El Sabor de la Venganza

Part 6

Chapter 64,104 wordsPublic domain

--¿Quiere usted subir al billar?--me dijo el mozo que me había servido--; desde allí puede usted ver muy bien lo que pasa.

Subí por una escalera de caracol a la sala de billar y me asomé a un balconcillo del piso entresuelo. Venía de la calle Ancha una masa de gente harapienta, zarrapastrosa, formada principalmente por mujeres y chicos, que vociferaban y daban alternativamente vivas y mueras. Algunos hombres armados con fusiles, pistolas y garrotes se veían entre la multitud.

Después vimos un tipo mal encarado, con bigote y patillas, vestido con andrajos, con una faja encarnada en la cintura y un sombrero catite en la cabeza, que llevaba, como un estandarte, un retrato grande en un palo.

--¿Quién es?--nos preguntamos todos--. ¿De quién es esa imagen?

Nadie lo sabía.

Luego, como un paso de Semana Santa, sentado en un colchón y sostenido en unas parihuelas apareció en la plaza de Santo Domingo un hombre flaco, amarillo, ictérico, como una momia, ya viejo, con patillas grises.

Iba medio desnudo, cubierto con una camisa blanca y un pañuelo en el cuello, un gorro de color en la cabeza y en la mano un abanico, con el que se abanicaba tranquilamente. Su expresión era fosca, amarga y casi burlona.

A no ser por los dicterios que le dirigían las turbas, se le hubiera podido tomar, por su actitud tranquila y displicente, por un reyezuelo de una tribu que se paseaba en andas entre sus vasallos.

--¿Quién es este hombre?--preguntamos varios.

Los gritos, ya distintos, que se oyeron a poco, de «¡Muera Chico! ¡A la horca! ¡A la horca!», nos hicieron comprender que el hombre que llevaban en las parihuelas, como un paso de Semana Santa, era el célebre jefe de policía de Madrid. Al lado suyo iba una mujer, que dijeron era la de Chico, y detrás, el portero de su casa, a quien llevaban a empujones.

Este era un ex policía apellidado Dendal y apodado el Cano, a quien se había dirigido la gente para prender a Chico, y que había intentado salvar al jefe.

Se le consideraba como uno de los sabuesos y de los confidentes de Chico.

--¡Muera Chico! ¡A la horca! ¡A la horca!--volvió a vociferar la multitud.

--¿Adónde lo llevan?--preguntó un mozo del café a uno de la calle.

--A la plaza de la Cebada, a quitarle la vida.

--Lo tiene muy merecido.

El amo del café hizo un gesto de molestia; pero no dijo nada.

El pueblo, con ese sentimiento simplista de las multitudes, creía, sin duda, que bastaba con quitar de en medio a Chico para que todos los atropellos desaparecieran.

Días antes habían matado las turbas a otro policía apodado el Pocito.

Yo estaba inquieto; pero haciéndome el hombre tranquilo e indiferente, me senté en una silla en el balcón, encendí un cigarro y me puse a fumar.

La comitiva esperó unos minutos en la plaza de Santo Domingo, sin saber qué dirección tomar, hasta que debió venir la orden de seguir por la Costanilla de los Ángeles.

Noté, con sorpresa, que los que capitaneaban a los amotinados eran casi todos los que se encontraban el día anterior en compañía de Castelo. Estaban Pucheta, el Mosca y el periodista, pequeño y pálido, picado de viruelas y con anteojos. De su grupo partían más rabiosos los gritos de «¡Muera Chico!»

Pero no sólo estaban ellos. Castelo y la Paca Dávalos se hallaban agazapados en la esquina de la calle de Tudescos contemplando el paso de la multitud. Yo los veía de cerca. Se habían disfrazado; él llevaba pantalón corto y calañés; ella, un mantón obscuro.

¡Qué expresión de ansiedad, de odio, de triunfo había en sus miradas! ¡Qué momento de pasión estaban viviendo ambos!

Veían correr en su imaginación la sangre del hombre que les había ofendido e inundar el suelo y el aire y convertirse en una aurora boreal. Quizá creían también que esta venganza les había de bastar para ser felices.

Durante un momento creí que Chico veía a sus enemigos desde lo alto de las andas; pero si los vió apartó de ellos la vista con indiferencia y siguió abanicándose con su aire frío y desdeñoso.

