El Señor y los demás son Cuentos

Part 9

Chapter 94,113 wordsPublic domain

--¡Qué horror!--gritó Evelina, que se había asomado a un balcón, del que se retiró corriendo. Adambis miró a la calle, y en la gran plaza que rodeaba el palacio, vió un espectáculo tremendo, con el que no había contado, y que era, sin embargo, naturalismo.

La multitud, cerca de 500.000 seres humanos, que llenaba el círculo grandioso de la plaza, formando una masa compacta, apretada, de carne, no era ya más que un inmenso montón de cadáveres, casi todos en pie. Un millón de ojos abiertos, inmóviles, se fijaban con expresión de espanto en el balcón, cuyos balaustres oprimía el doctor con dedos crispados. Casi todas las bocas estaban abiertas también. Sólo habían caído a tierra los de las últimas filas, en las bocacalles; sobre éstos se inclinaban otros que habían penetrado algo más en aquel mar de hombres, y más adentro ya no había sino cadáveres tiesos, en pie, como cosidos unos a otros; muchos estaban todavía de puntillas, con las manos apoyadas en los hombros del que tenían delante. Ni un claro había en toda la plaza. Todo era una masa de carne muerta.

Balcones, ventanas, buhardillas y tejados, estaban cuajados de cadáveres también, y en las ramas de algunos árboles, y sobre los pedestales de las estatuas, yacían pilluelos muertos, supinos, o de bruces, o colgados. El doctor sentía terribles remordimientos--. ¡Había asesinado a toda la humanidad!--Dígase en su descargo--él había obrado de buena fe al proponer el suicidio universal.

¡Pero su mujer!... Evelina le tenía en un puño.

Era la hermosa rubia de la minoría en aquello del suicidio; no tanto por horror a la muerte, como por llevarle la contraria a su marido.

Cuando vió que lo de morir todos iba de veras, tuvo una encerrona con su caro esposo; a la hora de acostarse, y en paños menores, con el pelo suelto, le puso las peras a cuarto; y unas veces llorando, otras riendo, ya altiva, ya humilde, ora sarcástica, ora patética, apuró los recursos de su influencia para obligar a su Judas, si no a volverse atrás de lo prometido, a cometer la felonía de hacer una excepción en aquella matanza.

--¿No tienes medio de salvarnos a ti y a mí?...

El doctor, aunque lo negó al principio, tuvo que confesar al fin que sí; que podían salvarse ellos, pero sólo ellos.

Evelina no tenía amantes; se conformó con salvarse sola, pues su marido no era nadie para ella.

Adambis, que era celoso, casi sin motivo, pues su mujer no pasaba nunca de ciertas coqueterías sin consecuencia, experimentó gran consuelo al pensar que se iba a quedar solo con Evelina en el mundo.

Merced a ciertos menjurjes, el doctor se aisló de la corriente mortífera; mas, para probar la fe de Evelina, no quiso untarla a ella con el salvador ingrediente, y la obligó a confiar en su palabra de honor. Llegado el momento terrible, Adambis, mediante el simple contacto de las manos, comunicó a su esposa la virtud de librarse de la conmoción mortal que debía acabar con el género humano.

Evelina estaba satisfecha de su marido. Pero aquello de quedarse a solas en el mundo con él, era muy aburrido.

--¿Y cómo vamos a salir de aquí? Imposible atravesar esa plaza; esa muralla de carne humana nos lo impedirá...

El doctor sonrió. Sacó del bolsillo del chaleco un pedacito de tela muy sutil; lo estiró entre los dedos, lo dobló varias veces y lo desdobló, como quien hace una pajarita de papel; resultó un poliedro regular; por un agujero que tenía la tela sopló varias veces; después de meterse una pastilla en la boca, y el poliedro fué hinchándose, se convirtió en esfera y llegó a tener un diámetro de dos metros; era un globo de bolsillo, mueble muy común en aquel tiempo.

--¡Ah!--dijo Evelina--has sido previsor, te has traído el globo. Pues volemos, y vamos lejos; porque el espectáculo de tantos muertos, entre los que habrá muchos conocidos, no me divierte. La pareja entró en el globo, que tenía por dentro todo lo necesario para la dirección del aparato y para la comodidad de dos o tres viajeros.

Y volaron.

Se remontaron mucho.

Huían, sin decirse nada, de la tierra en que habían nacido.

