El Superhombre y otras novedades

Chapter 11

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Todavía, concedido esto, y no es poco conceder, se me ocurre una objeción. ¿No involucraremos las nociones del arte y de la ciencia? ¿Será bien estimar en más, porque tenga más contenido científico una obra de arte que otra obra de arte? Demos de barato que _Germinal_ encierra más, muchísima más ciencia que _El ingenioso hidalgo_, pero ni aun así se podrá inferir que _Germinal_ sea mejor novela. Tanto valdría, en vista de los adelantos modernos, inferir, no ya que un tratado fundamental, sino que la más compendiosa cartilla de agricultura vale mil veces más que las _Geórgicas_. Las _Geórgicas_ quizás no enseñan sino simplezas y errores, mientras que estudiando la cartilla puede cualquier sujeto entendido convertirse en agricultor más que mediano. Pero el arte no se propone tal fin. Se propone la creación de pasmosa hermosura que deleita, arrebata y eleva el alma, lo cual se consigue con las _Geórgicas_, cuando el que las lee es capaz de comprenderlas; pero no se consigue con la cartilla, que está al alcance del más tonto, que no hay nadie que no comprenda, y que divulga muy útiles conocimientos. Mas ¿para lograr este fin no será siempre mejor escribir cartillas que no poemas o novelas? Todo cuanto enseñe la más sabia novela del día podrá cifrarse acaso en un par de planas de la más modesta cartilla. Y así, hecha abstracción de la sabiduría que la novela encierre, quedará monda y lironda la obra de arte, la cual luego que pase la moda del día y sea otro el gusto del público, es casi seguro que aburrirá al género humano y caerá en olvido o en menosprecio.

¿Cómo he de negar yo que la humanidad ha adelantado mucho? Su cultura es como un capital que se aumenta cada día, tanto por nuevas ganancias como por los réditos que no se gastan y que se van acumulando. Lo que niego es que el arte, como arte, progrese a par de dicha cultura.

Yo no gusto de defender paradojas. Si de ello gustase, me atrevería a defender lo contrario, con no escasa complacencia, porque lo más divino y admirable que hay en el arte en general, y singularmente en el de la palabra, es lo inspirado, lo espontáneo, lo en cierto modo inconsciente, lo que se diría que está por cima de toda conciencia individual, en la mente colectiva, en la razón impersonal, en el ingenio superior de pueblos y razas y hasta en el numen, que se nos revela o creemos que se nos revela. Y aunque yo no niego la posibilidad y la continuidad de presentes y de futuras revelaciones, hallo más propios de las primitivas edades que de la edad presente tales casos, que pueden bien calificarse de sobrenaturales y divinos.

No impide lo dicho que la parte técnica, la industria de la fabricación literaria esté en el día más adelantada y más divulgada que en los pasados siglos. De aquí que, por cada una de las novelas que se escribían hace ciento o doscientos años, se escriben hoy centenares y hasta millares. A lo cual contribuye no poco el que haya hoy más gente que las lea y que las compre. Pero esto mismo manifiesta lo caduco y efímero de la actual producción. ¿Cómo he de quitar yo su mérito al que logra crearse un público, ganar su atención y su simpatía y entretenerle y divertirle durante diez, veinte o treinta años, con los cuentos que escribe? Grande y muy envidiable mérito es éste; pero no llega, ni con mucho, al del autor que produce algo, no fuera de moda, sino superior a la moda y que ha de persistir cuando la moda pase, porque toda moda ha de autorizarse y justificarse, comprendiéndolo en vez de desecharlo. Así los clasicistas del siglo del renacimiento y del de Luis XIV ponían a Homero a la cabeza de los clásicos. Vino luego el romanticismo y declaró romántico a Homero. Y yo no dudo que los más acérrimos naturalistas del día dejen de citar la _Iliada_, como dechado y modelo del más admirable naturalismo.

