El Superhombre y otras novedades

Chapter 10

Chapter 104,052 wordsPublic domain

Mi réplica es clara. Yo no quiero inferir ni infiero nada contra el mérito de las novelas de Zola. Escritas han sido para agradar en el día, y esto se ha logrado. Bastante mérito es esto. Lo único que yo pretendo demostrar es el indiscutible progreso de la ciencia y el sobrado discutible progreso del arte. Es evidente que Perícles se admiraría y gustaría del teléfono; pero también es evidente o casi evidente que no se admiraría ni gustaría de casi ninguna de nuestras novelas.

Para mayor evidencia aún, acudamos a otra bella arte: a la escultura. Nadie me negará que aquel glorioso personaje que dio nombre a su siglo y que tenía tan claro entendimiento y tan delicado gusto, recordaría el Júpiter y la Minerva de su amigo Fidias, y todas las estatuas de nuestras plazas, templos y paseos le parecerían menos que medianas. Supongamos ahora que al resucitado Perícles le sirve de _cicerone_ un sabio de los más profundos del día, muy convencido de la incomparable superioridad de todo lo de hoy sobre todo lo antiguo, y muy al corriente de los adelantos de la ciencia y de las invenciones novísimas más ingeniosas. Este sabio lleva al olímpico Perícles a un gabinete o museo de figuras de cera y me le deja estupefacto y aturdido. ¿Qué tienen que ver Minerva y Júpiter, donde el oro, el marfil y el mármol sólo imitan lo exterior de la Naturaleza, y aun esto incompletamente y sin todos sus pelos y señales, como en las figuras de cera? Pues no digamos nada si el sabio da cuerda a las figuras, y como la mayor parte de ellas son automáticas, se sueltan a andar y hasta abren la boca y saludan en griego al ilustre _tourista_. Y aún será mayor el asombro de éste cuando su sabio guía toque ciertos resortes, abra ventanillas en el vientre y en el pecho a las figuras mencionadas y hasta les levante con suavidad y sin el menor daño la tapa de los sesos. El ateniense exclamará entonces, como el personaje de una aplaudida zarzuela:

Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad.

En efecto; gracias a una mecánica habilísima, auxiliada de la química y de otras maravillosas disciplinas, en lo interior de cada figura empieza el corazón a moverse, corre la sangre por arterias y venas, el pulmón recoge aire y hace mil operaciones con él, y, por último, y para no cansar, suben hasta los sesos muchos átomos de fósforo y de otras esencias volátiles, se cuelan allí, como Pedro por su casa, en varias celulillas, y a poco rato, como de los gusarapos, orugas y otros gusanillos, salen mariposas, beatillas y mosquitos, brota multitud variada de pensamientos y sentimientos buenos y malos, que no tardan en convertirse en crímenes o en hazañas, en sermones morales o en discursos subversivos, en obras de caridad o en estupros y asesinatos.

Perícles tendrá que confesar entonces que esto es exquisito y profundo, como llama el señor Reyles a su arte. Lo que no confesará, lo que negará a pies juntillas, es que sea bella arte semejante diablura.

Y todavía iremos de mal en peor, en esto de bella arte, si las figuras que el _cicerone_ enseña a Perícles están fabricadas para el estudio de la patología interna, y se ve dentro de ellas cómo se forman tumores, fístulas, llagas, excrecencias y todo linaje de pupas. El pobre Perícles, que imaginaba tal vez erradamente que las bellas artes servían para deleitar, serenar y levantar el espíritu, sólo consigue con esta flamante _arte bella_ que se le levante y revuelva el estómago, y le fuerce a hacer una libación en honor de Esculapio con el vino de Chipre que bebió en su última cena al lado de su bella Aspasia, que ha conservado en el sepulcro, durante veintitantos siglos, y que le ha hecho soñar allí mil divinos primores.

Apliquemos ahora a la amena literatura lo que de la estatuaria hemos dicho. Fácil es sacar las siguientes consecuencias:

Que a tal literatura se le debe quitar el epíteto de amena.

