El sí de las niñas

Part 2

Chapter 24,297 wordsPublic domain

CALAM. No que es chanza. Apenas recibió la carta de Doña Paquita, yo no se adónde fué, ni con quien habló, ni como lo dispuso; solo sé decirte que aquella tarde salimos de Zaragoza. Hemos venido como dos centellas, por ese camino. Llegamos esta mañana á Guadalajara, y á las primeras diligencias nos hallamos con que los pájaros volaron ya. A caballo otra vez y vuelta á correr y á sudar y á dar chasquidos... En suma, molidos los rocines y nosotros á medio moler, hemos parado aquí con ánimo de salir mañana... Mi teniente se ha ido al colegio mayor á ver á un amigo, mientras se dispone algo que cenar.... Esta es la historia.

RITA. ¿Con que le tenemos aquí?

CALAM. Y enamorado mas que nunca, zeloso, amenazando vidas... Aventurado á quitar el hipo á cuantos le disputen la posesion de su Currita idolatrada.

RITA. ¿Qué dices?

CALAM. Ni mas ni menos.

RITA. ¡Qué gusto me das!... Ahora sí se conoce que la tiene amor.

CALAM. ¿Amor?... ¡Friolera!.... El moro Gazul fué para él un pelele, Medoro un zascandil, y Gaiferos un chiquillo de la doctrina.

RITA. ¡Ay cuando la señorita lo sepa!

CALAM. Pero acabemos. ¿Cómo te hallo aquí? ¿Con quién estás? ¿Cuando llegaste? Que...

RITA. Yo te lo diré. La madre de Doña Paquita dió en escribir cartas y mas cartas, diciendo que tenia concertado su casamiento en Madrid con un caballero rico, honrado, bien quisto, en suma cabal y perfecto, que no habia mas que apetecer. Acosada la señorita con tales propuestas, y angustiada incesantemente con los sermones de aquella bendita monja, se vió en la necesidad de responder que estaba pronta á todo lo que la mandasen... Pero no te puedo ponderar cuánto lloró la pobrecita, que afligida estuvo. Ni queria comer, ni podia dormir... Y al mismo tiempo era preciso disimular para que su tia no sospechára la verdad del caso. Ello es que cuando, pasado el primer susto, hubo lugar de discurrir escapatorias y arbitrios, no hallamos otro que el de avisar á tu amo; esperando que si era su cariño tan verdadero y de buena ley como nos habia ponderado, no consentiria que su pobre Paquita pasára á manos de un desconocido, y se perdiesen para siempre tantas caricias, tantas lágrimas y tantos suspiros, estrellados en las tapias del corral. A pocos dias de haberle escrito, cata el coche de colleras y el mayoral Gasparet con sus medias azules, y la madre y el novio que vienen por ella: recogimos á toda prisa nuestros meriñaques, se atan los cofres, nos despedimos de aquellas buenas mugeres, y en dos latigazos llegamos antes de ayer á Alcalá. La detencion ha sido para que la señorita visite á otra tia monja que tiene aquí, tan arrugada y tan sorda como la que dejamos allá. Ya la ha visto, ya la han besado bastante una por una todas las religiosas, y creo que mañana temprano saldremos. Pero esta casualidad nos...

CALAM. Sí. No digas mas... Pero... ¿Con que el novio está en la posada?

RITA. Ese es su cuarto, (_Señalando el cuarto de D. Diego, el de Doña Irene y el de Doña Francisca._) este el de la madre, y aquel el nuestro.

CALAM. ¿Cómo nuestro? ¿Tuyo y mio?

RITA. No por cierto. Aquí dormiremos esta noche la señorita y yo; porque ayer, metidas las tres en ese de enfrente, ni cabíamos de pié, ni pudimos dormir un instante, ni respirar siquiera.

CALAM. Bien... A Dios. (_Recoge los trastos que puso sobre la mesa, en ademan de irse._)

RITA. ¿Y adónde?

CALAM. Yo me entiendo... Pero el novio ¿trae consigo criados, amigos ó deudos que le quiten la primera zambullida que le amenaza?

