El Sabor de la Venganza

Part 7

Chapter 74,071 wordsPublic domain

SHAKESPEARE: _El Rey Lear_.

A la señora que me contó el final de la Dávalos le pregunté:

--¿Y no fué a verla alguna vez el brigadier Castelo?

--No; ya hacía tiempo que se habían separado.

Un año después volvía de casa de Istúriz, una tarde de invierno, por la calle del Arenal, al anochecer, cuando me encontré con el Mosca, el revendedor.

Se me acercó, sin conocerme, a ofrecerme una localidad para el Real, y al fijarse en mí quedó inmutado.

--¿Le ha sorprendido a usted el verme?--le dije.

--Sí.

--¿Qué, pensaba usted que los que usted enviaba al Saladero ya no salían de allí?

--No; ya sabía que había usted salido de allí hace tiempo.

--¿Todavía sigue usted actuando de revolucionario?--le pregunté con sorna.

El se calló.

--Diga usted, ¿por qué tenía usted tanto interés en prenderme en la Plaza Mayor? ¿Era, de verdad, el odio del carlista al que había trabajado, como yo, en el Convenio de Vergara?

--Yo no soy carlista. Si estuve en la facción fué por compromiso.

--Entonces, ¿por qué tanto ahinco en prenderme?

--Nos había recomendado la prisión de usted el brigadier Castelo.

--¿Y por qué?

--¿No se incomodará usted si le digo la verdad?

--No.

--Decía que usted era un enemigo del pueblo, un confidente de la policía.

--¡Canalla! Quería desprenderse de los que sabíamos que era un ladrón. El fué el que instigó al populacho para que mataran a Chico, no porque Chico hubiese cometido atropellos, sino porque era testigo de uno de sus robos. ¿Y qué ha hecho ese tunante de Castelo?

--Acaba de suicidarse en una guardilla de Barrios Bajos.

--¿Qué me dice usted?

--Lo que oye. Desde la muerte de Chico le vino la mala suerte. Le expulsaron del Ejército, y el partido progresista le abandonó; ya no le servía de instrumento. Castelo comenzó a andar por las tabernas y a servir de hazmerreír a la gente. Decía que él había hecho la Revolución y que había acabado con Chico. Luego creo que alguno de los hombres de la ronda de Chico le amenazó y le asustó.

Poco después a Castelo se le metió en la cabeza que Chico vivía aún, que le perseguía y le acechaba en las esquinas. Cuando tenía esta alucinación echaba a correr hasta que se caía de cansancio.

Una noche, sin duda, la alucinación fué tan espantosa que se ahorcó con un trozo de cuerda en el montante de una puerta. Su asistente y yo hemos sido los únicos que hemos acompañado su cadáver a la fosa común.

--¡Qué final!--exclamé yo; y seguí andando en dirección de mi casa.

IX

ALIMAÑAS

Quien mal anda, mal acaba.

PROVERBIO.

HABÍAMOS quedado todos los oyentes de la cocina esperando que Aviraneta dijera algo más; pero se calló pensativo.

--Quien mal anda, mal acaba--exclamó el tío Chaparro, y luego, dirigiéndose a sus hijos y a los cabreros que estaban alrededor de la lumbre, añadió--: Bueno, muchachos, vamos a dormir, y demos gracias a Dios por vivir honradamente en nuestra pobreza y no en compañía de locos y de alimañas.

Don Eugenio sonrió, mirando el fuego.

Por la ventana se veía caer la nieve copiosamente, y el campo brillaba triste y espectral a la luz de la luna. Aullaban los perros a lo lejos, con un ladrido triste y agorero, con una rabia persistente e irritada, como si previeran algún peligro próximo.

Nos levantamos de al lado de la lumbre, y Aviraneta y yo subimos las escaleras hasta el primer piso precedidos por una criada, que nos iluminaba con un farol.

Entré yo en mi cuarto, encendí la palmatoria, que dejé en la mesilla de noche, me metí en la cama y seguí leyendo la Biblia. Estaba en el _Eclesiastés_, y me detuve a reflexionar sobre este versículo: «El que hiciere el hoyo caerá en él, y el que aportillare el vallado le morderá la serpiente».

