El Superhombre y otras novedades

Chapter 18

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El discurso pronunciado por doña Emilia Pardo Bazán en los Juegos florales de Orense, tiene este carácter medicinal y regenerador. Y como son tan atinadas las observaciones que hace, las cosas que dice y los consejos que insinúa, y como todo ello está redactado con fácil y natural, al par que elegante estilo, y adornado con las galas y los colores de una muy brillante fantasía, bien merece que nos detengamos a examinarlo, aunque los juegos florales y los versos que en los juegos se premian queden, así en Orense como en otros varios puntos, completamente eclipsados por la prosa; aunque los juegos florales se conviertan en _meeting_ político, y aunque se trueque en club el salón en que se celebran.

Si en alguien está plenamente justificado el producir este cambio en el propósito de los juegos, es sin duda en doña Emilia Pardo Bazán, la cual no puede, como los mantenedores varones, hablar en el Senado o en el Congreso y exponer allí las reformas que anhela introducir en el gobierno del Estado para regeneración de la patria.

Hay en mi sentir, afirmaciones tan verdaderas y tan consoladoras en el discurso de doña Emilia, que nos complacemos en notarlas aquí, lisonjeados y engreídos de coincidir en todo con ellas.

Lo primero que aplaudimos es algo a modo de amnistía que doña Emilia concede. O no puede saberse, o no debe declararse, aunque se sepa, quiénes han sido la causa de nuestras recientes desventuras. O son culpados todos, o sólo está la culpa en circunstancias independientes de la voluntad y del entendimiento humanos. Hemos sido vencidos, hemos perdido los espléndidos restos de nuestro gran poder colonial antiguo, porque teníamos que perderlos; porque así estaba prescrito. Ni se infiere de pérdida tan lastimosa que seamos una raza inferior o un pueblo degenerado, como ha supuesto recientemente un famoso hombre de Estado de la Gran Bretaña. Doña Emilia protesta enojada contra afirmación tan injuriosa, dejándose arrebatar por su patriotismo y por el espíritu de contradicción hasta el extremo contrario, hasta creer que somos «tan capaces y aptos, y quizás por naturaleza, más inclinados al bien, más exentos de vicios groseros, menos alcohólicos y brutales que ningún pueblo de Europa.»

Nuestra decadencia o postración ha de ser, por consiguiente, accidental y no esencial. Depende de varios achaques y dolencias de que es menester que sanemos. Para conseguirlo, propone doña Emilia, algunos remedios que a mí me parecen excelentes. Lo que importa ahora es que haya alguien que sepa aplicarlos con energía y perseverancia.

Deja entrever doña Emilia que quizás convendría un dictador para alcanzar tan buen fin. Harto me pesa tener que declararlo aquí; pero no estoy muy conforme con esto de la dictadura. Me parece remedio sobradamente heroico, y que además sería en el día de hoy inoportuno y tardío. Los Camilos, los Fabricios y los Fabios fueron dictadores para salvar a Roma; para que Roma venciese y arrojase de Italia a Breno, a Pirro y a Aníbal; pero no se les ocurrió a los romanos darse por vencidos, sentar paces, ceder al galo, al epirota y al cartaginés mucha parte del territorio de la República, y crear luego un dictador para que en la paz y en vencimiento los regenerase, o más bien los castigase. A la calamidad de quedar vencidos no quisieron los quirites añadir la calamidad de ser despóticamente gobernados.

