El Superhombre y otras novedades

Chapter 15

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Dejemos, no obstante, a Málaga y pasemos a Almería, muy apartada hasta hace poco del resto de España por las dificultades de los caminos, como allá en los tiempos del rey Almotacín, tan buen poeta y tan generoso protector de los poetas. Hoy, como entonces, se sigue en Almería poetizando, si bien no son los versos, sino un curiosísimo libro en prosa, lo que atrae ahora mi atención hacia aquella ciudad. El librito, primorosamente impreso en Almería, se titula _Quitolis_, y el autor, D. José Jesús García, le califica de novela. Novela me parece a mí en efecto, pero contada con tan extraña candidez y en apariencia con tan poco arte, que tiene trazas, más que de algo imaginado o inventado, de relación fiel de sucesos que verdadera y realmente han ocurrido.

El protagonista de la novela, el padre Juan, a quien daban por apodo _Quitolis_, ha vivido sin duda, pero en su ser hay mucho de simbólico y de enigmático. Sin ambición, sin codicia, sin apetito ni anhelo que le perturbe y le lleve en pos de las cosas terrenales, el padre Juan viene a ser como un inocente ángel del cielo, que ha tomado forma y cuerpo humanos. Sólo el afecto amoroso con que mira por su madre y cuida de ella, le enlaza singularmente con los demás seres.

Protegido el padre Juan por una marquesa devota y por el Sr. Magistral, que admiran y reconocen su virtud y su ciencia, vive sin apuros y modestísimamente con el producto de sus misas y de las particulares lecciones de latín que da a muchos niños.

Apenas hay enredo ni lances en esta novela. En ella todo es psicológico. La contemplación del cielo, del mar y de los campos que se otean desde un apartado y solitario paseo adonde el padre Juan va de diario, eleva su mente a muy encumbradas esferas: más allá del universo visible, hasta la suprema causa, que le da ser y que le llena, penetra e ilumina todo.

La pudibunda timidez del padre Juan, el horror que le inspira la idea de turbar la paz de las conciencias y su amor al orden y al sosiego, no consienten que perciba ni que ponga en claro con toda nitidez el vago y maravilloso concepto de Dios, que ha surgido en su alma, que la arrebata en el éxtasis y que la enamora sobrenatural y ultramundanamente.

La fama de la santidad y de la inocente y bondadosa indulgencia del padre Juan, hace que sean los niños y las jovencitas, educadas con el mayor recato, los que acudan a confesarse con él, en el tribunal de la penitencia. El optimismo del padre Juan y su dichosa manera de ver cuanto existe como al través de un prisma de color de rosa, vienen a corroborarse por la bondad de sus penitentes. Apenas sospecha o quiere sospechar el padre Juan la existencia del mal moral y del mal físico. La ira de Dios es incomprensible para él. La justicia de Dios se desvanece en su infinita misericordia.

El sentir y el pensar del padre Juan se van desenvolviendo, con profundo sigilo, en lo más íntimo y secreto de su alma.

Se diría que el autor de la novela, lo mismo que su héroe, se asusta de lo que piensa y siente; no tiene ni la más pequeña aspiración a divulgarlo; y sólo por estilo indeciso y esfumado se lo representa a sí propio.

De aquí proviene que no atine yo a decidir hasta qué punto en _Quitolis_ y en el que escribe su historia hay en germen un heresiarca: hasta qué punto ha permitido Dios y ha suscitado el diablo un Chanig o un Fox a la sordina en la muy católica ciudad de Almería. Teólogos inquisidores podrán decir sobre esto, si consideran que el caso lo merece. Yo diré sólo que la novela me agrada y que la he leído dos veces, con interés creciente, aumentado por la misma indeterminada vaguedad del misterioso pensamiento de _Quitolis_.

