Part 5
--El proceso se ha de ver pronto--me dijo el general--. Allí se aclarará la cuestión.
Días después, Lersundi fué nombrado ministro de la Guerra, y le sustituyó en el Gobierno Civil don Melchor Ordóñez.
Este dispuso la prisión de Chico, que estuvo nueve meses en el Saladero, hasta que vino el sobreseimiento de la causa por falta de pruebas.
Castelo declaró varias veces en el proceso, y dijo a todos los que quisieron oírle que no pararía hasta verle a Chico colgando de la horca.
A las acusaciones de Castelo contestó Chico con una información detallada de la vida de su enemigo. Lo pintó como un intrigante, como soldado traidor y jugador de ventaja, que explotaba alternativamente los garitos y las mujeres.
La lucha entre los dos fué ruda y sin tregua. Ambos echaron mano de todos los expedientes imaginables.
Chico tenía la opinión adversa y se agitaba en el vacío; los resortes de que podía echar mano estaban gastados; en cambio, Castelo encontraba apoyo en todo el mundo político y periodístico.
--Por entonces--siguió diciendo Aviraneta--, alguna que otra vez solía ver en la calle a Castelo, que ascendió, por sus intrigas y manejos obscuros, a brigadier. Castelo andaba acompañado de un hombre de buen aspecto que me dijeron era un viejo asistente suyo. Castelo y yo nos saludábamos al vernos, y yo le tenía por un hombre que estaba en buenas relaciones conmigo.
SEGUNDA PARTE
CONSECUENCIAS
I
LA REVOLUCIÓN DEL 54
¿Cuál de vuestros sistemas filosóficos es otra cosa que el teorema de un sueño, un puro cociente, confidencialmente obtenido donde el divisor y el dividendo son desconocidos?
CARLYLE: _Sartor Resartus_.
EN tal estado de cosas llegó la revolución de julio de 1854. Yo, la verdad, y confieso que era un error de perspectiva, no creía en ella. Es un achaque de los viejos desconfiar del presente. ¿A quién no le ocurre esto? A mí me pasó como a todo el mundo. Cuando en junio de aquel año mi amigo Leguía, aquí presente, me indicó que iba a estallar un movimiento revolucionario, yo le dije: «¡Bah! No pasará nada».
El movimiento llegó, los generales se sublevaron en Vicálvaro, y los días que la revolución anduvo suelta por las calles, yo me dediqué a curiosear. Presencié el saqueo del palacio de María Cristina y el de la casa de Salamanca a los gritos de «¡Muera Sartorius! ¡Mueran los polacos! ¡Muera la Piojosa!» Yo tenía más miedo en casa que en la calle. Había gente que sabía que yo era amigo de María Cristina y, por tanto, sospechoso para el pueblo, que en aquella época tenía un odio profundo por esta reina, a quien hacía veinte años consideraba como un ídolo.
Yo vivía en la calle de San Pedro Mártir, en el barrio de la Comadre, ya al comenzar los Barrios Bajos.
El día 22 de julio supe, por la lavandera de casa, que los amigos del célebre torero Pucheta, dictador de aquellos andurriales, habían señalado mi casa y mi persona a las iras del pópulo como cristino. Indagué y pude comprobar que, efectivamente, me encontraba en la lista de sospechosos. Los Barrios Bajos formaban entonces una pequeña república autónoma bajo las órdenes del señor Muñoz (alias Pucheta). Así teníamos un Muñoz arriba (el marido de Cristina), y otro Muñoz abajo (Pucheta). La revolución del 54 era un conflicto entre dos Muñoces.
Tuve que tomar mis medidas y pensé en buscar un asilo seguro. Mi mujer se refugió en casa de un médico joven de la vecindad que nos visitaba. Este médico vivía con su madre, y por entonces hacía oposiciones a una cátedra de San Carlos.
Entre mi mujer y yo sacamos de noche de nuestra habitación los papeles, los cuadros regalados por María Cristina y algunos muebles, y los llevamos a la casa del médico; luego cerramos la puerta con llave.
Yo fuí a visitar a algunos amigos y conocidos para ver si me daban albergue por unos días, y obtuve una absoluta negativa.