Dice doña Emilia, y tiene razón hasta cierto punto, que la libertad no es un fin, sino un medio; pero la dictadura, no hasta cierto punto, sino en absoluto, es siempre un medio y no un fin. Es cierto que la libertad es un medio; pero el hacer cada uno lo que se le antoje, sin turbar el orden y sin ofender a Dios ni al prójimo, es medio tan excelente que vale para todos los fines, y hasta estoy por afirmar que bien mirado, es un fin, ya que sin libertad no puede haber nada bueno. Desechemos, pues, la dictadura. Para sufrir nuestra mala suerte y para aguantarnos, como nos hemos aguantado, todo dictador está de sobra. Cavour y Bismarck, dado que fuesen dictadores, surgieron para hacer el uno la unidad de Italia y el otro el Imperio germánico. ¿Qué iba a hacer ahora nuestro dictador, si Dios, o más bien el diablo, le suscitase? Como no fuese humillarnos y ponernos en ridículo, no sé yo lo que haría. El dictador, además, si ha de valer para fundar algo, ha de ser el instrumento, el apoderado de una gran parte de la nación, cuyos mandatos ha de cumplir con la fuerza que la misma nación pone en sus manos para que los cumpla. Sin duda que el dictador es entonces potestad que de Dios procede; pero no inmediatamente, sino por medio de la República, como dice Domingo de Soto, _divinitus erudita_. ¿Nos hallamos nosotros en tal caso, nos inspira Dios la elección de un dictador, y para qué y quién ha de serlo? Desengáñese doña Emilia y persuádase que lo menos malo es que las cosas sigan como están, sin alteraciones ni mudanzas. Alterándolo y mudándolo todo, con varios a modo de dictadores, cambiando a cada momento constituciones y leyes orgánicas, soltando reformas administrativas, cuya recopilación requiere enorme multitud de volúmenes, y haciendo revoluciones y pronunciamientos a cada paso, hemos andado durante todo el siglo XIX, y harto se ve y se deplora lo poco medrados y menos lucidos que hemos llegado al XX. ¿Para qué, pues, nueva revolución, aunque el Sr. Maura, citado por doña Emilia, sostenga que la revolución se impone, y que a no hacerla desde arriba, desde abajo habrá que hacerla? ¿No sería mejor que nos quedásemos quietos, procurando, no con dictadores, ni con revoluciones, ni con flamantes leyes y decretos, sino trabajando mucho y bien en las artes y oficios útiles, aumentar la riqueza de la nación, restaurando así sus bríos antiguos y la enérgica confianza en sus altos destinos?

El libro inmortal de Miguel de Cervantes nos da sobre esto implícita y simbólicamente varios consejos muy sanos que debiéramos seguir. Vencido D. Quijote por el Caballero de la Blanca Luna, no quiso ser dictador ni revolucionario, sino que proyectó dedicarse al pastoreo y a la vida pacífica e industriosa. En punto a revoluciones, debiéramos también imitar al hidalgo manchego, que se contentó con romper una sola vez la celada, ufanándose al reconocer lo cortante de su espada y lo pujante de su brazo; pero, ya la celada recompuesta, se guardó muy bien de acuchillarla de nuevo, y la dio por buena y resistente aunque no lo fuese. Así nosotros, que hemos acuchillado y desbaratado tan a menudo nuestras instituciones, debemos dejarlas en paz y sin ponerlas a prueba de nuevo, considerarlas firmes y buenas, aunque disten algo de serlo.

Nuestra manía de legislar nos perjudica mucho, desacreditando las leyes por efímeras y caducas, e induciéndonos a no cumplirlas. Si han de ser pronto derogadas, ¿para qué su cumplimiento? Bien dijo D. Quijote en la carta que escribió a Sancho cuando era Gobernador de la Insula, y que bien pudiera repetir si escribiese a los gobernadores del día: «No hagas muchas pragmáticas, y si las hicieres, procura que sean buenas, y, sobre todo, que se guarden y cumplan.»

Con mucho juicio toca y dilucida doña Emilia en su elegante discurso otras importantísimas cuestiones. Es la primera la cuestión religiosa, a mi ver algo anacrónica y exótica: anacrónica, porque parece más propia de las edades pasadas que de la edad presente, y exótica, en mi opinión, porque yo me atrevo a sospechar que, si en Francia no estuviese de moda perseguir hoy a los frailes, acaso no se hubiese desenvuelto tanto entre nosotros el afán de remedar a Francia en dicha persecución librepensadora, y tan contraria a la libertad bien entendida. Yo apelo a un librepensador, francés también, y contrario a tales persecuciones. Beranger dice:

A son gré que chacun professe Le culte de sa déité; Qu'on puisse aller même à la messe; Ainsi le veut la liberté.