París, noviembre, 1920.

LA CASA DE LA CALLE DE LA MISERICORDIA

... y tanta variedad de sabandijas racionales en esta arca del mundo.

VÉLEZ DE GUEVARA: _El Diablo Cojuelo_.

OTRO día en que no estaba el tío Chaparro, a quien la relación anterior había impresionado de una manera profunda y desagradable, Aviraneta contó la historia del joven Miguel Rocaforte, su compañero de cárcel.

Una vez, los dos granujas de la Gallinería, el Gacetilla y el Mambrú, que Candelas había recomendado a don Eugenio, y a quienes éste utilizaba como criados y como instrumentos de espionaje contra el alcaide, entraron en el cuarto de Miguel y le robaron un cuaderno en que el joven escribía el Diario de su vida, y se lo dieron a Aviraneta. Don Eugenio lo leyó rápidamente y, después de enterarse de lo que le interesaba, mandó a los raterillos que volvieran a dejar el cuaderno en el cuarto del preso. Miguel no notó el escamoteo.

Esta historia que me contó don Eugenio está hecha sobre los datos autobiográficos que escribió Miguel, y sobre indicios, no del todo claros ni completamente seguros, que he variado un tanto para dar a la relación cierta unidad.

I

LA CASA DE LOS CAPELLANES DE LAS DESCALZAS

Confesaré a usted que el edificio que ocupo en un barrio lejano es de los más antiguos de Madrid, y que su aspecto sombrío, sus balcones de gran vuelo, la enorme ala del tejado y toda su exterioridad están anunciando a los transeúntes su fecha de tres siglos.

MESONERO ROMANOS: _Escenas Matritenses_.

HAY casas que por su aspecto dan una impresión siniestra e inclinan a pensar que son propicias para crímenes, intrigas y misterios. Son casas sombrías, obscuras, colocadas en callejones angostos, llenas de pasillos y de encrucijadas, de cuartos irregulares y de guardillones abandonados. Son casas para servir de base a folletines, a melodramas y a comedias de capa y espada.

La casa de los Capellanes de las Descalzas Reales de Madrid, Misericordia, 2, aunque por dentro era folletinesca, melodramática y de capa y espada, por fuera era una casona grande, ancha y de buen aspecto. Estaba contigua a la iglesia y hacía esquina a dos calles: a la de la Misericordia, calle muy corta, puesto que no tenía mas que un número por un lado, y ninguno por el otro, y a la de Capellanes, que bajaba desde la calle de Preciados a la plaza de Celenque.

El barrio de las Descalzas era entonces, y es todavía, un islote tranquilo y desierto, en medio de la animación de unas vías tan frecuentadas como la del Arenal y la de Preciados.

En aquel tiempo, en la plaza de las Descalzas, enfrente del Monte de Piedad primitivo, había una fuente con una estatua de Venus, la antigua Mariblanca, trasladada a allá desde la Puerta del Sol, donde estuvo muchos años.

El convento de las Descalzas Reales había sido el palacio del Emperador Carlos V en el Campo de San Martín y abarcaba una gran extensión de terreno.

El Monte de Piedad primitivo era un accesorio del palacio, luego convertido en convento; antiguamente comunicaban los dos edificios por medio de un arco que pasaba por encima de la calle de la Misericordia.

El Monte de Piedad tenía una portada de gusto plateresco, semejante a la de las Descalzas, severa, de buen gusto, y a un lado, otra construída en pleno siglo XVIII, de lo más exagerada y barroca en el estilo churrigueresco.

La plaza de las Descalzas era entonces más bonita que ahora, pues no tenía los edificios de ladrillo blancos y rojos del Monte de Piedad que recuerdan los trajes de baño. Estaba también más animada. En la fuente de la Mariblanca había siempre aguadores tomando agua o sentados en sus cubas, y en el resto de la plaza se estacionaban un sinnúmero de carros, y los carreteros formaban sus corrillos al aire libre.