En los momentos de peligro la mayoría se siente inclinada a pensar sólo en sus intereses y a no preocuparse de los amigos ni de los allegados.
Había por aquellos días un miedo terrible, y los que me conocían a mí creían que yo no era sólo un cristino, sino que debía estar complicado en todas las intrigas de los polacos. Se decía que María Cristina estaba encerrada en un convento.
Al fin tuve que ir a casa de la lavandera que me había avisado que estaba perseguido, y allí encontré un rincón seguro para pasar unos días. La señora Isidra, la lavandera, vivía en una guardilla de la calle de la Espada, y su hijo era un cabecilla revolucionario de los Barrios Bajos: Manolo, el papelista. La señora Isidra tenía muy poco sitio y muchos nietos, y en su casa se estaba con gran incomodidad.
Manolo, el papelista, me contó cómo habían peleado él y sus amigos en la Cuesta de Santo Domingo con los cazadores, y luego en la calle de Jacometrezo. Manolo estaba muy satisfecho por haber tomado parte en estas jornadas.
Me solía traer papeles que se publicaban en la calle y números de _El Murciélago_, de _La Mentira_ y de _El Miliciano_.
Seguía yo la marcha de la revolución por los periódicos y por las conversaciones.
A pesar de que el movimiento parecía completamente liberal, no lo era del todo. Había entre los impulsores de aquellas jornadas revolucionarias progresistas, demócratas, republicanos, militares de la Unión Liberal, moderados y hasta carlistas. Este origen mixto hacía que el movimiento tuviera un carácter turbio y su dirección fuera confusa y mal definida.
Cuando creí que la violencia revolucionaria había ya pasado salí de la guardilla de la lavandera para visitar a algunos amigos que estaban, como yo, considerados como sospechosos, para ver qué es lo que habían hecho y tomar una orientación.
Sabía que se cacheaba y se identificaba a la gente en la calle.
Me acerqué al centro entre la gente huyendo de los barullos: fuí por la Concepción Jerónima, calle de Atocha y plaza de Santa Ana a la calle del Prado, a ver al dueño de una casa de la calle del Lobo, donde había vivido. En la desembocadura de esta calle con la del Prado había una barricada defendida por toreros, casi todos de la cuadrilla de Cúchares.
Intenté entrar por la calle de la Visitación, pero estaba también cortada.
Volví a la plaza de Santa Ana y seguí por la calle del Príncipe.
Iba por la calle de Sevilla a la de Alcalá cuando me encontré detenido en la esquina por una barricada alta formada por carros, muebles, tablones y adoquines. Estaba la barricada vigilada por un grupo de paisanos armados, entre los que abundaban tipos de torero con traje corto y calañés y mozos de café de los cafés próximos.
El volverme de repente hubiera parecido sospechoso; me reuní al grupo de los paisanos, repartí unos cuantos cigarros puros, y a un hombre andrajoso, con un morrión en la cabeza greñuda, que estaba sentado sobre unas piedras con un gran trabuco, le pregunté:
--Oiga usted, compadre, ¿quién manda esta barricada?
--Un brigadier que vive en esa casa--y me señaló una de la calle de Sevilla, esquina a la de Alcalá.
--¿Cómo se llama ese brigadier?
--No sé. ¡Eh, tú, Charpa! ¿Cómo se llama ese brigadier que viene aquí vestido de uniforme?
--No _ze_--dijo el aludido, que tenía aire de picador--; quizá lo _zepa_ Currito o el Lebrijano.
--Ese brigadier se llama don Mauricio Castelo--dijo Currito, que era un chulo con aire de monosabio.
--¡Hombre! ¡Castelo! Lo conozco. Es muy amigo mío. Voy a verle.
II
MAL PASO
¿Por qué ultraje comenzar; por qué ultraje terminar?
EURÍPIDES: _Electra_.
VACILÉ; pero como había dicho delante de aquellos hombres que conocía a Castelo, entré en la casa que me indicaron. Se me ocurrió que quizá Castelo podría protegerme y darme un salvoconducto para salir de Madrid.
Subí la escalera de la casa hasta el piso principal.
--¿Vive aquí don Mauricio Castelo?
--Sí, señor. Por lo menos, aquí está.