RITA. Un criado viene con él.

CALAM. ¡Poca cosa!... Mira, dile en caridad que se disponga, porque está de peligro. A Dios.

RITA. ¿Y volverás presto?

CALAM. Se supone. Estas cosas piden diligencia; y aunque apenas puedo moverme, es necesario que mi teniente deje la visita y venga á cuidar de su hacienda, disponer el entierro de ese hombre, y... ¿Con que ese es nuestro cuarto, eh?

RITA. Sí. De la señorita y mio.

CALAM. ¡Bribona!

RITA. ¡Botarate! A Dios.

CALAM. A Dios, aborrecida. (_Éntrase con los trastos al cuarto de D. Cárlos._)

ESCENA IX.

DOÑA FRANCISCA, RITA.

RITA. Qué malo es... Pero... ¡Válgame Dios! ¡D. Felix aquí! Sí, la quiere, bien se conoce... (_Sale Calamocha del cuarto de D. Cárlos, y se va por la puerta del foro._) ¡Oh! por mas que digan, los hay muy finos, y entonces, ¿qué ha de hacer una?... Quererlos: no tiene remedio, quererlos... Pero ¿qué dirá la señorita cuando le vea, que está ciega por él? ¡Pobrecita! Pues no seria una lástima que... Ella es. (_Sale Doña Francisca._)

D.ª FCA. ¡Ay, Rita!

RITA. ¿Qué es eso? ¿Ha llorado usted?

D.ª FCA. ¡Pues no he de llorar! Si vieras mi madre... Empeñada está en que he de querer mucho á ese hombre... Si ella supiera lo que sabes tú, no me mandaria cosas imposibles... Y que es tan bueno, y que es rico y que me irá tan bien con él... Se ha enfadado tanto, y me ha llamado picarona, inobediente... ¡Pobre de mí! Porque no miento, ni sé fingir, por eso me llaman picarona.

RITA. Señorita, por Dios, no se aflija usted.

D.ª FCA. Ya, como tú no lo has oido... Y dice que D. Diego se queja de que yo no le digo nada... Harto le digo, y bien he procurado hasta ahora mostrarme contenta delante de él, que no lo estoy por cierto, y reirme y hablar de niñerías... Y todo, por dar gusto á mi madre, que si no... Pero bien sabe la Vírgen que no me sale del corazon.

(_Se va obscureciendo lentamente el teatro._)

RITA. Vaya, vamos, que no hay motivos todavía para tanta angustia... ¿Quién sabe?... ¿No se acuerda usted ya de aquel dia de asueto que tuvimos el año pasado en la casa de campo del intendente?

D.ª FCA. ¡Ay! ¿cómo puedo olvidarlo?... ¿Pero qué me vas á contar?

RITA. Quiero decir que aquel caballero que vimos allí con aquella cruz verde, tan galan, tan fino...

D.ª FCA. ¡Qué rodeos!... D. Felix. ¿Y qué?

RITA. Que nos fué acompañando hasta la ciudad...

D.ª FCA. Y bien... Y luego volvió, y le ví, por mi desgracia, muchas veces... mal aconsejada de tí.

RITA. ¿Por qué, señora?... ¿A quién dimos escándalo? Hasta ahora nadie lo ha sospechado en el convento. Él no entró jamás por las puertas, y cuando de noche hablaba con usted, mediaba entre los dos una distancia tan grande, que usted la maldijo, no pocas veces... Pero esto no es del caso. Lo que voy á decir es, que un amante como aquel no es posible que se olvide tan presto de su querida Paquita... Mire usted que todo cuanto hemos leido á hurtadillas en las novelas, no equivale á lo que hemos visto en él... ¿Se acuerda usted de aquellas tres palmadas que se oian entre once y doce de la noche, de aquella sonora punteada con tanta delicadeza y espresion?

D.ª FCA. ¡Ay, Rita! Sí, de todo me acuerdo, y mientras viva conservaré la memoria... Pero está ausente... Y entretenido acaso con nuevos amores.

RITA. Eso no lo puedo yo creer.

