El Superhombre y otras novedades

Chapter 9

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El ciego y fervoroso imitador de lo moderno se asemeja a alguien metido en enmarañado matorral, de donde le cuesta gran trabajo sacar la cabeza, así para orientarse como para que la gente le vea, mientras que el imitador de lo antiguo se asemeja a alguien que está en soto bien cultivado, de donde se arrancaron ya las matas enanas y espinosas, se podaron las ramas inútiles y se rozó la mala hierba. Útil o bello y elevado además, es cuanto allí queda.

Sin imitar a nadie pueden escribirse obras nuevas y buenas; pero también, imitando lo antiguo, se puede escribir bien, y ser nuevo, hasta sin pretenderlo y contra la voluntad y el propósito de quien escribe. Fray Luis de León, pongamos por caso, se propuso imitar, casi copiar a Horacio, en _la vida del_ CAMPO; pero informado el poeta de muy diverso espíritu, produce algo, enteramente diverso también, y de tamaña novedad, que Horacio, resucitado y conociendo bien el habla castellana, no hubiera penetrado el peregrino y para él misterioso sentimiento que palpita en la imitación de su oda. Toma Calderón la fábula de Prometeo para argumento de un drama, y toman Fenelón y Lope el asunto de la _Odisea_ para el _Telémaco_ y la _Circe_, y nada hay más característico de su época que las obras de estos tres ingenios, ni nada más extraño al sentir, al pensar y al imaginar de Esquilo y de Homero. Literalmente, los versos de Andrés Chenier son un centón de trozos traducidos del latín y del griego; pero, infundida el alma de Andrés Chenier, en el centón susodicho y prestándole nueva y poderosa vida, le convierte en manifestación lírica de las ideas, pasiones y creencias de fines del siglo pasado y en base flamante de la gran poesía que ha florecido en Francia en el presente siglo.

No se crea, por lo expuesto, que yo apruebe sólo la imitación de lo antiguo y que repruebe en absoluto la de lo moderno y extranjero. Lo único que repruebo es la carencia de discernimiento y la sobra de idolatría servil en esta imitación. Convengo en que se puede y hasta se debe enriquecer la literatura propia con lo mejor que se halle en los autores contemporáneos de otras naciones. No por eso se expatria mentalmente el que lo hace. ¿Quién más español que Lope? Y Lope, no obstante, era tan imitador y tan apasionado admirador de los italianos, que llegaba a exclamar: ¿Cómo he de competir con ellos, que son

...solos y soles, yo con mis rudos versos españoles?

Evidente es asimismo que Boscán y Garcilaso, importando en España la métrica y el modo de poetizar de los italianos, prestaron poderoso impulso y nuevo aliento a la literatura de su patria sin hacerle perder su originalidad castiza, sino suministrándole nuevos moldes de donde pudo salir y salió mejor ataviada y más limpia, refulgente y hermosa.

