Part 3
--Señorito... Señorito... La señora Comendadora...
--¿Qué... qué ocurre?
--¡Ay, señorito!... ¡Acaban de traer el recado! Esta noche...
--Ha muerto, ¿verdad?--preguntó el mozo que recibía la noticia en aquel instante, sin la menor sorpresa, como si se tratase de un hecho previsto.
--Sí, señor... ¡Ay, Jesús! ¡Señorita querida mía, que era como mi madre! ¡Santa de mi alma!--exclamó Telma, derramando lágrimas abundantes.
--Voy ahora mismo al convento...--declaró Gastón, mientras salía la criada, sofocada de pena.
Y en efecto, ni una hora tardó el sobrino de doña Catalina en pisar nuevamente el locutorio del convento: sólo que de esta vez le recibió la abadesa, dama cincuentona, gruesa, afable y de porte señoril, con ribetes mundanos, porque antes de vestir el noble hábito, doña Francisca de Borja Mascareñas y Quevedo había frecuentado más los salones que las iglesias, y de su conversión se habló bastante, atribuyéndola á rudos desengaños, ó como decía ella en su gracioso y expresivo lenguaje, á _bofetones en el alma_. Lo que refirió la abadesa á Gastón fué lo que era de suponer sobre el caso, ni impensado ni sorprendente, del fallecimiento de una monja tan anciana:
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--Muy viejecita, muy viejecita era la pobre... Ya nos temíamos lo que ocurrió, y cada noche que se recogía, decíamos:--¿Se levantará la madre Catalina?--Así es que dormía á su lado una lega, por precaución, y gracias á tal medida no careció de auxilios en sus últimos momentos. Pudo recibir,--y no fué pequeño consuelo para ella y para todas nosotras,--el Viático y la Extrema. ¡Alabado sea el Señor! Murió con una paz... Estaba contentísima de haberle visto á usted... Eso me lo decía ayer tarde. ¿Y sabe usted que desde hace unos quince días andaba con el tema de que se acercaba su último instante? Era un presentimiento, sin duda...
--¿Pero de qué murió?--preguntó Gastón afanoso.--¡Porque estaba tan bien, ayer, tan locuaz, tan entera!
--¡Á esa edad! De muerte natural... ¡de acabársele la cuerda al reloj! Nada, un ataquillo de asma, que para una persona joven sería cuestión de toser y carraspear un poco... Pero ella no tenía fuerzas para mondar la garganta, y la menor cosa ¡psé! ¡una flemita! basta para ahogar á un anciano... No somos nada... ¡una miseria! Al volver la cabeza así... se acaba todo, alegría, ilusiones, proyectos, gustos y disgustos... Asustaría si lo pensásemos bien.
--¿No puedo verla?--preguntó Gastón, que sentía el pecho oprimido y el corazón en un puño.
--Está de cuerpo presente, en su cama, y las celdas son clausura... No, no es posible... ¡Y es lástima, porque si viese usted qué natural se ha quedado! Hasta parece joven... El funeral se cantará ahora, dentro de poco, en la iglesia, y bajarán el ataúd ya cerrado: y esta tarde se dará sepultura al cadáver. ¿Desearía usted conservar algún recuerdo de su tía? Puedo darle á usted el rosario que usaba, con las medallitas...
--Mil gracias, señora,--contestó Gastón inclinándose.--Poseo un recuerdo de la tía Catalina, que ella misma, en previsión de la desgracia, me entregó ayer.
Y como la abadesa le mirase con cierta curiosidad, Gastón añadió sencillamente:
--Una tabaquerita de plata... Pero si ustedes creen que no tengo derecho á conservarla, estoy pronto á devolverla.
--¡Santo Dios!--dijo cortesmente la abadesa.--Hizo divinamente; que usted la disfrute mil años. Le quería á usted mucho, y bien puede usted rogar por ella, aunque creo piadosamente que es ella la que debe interceder por nosotros.