D.ª FCA. Es hombre al fin, y todos ellos...

RITA. ¡Qué bobería! Desengáñese usted, señorita. Con los hombres y las mujeres sucede lo mismo que con los melones de Añover. Hay de todo; la dificultad está en saber escogerlos. El que se lleva chasco en la eleccion, quéjese de su mala suerte, pero no desacredite la mercancía... Hay hombres muy embusteros, muy picarones; pero no es creible que lo sea el que ha dado pruebas tan repetidas de perseverancia y amor. Tres meses duró el terrero y la conversacion á obscuras, y en todo aquel tiempo, bien sabe usted que no vimos en él una accion descompuesta, ni oimos de su boca una palabra indecente ni atrevida.

D.ª FCA. Es verdad. Por eso le quise tanto, por eso le tengo tan fijo aquí... aquí... (_Señalando el pecho._) ¿Qué habrá dicho al ver la carta?... ¡Oh! Yo bien sé lo que habrá dicho... ¡Válgate Dios! ¡Es lástima!... Cierto. ¡Pobre Paquita!... Y se acabó... No habrá dicho mas... nada mas.

RITA. No señora, no ha dicho eso.

D.ª FCA. ¿Qué sabes tú?

RITA. Bien lo sé. Apenas haya leido la carta se habrá puesto en camino, y vendrá volando á consolar á su amiga... Pero...

(_Acercándose á la puerta del cuarto de D.ª Irene._)

D.ª FCA. ¿Adónde vas?

RITA. Quiero ver si...

D.ª FCA. Está escribiendo.

RITA. Pues ya presto habrá de dejarlo, que empieza á anochecer... Señorita, lo que la he dicho á usted es la verdad pura. D. Felix está ya en Alcalá.

D.ª FCA. ¿Qué dices? no me engañes.

RITA. Aquel es su cuarto... Calamocha acaba de hablar conmigo.

D.ª FCA. ¿De veras?

RITA. Sí, señora... Y le ha ido á buscar para...

D.ª FCA. ¿Con que me quiere?... ¡Ay Rita! Mira tú si hicimos bien de avisarle... ¿Pero ves qué fineza?... ¿Si vendrá bueno?... ¡Correr tantas leguas solo por verme... porque yo se lo mando!... ¡Qué agradecida le debo estar!... ¡Oh! yo le prometo que no se quejará de mí. Para siempre agradecimiento y amor.

RITA. Voy á traer luces. Procuraré detenerme por allá abajo hasta que vuelvan... Veré lo que dice y qué piensa hacer, porque hallándonos todos aquí, pudiera haber una de Satanás entre la madre, la hija, el novio y el amante; y si no ensayamos bien esta contradanza, nos hemos de perder en ella.

D.ª FCA. Dices bien... Pero no, él tiene resolucion y talento, y sabrá determinar lo mas conveniente... ¿Y como has de avisarme?... Mira que así que llegue le quiero ver.

RITA. No hay que dar cuidado. Yo le traeré por acá, y en dándome aquella tosecilla seca... ¿Me entiende usted?

D.ª FCA. Sí, bien.

RITA. Pues entonces no hay mas que salir con cualquiera excusa. Yo me quedaré con la señora mayor, la hablaré de todos sus maridos y de sus concuñados, y del obispo que murió en el mar... Además, que si está allí D. Diego...

D.ª FCA. Bien, anda, y así que llegue...

RITA. Al instante.

D.ª FCA. Que no se te olvide toser.

RITA. No haya miedo.

D.ª FCA. ¡Si vieras que consolada estoy!

RITA. Sin que usted lo jure lo creo.

D.ª FCA. ¿Te acuerdas cuando me decia que era imposible apartarme de su memoria, que no habria peligros que le detuvieran, ni dificultades que no atropellara por mí?

RITA. Sí, bien me acuerdo.

D.ª FCA. ¡Ah!... Pues mira como me dijo la verdad. (_Doña Francisca se va al cuarto de Doña Irene. Rita por la puerta del foro._)

ACTO SEGUNDO.

ESCENA I.

TEATRO OSCURO.