El Magistral, que debía predicar el día de la Virgen del Carmen, cae enfermo y encomienda a _Quitolis_, cuya ciencia y fervor religioso admiraba, que sea él quien predique aquel día, aunque hasta entonces no había predicado nunca. Sin previo estudio escrito acude y sube al púlpito _Quitolis_. Y movido allí por el genio o espíritu que interiormente le agita, pronuncia un sermón elocuentísimo lleno de amor de Dios y del prójimo, que deleita y conmueve a la muchedumbre devota, la cual no ve ni sospecha la menor herejía, y que ofende e indigna a los canónigos del cabildo. ¿Ha surgido acaso en la remota ciudad donde ocurren estos sucesos un flamante reformador de la Iglesia: un Savonarola, cuando no un Lutero?

«Quitolis», con todo, no quiere ser nada de esto. Si en algo ha errado, está pronto a retractarse. El señor obispo reconoce su inocencia y simpatiza con su buena intención. Pero le induce a volver a su silencio y a su retiro y a no predicar en adelante para no excitar la cólera o el enojo del clero.

Vuelto «Quitolis» a la oscuridad, guarda en el centro de su alma sus ideas reformadoras, harto poco definidas por el novelista, si bien o quieren ser como el alborear indeciso o la primera luz, si no de una nueva religión, de una interpretación amplia y algo racionalista de la que oficialmente seguimos.

«Quitolis» después se queda ciego. Su reputación de santo y de benigno atrae a su confesionario, no ya a los niños y a las vírgenes, sino a la turba multa de desaforadas y lascivas pecadoras. La limpieza de su cándido optimismo se mancha con el negro cieno del mundo. Y resignado y triste, aunque lleno siempre de dulce confianza en Dios, muere al fin «Quitolis», muere también su viejecita madre y termina así la novela. Casi no hay en ella lo que se llama enredo o argumento. Todo se reduce a la pintura de un extraño carácter. No sé si el autor, por habilidad o por instinto, acierta a no identificarse con «Quitolis» y a no responder de lo que «Quitolis» sentía y pensaba.

No aseguraré yo tampoco si agradará esta novela, donde repito que apenas hay lances a cuantas personas la lean con atención. Diré sólo que su lectura me ha interesado mucho. No soy, ni pretendo ser, definidor para condenar o absolver las ideas bastante veladas que el autor de la novela atribuye a su protagonista; pero celebro el talento de observación con que el autor estudia a un alma humana, acaso extraviada, pero egregia y pura, y celebro también el sentir religioso que anima las páginas de su librito. De las faltas que hay o puede haber en éste, yo absuelvo al autor, porque tengo la manga ancha. Yo digo, como el Dios que imagina Goethe en «El Prólogo en el cielo» de su «Fausto»:

«Es irrt der Mensch so lang er strebt».

LA GOLETERA

POR ARTURO REYES

En las ficciones novelescas he de confesar que estoy algo prevenido contra los hombres y las mujeres de la ínfima plebe, que calzan el coturno, que se muestran poseídos de las pasiones y sentimientos más sublimes, y que vienen a ser dignos personajes de verdaderas tragedias y no de aventuras picarescas como en _Rinconete y Cortadillo_, o de parodias como _El Manolo_, _El Muñuelo_, _Inesilla la de Pinto_ y _Pancho y Mendrugo_. Y no porque yo crea que el concepto de las virtudes más altas y la capacidad enérgica de ejercitarlas requieran educación esmeradísima y largos estudios. Por fortuna, para saber de ciencias es menester acudir a las aulas o leer muchos libros; y para percibir, juzgar o crear la belleza artística, sin extravíos de mal gusto, se requieren también preparación y enseñanza; mientras que para el conocimiento de lo bueno y de lo malo, apenas necesita nadie devanarse los sesos. En la sociedad cristiana y culta de nuestros días, casi parece infuso, innato o intuitivo dicho conocimiento. Bien podemos decir con el gran dramaturgo:

A ciencias de voluntad les hace al estudio agravio.

