El Superhombre y otras novedades
Chapter 13
Todo se comprende, sin embargo, si consideramos la tragicomedia _Celestina_ como la primera creación de una nueva era literaria en la que caben ciertos inspirados atrevimientos: una escena ideal, exenta de condiciones y requisitos y vacía de todo estorbo y no para que en ella aparezcan vagos y confusos los personajes, sino al contrario, para que más distintos y determinados se vean, como figuras que están en alta cumbre y se destacan y se dibujan en el azul sereno del firmamento sin nubes. Las flechas de amor que sucesivamente hieren y arrebatan los corazones de los dos amantes, no rompen medio que debilite el ímpetu inicial de su carrera, ni hay atracción de la tierra ni del cielo que las pare o las solicite. Fernando de Rojas hace abstracción de todo, menos del amor, a fin de que el amor se manifieste con toda su fuerza y resplandezca en toda su gloria. Y no es el amor de las almas, ni tampoco el amor de los sentidos, cautivo de la material hermosura, sino tan apretada e íntima combinación de ambos amores, que no hay análisis que separe sus elementos, apareciendo tan complicado amor con la irreductible sencillez del oro más acendrado y puro.
Ni lo que llamamos ahora conveniencias sociales, tan existentes en el siglo XV como en el día, ni lo que prescriben las costumbres y las leyes, ni moral ni religión se toman aquí en cuenta. Muy licenciosa hubo de ser aquella edad en que todos los sueños caballerescos de la Edad Media, las disquisiciones de la corte de amor y las apasionadas ternuras de los héroes de la Tabla Redonda, de Lanzarote y Ginebra, de Tristán e Iseo, se mezclaban con el ansia de vida y de goces y con la adoración anhelante de la hermosura plástica que el resucitado gentilismo había despertado y movido. Todo ello hervía sin duda en las almas, como el mosto en la cuba durante la fermentación tumultuosa.
En resolución, Calixto y Melibea se adoran y no es hipérbole ni figura retórica, sino adoración efectiva. Fuera de su amor no ven nada ni queda nada. Ni reconocen el pecado ni hay lugar para el arrepentimiento o para la enmienda. El destino, en medio del deleite y de la gloria de ellos, los lleva a trágica muerte, pero en esta misma muerte trágica hay poco de tétrico y de sombrío, sino que hay algo de triunfo. Allí se ve el más alto extremo de lo que el Sr. Menéndez y Pelayo en otro reciente escrito suyo, sobre la _Propaladia_ de Torres Naharro, _llama la triunfante alegría del renacimiento español_.
Muerto Calixto, Melibea se arroja desde lo alto de una torre y también se mata, pero la bienaventuranza alcanzada y gozada por ambos amantes, en sus mutuos y ardientes abrazos, es como luz de gloria que los envuelve y que presta a lo trágico, acaso contra la intención reflexiva del autor, carácter de apoteosis. Así resulta vano en mi sentir, el propósito que tuvo Fernando de Rojas o que supuso que tuvo, de adoctrinar a los jóvenes enamorados para que no se fiasen de sirvientes inmorales y lisonjeros y de mediadoras perversas como Celestina.
El candor chistoso con que los escritores de aquella edad, eclesiásticos con frecuencia, buscan motivo o pretexto para justificar sus composiciones sobrado galantes, pasma hoy al lector y despierta en su espíritu la duda de si ellos se engañarían en efecto al suponer tal propósito o si le alegarían como burlando. Notable ejemplo da de esto el beneficiado Fernán Suárez, natural de Sevilla y traductor del _Coloquio de las damas_ de Pedro Aretino, libro reimpreso pocos días ha en Madrid por el señor B. Rodríguez Serra. Sostiene con toda seriedad el beneficiado y traductor que lo hace para moralizar el mundo, el cual andaba tan pervertido en su época como en aquella edad remota en que Dios envió el diluvio universal para castigarle. Pero la divina justicia, según lo entiende el beneficiado, no gusta de repetir, sino de variar y de inventar nuevos castigos cuando hay pecados nuevos. Y así, en vez de diluvio, había enviado en su tiempo una enfermedad contagiosa que hacía grandes estragos y sobre la cual escribió Fracastoro un elegante poema latino dedicado al cardenal Bembo. Como quiera que ello sea, yo no acierto, ni creo que nadie acierte a explicar que haya muy provechosos avisos para los mancebos y triaca contra la ponzoña de la sensualidad en los muy desvergonzados lances que el _Coloquio de las damas_ refiere. ¿Hablaría de chanza o hablaría de veras el beneficiado al sostener que su libro morigeraría mejor a los jóvenes regocijados que la _Vía de espíritu_ o la _Subida del Monte Sión_, libros que ellos desecharían sin leer en cuanto del título se enterasen?
