El Superhombre y otras novedades
Chapter 4
Recuerdo yo, no haber leído, sino haber oído contar, en el aula del Seminario donde estudié Filosofía, sin averiguar más tarde en qué autoridad, documentos o testimonios se apoyaba la historia, que el doctísimo Cornelio a Lápide fue en su niñez una criatura casi tonta o insignificante por lo menos, pero que paseando un día por los alrededores de su lugar, tuvo la desgracia o la fortuna de encontrarse en medio de dos partidas o bandos de muchachos, que estaban apedreándose, y de recibir en la cabeza una tremenda pedrada. Este golpe le trastornó y le modificó tan dichosamente el encéfalo, que, no bien sanó de su grave y peligrosa herida, se convirtió en uno de los más agudos y sublimes sabios jesuitas que hubo en el siglo XVII: escribió luminosos comentarios del _Pentateuco_, y otras obras no menos útiles que forman juntas diez o doce tomos en folio; y, por último, murió en Roma en olor de santidad. Sin duda a Nietzsche hubo de sucederle algo parecido. «Opinan algunos fisiólogos alemanes, dice Gener, que la contusión que recibiera al caerse del caballo enfrente de la capital del mundo civilizado, fue, como la caída de San Pablo en el camino de Damasco, el origen de su inspiración y de su genio. Sea de ello lo que se quiera, lo cierto es que su visión filosófica especial del Universo se le desarrolló tan sólo después de esta época.»
Si Nietzsche hubiera sido polaco puro, completamente _ario_, su visión filosófica del Universo, su sistema se ajustaría con exactitud al del Sr. Gener; pero el Sr. Gener sospecha que en el organismo o en la sangre de Nietzsche había no poco de mogol o de tártaro, producida tal vez dicha mezcla cuando invadieron el Oriente de Europa las hordas de Gengis-Kan, de Timur o de otros fieros conquistadores turaníes. La verdad es que en Nietzsche hay dos elementos o factores de su genio, procedentes ambos de atavismo: uno _ario_, y Gener acepta todo el producto de este factor; otra _turaní o mogol_ que mueve a Nietzsche a ser despótico, cruel y sin entrañas.
Es menester que aparezca el _super-hombre_. Cuantos obstáculos se opongan a su aparición deben ser destruidos. Nada de piedad, nada de conmiseración. Tales sentimientos son mera y vil flaqueza indigna del grande hombre, del _super-hombre_ en ciernes. Derríbense tronos y altares, niéguense como absurdas todas las religiones reveladas, y anúlense o deróguense cuantas son las constituciones sociales y políticas, si sólo sobre las ruinas y escombros de todo ello ha de fundar su imperio la _superhumanidad_ futura. Nietzsche acepta el dolor, el padecimiento, la conquista, la tiranía más ruda, si por tales medios se abre camino para el advenimiento del _super-hombre_. Nietzsche gusta en cierto modo de la libertad, pero detesta la igualdad y considera ridículo que los hombres pretendan ser iguales, ni siquiera ante la ley, ni ante la justicia, ni en una vida futura y ultramundana en que no cree, ni ante un Dios cuya existencia niega. Y como niega también la distinción entre lo bueno y lo malo, la moral que le parece una disciplina _sub-humana_ y atrasadísima, y el deber que en la moral se funda, nadie acierta a comprender, y en este punto el Sr. Gener tiene razón que le sobra, por qué Nietzsche se somete con gusto a toda clase de padecimientos y de malos tratos con tal de que se consiga la aparición del _super-hombre_. ¿Qué le va ni qué le viene con dicha aparición, si él no ha de ser el _super-humanado_, si él no ha de pasar de un cualquiera, de un pobre diablo, de simple profesor, con poquísimo dinero, con menos consideración y campanillas, y terminando al cabo porque le encierren en un manicomio? Se comprende la abnegación del asceta que espera alcanzar la eterna bienaventuranza. ¿Pero qué espera Nietzsche para mostrarse y ser tan _abnegado_? El Sr. Gener y no Nietzsche es quien está en lo firme. El _super-hombre_ ha de venir de todos modos. No debemos, pues, atormentarnos, molestarnos, ni trabajar para que venga. Según el Sr. Gener, debemos divertirnos, holgarnos, pasarlo lo mejor que se pueda en este mundo, y el _super-hombre_ ya vendrá sin que le traigamos nosotros.
