Part 8
Don Bernardo era gran latinista e historiador concienzudo, con lo cual no ganaba favores ni amistades.
--Antes que nada, la verdad--solía decir rudamente y mascullando las palabras.
Con este espíritu verídico no quería meterse en cuestiones de moral y de dogma, comprendiendo que podía venirse abajo su fe.
Don Bernardo decía misa en las Descalzas, pero por cualquier motivo se quedaba en casa y no iba a la iglesia. Siempre inclinado a la transigencia en cuestiones de moral, contrastaba con el padre Cecilio, que era intransigente y fanático. Don Bernardo encontraba precedente para todo; así que él y el fraile franciscano de la vecindad no se tenían la menor simpatía.
Había quien aseguraba que el padre Cecilio odiaba profundamente a don Bernardo, y que don Bernardo despreciaba en general a los frailes, y sobre todo a los de la vecindad.
La casa de los Capellanes, antes como un pólipo unido a la iglesia y al convento, tenía su vida propia.
Se dice que cada casa es un mundo. Aquella lo era. Había sus preocupaciones, sus enredos amorosos y sus misterios. La Pepa de Burguillos, la Juanita y las muchachas de casa de don Tomás y de la casa de huéspedes daban pábulo a la murmuración.
Se hablaba de que don Tomás guardaba secretos; se decía que debajo de uno de los almacenes de sal, del que tenía en la pared una fuente de alabastro con una cabeza de Medusa, había una cueva con grandes subterráneos, y que estos subterráneos comunicaban por galerías con el convento de las Descalzas y con el Palacio Real.
Burguillos, que a veces trabajaba de albañil, aseguraba haber recorrido parte de estos subterráneos.
Como moluscos agarrados a una roca vivía aquella parte de humanidad en el viejo caserón.
Era por dentro una casa siniestra esta casa del barrio de las Descalzas, Misericordia, 2; una casa buena para crímenes, para duendes, para toda clase de intrigas y de misterios.
III
LA EJECUCIÓN DE MIYAR, EL LIBRERO
Y también pronto, en son triste, lúgubre voz sonará: ¡Para hacer bien por el alma del que van a ajusticiar!
ESPRONCEDA: _El reo de muerte_.
A principio de 1831, don Tomás Manso puso en su casa, como dependiente, a un sobrino suyo en segundo o tercer grado, llegado de Lerma, llamado Miguel Rocaforte. Miguel, cuando vino a Madrid, era un joven cándido, violento, lleno de ilusiones.
Entró a trabajar en el despacho de la calle de la Misericordia, a las órdenes de Narciso Gómez, el casado con doña Juanita; y como su tío no quería que Miguel fuera a una casa de huéspedes, ni tampoco llevarlo a vivir con él, porque era celoso, hizo que a su sobrino le pusieran la cama en el sotabanco grande y largo, en donde había relojes descompuestos y herramientas de platero.
Miguel trabajaba con don Narciso en el piso bajo, en un rincón estrecho y húmedo, con una ventana con rejas que daba al patio. Este despacho tenía una puerta al pasillo, largo y obscuro, que comunicaba con almacenes, en donde se veían montones de sal y bolas también de sal, algunas tan grandes, que parecían las bombas de los parques de Artillería.
El ambiente de aquel piso bajo era muy húmedo, parte porque no tenía ventilación, y parte por la eflorescencia de la sal.
Los primeros meses de estar allí Miguel, los pasó aburrido y desesperado, haciendo proyectos para marcharse a otra parte; luego, cuando conoció al encuadernador, que vivía y tenía un pequeño taller en el piso bajo y que le prestaba libros, se dedicó a leer; después se acomodó a su vida de empleado, le tomó gusto a su sotabanco, en donde estaba solo e independiente, salió a la calle y tuvo amigos y fué al teatro.
Cuando Miguel entró en casa de don Tomás tenía diez y nueve años. Era un joven romántico y alocado, que en su pueblo había comenzado a hacer calaveradas, a leer versos y a escribirlos.
El y un rival suyo en aventuras, León Zapata, habían escandalizado el pueblo, haciendo de fantasmas por las calles de Lerma y cantando el _Trágala_ delante de la casa de los absolutistas.
