El Señor y los demás son Cuentos
Part 8
Pasaron años y años; la de Rojas se casó con cualquiera, con la mejor _proporción_ de las muchas que se le ofrecieron. Pero antes y después del matrimonio, sus ensueños, sus melancolías y aun sus remordimientos, fueron en busca del amor más antiguo, del _imposible_. Tardó mucho en olvidarle, nunca le olvidó del todo: al principio sintió su ausencia más que un rey destronado la corona perdida, como un ídolo pudiera sentir la desaparición de su culto. Se vió Elisa como un _dios en el destierro_. En los días de crisis para su alma, cuando se sentía humillada, despreciada, lloraba la ausencia de aquellos ojos siempre fieles, como si fueran los de un amante verdadero, los ojos amados. "_¡Aquel señor_ sí que me quería, aquél sí que me adoraba!"
Una noche de luna, en primavera, Elisa Rojas, con unas amigas inglesas, visitaba el cementerio civil, que también sirve para los protestantes, en cierta ciudad marítima del Mediodía de España. Está aquel jardín, que yo llamaré santo, como le llamaría religioso el derecho romano, en el declive de una loma que muere en el mar. La luz de la luna besaba el mármol de las tumbas, todas pulcras, las más con inscripciones de letra gótica, en inglés o en alemán.
En un modesto pero elegante sarcófago, detrás del cristal de una urna, Elisa leyó, sin más luz que aquélla de la noche clara, al rayo de la luna llena, sobre el mármol negro del nicho, una breve y extraña inscripción, en relieve, con letras de serpentina. Estaba en español y decía: "_Un viejo verde_."
De repente sintió la seguridad absoluta de que _aquel viejo verde_ era el suyo. Sintió esta seguridad porque, al mismo tiempo que el de su remordimiento, le estalló en la cabeza el recuerdo de que una de las poquísimas veces que _aquel señor_ la había oído hablar, había sido en ocasión en que ella describía aquel _cementerio protestante_ que ya había visto otra vez, siendo niña, y que la había impresionado mucho.
"¡Por mí, pensó, se enterró como un pagano! Como lo que era, pues yo fuí su diosa."
Sin que nadie la viera, mientras sus amigas inglesas admiraban los efectos de luna en aquella soledad de los muertos, se quitó un pendiente, y con el brillante que lo adornaba, sobre el cristal de aquella urna, detrás del que se leía "Un viejo verde", escribió a tientas y temblando: "Mis amores."
* * * * *
Me parece que el cuento no puede ser más romántico, más _imposible_...
CUENTO FUTURO
I
La humanidad de la tierra se había cansado de dar vueltas mil y mil veces alrededor de las mismas ideas, de las mismas costumbres, de los mismos dolores y de los mismos placeres. Hasta se había cansado de dar vueltas alrededor del mismo sol. Este cansancio último lo había descubierto un poeta lírico del género de los desesperados que, no sabiendo ya qué inventar, inventó eso: el _cansancio del sol_. El tal poeta era francés, como no podía ser menos, y decía en el prólogo de su libro, titulado _Heliofobe_: "C'est bête de tourner toujours comme ça. A quoi bon cette sotisse eternelle?... Le soleil, ce bourgeois, m'embète avec ses platitudes..." etc., etc.
El traductor español de este libro decía: "_Es bestia_ esto de dar siempre vueltas así. ¿_A qué bueno_ esta tontería eterna? El sol, ese burgués, me _embiste_ con sus _platitudes_ enojosas. _Él_ cree hacernos un gran favor quedándose ahí plantado, sirviendo de fogón en esta gran cocina económica que se llama el sistema planetario. Los planetas son los pucheros puestos a la lumbre; y el himno de los astros, que Pitágoras creía oir, no es más que el _grillo del hogar_, el prosaico chisporroteo del carbón y el bullir del agua de la caldera... ¡Basta de olla podrida! Apaguemos el sol, aventemos las cenizas del hogar. El gran hastío de la luz meridiana ha inspirado este _pequeño libro_. ¡_Que él_ es sincero! ¡_Que él_ es la expresión fiel de un orgullo noble que desprecia favores que no ha solicitado, halagos de los rayos lumínicos que le parecen cadenas insoportables!