El busilis, pues, y el toque magistral de cualquier obra de amena literatura no está en seguir la moda, sino en dar la moda o más bien en ponerse tan por cima de la moda y tan por cima de progresos y de mudanzas, que toda moda nueva se apoye y se autorice en aquella obra presentándola como dechado y tratando de convencer al público de la excelencia de lo nuevo, no por su discrepancia, sino por su semejanza con aquel modelo inmortal.

Que haya obras de esta clase en el día y cuáles sean, es lo que yo no me atreveré a decidir. La sentencia es ardua. La posteridad la dictará sin duda. Limitémonos nosotros a reconocer el mérito relativo de los que interesan, divierten o entusiasman con sus escritos, aunque sea durante corto número de años, a determinado número de personas, que llamaremos su público. Ya lograr esto, es lograr muchísimo. El que lo logra merece admiración y aplauso y hasta mueve a envidia, a quien no tiene el alma desinteresada y generosa: pero desde este triunfo fugitivo hasta la inmortalidad gloriosa y hasta conseguir la victoria sobre aquellos autores, a quienes ha venerado el mundo durante largos siglos y a quienes han ensalzado muchas generaciones de críticos, hay enorme distancia, sobre la cual nadie puede dar un brinco sin caer en lo absurdo.

Y por último, en lo tocante a la ciencia más honda que se supone que encierran las novelas del día, ya he dicho y repito ahora, que la novela no es ciencia, y que, aun suponiendo que enseñe mucho, nada vale como aburra, disguste y hasta ponga de mal humor a quien la lee, porque la amena literatura no se propone afligir, sino deleitar, sacando deleite hasta de los lances más trágicos y lastimosos y haciendo que la compasión y el terror estéticos traigan placer y elevación al ánimo y no que le desconsuelen y depriman, por donde Aristóteles decía que el fin de la tragedia era la purificación de las pasiones, esto es, que la compasión y el terror se conviertan por el arte en dulces y gratos, en vez de ser amargos e ingratísimos, como son por naturaleza.

Harto sabemos que hay pobres y ricos; peste, hambre y miseria; que tarde o temprano todos nos hemos de morir; que la sociedad pudiera estar mejor organizada; que hay más hambre que pan y más frío que capas, y más enfermedades que remedios, y más necesidades que recursos para satisfacerlas; pero la existencia de tanto mal no disculpa ni justifica el que produzcamos otro mal, que para nada nos vale, atormentándonos con lamentos y quejas y esmerándonos en las más prolijas y menudas descripciones de todos los vicios, podredumbres, crímenes, infamias y desventuras que hay sobre la tierra.

Bueno y deseable es que el mal, hasta donde esto es compatible con el ser de nuestro planeta y con la condición física y moral de los hombres que le habitan, vaya desapareciendo, o al menos, menguando; pero, como no sea distrayéndonos y deleitándonos, las novelas no logran este fin. Lo lograrán, por dicha, la religión y la ciencia, los sermones y las disertaciones. Y aun así, hay no poco que observar.

Yo soy entusiasta admirador del poder de la palabra, hablada o escrita. Y, sin embargo, no puedo menos de reconocer que los hombres que más han contribuido al progreso y a la mejora moral de nuestro linaje, así en la sociedad como en el individuo, ni han escrito novelas, ni apenas han escrito cosa alguna. No sé yo que Sakiamuni escribiese nada, ni Sócrates, ni Jesucristo, si es lícito citarle como hombre entre los que fueron meramente hombres. En suma, con mucho hablar y con mucho escribir se consigue poco o nada fuera del deleite del que lee o del que oye cuando lo hace bien el que escribe o el que habla.

Y al contrario, a la felicidad y bienandanza de nuestro linaje, suele contribuir más que el que escribe el que compendia lo profusamente escrito o lo destruye y lo borra. Valga para ejemplo lo que se cuenta de Confucio, quien de millones y millones de máximas que había en China, extractó unas pocas y formó así el libro fundamental de la sabiduría en el celeste imperio.

