Part 2
El alcaide, que vió que charlábamos Candelas y yo, no sospechó que pudiéramos conocernos de antemano; Candelas me indicó que me dirigiera a Francisco Villena (Paco el Sastre), por ser éste amigo suyo y hombre de recursos; y, efectivamente, me vi con él y conseguí que él intrigara en el patio de presos de delitos comunes para impedir que los absolutistas se hicieran dueños de la cárcel.
Poco después Candelas fué trasladado a otra prisión.
IV
El PADRE ANSELMO
Feliz el que nunca ha visto más río que el de su patria, y duerme, anciano, a la sombra do pequeñuelo jugaba.
ALBERTO LISTA: _Entre las cimas del Alpe_.
ENTRE los clérigos y frailes que estaban en la cárcel había un cura de pueblo, viejo, sordo, de sotana raída, que se llamaba don Anselmo Adelantado. Yo, al principio de conocerle, desconfié de él; se me acercaba, me saludaba y me mareaba a preguntas.
Yo pensé: éste es un espía, un echadizo. Y, naturalmente, con esa idea le daba informes falsos.
Luego empecé a sospechar que el padre Anselmo era un simple, un pobre de espíritu; sus compañeros y correligionarios presos le daban siempre de lado.
Cuando intimé más con él me convencí de que el padre Anselmo era un hombre de esos de espíritu angelical que pasan por la vida sin enterarse de las miserias de la Humanidad.
El padre Anselmo era un hombre sin ninguna malicia, y, a pesar de esto, se creía muy malicioso. Tomaba al pie de la letra todo lo que le decían.
Era de un pueblo próximo a Molina de Aragón.
Su historia se podría contar en pocas palabras. Le habían hecho cura, le habían nombrado párroco de un pueblo y había estado allí cuarenta años viviendo, primero con una hermana y luego con una sobrina. Al comenzar la guerra, los carlistas le habían hablado de que era indispensable que él les favoreciese y se pusiera de su lado; y como él estaba convencido de que los liberales tenían pacto con el demonio y de que la Reina Cristina era una masona, había ofrecido su concurso. Luego le habían denunciado y le habían traído a Madrid, a la Cárcel de Corte.
El padre Adelantado era un hombre de más de sesenta años, con una cara tosca y terrosa; la boca grande, las cejas, como pinceles blancos, caídas sobre los ojos, y las manos cuadradas y fuertes. Tenía una manera de hablar un poco ruda, entre castellana y aragonesa. Usaba en la cárcel una sotanilla raída, de color de ala de mosca, y un bonete.
Tenía una sotana nueva y un manteo, que guardaba en su maleta, que le parecían a él el colmo del lujo.
Las observaciones del padre Anselmo me regocijaban lo indecible.
Una vez había dos mujeronas de la vida airada en el locutorio esperando a alguno.
--¡Pobres muchachas!--dijo el padre Anselmo--; habrán venido a ver a sus padres o quizá a sus novios.
--Sí, seguramente.
Yo, cuando le oía alguna de estas cosas, hacía un gesto para no echarme a reír, y él se reía también, porque decía que, aunque cura, era muy malicioso.
Al padre Anselmo le gustaba fumar y yo le daba cigarros; pero él no quería.
--Un cigarrito, bien; pero nada más. Ya sería vicio.
Un día, después de muchas vacilaciones, me dijo:
--Don Eugenio.
--¿Qué?
--Me han dicho una cosa muy grave.
--¿Qué le han dicho a usted?
--Que usted es liberal.
--¡Ah!; ¿pero no lo sabía usted?
--No. ¡Así que usted es liberal! ¡Ave María Purísima! ¡Y yo que le creía a usted una buena persona!
--Y lo soy.
--Pero, bueno, dígame usted la verdad. ¿Usted ha hecho pacto con el Demonio?
--No, no; puede usted creerme, padre Anselmo: no he hecho pacto con él.
--¡Ah, vamos! Así que usted sigue siendo cristiano.
--Sí, sí.
--Porque hay otros, ¿sabe usted?, que van a las logias masónicas, y allí creo que hacen horrores. ¡Ave María Purísima!
El padre Anselmo me entretenía con su conversación, cándida e inocente.
Muchas veces me hablaba del campo, de lo que estarían haciendo por aquellos días en su pueblo. Su charla tenía un sabor de aldea que me encantaba. No hay sitio, ciertamente, en donde los recuerdos del campo tengan más valor, ni más encanto, que en la cárcel; así que yo le oía al cura viejo entretenidísimo.
V
LUCHAS
Tienen dos madres, las dos madrastras: la ignorancia y la miseria.
VÍCTOR HUGO: _Los Miserables_.
LA Cárcel de Corte tenía tres patios, que servían para que pasearan los presos. El primero se hallaba dentro del edificio actual, y tenía alrededor oficinas y cuartos para nosotros los políticos; el segundo estaba entre los dos cuerpos del edificio, el que queda y el derribado, que daba a la calle de la Concepción Jerónima.
A los lados de éste se levantaban unos pabellones abovedados, horriblemente sucios y siniestros. A uno de ellos lo llamaban la Grillera. Allí solían estar encerrados los ladrones, y, en una especie de jaula, se metían todas las noches a los muchachos jóvenes y a los niños, jaula que se llamaba la Gallinería. De este patio central se pasaba a otro, pequeño y profundo, que daba hacia la calle de la Concepción Jerónima, y que había sido el antiguo cementerio de los Padres del Salvador. Cortando el edificio había un callejón estrecho, el callejón del Verdugo, por el cual entraba el ejecutor de la Justicia cuando tenía que acompañar a algún reo a la horca.