--¡Ojalá que de aquí á un año les regale yo á ustedes en compensación de la tabaquera, una Santa Catalina de plata maciza!--añadió Gastón.--Si algo la ocurre á usted que mandarme... Esta tarde misma necesito salir para una finca que tengo allá en Galicia, en la Puebla de Beirana... á no ser que necesiten ustedes ordenarme cualquier cosa relativa al entierro de la tía, que entonces...
--Que Santa Catalina le dé á usted feliz viaje,--contestó la abadesa sonriendo, mientras el mozo besaba respetuosamente la manga de su hábito.
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Al salir del locutorio Gastón entró en la iglesia. Empezaban los preparativos del funeral y se alzaba en el centro el túmulo, vestido de paños negros orlados de galones de oro apagado y mustio. El monaguillo arreglaba las hachas en los grandes hacheros. Á poco bajaron la caja forrada de paño negro también y el sacristán ayudó á colocarla sobre el catafalco. Cuatro ó seis caballeros de la Orden, avisados temprano, mal despiertos aún, iban acomodándose en los bancos de la nave. Uno de ellos, el conde del Sacrovalle, divisó á Gastón apoyado en un pilar, y le llamó con la mano, brindándole sitio en el banco, á la cabecera. Encendidos los altos cirios, cuya llama amarilla chisporroteaba vivamente, poblóse el altar de sacerdotes con negras vestiduras, y en el coro aparecieron las siluetas de las monjas, visibles tras el espeso enrejillado de madera. El órgano empezó á quejarse, acompañando las voces de los sacerdotes que clara y ahincadamente entonaban las plegarias y las invocaciones graves, tan humanas en su terror, del Oficio de difuntos. Gastón escondía la cara en el pañuelo. Sentía como si unos dientes sutiles y agudos se le hincasen dentro, muy adentro, á su parecer más allá del corazón, en un lugar que, por lo recóndito y lo sensible, debía de ser el ápice de la conciencia. No podía Gastón atribuir tal efecto al dolor de haber perdido á doña Catalina: si es cierto que la quería bien, poco lugar ocupaba en su vida; ningún vacío le dejaba la Comendadora: sus muchos años hacían de su muerte algo previsto, que no arrancaba lágrimas. No: lo que sentía Gastón era un torcedor íntimo, una cólera secreta contra sí propio, esa sensación oscura que lentamente se condensa para formar el sentimiento de la responsabilidad moral. Era la detestación de nosotros mismos, la censura,--más que ninguna severa,--que hacemos de nuestros propios actos; era el juez interior que tantas veces duerme, pero que cuando sacude la modorra nos registra el alma y nos condena sin defensa ni apelación, porque tiene las pruebas, la evidencia en la mano... Del enlutado ataúd, Gastón creía que se elevaba una voz, preguntando:--¿Eres cristiano?--Y que el juez, el rígido juez de negra toca, respondía:--Como si no lo fueses... Lo has sido en el nombre, ¿pero en los hechos? ¿Cuándo te has acordado tú de Dios? ¿Cuándo has pensado en el prójimo? ¿En qué y cómo has dilapidado tu hacienda? Buen comer, regalo, deleites, ociosidad... ¿Y qué más hicieras si fueses pagano? ¿Eras cristiano cuando al salir de una cena desordenada, en una noche fría, por no desabrocharte el gabán de pieles no dabas limosna? ¿Eras cristiano, ni aun caballero, cuando por un quítame allá esas pajas, en aquella solitaria encrucijada del bosque de Bolonia, le abrías la cabeza á tu mejor amigo? ¿Eras cristiano, ni aun caballero, cuando con tu derecha apretabas la mano del duque de Argentán, mientras en tu izquierda crujía un diminuto billetito de su esposa? ¿Eras cristiano cuando?...--La lista fué larga, y Gastón seguía con el pañuelo sobre el rostro, escuchando al inflexible juez.--¡Y todavía te indignas porque, aprovechando tus horas de culto á los ídolos, un bribón te ha robado la bolsa! Para lo bien que tú la empleabas... ¡Y todavía serás capaz de desenterrar el tesoro de Landrey, y darle el mismo paso, iguales despachaderas que á la hacienda que te dejó tu madre! ¡Ay de tí, si con tal objeto descubres ese tesoro! ¿No sé yo acaso que ayer, al soñar con él, pensabas en nuevos goces, en nuevas locuras?...--Y aquí el invisible juez tomaba forma humana: era doña Catalina, del color de la cera, con los párpados cerrados, la nariz afilada, la boca sin labios, las manos en los puros huesos, toda ella de una catadura tan espantable y temerosa, que Gastón quitaba el pañuelo y miraba al ataúd con ojos de loco...