Moraleja final de todo. Nosotros, por lo mismo que no somos sabios, escribimos difusamente cuanto se nos antoja; pero no debemos imaginar que enseñamos, ni que mejoramos a la humanidad, ni que le abrimos nuevos y ocultos senderos. Bástenos con aspirar a divertir o a conmover agradablemente, no a la humanidad toda sino a unos cuantos miles de individuos, que forman nuestro público y que tienen el bueno o el mal gusto de entretenerse leyendo las novelas y los cuentos que escribimos. Ojalá que este bueno o mal gusto no se pierda, que nuestro público no se disipe, sino que persista o se renueve, y que al menos la mejor de nuestras novelas siga leyéndose con agrado la mitad del tiempo siquiera que fue leído el _Amadís de Gaula_ o que fue leída _La Diana_ de Jorge de Montemayor, que casi nadie lee ya porque le falta la paciencia.

Y para que no le falte también a los lectores de _El Liberal_, al notar lo largo de esta discusión literaria, pongo por mi parte punto final en ella, y prometo no decir ya nada aunque otros escritores me contradigan y diluciden la cuestión con mejor tino y gracia.

EL FILÓSOFO AUTODIDACTO

Con el título arriba estampado se designa cierta novela, que hará ya ocho siglos o siete y medio por lo menos, compuso un paisano de mi antiguo y buen amigo el autor de _El sombrero de tres picos_, de _La pródiga_, y de _El niño de la bola_. Aunque sólo fuera por esto, me sería a mí simpática la novela de que voy a hablar, novísima ya a fuerza de ser antigua. La escribió un mahometano natural de Guadix, que vivió en el siglo XII de nuestra era y que tenía por nombre Abubequer Abentofail. Dicen que fue gran matemático y astrónomo, docto médico, filósofo e inspirado poeta. Hubo de ser asimismo hábil y discreto cortesano, porque privó con el rey moro de entonces, de la dinastía de los Almohades, y alcanzó tal valimiento, que pudo favorecer, aupar y llamar con buenos empleos a aquella brillante corte a no pocos otros sabios y literatos. Así tuvo la gloria de ser el protector del gran cordobés Averroes, tan admirado en la Edad Media, tan influyente en la filosofía escolástica y del Renacimiento, y conocido hoy y celebrado aun entre el vulgo de los eruditos a la violeta por el precioso libro que Ernesto Renán compuso sobre él y sobre su doctrina.

Abentofail hubo de ser, sin duda, un escritor muy fecundo: lo que llamamos ahora un polígrafo. Escribió de astronomía, de medicina y de varios otros asuntos; pero todo o casi todo se perdió, y sólo poseemos las aventuras de Hay Benyocdan o sea _El filósofo autodidacto_, aceptando el título que se ha dado a la novela al traducirla en latín de la lengua arábiga. Traducida fue primero en hebreo y sabiamente comentada por Moisés de Narbona. En latín la tradujo Eduardo Pococke, y la publicó en Oxford en 1671. Después se han hecho varias versiones y ediciones de ella en las lenguas vivas de ahora, especialmente en alemán y en inglés.

En Inglaterra hubo de tener muy buen éxito nuestra novela, ya que de ella se hicieron en poco tiempo tres traducciones y ediciones diferentes en lengua vulgar. Vivía entonces el famoso Daniel de Foe, y es probable o casi seguro que leyó la historia de Hay Benyocdan, gustó de ella y se propuso imitarla. _Las aventuras de Robinsón Crussoe_ que tanto nos han embelesado a todos cuando niños, y cuya lectura nos deleita aún, bien podemos jactarnos de que hasta cierto punto han sido inspiradas por la obra del antiguo novelista de Guadix. Hay Benyocdan, lo mismo que Robinsón, se encuentra en una isla desierta, y por la virtud de su ingenio, por la energía de su espíritu y por la robustez y brío de su cuerpo, lucha con la naturaleza y la doma: cubre su desnudez con productos vegetales y con pieles; remedia su debilidad inventando armas; somete a varios animales y los sujeta a su mandado; se abriga de la intemperie construyéndose una vivienda, y se proporciona fuego, y guisa los alimentos para no comerlos crudos, y crea para su uso y comodidad otras artes y otros oficios.