Yo mismo, por último, he celebrado, no poco de lo exótico e importado de Francia que hay en Rubén Darío, sosteniendo que cuando este poeta atina en la elección de lo que toma, lo reviste de la forma conveniente, lo expresa en su idioma castizo y lo adapta como importa adaptarlo, lejos de menoscabar, enriquece la lira castellana con cuerdas nuevas y con tonos que tienen algo de inauditos. Pero desde esto hasta la exagerada admiración del Sr. Reyles por las novelas francesas y rusas, hay todavía enorme distancia, que yo no paso. Las comparaciones son odiosas, y no trataré yo de sostener contra el Sr. Reyles que la novela contemporánea española no es inferior a las de los países citados. Iré modesta y humildemente hasta conceder que es inferior; pero la inferioridad consistirá en que los novelistas españoles del día somos menos discretos, menos instruidos, menos hábiles y menos inspirados que los franceses y que los rusos. Consistirá en suma, en nuestra general decadencia; en que así como ahora no hay Grandes capitanes como Gonzalo de Córdoba; ni pasmosos marinos, como el marqués de Santa Cruz; ni egregios políticos, como el Cardenal Cisneros, tampoco hay novelistas como Cervantes. Y no consistirá esto, en manera alguna, en los progresos que ha habido en la novela, progresos realizados en tierra extraña y no aprovechados por nosotros. No consistirá en ese _arte tan exquisito_, de que habla el Sr. Reyles, _que afina la sensibilidad con múltiples y variadas sensaciones, y tan profundo, que dilata nuestro concepto de la vida con una visión nueva y clara_; arte, a lo que se infiere de las palabras del Sr. Reyles, recién inventado, por cuya estupenda virtud se hace sentir por medio del libro, _lo que no puede sentirse en la vida sin grandes dolores, lo que no puede pensarse sino viviendo, sufriendo, y quemándose las cejas sobre los áridos textos de los psicólogos_. Esta afirmación del Sr. Reyles, raya a mi ver, en herejía literaria, casi monstruosa. ¿Qué novísimo arte exquisito y profundo es ese que no se ha descubierto sino a fines del siglo XIX en Francia, en Suecia o en Rusia? ¿De suerte que Bourget, Ibsen y Tolstoï emplean un arte más exquisito y profundo que los autores del _Quijote_ y de _La Celestina_? ¿Con que Cervantes hacía sentir menos y ahondaba menos en la mente y en el corazón humanos que los modernos novelistas que cito? O la humanidad era más boba y simple en los pasados siglos que lo es en el día, o no hay tal superioridad en las novelas rusas y francesas de ahora. ¿Dónde está la novela de ahora, rusa o francesa, a la que pueda nadie prometer, no la perpetua juventud, no la vida inmortal que tiene el _Quijote_, sino la longevidad gloriosa y el favor popular de que gozó durante dos o tres siglos el _Amadís de Gaula_?

Moda, afectación rebuscada y caprichoso artificio hubo, sin duda, en los libros de caballerías. Pero ¿quién me demuestra la naturalidad espontánea y las honduras filosóficas de las novelas neuróticas, psicológicas, simbólicas y naturalistas que privan hoy? ¿No podrían ser también artificiosas, falsas y no menos llenas de afectación y de amaneramiento, con la pícara circunstancia de poner de mal humor a los lectores y de divertir menos al público del siglo XIX, que _Las Sergas de Esplandián_ o que _Tirante el Blanco_ divirtieron al público del siglo XVI? Al cabo, la burla, la parodia de los libros de caballerías dio motivo y aun se puede decir que inspiró y produjo el más bello y profundo libro de entretenimiento, en prosa, que hasta ahora en el mundo se ha escrito. Me atrevo a dudar de que el ingenio del manco de Lepanto se inspire en las novelas en moda hoy y haga de ellas una parodia que equivalga al _Quijote_. Acaso no merecen más que una sátira como la que escribió Boileau contra las novelas de su tiempo. Aquellas novelas también estuvieron de moda, también entusiasmaron a un público ilustradísimo, donde figuraban filósofos, ilustres pensadores y egregios personajes del gran siglo de Luis XIV, y sin embargo, pasaron de moda. No es de maravillar, por consiguiente, que pasen también de moda las novelas del día. Esto viene en apoyo de mi tesis, en la cual no afirmo que en literatura no haya modas, sino que no debe haber modas en literatura y que los verdaderos literatos, cuando quieran escribir obras durables y no contentarse con un aplauso efímero, y cuando quieran emplear el verdadero arte exquisito y profundo, no descubierto recientemente en Rusia, sino conocido ya en Grecia, desde los tiempos de Homero, deben prescindir de la moda y dejarse llevar de la propia y natural inspiración de la que nace, sin buscarlo ni pretenderlo, cuanto hay de original, de peregrino y de nuevo.

Para que no me tilden de prolijo, no toco aquí otro punto de tan axiomática evidencia que apenas requiere demostración, a saber: que en ciencias, en organización política y económica de la sociedad humana, en costumbres, en comercio, en industria, hay progreso; pero que en literatura, en poesía, no le hay. Explicar esto con claridad conveniente, a fin de evitar confusiones y argumentos fundados en mala inteligencia, sería tarea larguísima, y la dejo para otra ocasión en que venga a propósito y pueda yo extenderme.