Sabía Adambis que donde quiera que posase el vuelo, encontraría un cementerio. ¡Toda la humanidad muerta, y por obra suya!

Evelina, en cuanto calculó que estarían ya lejos de su país, opinó que debían descender. Su repugnancia, que no llegaba a remordimiento, se limitaba al espectáculo de la muerte en tierra conocida... "Ver _cadáveres extranjeros_ no la espantaría." Pero el doctor no sentía así. Después de su gran crimen (pues aquello había sido un crimen), ya sólo encontraba tolerable el aire; la tierra no. Flotar entre nubes por el diáfano cielo azul... menos mal; pero tocar en el suelo, ver el mundo sin hombres... eso no; no se atrevía a tanto. "¡Todos muertos! ¡Qué horror!" Cuantas más horas pasaban, más aumentaba el miedo de Adambis a la tierra.

Evelina, asomada a una ventanilla del globo, iba ya distraída contemplando el _paisaje_. El fresco la animaba; un vientecillo sutil, que jugaba con los rizos de su frente, la hacía cosquillas. "No se estaba mal allí."

Pero de repente se acordó de algo. Volvióse al doctor, y dijo:

--Chico, tengo hambre.

El doctor, sin decir palabra, tomó del bolsillo del frac una especie de petaca, y de ésta sacó un rollo que semejaba un cigarro puro. Era una quinta esencia alimenticia, invención del doctor mismo. Con aquel _cigarro-comestible_ se podía pasar perfectamente dos o tres días sin más alimento.

--No; quiero comer de veras. Vuestra comida química me apesta, ya lo sabes. Yo no como por sustentar el cuerpo; como, por comer, por gusto; el hambre que yo tengo no se quita con alimentarse, sino satisfaciendo el paladar; ya me entiendes, quiero comer bien. Descendamos a la tierra; en cualquier parte encontraremos provisiones; todo el mundo es nuestro. Ahora se me antoja ir a comer el almuerzo o la cena que tuvieran preparados el Emperador y la Emperatriz de Patagonia; ¡ea, guía hacia la Patagonia; anda, y a escape, a toda máquina!...

Adambis, pálido de emoción, con voz temblorosa, a la que en vano procuraba dar tonos de energía, se atrevió a decir:

--Evelina; ya sabes... que siempre he sido esclavo voluntario de tus caprichos... pero en esta ocasión... perdóname si no puedo complacerte. Primero me arrojaré de cabeza desde este globo, que descender a la tierra... a robarle la comida a cualquiera de mis víctimas. Asesino fuí; pero no seré ladrón.

--¡Imbécil! Todo lo que hay en la tierra es tuyo; tú serás el primer ocupante...

--Evelina, pide otra cosa. Yo no bajo.

--Y entonces... ¿nos vamos a morir aquí de hambre?

--Aquí tienes mis cigarros de alimento.

--Pero ¿y en concluyéndolos?

--Con un poco de agua y de aire, y de dos o tres cuerpos simples, que yo buscaré en lo más alto de algunas montañas poco habitadas, tendré lo suficiente para componer sustancia de la que hay en estos extractos.

--Pero eso es muy soso.

--Pero basta para no morirse.

--¿Y vamos a estar siempre en el aire?

--No sé hasta cuándo. Yo no bajo.

--¿De modo que yo no voy a ver el mundo entero? ¿No voy a apoderarme de todos los tesoros, de todos los museos, de todas las joyas, de todos los tronos de los grandes de la tierra? ¿De modo que en vano soy la mujer del _Dictador in articulo mortis_ de la humanidad? ¿De modo que me has convertido en una pajarita... después de ofrecerme el imperio del mundo?...

--Yo no bajo.

--Pero ¿por qué? ¡Imbécil!

--Porque tengo miedo.

--¿A quién?

--A mi conciencia.

--¿Pero hay conciencia?

--Por lo visto.

--¿No estaba demostrado que la conciencia es una aprensión de la materia orgánica en cierto estado de desarrollo?

--Sí, estaba.

--¿Y entonces?...

--Pero hay conciencia.

--¿Y qué te dice tu conciencia?

--Me habla de Dios.

--¡De Dios! ¿De qué Dios?

--¡Qué sé yo! De Dios.

--Estás _incapaz_, hijo. No hay quien te entienda. Explícate. ¿No te burlabas tú de mí porque _predicaba_, porque iba a misa, y me confesaba a veces? Yo era y soy católica, como casi todas las señoras del mundo habían llegado a serlo. Pero eso no me impedía reconocer que tú, como casi todos los hombres del mundo, tendrías tus razones para ser ateo y racionalista, y recordarás que nunca te armé ningún caramillo por motivos religiosos.