D.ª FCA. Nadie parece aun... (_Acércase á la puerta del foro y vuelve._) ¡Qué impaciencia tengo!... Y dice mi madre que soy una simple, que solo pienso en jugar y reir, y que no sé lo que es amor... Sí, diez y siete años y no cumplidos; pero ya sé lo que es querer bien, y la inquietud y las lágrimas que cuesta.

ESCENA II.

DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.

D.ª IRE. Sola y á obscuras me habeis dejado allí.

D.ª FCA. Como estaba usted acabando su carta, mamá, por no estorbarla me he venido aquí, que está mucho mas fresco.

D.ª IRE. ¿Pero aquella muchacha qué hace, que no trae una luz? Para cualquiera cosa se está un año... Y yo que tengo un genio como una pólvora... (_Siéntase._) Sea todo por Dios... ¿Y D. Diego no ha venido?

D.ª FCA. Me parece que no.

D.ª IRE. Pues cuenta, niña, con lo que te he dicho ya. Y mira que no gusto de repetir una cosa dos veces. Este caballero está sentido, y con muchísima razon...

D.ª FCA. Bien, sí señora, ya lo sé. No me riña usted mas.

D.ª IRE. No es esto reñirte, hija mia, esto es aconsejarte. Porque como tú no tienes conocimiento para considerar el bien que se nos ha entrado por las puertas... Y lo atrasada que me coge, que yo no sé lo que hubiera sido de tu pobre madre... Siempre cayendo y levantando... Médicos, botica... Que se dejaba pedir aquel caribe de D. Bruno (Dios le haya coronado de gloria) los veinte y los treinta reales por cada papelillo de píldoras de coloquíntida y asafétida... Mira que un casamiento como el que vas á hacer, muy pocas le consiguen. Bien que á las oraciones de tus tias, que son unas bienaventuradas, debemos agradecer esta fortuna, y no á tus méritos ni á mi diligencia... ¿Qué dices?

D.ª FCA. Yo nada, mamá.

D.ª IRE. Pues nunca dices nada. ¡Válgame Dios, señor!... En hablándote de esto, no te ocurre nada que decir.

ESCENA III.

RITA, (_Sale de la puerta del foro con luces y las pone encima de la mesa._) DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.

D.ª IRE. Vaya, muger, yo pensé que en toda la noche no venias.

RITA. Señora, he tardado porque han tenido que ir á comprar las velas. Como el tufo del velon la hace á usted tanto daño.

D.ª IRE. Seguro que me hace muchísimo mal, con esta jaqueca que padezco... Los parches de alcanfor al cabo tuve que quitármelos; si no me sirvieron de nada. Con las obleas me parece que me va mejor... Mira, deja una luz ahí y llévate la otra á mi cuarto, y corre la cortina, no se me llene todo de mosquitos.

RITA. Muy bien. (_Toma una luz y hace que se va._)

D.ª FCA. (_Aparte á Rita._) ¿No ha venido?

RITA. Vendrá.

D.ª IRE. Oyes, aquella carta que está sobre la mesa, dásela al mozo de la posada para que la lleve al instante al correo... (_Vase Rita al cuarto de Doña Irene._) Y tú, niña, ¿qué has de cenar? Porque será menester recojernos presto para salir mañana de madrugada.

D.ª FCA. Como las monjas me hicieron merendar...

D.ª IRE. Con todo eso... Siquiera unas sopas del puchero para el abrigo del estómago... (_Sale Rita con una carta en la mano, y hasta el fin de la escena hace que se va y vuelve segun lo indica el diálogo._) Mira, has de calentar el caldo que apartamos al mediodia, y haznos un par de tazas de sopas, y tráetelas luego que estén.

RITA. ¿Y nada mas?

D.ª IRE. No, nada mas... ¡Ah! y házmelas bien caldositas.

RITA. Sí, ya lo sé.

D.ª IRE. Rita.

RITA. Otra. ¿Qué manda usted?

