esta casa de Sadorio había sido reparada y aumentada por orden de mi marido, que tenía cariño á las paredes que le habían visto nacer: y aquí me refugié y aquí vivo desde entonces, aprovechando la baratura del país y los recursos de economía doméstica que proporcionan el huerto y los prados. Miguel se cría robusto, y yo disfruto comodidades que tal vez no poseía en mis épocas de derroche. ¿Lo duda usted? En Madrid no teníamos bosques, ni extensos jardines, ni flores frescas á toda hora, ni el pescado del mar á la sartén... Sepa usted que hasta economizo... ¡Vaya! Junto unos ahorrillos para cuando Miguel tenga que ir á seguir carrera y yo me vea precisada á acompañarle; lo cual haré para que no se desaliente ó se corrompa... Ese día que tendré que dejar á Sadorio... me parece que lo sentiré mucho. Me he acostumbrado á esta libertad y á esta calma... Fácilmente sacaríamos de aquí una moraleja por el estilo de las máximas que escribía Miguelito en sus primeras planas, después de los palotes: «Amando el deber lo convertimos en placer.» Ya sabe usted mi vulgar historia...
[Ilustración]
XI
El consejo
Profundamente impresionado salió de Sadorio aquella tarde Gastón; y con ser pocas las horas que faltaban para volver á ver á Antonia, parecieron muchas á su impaciencia. Antes de lo que creía, sin embargo, logró la vista de su amiga. Era domingo, y como Gastón bajase á la Puebla á misa mayor, allí estaba arrodillada la viuda, pero ni volvió la cabeza: asistía al santo sacrificio con una compostura no afectada, y á su lado, Miguel--¡extraña novedad!--también permanecía quieto y atento, hecho un santito,--aunque con un azogue tal en las piernas, que al acabarse la misa y salir al atrio, pegó más de una docena de saltos: parecía haberse vuelto loco.
Florita, que había avizorado á Gastón en la iglesia, enganchóle á la salida, y mientras coqueteaba con él á su estilo lugareño, desaparecieron Antonia y Miguel. Despepitábanse la esposa y la hija del Alcalde:--¿Por qué no se quedaba Gastón á comer con ellos? ¿Dónde se metía, que andaba tan oculto? ¿Qué tal substancia tenía la miel de Sadorio? ¿Le habían picado las abejas, que estaba tan seriote?--Trabajo le costó zafarse de aquellas obsequiosas interlocutoras, pretextando ocupaciones muy urgentes, y no sin prometer que el lunes vendría.
--Así como así,--pensó,--Antonia, después del día de hoy, va á desterrarme por una temporada...
Á paso apresurado, como el que sigue la estela de su deseo, tomó el camino de Sadorio; y ya cerca de la quinta, comprendió que no debía presentarse antes de la hora señalada, las dos, y entretuvo el tiempo como pudo, entrando en casa de una labradora y pidiendo un vaso de leche. Se lo sirvieron fresco y espumante, pues estaba la vaca en el establo, por ser domingo y no haber quién la llevase de mañana al pasto; y Gastón tiró de la lengua á la vejezuela que ordeñaba la vaca y presentaba el cuenco rebosante,--averiguando con pueril alegría que era una protegida de Antonia.--Aquel invierno, la vieja, «había estado tan en los últimos,--eran sus palabras,--que ya tenía encima los Santos Oleos, ¡así Dios me favorezca! y si no es por el caldito que todos los días mandaban de Sadorio y los remedios que pagó la señorita en la botica de la Puebla, no lo contaría...»--Con esta plática gustosa para Gastón, fué acercándose el momento de presentarse en la quinta, y allá corrió, dejando por el cuenco de la leche un duro en la mano sarmentosa de la vejezuela parlanchina... que le hartó de bendiciones.