Daba Chico la impresión de un hombre que había llegado a un tal desprecio por la vida, que la muerte se le presentaba como un accidente de poca importancia.

--¡Canalla! ¡Granuja!--decía la gente.

--Mira cómo mira--añadía una comadre.

--Tiene cara de pocos amigos.

--Cara de Judas.

--Dios nos libre de un hombre así.

--¡Muera Chico! ¡A la horca! ¡A la horca!

--Eres un valiente--dije yo en mi imaginación dirigiéndome a él--; podrás tener tú la culpa, y el pueblo la razón; pero mi simpatía va hacia el hombre templado que marcha al suplicio con la sonrisa en los labios más que a la turba aulladora y cobarde.

Pasó la procesión y la multitud se derramó por la Costanilla de los Ángeles y por la Cuesta de Santo Domingo. Castelo y la Paca Dávalos, agarrándose del brazo, se alejaron por la calle de Tudescos. Parecían dos viejos; él, raído y encorvado; ella, torcida, con una manera de andar de paralítica.

Les miraba alejarse y me parecían los supervivientes de un naufragio; más aún: me parecían los restos del barco que las olas echan sobre la playa.

Casi encontraba mejor acabar la vida como Chico, llevado en unas parihuelas sobre el odio popular, que perderse así, encorvados y renqueando, por la sombra de una callejuela.

V

ACOSADO

Se sufre más cuando se sufre solo y se deja tras de sí los dichosos.

SHAKESPEARE: _El Rey Lear_.

CUANDO se despejó la plaza, bajé del billar al café y salí a la calle. Los alrededores habían quedado desiertos. La comitiva de Chico barrió los lugares adyacentes, llevando a todo el mundo tras ella.

Se me ocurrió entrar en casa de Istúriz, que vivía allí cerca, en la Cuesta de Santo Domingo. Tardaron mucho en abrirme la puerta. El hombre estaba trastornado, temiendo que le asaltasen la casa. Había presenciado en los días anteriores la lucha de los sublevados y la tropa, en la misma calle, y aquel día, el paso de Chico entre la multitud.

Le expliqué la situación en que me encontraba, sin poder volver a casa, y a esta circunstancia le di un carácter cómico.

--¿Y qué va usted a hacer?--me preguntó Istúriz.

--Estoy dispuesto a sufrir la muerte con paciencia. Ya he vivido bastante.

--Pero esto es un error. Esos hombres no tienen memoria.

--¡Qué quiere usted! Todos los pueblos son desagradecidos.

--Pero, ¿qué aspiran? ¿Qué desean?

--Siempre hay algo más que aspirar y que desear.

--Es la anarquía que se nos echa encima. Nosotros tenemos la culpa, Aviraneta--exclamó--. ¡Oh, si ahora empezara a vivir!

--Yo no me arrepiento de nada--le dije--. Creo que he hecho lo que debía hacer.

--No hay justicia, Aviraneta, no hay justicia--murmuró él.

--Naturalmente. En la política no puede haber justicia. En la política, como en la vida, no hay mas que fuerza y éxito--repliqué yo con dureza--. Se manda y se hace lo que se quiere; no se manda, y ¡buenas noches!

Saludé a Istúriz fríamente. Y me marché a la calle pensando que el hombre no me había ofrecido su casa para que descansara en ella un momento.

Como tenía ya todos mis posibles recursos agotados fuí a la iglesia de San Ginés y me senté en un banco, dispuesto aunque fuera a pasarme allí el día entero.

Estuve al lado de un matrimonio joven con un niño, que hablaban y sonreían y no tenían más preocupación que la de ir por la tarde a casa de una pariente suya. Oí dos o tres misas y me quedé solo.

¡Cuán distinto hubiera sido mi destino si en vez de decidirme a defender con tesón las ideas liberales hubiera ingresado en la juventud entre los moderados o entre los absolutistas!

--Ahora hubiera sido general, ministro o arzobispo de Toledo. Su Excelencia Aviraneta, monseñor Aviraneta, no hubiera estado mal.

Pensaba mil cosas para entretenerme y pasar el rato.