D.ª IRE. Encarga mucho al mozo que lleve la carta al instante... Pero, no señor, mejor es... No quiero que la lleve él, que son unos borrachones, que no se les puede... Has de decir á Simon, que digo yo, que me haga el gusto de echarla en el correo. ¿Lo entiendes?

RITA. Sí, señora.

D.ª IRE. ¡Ah! mira.

RITA. Otra.

D.ª IRE. Bien que ahora no corre prisa... Es menester que luego me saques de ahí al tordo y colgarle por aquí, de modo que no se caiga y se me lastime... (_Vase Rita por la puerta del foro._) ¡Qué noche tan mala me dió!... ¡Pues no se estuvo el animal toda la noche de Dios rezando el Gloria Patri y la oracion del Santo Sudario!... Ello por otra parte edificaba, cierto... Pero cuando se trata de dormir.

ESCENA IV.

DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.

D.ª IRE. Pues mucho será que D. Diego no haya tenido algun encuentro por ahí y eso le detenga. Cierto que es un señor muy mirado, muy puntual... ¡Tan buen cristiano! ¡Tan atento! ¡Tan bien hablado! ¡Y con que garbo y generosidad se porta!... Ya se ve, un sugeto de bienes y de posibles... Y ¡qué casa tiene!... Como un ascua de oro la tiene... Es mucho aquello. ¡Qué ropa blanca! ¡Qué batería de cocina! ¡Y qué despensa, llena de cuanto Dios crió!... Pero tú no parece que atiendes á lo que estoy diciendo.

D.ª FCA. Sí, señora, bien lo oigo; pero no la queria interrumpir á usted.

D.ª IRE. Allí estarás, hija mia, como el pez en el agua: pajaritas del aire que apetecieras, las tendrias, porque como él te quiere tanto, y es un caballero tan de bien y tan temeroso de Dios... Pero mira, Francisquita, que me cansa de veras el que siempre que te hablo de esto, hayas dado en la flor de no responderme palabra... Pues no es cosa particular, señor.

D.ª FCA. Mamá, no se enfade usted.

D.ª IRE. No es buen empeño de... ¿Y te parece á tí que no sé yo muy bien de dónde viene todo eso?... ¿No ves que conozco las locuras que se te han metido en esa cabeza de chorlito?... Perdóneme Dios.

D.ª FCA. Pero... Pues ¿qué sabe usted?

D.ª IRE. ¿Me quieres engañar á mí, eh? ¡Ay hija! He vivido mucho, y tengo yo mucha trastienda y mucha penetracion para que tú me engañes.

D.ª FCA. (_Aparte._) ¡Perdida soy!

D.ª IRE. Sin contar con su madre... Como si tal madre no tuviera... Yo te aseguro, que aunque no hubiera sido con esta ocasion, de todos modos era ya necesario sacarte del convento. Aunque hubiera tenido que ir á pié y sola por ese camino, te hubiera sacado de allí... ¡Mire usted qué juicio de niña este! Que, porque ha vivido un poco de tiempo entre monjas, ya se la puso en la cabeza el ser ella monja tambien... Ni qué entiende ella de eso, ni que... En todos los estados se sirve á Dios, Frasquita; pero el complacer á su madre, asistirla, acompañarla y ser el consuelo de sus trabajos, esa es la primera obligacion de una hija obediente. Y sépalo usted, si no lo sabe.

D.ª FCA. Es verdad, mamá... Pero yo nunca he pensado abandonarla á usted.

D.ª IRE. Sí, que no sé yo...

D.ª FCA. No señora. Créame usted. La Paquita nunca se apartará de su madre, ni la dará disgustos.

D.ª IRE. Mira si es cierto lo que dices.

D.ª FCA. Sí, señora, que yo no sé mentir.

D.ª IRE. Pues hija, ya sabes lo que te he dicho. Ya ves lo que pierdes, y la pesadumbre que me darás si no te portas en un todo como corresponde. Cuidado con ello.

D.ª FCA. ¡Pobre de mí! (_Aparte._)

ESCENA V.

D. DIEGO, (_Sale por la puerta del foro, y deja sobre la mesa sombrero y baston._) DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.