Y, sin embargo, si se toma como por sistema el que muchachas criadas en el arroyo y parroquianos de las más infectas tabernas de los barrios peores, resulten dechados de honestidad, de pundonor, de valentía heroica, de sufrimiento estoico y de cuantas son o pueden ser las excelencias morales que hermosean el alma humana, bien podemos llegar al extremo de imaginar que la superior cultura, el bienestar, el aseo, la elegancia y la riqueza, debilitan el vigor y la bondad de los corazones, y que para ser moralmente bien estimados es menester bajar al nivel más próximo al estado salvaje desde nuestra refinada civilización del día. De esta suerte, a fuerza de querer ser demócrata y filántropo, puede el escritor caer en el error de ser retrógrado.

Hay también, en las novelas tabernarias, adornadas con las más exquisitas sublimidades, una enorme dificultad que vencer y que es rara vez vencida: combinar el lenguaje, cuando no rufianesco, vulgar e inculto, con un estilo elevado, apto para expresar los sentimientos más delicados y nobles. Y como esto rara vez se consigue, resultan los diálogos llenos de amaneramiento, de falsedad y de disonancia. A pesar de lo expuesto, como doctrina general, contra la cual he pecado yo también, dejándome llevar de la corriente al escribir algunas novelas, me complazco en declarar aquí que me han entrado ganas de retractarme y de abjurar de la doctrina general mencionada al leer _La Goletera_, de D. Arturo Reyes.

Ventajosamente conocido y justamente celebrado era ya este joven malagueño, así por sus bonitas poesías, como por sus graciosos cuentos en prosa, y por sus novelas _Cartucherita_ y _El lagar de la Viñuela_.

Su última obra, _La Goletera_, viene, en mi sentir, a confirmar su buena fama de novelista alcanzando para él diploma y título de escritor excelente.

Trini, su heroína, se parece, no por imitación, sino por coincidencia, a la dama de Calderón, en la comedia titulada _No hay cosa como callar_; pero Trini es más noble, más amorosa, más real y más humana que la dama de Calderón. Mejor que ella, siente, piensa y se conduce Trini. Y por arte admirable, Trini se expresa sin frases alambicadas y sin tiquis miquis primorosos, en el habla llana y vulgar de una mujer del pueblo.

Como la dama de _No hay cosa como callar_, Trini ha sido víctima de la violencia de un hombre; pero, con igual honradez y delicadeza que la dama, si Trini no concede su amor a ningún otro galán, por considerarse deshonrada, todavía es muy superior a la dama, porque se enamora de otro y lucha con su ardiente pasión y finge desdeñar a quien la adora y de quien ella está prendada. El burlador de Trini vuelve de Buenos Aires, donde ha pasado años y donde ha ganado bastante dinero. Quiere reparar su falta, casándose con Trini; pero ésta no es como la dama de Calderón, que acepta al burlador por marido, porque sólo piensa en restaurar su honor y porque no ama a nadie. Trini ama a otro y rechaza al burlador, que no le inspira amor, sino repugnancia. El hombre que ama a Trini es excelente y muy celoso de su honra. Trini no quiere ni debe engañarle. Y Trini no puede unirse con él, mientras viva el hombre que la burló y bajo cuya mirada se moriría de vergüenza.

Los casos y lances por donde llega el autor a resolver este conflicto, no pueden ser imaginados ni presentados con mayor naturalidad, verosimilitud, interés creciente y pasmoso ingenio. El amante, misteriosamente amado por Trini, sabe que ella le ama, y sabe su deshonra y quién ha sido la causa de ella, todo por una involuntaria revelación de la misma Trini, la cual estaba decidida a callarse, aunque la matase el silencio, para no ocasionar una lucha sangrienta entre los dos rivales, valerosos y poco sufridos ambos. La revelación, una vez hecha por medios verosímiles, ordenados con exquisito arte, hace inevitable el conflicto.

Los dos rivales salen al campo y riñen a puñaladas. La riña está vigorosamente descrita. Muere en ella el burlador, que en los últimos momentos y escenas de su vida se ha mostrado generoso y simpático. Así termina la novela. Aunque el autor no lo dice, y hace bien en no decirlo y en terminar donde termina, el lector puede suponer que, no castigado por la ley, porque su rival moribundo dice que su matador ha sido otro, cuya negra traición ha causado la riña, el vencedor y amante de Trini se casa al fin con ella después de haberla vengado.