Aceptando las opiniones en que Nietzsche y Gener concuerdan, Nietzsche es ilógico, y es muy lógico Gener. Según asegura Nietzsche, Jehová ha muerto. Y en cuanto a Gener, aunque a menudo se contradice y hasta llega a mostrarnos al Padre Eterno, que se le aparece y le echa un largo y pomposo discurso, todavía este Padre Eterno es tan raro, que viene a ser como si no fuera. ¿Y negado un Dios personal y providente, cuál será el fundamento de la moral, de la bondad y de la belleza absolutas, y hasta de la verdad misma en lo que debiera tener de permanente e invariable? El Sr. Gener niega todo esto al negar a Dios. Y no soy yo quien saca la consecuencia: el mismo señor Gener explícitamente la saca. La contradicción está en que el Sr. Gener nos habla mucho del amor y se muestra fervorosamente enamorado. ¿Pero dónde está el objeto que de tanto amor sea digno? A la verdad que no se descubre ni se comprende.
Toda criatura racional que cree en un Dios infinitamente bueno, sabio y todopoderoso, sin duda le ama y debe amarle sobre las cosas todas. Y por virtud de este amor, que es caridad, ama también a los hombres, hechos a imagen y semejanza del Dios que ama. Sin ser por amor de Dios, sin este lazo supremo de comunión íntima, de hermandad y de unión amorosa de las criaturas, ¿qué razón hay para que amemos a nadie? No digo yo que aborrezcamos; pero ¿por qué hemos de amar?
El Sr. Gener, sin embargo, por lo que ya se prevé que va a ser su _Evangelio de la vida_, nos anuncia el imperio del amor en el mundo, siguiendo y adoptando las ideas de algunos extraviados discípulos del entusiasta y seráfico Padre San Francisco de Asís.
Según éstos, ya interpretadas sus palabras con exactitud, ya heréticamente exageradas o torcidas, en el mundo de los espíritus ha habido, hay y habrá tres reinados: algo a modo de _turno pacífico_ para las tres personas de la Santísima Trinidad. Como la letra con sangre entra, el primero que reinó fue Jehová, Dios severísimo, vengador y tremendo, que destruye con un diluvio de agua a casi todo el linaje humano, que pisotea a los pueblos en su ira, que arrasa y quema ciudades enteras con fuego del cielo, y que abre el seno de la tierra para que se trague a cuantos son rebeldes a su mandato. El segundo que reina es Cristo, y con él la compasión y también el amor; pero un amor mezclado, con mortificaciones, penitencias, ayunos, lágrimas, vigilias y hasta azotes, de todo lo cual el Sr. Gener gusta poco o nada. Pero afortunadamente, y para que el Sr. Gener quede complacido, el tercer reinado va pronto a empezar cuando menos nos percatemos de ello. Será el reinado del Espíritu Santo, o sea del amor puro, sin disciplinas ya, sin abstinencias, sin cilicios y sin duelos y quebrantos, sino todo deleite, holgorio e incesante _gaudeamus_.
El estilo del Sr. Gener, lleno de lirismo, aunque escribe en prosa, produce en el lector no pocas dudas. ¿Hasta qué punto quiere el Sr. Gener que mucho de lo que dice sea realidad o se limite a ser símbolo, alegoría, imagen o vana figura retórica? De todos modos, aun suponiendo símbolo y no realidad algo de lo que el Sr. Gener nos pinta en sus magníficos cuadros, todavía podemos y debemos nosotros escudriñar en el símbolo la oculta realidad que en él se encierra. Ahora bien: si es cierto, como el Sr. Gener afirma, haciendo hablar al mismo Padre Eterno, que éste no es providente y que la verdadera providencia es la del hombre, Nietzsche tiene razón, y no la tiene el Sr. Gener al aconsejar al hombre que se divierta y no se afane porque el _super-hombre_ aparezca. ¿Cómo ha de aparecer, si nosotros que somos la providencia no le traemos?