--Es cierto.

--Pero, ahora, cuando menos falta hace, te vienes tú con la conciencia... y con Dios... Y a buena hora, cuando ya no hay quien te absuelva, porque las mujeres no podemos meternos en eso. Eres tonto, Judas, siempre lo he dicho, eres un sabio muy tonto.

--Pues yo no bajo.

--Pues yo no fumo. Yo no me alimento con esas porquerías que tú fabricas. Todo eso debe de ser veneno a la larga. A lo menos, hombre, descendamos donde no haya gente..., en alguna región donde haya buena fruta..., espontánea, ¡qué sé yo! tú, que lo sabes todo, sabrás dónde hay de eso. Guía.

--¿Te contentarías con eso..., con buena fruta?

--Por ahora..., sí, puede.

Adambis se quedó pensativo. Él recordaba que entre los modernísimos comentaristas de la _Biblia_, tanto católicos como protestantes, se había tratado, con gran erudición y copia de datos, la cuestión geográfico-teológica del lugar que ocuparía en la tierra el Paraíso.

Él, Adambis, que no creía en el Paraíso, había seguido la discusión por curiosidad de arqueólogo, y hasta había tomado partido, a reserva de pensar que el Paraíso no podía estar en ninguna parte, porque no lo había habido. Pero era lo cierto que, hipotéticamente, suponiendo fidedignos los datos del Génesis, y concordándolos con modernos descubrimientos hechos en Asia, resultaba que tenían razón los que colocaban el Jardín de Adán en tal paraje, y no los que le ponían en tal otro sitio. La conclusión de Adambis era: que "si el Paraíso hubiera existido, sin duda hubiera estado donde decían los doctores A. y B., y no donde aseguraban los PP. X. y Z."

De esta famosa discusión y de sus opiniones acerca de ella, le hicieron acordarse las palabras de su mujer.--"¡Si la Biblia tuviera razón! ¡Si todo eso hubiera sido verdad!" ¿Quién sabe? Por si acaso, busquemos.

Y después de pensar así, dijo en voz alta:

--Ea, Evelina, voy a darte gusto. Voy a buscar eso que pides: una región no habitada que produce espontáneos frutos y frutas de lo más delicado.

Y seguía pensando el doctor: Dado que el Paraíso exista y que yo dé con él, ¿será lo que fué?

¿Seguirá Dios haciéndole producir tan sabrosos frutos? ¿No se habrá estropeado algo con las aguas del diluvio? Lo que es indudable, si la Biblia dice bien, es que allí no ha vuelto a poner su planta ser humano. Esos mismos sabios que han discutido dónde estaba el Paraíso no han tenido la ocurrencia de precisar el lugar, de ir allá, buscarlo, como yo voy a hacer.

Ellos decían: debió de estar hacia tal parte, cerca de tal otra; pero no fueron a buscarle. Tal vez yo lo encuentre. Y bajando en globo, aunque los ángeles sigan a la puerta con espadas de fuego, no me impedirán la entrada.

¡Oh, sí, busquemos el Paraíso! Paraíso para mí, porque será el único lugar de la tierra desierto: es decir, que no sea un cementerio; único lugar donde no encontraré el espectáculo horrendo de la humanidad muerta e insepulta.

Abreviemos. Buscando, buscando, desde el aire con un buen anteojo, comparando sus investigaciones con sus recuerdos de la famosa discusión teológico-geográfica, Adambis llegó a una región del Asia Central, donde, o mucho se engañaba, o estaba lo que buscaba. Lo primero que sintió fué una satisfacción del amor propio... La teoría de los _suyos_ era la cierta... El Paraíso existía y estaba allí, donde él creía. Lo raro era que existiese el Paraíso.

El amor propio por este lado salía derrotado.

Y todavía quería defenderse gritándole a Judas en la cabeza:

--¡Mira, no sea que te equivoques! No sea eso una gran huerta de algún mandarín chino o de un Bajá de siete colas...

El paisaje era delicioso; la frondosidad, como no la había visto jamás Adambis.

Cuando él dudaba así, de repente Evelina, que también observaba con unos anteojos de teatro, gritó:

--¡Ah, Judas, Judas! por aquel prado se pasea un señor..., muy alto, sí, parece alto..., de bata blanca... con muchas barbas, blancas también...