Fernando de Rojas tuvo, o imagina también que tuvo, el propósito de adoctrinar la juventud y de apartarla del vicio. Si resultó lo contrario, bien pudo decir Fernando de Rojas lo que dice el beneficiado: «que si la juventud tomase de aquí ocasión para pecar, eso no es culpa de esta obra, sino de nuestra mala condición, la cual, como estómago muy corrompido, la medicina que se le da para su salud la convierte en malos humores.»
Dejando nosotros a un lado la moralidad, a fin de que no salga mal parada de esta cuestión en vez de salir victoriosa, y prescindiendo también del desafuero inverosímil que sirve de fundamento a los amores de Melibea y de Calixto, bien podemos afirmar que en todos los pormenores de la tragicomedia hay tan pasmoso realismo y tan bien observada y expresada pintura de caracteres y de afectos que, no ya los críticos españoles a quienes pudo cegar la vanidad patriótica, sino los más eminentes críticos de otros países, como Gervinus en su _Historia de la poesía alemana_, ponderan el influjo de _La Celestina_ en la novela y en el drama de la edad moderna, y entienden que hasta la aparición de Shakespeare no hubo en la tierra más profundo observador ni más hábil pintor del alma humana que el bachiller Fernando de Rojas. Sus personajes todos, Celestina, Sempronio y Parmeno, Elicia, Areusa y el admirable rufián fanfarrón Centurio, están pintados de mano maestra y hacen y dicen lo que deben. Si todos citan demasiado a los clásicos, largan a cada paso sentencias _filosofales_ y pedantean con inocente refinamiento, es tan propio defecto de aquella época que más que defecto parece gracia y primor y presta al libro indeleble color _temporal_.
Ni carece Fernando de Rojas de muy oportunas delicadezas, inspiradas o reflexivas. La pasión de Melibea y de Calixto no puede ser más vehemente. El deleite que de la posesión nace en ambos no puede ser más subido. Y con todo eso, la dicha de ambos, de la que el lector se penetra, se envuelve en discretísimo y limpio velo, sin que el autor descubriéndola la profane. Los pormenores eróticos los guarda el autor y los emplea para las escenas, citas y encuentros de los secundarios y plebeyos amantes; de Parmeno y Areusa, por ejemplo.
Prolijo sería hacer resaltar aquí las principales bellezas de _La Celestina_. Mi artículo se extendería mucho más allá de las dimensiones que en este periódico se le conceden. Aun terminando aquí, tal vez se me acuse de haberme extendido demasiado. Válgame para disculpa la popularidad que en el siglo más glorioso para España tuvo la tragicomedia tan lindamente reimpresa ahora: popularidad en la que entró por más el valor estético que lo licencioso del asunto. Bastantes novelas en diálogos, imitando la de Fernando de Rojas, se escribieron después: algunas notabilísimas por la elegancia y gracia del lenguaje, por el ingenio y por el chiste, y dejando muy atrás a _La Celestina_ en sus desenfadadas verduras. La _Comedia Serafina_, reimpresa también pocos años ha por los señores marqués de la Fuensanta del Valle y D. José Sancho Rayón, da testimonio de ello. Y sin embargo, así la _Comedia Serafina_, como la _Comedia Selvagia_ y cuantas en el mismo género se compusieron, quedan muy por bajo de la joya literaria, cuyo alto precio he juzgado conveniente recordar hoy con ocasión de exhibirla de nuevo el Sr. D. Eugenio Krapf en forma tan correcta y lujosa.