Según Aviraneta, Miguel no podía servir para una vida tranquila y ordenada. Don Eugenio le encontraba temperamento de guerrillero. Con el Empecinado o con Mina, decía, hubiera llegado pronto a capitán o a coronel. Era hombre mejor para manejar un sable que para trabajar con la pluma. Impulsivo, valiente, atrevido, imprevisor y con una vanidad absurda, era un tipo de estos, añadía Aviraneta, que tienen una mentalidad de militares, de tenores de ópera, tipos para quienes la vida es una sucesión de arias. Colocarse en una situación interesante, y a poder ser dramática, y defender luego su papel de una manera briosa, constituía la más grande preocupación de Miguel. Miguel, como la mayoría de los hombres impulsivos que razonan ligeramente, iba a la acción con una fuerza y una energía sorprendentes.
--Yo--decía Aviraneta--quise dar a aquel muchacho preocupaciones políticas y hacerle en la cárcel un auxiliar mío; pero Miguel era incapaz de someterse a nada.
Miguel, los primeros meses de estar en Madrid, no tenía más amigo que Gómez, el empleado, y Gómez le desesperaba. Este era un hombrecito insignificante y sonriente, contento con su suerte, a pesar de que todo el mundo decía que su mujer le engañaba. De noche, a la luz de una lamparilla de aceite, Miguel leía en su sotabanco poesías románticas y novelas lacrimosas.
Un día, poco después de llegar a Madrid, supo por el portero de la casa, el Cuervo, y por Burguillos, que iban a ejecutar a un librero liberal en la plaza de la Cebada.
Los dos compadres le invitaron a acompañarles a presenciar la ejecución, y al mediodía, después de trabajar en el almacén y de dejar el zapatero remendón a su mujer al cuidado del puesto y de la portería, marcharon los tres, cruzando calles, a salir a la de Toledo, y llegaron a la plaza de la Cebada, que entonces se hallaba despejada y libre de todo edificio.
Los soldados rodeaban el patíbulo y formaban el cuadro. Una multitud de desharrapados se apiñaban para presenciar el suplicio, y los dragones hacían caracolear los caballos y los llevaban para atrás, a meterlos entre las filas de los curiosos. Tocaban las campanas a muerto en todas las iglesias próximas: en San Isidro, en San Millán, en la Almudena, en el Sacramento y en la capilla del Obispo; y los hermanos de la Paz y Caridad, vestidos con sayones negros, recorrían las calles por parejas; unos, haciendo sonar la campanilla, y otros, mostrando una caja de hoja de lata y diciendo con voz triste y monótona: «Para hacer bien por el alma del que van a ajusticiar». Miguel y sus dos compañeros se detuvieron en medio de la multitud.
Miguel oyó decir que la mujer del librero Miyar había ido el día anterior a Aranjuez a pedir gracia al Rey. La pobre mujer esperó a Fernando VII; pero Fernando no salió porque llovía; quizá no salió por temor a verse obligado a perdonar; cosa que debía ser desagradable para un hombre bajo y rencoroso como él.
A las doce y media, próximamente, comenzó a aparecer la comitiva en la plaza de la Cebada. Un hermano de la Paz y Caridad, llevando una gran cruz, precedía el cortejo. Detrás marchaban dos filas de encapuchados, con cirios amarillos en la mano, cantando una letanía; luego, un piquete de alguaciles a caballo.
Inmediatamente después, montado en un burro, venía el librero Miyar, entre dos curas. Vestía una hopa blanca y larga; estaba tan blanco como la hopa y tenía las manos amoratadas, casi negras, por la presión de la cuerda, que le martirizaba. Entre las manos agarrotadas llevaba una estampa de Cristo.
Al ver la horca, el reo volvió la cabeza con horror y miró hacia el público con los ojos dilatados por el espanto; pero los curas le obligaron a seguir, poniéndole un crucifijo delante.
El Cuervo, entonces, dirigiéndose al reo, exclamó:
--¿Qué, creías que te iban a dar dulces?
Burguillos celebró la frase.