A las primeras horas de la tarde el sacristán se me acercó, mirándome con recelo, y me dijo que iba a cerrar la iglesia. Tenía entonces yo la impresión que debe experimentar el animal acosado y perseguido. Ya no era el hombre joven que puede discurrir con precisión y seguridad y a quien se le ocurren ideas y proyectos rápidamente; tenía ya sesenta años y mi inteligencia funcionaba con más pesadez que en mis tiempos juveniles de conspirador. No encontraba en mí mismo mas que pobres recursos, y muchas veces el miedo me turbaba y me inspiraba soluciones desesperadas, como la de presentarme al Gobierno revolucionario para que hiciera de mí lo que quisiera.

Salí de la iglesia a la plazoleta que hay en la parte de atrás de San Ginés, y estuve vacilando en tomar por la calle de Coloreros, o por la de Bordadores.

--¡Pensar que el ir por una o por otra puede influír en mi destino!--me dije.

Estaba así vacilando cuando recordé que en la calle de Coloreros había una taberna y tienda de comestibles de un asturiano conocido mío.

--Voy a ir a allí.

Al salir por la callejuela me encontré con un estudiante de Medicina que visitaba al médico vecino de mi casa. Este muchacho era ayudante de un doctor afamado. Nos saludamos.

--¿Ha comido usted ya?--le pregunté.

--No.

--¿Quiere usted que comamos aquí en un figón de un asturiano que yo conozco?

--Vamos.

El asturiano me recibió bien y nos llevó al estudiante y a mí a un cuarto muy limpio y bien arreglado. Mientras comíamos le conté al estudiante la situación en que me encontraba; le pregunté dónde vivía él, y me dijo que en una casa de huéspedes de la Carrera de San Francisco que tenía como pupilos algunos seminaristas que, por entonces, estaban de vacaciones.

--Ahora mi patrona no tiene más huéspedes que yo.

--Cree usted que me tomaría a mí?--le pregunté.

--Sí, hombre, ya lo creo.

--Yo necesitaría pasar diez o doce días escondido hasta que la efervescencia revolucionaria vaya decreciendo.

--Pues yo le llevaré a usted a esa casa; pero ahora mismo, no, porque tengo que ir al Hospital General.

--Bueno, entonces yo le esperaré a usted aquí mismo.

Volvió el estudiante a eso de las siete. Me dijo que habían fusilado a Chico y al Cano en la plaza de la Cebada, delante de la Fuentecilla. Chico había muerto con un valor extraordinario. Al parecer, en Madrid no se hablaba de otra cosa. Mucha gente protestaba de que Pucheta ordenara ejecuciones, como pudiera haberlo hecho Calomarde.

--¿Qué quiere usted hacer ahora?--me preguntó el estudiante--. ¿Prefiere usted ir a mi casa por donde hay mucha gente, o quiere usted que salgamos por la Cuesta de la Vega y, dando la vuelta por la ronda, subamos por las Vistillas a la Carrera de San Francisco?

--Me parece mejor ir por dentro del pueblo. Salir y entrar será peligroso.

--Yo creo que es preferible marchar por donde haya mucha gente. En las calles solitarias es donde es más fácil que una ronda le detenga a uno.

--Bueno; pues vamos por la Plaza Mayor.

Salimos de la taberna y entramos en la plaza por la calle del Siete de Julio. Había por todas partes grandes grupos de gente armada que iba y venía por en medio. Entonces no había jardinillos, ni fuentes, como ahora. Temía yo que alguien me conociera, pero pude cruzar la plaza sin obstáculo.

Vacilamos el estudiante y yo en tomar por la calle de Toledo o bajar por la escalerilla de piedra a la calle de Cuchilleros. Debíamos haber tomado por la de Toledo, siguiendo siempre el principio que era mejor marchar entre la gente que por sitios extraviados; pero me pareció que hacia la calle de Cuchilleros no había nadie y comenzamos a bajar por la escalera.

Ibamos por la calle de Cuchilleros cuando tres paisanos nos dieron el alto:

--¡Alto!

--¿Qué pasa?--pregunté yo.

--¿Quiénes son ustedes?

--Yo soy un médico--dije--, y este joven es mi ayudante.

--Bueno, vengan ustedes con nosotros.