BIBLIOTECA DE FILOSOFÍA Y SOCIOLOGÍA
Con el título que arriba se expresa, el señor D. B. Rodríguez Serra ha empezado a publicar una colección de libros de filosofía, y de esto que con vocablo feo e híbrido llaman ahora sociología. Sólo van publicados tres tomos, pero yo, que si bien poco entendido en asuntos filosóficos, gusto de ellos muchísimo, no he querido retardar mi bienvenida a la mencionada biblioteca, deseándole el mejor éxito posible con nuestro público de España.
De la historia de esta ciencia primera, así como de la historia de toda cultura, se han escrito no pocos libros en tierra extranjera y en estos últimos tiempos. Los franceses, ingleses y alemanes, con razón o sin ella, se han repartido los más brillantes papeles, y atribuyéndose casi toda la fecundidad filosófica, nuestra pobre nación ha resultado estéril o casi estéril, durante los cuatro últimos siglos, por culpa acaso de la Inquisición, de nuestra feroz intolerancia o de nuestra ineptitud para cosas tan sublimes.
Llenos nosotros de humilde abatimiento, hemos aceptado por lo pronto la sentencia sin protestar ni apelar. La opinión de que no nos da el naipe para filósofos ha prevalecido entre la generalidad de nuestra gente letrada.
Por fortuna la reacción ha sobrevenido, y con tal fuerza en algunos espíritus, que puede hacer recelar a un crítico imparcial y frío que es mayor que el fundamento en que se sostiene.
Los más hábiles y fervorosos defensores de la filosofía española han sido, a mi ver, don Gumersindo Laverde Ruiz, D. Nicomedes Martín Mateos, D. Francisco de Paula Canalejas, el padre Ceferino González y recientemente D. Marcelino Menéndez y Pelayo.
Con todo, y a pesar de las lecciones que este último está dando en el Ateneo, y a pesar de cuanto ha escrito ya en sus obras sobre las ideas estéticas y sobre los heterodoxos, todavía entiendo yo que la cuestión no está bien dilucidada. Nuestros más notables filósofos, desde el Renacimiento hasta el día, han escrito en latín, y no es poco lo que han escrito, por todo lo cual ni se han hecho extractos fieles y luminosos de lo que escribieron, ni se han emitido sobre ello imparciales y bien considerados juicios, ni los profanos, en cuyo número me cuento, hemos llegado a enterarnos con claridad y exactitud de sus sistemas y doctrinas. Sabemos que hemos tenido, y nos jactamos de tener entre nuestros filósofos a Luis Vives, a Valles, a Francisco Victoria, al doctor eximio Suárez, a Melchor Cano, a Domingo de Soto, a Foxo Morcillo, a Gómez Pereira y a muchos otros, pero la mayoría de la gente, apenas iniciada, sabe poco más que sus nombres. Con todo, basta saberlos y basta saber que bien o mal tan ilustres varones se han empleado en el estudio de la filosofía para presumir razonablemente que no se ha perdido entre nosotros la afición a este estudio, y que por consiguiente, los libros de la Biblioteca del Sr. Serra llegarán a venderse y a leerse, como muy de veras lo deseamos.
Otra opinión vulgar, que anda hoy muy valida contradice la posibilidad de que nuestro deseo se realice. Creen no pocas personas que la filosofía se va achicando y consumiendo conquistada y desmembrada por las ciencias positivas y exactas, que han ido poco a poco invadiendo sus dominios, anexionándoselos y repartiéndoselos como pan bendito o no bendito. Pero esto es una vanidad infundada de los sabios empíricos y de la muchedumbre que los admira y los sigue. Lo razonable es creer lo contrario: que mientras más se extiende el saber experimental, más crece y se magnifica en el espíritu el concepto de la filosofía y de la extensión inexplorada de su imperio.