Era aquello un círculo de recreo, una casa de juego. Estaba la puerta abierta y entraban y salían hombres que hablaban a gritos y fumaban grandes puros.
Vacilé de nuevo pensando si no sería una imprudencia el seguir adelante; pero me decidí.
Avancé, cruzando una sala con dos mesas de billar y otras de mármol, hasta una sala de lectura con un armario, en el que se veían varios libros.
Castelo estaba rodeado de un grupo de hombres armados con escopetas y trabucos, gente la mayoría desharrapada, con zamarra y calañés, entreverada con algunos elegantes de levita de color, corbatín y pantalones de trabilla.
Varios de aquellos hombres, a pesar del calor sofocante de los días de julio, llevaban capa.
La mayoría eran tipos de matones, de esos que se ven en las escaleras de las chirlatas embozados en la pañosa y con un garrote en la mano.
Estaba yo en la puerta del salón de lectura cuando entró el torero Pucheta con un periodista, pequeño y pálido, picado de viruelas y con anteojos, y un revendedor del Teatro Real a quien llamaban el Mosca.
Los tres se acercaron a Castelo y hablaron con él largo tiempo.
Pucheta empleaba las grandes frases de la época: la democracia, la soberanía nacional; el periodista se mostraba acre y lleno de odio contra todos.
Cuando acabaron su conferencia, toda la gente se marchó con Pucheta.
Castelo quedó solo, y entonces me acerqué a él y le saludé:
--Siéntese usted--me dijo amablemente--. Yo voy a comer. ¿Quiere usted comer conmigo?
--Muchas gracias. He comido ya.
Castelo abrió una mampara del saloncito, llamó a voces, vino su asistente y le dijo:
--Tráeme la comida.
Contemplé a Castelo. Había envejecido muchísimo desde que yo le había conocido. Tenía un aire de intranquilidad y al mismo tiempo de estupor. Estaba encorvado. Vestía pantalones de militar, chaqueta de paisano y gorra de cuartel. Fumaba sin ganas; más bien mascaba un cigarro puro.
Me chocó hallarle tan decaído. Creí adivinar en él un sentimiento de descontento al verse entre Pucheta y su mesnada y le pregunté:
--¿Quién era esta gente? ¿Qué es lo que quiere?
--Estos son los jefes de la revolución al menudeo--contestó con disgusto--. Alguno que otro es un cándido. Los demás son gandules y asesinos que debían estar en presidio.
--Sí, por su aspecto no parecen muy de fiar.
--Todos, o la mayoría de estos revolucionarios de pega, son tahures, jugadores de oficio; los otros, revendedores de alhajas, y algunos, toreros.
--¿Y el periodista?
--Ese es el mayor canalla de todos. ¡Si yo tuviera poder!
--Ese torero que toma aires de director de las turbas es el célebre Pucheta, ¿verdad?
--Sí; es un tiranuelo de los Barrios Bajos.
--Y ¿cómo se ha mezclado usted con esa gente, amigo Castelo?
Yo le hice esta pregunta como si le considerara más en mi campo que en el de los amigos de Pucheta.
--¿Qué quiere usted?--me dijo él revelando su inquietud--; me han comprometido; me han nombrado jefe de esta barricada, lo que consideran un puesto de honor y de peligro. Hoy han venido a invitarme a que presida una gran comida que van a dar en un colmado de esta calle para celebrar el triunfo de la Revolución.
--¿Y usted va a ir?
--Sí; si no parecería sospechoso. La cosa no está sosegada todavía, sino sólo aplazada.
--¿Pues qué se quiere?
--Cada uno quiere una cosa diferente: unos, a Espartero; otros, a O'Donnell; hay quien piensa en la República.
--¡Bah! Todavía falta mucho para eso.
--Todos quieren prender y juzgar a María Cristina.
--¿Y dónde está María Cristina?
--Está en Palacio.
Castelo salió del cuarto, y vino, poco después, con una botella de ron y un vaso; tiró el cigarro al suelo, lo pisó y comenzó a beber el licor como si fuera agua.
Yo le contemplé. Debía de estar completamente alcoholizado; parecía de esos hombres que viven en una irritación constante interrumpida por momentos de depresión.