No se veía mucha gente por esta plazuela irregular y triste; sólo algunos desventurados, que marchaban a empeñar algo y que buscaban para su comisión las horas del anochecer, y los domingos y los días de fiesta, los vecinos del barrio, que iban a misa.

La casa de los Capellanes, antigua propiedad de las monjas, era una casa vieja; pero no tenía aire decrépito; su vejez era una vejez fuerte y sana; estaba pintada de ocre, con grandes desconchaduras, y tenía un piso bajo con rejas; el principal, con cinco balcones anchos espaciosos, y el segundo, con balconcillos; sobre el tejado, saliente, se destacaban guardillas con sus ventanas de cristales verdosos y chimeneas antiguas de ladrillo, medio derruídas, y otras modernas, de hierro, que echaban tenues columnas de humo en el aire, siempre claro, de Madrid.

Por las rejas de la calle de la Misericordia y de la de Capellanes se veían sacos y bolas de sal, menos en una de una encuadernación, donde se divisaban montones de papel y una prensa de madera; en el piso primero, a través de los cristales, aparecían unas cortinas rojas desteñidas, y en el segundo, visillos amarillentos.

Hacia 1823, esta casa fué vendida por el Estado, y en 1835 era dueño de ella don Tomás Manso, que vivía en el primer piso y tenía el bajo dedicado a almacenes de sal.

Desde entonces, entre la gente, el nombre de la casa de los Capellanes se iba sustituyendo por el de Casa de la Sal.

Le habían quedado a este edificio varias servidumbres, de cuando era anejo a la iglesia, y por su escalera pasaban el capellán y el sacristán de las Descalzas para sus habitaciones respectivas, y dos frailes franciscanos, confesores de las monjas clarisas del convento inmediato. Esta casa tenía una puerta grande de dos hojas, con clavos pequeños, y un postigo en una de ellas. El zaguán, empedrado con losas, era espacioso, y del centro del techo colgaba un farol; a un lado, próximo a la calle, había un puesto de zapatero remendón, y en el fondo, una covacha de madera pintada de amarillo. A mano izquierda de la covacha comenzaba una escalera vieja y apolillada, y a mano derecha había una mampara de cristales con una puerta, por la que se pasaba a un patio con arcos. Este patio tenía en una esquina una puerta que daba a los almacenes, y en la otra, un pasillo obscuro que conducía a otro patio pequeño, con un arbolito enclenque. El patio grande estaba enlosado, y tenía en una de sus paredes una parra, que regaba con un bote el encuadernador, que vivía en uno de los cuartuchos interiores del piso bajo. Esta parra daba al patio cierto aire aldeano. Toda la planta baja estaba formada por sótanos, crujías y almacenes negros y abandonados, con las paredes salitrosas. Uno de estos almacenes, en el que no entraba nadie, tenía una fuentecilla rota que representaba una cabeza de Medusa. La Gorgona, de piedra, estaba borrosa, a fuerza de golpes.

En los cuartos interiores, a los que se llegaba por una escalera obscura, vivían gentes raras: un medio mendigo, que andaba por las iglesias; una señora y su hija, venidas a menos, que cosían para fuera, y una vieja pequeña, arrugada y negra, que cuidaba de las sillas de las Descalzas.

II

FAUNA Y FLORA DE LA CASA

Yo soy misántropo y odio el género humano. En lo que te concierne, siento que no seas un perro; quizá podría amarte algún poco.

SHAKESPEARE: _Timón de Atena_.

EL que entraba en el viejo caserón de los Capellanes y subía desde el portal a las guardillas, he aquí lo que iba viendo:

El primer encuentro, naturalmente, era el del portero y zapatero remendón Francisco Cuervo, un antiguo soldado del ejército de la Fe, del año 23, donde se había reunido la flor y nata de los bandidos y criminales de todas las Españas.

Francisco Cuervo, alias Paco, don Paco, Paquito, don Paquito, Cuervo, el Cuervo y el Chepa, porque tenía la espalda de jorobado, era hombre de unos cuarenta y cinco años, de aire frío y siniestro.

