El Superhombre y otras novedades

Chapter 17

Chapter 174,130 wordsPublic domain

Me mueve a poner aquí las anteriores reflexiones la lectura de una novela o como queramos llamarla, obra de D. José Nogales, y cuyo título es _El último patriota_. Constituye la acción o el argumento de la mencionada novela, la serie de sucesos, de temores y de esperanzas que sobrevienen y asaltan a los habitantes de una ciudad imaginaria, llamada Oblita y situada en territorio español, durante la muy deplorable y harto poco lucida guerra que contra los Estados Unidos de América nos vimos obligados a sostener. Y digo que nos _vimos obligados_, porque hasta cierto punto es falsa la vulgar sentencia que dice: que dos no pelean cuando uno de los dos no quiere. El que no quiere puede ser colocado tan sin escape y tan entre la espada y la pared, que sin contar con la menor probabilidad de triunfo y sólo para salvar su decoro y probar que cede a irresistible fuerza, acepta o declara la guerra, aunque esté persuadido de que va a ser derrotado. Así con espadas de plomo peleaban gladiadores contra el bien armado Emperador de Roma, que de seguro había de matarlos, y así sale al campo a reñir en desafío contra el más tremendo de los espadachines un señor viejo y pacífico que no sabe de esgrima o que la ha olvidado, y que por no haber tirado al blanco o haberse quedado medio ciego no acierta a dar un balazo a un elefante a cinco metros de distancia.

Importa, antes que todo, rejuvenecerse y robustecerse para cobrar confianza; aprender luego o recordar los ejercicios gimnásticos y de las armas; apercibirse de los convenientes pertrechos, pero sin gastar en adquirirlos lo que antes debe emplearse en restaurar los bríos naturales de la propia persona, y, por último, buscar y ganar amigos para no verse otra vez abandonados en el caso de un nuevo conflicto. Pero lo que importa más que nada es que no decaiga el ánimo, que no se abata el vencido y que no forme muy ruin y desesperada opinión de sí propio.

Por lo expuesto me inclino yo a desaprobar la impía burla con que fustiga el señor Nogales a los habitantes de Oblita. Convengo en que un fervoroso patriotismo, herido y exaltado por recientes desventuras, y el deseo de estimular a la patria y de excitarla a grandes acciones, sacándola de la flaqueza y del marasmo en que tal vez ha caído, pueden mover a un varonil y bien intencionado escritor a zaherir y a satirizar duramente a la misma nación a que pertenece. Claros ejemplos de tales diatribas, fundadas en sentencias como las que rezan: quien bien te quiere te hará llorar, y la letra con sangre entra, han dado en Italia, para libertarla del yugo extranjero y hacerla una, no pocos egregios italianos como Parini, Giusti y Leopardi, avergonzándola y maltratándola de palabra, ora en prosa, ora en verso.

¿Está bien o no está bien que nos valgamos hoy en España de un método parecido? Hallo tan comprometido el contestar a la pregunta, que no atino con la contestación útil y justa y no me resuelvo a darla. Paréceme, no obstante, que entre nosotros hay en el día circunstancias que deben movernos a ser más indulgentes que ásperos; a consolar y alentar en vez de censurar.

Una de las causas, la mayor tal vez de la postración y del hundimiento en que nos vemos, es la cortísima estimación en que se tienen hoy los mismos españoles; cortísima estimación que, combinada con el sobrado aprecio y exagerado buen concepto que cada cual forma de sí propio, nos arrastra a la desunión, al regionalismo y al separatismo. Los cubanos, sin duda, se figuraban más civilizados, más listos, más productores de bienestar y de riqueza, y harto más capaces de progreso que los habitantes de esta Península. De aquí el que creyesen que era impedimento o rémora para que subiesen ellos a más altas esferas, el seguir unidos a nosotros. Posible es que alguien piense en tal cual región de esta Península de la misma manera que pensaban los cubanos. Nobilísimo es el amor de la patria chica; pero debe ir acompañado, para no ser funesto, del amor de la patria grande. El desdén y el odio hacia ella son origen de debilidad y de interesado egoísmo.