Que si no es amena no es útil tampoco, porque nos desazona y aflige mostrándonos el mal, con todos sus asquerosos y horribles pormenores y no nos ofrece remedio alguno.

Que aun suponiendo que esta literatura de moda es muy científica, exquisita y profunda, todavía se puede negar que sea bien encaminada literatura, sino mera extravagancia, ya que no propende a deleitar, sino a enseñar, fin que se cumple mejor que con novelas, con disertaciones fisiológicas, patológicas, histológicas y teratológicas.

Y que los que sostienen el raro progreso de la amena literatura, fundado en las novelas a la moda, presuponen, no un retroceso en todo lo restante, que esto sería menos malo, sino un progreso y horrible crecimiento de la perversión y corrupción humanas, cuya minuciosa pintura es el asunto de las novelas susodichas.

Si hubiese demostrado la ciencia que el mal es irremediable, que por el determinismo se explican los vicios y las virtudes, que la imaginación y la fe deben ya desecharse como facultades anacrónicas y que apenas nos queda esperanza ni en la tierra ni en el cielo, muy desconsolador y diabólico progreso hubiera realizado la ciencia; pero al fin progreso sería y tendríamos que respetarle, y tendríamos que bajar la cabeza y que resignarnos. Todo lo que esta ciencia aflictiva nos enseñase, metiéndonos el corazón en un puño, y llenándonos de miedo y de asco, estaría bien consignado en trataditos científicos, cursos y epítomes; pero en las novelas escritas a menudo por gente que no ha ganado ninguna borla en las Universidades, todo podía salir trabucado, y aunque no saliera, no saldría novela tampoco, sino bodrio de ciencia mal digerida, puesta al alcance de todos, y que sólo interesaría y conmovería, no como las obras de un arte sencillo y sano, sino sobreexcitando nuestros nervios como las pociones y linimentos farmacéuticos, que nos hacen ver visiones espantosas y a las cuales nos aficiona una curiosidad perversa.

Siento que se me quede aún en el tintero muchísimo que decir; pero no logro evitarlo, y haciendo aquí punto, lo dejo para otro día.

III

Había yo pensado no molestar de nuevo a los lectores de _El Liberal_ discurriendo y meditando sobre cuestiones estéticas con relación a las novelas; pero como padezco de cierta dolencia, que antes llamaban _scribendi cacohetes_ y hoy llaman grafomanía, había ya redactado mi tercer artículo sobre _El progreso en el arte de la palabra_, y no me había atrevido a enviarle a _El Liberal_. Mi intento era y es escribir sobre el particular cuanto se me ocurra y reunirlo luego en un librito, imprimiendo de él muy corto número de ejemplares. Así las cosas, veo hoy en _El Liberal_ un artículo en que mi ilustre amiga, Doña Emilia Pardo Bazán, trata de impugnar lo que he dicho y hasta lo que no he dicho. No poco me lisonjea que doña Emilia se emplee en esto; pero no quiero pasar porque me atribuya opiniones que no he emitido. Jamás he afirmado yo que las novelas de Zola, Daudet, Goncourt, Tolstoï, Ibsen, etcétera, sean malas. Al contrario, he dicho que tal vez serán tan buenas y tan excelentes, que cuanto escribimos, la misma doña Emilia, Pereda, Galdós, Jacinto Octavio Picón, Armando Palacio Valdés y otros varios, sin que yo me excluya, serán obrillas insubstanciales, _epidérmicas_ y absolutamente desprovistas de enseñanza y de trascendencia. Pero esto consistirá en que España y los españoles estamos decaídos y hasta dejados de la mano de Dios, de suerte que, así como no hay ahora Gonzalos de Córdoba, Corteses, Pizarros y Cisneros, no hay tampoco Cervantes. Y no consistirá en que haya un arte exquisito y profundo recién inventado, que produce fuera de España esas maravillas, dejándonos turulatos y patidifusos, y moviéndonos a remedar a los autores de tales maravillas, a ver si atinamos a descubrir el novísimo procedimiento con que las hacen y a atolondrar al mundo todo con nuestras novelas como le atolondran ellos. Yo no he dicho ni más ni menos que lo que repito ahora, aunque sea pesadez; pero aunque sea pesadez, ya que doña Emilia me da ocasión para ello, voy a continuar mis meditaciones estéticas, insertando aquí mi tercer artículo, que por miedo de fatigar al público permanecía inédito, y que es como sigue:

Lo único que me apesadumbra y que a veces me mueve a arrepentirme de haberme puesto a tratar asunto tan complicado, es la multitud de aspectos bajo los cuales importa considerarle y la extensión que por consiguiente tengo que dar a este escrito. Por lo demás, mi convicción es cada vez más firme mientras más pienso en ello, sin que yo crea inútil ni de poca importancia explicar y defender lo que en mi pensamiento se presenta como verdad contra opiniones que me parecen falsas y aun absurdas. No estoy excitado por el amor propio nacional ni singular; no niego ni afirmo, pero doy de barato, para allanar el camino de la discusión, quitando tropiezos del medio, que las novelas francesas y rusas del día son mucho mejores que las que en España se escriben. El ingenio, la inspiración, y el chiste, habrán acaso emigrado de España. No quiero negarlo; me limito a lamentarlo. Lo que yo niego, y esta es la cuestión, es que las bellas artes progresen como progresa la química o la cirugía, y que la superioridad de las novelas francesas y rusas sobre las nuestras, consista en que aquéllas están escritas siguiendo los preceptos de un arte exquisito y profundo recién inventado.

Yo quiero conceder que en todo, hasta en las bellas letras, hay progreso, en lo que pudiéramos llamar técnico o del oficio, pero, no bien lo reconozco, cuando reconozco igualmente que lo técnico y progresivo de la literatura, apenas tiene importancia, comparado con lo esencial de ella, en que no cabe progreso. Recapacítese bien y se verá que, en ninguna época colocados los hombres en el nivel de la más vulgar y mediana cultura que entonces había, se han requerido más especiales estudios ni más largos años de aprendizaje para ser poeta o novelista que para ejercer otro oficio cualquiera. Todos los hombres, por ejemplo, saben hablar y escribir, pero no todos manejan la lezna y el tirapié, como no se apliquen a ello con ahínco y constancia. De aquí que, en cierto sentido, pueda bien afirmarse que es más difícil hacer un zapato que componer un poema. Y todavía es más fácil, y requiere menos _propedéutica_ componer una novela, para la cual, la prosodia, el arte métrica y el diccionario de la rima importan poco o nada. Así se concibe, sin el menor asombro, la inmensa cantidad de novelas que se componen ahora en inglés, en francés, en ruso, en italiano, en alemán, en húngaro, en polaco, en suma, en casi todas las lenguas que se hablan y se escriben en los diversos países civilizados de las cinco partes del mondo. El oficio es fácil de aprender y el instrumento que vale para la confección o fabricación, o sea la lengua o la pluma, se maneja con menos esfuerzo y más naturalmente, no ya que el cincel o el pincel sino que el azadón o el almocafre, por donde toda persona algo educada escribe o puede escribir novelas. Hasta el material que se gasta en escribirlas cuesta menos y está más al alcance de todos que el que se gasta en los demás menesteres. Por tres pesetas se compran mil cuartillas de papel, en las cuales, aunque no se emborronen sino por un lado, caben con holgura dos novelas de no cortas dimensiones.