Recibiéronle, Antonia con cordialidad, Miguel con arrebatado cariño, y se sentaron los tres á una mesa cuyo primor consistía en el decorado de flores naturales y en el brillo de la loza y del cristal, y en que sólo tentaban el apetito los manjares por su frescura y grata sencillez. Las ostras de la Puebla, regadas con el limón cogido en el huerto; el pastel de liebre cazada en los vecinos montes; la gallina cebada en el corral casero; la densa conserva de membrillo, sabiamente fabricada por Colasa, compusieron el banquete. El café salieron á tomarlo al ameno sitio de costumbre; y como Miguelito, jugando con Otelo, se alejase á ratos, Gastón aprovechó la ocasión propicia, y refirió á Antonia, muy despacio, su historia entera. Nada omitió, ni las últimas advertencias de su madre, ni la disipación de los primeros años, ni la ruina, ni la doblez del maldito Uñasín, ni la revelación de doña Catalina de Landrey, ni la conseja del tesoro, ni las recientes inquietudes y las reclamaciones inicuas de don Cipriano Lourido... Antonia escuchaba atentamente, y de vez en cuando, si no encontraba bastante clara la narración, interrumpía con preguntas concretas, á que Gastón respondía sinceramente, procurando no alterar los hechos ni la realidad de sus sentimientos en lo más mínimo. La necesidad de expansión y de desahogo que sentía le desataba la lengua y le movía á acusarse á sí propio, pareciéndole como si viese su imagen moral reflejada en un límpido espejo, y una fuerza superior le impulsase á describir minuciosamente los defectos y tachas de aquella imagen. Al terminar, Antonia quedó un rato callada: reflexionaba, y su rostro generalmente alegre tenía una expresión de gravedad en armonía con las funciones de juez de un alma que se disponía á ejercer.
--Antonia,--exclamó con ahinco Gastón, viéndola permanecer silenciosa y meditabunda,--hable usted; no tenga reparo en calificarme según le plazca, ni en echar por tierra mis ilusiones respecto al imaginario tesoro. Á todo estoy preparado, y casi me hará usted un bien acabando de extirparme esperanzas quiméricas. Tráteme usted, Antonia, al menos hoy... como á un hermano. En cambio del sueño del tesoro me dará usted otro sueño más bonito cien veces: soñaré que se interesa usted por mí: ya ve si salgo ganando.
--¿No se enojará usted porque me exprese con franqueza?--preguntó la consejera sonriendo.
--Mil veces no... _Al contrario_, como me dijo usted la primera vez que la ví y la pregunté si la importunaría mi visita.
--Pues lo que saco en limpio de su historia es que es usted responsable de la mitad más una de las desdichas que le han sucedido hasta hoy. El perder á su madre de usted fué desgracia; el arruinarse, culpa.
[Ilustración]
--Lo reconozco. Prosiga usted; repréndame.
--Sí que debo reprenderle, y en términos muy severos, porque, amigo Gastón, hay ruinas de ruinas. El que emprende algo útil; el que invierte con buen fin su capital y tiene la desgracia de no acertar y de perderlo; el que por reveses impensados se queda pobre, merece lástima. Usted no está en ese caso: lo ha derrochado todo de la manera más frívola y más sin substancia, y para mayor dolor, dando escándalo al mundo y mal ejemplo á sus amigos y á sus servidores. Tenía usted un caudal que manejar y un nombre antiguo é ilustre que sostener; el caudal lo ha dedicado usted á insulseces y á torpezas, y el nombre lo ha dejado usted á merced de los Louridos, hoy protectores del señor de Landrey. Ya ve si la tribulación es merecida.
Por preparado que se encontrase Gastón á oir cosas desagradables, y por grande que fuese el prestigio de Antonia para decírselas, sintió un bochorno mortificante y un deseo de apología.
--Es cierto, Antonia; pero recuerde usted, para no juzgarme tan duramente, que á no haber encontrado en mi camino á dos bribones que me deparó la suerte, después de todo, no estaría hoy sino algo mermada mi hacienda.
Frunció Antonia el ceño, y su cara adquirió expresión todavía más severa y triste.