Figurémonos que la filosofía, augusta y soberana emperatriz de las ciencias, mora en espléndido alcázar, cuyas salas y estrados son magníficos y cuyas elegantes cúpulas y empinadas torres se diría que llegan al cielo y se bañan en luz más pura y radiente que la de este sol que de ordinario nos alumbra. Pues bien, el alcázar, que así nos figuramos tiene vastísimos subterráneos, o sótanos por donde los sabios experimentales van andando y escrudiñándolo todo. Allí están las caballerizas, las pocilgas y los tinados, no pocos almacenes para trastos viejos, habitaciones capaces para la servidumbre, cocinas, fregaderos, bodegas, despensas y otras oficinas por el estilo. Por algunas rendijas y claraboyas tal vez se percibe y columbra algo de la magnitud y hermosura del alcázar; pero los sabios experimentales no hallan modo de penetrar en él, si bien mientras más andan, notan y averiguan en aquella parte baja, más crece el concepto de la soberbia amplitud y de la extensión maravillosa de lo inexplorado e inasequible que sobre ellos se levanta. Así comprendo yo qué es la filosofía con respecto a la ciencia que de la observación y del experimento procede.
Quizás nadie consiga nunca subir real y efectivamente a la parte superior del alcázar, pero por virtud de la fe, de la imaginación o de algo a modo de entusiasmo amoroso, quizás nos elevemos en espíritu con las alas que nos preste la religión, la metafísica o la poesía, y veamos o nos forjemos la ilusión de que vemos algunas de aquellas maravillas. De todos modos, los medios sutilísimos de que nos valemos para conseguirlo, y el ingenio, la tenacidad y los alambicados recursos a que acude y de que se vale nuestra mente en tan difícil empresa, tiene tal encanto y tan poderoso atractivo que nos deleitan y enamoran aunque en vez de triunfo obtengan sólo desengaños.
En este sentido y por las razones expuestas, los libros de filosofía no pasarán de moda, y en todas partes, incluso en España, agradarán e interesarán ahora y siempre. Auguramos, pues, buen éxito a la biblioteca del Sr. Rodríguez Serra. Van ya publicados en ella escritos de Schopenhauer y de Baltasar Gracián, y se anuncian como en prensa, varios de Nietzsche, Ibn Geribol, Emerson, Leopardi, Vives, Stiner y otros, tan opuestos en sus ideas que de lo menos que podemos acusar al editor es de parcialidad, antes bien aparece dotado de un sincretismo que nos inspira simpatía.
No aceptando por cierto sistema alguno, no alistándose en las filas de los secuaces y aceptándolos todos como cavilaciones discretas, divertidas o interesantes, poco importa que sean pesimistas u optimistas que sostengan el panteísmo, el materialismo u otros ismos, que afirmen o que no nieguen, con tal de que diviertan, interesen u ofrezcan alguna novedad. Lo que conviene, de cualquiera suerte que sea, es que el lenguaje de las mencionadas cavilaciones no resulte, o por culpa del autor o por culpa del traductor, muy bárbaro y enmarañado. Si el lenguaje y el estilo no fuesen claros y hasta cierto punto elegantes, pudiera ocurrirnos algo parecido a lo que ocurrió a la mona que trató de comerse la nuez verde y que la arrojó con desdén o con rabia al probar la amargura de la cáscara, sin llegar a comerse el sabroso fruto que dentro se escondía. Y aún sería peor, si vencida la repugnancia de lo verde y amargo y quebrantada también a fuerza de dientes la dureza de la envoltura leñosa, nos encontrásemos con que la nuez estaba vana o podrida. Prescindiendo de estas contingencias, yo declaro que todo tratado filosófico despierta mi curiosidad y me hechiza. Esperemos que suceda lo propio a mis compatriotas aficionados a libros, a fin de que compren y lean éstos sobre los que ahora voy discurriendo.
Otro peligro hay, contra el cual no veo reparo ni cautela que esté de sobra. La falta de preparación conveniente puede hacer que un alimento espiritual, ya por exótico, ya por inusitado, ya por harto sustancioso, se nos indigeste en el alma, o bien que siendo veneno le tomemos como triaca. Quiero decir, sin ambages, que los que están ayunos de todo conocimiento filosófico, si propenden además, como hoy generalmente sucede, a prendarse de lo extranjero, tal vez acepten por oro la alquimia y consideren cualquiera extravagancia o disparate como el _Non plus ultra_ de la investigación especulativa y del saber humano.
