Part 2
Vivieron allí padre é hija largos años en hosca soledad, ella siempre enferma, él también achacoso, y cada día más misantrópico y saturado de hiel, y cuando vino la última hora de don Martín, la hija sufrió el horrible dolor de ver morir al padre como un réprobo, rechazando con mil pretextos toda clase de auxilios espirituales, y ya, por último, amenazando con coger las pistolas que tenía á la cabecera ¡y hacer un ejemplo si un cura pasaba el umbral!--Así que hubo cerrado los ojos al infeliz, doña Catalina, en vez de caer al suelo presa de uno de sus accesos acostumbrados, se mostró casi impasible; veló el cadáver, atendió al entierro, encargó misas, muchas misas, y se estuvo cerca de un mes encerrada en las habitaciones del difunto, registrando cómodas y armarios, poniendo en orden documentos y papeles. Una noche, los labriegos y pescadores de la costa donde se asienta el castillo de Landrey, vieron con sorpresa un gran resplandor rojo, y si al pronto creyeron que había incendio, no tardaron en comprender que era una descomunal hoguera encendida en mitad del patio de honor. Delante de la hoguera estaba doña Catalina de pie, mandando la maniobra, y dos criados traían en cestos libros y manuscritos, despedazaban los volúmenes y los arrojaban á la hoguera, atizando y cebando su llama con provisión de leña y ramaje seco, para que devorase pronto aquel fárrago.--Gastón había oído referir á su madre que allí se abrasaron las obras de bastantes franchutes de la cáscara amarga, y muchos papelotes que probaban las íntimas conexiones de don Martín de Landrey con la masonería española, su afiliación á la secta y el alto grado que en ella poseía... La quemazón duró hasta el amanecer, y sólo al blanquear la luz del alba las almenas de las torres se retiró doña Catalina lentamente, después de cerciorarse, removiendo con un palo la ya moribunda hoguera, de que allí sólo quedaban cenizas. Pocos días después de este suceso, doña Catalina, dejándolo todo bien arreglado y habiendo repartido entre los pobres labriegos cuantiosas limosnas y perdonado, por cuenta de su legítima, deudas y atrasos de pagos de rentas, salió hacia Madrid, donde la reclamaba su hermano don Felipe de Landrey. Llevaba en su compañía doña Catalina á una niña de unos tres años de edad, huérfana de madre, hija del mayordomo, que no era sino Telma, la actual sirviente de Gastón.
En Madrid quisieron divertir y festejar á Catalina; además de su hermano tenía dilatada parentela de primos y primas, porque una hermana de su bisabuelo se había casado con el duque de Ambas Castillas, y otra con el de Lanzafuerte, dejando ambos numerosa y masculina prole, que se enlazó luego á otras familias de muy alta alcurnia. Catalina alegó el riguroso luto para no concurrir á distracciones ni á saraos, y el día en que se cumplió un año justo de la muerte de su padre, anunció el decidido propósito de entrar en las Comendadoras. Era libre y dueña de sus acciones, y nadie podía oponerse á su deseo, con tal resolución manifestado. No obstante, don Felipe se opuso, y alegó el peligro de la salud; con aquel terrible mal nervioso, aquellos desvanecimientos y accesos convulsivos ¿era prudente, era ni siquiera cristiano encerrarse en un convento? Doña Catalina respondió que la Iglesia había arreglado las cosas tan bien, que existían conventos para todos los estados de salud; que las Comendadoras no hacían vida penitente, sino recoleta y regular, y que ella estaba segura de resistir bien la prueba. Y en efecto, no sólo la resistió, sino que dentro del convento su organismo débil y quebrantado se templó hasta adquirir el vigor del acero; el equilibrio se estableció, la paz reinó en su antes combatido espíritu, y poco á poco la cara triste y los nublados ojos de doña Catalina se convirtieron en la hermosa faz y las serenas pupilas de la que todos dieron en nombrar la monja guapa.
--Desde que tu tía Catalina pronunció los votos, revivió,--decíale á Gastón su madre.--La pobre se conoce que había ofrecido este sacrificio por los pecados de don Martín. Ella cumplió lo que tenía el deber de cumplir, y nada aprovecha tanto al alma y al cuerpo.
