El Sabor de la Venganza

Part 4

Chapter 44,215 wordsPublic domain

POR entonces, y sabiendo que existía gran odio entre Castelo y Chico, le pregunté varias veces a Luna qué es lo que había podido ocurrir entre los dos.

Luna me explicó la razón del odio, haciendo comentarios a los hechos, con su manera de hablar bonachona y su filosofía tranquila y un poco cínica.

Por lo que me contó, Chico y Castelo habían tenido durante la infancia y la juventud gran amistad. Fueron juntos a la escuela en el pueblo de la Mancha, donde vivieron, y casi se consideraban como hermanos. Después, los azares de la política les llevaron a los dos a servir en el mismo regimiento de Caballería, al uno de capitán y al otro de teniente. La intimidad más estrecha había reinado entonces entre ellos.

Los dos, en tiempo de la segunda época constitucional, se abrazaron al liberalismo y soñaron con ser héroes populares. Impurificados, luego aceptados en el Ejército, estaban de reemplazo en 1833. ¡Quién les había de decir en su juventud que, andando el tiempo, el uno iba a acabar en un miserable tahur, y el otro, en un jefe de policía odiado y despreciado por la plebe!

--Es cosa triste--dijo don Eugenio--, cuando se piensa en los asesinos y en los grandes canallas, despreciados y odiados por todo el mundo, el considerar que sus madres creyeron que, con el tiempo, sus hijos serían los mejores, los más buenos, y darían ejemplos de honradez y de virtud.

Afortunadamente, no se puede predecir lo que será la vida. Si no, ¡qué terror sería el de la madre, cuando acaricia a su niño pequeño, verlo después en su imaginación robando, o asesinando, o subiendo al patíbulo!

El odio entre Chico y Castelo vino de una rivalidad amorosa. Los dos conocieron al mismo tiempo a Paca Dávalos, la mujer del coronel Luján, que tuvo por entonces una tertulia de las más celebradas en Madrid.

Paca era una mujer llena de encanto, esbelta, graciosa, con unos ojos claros muy expresivos. Chico y Castelo hicieron la corte a Paquita, porque se decía que la mujer del coronel no era una virtud intratable.

Castelo llegó pronto al corazón de la Dávalos. Era éste jacarandoso, petulante, hablador, mentiroso; tenía una bonita voz y cantaba romanzas al piano. Pasaba por hombre de gran valor, que había tenido aventuras extraordinarias; pero los que le conocían a fondo sabían que era muy cobarde.

Chico, en cambio, seco, duro, violento, de pocas palabras, fué desdeñado y vió pronto el éxito de su rival. El hombre se enfureció por dentro y juró no olvidar lo ocurrido.

Yo conocía bastante a Paca Dávalos. Antes de mi ingreso en la cárcel intrigaba con los amigos de María Cristina y Muñoz. Le había visto varias veces en casa de Celia y en compañía de una italiana, Anita, que fué la amante de Castelo.

Esta italiana, que quería hacerse pasar por una descendiente de sangre real y que tenía todos los vicios imaginables, había hecho de Castelo, que ya era borracho y jugador, un perfecto crapuloso.

Paca Dávalos y Anita eran amigas de Teresa Valcárcel, la mediadora en los amores de la Reina con Muñoz, y solían reunirse en casa de Domingo Ronchi con Nicolasito Franco, el amante de Teresa; el clérigo Marcos Aniano, paisano de Muñoz; el marqués de Herrera y el escribiente del Consulado, Miguel López de Acevedo.

Por entonces, Paca era una rubia elegantísima, con un cuerpo de muchacha soltera y mucha gracia en la conversación.

Paca Dávalos, que llegó a entrar en Palacio y a tener confianza con la Reina, intervino en el traslado desde Segovia a París del primer hijo de Cristina y de su amante, y fué a Francia en compañía del presbítero Caborreluz.

Todos los que tomaron parte en aquellas intrigas amorosas de Palacio progresaron con rapidez. Ronchi llegó a marqués y a propietario; Teresa Valcárcel se hizo rica; el joven Franco ascendió de capitán a teniente coronel. El favor real bañó, como agua lustral, a los amigos de Muñoz; pero no llegó a Paca, que, inquieta y descontenta, quiso tomar la parte del león, con lo que se hizo antipática y acabó por cerrarse la entrada en Palacio.