A ver si esto se aviene con silbar y apedrear los conventos y las procesiones devotas, y con otros desahogos por el estilo.

Acerca del regionalismo separatista, me parece que doña Emilia se expresa con discreción y tino. Recordando una sentencia de Cánovas y haciéndola suya, afirma que el amor de la patria grande, el espíritu nacional, el patriotismo amplio desaparece de los pueblos cuando se convencen de que son mal administrados. Nadie, según doña Emilia, sería separatista o catalanista, sino fervoroso español, si pudiésemos contestar a sus quejas y a sus gritos «con las letras, con el arte, con la instrucción, con el progreso, con la rehabilitación de España; con una patria tan bella, tan digna de ser amada, tan majestuosa y noble, que nadie que no esté demente pueda desearle sino larga vida.» Precisa condición para lograr todo esto es que la patria esté bien administrada; y volvemos a la sentencia de Cánovas. Pero la buena administración, si bien puede considerarse como causa, puede y debe también ser considerada como efecto, sobre todo en un pueblo libre, donde no es nunca el capricho de un tirano quien crea y sostiene al Gobierno, sino la opinión pública, que se impone por los medios legales de la prensa, de la tribuna, de las manifestaciones y de las asociaciones pacíficas. Penoso es tener que decirlo, pero la verdad antes que todo: si tal pueblo está mal administrado, es porque no hay en todo él quien lo administre mejor, o porque es extremamente dificultoso el administrarle, a causa de circunstancias o de fundamentos que no acertamos a descubrir, pero que de cierto no se vencen con violencias dictatoriales o demagógicas, echándolo a rodar todo, para que después del trastorno y la barahúnda tengamos que decir como durante todo el siglo XIX tantas veces hemos dicho: peor está que estaba.

En suma: el discurso de doña Emilia Pardo Bazán, que nos da ocasión para exponer lo que hemos expuesto, no sólo es bien pensado y elegante sino consolador y optimista. El mero hecho de pronunciarle tan ilustre dama, es evidente testimonio de cuanto nos preocupa a todos la salud de la patria, la restauración de sus energías y el fundado renacimiento de sus altas esperanzas desde luego, y para después de su antiguo poderío, crédito y gloria.

NOVELAS RECIENTES

I

Bien podemos decir con satisfacción que en el cultivo de la novela se advierten más cada día la abundancia y la bondad del fruto.

No es tan voluntariosa la musa como generalmente se cree. Conviene llamarla con persistencia y empeño. No siempre es ella sorda, y suele acudir propicia a quien cariñoso la pretende y con reiteradas y fervientes súplicas la llama. Sólo así se explica que en el país y entre la gente donde se escribió el _Quijote_ se hayan escrito tan pocas novelas y de tan corto valer durante cerca de dos siglos, y que de algunos años a esta parte se escriban muchas novelas, no siendo inferiores algunas de ellas a las escritas en otros países donde florece género tan popular de literatura.

De Francia y de Inglaterra se han importado las novelas hasta hace poco, traduciéndolas o imitándolas. Aún persisten la imitación y la traducción. Tal vez nuestro público gusta más todavía de lo traducido o importado que de lo castizo y propio. No me incumbe ni quiero yo dilucidar aquí si nuestro público, y sobre todo el más selecto por su elevada posición social, tiene razón o no la tiene en tan marcada preferencia. Sólo afirmo que debemos procurar que tal preferencia deje de ser, ya esmerándose todo autor de novelas en que sean buenas las que dé a la estampa, ya trabajando el crítico para que reconozca y confiese dicha bondad el vulgo de sus compatriotas. No tenemos hoy que competir únicamente con lo que en Francia y en Inglaterra se escribe, sino que de Rusia, de Polonia y de otras naciones y lenguas, extrañas y casi incógnitas antes, se importan novelas que, ya nos entusiasman, porque en realidad lo merecen, ya nos agradan más que las nuestras, por lo exótico y peregrino de todo, y hasta porque, no conociendo ni tratando de diario a los autores, nos los podemos imaginar por cima de nuestro nivel: más sabios o más inspirados.