D.ª IRE. ¿Pues cómo tan tarde?

D. DIE. Apenas salí, tropecé con el padre guardian de San Diego y el doctor Padilla, y hasta que me han hartado bien de chocolate y bollos no me han querido soltar... (_Siéntase junto á Doña Irene._) Y á todo esto, ¿cómo va?

D.ª IRE. Muy bien.

D. DIE. ¿Y Doña Paquita?

D.ª IRE. Doña Paquita siempre acordándose de sus monjas. Ya la digo que es tiempo de mudar de bisiesto, y pensar solo en dar gusto á su madre y obedecerla.

D. DIE. ¡Qué diantre! Con que tanto se acuerda de...

D.ª IRE. ¿Qué se admira usted? Son niñas... No saben lo que quieren, ni lo que aborrecen... En una edad, así tan...

D. DIE. No, poco á poco, eso no. Precisamente en esa edad son las pasiones algo mas enérgicas y decisivas que en la nuestra; y por cuanto la razon se halla todavía imperfecta y débil, los ímpetus del corazon son mucho mas violentos... (_Asiendo de una mano á Doña Francisca la hace sentar inmediata á él._) Pero de veras, Doña Paquita, ¿se volveria usted al convento de buena gana?... La verdad.

D.ª IRE. Pero si ella no...

D. DIE. Déjela usted, señora, que ella responderá.

D.ª FCA. Bien sabe usted lo que acabo de decirla... No permita Dios que yo la dé que sentir.

D. DIE. Pero eso lo dice usted tan afligida y...

D.ª IRE. Si es natural, señor. No ve usted que...

D. DIE. Calle usted por Dios, Doña Irene, y no me diga usted á mí lo que es natural... Lo que es natural es que la chica esté llena de miedo y no se atreve á decir una palabra, que se oponga á lo que su madre quiere que diga... Pero si esto hubiese, por vida mia, que estábamos lucidos.

D.ª FCA. No señor, lo que dice su merced, eso digo yo, lo mismo. Porque en todo lo que me mande la obedeceré.

D. DIE. ¡Mandar, hija mia!... En estas materias tan delicadas, los padres que tienen juicio no mandan. Insinúan, proponen, aconsejan; eso sí, todo eso sí; ¡pero mandar!... Y ¿quién ha de evitar despues las resultas funestas de lo que mandaron?... Pues ¿cuántas veces vemos matrimonios infelices, uniones monstruosas, verificadas solamente porque un padre tonto se metió á mandar lo que no debiera?... ¿Cuántas veces una desdichada muger halla anticipada la muerte en el encierro de un claustro porque su madre ó su tio se empeñaron en regalar á Dios lo que Dios no queria?... ¡Eh! No señor, eso no va bien... Mire usted, Doña Paquita, yo no soy de aquellos hombres que se disimulan los defectos. Yo sé que ni mi figura, ni mi edad son para enamorar perdidamente á nadie; pero tampoco he creido imposible que una muchacha de juicio y bien criada, llegase á quererme con aquel amor tranquilo y constante que tanto se parece á la amistad, y es el único que puede hacer los matrimonios felices. Para conseguirlo, no he ido á buscar ninguna hija de familia de estas que viven en una decente libertad... Decente: que yo no culpo lo que no se opone al ejercicio de la virtud. ¿Pero cuál seria entre todas ellas la que no estuviese ya prevenida en favor de otro amante mas apetecible que yo? Y en Madrid, figúrese usted en un Madrid... Lleno de estas ideas, me pareció que tal vez hallaria en usted todo cuanto yo deseaba.

D.ª IRE. Y puede usted creer, señor D. Diego, que...