En la historia de Foe, el héroe es harto menos prodigioso. Es por consiguiente más verosímil lo que ocurre. Robinsón había vivido en medio de una sociedad civilizada, y evocando el recuerdo de lo que había visto, se limitaba a reproducirlo más o menos groseramente.

Hay Benyocdan es personaje mucho más fantástico. El mismo novelista ignora cómo su héroe ha venido al mundo. Tal vez fruto de culpables amores o de matrimonio clandestino la bellísima princesa, su madre, para evitar la venganza de un padre o de un hermano harto severo, hace como la madre de Rómulo, o como hizo Elisena con su hijo Amadís, que por eso se llamó el Doncel del mar: le abandona en un bosque o le pone en una cuna flotante a merced de las olas.

De esta suerte, Hay Benyocdan llevado por mansos vientos, arribó a punto donde, al retirarse la marea, le dejó en seco, en fértil y apacible floresta, en hermosísima isla situada en la línea equinoccial, y en la que no hay hombres ni fieras, sino verdura, flores y frutos y animales tímidos y benignos. Una gacela le cría, como crió a Rómulo una loba, una cabra a Dafnis, y una oveja a Cloe.

La manera con que Tofail va explicando y contando el crecer del niño abandonado, el desenvolvimiento de sus facultades corporales, y lo que inventa y forja para aumentarlas, y luchar por la vida, es harto menos verosímil que en el cuento de Foe, pero es igualmente ingeniosa, sin dejar de presuponer en quien escribe atinada observación y experimental conocimiento de lo natural y real que hay en el mundo.

No se limita a esto, con todo, la novela de Tofail. Esto es lo menos importante de la novela, aunque sobre ello lo más importante está fundado.

Hay Benyocdan es todavía más excepcional y egregia criatura por el alma que por el cuerpo. Nada ve, nada hace, nada observa en sí ni fuera de sí, sobre lo cual no piense y cavile. En su mente va ordenando y combinando las ideas que recibe, claras y distintas todas, aunque desnudas de signo sonoro o dibujado que las represente, porque no hay para él palabra hablada o escrita. Sólo puede saber y sabe los varios gritos inarticulados de su madre adoptiva la gacela.

A mi ver, es un milagro de prodigiosa sutileza el que realiza Tofail al ir narrando el interior desenvolvimiento del pensar en la mente de su héroe solitario y mudo. Seguirle en esto no se puede aquí por falta de espacio y más aún por falta de suficiente aptitud en mí para extractar sin rebajar el valer de la obra.

Percibe Hay primero la diversidad de los seres que tienen vida, y abstrayendo luego las diferentes cualidades que los distinguen, ve aquello en que todos convienen y en que todos se identifican y halla así la especie y el género y llega por último a la unidad del ser, despojado de accidentes y de distinciones, pero que lo comprende todo. Y el ser a que llega no es el ser vacío, que indeterminado y sin atributos, se confunde con la nada, sino que es el ser en toda su plenitud y grandeza, porque ha llegado hasta él, no por mero procedimiento dialéctico, abstrayendo lo distinto y lo vario, sino buscando en él la causa y el origen del orden, de la magnificencia, del movimiento y de la vida, de todo el universo: causa que no ha logrado hallar ni en este mundo de generación y de corrupción en que vivimos, ni en el aire, ni en el éter, ni en los astros al parecer incorruptibles, ni en las esferas del cielo que van girando arrebatadas. El motor de todo esto, ora todo esto sea eterno, ora haya sido creado por el motor, sobre lo cual vacila Hay, presenta razones en pro y en contra y no decide, es un motor único, supremo y anterior, si no cronológicamente, dialécticamente, a todo cuanto fue, es y será. En suma, Hay, con argumentos dialécticos y cosmológicos, acaba por demostrarse la existencia de Dios, que todo lo llena; de una inteligencia pura que lo dirige todo y que todo lo penetra, sin las dimensiones y demás accidentes propios de los cuerpos.