--¡Cáscaras!--exclamó el doctor, que sintió un escalofrío mortal.

Y dirigiendo su catalejo hacia la parte a que apuntaba Evelina, dijo con voz de espanto:

--No hay duda..., es él. ¡Él, mejor dicho!

--Pero ¿quién?

--¡Yova Elhoim! ¡Jehová! ¡El Señor Dios! ¡El Dios de nuestros mayores!...

IV

El autor de toda esta farsa necesita, al llegar a este punto de su narración, interrumpirla, aunque los sienta y mortifique a esas pléyades de jóvenes naturalistas _en román paladino_, que no pueden ver sin disgusto que aparezca en la novela o cuento, o lo que sea, la personalidad del escritor. Yo, de buena gana, continuaría siendo tan _objetivo_ como hasta aquí; pero no tengo más remedio que sacar a plaza mi humilde personalidad, aunque sea pecando contra todos los cánones y _Falsas Decretales_ del naturalismo traducido al _vulga-puck_ (lengua universal del vulgo).

Esas pléyades de naturalistas imberbes (y no digo pléyade, en singular, porque pléyades no tiene ni puede tener singular, aunque lo olviden la mayor parte de nuestros periodistas) me dispensarán; pero al presentar en escena nada menos que al _Deus ex machina_ de la Biblia, necesito hacer algunas manifestaciones.

Pintar a Jehová (así lo llama el vulgo) tal como es, sin _idealizarlo_ ni nada de eso, es empresa superior a mis fuerzas, porque yo nunca le he visto.

Discuten los sabios si el mismo Moisés llegó a verlo cara a cara; algunos afirman que sólo una vez gozó de su presencia; pero yo, sin ser sabio, me inclino al parecer de los que piensan que ni Moisés ni nadie puso en él los ojos en la vida. Otra cosa es aquello de sentir el Espíritu del Señor que pasa, el soplo divino que hiere el rostro, etc., etc. Eso es posible.

Más fácil me sería, una vez presentado en escena Jehová, hacer que su carácter _fuera sostenido_ desde el principio hasta el fin, como piden los preceptistas, que de camino son gacetilleros, a los autores de dramas y novelas. Para sostener el carácter de Jehová me basta con los documentos bíblicos, pues se ve en ellos que su energía no decae ni un momento y que en él no hay contradicciones; porque el haber hecho el mundo, y arrepentirse después, no es una contradicción, toda vez que, si a eso fuéramos, ahí está Cánovas, que primero fué revolucionario y después se arrepintió, y la energía de Cánovas, sin embargo, está fuera de toda discusión. Y me alegro de haber citado a este personaje, porque si ustedes quieren buscarle a Jehová, según le presenta la Biblia, un parecido, el mayor que encontrarán en la historia, para tener idea del _Zeus_ bíblico, será ése, Cánovas, el _Feus_ malagueño.

Y ahora tengo que entendérmelas con los timoratos y escrupulosos en materia religiosa, que acaso quieran ver ribetes de impiedad en mi cuento. No hay tal impiedad; primero y principalmente, porque sólo se trata de una broma, y yo aquí no quiero probar nada, ni acabar con la Iglesia de Pedro, ni siquiera con los abusos del clero madrileño. Ni yo soy clérigo de _El Resumen_, ni siquiera redactor de _Las Dominicales_, ni ése es el camino. Por no ser, ni soy como el autor de _Namouna_, adorador de Cristo y además de Ahura-Mazda y de Brahma y de Apis y de Vichnú, etcétera, etc. Estos eclecticismos religiosos no se han hecho para mí. Lo que puedo jurar es que respeto a Jehová, escríbase cómo se escriba, tanto como el que más, y que en este cuento no pretendo reemplazar la religión de nuestros mayores por otra de mi invención. Para significar ese respeto precisamente, prescindo de los procedimientos naturalistas, y en vez de presentar al nuevo personaje obrando y hablando, como quiere la buena retórica, pasaré como sobre ascuas sobre todo lo que se refiere a sus relaciones con Adambis, mi héroe, valiéndome de una narración indirecta y no de una descripción directa y plástica.

Apresúrome a decir que la bata que Evelina creyó haber visto pendiente de los hombros del que se paseaba por aquel prado del Paraíso, no debía de ser tal bata, ni las barbas, barbas; pero ya saben ustedes que las mujeres todo lo materializan.