Inevitable es el influjo en las letras y en las artes de un país de lo que se produce en otros países más prósperos y más adelantados. No pretendo yo que nos sustraigamos a tal influjo, no sólo inevitable, sino provechoso a veces. Lo que me parece mal es el remedo servil, y es también que el remedo sea por moda, movido el que imita por admiración ciega y sin elegir los buenos modelos con discernimiento juicioso.

De todos modos, es absurdo aspirar a una originalidad tan completa que no se parezca, por ejemplo, ni recuerde en nada una novela española a las que ya en el mismo género se han escrito en otras naciones. Nuestra aspiración debe limitarse a que, si algo se imita, recaiga la imitación sobre un fundamento original y propio, así en las costumbres, pasiones y caracteres que se representen, como en el estilo y lenguaje con que se exprese todo. Importa que los personajes, los sucesos, los campos, ciudades y demás sitios en que se ponga la escena y cuanto figure en la acción, aparezca tomado o copiado inmediatamente de la naturaleza y no de los libros favoritos, venidos de tierra extraña a ser objeto de nuestra admiración y entusiasmo.

Cumpliendo con estas condiciones tenemos ya bastantes novelas, y cada día aparecen nuevas y compuestas por nuevos autores.

En medio de nuestra postración política, y a pesar de la discordancia de opiniones y de intereses que nos amenazan de continuo, turbando el reposo y la serenidad de los espíritus, aunque no lleguen todavía a producir muy serios y deplorables disturbios, buen síntoma es que la actividad intelectual se muestre fecunda en España y no reconcentrada en Madrid, sino difundida por toda la Península.

Yo, que políticamente no gusto del regionalismo, le celebro y aplaudo en literatura. Prefiero muchos focos luminosos a uno solo, por esplendor que tenga, que brille en el centro y que se difunda por todas partes. Con tal de conservar el carácter nacional y no renegar de él, la aparición de las obras de ingenio en diversas ciudades y regiones es prueba de que la vida no se ha recogido en el centro, sino que por donde quiera da razón de sí, mostrándose ubicua y varia sin romper la unidad del conjunto.

En el siglo pasado nuestra fecundidad mental se manifestó en la elocuencia parlamentaria, de que se abusó no poco, y en el teatro y en la poesía lírica, satírica y narrativa.

En el día de hoy me parece que estamos algo cansados y desengañados de la oratoria, y me parece también que, si versos han de escribirse siempre, la abundante cosecha que de ellos ha habido nos tiene fatigados, cuando no hartos, y no creo yo que los Juegos florales, que en muchos lugares se celebran a menudo, valgan para renovar la afición a la poesía, tan vehemente, por ejemplo, en la época del romanticismo, ni valgan tampoco para despertar en las almas una nueva inspiración poética, poderosa y brillante.

La propensión de los que escriben en el día es hacia la novela. Y lejos de ser estéril esta propensión, a cada momento produce obras estimables, dejando esperar otras para lo futuro más sazonadas y menos imperfectas.

Quisiera yo dar aquí noticia de no pocas novelas que recientemente he recibido y leído; pero las comparaciones son odiosas, el juicio puede ser falible, cegado por la mayor o menor amistad que con los autores nos una, y esto me arredra y casi no consiente que trate yo aquí de las últimas novelas, y que las juzgue y las compare. Básteme afirmar que no pocas se leen con agrado, que están sencilla y elegantemente escritas, y que tal vez son más morales y más amenas aquellas cuyos autores, o no han leído muchas novelas francesas o inglesas, o se olvidan de ellas cuando componen las suyas.