Entró el viejo asistente con la comida y puso sobre una mesa el mantel y los platos.
--¿Dónde está la señorita? ¿Por qué no viene?--le preguntó Castelo.
--¿Quiere usted que la llame?
--Sí; que venga en seguida, que la estoy esperando.
Yo estaba buscando una fórmula para marcharme cuando entró Paca Dávalos en el saloncito vestida con una bata de color de rosa. De lejos todavía hacía efecto; pero de cerca era una vieja decrépita. Estaba torcida para un lado, iba pintada y empolvada. Tenía los ojos tiernos y los párpados rojos y sin pestañas; en su cara, a través de la capa de polvos de arroz, se veían manchas rojas como erisipelatosas. A cada momento guiñaba los ojos y tenía unos tics nerviosos que le hacían estremecer todo el rostro. Al hablar torcía la boca a un lado.
Era todavía felina; sus ojos soñadores habían perdido su brillo y su encanto, pero le quedaba algo del tigre viejo y derrengado que bosteza dentro de la jaula.
Me levanté para saludarla. Ella no me reconoció. Se sentó; tomó en la mano el vaso lleno de ron que tenía Castelo delante y bebió unos cuantos sorbos.
Le temblaba la mano como a un perlático.
De pronto me miró fijamente y me dijo:
--Yo le conozco a usted.
--Yo también a usted.
--¿De dónde?
--De casa de Celia.
--¡Ah! Es verdad.
Hablamos de la gente que iba a aquella casa; de Ronchi, de Nicolasito Franco, de Fidalgo y de sus hermanas, del padre Mansilla.
La Dávalos se confundía con sus recuerdos; había perdido la memoria. Tenía, de pronto, unas gesticulaciones bruscas. Aquella contracción de la cara de la Dávalos hacia un lado, me chocaba. Daba la impresión de algo grave y, a veces, tenía yo la evidencia de que aquella mujer era una perturbada, una loca.
--¿Usted es todavía amigo de Cristina?--me preguntó tartamudeando.
--Sí.
--Pues lo va usted a pasar mal.
--¡Qué le vamos a hacer!
--¿Y cómo puede usted ser amigo suyo?
--Yo, por agradecimiento. ¡Qué quiere usted! Le debo la vida.
La Dávalos se exaltó al hablar de María Cristina, y empezó a decir de ella porquerías y suciedades, llamándola constantemente zorra, piojosa y la señora de Muñoz. La Paca usaba los juramentos y las blasfemias de los tahures y matones con quien trataba y convivía.
--¿Le hizo a usted alguna mala pasada la Reina?--le pregunté yo.
--¡Si me hizo! Ya lo creo. Fuí su amiga; pero hoy daría mi vida por devolverle el mal que me ha hecho y arrastrarla al fango donde debía estar. La odio, la odio.
--¿Tanto...?
--Quisiera verla en un estercolero, sobre una estera podrida y devorada por los gusanos.
La Paca dejó pronto su aire reconcentrado y vengativo y recitó estos versos, que habían salido del campo carlista:
Clamaban los liberales que Cristina no paría, y ha parido más Muñoces que liberales había.
--¡Muñoces!--exclamó luego la Paca--. Cualquiera sabe de quién son los hijos de esa zorrona..., cochina.
Castelo intervino en la conversación y habló de lo que se decía en la calle: de que la Reina Madre había tomado parte en todas las contratas y en todos los negocios sucios de España y de Ultramar para hacer la fortuna de los Muñoz.
¡Qué moralidad se había despertado en un tahur como Castelo!
--Pero eso es lo de menos--añadió; y contó ciertos asesinatos misteriosos que había ordenado Cristina y hecho ejecutar por Chico y su gente, y de varios envenenamientos realizados por aquella nueva Lucrecia Borgia. Castelo citaba nombres, fechas, circunstancias.
Lo daba todo esto como indiscutible. Yo me eché a temblar. Cuanto más odio hubiese por María Cristina, más peligrosa era mi situación. La verdad es que luego he oído hablar en serio de envenenamientos hechos por gentes de Palacio, entre ellos el de la segunda mujer del infante don Francisco.
--Pero, ¿usted cree que todo eso es verdad?--le pregunté a Castelo.