Ello es que aquél era Jehová, efectivamente, y que se estaba paseando por aquel prado del Paraíso, como solía todas las tardes que hacía bueno; costumbre que le había quedado desde los tiempos de Adán.

Adambis, aturdido con la presencia del Señor, de que no dudaba, pues si hubiese sido un hombre como los demás hubiera muerto a las doce de la mañana, Adambis, lleno de terror y de vergüenza, perdió los estribos... del globo, como si dijéramos; es decir trocó los frenos, o de otro modo, dejó que la máquina de dirigir el aerostático se descompusiese, y el globo comenzó a bajar rápidamente y se enredó en las ramas de un árbol.

Evelina gritaba, espantando las aves del Paraíso, que volaban en grandes círculos alrededor de los inesperados viajeros.

Levantó el Señor la cabeza al oir tanto ruido, y viendo el trance, acudió a salvar a los náufragos del aire.

A presencia de Jehová, el doctor Judas permanecía silencioso y avergonzado. Evelina miraba al Señor con curiosidad, pero sin asombro. Encontrarse con un Dios personal de manos a boca, le parecía tan natural, como le hubiera parecido la demostración matemática de que Dios no existe. Lo que ella quería era tomar algo.

Con arreglo a lo dicho, se renuncia a copiar aquí el diálogo que medió entre Jehová y el sabio de Mozambique. Pero se dirá la sustancia.

El Señor no abusó, como hubiera hecho Júpiter, o _El Siglo Futuro_, de su situación, que le daba una superioridad incontestable. Nada de pullas, ni de sarcasmos mucho menos. Demasiado sabía él que Adambis, desde que había estudiado Anatomía comparada, se había pasado la vida negando la posibilidad de un Dios personal. Los dos sabían esto. ¿Para qué hablar de ello?

Judas se creyó en el deber de humillarse y de confesar su error. Pero Jehová, con una delicadeza que nunca tuvieron los Nocedales en sus palizas a _La Unión_, hizo que la conversación cambiase de rumbo.

Lo pasado, pasado. Ahora se trataba de reformar la humanidad por segunda vez. Lo de Adán había salido mal; el remedio del diluvio tampoco había probado; tal vez el mal habría estado en dejar vivos a tantos parientes; un mundo que comienza entre suegros y cuñadas, no puede ir bien. Además, lo primero que había hecho Noé, pasada la borrasca, había sido emborracharse... Jehová esperaba más formalidad por parte de Judas Adambis. Judas había acabado con la humanidad... Corriente. Poco se había perdido.

El pesimismo era la tontería que menos podía tolerar Elhoim; la humanidad se había hecho pesimista...; bien muerta estaba. Ahora se trataba de otro ensayo: Adambis iba a repoblar el mundo, y si esta nueva cría salía mal también, basta de ensayos; la tierra se quedaría en barbecho por ahora.

El matrimonio de Adambis y Evelina había sido hasta entonces infecundo; pero con las aguas del Paraíso, Jehová prometía que la fecundidad visitaría el seno de aquella señora.

--No serán ustedes inocentes--vino a decir Jehová--, porque eso ya no puede ser. Pero esto mismo me conviene. Inocente y todo, Adán hizo lo que hizo. Usted, señor Adambis, es un sabio verdadero, a pesar de sus errores teológicos, y quiero ver si me conviene más la suprema malicia que la suprema inocencia. Desde hoy llevan ustedes en arrendamiento todo este jardín amenísimo. La renta que me han de pagar serán sus buenas obras. Todo lo que ustedes ven es de ustedes.

--¿Absolutamente todo?--exclamó Evelina.

Y Jehová, aunque con otras palabras, vino a decir:

--Sí, señora..., sin más excepción que una... insignificante. Pongo por condición... la misma que puse al otro. No se ha de tocar a este manzano, que en un tiempo fué el árbol de la ciencia del bien y del mal, y que ahora no es más que un manzano de la acreditada clase de los que producen las ricas manzanas de Balsaín. Por comer de esos manzanos no sabrán ustedes ni más ni menos de lo que saben, ni serán como dioses, ni nada de eso. Si Satanás se presenta otra vez y quiere tentar a esta señora, no le haga caso ninguno. Como este manzano los hay a porrillo en todo el Paraíso. Pero yo me entiendo, y no quiero que se toque en ese árbol. Si coméis de esas manzanas... vuelta a empezar; os echo de aquí, tendréis que trabajar, parirá esta señora con dolor, etc., etc. En fin, ya saben ustedes el programa. Y no digo más.