Á pesar de la afirmación de su madre, Gastón recordaba que no había cesado de compadecer á su tía Catalina, de considerarla una víctima inmolada á preocupaciones, una vida tronchada en flor, una especie de fantasma sentenciado á desaparecer del mundo. Para él, entregado al desorden y tropelías de la voluntad, la regla en el vivir constituía una esclavitud, y cualquier valla cruel tiranía. ¡No hay más, doña Catalina le daba lástima! ¿Y por qué en aquel instante, á aquella hora virginal de la pura y radiante mañanita, en aquel jardín monástico todo paz, donde sólo se escuchaba el vuelo de algún abejorro, donde las azucenas abrían tímidamente sus cálices de raso blanco y vertían en silencio su pomo fragante, Gastón, en vez de compadecer á doña Catalina, advertía que la envidiaba? Sí, no lo podía dudar; envidiaba á la Comendadora, como envidia el marinero, desde su esquife que las olas hacen crujir y van á tragarse pronto, al pobre ermitaño que bebe de la apacible fuente antes de la oración... Era hermoso haber vivido sin tacha; haber realizado lo que creemos bueno y justo; haber dado testimonio de su fe ante los hombres, y haber llegado casi á los noventa años con aquella sonrisa misteriosa, no la de la esfinge, sino la de la santa que ya entrevé la bienaventuranza celeste...
--Aquí estaremos mejor,--pronunció con cascada voz la Comendadora, interrumpiendo los calendarios de su sobrino.--Importa muchísimo que no nos oiga nadie... ¡nadie!... Á estas horas no aparecen monjas por aquí... Lo que te voy á decir es sólo para tí... ¿me entiendes? Para tí... tú eres el único nieto varón de mi hermano Felipe... y ya no queda en este mundo más personas que tú y yo llevando directamente el apellido de Landrey...
Gastón se estremeció. Acababa de presentir que no iba á escuchar de labios de su tía el obligado sermón al sobrino manirroto. Conocía el culto de doña Catalina por el apellido de la familia, única debilidad mundana que siempre se notó en la ejemplar reclusa, que no había cesado ni un día de enterarse de los nacimientos, bodas, muertes, malandanzas y bienandanzas de sus sobrinos. La Comendadora no era verosímil que conociese el estado de la hacienda de Gastón, y por consiguiente, lo que iba á dejar salir de su hundida boca de sibila agorera, la revelación anunciada, sólo podía referirse al pasado, á ese _ayer_ de todas las familias, más romántico en las nobles, en quienes se enlaza estrechamente con la historia.
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III
La revelación
--¡Qué miedo he pasado de morirme antes que tú volvieses de ese París!--exclamó la anciana subrayando con tedio el nombre de la capital francesa.--¡Lo que he rezado á santa Rita para que me conservase la vida unos días más!
--¡Pero, tía, si está usted para vivir cien años!--afirmó Gastón chanceramente.
Doña Catalina clavó en el rostro de su sobrino los negrísimos ojos, lo único que sobrevivía en su semblante momificado, con extraordinaria expresión, sobrehumana casi.
--Á la lámpara se le acaba el aceite,--dijo en voz sorda,--pero la misericordia divina no ha permitido que la muerte me sorprenda. Sé de cierto que se acerca la hora...
--Vamos, tiita, aprensiones... Me ha de enterrar usted á mí y pedir para que me admitan en la gloria,--insistió el sobrino.
--No lo digas á nadie, hijo mío,--prosiguió la reclusa sin atenderle.--¡Sólo á tí y al confesor lo descubriré!... ¡Como te estoy viendo... he visto... he visto á don Martín de Landrey, tu bisabuelo... mi padre!
Estremecióse Gastón. En aquel jardín embalsamado, entre los vitales efluvios que derramaba el sol ascendiendo á su zenit, sintió pasar el soplo frío del _más allá_, un hálito del otro mundo.
--¡Si vieses qué mal color tenía!--continuó doña Catalina tiritando como si las frescas azucenas de Mayo fuesen copos de nieve.--Lo mismo que cuando lo deposité en la caja... ¡Y una cara de sufrir!... ¡Virgen Santísima, Madre de los afligidos, perdón para él... y para todos los pecadores!
La cabeza agobiada de la Comendadora cayó sobre el pecho, y Gastón, cariñosamente, sólo acertó á murmurar:
--Tía... ¿no habrá sido... una figuración de usted?... ¡Hay así... momentos en que desvariamos!...