VIII

HACIA EL ABISMO

El abismo, llama al abismo.

_Salmos_, de DAVID.

LUNA me dió más tarde informes de la vida íntima de Paca.

Paca Dávalos era de la aristocracia. Su padre, un hombre gastador, estúpido, de los que pierden las preocupaciones y el decoro de la clase a que pertenecen, y no adquieren nada en cambio, encontró su casa medio arruinada y la acabó de arruinar.

Se jactaba de ser descendiente del marqués de Pescara, el vencedor de Pavía, don Fernando de Ávalos; pero éste, descendiente de un vencedor, no pasó nunca de ser un pobre derrotado. La madre de Paca fué una mujer perturbada y siempre enferma.

Paca era a los diez y seis años una belleza extraordinaria: tenía unos ojos claros, melancólicos, que arrebataban, y un cuerpo provocativo, excitante. Había en ella un contraste entre sus ojos dulces, humanos, unos ojos para inspirar madrigales como el de Gutierre de Cetina, y su cuerpo, de felino, ágil como el de una pantera. Muy coqueta, muy poco cuidada por sus padres, había tenido novios desde los catorce años y le había gustado uncir a todos los hombres a su carro.

Entre los novios, un capitán, Luján, un tanto bruto, violentó a la muchacha; luego se casó con ella, y a los cinco o seis meses de matrimonio, Paca tuvo una niña.

Marido y mujer anduvieron de guarnición en guarnición, hasta que se establecieron en Madrid. Luján era un hombre violento, avaro, de malhumor, de genio desigual, cominero y desagradable. A cada paso armaba un escándalo a su mujer; muchas veces, con razón, por las coqueterías de ella; otras, sin más motivo que su malhumor.

La Paca aguantaba esta vida por su hija, por la que tenía un entusiasmo ciego. La niña, Estrella, prometía ser una gran belleza. Era, además de bonita, muy amable, muy dócil; tenía mucho gusto por la música y una voz angelical. Paca la adoraba, y su amor por la niña era el único freno, la única defensa de la honestidad de su vida.

Pensando en ella se prometía a sí misma ser buena para no dejarla un estigma difícil de borrar; pero, a pesar de sus propósitos, no los cumplía siempre. Ante los hombres que la galanteaban se olvidaba de todo, y lo mismo le pasaba con las gasas, las sedas, los teatros y las diversiones. Paca hacía gastos excesivos y, para ocultarlos a su marido, engañaba, trampeaba, mentía, y, al último, generalmente se descubrían sus enredos.

Luján, siempre malhumorado y caprichoso, en el momento en que su mujer parecía volver a una vida recogida y casera, pensó que Paca iba a dar un ejemplo deplorable a Estrella, que ya tenía doce años, y para sustraerla a esta influencia, sin decir nada a la madre, llevó a la niña a un colegio de monjas de Toledo.

Paca, desesperada, averiguó dónde estaba la niña, y hasta preparó un rapto; pero una de las monjas del colegio, pariente del coronel Luján, impidió que la niña saliera de la casa.

La Dávalos no pudo resistir esta separación; se desesperó, suplicó a su marido que trajera a su hija; él la dijo que no. Paca sintió desde entonces la impresión del que se hunde en el abismo.

Pocos días después abandonó a su marido y se fué a vivir con Castelo.

Luján juró que se vengaría; pero no hizo nada. La Paca y Castelo pusieron casa y tuvieron una época de entusiasmo y de amor, en la cual creyeron regenerarse y volver a la vida ordenada y honesta; pero pronto se cansaron de ella.

Castelo comenzó a jugar y a beber, y ella hizo lo mismo. Naturalmente, la casa iba de este modo de mal en peor, y concluyeron por cerrarla e irse a una de huéspedes. Cuando tenían un buen momento vivían bien; pero cuando llegaba la mala, los dos se echaban en cara su respectiva miseria.

--¿Por qué te he seguido?--exclamaba ella.

--Eso me pregunto yo--decía él--. ¿Para qué me has seguido? Para hundirme para siempre.

La Paca se separó de Castelo, tuvo otros amantes y volvió a reconciliarse con él. En la segunda separación llegaron a pegarse.