El dios del Sr. Gener, dice en su largo discurso, que el bien y el mal le son indiferentes; que él se limita a producir la vida, y que si crea flores, hermosura y salud, frutos sabrosos, palomas y tórtolas inocentes, mariposas y libélulas y lindos y pintados pajarillos que melodiosamente trinan y gorjean, crea también tigres y hienas, arañas deformes, ponzoñosos escorpiones, terremotos, huracanes y pestilencias y prolífica multitud de microbios, causa de las más asquerosas y mortíferas enfermedades. Tal es el Dios que habla con el Sr. Gener y que le declara que no es para nosotros ni salvador ni providente. Nuestra eficaz salvación y nuestra verdadera providencia está en nosotros mismos. A nosotros nos incumbe, según asegura el Sr. Gener, por boca del Padre Eterno que imagina, convertir el veneno en bálsamo, el dolor en placer, las espinas en rosas y los microbios patógenos en microbios deleitosos. Pero, si nos incumbe hacer todo esto, no está bien que nos crucemos de brazos y prescindamos de nuestra incumbencia. Nietzsche, por este lado, tiene razón, y el señor Gener no la tiene; y, por último, si bien se mira, tampoco tiene razón el Sr. Gener en negar la providencia de Dios, ya que Dios, en virtud de un plan sapientísimo, se vale del hombre para vencer obstáculos, para destruir el mal o convertirle en bien, y para que nos mejoremos y perfeccionemos en lo posible.
Si no hay plan ninguno, no sé por dónde podrá afirmar el Sr. Gener que hay progreso, mejora, advenimiento de _super-hombres_ y otras futuras bienaventuranzas. Y si por dicha hay plan, y todo eso y más puede afirmarse, el plan no es humano, sino divino. ¿Qué más alta providencia de Dios puede concebir el Sr. Gener? ¿Cómo imaginar que el plan es humano? ¿Cómo el hombre que nace y muere y que vive tan corto tiempo sobre la tierra ha de haber trazado ese plan? Concedamos que le columbra, que le descubre, pero no que le establece.
No decidiré yo que sea verdad o que sea mentira, pero sí que nuestro entendimiento no halla absurdo cierto plan a grandes rasgos concebido e imaginado, ya que no para que nos representemos en una serie de muchos siglos el desenvolvimiento y la historia del universo todo, para que nos representemos al menos lo ocurrido en nuestro planeta desde el instante en que empezó a girar en torno del sol hasta el día de hoy. A mi ver, es idea en extremo poética e ingeniosa la de que los átomos, impulsados por el prurito de vivir que los mueve, lleguen a producir la vida; y que, una vez la vida creada, se vaya hermoseando, completando y perfeccionando cada vez más. Pero ¿quién ha puesto en los átomos esa inteligencia, que no tiene conciencia de que entiende, ese prurito infatigable e infalible que crea la vida y que después la mejora? Todo ello se explica presumiendo al Dios que Nietzsche y Gener niegan, cuya voluntad soberana y cuya suprema inteligencia lo preparan, lo gobiernan y lo disponen todo. Sin él, jamás podrá concebir la mente humana, por muchos siglos que emplee en la transformación, cómo podrá nacer lo más de lo menos, de lo que no se mueve lo que se mueve, de lo que no vive lo que vive, de lo inconsciente lo consciente, y de lo que no entiende la inteligencia. Todo ello es más inexplicable, es más contrario a la razón que la más ridícula de todas las mitologías, que la más rudimental y primitiva de todas las religiones. Y, por el contrario, no bien afirmamos la existencia de Dios, todo se aclara y todo en el transformismo nos parece más hermoso y más conforme con la omnipotencia y la sabiduría de Dios que en cualquier otro sistema cosmogónico. Es más antropomórfico y, por lo tanto, menos divino, entender que Dios arregla el universo como el relojero arregla la máquina de un reloj, y que da, por ejemplo, alas a los pájaros para que vuelen, ojos a los que ven para que vean, y a los que entienden entendimiento para que entiendan, que entender que Dios pone en la substancia, en la materia, en los átomos o como queramos llamarlos, un anhelo indefectible y un movimiento en dirección segura, firme y sin posible extravío, por cuya virtud, el anhelo de vivir crea la vida, el de volar, las alas, y el de ver, los ojos.