Cuando muere la gacela, su madre adoptiva, discurre Hay sobre la vida y la muerte. Quiere buscar el principio de la vida que de la gacela ha huido. Con rudos instrumentos le abre las entrañas y busca ese principio en el hígado, en los pulmones, en el corazón, en la sangre y en los nervios. No le halla en parte alguna. Estaba en todo y como levísimo vapor se ha disipado. Así infiere que el principio de la vida es incorpóreo, es tenue; se asemeja en pequeño al gran ser que antes ha reconocido como motor o como alma del Universo.

Estudia luego a los animales con quienes vive y entre él y ellos descubre radical diferencia. Ve que ninguno ha logrado elevarse hasta la idea del gran ser a que él se ha elevado. Él, pues, es único en su especie. Valiéndonos de expresión moderna, él por sí solo constituye un reino aparte: el reino humano. La sustancia pensadora que en él existe no puede menos de ser inmaterial e inmortal...

El solitario Hay se consagra entonces a estudiarla con ahínco; escudriña, medita, prescinde de sus sentidos corporales; desecha de sí la memoria, se olvida del mundo sensible, hasta de la imaginación se despoja, y ya con la pura esencia del pensamiento, se hunde por lóbregos senderos en el abismo de su propia alma. Allí al cabo se le aparece la radiante y divina luz del día eterno. Hasta la inmortal esencia de su espíritu se diluye y se pierde en aquel Océano luminoso, viniendo a ser todo uno y lo mismo.

Todavía, sin embargo, Hay vuelve del éxtasis y contempla de nuevo el Universo visible, pero ya reconoce en todo él, en una parte más intensa y en otras menos, la luz en que estuvo inundado. Los rayos de aquel eterno sol y su imagen esplendorosa se reflejan con mayor o menor intensidad en cuantas son las criaturas. Así el sol material se refleja y se mira en los espejos, aunque estén empañados y turbios. Hasta en lo más bajo de nuestra tierra de corrupción brilla algo de la luz divina, como tal vez, en medio de las tempestades, un rayo de sol rasga las negras nubes y se quiebra y riela en las ondas fugaces del mar alborotado.

No pocos críticos acusan a Tofail de panteísta; pero yo me atrevo a sostener, si bien con la timidez que mis escasos conocimientos me infunden, que Tofail está exento de panteísmo. La persistente realidad de cuantos seres hay en el mundo queda a salvo con su doctrina. Dios lo penetra todo, pero no se confunde con nada. Yo no veo en Tofail tan enérgica expresión del corto o ningún valer de las criaturas, si con el Creador se las compara, como esta de un gran Padre de la Iglesia: _¡Dios mío, si las cosas son algo es por el ser que Tú les das, y no son nada porque no son lo que Tú eres!_

Y en lo tocante a la unión íntima del alma con Dios y al propósito de la ciencia mística, tampoco va tan lejos Tofail como en sus términos y frases muchos místicos ortodoxos de Alemania, de Italia y de España.

Lo que sí se echa de menos en la mística de Tofail es, ya que no la carencia, la poca energía del amor que aspira y logra la unión más que la inteligencia pura.

En la segunda parte de la novela es donde todo buen musulmán, y más aún todo buen cristiano, tienen que censurar y que escandalizarse.

Asal, habitante de un país muy poblado y civilizado, y fervoroso creyente en una religión positiva, se siente inclinado a la mística contemplación, huye del mundo, busca la soledad del yermo y viene a dar en la isla donde Hay habita. Los dos extraños anacoretas se encuentran, se contemplan con mutuo asombro y al fin se acercan y se tratan. Al principio se entienden por señas, porque Hay no sabe hablar, pero Asal logra pronto enseñarle su idioma. De los sabios coloquios que tienen ambos resulta algo de muy satisfactorio al parecer: la concordancia de la fe y la razón. La verdad revelada por profetas, apóstoles y fundadores de religiones, coincide en todo con la metafísica que Hay ha construido en la serie larga de sus meditaciones. La única diferencia estriba sólo en que la metafísica de Hay es el desnudo foco o centro de la verdad, envuelta por la religión en densísimo velo de símbolos, alegorías y figuras. La gente vulgar no hubiera comprendido lo verdadero en toda su desnudez y pureza, por donde los fundadores de religiones han tenido que velarlo y envolverlo en símbolos. En vista, además, de la flaqueza y pasiones bajas de la plebe humana, la moral religiosa no ha podido revelarse tampoco, al menos como precepto, con toda su austeridad y firmeza: ha necesitado transigir un tanto para que el vulgo la acepte, se conforme y se someta.