"_Él tendrá bello_ el sol obstinándose en ser benéfico; al fin es un tirano; la emancipación de la humanidad no será completa hasta el día que desatemos este yugo y dejemos de ser satélites de ese reyezuelo miserable del día, vanidoso y fanfarrón, que después de todo no es más que un esclavo que sigue la carrera triunfal de un señor invisible."
El prólogo seguía diciendo disparates que no hay tiempo para copiar aquí, y el traductor seguía soltando galicismos.
Ello fué que el libro _hizo furor_, sobre todo en el África Central y en el Ecuador, donde todos aseguraban que el sol ya los tenía fritos.
Se vendieron 800 millones de ejemplares franceses y 300 ejemplares de la traducción española; verdad es que éstos no en la Península, sino en América, donde continuaban los libreros haciendo su agosto sin necesidad de entenderse con la antiquísima metrópoli.
Después del poeta vinieron los filósofos y los políticos, sosteniendo lo que ya se llamaba universalmente la _Heliofobia_.
La ciencia discutió en Academias, Congresos y _sección de variedades_ en los periódicos: 1.º, si la vida sería posible separando la Tierra del Sol y dejándola correr libre por el vacío hasta engancharse con otro sistema; 2.º, si habría medio, dado lo mucho que las ciencias físicas habían adelantado, de romper el yugo de Febo y dejarse caer en lo infinito.
Los sabios dijeron que sí y que no, y que qué sabían ellos respecto de ambas cuestiones.
Algunos especialistas prometieron romper la fuerza centrípeta como quien corta un pelo; pero pedían una subvención, y la mayor parte de los Gobiernos seguían con el agua al cuello y no estaban para subvencionar estas cosas. En España, donde también había Gobierno y especialistas, se redujo a prisión a varios arbitristas que ofrecieron romper toda relación solar en un dos por tres.
Las oposiciones, que eran tantas como cabezas de familia había en la nación, pusieron el grito en el cielo: dijeron los Perezistas y los Alvarezistas y los Gomezistas, etc., etc., que era preciso derribar aquel Gobierno opresor de la ciencia, etc.
Los obispos, contra los cuales hasta la fecha no habían prevalecido las puertas del infierno, ensalzaban a todos los sabios e ignorantes que se declaraban _heliófilos_.
"Bueno estaba que se acabase el mundo; que poco valía, pero debía acabarse como en el texto sagrado se tenía dicho que había de acabar, y no por enfriamiento, como sería seguro que concluiría si en efecto nos alejábamos del sol..."
Una revista científica y retrógrada, que se llamaba _La Harmonía_, recordaba a los _heliófobos_ una porción de textos bíblicos, amenazándoles con el fin del mundo.
Decía el articulista:
"¡Ah, miserables! ¡Queréis que la Tierra se separe del Sol, huya del día, para convertirse en la _estrella errática_, a la cual está reservada eternamente la obscuridad y las tinieblas!, como dice San Judas Apóstol en su Epístola Universal, v. 13. Queréis lo que ya está anunciado, queréis la muerte; pero oid la palabra de verdad."
"Y en aquellos días buscarán los hombres la muerte, y no la hallarán; y desearán morir, y la muerte huirá de ellos. (Apocalipsis, cap. IX, v. 6.)--Porque vuestro tormento es como tormento de escorpión; vuestro mortal hastío, vuestro odio de la luz, vuestro afán de tinieblas, vuestro cansancio de pensar y sentir, es tormento de escorpión; y queréis la muerte por huir de las _langostas de cola metálica con aguijones y con cabello de mujer_, por huir de las huestes de Abaddón. En vano, en vano buscáis la muerte del mundo antes de que llegue su hora, y por otros caminos de los que están anunciados. Vendrá la muerte, sí, y bien pronto; se acabará el tiempo, como está escrito; los cuatro ángeles vendrán en su día para matar la tercera parte de los hombres. Pero no habéis de ser vosotros, mortales, quien dé las señales del exterminio. ¡Ah, teméis al sol! Sí, teméis que de él descienda el castigo; teméis que el sol sea la copa de fuego que ha de derramar el ángel sobre la tierra; teméis quemaros con el calor, y morís blasfemando y sin arrepentiros, como está anunciado. (Apocalipsis, 16-9.)--En vano, en vano queréis huir del sol, porque está escrito que esta miserable Babilonia será quemada con fuego. (Ibid., 18-8.)"
Los sabios y los filósofos nada dijeron a _La Harmonía_, que no leían siquiera. Los periódicos satíricos con caricaturas fueron los que se encargaron de contestar al periodista _babilónico_, como le llamaron ellos, poniéndole como ropa de pascua, y en caricaturas de colores.
Un sabio muy acreditado, que acababa de descubrir el _bacillus del hambre_, y libraba a la humanidad doliente con inoculaciones de _caldo gordo_, sabio aclamado por el mundo entero, y que ya tenía en todos los continentes más estatuas que pelos en la cabeza, el Dr. Judas Adambis, natural de Mozambique, emporio de las ciencias a la sazón, Atenas moderna, Judas Adambis, tomó cartas en el asunto y escribió una _Epístola Universal_, cuya primera edición vendió por una porción de millones.
Un periódico popular de la época, conservador todavía, daba cuenta de la carta del Dr. Adambis, copiando los párrafos culminantes.
El periódico, que era español, decía:
"Sentimos no poder publicar íntegra esta interesantísima epístola, que está llamando la atención de todo el mundo civilizado, desde la Patagonia a la Mancha, y desde el _helado hasta el ardiente polo_; pero no podemos concederle más espacio, porque hoy es día de toros y de lotería, y no hemos de prescindir ni de la lista grande, ni de la corrida, la cual no pasó de mediana, entre paréntesis."
Dice así el Dr. Judas Adambis:
"... Yo creo que la humanidad de la tierra debe, en efecto, romper las cadenas que la sujetan a este sistema planetario, miserable y mezquino para los vuelos de la ambición del hombre. La solución que el poeta francés nos propuso es magnífica, sublime...; pero no es más que poesía. Hablemos claro, señores. ¿Qué es lo que se desea? Romper un yugo ominoso, como dicen los políticos avanzados de la cáscara amarga. ¿Es que no puede llamarse la tierra libre e independiente, mientras viva sujeta a la cadena impalpable que la ata al sol y la luna dé vueltas alrededor del astro tiránico, como el mono que montado en un perro y con el cordel al cuello, describe circunferencias alrededor de su dueño haraposo? ¡Ah, no, señores! No es esto. Aquí hay algo más que esto. No negaré yo que esta dependencia del sol nos humilla; sí, nuestro orgullo padece con semejante sujeción. Pero eso es lo de menos. Lo que quiere la humanidad es algo más que librarse del sol..., es librarse de la vida.
"Lo que causa hastío insoportable a la humanidad no es tanto que el sol esté plantado en medio del corro, haciéndonos dar vueltas a la pista con sus latigazos de fuego, que una antigüedad remota llamó las flechas de Apolo, como las vueltas mismas; esto, esto es lo tedioso: este volteo por lo infinito. Hubo un tiempo, los sabios pueden decirlo, feliz para el mundo: fué el tiempo en que se creyó en el progreso indefinido.
"La ignorancia de tales épocas hacía creer a los pensadores que los adelantos que podían notar en la vida humana, refiriéndose a los ciclos históricos a que su escasa ciencia les permitía remontarse, eran buena prueba de que el progreso era constante. Hoy nuestro conocimiento de la historia del planeta no nos consiente formarnos semejantes ilusiones; los cientos de siglos que antiguamente se atribuían a la vida humana como hipótesis atrevida, hoy son perfectamente conocidos, con todos los pormenores de su historia; hoy sabemos que el hombre vuelve siempre a las andadas, que nuestra descendencia está condenaba a ser salvaje, y sus descendientes remotos a ser, como nosotros, hombres aburridos de puro civilizados. Éste es el volteo insoportable, aquí está la broma pesada, lo que nos iguala al mísero histrión del circo ecuestre... No se trata de una de tantas filosofías pesimistas, _charlatanas_ y cobardes que han apestado al mundo. No se trata de una teoría, se trata de un hecho viril: del suicidio universal. La ciencia y las relaciones internacionales permiten hoy llevar a cabo tal intento. El que suscribe sabe cómo puede realizarse el suicidio de todos los habitantes del globo en un mismo segundo. ¿Lo acepta la humanidad?"
II
La idea de Judas Adambis era el secreto deseo de la mayor parte de los humanos. Tanto se había progresado en psicología, que no había un mal zapatero de viejo que no fuera un Schopenhauer perfeccionado. Ya todos los hombres, o casi todos, eran almas superiores aparte, _d'elite_ dilletanti, como ahora pueden serlo Ernesto Renán o Ernesto García Ladevese. En siglos remotos, algunos literatos parisienses habían convenido en que ellos, unos diez o doce, eran los únicos que tenían dos dedos de frente; los únicos que sabían que la vida era una bancarrota, _un aborto_, etc., etc. Pues bueno; en tiempos de Adambis, la inmensa mayoría de la humanidad estaba al cabo de la calle; casi todos estaban convencidos de eso, de que esto debía dar un estallido. Pero, ¿cómo estallar? Ésta era la cuestión.
El doctor Adambis, no sólo había encontrado la fórmula de la aspiración universal, sino que prometía facilitar el medio de poner en práctica su grandiosa idea. El suicidio individual no resolvía nada; los suicidios menudeaban; pero los partos felices mucho más. Crecía la población que era un gusto, y por ahí no se iba a ninguna parte.
El suicidio en grandes masas se había ensayado varias veces, pero no bastaba. Además, las sociedades de suicidas o _voluntarios de la muerte_, que se habían creado en diferentes épocas, daban pésimos resultados; siempre salíamos con que los accionistas y los comanditarios de buena fe pagaban el pato, y los gestores sobrevivían y quedaban gastándose los fondos de la sociedad. El caso era encontrar un medio para realizar el suicidio universal.
Los Gobiernos de todos los países se entendieron con Judas Adambis, el cual dijo que lo primero que necesitaba era un gran empréstito, y además, la seguridad de que todas las naciones aceptaban su proyecto, pues sin esto no revelaría su secreto ni comenzarían los trabajos preparatorios de tan gran empresa.
Aunque ya no había Inglaterra hacía mucho tiempo, pues se la había tragado el mar siglos atrás, no faltaban políticos anglómanos, y hubo quien sacó a relucir el _hábeas corpus_ como argumento en contra. Otros, no menos atrasados, hablaron de la _representación de las minorías_. Ello era que no todos, absolutamente todos los hombres aceptaban la muerte voluntaria.
El Papa, que vivía en Roma, ni más ni menos que San Pedro, dijo que ni él ni los Reyes podían estar conformes con lo del suicidio universal; que así no se podían cumplir las profecías. Un poeta muy leído por el bello sexo, aseguró que el mundo era excelente, y que por lo menos, mientras él, el poeta, viviese y cantase, el querer morir era prueba de muy mal gusto.
Triunfó, a pesar de estas protestas y de las corruptelas de algunos políticos atrasados, la genuina interpretación de la _soberanía nacional_. Se puso a votación en todas las asambleas legislativas del mundo el suicidio universal, y en todas ellas fué aprobado por gran mayoría.
Pero, ¿qué se hizo con las minorías? Un escritor de la época dijo que era imposible que el suicidio universal se realizase desde el momento que existía una minoría que se oponía a ello. "No será suicidio, será asesinato, por lo que toca a esa minoría."
"¡Sofisma! ¡Sofisma! ¡Metafísica! ¡Retórica!"--gritaron las mayorías furiosas--. "Las minorías", advirtió el doctor Adambis en otro folleto, cuya propiedad vendió en cien millones de pesetas, "las minorías no _se suicidarán_, es verdad; _¡pero las suicidaremos!_" Absurdo, se dirá. No, no es absurdo. Las minorías no se suicidarán, en cuanto individuos, o _per se_; pero como de lo que se trata es del suicidio de la humanidad, que en cuanto colectividad es persona jurídica, y la persona jurídica, ya desde el derecho romano, manifiesta su voluntad por la votación en mayoría absoluta, resulta que la minoría, en cuanto parte de la humanidad, también se suicidará, _per accidens_.
Así se acordó. En una Asamblea universal, para elegir cuyos miembros hubo terribles disturbios, palos, pedradas, tiros (de modo y manera que por poco se acaba la gente sin necesidad del suicidio); digo que en una Asamblea universal se votó definitivamente el fin del mundo, por lo que tocaba a los hombres, y se dieron plenos poderes al doctor Adambis para que cortara y rajara a su antojo.
El empréstito se había cubierto una vez y cuartillo (menos que el de Panamá), porque la humanidad de entonces, como la de ahora, se prestaba a entusiasmarse, a suicidarse; se prestaba a todo menos a prestar dinero.
Con auxilio de los Gobiernos, pudo Adambis llevar a cabo su obra magna, que por medio de aplicaciones mecánicas de condiciones químicas hoy desconocidas, puso a todos los hombres de la tierra en contacto con la muerte.
Se trataba de no sé qué diablo de fuerza recientemente descubierta que, mediante conductores de no se sabe ahora qué género, convertía el globo en una gran red que encerraba en sus mallas mortíferas a todos los hombres, _velis nolis_. Había la seguridad de que ni uno solo podría escaparse del estallido universal. Adambis recordó al público en otro folleto, al revelar su invención, que ya un sabio antiquísimo que se llamaba, no estaba seguro si Renán o Fustigueras, había soñado con un poder que pusiera en manos de los sabios el destino de la humanidad, merced a una fuerza destructora descubierta por la ciencia. Aquel sueño de Fustigueras iba a realizarse; él, Adambis, dictador del exterminio, gracias al gran plebiscito que le había hecho verdugo del mundo, tirano de la agonía, iba a destruir a todos los hombres, a hacerlos reventar en un solo segundo, sin más que colocar un dedo sobre un botón.
Sin hacer caso de los gritos y protestas de la minoría, se dispuso en todos los países civilizados, que eran todos los del mundo, cuanto era necesario para la última hora de la humanidad doliente. El ceremonial del tremendo trance costó muchas discusiones y disgustos, y por poco fracasa el gran proyecto por culpa de la etiqueta. ¿En qué traje, en qué postura, qué día y a qué hora debía estallar la humanidad?
Se aprobó que el traje fuese el de etiqueta rigurosa entre las clases altas, y en las demás el traje nacional. Se desechó una proposición de suicidarse en el traje de Adán, antes de las hojas de higuera. El que esto propuso, se fundaba en que la humanidad debía terminar como había empezado; pero como lo de Adán no era cosa segura, no se aprobó la idea. Además, era indecorosa. En cuanto a la postura, cada cual podía adoptar la que creyese más digna y elegante. ¿Día? Se designó el primero de año, por aquello de que año nuevo, vida nueva. ¿Hora? Las doce del día, para que el sol aborrecido presidiese, y pudiera dar testimonio de la suprema resolución de los humanos.
El doctor Adambis pasó un atento B. L. M. a todos los habitantes del globo, avisándoles la hora y demás circunstancias del lance. Decía así el documento:
"El doctor Judas Adambis _B. L. M._
al Sr. D...
y tiene el gusto de anunciarle que el día de Año Nuevo, a las doce de la mañana, por el meridiano de tal, sentirá una gran conmoción en la espina dorsal, seguida de un tremendo estallido en el cerebro. No se asuste el Sr. D..., porque la muerte será instantánea, y puede tener el consuelo de que no quedará nadie para contarlo. Este estallido será el símbolo del supremo momento de la humanidad. Conviene tener hecha la digestión del almuerzo para esa hora.
El doctor Judas Adambis aprovecha esta ocasión para ofrecer... etc., etc., etc."
* * * * *
Llegó el día de Año Nuevo, y a las once y media de la mañana, el doctor Judas, acompañado de su digna y bella esposa Evelina Apple, se presentó en el palacio en que residía la Comisión internacional organizadora del suicidio universal.
Vestía el doctor riguroso traje de luto, frac y corbata negra y gasa en el sombrero. Evelina Apple, rubia, alta, de anchas caderas y vientre arrogante, de negro también, escotada y con manga corta, daba el brazo a su digno esposo. La Comisión en masa, de frac y corbata negra también, salió a recibirlos al vestíbulo. Entraron en el salón del _Gran Aparato_, sentáronse los esposos en un trono, en sendos sillones; alrededor los comisionados, y, en silencio todos, esperaron a que sonaran las doce en un gran reloj de cuco, colocado detrás del trono. Delante de éste había una mesa pequeña, cuadrada, con tabla de marfil. En medio de ésta, un botón negro, sencillísimo, atraía las miradas de todos los presentes.
El reloj era una primorosa obra de arte.
Estaba fabricado con material de un extraño pedrusco que la ciencia actual permitía asegurar que era procedente del planeta Marte. No cabía duda; era el proyectil de un cañonazo que nos habían disparado desde allá, no se sabía si en son de guerra o por ponerse al habla. De todas suertes, la tierra no había hecho caso, votado como estaba ya el suicidio de todos.
La bala o lo que fuera se aprovechó para hacer el reloj en que había de sonar la hora suprema. El cuco era un esqueleto de este pajarraco. Entonces se le dió cuerda. No daba las medias horas ni los cuartos. De modo que sonaría por primera y última vez a las doce.
Judas miró a Evelina con aire de triunfo a las doce menos un minuto. Entre los comisionados ya había cinco o seis muertos de miedo. Al comisionado español se le ocurrió que iba a perder la corrida del próximo domingo (los toros de invierno eran ya tan buenos como los de verano y viceversa) y se levantó diciendo... que él adoptaba el retraimiento y se retiraba. Adambis, sonriendo, le advirtió que era inútil, pues lo mismo estallaría su cerebro en la calle que en el puesto de honor. El español se sentó, dispuesto a morir como un valiente.
¡Plin! Con un estallido estridente se abrió la portezuela del reloj y apareció el esqueleto del cuco.
--¡Cucú, cucú!
Gritó hasta seis veces, con largos intervalos de silencio.
--¡Una, dos!
Iba contando el doctor.
Evelina Apple fué la que miró entonces a su marido con gesto de angustia y algo desconfiada.
El doctor sonrió, y por debajo de la mesa que tenía delante dió a su mujer la mano. Evelina se asió a su marido como a un clavo ardiendo.
--¡Cucú...! ¡Cucú!
--¡Tres!... ¡Cuatro!
--¡Cucú, cucú!
--¡Cinco! ¡Seis!... Adambis puso el dedo índice de la mano derecha sobre el botón negro.
Los comisionados internacionales que aún vivían, cerraron los ojos por no ver lo que iba a pasar, y se dieron por muertos.
Sin embargo, el doctor no había oprimido el botón.
La yema del dedo, de color de pipa culotada, permanecía sin temblar rozando ligeramente la superficie del botón frío de hierro.
--¡Cucú! ¡Cucú!
--¡Siete! ¡ocho!
--¡Cucú! ¡Cucú!
--¡Nueve! ¡diez!
III
--¡Cucú!
--¡Once!--exclamó con voz solemne Adambis; y mientras el reloj repetía.
--¡Cucú!
En vez de decir:--¡Doce! Judas calló y oprimió el botón negro.
Los comisionados permanecieron inmóviles en su respectivo asiento. El doctor y su esposa se miraron: pálido él y serio; ella, pálida también, pero sonriente.
--Te confieso--dijo Evelina--que al llegar el momento terrible, temía que me jugaras una mala pasada.--Y apretó la mano de su marido, que tenía cogida por debajo de la mesa.
--¡Ya estamos solos en el mundo!--exclamó el doctor con voz de bajo profundo, ensimismado.
--¿Crees tú que no habrá quedado nadie más?...
--Absolutamente nadie.
Evelina se acercó a su marido. Aquella soledad del mundo le daba miedo.
--De modo que, por lo pronto, todos esos señores...
--Cadáveres. Ven, acércate.
--¡No, gracias!
El doctor descendió de su trono y se acercó a los bancos de los comisionados. Ninguno se había movido. Todos estaban perfectamente muertos.
--Los más de ellos dan señales de haber sucumbido antes de la descarga, de puro miedo. Lo mismo habrá pasado a muchos en el resto del mundo.