El Superhombre y otras novedades

Chapter 12

Chapter 123,976 wordsPublic domain

A Dios gracias yo soy por naturaleza poco inclinado a la melancolía y al desaliento. Hasta en las circunstancias más tristes procuro hallar algo que me traiga esperanza y consuelo. Como los niños de los cuentos de hadas, cuando se pierden en obscura y tempestuosa noche, en medio de un bosque lleno de malezas, precipicios y tal vez fieras, veo siempre a lo lejos resplandecer la lucecita que ha de guiarnos a un espléndido alcázar, donde genios bienhechores han de albergarnos, restaurarnos y regenerarnos.

A pesar, no obstante, de esta dichosa condición mía, como son tantos los Jeremías y las Casandras que andan por ahí pronosticando nuevos males, y como brillan con frecuencia ante mis ojos, a modo de siniestros relámpagos, terribles avisos y ominosas señales, confieso que me desazono, la postración se apodera de mi espíritu y me pongo muy compungido.

Para animarme solía yo discurrir allá en mis adentros: hemos gastado más de lo que podíamos gastar en una pobre e inútil defensa, y hemos perdido al fin nuestras ricas colonias, pero nadie podrá acusarnos, con justicia, de malos colonizadores, ni de nación estéril, cuando tan vastos territorios han permanecido en nuestro poder cerca de cuatro siglos y cuando de esta nación han brotado, como de tronco lleno de savia las ramas verdes y floridas, diecisiete repúblicas de gran porvenir, donde circula nuestra sangre, donde queda indeleble el sello de nuestro propio ser y carácter y donde sigue y seguirá hablándose nuestro idioma.

Entonces recuerdo los tan conocidos versos del duque de Frías.

.............en vano el mundo De Colón, de Cortés y de Pizarro, A España intenta arrebatar la gloria De haber sido español.

Por el habla, por las creencias y por las costumbres, la gente de allí seguirá siendo española antes de ser americana. Y el navegante que llegue a aquellos puertos tan apartados de Europa y de España,

Verá la cruz del Gólgota plantada Y escuchará la lengua de Cervantes.

Pero mi gozo en un pozo. Yo esperaba que seguirían siempre siendo hispano-parlantes cuantas naciones se extienden desde el Norte de Méjico hasta el Estrecho de Magallanes. Yo esperaba que seguiríamos hablando la lengua española cincuenta o sesenta millones de seres humanos; gran porvenir para nuestra literatura, por poco que dichos seres escriban y lean. Pero lo repito; el gozo en un pozo. Y ha venido a arrojarme en él, con sus dudas y temores, nada menos que el más profundo conocedor de la lengua castellana (y bien podemos afirmarlo sin temor de que nadie nos desmienta) que vive hoy en el mundo.

Pocos días ha, recibí un librito impreso en Chartres, que contiene un poema titulado _Nastasio_, obra del vate argentino D. Francisco Soto y Calvo. El poema es muy original. En él hay descripciones bien hechas y sin duda fieles, de la vida rústica de la Pampa, de aquellas fértiles praderas y de las costumbres, lances y amores de los campesinos o gauchos. Refiere la mala aventura de un pallador llamado Nastasio, a quien un tremendo huracán destruye y quema la cabaña y mata a la mujer y a los hijos. La honda pena y la resignación cristiana del pallador están bien sentidas y expresadas. Los versos que el pallador compone, celebrando primero su ventura, cuando aún era dichoso, y lamentando su infortunio más tarde, son sencillos y espontáneos sin ser prosaicos ni rudos, y merecen, a mi ver, no pequeña alabanza. Por último, la muerte del pallador, viudo y solitario, está llena de dulce tristeza o más bien de esperanza consoladora.

.............Un instante Fijos los ojos en el techo obscuro Pareció que hondamente agradecía La bondad del Señor.

Después, ya muerto, Se quedó cual soñando en lo futuro, Y se asentó la paz en su semblante.