Toda la narración, los diálogos ingeridos en ella, y los varios incidentes, que aquí se omiten y que de un modo tan magistral y tan hábil llevan al desenlace, interesan, conmueven y se apoderan con tal hechizo del ánimo del lector, que de seguro no deja el libro hasta que acaba de leerle.

LAS NOVELAS EJEMPLARES DE CERVANTES

POR F. A. DE ICAZA

En el certamen abierto y ordenado por el Ateneo, certamen en que fueron jueces los Sres. D. José Echegaray, D. Marcelino Menéndez y Pelayo, D. Rafael Salillas, D. Emilio Cotarelo y Mori y D. Ramón Menéndez Pidal, fue premiado el libro de que damos aquí cuenta en resumen. Es su autor D. Francisco A. de Icaza, primer Secretario de la Legación que tiene en Madrid la República mejicana, y muy conocido y estimado en la de las letras por algunos trabajos de erudición y de crítica y por elegantes y lindas poesías.

Es tan singular el mérito y el valer del _Quijote_, que todas las demás obras que escribió Miguel de Cervantes, quedan muy por bajo de aquella creación única y pasmosa. Cervantes, sin embargo, así en _La Galatea_ como en el _Pérsiles_, en no pocos versos y hasta en sus comedias y entremeses, da clara muestra de su brillante ingenio y acierta a poner el sello individual que le caracteriza, le distingue y le eleva sobre la multitud de escritores contemporáneos suyos.

Las novelas ejemplares son sin duda las obras en que, después del _Quijote_, mayor originalidad, talento y gracia muestra el manco de Lepanto.

El libro del Sr. Icaza prueba esta verdad, previo un detenido y juicioso examen del asunto, con atinadas observaciones y con gran copia de datos, recogidos con diligencia y ordenados con arte. Por todo ello queda patente que Cervantes puede ser calificado como inventor de la novela moderna de costumbres y de caracteres. Los libros de caballerías, las novelas pastorales y hasta las picarescas son otra cosa: son una larga serie de aventuras, sin más unidad de acción que la vida de algún personaje fabuloso a quien sigue y retrata el escritor desde su nacimiento hasta su muerte. Antes de Cervantes existía también algo que podemos llamar novela histórica o relación de sucesos que, si la severa historia no acepta, no son fingidos por el novelista, sino fundados en cierta realidad, hermoseada y adornada por la fantasía del vulgo, cuyas invenciones después la tradición consagra y hasta cierto punto autoriza. Así _El Abencerraje_, de Villegas, y _Las guerras civiles de Granada_, de Ginés Pérez de Hita.

Las novelas cortas, por último, y cuentos de italianos, franceses e ingleses, sin excluir el _Decameron_, de Bocaccio, son muy distintos de la novela cervantesca. Cuentan un suceso, refieren un lance, trágico o cómico, triste o alegre, pero sin fijarse en la pintura de las costumbres y en la viva representación de las pasiones y caracteres humanos.

En esto se fija y esto logra pintar el autor de _El celoso extremeño_, de _Rinconete y Cortadillo_, de _La ilustre fregona_, de _La Gitanilla_ y de casi todas las demás novelas ejemplares por donde, merced a su agudeza psicológica, nueva o antes casi nunca empleada en este género de ficciones, Cervantes viene a ser el padre o el fundador de la novela, tal como la concebimos y comprendemos en el día. Para la demostración de esta verdad, que presupone en Cervantes un valer originalísimo, el señor Icaza examina y juzga todas sus novelas; refiere cuanto los críticos han dicho de ellas desde sus contemporáneos hasta hoy; impugna los ligeros juicios de Huet, de Florián y de otros; prueba la carencia de fundamento de las acusaciones de plagio lanzadas por Estala y Bosarte, y manifiesta el influjo poderoso que han ejercido las novelas de Cervantes en nuestro teatro español, en el extranjero y en la misma novela, que harto descuidada entre nosotros durante cerca de dos siglos, floreció y dio muy sazonados frutos en Francia, en Inglaterra y en otros países, de donde volvió a España muy acrecentada en riqueza, pero sin que deba olvidarse el origen tan español que tiene.