De los novelistas ya muy populares y acreditados, de los veteranos, digámoslo así, no he de decir aquí palabra. Ni Pérez Galdós, ni Pereda, ni Picón, ni el mismo P. Coloma, que publicó hace poco un nuevo e interesante libro, ni menos aún la Sra. D.ª Emilia Pardo Bazán, necesitan que nadie llame la atención del público sobre sus escritos. Tal vez convendría una crítica imparcial sobre ellos aprobando las bellezas que contienen y haciendo notar las faltas que como toda obra humana han de tener, a fin de que los escritores noveles las eviten y no incurran en ellas. Pero tan ardua tarea no es para mí. En el día más que nunca me siento yo sin fuerzas para tanto, y reconozco, además, que carezco de autoridad suficiente. O por abatimiento de ánimo, muy natural en la vejez, o por desengaño razonable y justo, veo yo tales faltas en mi propia labor, que no me atrevo a censurar las de aquellos a quienes la gran mayoría de mis compatriotas otorga aplausos y laureles. Digo, pues, al revés del vate de Mantua: _paulo minora canamus_. Y entiéndase que, al decirlo, no quiero decir que sean menores los objetos de que voy a tratar. Quiero decir sólo que son nuevos, que su mérito aún no está estimado y tasado por el público, y que yo, aunque sólo sea como parte mínima del público, puedo, sin soberbia vanidosa, concurrir al examen y contar con mi voz y mi voto en la estimación y en la tasa.

Como mi humildad y la desconfianza en mi propio criterio es hoy mayor que de costumbre, no quiero tratar tampoco en este artículo de otros autores, no tan famosos como los arriba citados, pero que gozan ya de muy extensa fama. No trataré, pues, de las _Leyendas de amor_, de D. Pompeyo Gener, ni de la _Sonata de otoño_, del Sr. Valle Inclán, ni de _Sónnica la cortesana_, del Sr. Blasco Ibáñez, ni de _Camino de perfección_, del Sr. D. Pío Baroja. Hoy trataré sólo de novelas escritas por autores que, como novelistas, se estrenan; de autores que agradecerán lo que yo diga, por malo y desautorizado que sea, considerándolo siquiera como anuncio. Si mi juicio, que será favorable, viniese, como espero, a coincidir con el del público, mis palabras llegarán a ser celebradas por verídico vaticinio. Y si el público no llega a apreciar lo que yo aprecio, mis palabras serán olvidadas, o bien me disculpará quien las recuerde, calificándome de indulgente y bondadoso aunque falso profeta.

II

El primer libro sobre el que me decido a hablar, después de tan largo y quizás fatigoso preámbulo, se debe al ingenio del joven don Mauricio López Roberts, y contiene tres novelas cortas, cuyos títulos son: _Las de García Triz_, _La cantora_ y _La familia de Hita_.

Afirman muchas personas, en mi sentir sin reflexionarlo bien, que la moralidad de las narraciones fingidas consiste en que la virtud triunfe y en que el vicio sea castigado; pero, si bien se recapacita, semejante moralidad no es de buena ley. Si se pretende que, impulsados por la narración fingida, nos decidamos a ser virtuosos a fin de alcanzar el premio, y a no ser viciosos para no incurrir en la pena, la virtud tomará trazas de timidez y podrá tomarlas el vicio de valentía. De todos modos, resultará que el interés nos mueve y no el amor desinteresado y noble.

Es otro inconveniente en semejante modo de moralizar que el moralizador por medio de fábulas y de apólogos quede desmentido a cada momento por los sucesos reales, ya que, por desgracia, no son constantes, ni siquiera frecuentes, el triunfo de los virtuosos y el castigo de los viciosos. Lo que importa, pues, para que la lectura de una narración fingida sea ejemplar y moralizadora y nos deleite y consuele, en vez de deprimir y amargar el ánimo, es que el premio que alcance la virtud en toda persona, en cuyas obras resplandece, nada tenga de exterior y de material, sino que sea íntimo, independiente de casos y de circunstancias, y concedido por alto y soberano decreto de la conciencia incorruptible y pura.