De aquí puede inferirse que la metafísica de Hay es, según Tofail, la pura esencia de toda verdad religiosa, la cual permanece velada en símbolos para la multitud, incapaz de percibir sin ellos la verdad por medio de la introinspección y de la filosofía.

Hay y Asal concuerdan en que los que como ellos llegan a Dios por la inteligencia, logran la bienaventuranza contemplándole y uniéndose a Él, y más aún que en vida, en muerte, libres ya de sus mortales despojos. Tal es la gloria o el cielo en las religiones positivas. Los qué entreven o columbran a Dios en esta existencia mortal, y cediendo luego a sus apetitos, a sus malas pasiones y a sus gustos por lo terrenal y perecedero, se apartan de Dios, sienten después de morir un dolor grandísimo por no volver a ver ni a gozar el supremo bien cuya hermosura y luz columbraron. Son como hombres que antes veían y que después se han quedado ciegos. Tal es lo que corresponde al infierno en las religiones positivas. Y cuando la vista puede recobrarse con penas expiatorias, tal es el purgatorio.

Lo que es amplísimo en la metafísica de Tofail y de Hay es el limbo. La inmensa mayoría de seres humanos jamás eleva a Dios el pensamiento. Son como ciegos _a nativitate_, y como no han columbrado la luz divina, no se atormentan por verla ni por gozarla y caen en el limbo y quedan sin pena ni gloria.

Resulta, pues, en esta metafísica que, si son muchos los llamados, son pocos los escogidos, aunque son también muy pocos los condenados a penas eternas.

La novela de Tofail tiene un desenlace que puede interpretarse satíricamente. Hay se empeña en ir a predicar y a enseñar su metafísica entre los hombres. Asal procura disuadirle de aquel intento, dejando entrever que los hombres no están preparados para tanta verdad y que tal vez no lo estarán nunca. Hay, no obstante, persiste en su empresa y Asal se deja convencer y le sigue. Logran hallar un barco, navegan en él y arriban al país de donde Asal había venido. El rey, antiguo amigo suyo y persona excelente, recibe con palmas a los dos viajantes; pero, no bien éstos se lanzan a predicar su metafísica, toda la corte, la burguesía y la gente menuda, se aburre de ellos y los aborrece. Ambos entonces, imitando a la zorra, y perdóneseme lo ruin de la comparación, dicen _no están maduras_, y se vuelven a la isla desierta, donde viven en soledad y conversación interior hasta que les llega el día de su glorioso tránsito, o sea de la muerte.

Así, y no creo que muy libremente interpretada, es la novela filosófica de Tofail.

En España nadie había pensado en traducirla hasta que el entendido arabista D. Francisco Pons, muerto por desgracia en la flor de su edad, devolvió esta joya a la tierra en que se había criado, trasladándola con gran primor, fidelidad y elegancia al idioma castellano, que hoy se habla en ella.

El libro está impreso en la ciudad de Zaragoza en el presente año de 1900, y es el tomo V de la colección de estudios árabes que allí se publica. Contiene, además de la novela, una advertencia preliminar del arcediano D. José María Navarro, maestro y amigo que fue del malogrado traductor, un breve discurso de D. Marcelino Menéndez y Pelayo y como apéndice la alegoría mística Hay Benyocdan de Avicena, porque según dicen los arabistas, el nombre de Hay Benyocdan equivale al Viviente hijo del Vigilante, y viene a significar al hombre que piensa en las cosas divinas.

Sobre la duración del habla castellana

con motivo de algunas frases del Sr. Cuervo.