Chapter 2
Fue la chispa una frase trivial como en todas las horas decisivas de la existencia. Solo y de pie ante una mesa central, Don Juan, que probablemente esperaba, al oír el sedoso rumor del andar femenino, volvió la cabeza con breve ademán de halcón, alzando hasta ella su mirada de sombrío topacio. Y dirigiéndole la palabra por primera vez:—El blanco —dijo— sienta mejor que el azul a su género de belleza. Debo advertir que en reuniones anteriores había vestido ella de azul con cierta frecuencia, lo cual revelaba una atención minuciosa bajo el aspecto indiferente de Don Juan. Pero, el repentino halago de esa comprobación, asumió en ella una intensidad tal, que paralizada de golpe, tuvo que apoyarse en la mesa sin disimular, como fulminada por instantáneo deslumbramiento. Literalmente prendida por los ojos a las pupilas de fascinadora profundidad, honda ternura le aflojó las rodillas. Y temblando como una hoja, rendida hasta la angustia en ese instante definitivo del amor, que es, al mismo tiempo, trance de vida y muerte, sólo pudo responder con una voz ajena a su propio oído: —¿Y por qué no el azul?... —Por una razón estética —contestó Don Juan, posando en la mesa, tan próxima a la suya que la hizo estremecer, su larga mano apasionada. —... Una razón estética. El azul no figura entre los cuatro colores fundamentales que requiere la belleza femenina y que sólo rarísimas mujeres consiguen armonizar indistintamente con su hermosura. —¿Conoce usted alguna... aquí? —Una sola —respondió él con voz opaca, abismándola más profundamente en el aura de la seducción, que la subyugaba al hechizo felino de su envolvente suavidad. Y nunca ha vuelto de ese vértigo. Enamorada hasta agotar las más celestiales delicias y las ansias más torturadoras del infierno; digna del supremo amante, que despreciaba el flirt,relegándolo entre los “vicios vergonzosos”, ni pretendió evitar el desenlace de tragedia que imponía su despiadada posesión bajo la finura de terciopelo de la garra, ni eludir la mordedura de la afligente verdad, que desde luego aceptó con una especie de equidad despreciativa. Abandonando a la condena y al despecho su despojo de mariposa, arrebatada en el delirio de la llama fatal, no hubo bajeza en su caída. La misma predestinación al martirio, que el amor de semejante hombre significaba, habríala redimido en su dolorosa generosidad, de no ser su dicha, tan indiferente, por perfecta, a toda consideración humana.
Insensible o amante, su destino era, pues, la soledad de la estrella que vive de consumirse en su propia luz; y cuando sobrevino el inevitable abandono, lejos de abatirse o desesperarse, pareció que se aislaba más excelsa, en un remoto fulgor, como aquellas amadas por los dioses antiguos, que del contacto con el divino cisne o con la lluvia de oro, onservaban el resplandor de su propio deslumbramiento, llevando en la perpetuada ventura la olímpica gloria de su deshonra inmortal. * *
—Treinta años después, como decían las antiguas novelas, una huracanada tarde en que las nubes de junio encapotaban de agua brumosa la ciudad, Julia y Amalia, cuyo retiro casi hostil era inaccesible a ninguna otra persona, tejían, en los hilos melancólicos de la lluvia, antiguos recuerdos. Arrebujada entre densas cortinas, aquella habitación, silenciosa hasta la intimidad, parecía flotar, casi lóbrega, en un misterioso esplendor de capilla búdica. Sombríos oros fatigábanse al fondo de una verdadera tiniebla, como arrodillada bajo el abatimiento de inmensa colgadura azul. La transparencia oscura del ámbito era, a su vez, vagamente dorada. Como un indeciso rescoldo de inaudita suntuosidad, la alfombra ahogaba los pasos en derruida blandura de polvo de oro. Torvos reflejos arrinconábanse acá y allá con áureo escorzo de jaguares. Sándalos y estoraques de exótica vaguedad exhalábanse en sutil bostezo de aromas. Pretendía el comentario que ese recinto singular guardaba intactos los recuerdos del seductor; que la apagada quietud retenía en aquel silencio y aquel perfume su memoria siempre adorada; que su presencia persistía en tal cual conservada arruga de diván o de cojín... Y así era, en efecto. Aquellas sombras no cobijaban las tribulaciones de la expiación, sino la sacrílega magnificencia del antiguo pecado. Mas, esa tarde, por primera vez, Julia había sacudido su alarmada pureza para hablar de la falta cuyo permanente gozo presentía en la otra, sin querer confesárselo, dominada al fin por el ambiente y la desesperada grandeza de semejante fidelidad. Recordaban, pues, al amante, sin nombrarlo, en una grande pero pacífica incapacidad de comprenderse, cuando Julia exclamó: —¡Cómo has debido aborrecerlo! Y por primera vez también, la voz de la otra velóse ligeramente al contestar, advirtiéndosele apenas en esa diminución la quebradura de un recóndito sollozo: —¡Aborrecerlo! Sólo aborrece, Julia, el amor que muere. Ese que la gente común experimenta por estaciones; el que habitualmente la aproxima y la caza para aburrirla después. Oye, Julia, esto que es una honda verdad de amor: jamás ofende el ser querido. —¿Y los celos, Amalia? —Los celos no son rencores, sino amores desesperados. Y esos nunca se resignan: matan. Los de las mujeres que aman por deber conyugal, son meras formas de propiedad privada, exasperaciones de la avaricia o del orgullo. El huracán prolongaba un lamento que parecía materializarse en lágrimas inmensas sobre los arrasados cristales. Como llovidos también, desde el fondo del alma apasionada, los recuerdos desbordáronle en palabras de altivez sombría, toda la amargura del llanto que no lloró:
—¡Sí a él le debo la única vida que he vivido! La otra, la inútil, la que ni sé cómo fue hasta que él me reveló el abismo de dicha donde caí, ésa, ¡qué valía! Yo era una muchacha hermosa, adulada, coqueta, cobarde como todas, y al fin con razón, ante el misterio que es, para la mujer, irrevocable como la muerte... Él despertó en mí el ser de pasión, de dolor y de belleza que en mí misma se ignoraba, y eso, Julia, perdónemelo tu candor, vale el hijo de las honestas. Bruscas rachas rompían contra los muros, al pasar, como extraviados pájaros, chorreantes alas de bruma; y en la vibración del largo viento que los flechaba por detrás, oíase desolarse, presagiando las amenazas de la oscuridad, sus silbidos lúgubres. —Perdida por él, fue como hallé en mi propia alma aquel “tesoro escondido” de los cuentos, que con tanta frecuencia extravía una para siempre, creyéndolo inaccesible o lejano. Éste, éste es el verdadero mal que casi todas padecemos: el de vivir ajenas a nosotras mismas, si merece el nombre de vida una existencia por reglamento, que hicieron otros, quién sabe cuándo, para embrutecer al pobre corazón, imponiéndole la ignorancia de sí mismo. Pero ese amor que me maldicen educó el mío, aunque fuese en la falta y en el dolor, enseñándome la dignidad, que no será social, pero que es humana, de no pasar por la vida como un triste animal de recua con carga y con rumbo ajenos. Bajo una repentina calma del temporal, la ciudad iba enterrándose en la niebla como en un inmenso hoyo de ceniza mojada. Por el inesperado silencio parecía cruzar aún la reciente alarma de un rayo. —Felices los que encuentran en la honorable unión que tú has logrado, el cielo abierto de la perfecta dicha; pero déjame decirte, sin el orgullo que para ti no puedo abrigar, que no les cambio mi infierno. La felicidad más ardua no es la que honra con el respeto de la sociedad y de la ley, sino la solitaria de la vergüenza, la acechada de la tentación, la que vive sangrando sin consuelo y sin esperanza, sin misericordia y sin Dios: la formidable fidelidad de la culpa. Don Juan de Aguilar no me engañó. No me dio ninguna esperanza de reparación, no me juró constancia alguna. Por el contrario, al partir, me dijo: “Jamás hubo mujer por la cual volviera”. Pero yo había querido como quieren los pocos que el destino elige para revelarles el verdadero amor: hasta el pecado y hasta la muerte. ¡Aborrecerlo! Y cómo, si todo cuanto soy de sentimiento y de conciencia, aquel ser de pasión, de dolor y de belleza que él despertó en mis entrañas, es lo suyo que sigue viviendo en mí. Pero Julia, en su inconsciencia feliz, no comprendía. Más aterrada que sensible ante esa tempestad aullada por el doble huracán cuyo ímpetu sacudía de nuevo la noche que empezaba a caer, cargada de ese dolor como un árbol fúnebre, recobró el ánimo, estrechándose a la ventana untada todavía por lívida vislumbre. Y con curiosidad pueril, inquirió al cabo de un instante:—¿Pero qué te dijo, Amalia, cómo te dijo que te quería, para hacerse querer así? La trágica solitaria encogióse de hombros, con una sonrisa tan descolorida como la vislumbre de la tarde. —Vas a sufrir una decepción. No me dijo nada raro ni sublime. Y si tuve la impresión de que realmente me quería, fue porque no supo sino balbucear temblando, como cuando se le viene a un adolescente el corazón a la boca: ¡Cuánto la quiero!... ¡Amalia, mi amor!... Y en ese momento, tras una leve palpitación del cortinaje, entró Don Juan. Avanzó, urbano como siempre, reprimiendo hasta la impresión del enorme suceso, con esa seguridad que ahuyenta al miedo por no haberlo sentido nunca. Lejos, en una distancia de borrasca y de ausencia, abismada como la eternidad, desgarraba el huracán un remoto alarido de horda. Y Don Juan, sentándose como treinta años antes en aquel diván, que nadie después de él había ocupado, dijo con su voz habitual, impregnada de piadoso hastío: —Así fue en verdad. No te engañó, dulce amiga, la voz de mi amor. Pues según puso en mis labios la única comedia que entre tantas necedades como han escrito de mí, haya sabido interpretarme, y que, por lo mismo también, permanece inédita:
Es que nunca enamoré
sin estar enamorado.
Categoría:Cuentos fatales