La Paca, entonces, recurrió a sus amistades cortesanas; pero al ver que la Reina y sus amigas la cerraban la puerta de Palacio, se indignó y comenzó a manifestarse republicana. Cuando bebía y se exaltaba decía que había que ahorcar a la familia real y a toda la aristocracia.

En uno de esos momentos de miseria, la Paca conoció a una corredora de alhajas y Celestina, a la que llamaban la Sorda y la Garduña. Esta mujer era dueña de un burdel de la calle de Barcelona y del garito de la calle de la Fresa. La Garduña vivía con un usurero, el Silverio. La Garduña era una mujer gruesa, empaquetada, vestida con colores chillones, de cara dura, abultada, y con unas bolsas moradas debajo de los ojos. Esta Garduña era muy inteligente en sus negocios y se iba enriqueciendo con gran rapidez.

El Silverio, su amante, un tipo raído y siniestro, con una nube en un ojo y un aire de suspicacia, era un hombre muy religioso, de varios oficios y ninguno honrado: cantinero, prestamista, ropavejero y dueño de garitos.

La Garduña se entendía muy bien con él.

La Garduña acabó por prostituír a la Dávalos; explotaba su pasión desenfrenada por el juego, y le hacía pagar las deudas llevándola a las casas de citas.

Castelo seguía también su marcha hacia el abismo; todavía podía pasar por joven, aunque mirándole de cerca se notaban los ultrajes del tiempo en su rostro; su pelo rubio iba blanqueando con hebras de plata, y su labio colgante parecía hacerse más flácido. Tenía, entre otras, la condición de la intriga, y sabía disimular su crápula y darle un aire sentimental. Este chulo sensible era muy hábil. Sin haber estado en ninguna batalla, lucía una buena hoja de servicios. Era cobarde, y daba la impresión de valiente, fanfarrón, insultador, procaz y de una audacia extraordinaria.

Su fantasía le hacía darse aires de héroe, y convencía a la gente de que los sueños de su imaginación eran algo real.

Castelo tenía una vanidad alucinada: la hija sin padre de los desvanes del mundo, que dice Gracián, dominaba por completo su espíritu; criticaba con acritud a todos los políticos y, sobre todo, a los generales, que le parecían de una ineptitud tan completa, que afirmaba que el uno no sabía leer, que el otro era incapaz de hacer maniobrar a cincuenta hombres, etc. Se manifestaba también, a consecuencia de su vanidad y de su cobardía, muy rencoroso.

Castelo y Paca Dávalos, después de muchas riñas y separaciones, llegaron a un acuerdo y se asociaron con la Garduña para establecer varias timbas en Madrid.

Uno de los socios era doña Anita, la italiana, que había sido querida de Castelo y que acabó casándose con un francés y poniendo una tienda de antigüedades.

El negocio de las timbas era tan lucrativo, que, a base de la que existía en la calle de la Fresa, se instalaron otras casas de juego en distintos sitios de Madrid.

A la Paca y a Castelo los tenían los socios como elemento decorativo. La Paca Dávalos, a pesar de ser empresaria, era una jugadora empedernida. Las emociones del juego borraban sus recuerdos. Cuando estaba triste y pensaba en su hija, la idea le producía tal dolor, que se emborrachaba hasta quedar como muerta.

IX

CHICO Y CASTELO

Se cree, en general, a los hombres más peligrosos de lo que son.

GOETHE: _Las afinidades electivas_.

PASARON años y más años--dijo Aviraneta--. Yo me había resignado a no llegar a nada, y me contentaba con ser un espectador y un comentador de los sucesos políticos. Casi todos los meses, María Cristina me llamaba a su palacio y me consultaba sobre sus asuntos particulares.

La Reina estuvo siempre muy celosa de Muñoz, y más que las cuestiones políticas le preocupaban las aventuras de su marido. La italiana quería sujetar al antiguo guardia de Corps, a quien había elevado al tálamo real, y muchas de sus actitudes, que parecían maniobras obscuras, no dependían mas que de los celos. La misma marcha a Francia, cuando dejó a España entregada al general Espartero, no fué a causa de un despecho político, sino de los celos que sentía al saber que su marido frecuentaba la casa de una bailarina.