Ni mis cortas luces ni la brevedad que debe tener este artículo consentirían, pongamos por caso, que yo impugnara aquí las doctrinas de Schopenhauer en el libro ya publicado y cuyo título es _Sobre la voluntad en la naturaleza_. ¿Pero no me sería lícito recelar, no sólo la falsedad de la doctrina, sino lo huero o vacío que en ella puede notarse, fundándose en puro juego de palabras y en llamar las cosas o sus cualidades con nombres que no han tenido jamás, en castellano al menos? ¿Qué diantre de voluntad es esa que se ignora a sí misma y que ignora lo que quiere y que produce, sin embargo, el universo y las leyes matemáticas, físicas y morales que, sin duda, le gobiernan? ¿Cómo de esa voluntad sin conciencia nace la conciencia? ¿Cómo nace la inteligencia de lo que no entiende? ¿Por muchas vueltas que se dé a un objeto, brotará en él algo que no esté en germen en él y que no traiga además de fuera de él la sustancia y la fuerza y la ley que para el desenvolvimiento del germen se requieren? En fin, la tal voluntad inconsciente, causa primera de todo, me parece a mí, profano, una ininteligible algarabía.
Y no se me acuse de poco respetuoso con los sabios celebérrimos y admirados en las naciones más cultas. El mismo Schopenhauer nos enseña la falta de respeto, aunque nuestra moderación y nuestra cortesía no acepten sino un poquito de sus lecciones. A casi todos los profesores de filosofía de las Universidades de Alemania los pone él como chupa de dómine, tratándolos de envidiosos, de plagiarios, de necios y de tan interesados que encubren la verdad y enseñan la mentira por miedo de perder la posición y el salario que reciben. A Kant le pone por las nubes; pero después de Kant apenas hay más que él en el mundo: Fichte es un _mono_, y Hegel, el que por tanto tiempo hemos admirado como el Aristóteles de la edad novísima, no es más que un charlatán atrevido. Leibnitz, cuando Schopenhauer le compara con él mismo y con Kant, es un miserable pigmeo, y tonterías y nada más que tonterías son su _armonía preestablecida_ y sus _mónadas_.
El desenfado con que Schopenhauer fustiga a sus colegas tiene antecedentes en abundancia. Ya nos cuenta Gil Blas que los que disputaban en las aulas de Salamanca más parecían energúmenos que filósofos. No hay veneración que valga. El canciller Bacon, preconizado por muchos como fundador, norte y guía de todo positivismo, ha sido injuriado de la manera más feroz por no pocos de los mismos positivistas. Y Descartes, de quien se dice que procede toda la moderna filosofía, como de Sócrates la antigua, es considerado como un deplorable metafísico por Gioberti y por otros, que si algo de bueno hallan en él lo declaran plagio de San Anselmo o de otros autores de la Edad Media.
Exclamemos con Horacio: _hanc veniam petimusque damusque vicissim_, y reservándonos el derecho de negar y de censurar muchos sistemas filosóficos, si bien con moderación suave y sin tirarnos los bonetes, aplaudamos el propósito del Sr. Rodríguez Serra y excitémosle y animémosle para que le lleve adelante. Aunque una filosofía nos parezca falsa o vana, ¿no podrá ser entretenida e ingeniosa? Por recomendación de Schopenhauer, hemos venido a inscribir nosotros en la lista de los más notables filósofos a Baltasar Gracián, alguna de cuyas obras Schopenhauer ha traducido y ensalzado. _El Criticón_, v. gr., es para Schopenhauer un prodigio, y en todos los tratados de Gracián rebosa la filosofía.