---¡Si es! Es el Evangelio.
--¡Demonio!
--Sí, sí, es usted cristino--dijo Castelo--; lo va usted a pasar mal. Ahora va de veras; no debía usted salir a la calle, le pueden dar algún disgusto.
--Por eso venía a verle a usted, que tiene influencia--le dije.
--¿Qué quiere usted que yo haga?
--Mi casa está cerca de la plaza del Progreso; y aquello es un ir y venir de gente que se han constituído en amos, hacen lo que les da la gana y han formado una lista de sospechosos.
--¿Dónde vive usted?
--En la calle de San Pedro Mártir.
--¿Hacia dónde está eso?
--Hacia Lavapiés.
--¡Toma, yo le creía a usted rico! De poco le ha servido su amistad con Cristina.
--Tengo mi sueldo de intendente, y de él vivo.
--Bueno, yo le diré a los patriotas de Barrios Bajos, y sobre todo a Pucheta, que no se metan con usted. Ahora, váyase usted, váyase cuanto antes. Aquí no hace usted mas que comprometerme.
Castelo, a medida que iba ingiriendo alcohol, iba saliendo de su abatimiento sombrío y excitándose cada vez más.
Me levanté, tomé mi sombrero y, haciendo de tripas corazón, saludé lo más amablemente que pude a Paca Dávalos y a Castelo. Había dado un paso en falso.
Al salir del cuarto de lectura a la sala de billar, Castelo gritó de pronto:
--¡Oiga usted, oiga usted, señor cristino! Tengo entendido que en la tertulia del general Lersundi se ha hablado mal de mí. ¿Usted debe saber quién fué, porque usted iba a esa tertulia?
--Yo, no; yo no he oído hablar de usted.
--¿Usted no le conoce a Macías?
--A un Macías le conocí en Méjico; pero desde entonces no le he vuelto a ver.
--Y a Luna, al inspector de policía Luna, ¿le conoce usted?
--A ese le conocí porque fué el que me prendió hace veinte años y me llevó a la Cárcel de Corte; pero luego no he tenido noticias de él, ni sé si vive.
--Pues sí vive, y yo lo he de encontrar para ajustar unas cuentas antiguas. ¿Y a Chico, no le conoce usted tampoco?
--No, no le conozco. Cuando él comenzó a intervenir en la política, yo me había retirado.
--¡Si este buen señor debe ser más viejo que Matusalén!--dijo la Dávalos.
--Pues yo me he de vengar--exclamó Castelo--; tengo que averiguar quién le dió malos informes de mí a Lersundi y después a Ordóñez. Algún amigo de Chico ha sido. Bueno; a Chico yo le tengo que ahorcar con estas manos, sí, con estas manos; y a Luna, si lo encuentro, lo moleré a garrotazos.
--Bueno, Mauricio, cálmate--dijo Paca.
--No me quiero calmar: Sí, a Chico se le harán pagar sus crímenes, y será pronto..., muy pronto..., quizá antes de veinticuatro horas.
A esto añadió Castelo gritos y blasfemias, accionando con violencia y dando puñetazos en la mesa.
--Bueno. ¡Adiós!--dije yo.
--¡Adiós!
--Celebraré que no le rompan a usted un hueso--exclamó Paca Dávalos, con su risa dolorosa, de enferma.
Castelo se echó a reír como un insensato, y debió tener algún propósito agresivo contra mí, porque intentó levantarse y seguirme; pero el asistente le detuvo. Yo bajé corriendo las escaleras y salí a la calle.
III
UNA NOCHE DE INSOMNIO
La enemistad de una sola chinche menuda que se arrastre por nuestra cama es más de temer que la cólera de cien elefantes.
HEINE: _Atta Troll_.
TOMÉ por la calle de Alcalá hacia la Puerta del Sol, a mezclarme a los grupos de revoltosos y de vagos que andaban por allá.
--Aviraneta--me dije a mí mismo--, has hecho una tontería en visitar a Castelo. Has llamado la atención sobre ti. No tienes un rincón donde poner tus huesos en seguridad y estás en peligro de que te rompan uno, como decía Paca Dávalos hace un momento.
Y me froté las manos, como si estuviera muy satisfecho con mi suerte.