No menos lamentable, sobre todo después de un inmenso infortunio, es echarse la culpa unas parcialidades a otras parcialidades y unas clases a otras clases. Si tienen la culpa los liberales, dirán los serviles que deban mandar ellos para regenerar el país; si los políticos se inventará una masa neutra que tratará de convertirse en política de repente; si los librepensadores, saldrán chillando los devotos y ultra-católicos, asegurando que todo el mal proviene de la carencia de fe religiosa; por contraposición, los librepensadores afirmarán luego que el fanatismo es lo que nos debilita, empobrece y vuelve tontos; en suma, no nos entenderemos, y cuando más que nunca conviene la concordia y la paz, acabaremos de arruinarnos con el desasosiego y los desórdenes. Casi todo el siglo XIX se nos ha pasado en revoluciones estériles, en largas guerras civiles, en pronunciamientos y contrapronunciamientos, en tejer y destejer constituciones y leyes orgánicas, en reformarlo todo, y en reformar de nuevo lo reformado antes; y de todo ello procede sin duda la mísera situación en que hemos caído. No es, pues, modo de remediarla el volver de nuevo a las interminables reformas, a atribuirnos unos a otros la malaventura y a reñir contra los propios porque no fuimos hábiles para reñir contra los extraños.

La alegoría o el símbolo suele prestarse a diversas interpretaciones. La novela _El último patriota_ es alegórica o simbólica, y bien puedo yo interpretarla a mi modo. Acaso mi interpretación sea la recta. De ella se deducirá entonces una moraleja muy semejante a cuanto acabo de decir en este artículo: que en fuerza de ser la culpa general, debemos olvidarla, haciendo antes el firme propósito de la enmienda.

Es sin embargo, harto cruel y burlesca toda la alegoría que a tan buena moraleja nos conduce. La rapidez con que los habitantes de Oblita pasan de una extremada y jactanciosa confianza al abatimiento y a la consternación; los medios ridículos que inventan y a que acuden para combatir a los enemigos, como por ejemplo el _fulminario_, con el cual suponen que echarán a pique toda la escuadra de Watson; el gracioso combate en que toman parte los valerosos habitantes de Oblita contra la mencionada escuadra, que por un prodigio de imaginación han traído de América hasta las playas que están cerca de su ciudad; el belicoso ardor del padre cura y los arrestos magnánimos del linajudo hidalgo D. César Paniagua, todo tiene chiste y todo hace reír, pero con lo que vulgarmente se llama risa de conejo, que en vez de regocijar, lastima y duele. Hasta la determinación final del cura y de D. César de levantar para regenerarnos una partida carlista y de encender de nuevo la guerra civil, está bien ideada y trazada, y contribuye a la severa lección que el Sr. Nogales quiere darnos.

Considerado, por último, el libro del Sr. Nogales como un desahogo de su mal humor y de su duelo patriótico, no cabe duda que tiene mérito y prueba agudeza y poder de ingenio. Acaso yo, que soy quizás demasiado optimista y muy indulgente y benigno, halle poco simpático el libro del Sr. Nogales y sea para juzgarle el menos a propósito de todos los críticos. A salvo queda, no obstante, la noble y generosa intención del Sr. Nogales. No tiene toda su satírica más feroz amargura para España, que para Italia los siguientes versos de Leopardi, que bien pudieran servir de epígrafe a _El último patriota_:

Volgiti indietro e guarda o patria mia, Quella schiera infinita d'immortali, E piangi e di te stessa ti disdegna; Chè senza sdegno omai la doglia è stolta: Volgiti e ti vergogna e ti riscuoti, E ti punga una volta Pensier degli avi nostri e de' nepoti.