En suma, el _Nastasio_ del Sr. Soto y Calvo es una bella composición, por el estilo del _Hermán y Dorotea_ de Goethe y de la _Evangelina_ de Longfellow, si bien en el _Nastasio_ no se advierte imitación, sino mucha espontaneidad. Su lenguaje es castellano muy puro.

Por eso mismo me ha sorprendido y me ha contristado más la carta-prólogo que en el _Nastasio_ he leído.

Hay en esta carta una idea harto contraria a la condición, vida y carácter de quien la emite. Imposible parece que desconfíe tanto del porvenir en América del idioma castellano quien ha consagrado toda la vida a su estudio y está erigiéndole el maravilloso monumento de un _Diccionario de construcción y régimen_. Quizás exprese D. Rufino J. Cuervo, pues ya se entiende que éste es el autor de la carta, no ya una convicción, sino el temor, propio de quien mucho ama, de que aquello que ama desaparezca o muera.

La corrupción del latín y el nacimiento y desarrollo ulterior de las lenguas romances no puede ni debe servirnos de guía para pronosticar en América la corrupción del castellano y el nacimiento y desarrollo ulterior de nuevos idiomas. El imperio de los Césares acabó y se desmembró por invasión extranjera. Pueblos germánicos y de otras razas y lenguas vinieron a establecerse en varias provincias del imperio, dando origen a nuevos Estados y aun a nuevas nacionalidades; pero el imperio colonial de España ha tenido fin, dividiéndose de manera muy distinta, por obra de los mismos españoles de origen que han querido y logrado ser independientes.

La civilización antigua se corrompió y degeneró primero, y con la invasión de los bárbaros sufrió después largo eclipse, o más bien sueño o letargo del que hubo de despertar o de renacer transformada y muy otra de lo que era y con otros modos de expresión para manifestar su pensamiento; pero en las repúblicas hispano-americanas ni ha habido invasión de bárbaros, ni desmayo, ni decadencia de civilización, ni raza triunfante y dominante que se haya sobrepuesto a la raza española de origen que antes triunfaba y dominaba. No hay motivo, pues, para recelar la desaparición en el nuevo continente de la lengua castellana, a no ser que los actuales habitantes o ciudadanos de las nuevas repúblicas se consideren, con humildad profundísima, tan pobres de ser propio que vengan a sobreponerse a ellos y a hacerles olvidar el habla de sus padres, o bien los indios indígenas, o bien los emigrantes italianos, franceses o alemanes, que acudan en busca de trabajo y de bienes de fortuna.

El aislamiento de las diversas repúblicas entre sí, tendrá que ser y deberá ser menor cada día, y sólo en muy remoto porvenir, que va más allá de toda previsión humana, podrá crear lenguas distintas, acabando por no entenderse los que son hoy pueblos hermanos.

El que haya cierto número de palabras propias de cada país para significar especiales y locales usos, costumbres, producciones naturales, trajes, etc., no basta para explicar que vengan a nacer distintas lenguas. Acaso para entender las narraciones de Pereda, el más español y el más castellano de nuestros novelistas, se requiera más glosario que para entender el _Nastasio_ o cualquiera otra narración argentina. Y no por eso teme nadie entre nosotros que en la Montaña, en Santillana o en Santander, en la patria del mismo Pereda, de Amós Escalante y de Menéndez y Pelayo, salgan hablando, el día menos pensado, un idioma distinto.

La más seria amenaza de muerte que tiene el castellano es, según dice el Sr. Cuervo, que no hay más que cuatro o cinco autores españoles cuyas obras se lean en América con gusto y provecho, que allí la vida intelectual se deriva de otras fuentes; pero si esto es así, si en España no hay más que cuatro o cinco autores, y si para vivir vida intelectual tenemos que recibirla de Francia, tan amenazado como en aquellas repúblicas está el castellano en esta desventurada y estéril metrópoli, donde sólo Dios sabe qué lengua hablaremos, o si dejaremos de hablar ya que nada propio y no venido de París tenemos que decir en ninguna habla. Si para decir algo de _gusto_ o de _provecho_ tenemos que repetir lo que se dice en Francia, más vale dejarlo en francés y no traducirlo. El pasto espiritual es, lo mismo que el material, indigesto y desagradable cuando se toma recalentado. Boileau lo declara diciendo:

........et souvenez-vous bien Qu'un dîner rechauffé ne valut jamais rien.