DEL PROGRESO EN EL ARTE DE LA PALABRA

I

La pesadísima cuestión de Cuba atrae de tal suerte la atención del público, que parece inoportuno escribir de otra cosa que no sea de la pesadísima cuestión de Cuba o de algo que con ella se relacione.

No me atreveré yo a decir que sea todo torpeza de nuestra parte. Diré, sí, que en esto de guerras civiles es y fue siempre tenacísima nuestra raza. Bien mirado, no cayó sobre España aquel inmenso diluvio de moros de que nos habla Fray Luis de León en la _Profecía del Tajo_. Vinieron a lo más la vigésima parte del número de soldados que hemos enviado a Cuba en estos últimos veinte o treinta meses, y, aunque sea triste decirlo, ellos bastaron para enseñorearse de toda España y para que el célebre Muza se pelase las barbas, apenas desembarcó, al notar que casi nada le quedaba que hacer, porque todo estaba ya hecho.

Si es desvarío de mi imaginación Dios me lo perdone, pero a menudo todo aquello de D. Rodrigo, D. Julián, D. Opas, la Cava y los hijos de Vitiza, me parece un pronunciamiento como los de ahora, salvo que hubo en él unos cuantos moritos, que vinieron como legión extranjera. De aquí que la batalla del Guadalete y la batalla de Alcolea sean a mi ver muy semejantes. Y así como recientemente, después de una de estas batallas, la mayoría de los españoles se hizo partidaria furiosa de los derechos individuales, entonces se hizo partidaria del Alcorán de Mahoma.

Poco duró el dominio del extranjero en nuestra tierra. España se declaró independiente de los califas de Damasco y eligió rey para sí. El primer Abderramán fue el D. Amadeo de entonces. Y si el califato duró más que el reinado de D. Amadeo, lo que ocurrió al terminar ambas cosas puede muy bien asimilarse. Entre los reyezuelos de Taifas y el comunalismo, el caciquismo, el regionalismo y el autonomismo, no se me negará que puede notarse alguna semejanza.

En consecuencia de lo expuesto, considero yo la lucha entre moros y cristianos, que empezó en el Guadalete y acabó en Granada, con el epílogo de la rebelión de los moriscos alpujarreños, como una larguísima guerra civil, que duró siete u ocho siglos. Y no impidió esta situación de guerra civil casi perpetua, el que los españoles se aunasen y peleasen gloriosamente contra los extranjeros, realizando portentosas hazañas, digno y propio asunto de las más hermosas epopeyas. Así vencimos, sin distinción de moros y cristianos, en Roncesvalles a las aguerridas huestes del emperador Carlo Magno; en no pocos puntos de nuestro litoral, a los terribles piratas normandos, idólatras y feroces; y en cien reñidas y sangrientas batallas, como las Navas de Tolosa y el Salado, a todo el poder fanático de Africa; a la ingente muchedumbre de almorávides, almohades y benimerines, que se volcó sobre España en sucesivas y devastadoras invasiones.

Independientemente de esto, yo me obstino en figurarme la prolija contienda de siete u ocho siglos como una obstinadísima guerra civil, dentro de la cual cabía y había otra multitud de guerras civiles, ya de moros, contra moros, ya de cristianos contra cristianos, ya de los de una religión contra los de la otra.

Cuando terminaron estas guerras civiles, merced al esfuerzo y tino de los Reyes Católicos, la audacia, la destreza en las artes de la guerra y de la política, y el ansia de imperio, de aventuras y de poder, fueron tales y tan grandes en los españoles unidos, que éstos impusieron su hegemonía a Europa entera, prevalecieron y descollaron entre los pueblos todos, y para dilatar su imperio y tener campo abierto a su ambición, a su codicia y a su empeño de gobernar las cosas humanas, como si fuera por ministerio divino y ellos fueran nuevo Pueblo de Dios, fue menester que la Providencia les permitiese, y tal vez los diputase y habilitase para descubrir nuevos mundos.