La Reina llegó a las más absurdas precauciones, y, para que su marido no saliera, le preparó en la plaza de Palacio una azotea con persianas verdes para que paseara sin que le vieran. La gente llamaba en chunga a la azotea: la jaula de Muñoz.

Muñoz era hombre guapo, tenía ocho o diez años menos que Cristina, y ella sentía por él esa pasión un poco exclusiva de las mujeres ardientes y machuchas.

Ya en 1834, antes de entrar yo en la cárcel, un periódico titulado _La Crónica_ dió esta noticia: «Ayer se presentó Su Majestad la Reina Gobernadora en un _char avant_, cuyos caballos dirigía uno de sus criados. En el asiento del respaldo iba el capitán de guardias duque de Alagón».

La Reina se indignó de tal manera, al ver que le llamaban criado a Muñoz, que no paró hasta que Martínez de la Rosa y el jefe de policía, Latre, suprimieron el periódico y desterraron a su editor, Jiménez, y al director, Iznardi.

Los celos le duraron a la Reina Cristina hasta la vejez, y más tarde le entró el ansia de hacerse con una fortuna de cualquier manera y por cualquier medio. Entonces fué cuando se alió con Salamanca; y comenzó sus combinaciones financieras y sus negocios, y acabó de desacreditarse.

Yo había intimado con la Reina Madre en París, cuando vivía en su palacio de la calle de Courcelles, y le había intentado convencer de que un Gobierno fuerte y liberal era la salvación de España.

En Madrid, María Cristina me llamaba al palacio de la calle de las Rejas, me preguntaba mi opinión acerca de las cuestiones políticas, y quería que yo le dijera lo que se murmuraba en la calle sobre los amores de su hija y sobre los milagros de sor Patrocinio.

María Cristina había perdido influencia en su hija Isabel, que, como se sabe, vivió entregada a una serie de favoritos, serie que comenzó por Serrano, el General Bonito.

María Cristina no tenía ninguna simpatía por su yerno, y le despreciaba por su debilidad y por dejarse embaucar por la monja milagrera.

María Cristina sabía que yo vivía pobremente, y me decía:

--Aviraneta, han sido muy ingratos para ti. Si necesitas dinero, vete a verle a Pepe Salamanca, de mi parte. Yo le escribiré.

--Señora--le contestaba yo--, tengo lo bastante para vivir.

María Cristina me envió de regalo cuadros y estatuas, y alhajas para mi mujer. A pesar de esto, yo no la quería. Aquella ansia de hacer dinero a todo trance, de considerar a España como una finca, me molestaba. Esto debía haberlo aprendido de su amigo Luis Felipe.

Nunca pasé de ahí, de tener amistad con la Reina Madre; pero como todo se sabe en Madrid, y se sabía que yo frecuentaba su palacio, se creyó que era uno de sus consejeros políticos, lo que no era cierto.

Si hubiese querido hubiese podido aprovechar esta amistad, pero ya era viejo y estaba desengañado.

Además, la Reina Madre y González Bravo, y después Sartorius, pretendían mermar, y hasta abolir, la Constitución, cosa que para mí no podía ser simpática, porque era la negación de toda mi vida política. A los sesenta años ya uno no se vende, o se ha vendido ya, o ha tomado la honradez por costumbre.

No me quedaba, como he dicho, mas que la curiosidad de enterarme y de saber lo que pasaba.

Cuando el general Lersundi fué presidente y Egaña ministro de la Gobernación, estuvo éste en mi casa a decirme que de parte de la Reina, del general y de la suya, venía a verme para que pidiese un cargo.

--Yo ya no quiero ser nada--le dije.

Durante estos años intermedios entre la guerra civil y la revolución del 54 oí hablar mucho de Chico en todas partes, sobre todo cuando comenzaron las prisiones y las deportaciones; pero no le llegué a encontrar ni una vez. Chico se hizo célebre como jefe de policía de Madrid. Era un hombre muy odiado por el pueblo. Todo el mundo contaba horrores de él, y se le consideraba como un esbirro capaz de los mayores atropellos y violencias.

Yo no recordaba bien a Chico; me lo pintaban como un tagarote de taberna, ordinario y bestial, y yo tenía de él la idea de un tipo casi elegante, fino, con unos ojos muy vivos e inteligentes, la nariz un poco aplastada, los labios delgados, el color pálido y el cuerpo esbelto.