Y no se me diga que no bien nos lancemos a hablar, en la antigua metrópoli y en todas las repúblicas, sus hijas, dieciocho lenguas nuevas, desaparecerá la esterilidad de nuestro ingenio, se nos aclararán las entendederas, y en vez de cuatro o cinco autores que escriban cosas de _gusto_ y de _provecho_, tendremos cuatrocientos o quinientos. Desengáñese el señor Cuervo: si en el día y hasta el día hemos sido y somos poco ingeniosos, _provechosos_ y _gustosos_, lo seguiremos siendo, aunque se repita el milagro de la Torre de Babel entre nosotros.

Este milagro, por otra parte, es harto difícil de hacer. No en todas las regiones que formaban antes el inmenso imperio español se halla a mano para desechar el habla de Castilla otra lengua viva aún, o algún dialecto que la reemplace, como sucede en Cataluña y en Galicia. Los andaluces, pongamos por caso, nos veríamos algo apurados si intentásemos _descastellanizarnos_. Expulsados ya los judíos y los moriscos, no me parece bien ni fácil que saliésemos hablando en árabe o en hebreo, lo cual tendría además el inconveniente de no ser nuestra lengua propia y privativa. Todo, sin embargo, tiene remedio. D. Manuel Góngora y Martínez refiere en sus _Antigüedades prehistóricas de Andalucía_, que en varias cuevas llamadas de letreros, los hay al parecer ininteligibles y en abundancia. Ahora bien; yo tengo un amigo muy docto que trabaja con éxito en descifrar dichos letreros, eclipsando la gloriado Champollión. Y como se presume que los tales letreros están escritos en el antiquísimo idioma de los turdetanos, mi amigo espera reconstituir el mencionado idioma, en el que se compusieron sabias leyes y hermosos poemas hace ya nueve o diez mil años. Si el susodicho amigo mío se sale con la suya y reconstituye la lengua turdetana, los andaluces echaremos la zancadilla a los catalanes, a los gallegos, a los vascongados y a cuantos oriundos de España hay en América, aunque abandonando el castellano, salgan hablando y escribiendo en quichua, en guaraní o en el habla de los chibchas o de los aztecas.

Lo mejor, sin embargo, dejando bromas a un lado, sería que así en España como en toda la dilatada extensión del nuevo Continente, que descubrimos y colonizamos, se siguiese hablando sin corrupción la lengua de Castilla, lazo de unión fraternal que no debe romperse. Ningún político inglés mal humorado se atrevería a insistir en que nuestra raza está decaída, si cincuenta o sesenta millones hoy, y en lo futuro más millones de hombres, siguiesen hablando la misma lengua, claro testimonio de la persistente vitalidad de la raza. Mas para esto hemos de convenir en que se necesitan dos cosas muy importantes: que tengamos confianza unos en otros, y que procuremos merecerla. Limitándonos a lo que se escribe, quiero yo dar a entender que no porque sea español debe el público desdeñarlo, y que también los escritores debemos hacer los mayores esfuerzos y afanarnos y esmerarnos para que no nos desdeñen con justicia: para que no se afirme que sólo hay cuatro o cinco autores que se leen con gusto o con provecho. Tal vez nuestros autores pagan el desdén del público con otro desdén equivalente o mayor, pero el desdén con el desdén no tiene tan buen éxito en literatura como en cuestión de amores. Cuando no se estudia, o se estudia poquito, nadie, a no ser un ingenio portentoso, acierta a escribir algo que sea de gusto o de provecho. En el público, y singularmente en lo que llaman ahora la _hig-life_, que suele dar ejemplo y tono, noto yo en España la más desdeñosa manía contra los que escribimos. Y es menester que trabajemos no poco para que esta manía desaparezca.