Repito que yo no afirmo ni niego la evolución y el transformismo. No me declaro contrario ni partidario de Darwin. Me limito a afirmar que Darwin no invade los dominios de la metafísica ni de la religión, diferenciándose así de su infiel discípulo Haeckel, y más aún del Sr. Gener y de Nietzsche. Ya Monseñor Van Weddingen, en sus _Elementos razonados de la Religión_, se expresa de esta suerte. «La fe y la ciencia de acuerdo podrían aceptar un transformismo en el cual quedasen a salvo la noción de la causa creadora y la del alma espiritual y libre.» De aquí se infiere que hasta el católico más ortodoxo puede ser darwinista, apoyándose en textos y sentencias de San Agustín, de Santo Tomás de Aquino y de otros Doctores y Padres de la Iglesia, según lo demuestra, o procura demostrarlo, el egregio poeta y filósofo italiano Antonio Fogazzaro en un reciente y muy interesante libro titulado _Ascensiones humanas_.
No se infiere, con todo, de la aceptación de la doctrina del transformismo, la seguridad de que ha de aparecer el _super-hombre_ el día menos pensado. Lo más que podrá inferirse será la posibilidad algo remota de dicha aparición. Por lo pronto, el super-hombre no se ve venir. Al contrario, los adelantamientos morales y políticos, la multitud de invenciones que hacen hoy más cómoda y más agradable la vida y el inmenso cúmulo de estudios, ya experimentales y de observación, ya teóricos y especulativos, que se custodian en los libros y que la imprenta divulga, hacen hoy más fácil que un hombre cualquiera descuelle, aunque diste muchísimo de ser _super-hombre_ y aunque tenga menos valer moral e intelectual que los hombres de antaño.
Cuantas sublimidades puedan ocurrírsele hoy a un poeta que ha estudiado mucho, no son tan pasmosas, ni implican tan rara _super-hombría_ como la que tuvo, pongamos por caso, allá en las primitivas edades, el inspirado autor del libro de Job o el _richí_ o poeta que compuso el himno del Rig-veda, al _Dios desconocido_. Trajano y Marco Aurelio, a pesar de ser gentiles, no hallan monarca que valga más que ellos en toda la prolongación de la historia. En puro y fervoroso amor a Dios, a los hombres y a cuantas criaturas aparecen en el universo visible, será difícil que nazca ya quien venza y supere a San Francisco de Asís. Y si Kant, Schelling y Hegel nos parecen profundos filósofos, abarcándolo y explicándolo todo, aún nos parece superior inteligencia la de Aristóteles por lo mismo que tenía muchísimos menos medios de información. Y lo que se afirma aquí de los individuos, con más razón puede afirmarse de grupos o colectividades organizadas. ¿Qué ciudad moderna, sin excluir a Florencia y a París, crea una cultura filosófica, literaria y artística, tan original y con tan pocos precedentes y elementos exóticos, como la de Atenas en tiempo de Perícles? ¿Ni qué nación, por último, por dominadora y fuerte que sea en el día, podrá soñar con gloria y poder que equivalgan a los de Roma, que no siendo más que una ciudad se enseñoreó de lo mejor del mundo, le dio leyes e idioma y fundó un Imperio que duró no pocos siglos? Y cuando ni en Atenas ni en Roma apareció el núcleo de los _super-hombres_, bien podemos esperar que no aparezca en el día ni en Inglaterra, ni en Francia, ni en Alemania, ni en Rusia, ni en los Estados Unidos. Conformémonos y contentémonos todos con ser esencialmente iguales, aunque, por circunstancias momentáneas (porque momentáneas deben de ser dada la secular amplitud de la historia), las mencionadas naciones prevalezcan hoy, se sobrepongan y hasta dominen a las otras.