El Cuervo manifestaba cierta mala sangre y cierto ingenio. Era un misántropo. Tenía réplicas incisivas y ocurrentes. Una vez uno de los carreteros que llevaban la sal a la casa le contaba con un gran lujo de detalles sus infortunios conyugales. El Cuervo, después de oírle burlonamente, le dijo:

--¿Sabe usted lo que le digo?

--¿Qué?

--Que vale más que eso le haya pasado a usted que no a otro.

--¿Por qué?

--Porque otro no hubiera tenido su paciencia.

Y el Cuervo dió una puntada al zapato que estaba componiendo. Al Cuervo le gustaba mortificar a la gente. Cuando fué cabo de voluntarios realistas se distinguió por su maldad más que por su valor. A su mujer, de aspecto débil y enfermizo, la dominaba y martirizaba con saña.

El Cuervo tenía un perro tan malo como él. Era un perrillo viejo, sarnoso, que mordía a los chicos y gruñía a todo el mundo. El zapatero le había puesto por nombre _Rodil_, para expresar su desprecio por el general que había perseguido a don Carlos.

El remendón azuzaba a _Rodil_, que perseguía a los gatos. El perro era menos cruel que el amo: cuando cogía una rata la mataba; en cambio, el Cuervo, cuando cogía una rata la rociaba con petróleo y la pegaba fuego, riendo a carcajadas. El zapatero no faltaba a ninguna corrida de toros ni a ninguna ejecución.

El Chepa tenía una gran admiración y un gran respeto por el amo de la casa, don Tomás Manso, que había sido su jefe entre los voluntarios realistas.

El Cuervo se manifestaba como hombre de gran inteligencia y de astucia, sobre todo para lo que fuera intriga y maldad. Debía tener algún temor que le inquietaba, porque siempre andaba mirando, desde el portal, a derecha y a izquierda de la calle, y no salía nunca solo. Si salía solo, esperaba al anochecer y marchaba embozado en la capa.

En el entresuelo de la casa vivía un dependiente antiguo apellidado Gómez. Narciso Gómez era un hombre insignificante, gordito, tirando a rubio, casado con una mujer muy chismosa y muy coqueta que se llamaba Juana. Juanita era una mujer pálida, blanca, con los ojos claros y un aire de avispa.

Juanita tocaba la guitarra y cantaba. Solía tener grandes éxitos con la canción del _Triste Chactas_, que acababa con el estribillo de «Sin mi Atala no puedo vivir».

Juanita solía visitar una casa de huéspedes que había en la vecindad, y estaba enredada con uno que vivía allí de pupilo, un tal Luis, empleado en un Banco. Este Luis era un hombre guapo, de unos treinta años, muy satisfecho de su barba, de sus manos y de sus uñas. Fuera de sus cuentas, de los cuidados de su barba, de sus manos y de sus uñas, era un pobre imbécil.

Juanita le engañaba a Gómez, a su marido, con don Luis; pero si hubiera estado casada con éste, le hubiese engañado con Gómez.

Se decía por las malas lenguas de la calle de la Misericordia, 2, que Juanita había tenido algo que ver con don Tomás, el amo de la casa.

--Es falso--decían los que negaban este rumor--. Ella es capaz de eso y de mucho más; pero él, no.

Juanita unía a su descoco una mala intención señalada y mordía cuanto podía y como podía en la fama de las mujeres de la vecindad.

En el primer piso de la casa vivía el dueño, don Tomás. Este hombre tenía ya cerca de sesenta años y estaba casado con una mujer joven y bonita. Don Tomás era hombre alto, delgado, pálido, afeitado cuidadosamente, con el pelo cano, siempre vestido de negro.

Su perfil era de medalla antigua; tenía una cara de esas que parecen de plata, una cara reconcentrada y grave. Don Tomás era gran trabajador, gran madrugador, muy ordenado y meticuloso. Prestaba dinero a rédito de una manera un tanto usuraria; pero era capaz de hacer un favor y de dar dinero sin interés. Había favorecido en repetidas ocasiones a la familia suya del pueblo; pero estaba convencido de que había hecho mal, porque no había obtenido más que olvidadizos y desagradecidos.