Fuera del teatro, a donde acude la gente por lo muy aficionada que es a divertirse, apenas hay literatura popular en España. La poesía en verso y por todo lo alto está en general harto desacreditada y a pesar de Quintana, Gallego, Duque de Rivas, Espronceda, Zorrilla, Campoamor, Núñez de Arce y bastantes otros que viven o han vivido en el siglo que está terminando, se nos anuncia fatídicamente que va a desaparecer la forma poética. Y no se crea que lo escrito en prosa ha conquistado todo el favor y está muy boyante. Si exceptuamos a D. Benito Pérez Galdós y a otro par de autores a lo más, apenas los hay hoy en España verdaderamente populares y cuyos libros se compren y se lean. Con fatigas tendríamos que andar hoy para completar el número de los cuatro o cinco autores de que habla el Sr. Cuervo y cuya lectura trae gusto o provecho a los americanos. Ni siquiera en España caemos en gracia.

No me atormenta la mala pasión de la envidia, pero, sin envidiar, reconozco y deploro que éxito tan grande de librería como va teniendo en nuestra nación la novela _Quo vadis?_ del autor polaco Sienkiewicz, no le ha tenido ningún novelista español, aunque entren en cuenta las _Pequeñeces_ del Padre Luis Coloma.

¿En qué consiste esto? ¿Consistirá en manía por lo extranjero o en que la novela _Quo vadis?_ es mejor que cuanto por aquí escribimos? La cuestión es tan peliaguda que prefiero callarme y no tratar de resolverla. _Clarín_ además ha sido interrogado. Tiene la palabra y no debo yo adelantarme y quitársela. Sólo me atreveré a decir: 1º _Habent sua fata libelli_. 2º Me alegro de que vuelva la afición a la novela histórica. 3º Para escribirla bien (y va de latines) _non oportet studere sed studice_, lo cual significa, en el presente caso, que no ha bastado para componer el _Quo vadis?_ acudir al _Diccionario de antigüedades_ de Rich, a la obra de Dezobry, al _Antecristo_ de Renán y a otras historias, como v. gr, la de César Cantú, sino que ha sido menester que el autor esté muy versado en la literatura clásica de Grecia y de Roma, y acaso en los idiomas en que dichas literaturas se produjeron. Y 4º y último, se necesita muchísima habilidad y grande ingenio para que interesen y sean asunto principal de un libro los amores de dos personas harto secundarias, y que acaban por ser muy felices en medio de multitud de catástrofes que debieran interesarnos mucho más: muertes de San Pedro y de San Pablo, suplicios espantosos y variadísimos de cristianos a centenares y trágico fin también de Petronio, de Lucano, de Séneca, del propio Nerón y de otra multitud de sujetos de mucho fuste.

Casi no hay novela histórica sin cierta ineludible falta de armonía que el autor debe hacer que se perdone o se disimule, logrando así el triunfo. En el _Quo vadis?_ la falta es patente, pero subsanada o remediada con arte y talento. Hay dos acciones. La principal es la que menos importa: un caballero, prendado de una muchacha virtuosa y cristiana, se vale de malos medios para hacerla su manceba. Ella se resiste. El se enamora al fin seria y honradamente y se hace también cristiano. Y después de algunos lances y aventuras, el caballero y la muchacha se casan como Dios manda y se van a holgar en una hermosa quinta que en Sicilia poseen. Estos son los héroes y protagonistas y este el asunto principal de la novela. La comparsa, el coro y el otro asunto más amplio, en que el asunto principal encaja, son una legión de mártires, apóstoles y santos, y una serie de acontecimientos terribles y reales, que inspiran la Apocalipsis al Aguila de Patmos, y que preparan la prodigiosa mudanza de Babilonia en nueva Jerusalén, y el vencimiento del imperio de la fuerza por el imperio del espíritu, del que igualmente ha de ser capital Roma, purificada y santificada por la sangre de los confesores de Cristo.