No cabe entrar en pormenores en este breve articulito ni dar idea exacta de lo bien estudiado que está el asunto por el Sr. Icaza, y del recto criterio, nada común saber y rara diligencia que despliega y luce tratándole.

EL BUEN PAÑO...

NOVELA POR J. F. MUÑOZ PABÓN, PRESBÍTERO

Si lo he entendido bien y si no lo recuerdo mal, el famoso novelista francés Emilio Zola dice que una buena novela ha de ser la exacta representación de lo vivido, observado y entendido _al través de un temperamento_. Zola olvida o desdeña lo principal: la imaginación, o sea la fuerza activa que representa bien lo vivido y lo que se ha visto y observado. No basta ver y observar: menester es reproducirlo o crearlo de nuevo valiéndose de la palabra y por virtud de la fantasía. Presupuesto este poder creador, una novela es o debe ser lo que Zola dice. Y tal es _El buen paño....._, del señor D. Juan F. Muñoz Pabón, presbítero de Sevilla, creo que cura de una de las parroquias de aquella ciudad, y en quien, no hará todavía un año, la aparición de _Justa y Rufina_ nos dio a conocer a un nuevo y excelente novelista, ingenioso y discreto.

Su temperamento, o mejor diré su carácter, debe de ser jovial, apacible y sereno, calidades todas que ya en _Justa y Rufina_ se mostraron, haciendo simpática la obra, y que en su nueva novela, titulada _El buen paño....._, se muestran más graciosa y resueltamente.

La acción de esta novela no puede ser más sencilla. Se reduce a presentar un caso de aquellos que justifican lo que D. Quijote dijo a la desenvuelta Altisidora en el lindo romance que para desengañarla le compuso:

Los andantes caballeros y los que en las cortes andan, requiébranse con las libres, con las honestas se casan.

Si hemos de confesar la verdad, no es esto lo que sucede más a menudo; pero alguna vez sucede, y basta. Aristóteles, además, que sabía muchísimo, ha dicho que la poesía (y la novela es poesía) es más filosófica que la historia, porque la historia cuenta lo que es, y la poesía cuenta lo que debe ser, sin afirmar por eso que sea siempre.

En suma: todo el argumento de _El buen paño_, expuesto en cifra, es que un señorito, rico, guapo y el más galán de un lugar cercano a Sevilla, desdeña a sus primas y a no pocas otras muchachas y se casa con la modesta huerfanita de un médico, la cual vive con su madre, se gana la vida como costurera o modista lugareña, y es un tesoro de gracias, habilidades y virtudes.

En _El buen paño....._ apenas hay acción: no hay nada de drama; pero hay mucho, y a mi ver excelente y precioso, ora de idilio sin afectación sentimental, ora de comedia, o ligera y suave sátira sin acritud ni amargura. Los afectos amorosos no se exageran por lo ardientes para que quemen, ni por lo dulces para que empalaguen. Y los vicios, pasiones y ridiculeces de los personajes cómicos no traspasan jamás el límite más allá del cual se harían odiosos dichos personajes. La burla o la risa benigna que provocan, no les quita la estimación que les concedemos. Hasta el nuevo médico, que es el personaje menos estimable de toda la fábula, no llega a merecer nuestro desprecio. De aquí que la totalidad del cuadro, que parece, por su exactitud y realidad, una fotografía, y la viveza y verdad de los diálogos, que parecerían recogidos por el fonógrafo, si dicho artificio fuese apto para la selección, desechando lo impertinente, concurren a darnos una idea, muy agradable y divertida, así del lugar en que ocurren los sucesos que el novelista refiere, como de la mayoría de sus habitantes, ricos y pobres, grandes y pequeños. La emulación y los celos entre dos cofradías rivales, las fiestas y procesiones en que compiten, y sobre todo, la lucida cabalgata y jira campestre llamada del _romerito_, todo está lindamente pintado, rico de luz y de colores; todo tiene el perfume campesino de los pinares y de las huertas, la claridad y la limpieza de los arroyos de agua corriente, cerca del esquivo y apartado manantial, y la brillantez azul y serena del cielo despejado de Andalucía.