Don Tomás creía firmemente en la maldad humana. De ahí que fuera un absolutista fiero. Para él el hombre debía estar siempre sujeto y atado como un perro de presa para que no mordiese.

Solía vérsele a don Tomás, de día, recorriendo el almacén, y por las noches, armado de una linterna, en compañía del Cuervo, registrando la casa. La habitación donde vivía don Tomás representaba muy bien el carácter de su dueño. Era una casa lóbrega, obscura, en que constantemente estaban cerrados los cuartos; tenía una sala de respeto de color rojo, con una sillería de damasco, con todas las sillas pegadas a las paredes, y en el techo, una araña de cristal. El comedor era triste, recibía la luz por la cocina, y las alcobas, sin luz y sin ventilación, estaban llenas de armarios, de cómodas y de baúles, de estampas de santos y de algún Niño Jesús metido en un fanal, con falditas y una bola de plata en la mano.

De unas habitaciones a otras se pasaba subiendo o bajando varios escalones.

El despacho de don Tomás era un cuarto grande con una ventana al patio de vidrios pequeños y emplomados y un papel amarillo desteñido. Tenía un armario alacena hecho en el hueco de la gruesa pared, con unas cortinillas verdes sobre los cristales, un buró de caoba, sillas también de caoba y una caja de caudales de hierro. Sobre la mesa, y en la pared, había un crucifijo de marfil y una estampa con la imagen del infante don Carlos.

El suelo del despacho era de baldosas rojas y solía estar cubierto por una estera amarilla en invierno. En un ángulo, sobre un estante, había varios libros de comercio, de pasta verde, con las cantoneras de cobre. En este despacho, triste y frío, don Tomás trabajaba invierno y verano, vestido siempre de negro y con un gorro también negro. Don Tomás no tenía nunca fuego en la casa.

Don Tomás guardaba el dinero en unos capachos pequeños, donde ponía los duros, las pesetas y los cuartos, y tenía una gran cartera para los billetes de Banco.

Desde la puerta mampara del corredor se le veía escribiendo con una pluma de ave, con una letra española de finos gavilanes, dedicándose a estas fórmulas tan queridas por los españoles: «Mi querido amigo y dueño: Su majestad el Rey, que Dios guarde, etc., etc.»

Don Tomás no salía casi nunca de día. Al anochecer se vestía con cierta elegancia, se ponía camisa y cuello limpio, la capa, el sombrero de copa alta, el bastón, y se marchaba a la calle, siempre muy serio y grave.

Al volver a casa encendía una vela y volvía a su despacho, donde solía estar escribiendo.

Don Tomás trataba de convencer a todos que el mundo había degenerado de tal manera que nada era digno de interés.

En el piso segundo, en la parte que daba a la calle, tenía una casa de huéspedes una señora gruesa, doña Leonarda, casada con un francés. Era una casa de huéspedes de gente acomodada, en donde se comía bien. El pupilo más antiguo era un tal don Jacinto, un viejo currutaco, agente de negocios, que iba a todos los teatros y fiestas y visitaba a don Tomás. En esta casa vivía también don Luis, el amante de la Juanita.

Un poco más arriba que la casa de doña Leonarda, la escalera se bifurcaba y había un arco que daba a la habitación de los frailes. Después, más arriba, volvía a bifurcarse la escalera, y por otro arco se pasaba al cuarto del capellán de las Descalzas. Estos dos arcos constituían la servidumbre de la casa.

Unas escaleras más arriba había un cuarto grande y largo, con tres ventanas, que abarcaba una de las paredes del patio.

Este sotabanco se hallaba hecho primitivamente sobre el tejado y estaba sin baldosas y sin cielo raso. Había allí relojes parados, cajas cerradas, sacos y, en un estante, una porción de instrumentos de platero.

El padre de don Tomás había tenido este oficio, y el mismo don Tomás lo había practicado en su juventud.

Por la parte de atrás el sotabanco tenía una puerta pequeña, con un montante que daba a una escalera estrecha.

Por esta escalera se llegaba a una azotea abandonada, con unos palos podridos y unos trozos de cuerdas de esparto.