ISAAC

POR JAVIER LASSO DE LA VEGA

La centralización administrativa no ha traído proporcionalmente, tanto como en Francia, todo el movimiento intelectual, literario y artístico, a la capital en España. Brillantes centros, focos de nuestra cultura, siguen siendo algunas ciudades, sobresaliendo entre ellas Barcelona y Sevilla. Y como conviene a mi ver, que esta vida del espíritu siga difundida, y no venga a recogerse y a acumularse en Madrid, buscando fama y provecho, creo que también conviene llamar la atención, más aún que sobre los libros que se publican en esta villa y corte, sobre los que en provincias se escriben y se publican.

El autor del libro cuyo título nos sirve de epígrafe, es, a lo que parece conocido y celebrado en la gran ciudad del Guadalquivir como docto médico y como autor de varias obras científicas, entre las que se cuentan: _Concepto de la fisiología general_, _El genio y la inspiración_, _La ciencia y el Arte_, _La Atrepsia_, _Origen y fin del planeta Tierra_, y _Biografía y estudio crítico de las obras de Nicolás Monardes_.

Durante los dos primeros tercios del siglo XIX apenas hubo, en nuestro país, político, jurisconsulto ni personaje notable en otras profesiones, que no empezase por componer versos y que a menudo no siguiese componiéndolos durante toda su vida. Ahora puede decirse que la afición a los versos, si no ha cesado, ha disminuido no poco, y que, en cambio, desde veinte o treinta años hace, ha cundido la afición a escribir novelas.

Este género de literatura, que floreció tan gloriosamente en España, se descuidó por el teatro, desde mediados del siglo XVII, y sólo ha renacido recientemente, pugnando por competir con las novelas francesas e inglesas, que son en el día las más celebradas, y con las novelas rusas y de otros pueblos del Norte, que van poniéndose muy de moda.

El médico sevillano D. Javier Lasso de la Vega, se ha dejado llevar de la corriente, ha querido también ser novelista, y ha mostrado que posee las prendas y demás condiciones que para serlo se requieren.

Su novela _Isaac_ es, con todo, para mi gusto, más sátira que novela: pertenece a un género que no me agrada, aunque en él puede más fácilmente que en otros ganarse fama y obtenerse un buen éxito de librería. Sacar a la vergüenza a personajes conocidos, vivos y reales, y revelar al público todos sus vicios y pecados, es uno de los medios más a propósito de que puede valerse un escritor para proporcionarse lectores. Yo tengo por cierto que el Sr. Lasso de la Vega no ha menester de este medio, y por lo mismo me pesa de que le haya empleado.

Como quiera que ello sea, yo quiero suponer que no le empleó; que bajo los nombres imaginarios de los personajes de su novela no descubre ni debe descubrir la malicia verdaderos nombres, y que la fingida ciudad de Gaudulia nada tiene que ver con Sevilla.

Si es _Isaac_ novela de _clave_, no quiero yo valerme de la _clave_ para descifrar la novela. Baste a mi propósito estimar como pura ficción cuanto en ella se cuenta, y entender que su sátira va contra el vicio y no designa ni fustiga a los viciosos, cuyo castigo prefiero yo que se encomiende a la ley, a los tribunales y a la pública reprobación, sin que autor ninguno, en una obra de arte y de puro entretenimiento, en lo que puede y debe calificarse de poesía, aunque esté en prosa, se rebaje y se humille hasta ejecutar la ruda sentencia.

Aun así, aun prescindiendo de la realidad que puede tener el modelo de cada uno de los personajes fingidos, he de confesar que gusto poco de la novela muy satírica. Y esto por varias razones. Indicaré aquí algunas.

El principal objeto de la novela, como el de toda poesía, debe ser deleitar y conmover, si bien de un modo consolador y elevado. Y a mí, acaso porque soy optimista, indulgente y benigno, más bien que deleitarme y más bien que conmoverme estéticamente, me aflige y me repugna la viva y exacta representación de la fealdad moral, cuando traspasa los límites de lo ridículo y llega a lo criminal y a lo odioso. Es cierto que en la novela del Sr. Lasso hay algunos personajes excelentes. Por tales deben ser tenidos D. Alejandro Calderón, el P. Aguilar y el profesor Madueño; pero esto no basta para iluminar con puros resplandores la horrible negrura del cuadro, y para contraponer a la fealdad y ruindad de casi todas sus figuras elevación y belleza que basten a compensarlas. Y mucho menos si se atiende a que Isaac, el protagonista, deja que desear no poco. Carece de serenidad, de calma y de paciencia, y en la destrucción de sus obras de arte y en el suicidio con que termina, hay tal frenesí de vanidad lastimada que, si bien no nos quita la conmiseración por el héroe, rebaja mucho el aprecio y la simpatía que al principio logró inspirarnos.