El Sr. Serra no carece, pues, de fundado motivo para incluir, como incluye, en su colección dos obritas de Gracián: _El héroe_ y _El discreto_. Mucho distamos nosotros de hallar en dichas obras el extremo de delirio culterano al que llega Gracián en sus _Selvas del año_, sobrepujando a Góngora en las _soledades_ y en el _polifemo_; lo que es filosofía tampoco nos parece que hay, ni en _El discreto_ ni en _El héroe_. Lo que hay, en nuestra opinión, es un admirable conjunto de enrevesados conceptos y de sentenciosas agudezas, donde son de admirar la riqueza y primor de nuestro idioma, y la maestría y el talento del escritor que de él se vale, pero donde no acertamos a ver sino apotegmas de moral práctica, casi siempre tomados de antiguos escritores, y alguna vez de la observación perspicaz del mismo Gracián, que era, por cierto, un verdadero hombre de mundo.
El concepto de la filosofía es muy elástico. Suele ampliarse o restringirse a gusto del consumidor. Pero si hemos de incluir, por ejemplo, entre los filósofos al duque de la Rochefoucauld y a la Bruyere, incluyamos también a nuestro Gracián y hasta pongámosle por cima de ambos.
La nueva edición que de _El héroe_ y _El discreto_ nos da el Sr. Serra está ilustrada por un erudito estudio, donde se dan muy curiosas noticias sobre los triunfos y la influencia que Gracián ha alcanzado como filósofo en Alemania. Dicho estudio, escrito en castellano con corrección y elegancia, se debe a la pluma del Sr. Arturo Farinelli, profesor en Innspruck, capital del Tirol, y tan docto y entusiasta apreciador de nuestra lengua y literatura, como de la alemana, y de la de Italia, su patria.
En suma, y a fin de terminar este artículo ya sobrado extenso, diré que, precaviéndonos bien para no inficionarnos con alguna herejía o para no exponernos a ir a parar en un manicomio, como Nietzsche o como Augusto Comte, harán muy bien los aficionados a la lectura en comprar y en leer cuantos tomos han salido ya y vayan saliendo de la biblioteca del Sr. Serra. Así se instruirán, y aunque sea con vuelo inseguro, elevarán el alma a las más altas regiones a donde puede subir nuestro entendimiento o nuestra fantasía.
El regionalismo literario en Andalucía.
I
En Junio de 1856, si no me es infiel la memoria, pasé yo muy agradablemente tres semanas en la famosa ciudad de Moscú, capital de todas las Rusias. Allí conocí y traté al señor Sergio Sobolefski, sujeto muy ilustrado y amable, poeta satírico de gran nombradía en su tierra y notable conocedor y admirador de la literatura española. Como preciado regalo suyo conservo aún entre mis libros _La segunda Celestina_, de Feliciano de Silva, donde se tratan los amores de Felides y Polandria, y un bonito ejemplar de las _Relaciones_, de D. Juan de Persia, impresas en Valladolid en 1604.
En aquel tiempo ya era yo aficionado a leer, había compuesto no pocos versos y hasta me parece que también había escrito y publicado varios articulitos en prosa.
A pesar de todo, cuando el Sr. Sobolefski me habló de D. Manuel Milá y Fontanals, de quien él era grande admirador y amigo, tuve que confesarle que ni las obras, ni el nombre conocía yo de tan ilustre literato. Le conocí, pues, por medio del Sr. Sobolefski, fui también más tarde su amigo, estuvimos en correspondencia epistolar, y creo, por último, que firmé la propuesta para que el Sr. Milá fuese académico correspondiente de la Real Academia Española.
Lo que acabo de referir prueba, sin duda, mi ignorancia y mi descuido, pero prueba igualmente el descuido y la ignorancia de la generalidad de mis compatriotas. La fama del señor Milá, que había logrado extenderse hasta el centro de Rusia, acaso no había logrado en España pasar de Cataluña a las demás provincias del Reino.
Con verdadera satisfacción podemos asegurar en el día que las cosas han cambiado mucho mejorando, y que nuestra incomunicación literaria rara vez llega a extremo tan lastimoso.
Sobrados vestigios quedan de ella todavía por donde, si no puede justificarse, se explica al menos la propensión al regionalismo. No es de extrañar que enojados los escritores que viven en provincias de que la fama de ellos no vuele, si antes no pasa por Madrid y en Madrid le prestan alas, sientan el prurito de aislarse, de escribir en la lengua o en el dialecto de la región en que nacieron, y de compensar así por la intensidad y la densidad la corta extensión de su nombradía.