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Entretanto resonaban los sublimes acentos del _Dies iræ_, y el viejo conde del Sacrovalle decía al derrengado marqués del Altocueto:
--¿Sabe usted que noto al sobrino muy afligido? Tiene buenos sentimientos ese muchacho...
La misma noche, en el tren correo, salieron Telma y Gastón hacia el Noroeste, con rumbo al castillo de Landrey.
V
Landrey
De tres maneras tuvieron que viajar Gastón y su leal servidora antes de sentar el pie en el castillo: al dejar el tren, tomaron la diligencia que por una carretera provincial descuidada conduce á la Puebla de Beirana, y antes de llegar á la Puebla alquilaron dos peludos y trasijados rocines con su espolique y bagajero, para el trozo sin camino practicable que conduce á «las torres.» Al pronto, en aquella hora del crepúsculo, Gastón no distinguió, de su casa solar, sino una masa informe, un hacinamiento de construcciones pintorescas destacándose sobre el fondo de un celaje verde claro, más bien que azul, realzado al poniente por una franja de oro pálido, blanco casi. Armado de una vara de mimbre cortada en un seto, Gastón arreaba á su fementida cabalgadura, cuyos cascos golpeaban duramente la calzada de piedras, desasentada ya é invadida por las hierbas, que conducía á la alta puerta del patio de honor, flanqueada por cubos ó tamboretes, y superada por gallardo escudo con penachos de hiedra. La decoración entrevista parecióle grandiosa. Al mismo tiempo, sintiendo que le lastimaba la grosera albarda del jaco, se acordó de sus lindos _poneys_ de París, hoy vendidos, y pensó con melancolía que probablemente nunca le sería dable oprimir el lomo de otro animal tan fino y tan ardiente como _Digby_, hijo del famoso _Douglas I_ y de la yegua árabe _Zelmira_, traída de Argel por el coronel de spahis La Morlière... El _hombre viejo_, el civilizado epicúreo, renacía ya, sin querer.
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Ocurriósele, además, que iba á pasar una noche de perros, y varios días y noches no más agradables, porque el tal castillote debía de estar incivil, después de tantos años que no se habitaba. El mayordomo, de quien sólo sabía Gastón que se llamaba don Cipriano Lourido, y que era alcalde de la Puebla, si bien no había sido avisado de la llegada del amo, una cama, al menos, se la podría ofrecer. Con esta confianza empujó la cancilla de troncos sin labrar que sustituía al portón bardado de hierro, y penetró en el patio, llamando á gritos por alguno. Telma, apeándose ágilmente, comenzó á gritar también. El áspero ladrido de un perro fué la única respuesta. La puerta del castillo estaba cerrada á piedra y lodo. Por fin, á una ventana con reja se asomó un rostro lleno de arrugas, y una vejezuela preguntó con hostil acento:
--¿Quién anda por ahí?
Telma, en dialecto, respondió, no menos enojada:
--Es el amo, el señorito, el dueño de esta casa, y si no abrís pronto, veréis lo que os sucede.
La bruja desapareció, y por diez minutos no se oyó nada; diríase que era un castillo encantado. Entonces el bagajero, rascándose la cabeza con sorna, dió su parecer:
--Convendría que el señorito bajase á aposentarse en la Puebla, porque don Cipriano Lourido había más de cuatro años que no vivía en el castillo; como que tenía en la plaza una casa muy magnífica... Allí, en el castillo, sólo estaban unos caseros, puestos por Lourido mismo... Era dudoso que abriesen á tales horas.--¿Y por qué no me dijiste eso cuando me bajé de la diligencia, pavisoso?--exclamó Gastón.