La sátira ingerida o combinada con la novela tiene además una grave contra. La acción marcha hacia su desenlace, venciendo multitud de estorbos que en su camino se amontonan.

Son tantas las causas que impulsan a Isaac a destruir sus obras y a darse muerte después, que el lector no acierta a determinar cuál de ellas ha sido la más importante: si el poco éxito que en el Ayuntamiento ha tenido su perorata; si la censura, aunque severa, no del todo infundada, de algunos de sus trabajos artísticos; si la separación de Filipinas, que hace casi imposible que le paguen el monumento a Legazpi; si sus grandes apuros pecuniarios; y, por último, si el desamor y el insolente desdén de su mujer, pintada en la novela de mano maestra.

Las escenas íntimas de tan desastrados amores conyugales, aquélla en que Marta pide a su marido que le compre los diamantes, y la que ocurre en el jardín por la noche, y a la luz de la luna, son las que mejor y más claramente muestran en el Sr. Lasso el agudo talento de observación y el raro poder del estilo para expresar y reproducir lo observado.

La orgía de los concejales en el antiguo Convento, la animada descripción del incendio, con la hazaña de Calderón para salvar a la niña, y la famosa sesión del Ayuntamiento con todos sus pormenores, así como no pocos otros episodios, están bien observados y descritos; pero complican la acción dándole diversos motivos, cada uno de los cuales quita fuerza a los otros en vez de acrecentarla. El lector se pregunta: ¿se hubiera suicidado Isaac si cobra el dinero del monumento a Legazpi, o hubiera sufrido mejor con el dinero los desdenes de su mujer? ¿Si triunfa en el Ayuntamiento y después en las elecciones de diputados, no se hubiera resignado a vivir? ¿Si los críticos hubieran sido justos o muy benévolos y no hubieran señalado defecto alguno en sus obras, ensalzándolas sin reparo, no hubiera sido grande su consolación y sobrado eficaz para quitarle del pensamiento el violentísimo propósito de destruir lo que había hecho y de matarse en seguida?

En la existencia real, en todo verdadero suceso histórico, suelen quedar en pie y sin aclarar tales dudas; pero tal vez en una ficción novelesca, y cuando el autor penetra en lo más íntimo del alma de su héroe y allí lo ve y lo escudriña todo, semejantes incertidumbres y nebulosidades menoscaban el efecto de la composición en vez de aumentarle.

En suma: yo creo que, después de leída la novela, el lector no puede menos de reconocer que el Sr. Lasso es un buen novelista, si bien desea que acumule menos cosas cuando escriba otra novela, y que represente en ella la vida humana, sin que sean, y hasta sin que pueda presumirse que son sus figuras fieles retratos de determinadas personas, sin que contenga una acusación cada episodio, y sin que cada acusación dé lugar a una defensa.

EL siglo XIX pasó ya, y nos hallamos en el XX, de lo que debemos alegrarnos por haber pasado también la manía, que cundió entre los escritores, por todas partes y durante muchos años, de calificar de fin de siglo las bellaquerías y maldades. Con esto, además, se quería dar a entender que las tales bellaquerías eran como el refinado producto del esfuerzo secular de una exquisita cultura, y el triste resultado de nuestros materiales progresos. Lejos de ser así, debe entenderse que los hombres, para ser malos y bellacos, no han menester vivir a fines de siglo, ni en época y sociedad muy adelantadas. En lo tocante a tunantería, se sabe cuanto hay que saber, y se hace cuanto hay que hacer desde los tiempos primitivos.