¿Será acaso que por esta misma abundancia de novelas se necesite emplear un arte exquisito y profundo para que sobresalga entre todas las demás la que nosotros escribamos? Yo lo niego redondamente. El buen gusto, el delicado juicio estético, si no está en contradicción crea notable confusión en este punto. Para toda persona refinada y culta, Próspero Mérimée y Teófilo Gauthier, por ejemplo, son mejores novelistas que Eugenio Sue y Ponson du Terrail, y, sin embargo, ni _Colomba_, ni _El Capitán Fracasse_, han logrado la vigésima parte del favor del público, de la venta y del aplauso que _Los Misterios de París_, o las interminables aventuras de Rocambole. ¿Consistirá esto en que Sue y Ponson du Terrail emplean el arte exquisito y profundo que Gauthier y Mérimée ignoran o en que la generalidad del público tiene un gusto pésimo, está muy atrasada aún y prefiere lo burdo a lo fino? ¿O consistirá esto en que el verdadero arte exquisito y profundo no ha llegado a descubrirse, sino muy recientemente, cuando Merimée y Gauthier estaban ya muertos y enterrados, y por virtud de dicho arte al público se le han abierto los ojos del entendimiento para comprender lo bueno, y a Zola, Daudet, Bourget, Ibsen y Tolstoï, se les han abierto los veneros y fuentes de la inspiración legítima para producir obras, que no sólo agraden en el día, sino que ya contengan en germen, cuando no en flor, la sublime novela del porvenir, en cuya comparación es el _Quijote_ una obra superficial, _epidérmica_, sin trascendencia, sin enseñanza y de mero pasatiempo?

Si las cosas fuesen así, la moda dejaría ya de ser moda. El recto camino, el arte infalible para escribir novelas estaría hallado, y por nada del mundo deberíamos apartarnos de él, para no extraviarnos o quedarnos a la zaga.

Yo advierto, no obstante, que estas novelas, escritas con el arte exquisito y profundo que tanto encomia el señor Reyles, aunque son leídas, admiradas e imitadas por cuantos siguen fanáticamente la moda de París, es de presumir que caigan en olvido, y hasta en menosprecio, cuando la moda pase y venga otra moda. Posible es que entonces todo lo que hoy se tiene por sutileza, novedad y profundidad, parezca falso relumbrón y pesado amaneramiento.

Lo cierto es, que las novelas más populares, las que se han vendido más en el mundo en estos últimos años, las que han tenido en apariencia al menos, mayor influjo en los sucesos políticos y sociales, no se han escrito en París, ni siguiendo la moda de París, sino poniéndose en determinada e impetuosa corriente de la opinión, dejándose arrebatar por ella, acrecentando su brío y extendiendo más su acción sobre el espíritu humano. De esta suerte, novelas, no ya de arte exquisito y profundo, sino con poco o ningún arte, aunque escritas en un momento dichoso y oportuno, han logrado más éxito, han tenido mayor resonancia, han importado más en los cambios sociales y en los grandes hechos históricos, que toda esa novelería tan encomiada por el señor Reyles.

Valga como muestra de lo que digo _La cabaña del tío Tomás_, de la señora Beecher Stowe, de la que se vendieron en seguida centenares de miles de ejemplares, que se tradujo en todos los idiomas, que tal vez enardeció los sentimientos abolicionistas y que entró por algo en las causas de la tremenda guerra de _secesión_.

No es, pues, ni el arte profundo y exquisito, ni la sutil y peregrina enseñanza de inauditas verdades, ni la superior inspiración, ni el refinamiento de la última moda de París, ni el primor del estilo, ni otras raras prendas literarias, lo que da la palma y corona de laurel a un autor de novelas: es el llegar a tiempo oportuno y el dejarse arrastrar sin miedo por la corriente.

Otra prueba de la misma verdad nos ofrece una novela del Sr. Bellamy, ciudadano anglo-americano también, novela de la que se vendieron cerca de cuatrocientos mil ejemplares, a poco de ver la luz pública. La novela era lo que podemos llamar una utopia socialista o comunista. La imaginó el autor en porvenir no muy distante. La revolución social se había ya realizado. El nuevo sistema marchaba regular y lindamente. El mundo todo se había convertido en una verdadera ciudad de Jauja, y el humano linaje comía, bebía, se divertía y trabajaba poco, sin apuros ni miserias. La novela del Sr. Bellamy llegó a tiempo y a esto debe su éxito. Bien pudiera decirse de ella lo que con mucho menos motivo dicen que dijo Voltaire de las _Cartas persianas_ de Montesquien: _¡esas cartas persianas tan fáciles de componer!_ ¡...!