Chico, al menos en el tiempo que yo le conocí, leía bastante, le gustaba mucho la pintura y hablaba con gracia, con un acento un poco andaluzado.

Cosa extraña. La casualidad y la mala voluntad de un ministro hizo que yo apareciera unido a Chico en un asunto en que no teníamos nada de común.

En 1847 me prendieron a mí y le prendieron a Chico, y nos deportaron, a mí a Alicante y a él a Almería. Cualquiera hubiera dicho que había relación entre nosotros dos; pero no había ninguna.

Yo había recibido carta de un amigo y secretario de María Cristina, desde París, pidiéndome noticias de Madrid, y yo le contesté burlándome de los puritanos que entonces ocupaban el Poder, y la carta la interceptó el Gobierno.

Respecto a Chico, tenía, en abril de 1847, una letra de veinticinco mil francos del duque de Riansares, aceptada por el ministro de la Gobernación, Benavides, para cobrar. Por entonces hubo una algarada de unos cuantos jóvenes que vitorearon a la Libertad y a la Reina, al paso de Isabel II, en coche, por la Puerta del Sol, la calle Mayor y la plaza de Oriente. El ministro pensó: «Vamos a prender a Chico y a Aviraneta; a Aviraneta le castigamos por sus correspondencias, y a Chico no le pago la letra hasta que tenga dinero, y, de paso, se da la impresión a la gente de que ha habido un complot». ¿Qué complot iba a haber para vitorear a la Reina? Era ridículo; pero la gente lo cree todo.

Naturalmente, nos levantaron el destierro en seguida, pero la idea de que había algo de común entre Chico y yo quedó flotando en el aire.

También oí hablar, repetidas veces, de Mauricio Castelo, cuyo nombre aparecía entre los progresistas radicales con la aureola de un político austero.

¡Qué se va a hacer! Este será siempre uno de los escollos de la democracia: el que el pueblo no se pueda enterar bien de las condiciones de sus servidores. A una colectividad se le engaña siempre mejor que a un hombre.

El año 1851 fué nombrado jefe político de Madrid mi amigo el general Lersundi. Yo visitaba mucho su casa, adonde iba de tertulia un día a la semana. Fuí a felicitarle por su nombramiento, hablamos y me preguntó:

--¿Conoce usted personalmente a Chico, el jefe de policía?

--Le conozco desde que era capitán de Caballería retirado; pero hace más de veinte años que no le he visto.

--¿Qué opinión tiene usted de él?

--Opinión personal, ninguna. Estuvo afiliado a la sociedad Isabelina que yo fundé. Era, por entonces, un hombre enérgico y atrevido.

--¿Y desde esa época no le ha vuelto usted a ver?

--Nunca. Siempre estoy oyendo hablar de él y no me lo he encontrado jamás. Yo hago una vida especial. No salgo de noche, no voy al teatro.

--¿Sabe usted que le vamos a prender a Chico?

--Pues, ¿por qué?

--Tiene una fama pésima. Se afirma que está en relación con los ladrones y que lleva su parte en lo que se roba en Madrid. Se sabe que ha cometido mil atropellos.

--Respecto a los atropellos--dije yo--, no cabe duda que deben ser verdad; pero tanta culpa como él la tienen los jefes del Gobierno, que le han dado órdenes o que le han consentido; respecto a que esté en connivencia con los ladrones, no lo creo.

--Pues parece que es cierto. Es indudable que Chico tiene palacios, criados, una galería de cuadros magnífica; que sostiene mujeres...

--¿Y hay pruebas contra él?

--Sí, hay pruebas.

--Me parece extraño que un hombre listo haya dejado un rastro comprobable de sus fechorías.

--Pues no cabe duda. En este momento se está haciendo un expediente documentado contra Chico.

--¿Y quién lo hace?

--Una persona respetable: el coronel Castelo.

--¿Don Mauricio Castelo?

--El mismo. ¿Le conoce usted?

--Sí.

No dije más. Solía encontrar de cuando en cuando en la plaza del Progreso, tomando el sol, al inspector Luna, que paseaba con su nietecillo. Luna estaba retirado y vivía en una casa de la calle de Barrio Nuevo. Un día, al encontrarle, le conté lo que me había dicho el general Lersundi.