No es en Gandulia ni a fines del siglo XIX donde solamente los concejales se despachan a su gusto. Bien podemos decir: todo el mundo es Popayán, y cuándo no es Pascua.

Al leer lo que el Sr. Lasso cuenta de ciertos concejales de Gandulia, he recordado, y no puedo resistir a la tentación de referirlo aquí, lo que he leído en uno de los extractos y traducciones de los millares de manuscritos egipcios adquiridos y conservados en Viena por el archiduque Raniero.

El caso no ocurrió a fin de siglo, sino a mediados: por los años de 250 de la Era Cristiana, o dígase 1650 años ha. Y todo consta en las actas del Ayuntamiento de la magnífica ciudad de Hermópolis, así llamada porque su numen tutelar era Hermes Trimegisto.

Las sesiones del Ayuntamiento hermopolitano no pudieron ser más escandalosas ni más borrascosas de lo que fueron. También hubo allí un Isaac Garcés de Trillo que acusó a los principales concejales o regidores delincuentes, cuyos nombres se conservan aún. Se llamaban Dioscórides y Sarapammon. Habían cometido multitud de estafas, irregularidades y filtraciones; y lo que dio lugar a los debates más acalorados que hubo en las Casas Consistoriales, fue que los Sres. Sarapammon y Dioscórides, valiéndose de las llaves del granero público, vendieron casi toda la cebada y el trigo que en él había, y una enorme provisión de lentejas, y cien _artabas_ de _arrak_, bebida de arroz fermentado de que gustaban mucho los egipcios de entonces.

Véase, pues, la poca o ninguna novedad que tienen las fechorías de los concejales, y téngase por cierto que en nada malo ha habido el menor adelanto. En lo bueno sí le ha habido y le habrá. Y con tan hermosa y fundada esperanza debemos animarnos, no desmayar y no acudir al suicidio que nada remedia, como acudió en su locura el escultor y honrado concejal, héroe de la novela del Sr. Lasso.

DISCURSO

PRONUNCIADO POR DOÑA EMILIA PARDO BAZÁN en los Juegos florales de Orense, en la noche del 7 de Junio de 1901.

La afición a los juegos florales cunde y se extiende por toda España. La manía de reírse de todo cunde también, y así no han de extrañarse los chistes y las burlas y caricaturas que sobre los tales juegos se han dado a la estampa. Lo que es yo confieso que soy muy aficionado a la broma y tentado de la risa como el que más pueda serlo; pero me jacto de tener una buena condición, que me alegraría yo de que la tuvieran todos. La risa no debe matar ni perjudicar a aquello de que se ríe. Al contrario, debe purificarlo y sanarlo. En lo más excelente suele haber y hay con frecuencia algo de ridículo; de suerte que, si lo ridículo se extrae, lo excelente, en vez de sufrir menoscabo o deterioro, queda limpio de toda mácula. La parodia, pues, no implica el descrédito de lo parodiado, antes bien es lícito afirmar que sólo de lo bueno y de lo hermoso se pueden sacar parodias divertidas y amenas.

Dicho lo que antecede, olvidémonos de los chistes y de los epigramas que se han lanzado contra los juegos florales, y tomémoslos por el lado serio.

Nadie negará, en primer lugar, que son una diversión inocente y barata, y no cruel y costosa como, por ejemplo, los toros.

Es además diversión muy culta y educadora, ya que en ella se ejercitan el entendimiento y el ingenio de muchas personas, así en componer discursos y poesías, como en oírlos y tratar de entenderlos, apreciarlos y juzgarlos.

Y no se sostenga que el hacer versos y discursos es tarea poco útil, y que mejor sería emplear nuestro tiempo y nuestra actividad mental en asuntos más prácticos y productivos. El gusto y el cultivo de las bellas letras, lejos de estar reñido con el bienestar material y con la fuerza que se aplica para lograrle, bien podemos afirmar que están en perfecto acuerdo y que siempre lo uno es indicio o resultado de lo otro; que lo anuncia, que lo prepara o que de ello procede. Acaso no hay nación en toda Europa más positivista, más próspera, más industrial y mercantil, más rica y más aficionada a la riqueza que la Gran Bretaña, y tampoco hay nación en Europa que guste tanto de versos, que posea tan gran número de buenos poetas y donde más discursos se pronuncien.