No pretendo rebajar ni ensalzar aquí el mérito de las novelas francesas y rusas, que encomia el Sr. Reyles, ni de estas otras novelas americanas que yo he citado. Digo sólo que han sido oportunas, y ya es esto un gran mérito. También, yo, cuando escribo novelas, procuro ser oportuno, y si no lo soy, es porque no atino con la oportunidad. Pero ¿qué tiene que ver la oportunidad con un arte exquisito y profundo recién inventado, con hacer sentir con nuestras novelas oportunas a los hombres de nuestra época más hondamente que lo que con otras novelas oportunas hicieron sentir otros autores al público de los pasados siglos en que ellos vivieron? Esta es la farsa que yo no admito y de la que se deja seducir el Sr. Reyles. Esta es la _hablerie_ y (permítaseme la expresión) la _blague_ parisina, por la cual, sea dicho con el debido respeto, me parece que está también algo seducida mi discreta y elocuente amiga doña Emilia Pardo Bazán, que todavía escribiría mejor de lo que escribe y compondría obras más originales y espontáneas, si se dejase influir menos por dicha _blague_.

La _blague_ sube de punto si se sostiene además que la novela del día debe estar atiborrada de enseñanza, debe ser conjunto de _documentos humanos_ y debe contener más honda doctrina que la de los libros destinados a enseñar y no a deleitar. Sería curioso que alguien estudiase historia en Alejandro Dumas, geología y cosmografía en Julio Verne, sociología en Zola, en Bourget psicología, y patología interna en otros varios novelistas.

Claro está que quien escribe una novela, así como toma para elementos o materiales con qué escribirla los casos de la vida vulgar y ordinaria observados por él, también puede tomar las doctrinas, creencias, aspiraciones, ensueños, ideas religiosas y metafísicas, y en resolución, todo cuanto cabe en la mente humana y la agita. Pero al tomar todo esto como elementos de su arte, no conviene a mi ver, que se empeñe en ser didáctico, porque se expondrá a enseñar menos y peor que lo que enseña el más pobre de los manuales y a faltar a su vocación de artista, sin crear la belleza y sin producir el deleite estético por el vano empeño de patentizar y divulgar inauditas verdades.

Es de notar, por último, que en esto de contener la ciencia en el arte, lejos de haber progreso, en cierto modo hay retroceso. La ciencia se ha ensanchado tanto que no cabe en los moldes artísticos, por más que los moldes se ensanchen también y hasta se deformen, como ocurre en la novela, donde un autor puede discurrir libremente sobre todas las cosas y otras muchas más.

Con todo, una obra perfecta de arte literario no puede menos de encerrarse dentro de ciertos términos. Lo que fuera de ellos se ponga tendrá algo de impertinencia monstruosa. Y en este sentido no negaré yo que en una novela pueda enseñarse terapéutica, economía política, teología mística, metalurgia o cuanto se quiera.

Si está de moda embutir en las novelas todas estas cosas, la novela gustará mientras la moda dure, tal es el poder de la moda; pero pasada ésta, no habrá ser humano que sufra la novela docente. La que gustará en todas las edades, y será siempre leída y celebrada, será la que trate sólo de crear la belleza, ya con elementos de la vida vulgar, ya tomando para elementos las ideas, las doctrinas y las creencias que mueven la mente del autor y la mente de los otros hombres. Aun así, en esto de encerrar en una novela o en un poema el saber, no con fin didáctico, sino con fin estético, los antiguos nos llevan enorme ventaja. Homero pudo poner en la _Iliada_ cuanto en su tiempo se sabía y no poco de lo que estaba en germen y en lo futuro debía saberse o inventarse. Ya la _Divina Comedia_, del Dante, es harto menos comprensiva de ciencia. Yo admiro mucho al Dante; pero no puedo menos de creer que sólo están indicadas en su poema las teologías y las filosofías que con mayor amplitud, claridad, fundamento y orden pueden estudiarse en San Anselmo, San Bernardo, Pedro Lombardo, San Buenaventura, Santo Tomás de Aquino y otros doctores de la Edad Media. Conque si así pienso del Dante, ¿qué pensaré yo de Zola y qué creeré yo que pueda enseñarme Zola, que no se aprenda mejor en cualquier diccionario enciclopédico manual: en el Bouillet, pongamos por caso?