--Ya lo sé--me contestó él.

--Sin duda, Castelo hace este expediente llevado por el odio contra Chico, que le descubrió la artimaña del supuesto robo hecho a Macías.

--No, no sólo es por eso--replicó Luna--. Chico hizo una canallada a Castelo.

--¿Pues?

--No sé si le conté a usted que Chico guardó la confesión de Castelo.

--Sí me lo contó usted.

--Chico--siguió diciendo Luna--guardó aquel documento con la idea de utilizarlo, en cualquier ocasión, contra Castelo. Dos o tres años después del supuesto robo, y en el tiempo en que acababa de ser nombrado Chico jefe de la policía, se encontró en un baile de máscaras del Circo con Paca Dávalos. Ella estaba todavía en el apogeo de su belleza. Paca quiso darle broma y divertirse a costa del terrible jefe de policía, de quien sabía algunos secretos amorosos por Castelo. Chico la conoció, la llevó al ambigú y la convidó a cenar. Ella aceptó el convite y coqueteó con Chico; pero al salir del baile le dijo que no tomara en serio sus coqueterías, porque estaba enamorada de otro hombre. Chico, enfurecido, le replicó que si no le acompañaba a su casa aquella noche, al día siguiente le llevaría a Castelo a la cárcel y le desacreditaría, porque tenía un documento que le comprometía.

--¿Y ella qué hizo?

--Ella fué a su casa.

--¡Demonio!

--Sí, y Castelo lo supo, porque esas cosas se saben siempre. Al principio, Castelo no hizo nada en contra de Chico. Había reñido muchas veces con la Paca, que hacía una vida relajada, y, ciertamente, no estaban legitimados los celos. Además, la posición de Chico como jefe de policía era muy fuerte, y no era fácil el medirse con él. Cuando la reputación de Chico comenzó no sólo a decaer, sino a hacerse siniestra, Castelo, como si en un momento sintiera revivir los agravios inferidos por su antiguo camarada, se puso a la cabeza de los enemigos del jefe de la Ronda.

--Se comprende que una cosa así no es para olvidarla, y menos pensando que el autor de la ofensa es un amigo de la infancia--le dije yo.

--Castelo siente hoy un odio profundo contra Chico. El recuerdo de la antigua amistad que tuvo con él hace su rencor más violento y más venenoso.

--Me explico que un hombre frenético, como Castelo, haya hecho muy mala sangre pensando en Chico.

--El odio de Castelo se lo ha comunicado a la Dávalos, y los dos han empleado todos los medios para hundir a Chico; han seducido a los agentes de la Ronda Secreta y a una porción de ladrones que conocen por intermedio de los «ganchos» de las casas de juego de la Garduña y del Silverio, y toda esa gente maleante ha declarado contra Chico, contando parte de verdad y parte de mentira. El partido progresista le ayuda a Castelo en su campaña.

--¿Y será verdad que Chico se entendía con los ladrones?

--¡Hombre, don Eugenio!--dijo Luna con una sonrisa cínica--. Todos los policías se entienden más o menos con los ladrones; pero no son los robos los que pueden dar más dinero a un hombre que tenga el cargo de Chico. ¡Figúrese usted! Hay líos en la Corte, hay grandes negocios, hay jugadas de Bolsa, hay Salamanca; se puede salvar a un político de una campaña de difamación; se puede salvar la fama de una señora comprometida, hacer desaparecer favoritos, como un Mirall o un Pollo Real. Todo eso da.

--¿Y usted qué va a hacer si le llaman, amigo Luna?

--¿A mí? ¿Quién me va a llamar? Nadie me conoce. Soy una sombra, vivo en mi rincón obscuramente, con mi hija y mis nietos, y no tengo personalidad mas que para ellos.

--¿Y si le llamaran, a pesar de eso?

--No diría nada ni en pro ni en contra, don Eugenio.

--¿Nada?

--Nada. Cualquiera se pone a defender a Chico a estas alturas.

Le dejé al inspector Luna con su nietecillo, y le hablé unos días después al general Lersundi y le conté lo que sabía de Castelo y de su hostilidad contra Chico.