Aquella tarde, el centro de Madrid estaba en perpetua ebullición. No me decidí a ir a mi barrio, porque temía que me conocieran, y me fuí a un café de la calle Ancha. Me hice bastante amigo del mozo, le conté una historia falsa y me recomendó una casa de huéspedes de la calle de Silva.
Fuí a ella: la patrona tenía mal semblante, y a las pocas palabras que cambié con ella comprendí que estaba recelosa y dispuesta a avisar a la policía.
Hacía una noche de calor sofocante. Me metí en el cuarto que me alquilaron y no pude dormir. Había chinches en la alcoba. Una procesión de estos insectos salía de un ángulo del techo e iba avanzando, y cuando llegaban encima de mi cama se dejaban caer uno a uno con una precisión matemática.
--Por la mañana, al alba, me levanté y me vestí. Mi instinto me hacía creer que no estaba muy seguro en aquella casa.
Me asomé al balcón y me senté en una silla. A eso de las cuatro vi que mi patrona salía a la calle, y poco después volvía con un hombre.
--Maniobra sospechosa--me dije.
Abrí la puerta de mi cuarto y avancé por el pasillo de la casa, todavía obscuro. La patrona y el hombre hablaban de mí. Habían dejado la puerta abierta.
Inmediatamente me puse el sombrero y bajé las escaleras con rapidez, con las botas en la mano. En el portal me las puse; salí a la calle, entré por el callejón del Perro y me metí en un portal abierto e iluminado de la calle de la Justa. Era un burdel. Había una vieja harapienta, con un aire de lechuza, y dos muchachas feas, vestidas con colores chillones. Una de ellas tenía una cara ancha, brutal, una cara de rodaballo, con unos ojos saltones y la nariz chata. Las dos estaban muy pintadas.
La vieja conoció, por mi actitud, que venía huyendo, y no se le ocurrió explotarme. Me senté en un banco y charlamos. La vieja me habló del Destino con un fatalismo tan estoico que me asombró.
--Cada cual su sino--decía a cada paso.
Convidé a las mujeres a tomar café con leche, y después de estar unas tres o cuatro horas allí, por la calle de la Flor salí a la de San Bernardo.
Subí a la plazuela de Santo Domingo, y en un café que hacía esquina, cerca de una barricada, entré y encargué un almuerzo.
--Tardará un poco--me dijo el mozo--; todavía es temprano, y con estos jaleos no viene nadie.
--Bueno; no tengo prisa. Traiga usted unas aceitunas, y esperaré.
Compré _La Iberia_ y unas hojas del _Boletín_ extraordinario del ejército constitucional, que se vendían en las calles, y estuve haciendo como que leía, pensando en dónde podría ocultarme, o si sería mejor salir inmediatamente de Madrid.
Llegó el almuerzo y comí bien, pensando que quizá la cena se haría esperar.
--Tiene uno buen apetito--me dije--. Eso demuestra que interiormente todavía uno está sereno.
Tomé café y varias copas de coñac y le di al mozo una buena propina, suponiendo que podría necesitarle.
IV
EL FINAL DE CHICO
Cuando se ha oído decir que tal persona o tal otra es un hombre malo, se cree leer la maldad en su fisonomía, y entonces la ficción se añade a la experiencia para realizar una sensación cuando el interés y la pasión se mezclan. Helvetius cuenta que una dama, contemplando la luna con un telescopio, veía la sombra de dos amantes; un cura que quiso comprobar el hecho le replicó diciendo: No, señora, no; esas sombras son las dos torres de una catedral.
KANT: _Antropología_.
ESTABA dispuesto a salir del café, porque no tenía pretexto para seguir en él, cuando los mozos se asomaron a la puerta y volvieron diciendo:
--Hay gran alboroto en la calle Ancha. La gente viene hacia aquí gritando.
--¿Qué pasará?
El amo del café mandó cerrar inmediatamente la puerta y las ventanas.
--¿Usted quiere salir ahora?--me preguntó a mí.
--Esperaré a que pase el tumulto.
--Tiene usted razón. Con estos alborotos constantes no se sale ganando nada.
Con el cierre de la puerta y de las ventanas el café había quedado casi a obscuras.