Nos hicieron subir de nuevo la escalera de piedra y nos llevaron a la taberna que había en el ángulo de la plaza, que se llamaba el Púlpito.

Convidé yo a aquellos hombres a unas copas y nos hicimos amigos.

Iban a dejarnos libres cuando apareció el revendedor del Teatro Real, el Mosca, a quien el día anterior había visto en compañía de Castelo, y por la mañana en la calle Atocha. El Mosca, además de revendedor, era dueño de una barbería de la calle de las Fuentes. Yo le conocía algo y sabía que había estado en el campo carlista.

--Este es Aviraneta--gritó el Mosca al verme--, un amigo de María Cristina. Hay que llevarle a la Junta.

Se reunieron con el Mosca algunos granujas y desocupados, comparsas de todos los alborotos populares, y nos llevaron al Ayuntamiento.

VI

EN EL SALADERO

Era de ver dormir algunos envainados, sin quitarse nada de lo que traían de día; otros, desnudarse de un golpe todo cuanto traían encima.

QUEVEDO: _El Buscón_.

ENTRAMOS en la casa de la Panadería y nos condujeron, al estudiante y a mí, ante un grupo de personas constituídas en tribunal. Era una junta revolucionaria. Nos interrogaron, e inmediatamente el estudiante fué puesto en libertad. Yo dije mi nombre, y no oculté mis amistades ni mi historia política.

Aquella Junta estaba formada por personas sensatas, y el presidente dijo que no había el menor motivo para mi detención.

--Puede usted retirarse--me indicó el presidente.

--¡Muchas gracias!

El Mosca salió detrás de mí y gritó:

--Hay que detener a este hombre. Es un cristino, un confidente de Sartorius, un consejero de la Piojosa.

--¡Señores!--clamé yo con todas mis fuerzas dirigiéndome al público--. El hombre que quiere detenerme es un carlista, un miserable que ha estado en la facción. Me odia, porque yo soy liberal, liberal de siempre. Yo fuí ayudante del Empecinado; yo hice el Convenio de Vergara, en que se dominó para siempre el carlismo. ¿Me vais a entregar a mí al capricho de un esbirro de la reacción?

Al mismo tiempo, el Mosca gritaba que yo era un traidor, amigo de Sartorius, de Salamanca y de Chico.

El público se dividió; yo iba ganando terreno cuando un desconocido propuso que nos llevaran, al Mosca y a mí, a la Casa de Correos, donde estaba reunida la Junta Suprema Revolucionaria.

En medio de un grupo de desharrapados llegamos a la Puerta del Sol y entramos en el Principal. Pronto vi que se tenía bien distinto procedimiento con el Mosca que conmigo, pues a él se le dejó en libertad en seguida. Llevado delante de la Junta, la ira que me devoraba me hizo pronunciar un discurso violento, en el cual dije que aquella revolución era una farsa, que estaba dirigida por moderados y hasta por carlistas, y que así podía darse el caso de que a un hombre como yo, que había peleado por la libertad con el general Empecinado y había sufrido persecuciones como liberal, se le quisiera encarcelar por la denuncia de un miserable que había peleado en las filas de Don Carlos.

--No sólo es el Mosca el que le denuncia a usted como amigo y cómplice de María Cristina--dijo uno de la Junta--; hay otros que afirman lo mismo.

--¿Quiénes son esos otros?--grité yo--. Que vengan, que muestren su cara.

--¿Niega usted su amistad con María Cristina?

--Niego la complicidad.

--Retírese usted--dijo el presidente.

Me tomaron por su cuenta dos andrajosos, me ataron en el patio en una cuerda de presos y nos llevaron al Saladero, rodeados por bayonetas.

--¡Son de la camarilla de la Piojosa!--decía la gente al vernos por la calle.

--Son los amigos de Sartorius.

--¡Mueran! ¡Mueran!--Y nos insultaban y nos tiraban piedras. Llegamos al Saladero.

Me metieron en un calabozo húmedo y obscuro, y estuve allí encerrado cerca de un mes. La vida para mí, en aquellos días, fué horrible. Dormía en el suelo, comía el rancho de la cárcel, y no podía hablar con nadie, mas que con algunos desdichados como yo que, pasajeramente, me hicieron compañía.