--¡Señorito... porque no me preguntaban...!--repuso el bagajero con gran flema.
Iba el castellano de Landrey á montar en cólera, cuando corrieron unos rechinantes cerrojos, abrióse la puerta, y el casero, receloso y humilde, apareció murmurando:
--Buenas noches nos dé Dios...
Á la luz de una mala candileja de petróleo, subió Gastón la escalera de piedra que conducía á un piso alto. Eran aposentos vastísimos, salones más bien, con desconchadas pinturas al temple y restos de un mobiliario que debió de ser suntuoso, pero que se caía á pedazos, destruído por el abandono y la humedad. En algunas partes el techo se encontraba agujereado, y el chorreo de las goteras había podrido el piso, cuyos carcomidos tablones cedían bajo el pie. Notábanse también sitios vacíos donde habían existido muebles, y tablas arrancadas, quién sabe si para cebar el fuego en una noche de invierno. Telma, recorriendo todas las habitaciones mientras Gastón comprobaba estos detalles, volvió despavorida: ¡no había sábanas, no había manteles, no había comida, no había leña, no había nada, nada, y allí era imposible vivir!
--Una noche se pasa de cualquier modo, mujer, y mañana Dios dirá,--respondió el mozo haciendo de tripas corazón.--Aún tenemos fiambres del viaje, y hay media botella de ponche sueco. Dormiré envuelto en mis mantas, y tú te arreglarás con tus mantones. Paciencia...
--Yo, si lo siento, es por el señorito,--contestó la criada.--Lo que es por mí... ¡Ay, señorito! este castillo pone miedo á cualquiera. Cuando salí de aquí tenía yo dos años; me llevó consigo doña Catalina, que me quería mucho, y después quedé con don Felipe, su abuelo de usted, que en paz descanse... No sé cómo estaría esto en vida de don Martín. Pero siendo ya muchachona, vine á asistir á mi padre cuando murió, y me acuerdo muy bien de que aquí no faltaba cosa ninguna: ni el mueble de seda, ni las camas con adornitos de metal, ni la blancura en los armarios, ni los relojes riquísimos, que los trajera don Martín de Inglaterra... Mi padre lo cuidaba todo, y daba gloria ver estas habitaciones. Pues no ha pasado tanto tiempo, ¡treinta y tantos años! ¿Dónde va la riqueza que aquí había? El casero dice que á él se lo entregaron así...
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No hizo objeciones Gastón, y aunque ardía en deseos de registrar su morada, comprendiendo que sin luz sería imposible, resolvió despachar el ala de pollo y la terrina de hígado trufado que aún le quedaba, y enrollando al cuerpo la manta, se tendió sobre un canapé Imperio, desvencijado, ratonado y con hernias de pelote.
Ya se deja entender que dormiría medianamente, y que no fué menester que le despertase el vigilante gallo. Á la primera luz matutina se puso en pie molido como cibera, y sacudiéndose y esperezándose, examinó mejor la sala donde había pasado la noche, encontrándola, si cabe, más maltratada y lastimosa. Sin embargo, una nota alegre y fresca le regocijó; era una golondrina, que entrando por la ventana sin vidrios, exhaló un pitío al huir asustada de la presencia de un ser humano.
Al pronto Gastón, sorprendido, ni recordaba por qué estaba allí, en aquel desmantelado salón. Recordó de súbito, y la idea del tesoro se le figuró entonces un gracioso disparate, inspirado en una novela del género de Ana Radcliffe.--¡Haber venido aquí por eso!--pensó, embromándose á sí mismo. La verdad es que no era por eso sólo; también huía de la trapisonda de sus asuntos en Madrid, de las caras compasivas ó desdeñosas que suelen ver los tronados; huía de los compromisos, del veraneo en Biarritz ó en Bélgica, en el suntuoso _château_ moderno de la Casa-Planell, de todo lo que antes formaba su placer y su costumbre... Volvía á Landrey, á la casa de la familia, arrojado por la tempestad.--Sin embargo, el tesoro había sido la estrella de su peregrinación... «¡El tesoro!» Llamó risueño á Telma, y sacando de la cartera algunos billetes,--porque el día de la marcha había mal vendido á la _Pimiento_, corredora de alhajas, diez alfileres de corbata primorosos, entre ellos el de la _lágrima negra_, perla muy rara que perteneció á Sara Bernhardt,--dijo perentoriamente:
--Hoy mismo traerás de la Puebla lo necesario para tí y para mí... Ropa blanca sobre todo... Buscarás un carpintero y un albañil... ¡ah! y un vidriero... Hay que poner habitables dos dormitorios, un comedor y la cocina... Después veremos...