Bien estamos pagando ahora todas aquellas lozanías y todos aquellos atrevimientos de las edades pasadas. Y todo ello por la afición al merodeo, a la vagancia y a la vida rota y sin freno, que las guerras civiles traen consigo. Lo que sucede en Cuba carece de otra explicación. Los españoles que allí residen, y hasta los mulatos y negros, ya libres y españolizados, no tienen fundado motivo para rebelarse, como no aspiren a algo a modo de suicidio colectivo y como de casta, porque es evidente que con la protección y la cercanía de los Estados Unidos, a los veinte años o antes de la nominal independencia de Cuba, no quedará en Cuba un palmo de tierra que no pertenezca a un _yankee_, ni paseará por las calles de la Habana, decentemente vestido, alguien que no sea _yankee_ o que no disimule mucho su procedencia española, chapurreando la lengua inglesa.

Quiero suponer que el suelo de Cuba llegará entonces a estar más poblado y mejor cultivado; que producirá más tabaco y más café; que dará de sí tanta azúcar, que si los bocoyes de una sola de sus cosechas se arrojasen al Atlántico, el Atlántico se convertiría en descomunal tazón de almíbar; pero nada de esto gozaría la gente de raza española, que no había sabido crearlo, sino la raza superior de los _yankees_, que lo crearía, con la actividad y con el acierto de que carecen los criollos de casta española, los cuales no es de presumir que con la independencia habían de ser más industriosos y atinados en sus empresas que libres hoy y gobernándose con autonomía administrativa, bajo la bandera maternal de España.

En suma; yo no veo motivo para que esta guerra de Cuba dure unos cuantos siglos como duró la guerra civil de que ya hemos hablado. La guerra es ahora muy cara, y hasta por razones económicas debe terminar pronto la guerra.

Entre tanto, y para distraernos, si es posible, hablando de otros asuntos, y para complacer a algunos amigos, quería yo hablar del progreso, con relación a las artes de la palabra y explicar lo que dejé por explicar acerca de esto en mi artículo, réplica a otro de D. Carlos Reyles, publicado en este periódico en el día 3 del corriente.

Por desgracia, la preocupación de la guerra de Cuba me ha llevado, como vulgarmente se dice, por esos trigos, y me ha movido a escribir sobre muy distinta materia. Reconozco que lo escrito poco o nada tiene que ver con el progreso, a no ser para negarle y para afirmar que, _mutatis mutandis_, los casos se repiten y vienen a ser siempre los mismos.

Erit altera quæ vehat Argo Delectes heroas: erunt etiam altera bella.

Para introducción hay también más que de sobra en la divagación precedente. Yo la hallo, no obstante, tan ajustada a la verdad y tan candorosa, que no me decido a suprimirla. Quede y valga, pues, como principio de esta meditación mía sobre el progreso, la cual meditación no puede ya ser corta, a no incurrir en la monstruosa desproporción de un exordio mayor que el discurso a que precede. Para evitar la desproporción, y además porque tengo mucho que decir, haré el discurso más largo que de costumbre, abusaré por esta vez sola, lo prometo y casi lo juro, de la paciencia de los lectores, y dividiré el artículo en dos o tres raciones o dosis. Sea esta la primera.

Lo que es por instinto y por afición, yo soy tan progresista como el que más. No fueron ni son más progresistas que yo los generales Riego y Espartero, ni el propio Sr. Reyles, que cree que ha podido inventarse, pocos años ha, un arte, desconocido antes, muy profundo y muy exquisito, por cuya virtud y con cuyos preceptos se escribirán los dramas y las novelas del porvenir y otros mil primores, sutilezas y honduras que dejarán tamañitas y harán que desdeñemos por superficiales y vulgarísimas, cuantas obras de entretenimiento hasta hoy se han escrito. Pero la reflexión acude luego. Me paro a reflexionar y voy limitando mi creencia en el progreso, y cercenando tanto de ella, que no puedo menos de dejarla muy reducida.