En fin, allá veremos cómo explica todo esto el Sr. Gener y lo que más claramente profetiza en su _Evangelio de la vida_, que aparecerá por completo en francés, y dentro de poco, y del que sólo conocemos el _Prefacio_ y tres odas o ditirambos elocuentísimos a la Soledad, a su hermano el Silencio, y a la Noche, madre fecunda de ambos. Unido amorosamente el señor Gener con la precitada Soledad, tendrá de ella o ha tenido ya un hijo, que viene a ser sin duda _el verbo de su Evangelio_. El Silencio se le está criando, y, no bien esté criado, el Sr. Gener se le echará a la multitud para _desatontarla_, removiéndolo todo.
Es tan curioso y tan poético cuanto el señor Gener anuncia, y lo anuncia con elocuencia tan avasalladora, que yo me siento hechizado y casi seducido, inclinándome a creer en el advenimiento del _super-hombre_ y hasta a desearle, aunque me quede entre los _sub-hombres_ y los _superfluos_; pero el último artículo del libro del Sr. Gener viene a desvanecer mi esperanza, a marchitar mi deseo y a derribar la fe en el _super-hombre_ que empezaba ya a nacer en mi alma.
El último artículo del libro del Sr. Gener, que se titula _El hiper-positivismo_, debiera titularse _El hiper-negativismo_, porque lo niega todo, echando a rodar cuanto se sabe: todo fundamento de saber, todo criterio de verdad, toda afirmación de que exista algo. No se contenta el Sr. Gener con que sea todo espíritu, como quiere Berkeley; ni con que sea todo materia, como quieren Büchner y Moloschot; ni con la substancia única de Spinosa; ni con que el tiempo, el espacio y la inmensa cantidad de cosas que coexisten en el espacio y que se suceden en el tiempo, sean más que formas de nuestro sentir y de nuestro entender, fantasmagorías sujetivas que no se sabe hasta qué punto concuerdan o no con la realidad que las produce. El Sr. Gener va más lejos y duda de que haya tal realidad exterior: casi la niega. Afirma que hay representación, pero no asegura que haya representado. Su duda o su negación es más radical aún. No destruye sólo lo representado, sino también el teatro en que la representación aparece y al espectador que la contempla. El Sr. Gener va más allá de Schopenhauer, que sólo ve en el universo representación y voluntad. El Sr. Gener halla que la voluntad está de sobra, que no es más que apariencia. Todo queda, pues, reducido a representación, al más completo nihilismo: a representación sin teatro, sin actores, sin espectadores y sin nada substancial y real que sea representado.
Si después de quemarse las cejas y de estudiar matemáticas, física, química, botánica, zoología, antropología y otra multitud de asignaturas, que el Sr. Gener ha estudiado de un modo sobresaliente, hemos de venir a parar en el extremo en que el Sr. Gener para, casi es lo mejor no abrir un libro ni aprender cosa alguna. Todo es incognoscible. Ya no nos atrevemos a figurarnos lo conocido como una pequeña isla en medio de un Océano inexplorable e infinito que sólo pueden atravesar la imaginación o la fe. La isla misma y hasta nosotros los habitantes de la isla, caemos bajo el predicamento de lo incognoscible: somos puros fenómenos; la substancia y la causa son ficciones, palabras sin sentido. No hay más que movimiento. La electricidad, la luz, la vida, la fuerza, el sentir y el pensar, todo es movimiento, sin motor, sin objeto movido y sin lugar ni tiempo objetivos y reales, por donde y en el cual el objeto movido se mueva.
¿Qué nos queda que hacer en tan aflictiva situación? ¿Cómo nos consolaremos después de haber perdido toda la realidad? Pues nos consolaremos con la poesía, con la música y con las otras bellas artes. De un modo pasivo, nos limitaremos a ser público y nos deleitaremos asistiendo a la representación. Y de un modo activo, seremos comediantes, poetas o compositores de música, y representaremos nuestras óperas y nuestros dramas. Tal es el punto final a que ha llegado el Sr. Gener después de todos sus estudios.