--¡No! Era él en persona... ¡Podría yo desconocerle! ¡Podría confundir con cualquier ruido su voz, que me dijo... en un tono tan triste... como si las palabras saliesen de la pared!... «¡Catalina... te espero... hasta luego, Catalina!...»
Hizo una pausa, y Gastón vió humedecerse ligeramente las áridas pupilas de la dama, que movía los labios, rezando para sí, sin articular. Gastón, quebrantado aún del viaje y de las penosas impresiones recientes, notaba un vértigo que atribuía al olor subido de las flores, más aromosas cuanto más calentaba el sol. No quería Gastón reconocer que, á pesar suyo, le impresionaban las palabras de la Comendadora.
De pronto doña Catalina se enderezó, ya tranquila y al parecer olvidada de sus temores.
--Natural es morir, hijo mío,--declaró serenamente.--Otros eran jóvenes y se han ido primero. Eso sí que asusta. Ya no hay más Landrey que tú. Á mí la tierra me llama, después de ochenta y ocho años y cinco meses que estoy en el mundo. Tú ahora empiezas la jornada... ¡Cómo te pareces á tu abuelo, al pobre Felipe!... ¡Qué bien has hecho en venir aprisa!...
--En cuanto me avisó Telma. Ayer mismo llegué á Madrid... Ya ve usted, ni veinticuatro horas...
Algo que remedaba una sonrisa y era más bien fúnebre mueca, animó el semblante amojamado de la Comendadora.
--Acércate más, hijo del alma... Ya apenas tengo voz; no puedo esforzarme... Si me paro, no te asustes... Me falta resuello... Soy muy viejecita... Además, tengo frío... Mira, mira... Helada estoy.
La diestra glacial de la Comendadora cayó sobre la de Gastón, que sintió impulsos de retirarla, pero se contuvo. Parecíale advertir el contacto de un cadáver: tal estaba de inerte y seca á la vez aquella mano que había debido de ser bella y que conservaba aún las proporciones y el delicado dibujo de una mano patricia.
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--¿Eres buen cristiano?--preguntó de improviso doña Catalina.
--Bueno no sé; cristiano sí,--respondió no sin extrañeza Gastón.
--¡Es que si eres... de esos... que sólo creen en la materia... entonces... aunque te llames Landrey... yo... no tengo nada que decirte!...--¿Crees firmemente en Dios, que nos perdona... que nos ha redimido?... ¿Crees, ó no crees? No mientas... ¡Un Landrey no miente... sería mucha vergüenza! ¡Sería propio de un villano!
--Creo en Dios,--murmuró Gastón sonriendo del á su parecer pueril interrogatorio.
--¿Y en la Virgen?
--Y en la Virgen,--afirmó el mozo con calor involuntario, más conmovido ya de lo que aparentaba.
Doña Catalina cruzó las manos como transportada de gozo. Después, sin transición, exclamó, fijando en Gastón sus vividos ojos:
--¿Has estado alguna vez en nuestro castillo de Landrey, cerca de la Puebla de Beirana?
--Nunca, querida tía,--declaró Gastón desorientado y algo confuso.--Y eso que siempre me daba curiosidad. Debe de ser una antigualla preciosa... es decir, con carácter... de eso precisamente, de antigualla. Pero ya sabe usted lo que sucede: se forman planes, se fantasea el viaje... y hoy por esto y mañana por aquello... se queda todo en proyecto, y corren días, y meses, y años... Nada, que no he visto Landrey.
--Mal hecho... ¡Lo mismo hicieron tu padre y tu abuelito... yo no se lo aprobé! ¡Aquel es nuestro solar, el sitio en que se respeta nuestro nombre, el sitio en que éramos como reyes! ¡Los señores de Landrey! ¡Eso era decir algo! El que fundó el castillo y los señoríos,--por cierto que se llamaba como tú, Gastón de Landrey,--fué de los que vinieron á ayudar á don Enrique... Me lo contó mil veces mi padre, que eso sí, era estudiosísimo... ¡El estudio es cosa buena cuando no nos aparta de Dios!... ¿Por qué decía yo esto?... ¡Ah! Sí, sí... Aquel Landrey ó Landroi era ya un caballero muy noble... sus abuelos habían estado en las Cruzadas, con San Luis... El caso es ser grande en el cielo... pero en fin, los que desde hace siglos...