Más arriba, y al otro lado del sotabanco, estaban las guardillas, en donde dos dependientes de don Tomás, Burguillos y el Morenito, tenían sus viviendas.

Burguillos, ex sargento realista, había establecido sobre el tejado una azotea de tablas, con un barandado de madera, y puesto luego unas cajas con plantas en su terraza, que cuidaba y consideraba como los jardines colgantes de Nínive.

Vigilante de esta terraza era el gato Manolo, que cazaba golondrinas y vencejos, y era tan listo como su amo.

Desde la azotea de Burguillos, hecha de contrabando, pues las monjas de la vecindad, de saber que había allí un observatorio, no lo hubieran permitido, se abarcaba el jardín de las Clarisas, que tenía un estanque, y se veía pasear a las profesas y trabajar al jardinero.

Burguillos era manchego, hombre de cara dura y juanetuda, bigote entre cano, orejas como aventadores, frente pequeña y estrecha y color cetrino. Burguillos, flor de pedantería castellana, hablaba siempre _ex cathedra_, con esa perfección que a algunos encanta y que, en general, no consiste mas que en el uso de lugares comunes. La frase, el refrán, el como dice el otro, estaban siempre en sus labios. Burguillos se creía la ciencia infusa, sabía hacer de todo; pero de todo mal, por lo que sus enemigos le motejaban de chapucero. Hablaba por sentencias y era extraordinariamente dogmático. Este manchego tenía una hija muy guapa, la Pepa, una mujer con ideas de manola, tan redicha como su padre, de quien, al parecer, había heredado su manera de hablar recortada y sabihonda. La Pepa era costurera y aficionada a toda clase de desplantes.

La Pepa, moza vistosa, morena, tenía unos ojos negros, grandes, brillantes, de estos ojos que parecen reflejar mejor el mundo exterior que la vida del espíritu.

Burguillos albergaba un huésped, un empleado del Monte de Piedad, don Plácido del Moral. Don Plácido, hombre de unos cincuenta años, seco, espartoso, vivía muy humildemente.

Don Plácido era soltero, económico y avaro. Decía a todo el mundo alguna frase amable; cerraba su guardillita, como decía él, y no permitía que nadie entrara en ella.

Era hombre bastante ilustrado, de buena memoria, que sabía latín. Le hacía copias de documentos al capellán mayor de las Descalzas. Compraba la ropa y los sombreros en el Rastro, y leía las Odas de Horacio, en latín, en un viejo ejemplar grasiento.

Don Plácido había sido un gran aventurero: había estado en América y tomado parte en la guerra de la Independencia y en las luchas de los años constitucionales. Su falta de imaginación extraña le hacía contar con tan poco encanto lo visto por él que, al oírle, su vida de militar no parecía mas que una serie de fechas de salida de un pueblo y entrada en otro. La guerra para él era una cosa burocrática y aburrida.

El otro empleado de la casa, el Morenito, era un hombre muy callado; tenía la cara amarilla, los ojos pequeños, brillantes, como granos de café tostado, el bigote negro y el traje negro. Daba la impresión de una urraca.

De los frailes franciscanos que vivían en la casa y eran confesores de las monjas, el más constante era el padre Cecilio, un fraile grueso, abultado, poco inteligente y, por eso quizá, predicador favorito de las monjas.

Le solía acompañar un lego, el hermano Félix, un hombre grueso, grasiento, como derrengado, con una manera de andar de pato, unos ademanes afeminados y una voz atiplada. El hermano Félix había estado largo tiempo rasurado; pero después de la matanza de frailes se dejaba la barba, negra y cerrada. Este hermano Félix era un tipo repulsivo e inquietante.

El capellán mayor, don Bernardo, tenía una cara de aldeano castellano, dura y ceñuda; pero era buen hombre. No trataba apenas con nadie, no miraba de frente y estaba dedicado a estudios históricos.

Cuando alguno lo visitaba le veía escribiendo en una mesa pequeña, rodeado de manuscritos y de libros viejos, en un pequeño despacho con estantes llenos de tomos en pergamino. Por entonces estaba componiendo la historia de algunas comunidades religiosas.