En suma, yo no quiero decir más sino que la novela _Quo vadis?_ se lee con _gusto_ o con _provecho_, como dice el Sr. Cuervo que sólo se leen en América cuatro o cinco de nuestros autores.

Nueva edición de «LA CELESTINA»

El señor D. Eugenio Krapf, alemán de nación y fundador y dueño en Vigo de un establecimiento tipográfico, ha impreso y publicado la tragicomedia _Celestina_. Según en el colofón se expresa, esta obra, dividida en dos volúmenes, se acabó de imprimir el día 31 de Julio del presente año (1900). El primor y la elegancia de la nueva edición dan claro testimonio del buen gusto del impresor, de su pericia y de su devota admiración a las letras españolas.

Entre cuantos libros de entretenimiento se han escrito en España, _La Celestina_, es, después del _Quijote_, el más estimado, así de nuestros críticos como de los críticos de otros países, y el que mayor influjo ha tenido acaso en el ulterior desenvolvimiento de la novela y del teatro en las modernas literaturas de Europa. Prueban la estimación que en todas partes se ha dado a este libro las esmeradas traducciones que de él se han hecho en diversas lenguas, imprimiéndolas o reimprimiéndolas desde principios del siglo XVI hasta nuestros días con mayor primor y lujo que en España. Así, por ejemplo, la traducción francesa de Germond de Lavigne, publicada en París en 1873, la traducción alemana de Eduardo de Bolow, impresa en Leipzig en 1843, y la antigua y bella traducción inglesa de Jaime Mabbe, lujosa y lindamente reimpresa en 1894 e ilustrada con una muy discreta y erudita introducción por el docto hispanófilo Fitzmaurice Kelly.

En España, revelándose tristemente nuestro desdén o nuestra indiferencia por las producciones del propio ingenio, no se ha hecho una sola edición de _La Celestina_ durante todo el siglo XVIII, y en el siglo XIX, que pronto terminará, sólo se han hecho cinco ediciones contándose en este número la incluida en la Biblioteca de autores españoles de Rivadeneyra, tomo III, que contiene novelitas anteriores a Cervantes. De ninguna de estas ediciones puede afirmarse que esté hecha con el esmero y el lujo que el texto original merece y pide. Tal vez influyó en la menor estimación que se dio a _La Celestina_, desde mediados del siglo XVII y singularmente en el XVIII, el estigma que puso en ella la Inquisición no con gran severidad por cierto. Patente se ve la inmensa popularidad de _La Celestina_ en España, durante el siglo XVI, así, porque de dicha obra se hicieron en aquel siglo cerca de setenta ediciones, como por los raros que son los ejemplares de todas ellas, demostrando que se leyeron mucho, a no ser que se presuma que en tiempos de mayor recato, hipocresía o pureza de costumbres hubieron de destruirse muchos ejemplares de un libro cuyo licencioso desenfado no puede negarse.

Caso raro es que no se haya podido afirmar durante mucho tiempo quién sea el autor de libro tan famoso. Y más raro es aún, dada la perfecta armonía de su estilo y la unidad de pensamiento que en el conjunto se nota, que haya podido creerse que el primer acto fue escrito por un autor, atribuyéndose, ya a Juan de Mena, ya a Rodrigo de Gota, y que son obra de otro autor los veinte actos restantes, en nada inferiores al primero.

En el día, por fortuna y merced a demostraciones que sería prolijo exponer aquí, ha venido a desecharse la creencia en la pluralidad de autores y a tenerse por averiguado que el bachiller Fernando de Rojas fue el único autor de todo el libro.