LULLY ARJONA

NOVELA POR D. ALFONSO DANVILA

Mil veces lo he pensado y algunas veces lo he dicho ya: no hay que temer la uniformidad y la monotonía. La pasmosa facilidad de comunicaciones, los ferrocarriles, el telégrafo y el teléfono, que llevan a escape mercancías y personas de un extremo a otro de la tierra, y que transmiten y comunican el pensamiento y la palabra con la rapidez del rayo, no logran aún, ni lograrán nunca, identificarnos, desteñirnos, digámoslo así, y hacer que perdamos el sello característico de casta, lengua, nación y tribu que cada cual tiene. Se diría que para precavernos contra el roce, que pudiera limar y pulir las diferencias, nos armamos instintivamente de una virtud conservadora de lo castizo que persiste en el fondo, aunque superficialmente desaparezca.

Lo que llaman ahora _high-life_, o dígase aquella parte de la sociedad más rica, elegante y empingorotada, nos parece que debe ser cosmopolita, y sin embargo no lo es. Hombres y mujeres hablan en francés tan bien y a veces mejor que en español. Algunos chapurrean además la lengua inglesa y hasta la alemana. Cuando leen algo leen libros extranjeros porque de los _indígenas_ se aburren, sin que nos empeñemos en dilucidar aquí si con razón o sin ella. Los caballeros, como no carezcan de metales preciosos o de los signos que los representan, se hacen traer de Londres trajes, caballos y coches, y las señoras se hacen traer de París vestidos y tocados. La cocina francesa hace que la española se olvide o se pervierta. Y por último, la costumbre del veraneo rara vez lleva a sus castillos y quintas a nuestros elegantes de ambos sexos, sino se los lleva a Francia, a Suiza, a Inglaterra, o a más hiperbóreas regiones. Cuando la _guita_ es corta y no puede esparciarse el cimbel, debe volar por lo menos hasta Biarritz.

Pues bien: con todo eso, y a pesar de todo eso, nuestra _high-life_ sigue siendo tan española como en lo antiguo, y no necesita el autor de comedias y de novelas, a fin de conservar el color local y nacional de sus personajes, buscarlos bajo las ínfimas capas sociales, o ir por ellos a las Batuecas o a los más esquivos, alpestres y recónditos lugares.

El Sr. D. Alfonso Danvila, joven tan inteligente como laborioso, que apenas cuenta aún veinticinco años, y que ya nos ha dado en su _Don Cristóbal de Maura_ un extenso trabajo histórico de muy erudita y diligente investigación y de sana crítica, se ha hecho cargo sin duda de lo que acabamos de afirmar sobre nuestra indeleble fisonomía castiza, aun en la clase más extranjerizada, y ha compuesto y publicado la novela titulada _Lully Arjona_, la cual es, en mi sentir, muy española, aunque nos pinta y describe la vida, usos, costumbres, amoríos y demás pasiones de la clase susodicha.

Dignas de alabanza y hasta de admiración hallo desde luego en este flamante novelista algunas nada vulgares prendas: el agudo talento de observación, la perspicacia con que lo descubre y lo advierte todo, el cuidadoso esmero con que lo guarda en la memoria, el ingenio y el arte con que se vale de esta acumulada riqueza de experiencias y observaciones para prestar realce y vario colorido a su fábula, y por último la facilidad, sencillez y abundancia del estilo con que lo expresa todo.

Los caracteres de los personajes están fielmente copiados de la realidad. Casi todos son verdaderos y consistentes, y, si no moralmente muy bellos, salvo el de la pobre jorobada _chucha_, agradables y simpáticos, y pecando más por debilidad que por maldad. La heroína Lully nos inspira compasión y cariño. Y no deja de haber en la novela algunas figuras como la de la madre de Lully, donde la nota cómica está tocada con delicadeza, o como Eduardo Hita, el parásito servicial y bufón, con cierta energía satírica, bien representado.