Miguel, indignado, hizo un gesto de disgusto y de molestia y se separó bruscamente de sus compañeros. Este gesto lo notaron un joven y un viejo, que se acercaron a él en seguida.
--¿Es usted amigo de ese jorobado?--le preguntó el viejo.
--No; vive en la casa donde yo trabajo, pero no tengo nada que ver con él, ni comparto sus sentimientos.
El joven y el viejo le estrecharon efusivamente la mano. Miguel no quiso presenciar la ejecución. El joven y el viejo se unieron a Miguel y subieron calle de Toledo arriba. El joven era alto, flaco, con melenas, y vestía gabán y sombrero de copa; el viejo, más bajo, llevaba sombrero ancho y capa.
Al pasar por un café de la calle Imperial, el joven les invitó a entrar a Miguel y al viejo; pero éste dijo que no, y les llevó a una taberna próxima. Era la taberna del hermano de Balseiro, ladrón que tuvo luego gran fama y que estuvo complicado en el proceso de Candelas.
El joven y el viejo, al encontrarse dentro de la taberna, hablaron con violencia y desfogaron su furor.
El Rey, según el joven, era un miserable, un malvado, un hombre vil, sin corazón, sin conciencia, dominado por una camarilla de lacayos y por los frailes.
El viejo habló de la miserable farsa que suponía el condenar a un hombre a muerte y ponerle una estampa de Cristo en las manos; como si no fueran ellos, los que se decían representantes de Cristo, los que le condenaban. Miguel les oyó con gusto, porque aquellos hombres tenían sus ideas; luego se despidió de ellos para llegar a tiempo al almacén.
Al entrar en la casa oyó contar al Cuervo la ejecución de Miyar, con todos sus detalles, riendo, como si se tratara de una de las cosas más divertidas y chuscas que se pudiera contemplar.
Cuando Miguel habló de esta cuestión vió que todos los de la casa, comenzando por don Tomás y siguiendo por el padre Cecilio, aseguraban que el librero Miyar estaba bien castigado, porque era un hereje y había que hacer un escarmiento con ellos.
Había poca misericordia en aquella casa de la calle de la Misericordia, 2.
Miguel Rocaforte tuvo que disimular sus ideas, con gran desesperación suya. Sabía que don Tomás era carlista, pero no lo creía tan fanático; luego averiguó que había sido administrador del duque del Infantado, y que era por entonces uno de los hombres de más influencia del partido apostólico.
Unos años después contaba Miguel en su Diario, cuando la matanza de frailes, vió al joven y al viejo a quienes había encontrado en la plaza de la Cebada en la ejecución de Miyar aplaudiendo a las turbas en la calle de Toledo, mientras quemaban los muebles sacados de San Isidro y llevaban en un carro los cadáveres de los frailes.
Al principio de llegar a Madrid, Miguel se mezcló en las algaradas callejeras y habló de política con entusiasmo; luego el amor borró estas preocupaciones y le absorbió por completo.
Miguel cometió la torpeza, de que luego se arrepintió, de tomar como confidente de sus amores a su paisano León Zapata y de presentarle a éste a don Plácido, el huésped de Burguillos.
IV
SOLEDAD
Non olvides la dueña, dicho te lo e desuso. Muger, molyno e huerta syempre quieren el uso.
ARCIPRESTE DE HITA: _Libro de Buen Amor_.
A los tres meses de vivir allí, Miguel era un elemento importante de la casa. Las muchachas de don Tomás, doña Juanita, la Pepa de Burguillos, le buscaban y le hablaban. Se hizo amigo de don Plácido y fué con éste a visitar al cura don Bernardo y a oír sus sabias disertaciones históricas.
Iba Miguel con frecuencia a la casa de Burguillos y charlaba allí con la Pepa. Los desplantes chulescos de ésta no llegaron a entusiasmar al joven Miguel. Por otra parte, don Plácido le dió malos informes de la hija del manchego.
Don Plácido tenía poca simpatía por las mujeres, en general, y menos por la hija de su patrón, a la que acusaba de egoísta, de interesada y de coqueta.