Lo malo, o al menos lo que yo no me explico todavía, es cómo ha de gustarme la representación ni cómo he de componer algo para que se represente cuando el Sr. Gener empieza por quitarme el sustantivo. No nos queda verbo que no sea impersonal, sin agente y sin paciente. Vibra, ve, huele, anda, come, etc.; pero no sabemos quién come, quién ve, ni quién vibra, ni qué es lo vibrado, ni lo comido, ni lo visto. Todo es incognoscible, y hasta podemos recelar que no exista. No sólo el _super-hombre_, sino igualmente cuantos hombres existen o han existido y de quienes el Sr. Gener nos habla, arios y turaníes, polacos y mogoles, romanos y griegos, no pasan de ser una mera representación. Carece, pues, de fundamento y de verdad científica todo cuanto el Sr. Gener nos cuenta en los demás artículos de su libro sobre historia de las religiones, socialismo, etc. Todo se reduce a poesía, según el mismo Sr. Gener paladinamente lo confiesa. Y ahora digo yo para terminar que, considerando su libro como poesía, es digno del mayor aprecio. Es elocuente en alto grado; ameno a veces, a veces sublime, y tan rico siempre de doctrina, de atrevimientos, de ideas originales y de clara y bien ordenada exposición de las ideas de otros, que sugiere, despierta y suscita en cualquier espíritu, aunque sea pobre e infecundo como el mío, tan grande tropel de pensamientos y tan enmarañada madeja de raciocinios, que si no fuese por miedo de fatigar a mis lectores, no me aquietaría yo con escribir este artículo, sino que escribiría una docena, y aún se me quedaría mucho por decir. Pero no lo digamos y quédese en el tintero para no hacer interminable este escrito.
LA IRRESPONSABILIDAD DE LOS POETAS
SOBRE LAS «ODAS» DE D. EDUARDO MARQUINA
Mucho podrá decirse en pro y en contra de las _Odas_ del Sr. D. Eduardo Marquina, pero no que son un libro insignificante. A mí me dan no poco en que pensar, suscitando en mi espíritu ciertas contradicciones filosóficas o antinomias estético-morales, que no acierto a resolver y que voy a exponer aquí sin rodeos y con franqueza.
Con grande entusiasmo pondera Horacio, en su _Epístola a los Pisones_, la virtud docente de la poesía. Por ella se muestran los rectos caminos del vivir, los oráculos dictan sus sentencias, se levantan los muros de las ciudades y se congrega en paz el linaje humano, sujetándose a leyes sabias y justas. Pero este mismo Horacio, que da a la poesía tan singulares alabanzas, nos cita la rara afirmación de Demócrito sosteniendo que es menester ser loco para ser poeta, y que es expulsado de Helicon quien está en su cabal juicio.
Ajústeme usted tales medidas, digo yo ahora; y perdónese lo vulgar de la frase. ¿Cómo compaginar que los poetas son la luz del mundo, nuestra guía y nuestro faro, y que son al mismo tiempo locos? Todo se entiende si consideramos la tal locura como frenesí divino, como furor sagrado que el estro infunde, clavando su aguijón agudo en el pecho del vate. Este, poseído entonces del numen, llega a decir cosas de sentido muy superior al vulgar, revela misterios y abre a nuestros espantados ojos, en la amplitud luminosa de un horizonte ideal, la sucesión ordenada y prescrita de los futuros casos.
Yo me conformaría y me aquietaría con esto si todos los poetas que pronostican, que enseñan o que amonestan estuviesen de acuerdo; pero, como no lo están por desgracia, me hunden en un mar de confusiones. Así es que exclamo allá en mis adentros: quizás estén locos, verdaderamente locos, y sean con su locura perjudiciales a la república. Por eso Platón los desterró prudentemente de la suya, ya fuese por precaución, ya fundado en el refrán que reza: el loco por la pena es cuerdo.
Hechas las anteriores reflexiones, todavía en vez de ver claro este asunto le veo obscuro y contradictorio.