Detúvose la Comendadora, fatigada sin duda, y Gastón, que callaba por respeto, empezó á creer que estaba perdiendo el tiempo lastimosamente.
--La pobrecilla ya chochea...--pensó,--y se le va el santo al cielo... Incoherencias, alucinación... ¡Cerca de noventa años y el claustro!... Querrá que restaure á Landrey y junte allí mesnadas y alce pendón y caldera... ¡Y cómo revela el orgullo nobiliario, su flaco, en pugna con la humildad cristiana! ¡Si supiese que el último Landrey va á carecer de lo más preciso!
--Mi hermano,--continuó la Comendadora,--pudo titular, y prefirió ser Landrey á secas... Hay condes y duques nuevos, pero los Landrey son todos viejos... ¡Ah! Ya recuerdo, ya sé... Hablábamos del castillo. Digo, no; hablábamos de tu bisabuelo, de mi padre... ¡que Dios le haya perdonado!--y el acento de doña Catalina se quebró en un sollozo.--¡El pobre!... esto pasó la noche antes de morir... porque murió en Landrey, en el cuarto de _la parra_, que tiene pintada una, al temple... Pues me llamó... así, en voz alta... «¡Catalina!» «Aquí estoy.» «¿Me oyes bien?» «Sí, señor, diga lo que quiera.» «Acércate, santita...» (me llamaba _santita_ por cariño y por chiste). «Así que yo fallezca, registrarás mis papeles... y quemarás lo que deba quemarse...» «No tenga miedo...» «¡Pero cuidado!... En el mueble de concha, unas cartas... ¡las quemas sin leerlas!» «Lo que usted mande, señor...» «Hay también en el mismo mueble... ¡atiende! una caja de plata, de resorte... y dentro dos papeles doblados y enrollados... de mi letra... ¡Esos sí que los lees... y los guardas... y te guías por ellos para encontrar el tesoro!...»
--¡El tesoro!...--repitió Gastón fascinado por la palabra mágica que su tía acababa de pronunciar.
--Así dijo: «el tesoro...» Y me acuerdo bien, que me cogió la mano y me la apretó mucho, mucho, y añadió... ¡verás! «Es para tí sola... es tu dote... Te prohibo que le dés nada á Felipe... ¡ni un maravedí! Á Felipe no... Es mi enemigo: me ha tratado como á un perro... sé que me ha llamado _traidor_... Me cree renegado, apestado y maldito... Tú aquí, encerrada en estas paredes conmigo en lo mejor de tu edad... Á cada cual su recompensa... Felipe, el mayorazgo, se lo lleva casi todo... Tú tienes una legítima corta... ¡Más rica tú que él! ¡Para tí el tesoro!...»
Guardó silencio otra vez la Comendadora, exhausta por el esfuerzo, pero sus ojos centelleaban. Gastón no sabía lo que le pasaba: el olor de las azucenas le atravesaba como un clavo las sienes, y su corazón latía de esperanza: en aquel momento daba por cuerda y muy cuerda á la monja. Ésta, con dolorido acento, articuló despacito:
--Al otro día murió...
--¿Y la caja?--exclamó aturdidamente el mozo.
--¡Ah!... La caja... Es verdad, hijo, es verdad... No, no creas que la perdí... Allí estaba como _él_ dijo, en el mueble de concha... junto á las cartas... que olían á esencias... y las quemé... ¡Qué bien ardieron! ¡Como yesca!
--Pero... la cajita... con sus misteriosos papeles dentro...
--La recogí... ¡No faltaba más!... Aquí la tengo... Espera... espera.
Y con un movimiento que parecería cómico á quien no fuese capaz de estimar lo que representaba de dignidad y de pudor y de vida inmaculada, la Comendadora se volvió hacia la pared, se alzó el escapulario y se registró el seno con una mano que la vejez hacía insegura... Gastón, ansioso, disimulaba la impaciencia y la curiosidad. Vuelta de cara ya la señora, presentó á su sobrino un objeto oblongo, una cajita de plata algo mayor que una tabaquera y finamente cincelada al estilo de Luis XV; cazadores con tricornio y damiselas con peinado de erizón acosaban á un ciervo entre el follaje de un bosquecillo. Gastón tendió la mano vivamente, pero doña Catalina le contuvo sonriendo con alarde de malicia casi infantil.