¡Qué miseria! ¡Qué pobreza! ¡Qué gente harapienta! Y, en medio de esta miseria, ¡qué modo de adaptarse y de vivir allí como en su propia casa! Había industriales que seguían dirigiendo su industria desde la cárcel; falsificadores que preparaban sus falsificaciones; un editor de periódico carlista que corregía sus pruebas.

La mayoría de los presos eran ladrones; pero había también conspiradores y revolucionarios. Entre ellos, conocí dos que me dijeron que se habían hecho prender a propósito, para ponerse de acuerdo con un preso que estaba en el Saladero.

Estos eran republicanos, y tenían preparado el complot de matar al general Espartero, a su entrada en Madrid, a tiros, desde una casa de la Carrera de San Jerónimo, que tenía salida por la calle del Pozo, y proclamar la República.

Yo conocía la casa, porque en ella habíamos tenido, en 1822, una venta carbonaria. Encontré el proyecto bien tramado en su primera parte; pero su segunda parte me pareció absurda. Les intenté convencer a los republicanos de que la República que ellos pudieran proclamar no duraría mas que horas. Se persuadieron y abandonaron el proyecto.

Cuando me sacaron de aquel calabozo me pusieron en comunicación, y mi mujer vino a verme; empezó a llorar al encontrarme en tal lastimoso estado. Me hallaba flaco, enfermo, sin poder tenerme en pie, con los ojos inflamados, lleno de parásitos, con la ropa interior sucia y casi podrida.

Empezó el juez a tomarnos declaración a las personas presas durante el período revolucionario, y la mayoría no teníamos la menor culpa ni la menor relación con los hechos que se nos imputaban. Habíamos sido casi todos enviados al Saladero por sospechas, por capricho de los sublevados; algunos eran, indudablemente, víctimas de venganzas particulares.

Le indiqué a mi mujer que fuera a casa de Istúriz y de otros amigos, y que se enterara de la situación en que había quedado la política.

Don Evaristo San Miguel fué nombrado por entonces ministro de la Guerra. Después de su nombramiento había tres núcleos revolucionarios importantes y rivales que trataban de anularse los unos a los otros.

Estos eran: la Junta de Salvación, Armamento y Defensa, con San Miguel de presidente, lazo de unión entre el Palacio y los revolucionarios de Madrid; el Cuartel General de O'Donnell, que obraba por cuenta propia, y la Junta de Espartero, que radicaba en Zaragoza.

En cada grupo de estos había un sinfín de escisiones, y los mismos revolucionarios de Madrid no obedecían siempre a la Junta de Salvación.

Ya enterado de quiénes eran los personajes más influyentes, escribí una carta al general Espartero y otra a don Joaquín Francisco Pacheco, que no me contestaron.

Mandé también un documento a don Evaristo San Miguel exponiéndole los hechos, y una esquela recordándole nuestra antigua amistad y nuestra fraternidad como masones, y San Miguel, inmediatamente que recibió mi esquela, mandó ponerme en libertad.

VII

EL HOSPITAL

Tú, Señora, dame agora la tu gracia toda ora que te sirva todavía.

ARCIPRESTE DE HITA: _Libro de Buen Amor_.

TRAS de la cárcel fuí a San Sebastián con mi mujer; alquilé una casa en el barrio de San Martín y pasé allí cuatro años viviendo obscuramente, ocupado en leer libros y periódicos, escribir mis recuerdos y hacer una colección de insectos de conchas y de caracoles. El Gobierno me había dado el retiro, y mi sueldo era pequeño.

Tenía dos o tres casas en San Sebastián adonde iba de tertulia: la de Goñi, la de Alzate y la de Errazu, que eran parientes míos, y solía pasar largos ratos en la imprenta de Baroja. Aquí se reunían con frecuencia el general don Nazario Eguía, el manco; el intendente Arizaga, que influyó en el Convenio de Vergara; el general Van-Halen, Antonio Flores, el autor de _Ayer, hoy y mañana_, y otros.

Solíamos tener grandes discusiones, y varias veces me dijo el general Eguía:

--Aviraneta: ¡con qué gusto le hubiera fusilado a usted si le llego a coger en tiempo de la guerra!

Yo solía acompañarle al viejo general a tomar el coche de Tolosa hasta la fonda del Parador Real.