En las novelitas del Sr. López Roberts ocurre lo que acabamos de exponer. No hay tesis. En ellas se da el arte por el arte, en el buen sentido de la frase. Quiero decir con esto que, por no proponerse el autor defender esta o aquella opinión, se coloca por cima de lo opinable, se deja guiar por su recto sentido, y sin sermones o discursos logra que resulten de la condición y carácter de los personajes y de la acción en que intervienen una muy alta moralidad y cierto consolador optimismo, aun en medio o después de las mayores tragedias.

En la narración donde esto se ve más claro es en la titulada _La familia de Hita_. Los principales personajes no pueden ser menos ideales, ni más reales, ni más vividos, ni más ruines tampoco. Eusebio, el padre, es un soñador, holgazán, declamador de café e inventor de planes absurdos para ganar dinero y fama. Alejandro, su hijo, es un ser perverso, más ignorante y no menos presumido que su padre, de quien sin embargo se burla sin asomos de respeto filial. Las burlas llegan a tal extremo, que el padre y el hijo se insultan y riñen. Leandra, la hija, está soñando siempre con libertarse de las miserias de su casa, con no someterse al trabajo y con hallar quien la mantenga, ora lo cohonesten o no las leyes civiles y religiosas. Sólo es impecable y moralmente bella, en el seno de tan abominable familia, la madre, Felícitas, llena de resignación y mansedumbre, desvelándose y trabajando para que los otros vivan y para que vivan sin deshonra ni vergüenza. Felícitas tiene cortos alcances intelectuales, pero su humildad, su modestia y su rectitud severa, libre de jactancia y templada por la dulzura, la van elevando cada vez más en nuestro concepto, según va progresando la narración. Alejandro abandona la casa paterna porque no puede sufrir a su padre, a quien colma de denuestos. Leandra se enreda en vulgarísimos amores con un seductor no menos vulgar, llamado Juanito Mardura, con quien se escapa y quien la mantiene. Y, por último, Eusebio, en pago de su paterno consentimiento y beneplácito en la nada decente unión de Leandra y Juanito, acepta gustoso y lleno de gratitud el empleo de administrador de ciertos bienes que posee Juanito en un lugar lejano. Desesperada Felícitas al ver tan asquerosos horrores, y al oír la cínica apología con que su marido trata de justificar y hasta de glorificar su conducta, acaba por perder la razón, y en un arrebato, inconsciente sin duda, se arroja por un balcón de su casa y muere.

Moral y cristianamente hubiera sido mejor que Felícitas no se suicidase, que terminase su vida de otro modo; que, por ejemplo, muriese de pena. Aquel suicidio, sin embargo, harto se ve que está motivado por la locura: por un frenético e irresistible arrebato que exime de toda responsabilidad a Felícitas.

Zola o cualquiera otro autor de la escuela de Zola, hubiera hecho de la narración de tan horrible historia algo desesperante, antisocial o provocador a la blasfemia. En el ánimo del lector la culpa de todo hubiera aparecido ya en la sociedad mal organizada, ya en un fatal determinismo de nuestra humana naturaleza, el cual determinismo condenaría a la Providencia o la negaría. En la narración, por el contrario, del Sr. López Roberts se advierten el libre albedrío y la consiguiente responsabilidad de los personajes del espantoso drama, por cima de cuya catástrofe brillan la reconciliación suprema y el orden, la esperanza y el bien en el conjunto de los sucesos y de las cosas. Por lo demás, harto se reconoce que el señor López Roberts, venciendo su repugnancia y para demostrar que no es melifluo siempre y que sabe tocar todos los registros, ha compuesto al gusto del día la mencionada historia, donde son plebeyos y grotescos personajes los que calzan el coturno y los que producen la tragedia, no en parodia, como los sainetes de D. Ramón de la Cruz, sino efectiva y conmovedora.