Gómez, el empleado, le llevó también a Miguel algunos días a su casa. Narciso Gómez no le tenía simpatía a Rocaforte; pensaba que el patrón favorecería al joven por ser su sobrino. Mientras don Tomás no hizo la menor distinción por Miguel, Gómez tampoco la hizo; pero cuando vió que el muchacho entraba en la casa del principal, se apresuró a llevarle a la suya.
Juanita, la mujer de Gómez, coqueteó con Miguel y le dió broma por las conversaciones que tenía con la Pepa Burguillos. A su vez, la Pepa le dijo a Miguel que ya sabía que iba a casa de Gómez y que charlaba con la Juanita.
--Esa no dice a nadie que no--acabó diciendo la chulona de la guardilla--; cuando se le va un cortejo, toma otro. Pobre marido.
Miguel, que se vió solicitado por las dos mujeres, se dió tono y no se decidió por ninguna de las dos.
Don Tomás, al saberlo, comenzó a tener alguna confianza con Miguel y a convidarle a comer los domingos por la noche.
No era un anfitrión muy amable don Tomás. Hablaba poco. Leía la _Gaceta_ o algún periódico moderado y hacía comentarios sobre la marcha política de España, siempre desde un punto de vista terriblemente absolutista y ultramontano. Miguel tenía que ocultar sus ideas y estaba obligado a rezar el rosario al despedirse para irse a dormir.
A veces, en la conversación, haciéndose el cándido, intentaba dar una opinión liberal; pero don Tomás le hacía callar con desdén, como si no mereciera la idea expuesta el ser examinada en serio.
Cuando iba de tertulia el padre Cecilio, éste definía desde lo alto de su sapiencia, y sus opiniones eran dogmas. Lo había dicho el padre Cecilio, no se podía volver sobre el asunto. Miguel tenía que violentarse y morderse los labios para no protestar de las opiniones del fraile. Más que la opinión en sí le molestaba el tono sin réplica con que la emitía el padre franciscano.
La mujer de don Tomás, Soledad, era una mujer joven, bonita, con una cara de virgen resignada y triste. Soledad tenía el óvalo de la cara muy alargado, los ojos grandes, obscuros, la expresión melancólica y el color pálido; se tocaba con sencillez, sin coquetería, y vestía siempre de negro.
La madre de Soledad, mujer enferma, medio paralítica, vivía encerrada en su cuarto, cuidada por su hija. Soledad se había casado con don Tomás, a pesar de que le doblaba la edad, pensando en su madre enferma, porque madre e hija antes de casarse ésta vivían en una pobreza rayana en la miseria.
Don Tomás creyó que había hecho bastante con librar de la miseria a Soledad y a su madre, y no se ocupaba gran cosa de su mujer. Suponía que Soledad debía ser su ama de llaves, y que este cargo le tenía que bastar para estar satisfecha y contenta.
Miguel, al principio, no se ocupó de Soledad, ni Soledad de Miguel; pero llegó un día en que empezaron a observarse el uno al otro, y él fué viendo que, a pesar de su aire encogido y triste, ella era una mujer bonita, y Soledad notó que Miguel era un guapo mozo que le miraba a hurtadillas siempre que podía.
La confianza entre Soledad y Miguel se fué estableciendo muy lentamente, y de repente brotó entre ellos el amor como una llama.
Quizá Miguel tenía ideas falsas acerca de las mujeres, y decía muchas veces insensateces y locuras; pero Soledad sabía, sin duda, desprender toda la broza literaria de la conversación de Miguel y no ver en sus palabras mas que el entusiasmo que se transparentaba en ellas, como en su actitud y en su expresión.
Por otra parte, Soledad tenía horror por el adulterio y por el escándalo; pensaba a todas horas en el infierno; pero Miguel le inspiraba confianza.
Durante el día Miguel solía ver algunas veces a Soledad asomada a los cristales desde las rejas de su despacho, y llegó un tiempo en que sabía las horas exactas en que ella se asomaba.
Un domingo, por la mañana, Miguel escribió una carta de amor y se la mostró a Soledad desde la ventana del sotabanco. Ella hizo desde dentro un signo de asentimiento. Miguel metió la carta en un libro, lo ató con un bramante y fué bajándolo hasta que ella pudo coger el libro. Al día siguiente Soledad contestaba, y una correspondencia apasionada se cruzaba entre los dos.