Y basta con lo dicho, porque parece cosa de broma y de risa el aducir pruebas y argumentos para sostener verdades tan de sentido común y tan palmarias.

IV

Lo que se me ocurrió decir hace tiempo sobre las novelitas del Sr. Reyles, ha dado ocasión o motivo a una extensa polémica en la que han tomado parte el mismo Sr. Reyles, la señora doña Emilia Pardo Bazán y los señores D. Jacinto Octavio Picón y D. Eduardo Benot.

Elevándonos todos a consideraciones generales, dimos al asunto tanta amplitud y transcendencia que vino a contener toda la estética literaria o dígase toda la filosofía del arte de la palabra, singularmente aplicada a la novela.

Interminable tarea sería seguir discutiendo de esta suerte, y convendría para ello escribir libros y no breves artículos de periódico.

A fin de no cansar a los lectores de _El Liberal_, voy, pues, a prescindir de no poco de cuanto he dicho hasta ahora, así como de lo que han dicho mis discretos impugnadores, a retirarme modestamente de la palestra, y a ceñirme en mi despedida al caso particular que me impulsó a escribir y al propósito que tuve al hacerlo.

Creo fuera de duda y por cima de discusión que en todo idioma y en toda literatura hay un momento de florida abundancia y de madurez sazonada, después del cual apenas caben ni se conciben progreso y mejora, sino transformaciones y cambios.

Concretándome a la novela, entiendo yo que, si bien se cumplirán pronto tres siglos desde que salió a luz el _Don Quijote_, no se ha escrito hasta ahora novela mejor ni que se le iguale. Por esto me pareció falso, infundado e injustamente depresivo para el ingenio y la cultura de los españoles, el sostener que las antiguas novelas son superficiales y _epidérmicas_, y que desde Bourget, Tolstoï y otros franceses y rusos se emplea para escribir novelas un arte nuevo, _exquisito y profundo_, por cuya virtud se logra que los lectores sientan y piensen mil y mil cosas inauditas, inefables y enteramente escondidas antes en las entrañas, en los abismos, en el centro inexplorado y tenebroso del alma humana.

Acaso, en el ardor de la contienda, he ido más lejos del punto a donde debía ir. Voy yo mismo a corregirme y a enmendarme. Diré de los ingenios lo que, en nombre de la misma Divinidad, Virgilio decía de los romanos y lo diré en igual sentido:

_His ego nec metas rerum nec tempora pono;_ _Imperium sine fine dedi._

No quiero ni debo poner barreras, meta, ni a modo de columnas de Hércules al ingenio de los hombres, escribiendo _non plus ultra_ en dichas columnas. Allánense los ingleses a confesar que es posible la aparición de un dramaturgo que valga más que Shakespeare, y allanémonos nosotros a confesar que es posible la aparición de un novelista superior a Cervantes. A lo que no nos allanamos y a lo que yo no me allano, es a que este novelista haya aparecido ya, y menos a que sea Tolstoï, Bourget o Zola. Pero, aunque llegase alguien a convencerme de que cualquiera de estos novelistas de ahora valía más que Cervantes, aún no me convencería yo de que la superioridad consistía en el ejercicio o en el empleo de un arte más exquisito y profundo, sino en que a Zola, pongamos por caso, le había dado Dios más inteligencia, más estro, más inventiva y más profundidad de ideas y de sentimientos que a Miguel de Cervantes, por donde éste se había limitado a escribir cosillas de mero pasatiempo, sin penetrar más allá de la corteza y de la epidermis, mientras que Zola se hunde como buzo espiritual en las más obscuras reconditeces del ser humano, sacando de allí a la clara luz del día secretos misteriosos, nunca revelados antes.