Sigamos, pues, componiéndolos y pronunciándolos por acá sin recelo de que se consuman nuestros bríos y calor natural en esta tarea de lujo y no de provecho. Pero ¿por qué tal tarea no ha de ser provechosa, considerada al menos como gimnasia en que nuestras facultades mentales se agucen, se afilen y se habiliten?

La poesía, además, estaba, desde hace algunos años, harto desdeñada y poco cultivada en nuestro país. Y como conviene que no se desdeñe y que se cultive, y como los juegos florales vienen como de molde para lograrlo, bien venidos sean los juegos florales. Evocadas por ellos, se diría que han reaparecido entre nosotros las musas visitando y favoreciendo a varios poetas nuevos. El lauro, la palma o la flor que en tales certámenes han conquistado dichos poetas, aunque gente descontentadiza y satírica niegue que sea prueba de alta inspiración, prueba es y será siempre de habilidad artística, de esmerado buen gusto y de no vulgar cultura, lo cual ya no es poco. Y debe tenerse en cuenta que, así como nosotros no nos atrevemos a dar a nadie diploma de inmortalidad y de _genio_, tampoco debe atreverse cualquiera a empuñar la férula de Aristarco y a castigar con ella a cuantos en los juegos florales han obtenido premio, expulsándolos con crueldad de la república de las letras.

Tal vez se me acuse de sobrado optimista y facilitón; pero yo entiendo que no merecen censura, sino elogio, las composiciones premiadas de los Sres. D. Miguel Gutiérrez, D. Angel del Arco, D. Narciso Díaz de Escobar, D. Juan F. Muñoz y Pabón y D. Pedro Riaño.

Cuando no motivo, los juegos florales han dado pretexto a muy sabrosos e instructivos discursos de sus mantenedores. Convengo en que un juez severo acaso podría decir que los discursos mencionados están casi todos como en una esfera muy excéntrica de la esfera poética o literaria de los juegos, tocándose sólo y compenetrándose una esfera y otra en muy pequeña parte o casquete, y formando así, como en el famoso y ya casi olvidado esquema del ser, inventado por los krausistas, la figura de una lenteja. Quiero yo significar con esto que si bien los juegos florales se han celebrado en Bilbao, en Salamanca, en Almería, en Cádiz, en Calatayud, en Zaragoza y en Orense, todos los mantenedores, cuál más, cuál menos, se han ido por los cerros de Úbeda. No condeno yo semejante aberración. Me limito a declarar que existe. Discúlpanla, ya que no la justifiquen del todo, la condición etérea y volátil del pensamiento y cierta preocupación amarga o picante que a todos nos estimula en el día. De ella puede afirmarse lo que afirmaba Lope, no del estro o tábano, sino de otra más ruin y aborrecible bestezuela:

Como los celos eres, Que picas y te vas por donde quieres.

Claro está que aludo al resquemor o a la acedía que los recientes infortunios de la patria engendran en nuestros espíritus, los agitan, los atormentan y los impulsan a buscar remedio. De aquí que se piense poco en la poesía, que se hable de ella muy de paso, y que se corra y se vuele para trasportarse de lo meramente literario a lo político y social. De suerte que cuantos pronuncian discursos en juegos florales suelen pronto perder de vista la corte de amor, el Gay saber y toda cuestión de gentileza, ternura y rendimiento a las damas, convirtiéndose en sociólogos, arbitristas y legisladores. Sus discursos apenas son literarios: más bien pueden y deben calificarse de terapéuticos. España está decadente y enferma, y es menester curarla y regenerarla. Para tan buen fin cada orador propone y ofrece medicamentos que juzga infalibles: la patriótica panacea que a fuerza de cavilar ha descubierto.