De la vida de este bachiller, que resulta por lo expuesto uno de los más gloriosos ingenios de nuestra patria, poco se sabe hasta el día, si bien puede presumirse que no fue un comunero de su mismo nombre y apellido excluido de la amnistía que en 1522 dio el emperador Carlos V, sino otro Fernando de Rojas, que estudió jurisprudencia en Salamanca, que fue alcalde mayor de dicha ciudad y que se estableció al cabo y terminó sus días en Talavera de la Reina. La fecha de su nacimiento y de su muerte creo que se ignora. Nada se dice tampoco de ningún otro escrito o hecho suyo. Dando aquí por supuesto que la edición de Burgos de 1499, de la que sólo se conserva un ejemplar, fue una falsificación, hecha en Venecia, de 1632 a 1635, la primera aparición de _La Celestina_, fue en el año de 1500, edición de Salamanca. La edición, pues, de Vigo hecha por el Sr. Krapf en 1900, viene a solemnizar el cuarto centenario del libro y también de su autor, de cuya vida y hechos es el libro lo más importante que se conoce.

Ilustran la edición del Sr. Krapf, y le dan mayor realce y atractivo las variantes, el catálogo de las ediciones que de _La Celestina_ se han hecho en español, en francés, en inglés, en holandés, en alemán, en latín y en italiano, y sobre todo una bella introducción, notas y apéndices de D. Marcelino Menéndez y Pelayo.

Nunca un libro, por original que sea, deja de tener antecedentes. Considerado como tal está el _Pamphilus_, que es uno a modo de drama, en exámetros y pentámetros latinos, remedando el estilo de Ovidio. Este drama viene inserto como apéndice en la edición del señor Krapf. Se ignora el nombre de su autor y la época en que se compuso, si bien puede creerse que no es anterior al siglo XII y que su autor hubo de vivir en algún monasterio del centro de Europa.

En germen están en el _Pamphilus_ el pensamiento y el asunto de _La Celestina_. Ya en el arcipreste de Hita hay no pocos trozos del _Pamphilus_ imitados y traducidos. Pero con razón afirma el Sr. Menéndez que esto no menoscaba la poderosa originalidad del arcipreste ni mucho menos la de Fernando de Rojas. El _Pamphilus_, más que obra de un poeta, parece el frío y trabajoso estudio de un filólogo, cuyos personajes carecen de vida y de individual consistencia.

La tragicomedia _Celestina_, en cambio, es y ha sido admirada siempre por la animación vigorosa y la variedad de los caracteres de cuantos personajes toman parte en la acción. Hay, por último, en la _Celestina_ cierto misterioso encanto que se apodera del alma de quien la lee, embelesándola y moviéndola a la admiración más involuntaria.

No admiramos porque nos prescriban los críticos que admiremos, sino porque la admiración nace en nosotros espontánea e inmediatamente de la lectura. De aquí, para mí al menos, un muy curioso problema de crítica harto difícil de resolver; una contradicción, real o aparente que tal vez nadie acierte a explicar, bien sin pecar de sutil y de alambicado.

La historia que en los sucesivos diálogos se va desenvolviendo basta llegar al desenlace, mirada dentro de la completa realidad de la vida que vivimos, ya en nuestro siglo, ya a mi ver, en cualquiera otro, tiene casos tan inverosímiles, que rayan en lo absurdo. Calixto, mancebo gentil, rico y noble, penetra buscando un azor, en los jardines de la egregia y hermosa doncella Melibea; prendado de ella, la requiere de amores, y ofendida la dama en su recato y en su orgullo, áspera y crudamente le despide. Melibea y Calixto son ambos de igual condición elevada, así por el nacimiento, como por los bienes de fortuna. Entre las familias de ambos no se sabe que haya enemistad, como la hubo, pongamos por caso, entre las familias de Julieta y de Romeo. Ni diferencia de clase, ni de religión, ni de patria los divide. ¿Por qué, pues, no buscó Calixto a una persona honrada que intercediese por él y venciese el desvío de Melibea, y por qué no la pidió luego a sus padres y se casó con ella en paz y en gracia de Dios? Buscar Calixto para tercera de sus amores a una empecatada bruja zurcidora de voluntades y maestra de mujeres de mal vivir, tiene algo de monstruoso que ni en el siglo XV ni en ningún siglo se comprende, no siendo Calixto vicioso y perverso y sintiéndose muy tierna y poéticamente enamorado.