En la totalidad de los seres, en el conjunto de las cosas creadas, empiezo yo por decirme, no cabe progreso alguno. Las incomprensibles y elevadas obras de Dios están hoy tan perfectas como en el primer día. Así lo afirman y lo cantan los tres arcángeles en el maravilloso prólogo del _Fausto_. Ello será, sólo Dios sabe de qué suerte. Lo único que yo afirmo, con el apoyo de los tres arcángeles, cuyo cantar aplaudo, es que no crece ni mengua, en su conjunto, la cumplida perfección de lo creado. Inteligencias superiores a las humanas, conciliarán acaso en comprensiva síntesis ciertas antitéticas proposiciones. Nuestra débil mente, no lo puede, ni lo podrá nunca. Vemos cuanto fue, es y será, desenvolviéndose en sucesivas mudanzas, dentro de algo indefinido y vacío, a manera de molde, que llamamos, tiempo. Tal vez columbramos la eternidad inmutable; pero al menos en esta vida mortal no acertamos a comprenderla.

Pensando, pues, con sujeción a nuestros pobres recursos naturales, sin el auxilio de la fe o de una imaginación tan alta, que jamás hallará en ninguna lengua humana términos para expresar lo imaginado, es seguro que lo bueno y lo hermoso del todo, no mengua ni crece, no se deteriora ni se mejora. La gloria del Altísimo sería mayor o sería menor, según sus obras fuesen mejorándose o deteriorándose, lo cual es absurdo. La omnipotencia, la bondad y la sabiduría del Ser Supremo, no sufren quebranto ni reciben aumento, porque son infinitas. Cierto que las cosas no son ni valen nada, porque no son Dios; pero, sin duda, son algo por el ser que Dios les da, y este es otro misterio, cuya obscuridad tenebrosa no hay ni habrá nunca mente de hombre nacido que ponga en claro.

Aunque el Universo no se considere sino como manifestación de la actividad divina, el poder creador, conservador y benéfico de esa actividad, nos parecerá mayor o menor, según el Universo gane o pierda. Es por consiguiente, lo más atinado y juicioso por nuestra parte, el creer que las cosas, de acuerdo con el cantar de los tres arcángeles, están bien como en el primer día: ni más ni menos, porque no cabe aumento ni disminución en lo infinito del saber y de la bondad de quien las ha creado.

Descendamos ya de tan elevadas esferas metafísicas. Si me he extraviado al querer subir a ellas, válgame para disculpa mi intención recta y sana.

Acaso me hubiera estado mejor no pugnar por encumbrarme tanto, y limitarme desde luego, como ya me limito, a este mundo sublunar y a los hombres que le habitan, en quienes cabe progreso, porque, sin duda, tuvieron principio y crecieron; pero será, a mi ver, progreso limitado, porque ni éste planeta ha de durar siempre, ni es probable tampoco que la humanidad contenga en sí, en germen, facultades que se desenvuelvan en ascensión perpetua, ya mejorándola con incesante e indefinido progreso, ya haciendo brotar de su seno lo que llaman ahora el superhombre, en cuyo advenimiento creen no pocos, como, por ejemplo, el Sr. D. Pompeyo Gener, y para los cuales sospecho que se escribirán esas novelas del porvenir de que nos habla el Sr. Reyles, empleándose en escribirlas el nuevo arte poético recién inventado y que es tan exquisito y tan profundo.

Sobre todo ello hablaremos en artículo aparte, por ser ya muy largo el presente.

II

Desde la mona _catarrinia_ hasta la elegante y hermosa Helena y desde los _antropiscos alalos_ que salieron de la Lemuria y se esparcieron en manadas y aullando por todo el mundo, hasta el hombre que compuso la _Iliada_ y los que la entendían y gozaban leyéndola, hay progreso tan pasmoso que, aun suponiendo millares de siglos para realizarle, todavía nos parece inverosímil y punto menos que imposible. Acaso sea todo ello ensueño ingenioso de los sabios que se dedican a la Prehistoria.

Permítasenos dudar de las afirmaciones de esta ciencia flamante. Prescindamos de ella. Y afirmemos, con los datos que suministra la historia documentada y no soñada, que ni en hermosura, ni en fuerza y agilidad corporales, ni en valentía y entereza de ánimo, ni en claridad y elevación de pensamientos, presenta hoy nuestro linaje tipos más nobles y perfectos que los que aparecen ya, como personajes reales, hará más de tres mil años. El hombre, por lo tanto, no ha realizado progreso alguno, en su propio ser, durante tan largo tiempo.