Unos años después, sintiendo de nuevo la nostalgia de la vida agitada de la Corte, volví a Madrid y me instalé con Josefina en un piso de la calle del Barco. Josefina tenía algunas amigas y pertenecía a una Junta de Caridad.

Un día, a una señora amiga de mi mujer le oí hablar de Paca Dávalos.

--La he conocido--dije yo--. ¿Qué le pasa?

--Es toda una novela.

La señora contó la historia con detalles.

Desde hacía algún tiempo, la Dávalos estaba enferma en el hospital de San Juan de Dios, en una sala, triste y obscura, que daba a la calle de Atocha, mal iluminada por unas rejas cubiertas de tela metálica.

Daba horror el ver a la pobre mujer: se hallaba cubierta de úlceras y de costras, sin pelo y con los ojos inflamados. Su enfermedad, la embriaguez y los últimos años de miseria habían hecho de aquella belleza espléndida un monstruo. Era algo horrible; pero más horrible que su aspecto, según la señora que la había visto, era su estado moral. Gritaba, cantaba coplas indecentes.

La mujer más tirada, la rabanera más desvergonzada, no hablaba como hablaba ella: tenía el prurito de lo escandaloso y de lo lúbrico.

La castigaron varias veces a pasar días enteros en la guardilla a pan y agua, castigo brutal, no muy propio para enfermas desdichadas; pero el castigo no le hizo mella, y al volver a la sala insultaba al médico y a las monjas, y gritaba indecencias a todo el mundo.

Un día se presentó en el hospital una hermana de la Caridad, sor María de la Consolación. Era una mujer pálida, en el esplendor de la belleza. La hermana se acercó a la cama de la Dávalos, se arrodilló delante de ella y abrazó y besó a la enferma.

Esta se incorporó en la cama, contempló a la monja, dió un grito terrible, desgarrador, y se desmayó.

La monja era la hija de Paca, a la que hacía veinte años que no había visto, y era su vivo retrato; la misma corrección en el rostro, los mismos ojos profundos, humanos, la misma expresión de pureza y de dulzura.

Al recobrar el sentido la enferma creyó que la visita de su hija había sido un sueño; pero no, allá estaba Estrella, ahora sor María, que la acariciaba y la besaba como en otro tiempo.

El contraste era violento: la enferma, un montón de carne sin forma humana, llagada, horrible; su hija, una belleza pálida, serena, con un aire de fuerza y de dulzura.

En los días siguientes Paca Dávalos comenzó a llorar, y cuando venía su hija a verla le besaba la mano y le decía:

--Perdóname, he sido mala madre.

--No, no, no has sido mala madre para mí, y yo siempre te he querido.

Ella escondía la cabeza entre las sábanas y lloraba con la mano de su hija apretada en la suya.

El capellán del hospital le dijo a la Paca que su hija había querido sacrificarse y dejar el mundo para redimir los pecados de la madre.

Fué un nuevo motivo de dolor para la enferma. Llorando suplicó a su hija que no se sacrificara por ella, que volviera al mundo, que fuera feliz; ella no merecía el sacrificio de un ángel; ella tenía muy merecidos el abandono, la deshonra, la enfermedad y la muerte en un hospital hediondo. Estrella la tranquilizaba y la decía que la vida de hermana de la Caridad era la que más le ilusionaba.

La madre lloraba acongojada, y cuanto más lloraba, estaba más triste y más resignada a morir. La Dávalos pidió perdón a todos y quiso que, al menos, una vez su hija le cantase una canción que solía cantar en la infancia. Sor María le preguntó al capellán del hospital si podía satisfacer este deseo de su madre.

--Sí, sí, ¿por qué no?

Estrella cantó, y parece que fué un espectáculo extraordinario en aquella sala triste, maloliente, iluminada por la luz turbia de los cristales verdosos de las ventanas enrejadas, ver a las mujeres enfermas con las entrañas carcomidas y quemadas que se incorporaban anhelantes en la cama y oían llorando la canción que cantaba la monja, que se elevaba sobre las miserias del mundo.

Unas horas después, Paca Dávalos moría dulcemente.

VIII

LA LOCURA

¡Atrás! El negro demonio me persigue.