Miguel inventó una porción de procedimientos ingeniosos para que no se descubriese la correspondencia, y durante algún tiempo nadie se enteró.
Sin duda alguna, Miguel vió en la iniciación de aquellos amores un triunfo personal, un triunfo de soberbia contra la estupidez satisfecha de don Tomás y el dogmatismo categórico y cerril del padre Cecilio; Miguel pensó más en su vanidad satisfecha que en la mujer que por él se comprometía; después fué perdiendo la satisfacción de su orgullo y se encontró preocupado con la situación en que se hallaba y con la que había dejado a la mujer que quería.
En aquel momento se olvidó de su actitud literaria, romántica, y comenzó a adquirir una idea de responsabilidad.
Entonces se le ocurrió el proyecto de ponerse a estudiar francés e inglés, e irse al extranjero con Soledad.
A otro quizá la reflexión le hubiera echado atrás; pero Miguel tenía alma de conquistador, de guerrillero y más bien amaba el peligro que lo rehuía.
Soledad había vivido en un ambiente completamente hostil; cuidaba de su madre, hacía los quehaceres de la casa y estaba espiada por todos los vecinos y vecinas, comenzando por la Pepa y la Juanita. Si alguna vez se quejaba de que su vida era triste y aburrida, los pocos contertulios que visitaban a don Tomás caían sobre ella, y la decían, entre ironías y sarcasmos, que la vida ideal para una mujer consistía en estar unida a una persona respetable y religiosa. Todo lo demás no valía nada, eran únicamente tonterías y romanticismos de la época. En este todo lo demás entraba lo único agradable que puede tener la vida.
Soledad llevaba una existencia triste, cuidaba de su madre, hacía los quehaceres y apenas salía de casa. No había estado nunca en el teatro ni leído mas que libros de religión. No tenía amigas; los días de fiesta iba a la iglesia de las Descalzas, y después daba una vuelta para hacer algunas compras.
Miguel, en su exaltación romántica, convenció pronto a Soledad que la vida no era esta triste rutina; que el amor resplandece en la existencia como la Vía láctea en las noches estrelladas, y que cuando el corazón ha hablado se puede y se debe saltar por encima de las preocupaciones sociales.
Ella se dejó convencer rápidamente; él seguía escribiéndola cartas, que ella leía y que contestaba robando horas al sueño. Miguel y Soledad tuvieron un domingo una cita, y luego varias. El solía esperarla en el claustro de las Descalzas, y en una de las ventanas dejaba escrito con lápiz el sitio de la cita donde debían reunirse.
A pesar de todas sus precauciones, los amores trascendieron. La Pepa, la Juanita y el Cuervo habían formado, alrededor de ellos, una red de espionaje.
Don Tomás se manifestaba impasible, sin la menor sospecha, de una ecuanimidad extraordinaria. Soledad sentía un gran terror, que iba aumentando por momentos al encontrarse frente a su marido, y este terror se lo comunicó a su amante.
Su esposo era hombre de una frialdad terrible y de unas pasiones reconcentradas, le decía a Miguel. Ella le había visto algunas veces, aunque no muchas, perder su aire tranquilo y convertirse en una fiera.
La posibilidad de que su marido, enterado ya de cuanto ocurría, se manifestara tan impasible, redoblaba su terror. Soledad temía que su marido lo supiera todo y estuviera preparando una venganza terrible.
--Que caiga la venganza sobre mí, que soy la más culpable--decía ella.
Miguel quería creer que don Tomás era un pobre hombre que no se enteraba de nada, ni era violento. Sin embargo, iba sabiendo que su patrón había tenido negocios peligrosos de contrabando, que se había manifestado como un guerrillero audaz, y que en sus tentativas de conspiración con los absolutistas había sido tan atrevido como enérgico.
Don Tomás guardaba secretos de sus correligionarios; la cueva de su casa, según se decía, estaba llena de cajas con papeles y documentos. El era el único que sabía lo que había dentro. Si alguno conocía parte de sus secretos, era el portero, el Cuervo, su hombre de confianza.