Lo contrario es lo que puede o parece que puede afirmarse cuando se consideran la sublimidad de la misión de algunos individuos de nuestra especie, la felicidad con que la cumplieron y la transcendencia benéfica de sus obras, en cuya comparación nada hay equivalente en el día. Las empresas a que dieron cima individuos y colectividades de tiempos muy antiguos, no se columbra que puedan tener hoy, ni en un cercano porvenir, algo que las supere. No niego yo la posibilidad de nada; me limito a declarar que no percibo, por ejemplo, gloria mayor, ni en lo presente ni en lo futuro, a la de la antigua Grecia, que echa el cimiento, crea la traza y forja el molde de toda la ulterior cultura europea; a la de una sola ciudad, Roma, que se enseñorea de lo mejor del Orbe, y con sus leyes y su idioma lo unifica y lo prepara para recibir con mayor facilidad otro más alto elemento de civilización; y a la de esta misma Península en que vivimos, que, para extender esa civilización más allá de los linderos y términos conocidos hasta entonces, logra descubrir nuevos mundos.

Repito, pues, que los hombres que hicieron tan grandes cosas no son inferiores a los del día. Luego en nuestro propio ser no ha habido progreso alguno. El progreso es con todo innegable, si no en nosotros, en lo que está fuera de nosotros, aunque en nuestro poder y acumulado por herencia. Napoleón, por ejemplo, no vale más que Alejandro el Grande; pero Napoleón tiene cañones y otros medios de guerrear que Alejandro no tenía. Ni Kant ni Hegel valen tanto como Aristóteles; pero Aristóteles no poseía ni la vigésima parte de datos científicos que Kant y Hegel.

Harto se comprende así en qué sentido y hasta qué punto el progreso es indudable. Hay progreso en la ciencia; pero en el arte no hay progreso. Si Perícles resucitara hoy se quedaría turulato al oír el fonógrafo, al hablar por teléfono y al ver el alumbrado eléctrico, los globos aerostáticos, los ferrocarriles y la fotografía. Hasta una cajilla de fósforos de a perro chico le derribaría al suelo, atolondrado de pasmo y de sorpresa; pero de seguro que no hallaría entre todas las _heteras_ de París una más discreta, distinguida y guapa que Aspasia, y la Magdalena le parecería una triste parodia del Partenón, y la torre Eiffel un feo y monstruoso engendro.

Yo confieso que, si se reuniesen las más selectas poesías líricas de los grandes poetas de hoy y Perícles pudiese leerlas y entenderlas, había de hallarlas superiores a las de Píndaro. Prolijo sería explicar el por qué. Baste con que yo reconozca que en lo lírico sobrepujamos a los antiguos. No así en lo demás. La misma abundancia de conocimientos y el prurito de analizar las cosas y de mirar por todos lados cada objeto, quitan gracia, ligereza y nitidez al estilo y le hacen pesado, confuso y difuso. Acostumbrado Perícles a la rapidez de la narración de Herodoto, no podría aguantar ni al grande historiador Macaulay, el cual, si hubiera continuado su historia de Inglaterra hasta nuestros días, hubiera tenido que dar a la estampa centenares de volúmenes de la edición Tauchnitz, y hubiera sido menester, hasta para un lector inteligente y asiduo, el empleo de algunos años de vida sólo para leer a Macaulay y enterarse a medias de lo que dice. Acostumbrado, además, Perícles a la concisión en el narrar de tantas y tan bellas fábulas, leyendas y tradiciones de su patria, yo apostaría mil contra uno a que no sufriría con paciencia, sin bostezar y sin dormirse, las pesadísimas e interminables descripciones de una novela de Zola.

Es cierto que cualquiera me dirá para contestarme que Zola no escribe para que le lea Perícles, sino para que le lean los hombres del día. Y como los hombres del día gustan mucho de sus novelas, Zola tiene grandísimo mérito, y lo que yo digo, nada prueba en contra.