D. DIE. Voy á acabar, señora, déjeme usted acabar. Yo me hago cargo, querida Paquita, de lo que habrán influido en una niña tan bien inclinada como usted las santas costumbres que ha visto practicar en aquel inocente asilo de la devocion y la virtud; pero si á pesar de todo esto la imaginacion acalorada, las circunstancias imprevistas la hubiesen hecho elegir sugeto mas digno, sepa usted que yo no quiero nada con violencia. Yo soy ingénuo: mi corazon y mi lengua no se contradicen jamás. Esto mismo la pido á usted, Paquita, sinceridad. El cariño que á usted la tengo no la debe hacer infeliz... Su madre de usted no es capaz de querer una injusticia, y sabe muy bien que á nadie se le hace dichoso por fuerza. Si usted no halla en mí prendas que la inclinen, si siente algun otro cuidadillo en su corazon, créame usted, la menor disimulacion en esto nos daria á todos muchísimo que sentir.

D.ª IRE. ¿Puedo hablar ya, señor?

D. DIE. Ella, ella debe hablar, y sin apuntador, y sin intérprete.

D.ª IRE. Cuando yo se lo mande.

D. DIE. Pues ya puede usted mandárselo, porque á ella la toca responder... Con ella he de casarme, con usted no.

D.ª IRE. Yo creo, señor D. Diego, que ni con ella ni conmigo. ¿En qué concepto nos tiene usted?... Bien dice su padrino, y bien claro me lo escribió pocos dias há, cuando le dí parte de este casamiento. Que aunque no la ha vuelto á ver desde que la tuvo en la pila, la quiere muchísimo; y á cuantos pasan por el Burgo de Osma les pregunta cómo está, y contínuamente nos envia memorias con el ordinario.

D. DIE. Y bien, señora, ¿qué escribió el padrino?... O por mejor decir, ¿qué tiene que ver nada de eso con lo que estamos hablando?

D.ª IRE. Sí señor que tiene que ver, sí señor. Y aunque yo lo diga, le aseguro á usted que ni un padre de Atocha hubiera puesto una carta mejor que la que él me envió sobre el matrimonio de la niña... Y no es ningun catedrático, ni bachiller, ni nada de eso; sino un cualquiera, como quien dice, un hombre de capa y espada con un empleillo infeliz en el ramo del viento, que apenas le da para comer... Pero es muy ladino, y sabe de todo, y tiene una labia, y escribe que da gusto... Casi toda la carta venia en latin, no le parezca á usted, y muy buenos consejos que me daba en ella. Que no es posible sino que adivinase lo que nos está sucediendo.

D. DIE. Pero, señora, si no sucede nada, ni hay cosa que á usted la deba disgustar.

D.ª IRE. ¿Pues no quiere usted que me disguste oyéndole hablar de mi hija en unos términos que?... ¡Ella otros amores ni otros cuidados!... Pues si tal hubiera... ¡Válgame Dios!... La mataba á golpes, mire usted... Respóndele, una vez que quiere que hables y que yo no chiste. Cuéntale los novios que dejaste en Madrid cuando tenias doce años, y los que has adquirido en el convento al lado de aquella santa muger. Díselo para que se tranquilice y...

D. DIE. Yo, señora, estoy mas tranquilo que usted.

D.ª IRE. Respóndele.

D.ª FCA. Yo no sé qué decir. Si ustedes se enfadan.

D. DIE. No, hija mia; esto es dar alguna expresion á lo que se dice; pero enfadarnos, no por cierto. Doña Irene sabe lo que yo la estimo.

D.ª IRE. Sí, señor, que lo sé, y estoy sumamente agradecida á los favores que usted nos hace... Por eso mismo...

D. DIE. No se hable de agradecimiento: cuanto yo puedo hacer, todo es poco... Quiero que Doña Paquita esté contenta.

D.ª IRE. ¿Pues no ha de estarlo? Responde.

D.ª FCA. Sí, señor, que lo estoy.

D. DIE. Y que la mudanza de estado que se la previene, no la cueste el menor sentimiento.

D.ª IRE. No señor, todo al contrario... Boda mas á gusto de todos no se pudiera imaginar.

D. DIE. En esa inteligencia, puedo asegurarla que no tendrá motivos de arrepentirse despues. En nuestra compañía vivirá querida y adorada; y espero que á fuerza de beneficios he de merecer su estimacion y su amistad.

D.ª FCA. Gracias, señor D. Diego... ¡A una huérfana, pobre, desvalida como yo!...