--El resorte... Sino ni tú ni diez como tú la abrís...
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Y apoyando de cierta manera la uña del seco pulgar en la charnela de la caja, alzóse lentamente la tapa, y Gastón pudo ver en el dorado fondo, enrollado, un papel amarillento. La monja casi reía, gozosa y triunfante.
--¿Eh? Ya lo ves, ahí lo tienes... Sesenta y pico de años hace que lo conservo... Ni un solo día se ha separado de mí...
--Pero, tía,--observó enajenado Gastón, que sin poder contenerse se entregaba á férvidas ilusiones,--si poseía usted esto, ¿por qué no buscó el tesoro? ¿Ó es que ya lo ha buscado usted? No entiendo...
--No, no, yo no lo he buscado... Dios no quiso que lo buscase... Por cosas que... que yo me sé... desde que me faltó mi padre... ofrecí ser monja... ¡y para eso no necesitaba grandes riquezas! Mi padre había prohibido que el tesoro fuese de Felipe... Pude dárselo á los pobres... sino que... no sé si Dios me castigará por esto... la verdad, tengo un delirio por el nombre de la familia... es falta de humildad, lo conozco... ¡Quería que ese tesoro se lo llevase un Landrey!...
Y volviendo á apoderarse de la mano convulsa de Gastón, añadió bajo, casi al oído del mozo:
--Tú puedes hacer que Dios me perdone esta debilidad... Eres cristiano, hijo mío... Usa del tesoro, no como pagano, sino como cristiano... Las riquezas son un depósito... No abuses, no derroches, reparte con los infelices... y acuérdate también del alma... de la tuya... de la mía... ¡y sobre todo de la de mi pobre padre!... Esto último no te lo encargo, que te lo mando... ¿lo oyes? Te lo mando con un pie en la sepultura...
--Prometo á usted hacer lo que desea,--declaró Gastón subyugado, lleno de fe en el tesoro.
Y tomando la cajita, apresuróse á desenrollar el papel que contenía, con ansia de leerlo. Antes de que lo hiciese, recordó de súbito y exclamó:
--Mire usted, tía, que usted habló de dos papeles... y aquí hay uno, uno no más.
Indescriptible expresión de pena cavilosa oscureció el mirar de doña Catalina. Su cabeza tuvo un temblequeteo senil y sus manos se enclavijaron, como si pidiese misericordia.
--¡Yo, yo destruí el otro!--gimió desconsolada.
--¿Usted? ¿Por qué?... ¿Lo destruyó usted á propósito? ¿Qué era?
--Era el que más valía... ¡Era el plano!...
--¡El plano!--repitió Gastón.--¿Un plano del castillo, sin duda?
--Del castillo y de sus alrededores... Con tinta azul, y señalcitas de puntos encarnados... Hecho por _él_ mismo... ¡Si tenía una cabeza, un saber de todo!
--¿Pero y cómo destruyó usted ese documento... cómo fué?...
--Porque... ¡Verás!... Yo, en el mundo, padecía síncopes... y unas congojas... así como convulsiones... Cuando me encerré sola á quemar aquellas cartas... ¡las de las esencias! mientras ardían, abrí la caja esta de plata... saqué los papeles... los estuve mirando... Y cátate que de improviso me da el ataque... no quiero llamar, porque las cartas no las debía ver nadie... lo pasé allí, sin auxilio... caigo junto al fuego... el plano enrollado rueda á la chimenea... ¡y gracias á Nuestra Señora, que no ardí yo... pero se me tostaron las suelas de los zapatos! Milagrosamente me salvé.
--Y el otro papel... no el plano... ¿Á ver qué dice?--exclamó Gastón sin acertar á reprimir su impaciencia.
Y desenrollando el papelito, vió que sólo contenía escritas en muy clara letra, estos renglones:
«Hallarás lo que buscares, si guiado por el Norte sigues el camino de los antiguos en peligro de muerte. Las piedras viejas son las más preciosas, y el que se humille se ensalzará.»
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--¿No sabe usted qué significa esto?...--interrogó el mozo, que encontró el texto, más que oscuro, negro como boca de lobo.
--No, hijo mío... Con el plano, de seguro se entendía... Yo no hice nada, y ahora mi cabeza... Ya ves... ¡Los años!... Pero en Landrey lo entenderás perfectamente, tú que eres muchacho y listo... Guarda esa cajita ¡guárdala! y véte, que es cerca de mediodía, se acaba la hora de locutorio, y vendrán á llamarme... Y si cumples lo que me ofreciste... ¡Dios te bendiga!...