Y desapareció Jehová Elhoim.

Y casi me alegro, porque ahora ya puedo copiar el diálogo textualmente.

Evelina encogió los hombros y dijo:

--Tú, Judas, ¿qué opinas de todo esto?

--¡Figúrate!

--Valiente sabio estabas tú. Mira qué bien hacía yo en ir a misa, por un si acaso. Tú eres un tonto, que por poco nos haces condenarnos a los dos. Afortunadamente, el Señor parece un señor muy amable.

--¡Oh! La Bondad infinita...

--Sí, pero...

--El Sumo Bien...

--Sí, pero...

--La Sabiduría infinita.

--Sí, pero...

--¿Pero qué, hija?

--Pero algo raro.

--Y tan raro, como que es el único.

--No, no quiero decir raro en ese sentido, sino en el de... ¡Mira tú que prohibirnos comer de esas manzanas como si fuéramos unos chiquillos!...

--Y no comeremos.

--Claro que no, hombre. No te pongas tan fiero. Pues por eso digo que es raro. ¿Qué trabajo nos cuesta a nosotros ponernos formales y, escarmentados, prescindir de unas pocas manzanas que son como las demás?

--Mira, en eso no nos metamos. Dios es Dios, ¿estás? y lo que Él hace, bien hecho está.

--Pero confiesa que eso es un capricho.

--No confieso tal, ni tú tampoco; y te prohibo blasfemar en adelante. Por lo pronto, no pienses más en tales manzanas..., que el diablo las carga.

--¡Qué ha de cargar, infeliz! Buena soy yo. A propósito, tengo sed..., deseo de eso, de eso..., de fruta..., de manzanas precisamente, y de Balsaín.

--¡Mujer!

--¡Bobalicón! ¿No ha dicho que de esa clase hay aquí a porrillo? Pues vamos a buscar otro árbol igual, y me das un hartazgo. ¿Conoces tú el Balsaín?

--Sí, Evelina. _(Busca.)_ Aquí tienes otro árbol igual que ese prohibido. Toma. ¿Ves qué hermosa manzana? Balsaín legítimo.

Evelina clavó los blancos y apretados dientes en la manzana que le ofrecía su esposo.

Mientras Judas volvía la espalda y buscaba otro ejemplar de la hermosa fruta, una voz, como un silbido, gritó al oído de Evelina.

--¡Eso no es Balsaín!

Tomó ella el aviso por voz interior, por revelación del paladar, y gritó irritada:

--Mira, Judas, a mí no me la das tú. ¡Esto no es Balsaín!

Un sudor frío, como el de las novelas, inundó el cuerpo de Adambis.

--Buenos estamos--pensó--. ¡Si Evelina empieza a desconfiar... no va a haber Balsaín en todo el Paraíso!

Así fué... A cien árboles se arrancó fruta, y la voz siempre gritaba al oído de la esposa:

--¡Eso no es Balsaín!

--No te canses, Judas--dijo ella ya fatigada. No hay más manzanas de Balsaín en todo el Paraíso que las del árbol prohibido.

Hubo una pausa.

--Pues hija...--se atrevió a decir Adambis--ya ves..., no hay más remedio... Si te empeñas en que no hay más que ésas... te quedarás sin ellas.

--¡Bien, hombre, bien; me quedaré! Pero no es esa manera de decírselo a una.

La voz de antes gritó al oído de Evelina:

--¡No te quedarás!

--Otro sería más... enamorado que tú. Claro, un sabio no sabe lo que es pasión...

--¿Qué quieres decir, Evelina?...

--Que Adán, con ser Adán, era más cumplido amador que tú.

--Tengamos la fiesta en paz, y renuncia al Balsaín.

--¡Bueno! Pues tú... ya que prefieres cumplir un capricho de quien hace una hora negabas que existiese, a satisfacer un deseo de tu mujer..., tú, mameluco, renuncia a lo otro.

--¿Qué es lo otro?

--¿No se nos ha dicho que seré fecunda en adelante?

--Sí, hija mía; de eso iba a hablarte...

--Pues no hay de qué. Nada de fecundidad.

--Pero, hija...

--Nada, que no quiero.

--¡Así, perfectamente!--dijo la voz que le hablaba al oído a Evelina.

Volvióse ella y vió al diablo en figura de serpiente, enroscado en el tronco del árbol prohibido.