--Beba el señorito esta leche,--suplicó ella presentándosela en grosero cuenco de barro.
Gastón la bebió de bonísima gana, y Telma añadió:
--¡Si viese cómo escondían la vaca y regateaban la ordeñadura los bribones de los caseros! Se la he sacado á tirones...
--¡Págales, págales su leche!
--¡Valientes pillos! ¡Como si no fuesen del señorito los prados y el dinero de la aparcería y el establo y todo!--refunfuñó Telma saliendo con aire belicoso, dispuesta á volver patas arriba la Puebla en un santiamén.
Emprendió Gastón la exploración del interior de su residencia, y volvió á comprobar su estado lamentable. Lo que más le llamó la atención fué que, aparte de la acción del tiempo y del abandono, había sitios en que colaboraba con ellos la mano del hombre. En los techos, sobre todo, notábanse huellas de vandalismo; las vigas arrancadas y el pontonaje descubierto. Varios salones, amueblados antaño, carecían de mobiliario, no quedándoles más que algunas sillas cojas, ordinarias, que jamás debieron de pertenecerles. Y, cosa más singular aún, en las paredes, donde no era posible que el edificio hubiese sufrido tanto, á raíz del piso, notábanse grandes espacios que sin duda se habían desmoronado, cuidadosamente recompuestos con recebo y llano muy recientes.
Buscando la escalera por donde penetraron la noche anterior, Gastón salió al vasto zaguán, y de allí al patio, deseoso de dar un vistazo á la parte exterior del castillo. En la tupida vegetación que alfombraba el patio, sólo blanqueaba un sendero, abierto por el paso de la gente. La fachada que caía á este patio era la del cuerpo de edificio donde había dormido Gastón; fachada relativamente moderna, de mediados del siglo XVIII, que decoraba una portada con columnas corintias y un escudo barroco con casco y cimera de plumaje enroscado.
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--Este es,--pensó Gastón,--el Pazo, construído por mi tatarabuelo, á quien debía de parecerle, y con razón, muy incómodo el castillo.
Á la derecha alzábase una tapia, la del huerto, cuyos manzanos y perales sobresalían del caballete, y á la izquierda una recia poterna abovedada daba acceso al recinto del castillo. Faltaba la puerta, y Gastón se metió libremente en el recinto donde, como guerrero símbolo de gloria, crecía denso matorral de laureles, árbol que vive á gusto entre las piedras. Desviando aquella maleza aromática y trepando por una brecha del derruído parapeto, llegó Gastón al segundo recinto, y rodeándolo se halló al pie de la blasonada puerta de medio punto, de bien cortadas dovelas. Era la torre del Homenaje, todavía erguida y almenada, y que dominaba al conjunto propiamente llamado el castillo, obra que en el fino ajuste de sus piedras y en la solidez y elegancia de sus proporciones, así como en el diseño ojival de sus ventanas, proclamaba á voces ser construcción del siglo XV, época de esplendor para los señores de Landrey, ya entonces bien arraigados en el país, y siempre protegidos de los reyes de la casa de Trastamara. Prolongábase el recinto fortificado hasta mucho más allá de la torre, y formaba una especie de arrecife sobre el valle, indicando cuánta tuvo que ser la resistencia y poderío de aquel castillo, frecuentemente amenazado en las guerras de Portugal y en las luchas intestinas que señalaron el advenimiento al trono de la primera Isabel, en perjuicio de doña Juana, la _Beltraneja_. Parte del recinto, el que gozaba del mediodía, se había utilizado para construir el Pazo y plantar el huerto; en otra parte se cosechaba maíz; pero todo un lado, el que dominaba el río, encontrábase lo mismo que en tiempo de los Landrey belicosos; derruídos paredones, zarzales, y hasta robles ya corpulentos obstruían los baluartes á los cuales el río servía de inexpugnable foso natural. En la parte más saliente de la especie de península que formaba el conjunto del castillo, Gastón se detuvo al pie de otra torre, ó por mejor decir, de las cuatro paredes ya en parte desmoronadas de un alto y angosto torreón, erguido y majestuoso, negruzco y cayéndose de vejez con saeteras y pocas y estrechas ventanas, á todas luces muy anterior al castillo. Aquel era el verdadero solar, la primitiva madriguera del compañero de Beltrán Claquín, del hijodalgo bretón que vino á hacer casta en tierra española; y Gastón, penetrado de cierto respeto inexplicable, se paró al pie de la torre, cuya puerta, muy baja, obstruía un montón de piedras.
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VI
El Norte
En esta exploración del conjunto de Landrey se le había pasado la mañana á Gastón, pues era vasto el circuito, las construcciones muchas, y el mozo, imbuído y guiado sin advertirlo por la secreta ilusión del tesoro, se detenía involuntariamente más de lo razonable á reconocer la configuración de una muralla, ó la dirección de un pasadizo. Despierto el apetito con el aire puro, volvióse á casa á esperar á Telma, que de allí á poco apareció por la calzada seguida de un borrico cargado de trastos y de dos fornidos gañanes portadores de varios bultos y líos. No se desdeñó Gastón de ayudar á la descarga, hecha la cual, Telma se dió prisa á aderezarle algo que comiese, dejando para después el acomodo del ajuar.
--Señorito,--advirtió Telma alzados los manteles,--casi no he gastado nada, porque no encontré dónde comprar ropa ni colchones. Todo viene prestado; ¿y sabe quién nos lo presta? ¡El caifás de Lourido! Del lobo un pelo. Me salió al encuentro, hecho pura jalea, y tumba conque el señorito no debía venir sin avisarle, y vuelta conque fuese á parar en su casa, donde hay todas las comodidades, y que aquí el señorito no puede vivir. Y ahí tiene, que los colchones son de don Cipriano, y las mantas de don Cipriano, y el quinqué de don Cipriano, y sólo pude comprar el mineral, los platos, las ollas y las sartenes... Para eso, don Cipriano me obsequió con un paquete de café molido, y unos dulces... ¡Si levantase la cabeza doña Catalina y viese al señor de Landrey obsequiado por Lourido, que llegó á casa en pernetas--bien me acuerdo--y que la primer noche le hizo mi padre fregar con estropajo la cara, porque daba asco de tanta roña! ¡Si traía el hombre cazcarrias del año que se las pidiesen!
--Telma,--preguntó Gastón interrumpiéndola,--tú que has vivido mucho tiempo en esta casa, explícame... Aquí hay una torre muy vieja, muy vieja. ¿La recuerdas habitada alguna vez?
--¿Dice esa tan negra, tan fea, que le llaman de la Reina mora?--respondió Telma riéndose.
--¿De la Reina mora?--repitió Gastón sorprendido.
--¿No sabía que tiene ese nombre? Verdad que como el señorito no ha estado aquí nunca... Esa torre, señorito, es la abuela de todas, la que dicen que se edificó primero, hace una barbaridad de años. Y también cuentan... ¿pero quién da crédito á mentiras? que en esa torre estuvo presa una mora, muy guapísima, una reina de allá entre ellos, que la trajo de la guerra un señor de Landrey; y que la mora se puso muy triste de verse así emparedada, y se quedó seca, seca, hasta que se murió, y que la enterraron con unas alhajas que tenía magníficas, collares y pulseras, y pendientes y muchas preciosidades, allí mismo debajo de la torre, en una cueva atroz que no se sabe á dónde va á parar... ¡como que anda diez leguas arreo por debajo de la montaña! ¡Cuentos, cuentos!--añadió Telma echándola de espíritu fuerte.