Doña Catalina alargó sus brazos flacos y cogió la bonita cabeza pelicastaña de Gastón, pegando el rostro á la blanca frente juvenil del último de su linaje. Un hielo mortal serpenteó por las venas del mozo; pensó que acababa de besarle un fantasma sin labios.
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IV
Gusanillo
Salió Gastón del convento fluctuando entre la convicción y el escepticismo. Su convicción era involuntaria; pero su incredulidad, sostenida por el amor propio cifrado en no _caer de inocente_, no se fundaba únicamente en lo enigmático del texto del papel y en la destrucción del plano, sino en lo inverosímil de que existiese nada menos que un tesoro, soterrado de un modo tan novelesco, en un sitio tan romántico y llegando tan á punto para salvar de la ruina á la casa de Landrey. ¡Vamos, si tenía que ser á la fuerza una paparrucha, una quimera nacida en el pobre meollo de una monja alelada! Á pesar de la caja, que apretaba contra su pecho,--y que instintivamente en el tranvía cubrió con ambas manos, por defenderla de algún rata,--Gastón temía ser ridículo ante sí propio, si prestaba fe absoluta á la historia. Lo que más influye en que nos parezcan _irreales_ los sucesos, es la comparación con un medio en el cual esos sucesos no encajan. Venía Gastón de París, saturado de aquel ambiente positivo y prosaico, sin más aspiración que el goce material del momento presente, y la Comendadora, siempre con la vista fija en lo pasado y en lo porvenir, tomando la tierra como tránsito, existiendo únicamente para expiar las culpas de su padre y para evocar las memorias de su raza, era como figura de cuadro ó de tapiz, algo artístico, singular é interesante sin duda, pero tan fuera de la realidad como los santos de piedra de los viejos pórticos...
--La chifladura se pega,--cavilaba el mozo,--y si estoy con la buena señora una horita más, ¡nada! que me creo lo del tesoro á pies juntillas.
Sin embargo, Gastón notaba cierta calentura, esa fiebre ligera que acompaña á los accesos de esperanza violenta y repentina. Pasó el día vagando por Madrid, sin decidirse á ver á nadie, y se acostó temprano, como hombre que tiene mucho que conferir consigo mismo. Durmióse pronto pesadamente, y soñó cosas raras; vióse descendiendo á un negro subterráneo por torcida escalera de caracol; delante de él, guiándole, iba un espectro con hábito monástico, que llevaba en sus manos descarnadas--manos de esqueleto--una linterna, la consabida linterna sorda de las novelas y de los dramas espeluznantes. El espectro, al deslizarse por los peldaños de la húmeda y resbaladiza escalera, producía un medroso ruido de choque de huesos, y los pliegues del hábito, al pegarse al cuerpo, diseñaban planos sin carne y palillos mondos y lirondos. La luz de la linterna, al caer sobre la pared, dejaba ver fungosas vegetaciones, é inmundos insectos, asustados, correteaban en busca de los rincones oscuros. Bajaban y bajaban, sin encontrar nunca el término de aquella escalera horrible, que sin duda se perdía en las entrañas del planeta, buscando su centro. Gastón anhelaba de cansancio, pero el espectro seguía bajando cada vez más aprisa, y era preciso ir tras él hasta el mismísimo averno. Allá abajo, en la sombría profundidad última, Gastón divisaba un punto rojo, y á medida que descendían, el punto se agrandaba, cundía, acabando por ser la boca de un horno gigantesco, en que ardía--¡temeroso espectáculo!--un monigote con chupa y casaca, un pelele de principios del siglo, retorciéndose entre las llamas sin consumirse... Y el espectro, de pie ante el horno, sollozaba:
--¡Agua bendita! ¡Agua bendita! ¡Trae agua bendita, Gastón!...
En este punto del sueño despertó el mozo. Notaba una sed devoradora, y tendió la mano, cogiendo la copa sobre la mesa de noche. Cuando bebía con ansia, la puerta se abrió, penetró Telma lo mismo que un rehilete, abrió atropelladamente las ventanas por donde entró la luz del día y se plantó delante de la cama, exclamando en voz que entrecortaba el llanto: