Part 9
De la mansedumbre de don Tomás Manso, De la gracia del Cuervo, De las visitas de los padres franciscanos, De los chismes de las monjas Clarisas, Líbranos, Señor; Del ceño de don Bernardo, Del vientre del padre Cecilio, Del contravientre del hermano Félix, De la charla de don Plácido, Líbranos, Señor; De los ardores de la Pepita, De los malhumores de Juanita, De los cuernos del buen Gómez, De los flatos de Burguillos, Líbranos, Señor;
Líbranos, Señor, de tanto bellaco, de tanto cornudo, de tanta pécora como habita esa casa, Misericordia, 2. ¡Misericordia, Señor!
EL DUENDE.»
Don Tomás leyó con una terrible indignación estos anónimos. El primero comprendió que partía de alguna de las mujeres de la casa, de la Pepa, o de la Juanita; los otros, pensaba que debían ser de algún amigo de Miguel; pero no podía suponer de quién.
VI
PREPARATIVOS
Que no quedara contenta ni lograda mi esperanza si no vieras la venganza en donde viste la afrenta.
GUILLÉN DE CASTRO: _Las mocedades del Cid_.
EL Cuervo había tenido siempre gran antipatía por Miguel. Sin duda, la juventud y la fuerza del joven excitaban su envidia.
El Cuervo había asegurado en la casa que Miguel no saldría de la cárcel; cuando le vió que volvía sintió por él un gran odio.
Don Tomás recibió a Miguel con marcada frialdad e hizo que el Cuervo registrara el cuarto y las ropas del joven. Este había dejado las cartas de Soledad y su Diario en manos de Aviraneta, en un paquete atado.
El Cuervo no encontró nada. Don Tomás pareció contentarse; pero el Cuervo insinuó a su amo y, al último, le dijo claramente que no por eso era menos cierto que Soledad se entendía con Miguel.
--¿Lo sabes tú?
--Lo sé todo.
--¿Te lo han dicho?
--Lo he visto.
--¿Qué has visto?
--He visto que se escribían cartas y luego se hablaban y se daban citas.
--¿Dónde se encontraban?
--Generalmente en el claustro de las Descalzas. Al principio, Miguel escribía con lápiz, en una de las ventanas, el lugar de la cita; luego iba ella y borraba lo escrito; después era un pobre que está a la puerta de esta iglesia el que se encargaba de su correspondencia.
--¿Lo viste tú?
--Sí.
--¿Qué viste más?
--Vi también que uno de aquellos días, al salir de la iglesia de las Descalzas, pasó por aquí doña Soledad como si fuera a hacer compras, miró a derecha e izquierda y entró en la calle de Peregrinos, donde la esperaba Miguel.
Don Tomás sintió que le sofocaba el ansia de vengarse; no le tenía gran cariño a su mujer, pero consideraba que al querer a Miguel ofendía en su dignidad al hombre que le había sacado de la miseria.
--Está bien--dijo don Tomás.
Para don Tomás la traición de Soledad y de Miguel era una prueba más de la maldad humana, del espíritu envilecido y encanallado de los hombres.
Ante el Cuervo, el amo consideraba que debía tener una actitud indiferente, como si hasta él no pudieran llegar las miserias humanas. Los siguientes días, a pesar de su impasibilidad, don Tomás se estremecía ante la mirada brillante e irónica del jorobado.
Miguel había vuelto a su trabajo y se manifestaba tranquilo y contento; su tío le hablaba poco; Gómez le miraba sonriente; Burguillos le contemplaba con atención, y el Cuervo le dirigía una mirada larga y rencorosa.
Una vez don Tomás y el Cuervo tuvieron una nocturna conferencia. Al día siguiente, por la tarde, era domingo y no había nadie en casa. Amo y criado entraron en el almacén de la fuente con la cabeza de Medusa, y estuvieron allí largo rato.
El almacén era bajo de techo, tenía rejas al patio y en el suelo grandes losas. Entre ellas había dos con hendiduras, como saeteras, que se podían levantar. Las levantó el Cuervo con una palanca y apareció un agujero grande y obscuro. Metió el Cuervo una linterna encendida, colgada de una cuerda, y se vió una oquedad hecha en tierra arenosa, en parte revestida por una bóveda de ladrillo, con arcos medio derrumbados.
Don Tomás y el Cuervo bajaron al subterráneo por una escalera larga, y lo reconocieron. Tenía una profundidad de ocho a diez metros. Estaba completamente cerrado, y no había comunicación alguna con el exterior; la única boca de galería que parecía haber existido en otro tiempo estaba cerrada por una gran piedra de molino. En el centro de esta piedra había un agujero. El Cuervo metió un hierro por él, sospechando si tendría una salida, y sacó trozos de carbón y de huesos.
Después de reconocer el subterráneo y ver que no tenía ninguna comunicación, volvieron amo y criado al almacén e hicieron entre los dos varias y extrañas maniobras. Sirviéndose de la palanca, llevó el Cuervo las dos piedras grandes que cerraban el boquete del suelo a un rincón, y sobre el agujero que quedaba, de un metro en cuadro, puso una esterilla ligera, que lo ocultaba perfectamente, sujeta en los bordes por unas bolas de sal. Delante del boquete colocó una mesa.
El Cuervo tenía imaginación para el mal. Excitaba constantemente a su amo. Don Tomás vacilaba; tan pronto consideraba la venganza como lógica y justa, como la tenía por excesivamente severa.
El Cuervo, que era el espíritu maligno que se cernía sobre el alma de don Tomás, le excitaba, le ponía a la vista la petulancia y la fanfarronería de Miguel.
VII
EL CRIMEN
Madruga y mata primero.
CALDERÓN: _El monstruo de la fortuna_.
DESPUÉS de muchas conferencias con el Cuervo, don Tomás se decidió. Un día le dijo a Miguel:
--Tengo que enviar una persona con una comisión importante para Zaragoza, y de paso para Sigüenza. ¿Quieres ir tú?
--Con mucho gusto.
--Te advierto que es una comisión para los carlistas.
--No me importa.
--Bueno; pues pide un pasaporte y un billete para la diligencia.
Miguel se entusiasmó con la idea de ver pronto a Soledad, y no se le ocurrió la menor sospecha.
Dos días después le avisó a su tío y le dijo:
--Ya tengo todo en regla.
--Tienes que hacer el viaje con el máximo de prudencia. Es conveniente que digas a todo el mundo que te marchas hoy, y no te vayas hasta mañana. Ven esta noche a casa, a las doce; no subas a la habitación, para que no oigan los pasos. Te daré la llave, entras y pasas al almacén de la fuente, donde yo te esperaré.
--Está bien.
--También quiero que te confieses para salir de Madrid y hacer este viaje, que puede estar lleno de peligros.
--Bueno.
Miguel no hizo gran caso de este consejo. Por la noche estuvo en el Café Nuevo, y, poco antes de dar las doce, se acercó a la casa de la calle de la Misericordia. Miguel iba muy embozado en la capa; hacía una noche negra de invierno. El joven empujó el postigo de la puerta, que se abrió sin ruido, y lo volvió a cerrar, pasó el zaguán, abrió la puerta de la mampara de cristales, que comunicaba con el patio, y luego, la del almacén de la fuentecilla.
--¡Adelante!--dijo don Tomás, con voz temblona.
Miguel no había estado nunca en este almacén, en el cual se decía que don Tomás guardaba sus secretos. Vió en un rincón una caja de caudales y sobre una mesa un velón.
--¿Te ha visto alguno entrar en la casa?--preguntó don Tomás.
--Nadie. La noche está muy negra y muy fría.
--¿Estás preparado?
--Sí.
--¿Ya te confesaste?
--Sí.
--Bueno.
Don Tomás, dando una larga vuelta, se acercó a la mesa, de manera que la luz no le diera en el rostro. Así no podía verse el aire siniestro y alterado de su fisonomía.
--Dale esta carta a Soledad cuando llegues a Sigüenza--dijo--, y lleva este paquete a Zaragoza. En el papel está la dirección.
Miguel avanzó despacio hacia la mesa.
Don Tomás le contempló con una mirada anhelante.
--¿Por qué me mira así?--se preguntó Miguel.
--Si se salva--pensó, a su vez, don Tomás--, Dios lo habrá querido.
Miguel dió varios pasos y se aproximó a la mesa. De pronto se oyó que la esterilla se hundía, arrastrando las bolas de sal que la sujetaban, y el joven desapareció.
En el momento mismo, el Cuervo saltó por entre dos filas de sacos, y apareció en medio del almacén.
Don Tomás se asomó al agujero y oyó un gemido ahogado de dolor.
El Cuervo, armado de la palanca, arrastró con brío, una tras otra, las dos grandes losas y cerró el boquete del suelo.
--Ya no se oye nada--dijo, temblando, don Tomás.
--Habrá muerto con el golpe--repuso el Cuervo.
Don Tomás se dejó caer sobre una silla con el aire de un hombre extenuado. El Cuervo comenzó a hacer una gran pirámide de bolas de sal sobre las losas que ocultaban el agujero por donde se había cometido el crimen.
Acabada la obra, los cómplices se miraron uno a otro. En el Cuervo había una expresión de crueldad y de satisfacción. En don Tomás, una mezcla de horror y de espanto. Los dos salieron del almacén al patio, y luego, al portal. El Cuervo entró en su covacha y don Tomás subió las escaleras hasta su cuarto.
Quince días después volvió Soledad a Madrid, sin haber mejorado de su mal. No se atrevía a hacer ninguna pregunta. Su marido, indiferente e impasible, nada le dijo. Así vivieron marido y mujer meses y meses. Nadie tuvo la menor sospecha en la casa. El Cuervo siguió trabajando en su portal.
* * * * *
Dos años después, un día en que Soledad rezaba en la iglesia de las Descalzas, le dió un desmayo y cayó al suelo. La llevaron a casa y llamaron al médico, y después a don Bernardo, el capellán. Don Bernardo pasó largo tiempo con la enferma, que a cada instante decía en voz baja: «¡Miguel! ¡Miguel!» Unas horas después, Soledad había muerto.
Don Tomás se retiró a Lerma y vendió la Casa de la Sal. Esta pasó a diversas manos, hasta que el último dueño decidió tirarla y alinear la calle de Capellanes.
VIII
LA ESCUELA DE CRISTO
El sueño de la razón produce monstruos.
GOYA: _Caprichos_.
DON Tomás y el Cuervo se retiraron a Lerma y vivieron algunos años juntos. El Cuervo no era capaz de permanecer tranquilo y sin mezclarse en los asuntos públicos y privados, y durante la guerra civil denunció a la partida del Cura Merino algunos ciudadanos liberales, que fueron fusilados. Poco después, unos parientes de éstos cogieron al Cuervo en el campo y lo apalearon de tal manera que murió a consecuencia de la paliza.
Don Tomás, al verse sin su criado, sintió más bien tranquilidad que pena; la mirada irónica y dura del Cuervo le recordaba la cueva del almacén de la calle de la Misericordia.
Al verse solo fué para el una tregua, pero una tregua que duró poco tiempo, porque sus terrores volvieron de nuevo.
Don Tomás se hallaba entregado a la religión; constantemente estaba en la iglesia rezando y confesándose.
Había por entonces en el pueblo una casa pequeña y ruinosa que casi siempre estaba cerrada. Sólo al anochecer solía abrirse para el paso de algunas personas. Si se entraba en el estrecho zaguán y se subía al único piso, se encontraba primero una sala pintada de negro, con un ventanillo enrejado que daba a la calle. En medio de la sala había un féretro, cubierto de paño negro, con cuatro cirios apagados. Este cuarto se comunicaba por una puerta estrecha con una capilla obscura y sin luz. La capilla tenía en medio un altar, con un Nazareno coronado de espinas y lleno de sangre, y alrededor, unos armarios de sacristía, y encima de los armarios, varias calaveras y varias disciplinas. En la pared había un marco con un papel, en donde se leía una lista de nombres.
Esta casa pequeña con su cuarto fúnebre y su capilla constituía la Escuela de Cristo. Formaban parte de ella varias personas religiosas cuyos nombres constaban en el cuadro de la pared. De noche entraban allí diez o doce hombres a hacer penitencia, y después de rezar delante del féretro, cubierto de paño negro, iban pasando uno detrás de otro a la capilla, y allí se cubrían con una capucha.
Cuando estaban todos reunidos y en círculo delante del altar, se apagaban las luces y se ponía en el suelo un gran farol de hoja de lata, sin cristales, que tenía unos agujeros por los cuales pasaban tenues raros de luz. Entonces uno se destacaba, se desnudaba y se colocaba en medio del círculo de los encapuchados; luego tomaba una calavera en la mano izquierda y las disciplinas en la derecha, y comenzaba a azotarse, mientras el siniestro coro rezaba en voz alta.
Don Tomás pertenecía a la Escuela de Cristo, se disciplinaba, usaba cilicios, y en su casa rezaba tirado en el suelo cuan largo era y dando grandes alaridos. Aquel último gemido de Miguel al caer al subterráneo lo oía en su cerebro a cada paso; el suspiro del viento, el toque de una campana, el chirriar de una lechuza, el ruido de una ventana movida por una ráfaga del cierzo, todo rumor de la tierra o del aire le recordaba la queja postrera del joven muerto por él.
Muchas veces hubiera preferido perder la razón definitivamente, que no vivir de una manera tan miserable y triste.
IX
EL FANTASMA
Ya oigo la voz del terror que se levanta en mi corazón.
ESQUILO: _Las Coéforas_.
POCO después de la guerra civil se habló en Lerma de que en la Plaza aparecían fantasmas a media noche. Algunos los habían visto claramente. Los serenos, por más que vigilaban, no podían dar con ellos. No se sabía si eran duendes, espectros o almas en pena; pero se aseguraba que uno de estos fantasmas tenía una mano de plomo y otra de estopa, y que gozaba del poder de avisar la próxima muerte al que había de morir.
Al parecer, algunos serenos no sentían gran interés en encontrarse con aquellos seres misteriosos, porque cuando les decían que andaban por un lado, iban por el opuesto; otros más decididos y valientes llevaban una pistola y un garrote, y afirmaban que no se les escaparían los fantasmas sin un estacazo o sin un tiro.
Don Tomás había oído hablar de estas apariciones, considerándolas como chiquilladas, sin darles más importancia. Una noche en que el viejo, después de rezar sus oraciones, se dirigía a la cama, oyó en la calle pasos quedos. Desde hacía algún tiempo, don Tomás tenía un oído de enfermo. Escuchó las pisadas de lejos y abrió un ventanillo de su alcoba. Vió una cosa blanca que se acercaba por la acera de enfrente. Era el fantasma.
Don Tomás, maravillado y confundido, quedó en el ventanillo, y, trastornado, preguntó:
--¿Quién eres? ¿Qué deseas?
Entonces el fantasma, con voz sepulcral, dijo:
--¡Asesino! Yo soy el alma de Miguel Rocaforte, condenada por tu culpa.
Don Tomás se retiró de la ventana temblando y se tiró en el suelo a rezar. Al día siguiente lo encontraron desmayado, moribundo; lo llevaron a la cama y ya no volvió a levantarse.
Unos días después, los serenos cogieron a uno de los fantasmas, que resultó un sargento de milicianos nacionales que tenía amores con la mujer de un tendero de la plaza.
El otro fantasma, a quien no lograron coger, se supo que era León Zapata, el compañero de Miguel Rocaforte.
Madrid, diciembre, 1920.
ADÁN EN EL INFIERNO
I
ADÁN
No se gana nada violentando a la sensibilidad en sus inclinaciones; es preciso engañarla y, como dice Swift, divertir la ballena con una barrica para salvar el barco.
KANT: _Antropología_.
EN la época de la matanza de frailes, cuando fueron ingresando en la Cárcel de Corte una porción de gente cogida en las calles de Madrid, llevaron a ella a un muchacho joven, guapo, recién venido de un pueblo de la Alcarria, Andrés Lafuente.
Este alcarreño vino con Román, el hijo del librero de la calle de la Paz, y con un zapatero joven llamado Gaspar, a quien todos conocían por Gasparito y de quien te hablé antes.
A aquel muchacho alcarreño se le consideraba como un mozo ingenuo e inocente, y se le compadecía por haber caído en el infierno de la cárcel.
El poeta Espronceda, en los pocos días que estuvo en la cárcel, le llamaba Adán, y probablemente pensando en él ideó el personaje de su poema el _Diablo mundo_, que debía publicar unos años más tarde; Andrés (alias Adán) era un muchacho fuerte, guapo, muy lúcido y muy inocente. Gasparito el zapatero se constituyó en uno de sus defensores.
Gasparito el remendón era liberal, pequeño, rubio, muy leído, amigo del hijo del librero de viejo de la calle de la Paz, y se mostraba como hombre de buena fe y de buenas intenciones.
Yo tomé bajo mi protección a Gasparito y quise proteger también a Adán, aunque veía que a un muchacho, sin experiencia como aquél, metido en el segundo patio, entre ladrones, la corrupción de la cárcel le había de contagiar rápidamente. El padre Anselmo creyó también que con sus sermones apartaría al mozo del mal camino; pero Adán se reía de él.
II
LA CUADRILLA DEL FORTUNA
¿Es posible--dijo Andrenio--, que jamás nos hemos de ver libres de monstruos ni de fieras, que toda la vida ha de ser arma?
GRACIÁN: El _Criticón_.
LOS presos del segundo patio se dividían para comer en cuadrillas, que llevaban el nombre del que las dirigía. Adán fué a parar a la cuadrilla del Fortuna. El Fortuna era un matón de casa de juego que tenía gran influencia.
El Fortuna era un hombre fuerte, atrevido, moreno, de bigote, con un lunar en la mejilla, tipo desvergonzado y cínico. Cobraba el barato en la cárcel; pero no era un valiente de verdad. Era de los que allí, en el segundo patio, se decía que madrugaban. No afrontaba con calma, sereno y tranquilo, las situaciones difíciles; sino que las capeaba. Eso sí, tenía indudablemente el hábito de la audacia.
Al Fortuna le habían preso por matar a traición a un hombre. Afiliado en la cárcel al grupo de los absolutistas, era de nuestros enemigos más acérrimos. Sin duda, el encontrar nuestra gente menos terne, menos enérgica, que los absolutistas, le había dado una gran hostilidad contra ella.
A mí me tenía mucho odio; una vez, en el segundo patio, se echó encima de mí; pero yo le di con toda mi fuerza un puñetazo en un costado que lo dejé sin aliento.
El Fortuna era hombre petulante y cínico, que dejaba una estela de vicio allí por donde pasaba. Hacía alarde de sus instintos crapulosos; vestía chaquetilla con caireles de colores, gran reloj de plata, con la cadena llena de dijes, y calañés en la cabeza. El Fortuna buscaba la amistad de los muchachos jóvenes, les brindaba su protección; según algunos, les conseguía tener comunicaciones con la sección de mujeres; según otros, había algo peor en sus maniobras. De la misma cuadrilla era Cadedis, un gascón aventurero, que estaba procesado por robo, y un caballero de industria. El gascón aseguraba a todas horas que España era un país sin civilización y sin cultura. A pesar de su cultura, el francés era muy supersticioso. Creía en la quiromancia, en la magia y en que las brujas hacían ovillos con las lanas de los colchones de una cama de tal modo, que si no se les atajaba en su obra le ahogaban al que dormía en ella. Afirmaba también que en el barrio de Saint-Esprit, de Bayona, se vendían diablos metidos en una caña, que llamaban familiares, con los que se hacían prodigios. El había tenido uno de éstos. Un gitano, ladrón de caballos, le engañaba a Cadedis y le sacaba el dinero. El gitano era saludador y, según decía, tenía la rueda de Santa Catalina en el cielo de la boca, y una cruz debajo de la lengua.
El otro personaje era un caballero de industria de quien ya te he hablado, el señor Pérez de Bustamante.
Este señor se hacía llamar conde de Otero, marqués de la Vega, etc. Gastaba unas tarjetas llenas de títulos y condecoraciones.
Tenía, según decía, grandes amistades con los oficiales de las secretarías, con aristócratas y ministros; todo lo facilitaba, y ofrecía empleos con la condición precisa de que se le anticipara algunas cantidades para recompensar los servicios de sus favorecedores.
Contaba que había viajado por toda Europa y América.
A mí me dijo que me había conocido en Méjico y en Madrid, en la fonda del Caballo Blanco, de la calle del Caballero de Gracia, donde yo no había estado nunca. La cuadrilla del Fortuna, formada por él, el gascón y el caballero de industria, se había completado con Adán. El Fortuna adulaba al señor Pérez de Bustamante, y éste protegía al Fortuna; el matón y el caballero de industria se entendían perfectamente.
El Pinturas joven y otros solían acercarse a esta cuadrilla, que manejaba dinero y convidaba a café y a aguardiente.
Ninguno de los que formaban esta cuadrilla se había afiliado a los liberales. No querían, sin duda, comprometerse mientras no llegaran a ver claro las ventajas que aquello les podía reportar.
III
EL ODIO
¡La unción! ¡Favor! ¡Me han herido!
ESPRONCEDA: _El Diablo mundo_.
GASPARITO, el zapatero, había querido preservar de la corrupción del ambiente a su amigo Andrés, a quien nosotros, y en toda la cárcel, llamábamos Adán.
Quiso enseñarle a leer y escribir; pero el Fortuna, unido con Pérez de Bustamante, _Doña Paquita_ y Cadedis, estaban empeñados en estorbar los proyectos de Gasparito.
Durante algún tiempo se entabló una lucha de influencias para captar la simpatía de Adán.
Gasparito le dejaba libros y periódicos, le daba algún dinero, hacía que Andrés viniera a verme; por su parte, el Fortuna le daba cigarros, le enseñaba a jugar a las cartas, a hacer pillerías y a tirar la navaja.
El matón le decía al muchacho:
«Fortuna te dé Dios, hijo, que el saber poco, te basta».
El Pinturas le explicaba procedimientos de falsificación, y Pérez de Bustamante, las intrigas y enredos donde se había metido.
A pesar de las ilusiones de Gasparito, yo veía claramente que el Fortuna y su grupo ganaban la partida. Adán tomaba un aire hipócrita delante de mí; pero, por lo que me dijeron los del segundo patio, el muchacho andaba con el Fortuna, con _Doña Paquita_ y con algunas mujeres del otro departamento, jugaba a las cartas, fumaba, se había tatuado los brazos y comenzaba a matonear.
El día de Carnaval de 1835, el Fortuna y los de su cuadrilla tuvieron una comida espléndida, con pollos, un cochinillo asado y vino de Valdepeñas.
Habían metido mucho aguardiente de contrabando y convidaron a todos los amigos.
La gente se emborrachó, y se pidió al alcaide permiso para disfrazarse.
Entramos Gasparito, Román, el padre Anselmo y yo en el segundo patio a presenciar la fiesta. Se reunió con nosotros el Pinturas joven y dimos una vuelta por la Gallinería y llegamos hasta el último patio.
En esto, disfrazados de mujer, vimos a _Doña Paquita_, que venía en medio de Adán y del Fortuna, agarrado a los dos del brazo. Habían bebido de más y gritaban como locos.
El Fortuna abrazaba a Adán, y se puso a hacer ademanes obscenos.
Gasparito volvió la cabeza con un ademán de disgusto y nos alejamos del grupo que formaban los tres borrachos; pero el Fortuna quiso mostrar más su conquista y se presentó de nuevo frente a nosotros con Adán y con _Doña Paquita_.
--¿Vienes, hermoso?--le dijo a Gasparito con una risa cínica y un contoneo repugnante--. ¿Cuál de las tres te gusta más?
Gasparito, incomodado, viendo que el guapo se le echaba encima, le dió un empujón y lo tiró rodando al suelo.
Yo vi que se nos venía la tormenta encima, y, agarrándole a Gaspar por el brazo, le empujé hacia la salida del patio; pero había mucha gente y Gaspar no quería salir rápidamente, quizá para que no se creyera que tenía miedo.