Muchos le tenían a este antiguo soldado del ejército de la Fe por cómplice de su amo. ¿Cómplice de qué? No se sabía; pero la idea de que entre los dos habían hecho algún desmán, se imponía al verlos. El Cuervo estaba entregado a su amo en cuerpo y alma.
Soledad, al pasar por el portal, temía la mirada de aquel zapatero siniestro.
Don Tomás solía ir con frecuencia a la librería de Monnier, con Miguel, a leer periódicos realistas franceses, cuyas noticias le interesaban.
Cuando la cuestión del supuesto robo de Castelo, y cuando Miguel no quiso dejarse registrar y fué llevado a la cárcel, don Tomás, a pesar de su impasibilidad, quedó sorprendido. La energía de su dependiente le admiró, y comprendió que era un hombre de fibra. Miguel llevaba en el bolsillo las cartas de Soledad y su Diario.
Rocaforte, al ingresar en la Cárcel, pensó que el peligro en que se encontraba Soledad estaba conjurado; y se prometió no decir nada, aunque tuviera que permanecer allí largo tiempo.
Don Tomás examinó la conducta de su dependiente y llegó a ver en claro la causa por la cual no había querido dejarse registrar.
Le faltaba la prueba, y supuso que, tarde o temprano, la encontraría.
En el tiempo en que Miguel estuvo preso, Soledad sufrió grandemente; su madre murió, y ella fué poniéndose cada vez más pálida y más triste.
Don Tomás decidió enviarla a Sigüenza, a casa de unos parientes.
V
ANÓNIMOS
Los malvados son como las moscas, que recorren el cuerpo del hombre y no se detienen mas que sobre sus llagas.
LA BRUYERE: _Los caracteres_.
EN el tiempo en que Miguel estuvo preso en la Cárcel de Corte se recibieron varios anónimos en casa de don Tomás. Uno de ellos era de Juanita, la mujer de Gómez; los otros, de León Zapata, el paisano de Miguel. La Juanita tenía gran odio por Soledad.
Zapata quería mortificar a don Tomás y de paso estorbar el éxito de Miguel. Don Plácido le sirvió de apuntador y le dió datos de la gente de la casa.
El anónimo de Juanita, que iba dirigido a don Tomás, decía así:
«Con gran sentimiento de mi parte, tengo que participarle a usted que su mujer le engaña con Miguel Rocaforte, el que está ahora en la cárcel. Pregunte usted en la calle de Peregrinos, 4, donde Soledad y Miguel se han visto, y le darán noticias.
UN AMIGO.»
Los anónimos de Zapata se sucedieron durante largo tiempo y tenían otro carácter. Fueron varios.
El primero decía así:
«En esa santa casa antigua de Capellanes hay una mujer que adorna la frente de su marido. Es Juanita, la señora de Gómez. El señor Gómez no puede ya con su cabeza. Cada año un asta más.
¡Buena está la casa de la calle de la Misericordia, 2!
EL DUENDE.»
Al día siguiente llegó otro anónimo:
«El joven Miguel Rocaforte se jacta en todas partes de haberle puesto los cuernos a su principal. Estaba escrito: Manso has sido, manso eres y manso serás.
¡Buena está la casa de la calle de la Misericordia, 2!
EL DUENDE.»
Al cabo de poco tiempo vino otro papel:
«En esa santa casa, hoy de la Sal, hay un Cuervo que debía graznar, ya hace tiempo, en el patio de un presidio. Ese Cuervo, mal zapatero, es un bandido, miserable y estafador, que engaña a todo el mundo, empezando por su amo. ¡Buena está la casa de la calle de la Misericordia, 2!
EL DUENDE.»
A los pocos días se recibió otro anónimo:
«En esa cristiana casa hay una Pepita que tiene dos cortejos a la vez: uno para los días de fiesta, y otro para los días de labor. Ahora la visita el cerdo del padre Cecilio. ¿Qué hace mientrastanto Burguillos? Burguillos calla y otorga. ¡Buena está la casa de la calle de la Misericordia, 2!
EL DUENDE.»
Por último, se recibió esta letanía, que decía así:
«_Letanía para recitar en la casa de la Sal._