Hacia la Concepción Jerónima había calabozos irregulares, obscuros, que se destinaban a los grandes criminales y asesinos, y más atrás, una pequeña capilla para los condenados a muerte, en la cual se les tenía tres días.
Los presos del segundo patio vivían horriblemente: a muchos no les llegaba el rancho; si tenían algún dinero podían recurrir a una cantina, donde estaba todo carísimo; si no, se quedaban sin comer. Un preso murió de hambre en un calabozo. Aquel calabozo se le llamó el del Olvido.
Era el tercer calabozo célebre de la cárcel; había otros dos que tenían nombre: el de La Sed y el del Dragón.
Cuando yo visité el segundo patio, en el calabozo del Olvido había un idiota vagabundo a quien tenían que traspasar al hospital. Este idiota chillaba y cantaba y hacía reír a los presos, que le consideraban como un hombre feliz.
Los criminales audaces conseguían allí lo que querían: comían bien, bebían, tenían armas y hacían que les visitasen las mujeres del otro departamento.
Paco el Sastre, a quien, como digo, Candelas me había recomendado, me hizo conocer a dos raterillos a quienes exigió que me obedecieran como a su jefe. Uno de éstos era el Gacetilla, un chico que llamaban así porque sabía todo cuanto ocurría dentro y fuera de la cárcel, y el otro, el Mambrú, un gimnasta que andaba con las manos y daba saltos mortales.
Por estos muchachos pude comunicarme libremente con mis amigos de fuera. Uno de los procedimientos que tenían era cantar. Un preso cantaba una copla, en la que decía disimuladamente lo que quería, y al día siguiente se ponía un ciego con la guitarra en la Concepción Jerónima, y en la canción que entonaba venía la respuesta.
Con Paco el Sastre comencé a organizar una campaña contra el alcaide y los carceleros carlistas. Los presos del segundo patio se dividieron también en liberales y carlistas; pero aquí las fuerzas estaban equilibradas.
Entre aquellos bandidos y estafadores, la influencia de un lugarteniente de Candelas, como Paco el Sastre, era decisiva. Yo les ayudé lo que pude a los que se vinieron al campo liberal.
Con motivo de la división entre carlistas y liberales se producían riñas constantes; un día hubo en el segundo patio una gran pelea entre un bandido que llamaban el Raspa, que había sido procesado a raíz de la matanza de frailes, y un guerrillero carlista, el Ausell.
Se desafiaron: el Raspa le tiró una navajada y le cortó la cara, mientras el otro le dió una cuchillada en el pecho que le dejó medio muerto.
Yo hice un padrón de los presos liberales, de los carlistas y de los indefinidos, y como prefacio al padrón, un ligero estudio acerca de la psicología de los tipos desde el punto de vista del mayor o menor valor que podían tener para una conspiración.
Aviraneta me confesó que en su tiempo pensó hacer, más o menos en broma, el manual del perfecto conspirador.
VI
EL SEGUNDO PATIO
En el patio de la cárcel hay escrito con carbón: «Aquí el bueno se hace malo, y el malo se hace peor».
CARCELERA.
YO no soy precisamente un sentimental, ni un poeta de delicadezas ni de ternuras, y, sin embargo, la perspectiva del segundo patio, la primera vez que entré en él, me hizo un efecto terrible. Era un cuadrado con paredes altas y lleno de gente.
Aquel patio tenía algo de plazuela, de casa de juego, de manicomio, de foro, de plaza de toros y de hospital.
Todas las aglomeraciones de hombres solos son, indudablemente, malsanas, repugnantes; huelen a sentina, ya sean cárceles, cuarteles, seminarios o conventos; pero la cárcel es la cloaca máxima.
Allí se reúne la basura humana, los detritos de la sociedad. Lo que no está podrido se pudre pronto, y la infección envenena el ambiente con sus miasmas.
La cárcel es como la imagen negativa de la vida moral. Allí la bajeza, la fealdad, la maldad, el odio, todo lo más horrendamente humano, se muestra a lo vivo.
Es un pantano en una fermentación constante que exhala vapores fétidos bastantes para envenenar toda la atmósfera.
La cárcel es la universidad de lo perverso. La Naturaleza se divierte, a veces, en formar monstruos con lo físico o con lo moral. Los monstruos físicos vagan por el mundo; los monstruos morales tienden a reunirse en la cárcel. Aquí se completan, se complican, se hacen más perfectos en su monstruosidad.
En la Cárcel de Corte, por entonces, había de todo: políticos, homicidas, lechuguinos, jovencitos elegantes y bien puestos, viejos barbudos y enfermos, locos desnudos que lanzaban horribles lamentos, reñidores desesperados que pasaban la vida entre gritos y blasfemias.
Allí el robo, el asesinato, la estafa, la locura, el cinismo, la enfermedad, la miseria, la matonería, la sodomía se daban la mano y bailaban una terrible danza macabra.
Esta fermentación de la cárcel, que acaba con los sentimientos nobles del hombre, no sólo no acaba, sino que deja el egoísmo, el instinto de vivir más ágil que nunca. Nada se parece tanto a un gallinero, a una casa de fieras, a una selva virgen, a un bosque de bestias feroces, como una cárcel. El preso vive allí como un piel roja, siempre en acecho, dispuesto a destrozar al prójimo por la fuerza, por la malicia o por el engaño.
Lo característico de la cárcel es esto: que no hay piedad. El valiente allí muere o vence, el tímido sucumbe; para el desdichado sin energía son todas las miserias, todos los horrores, todas las groseras mixtificaciones.
El fuerte manda y gallea; el cobarde adula y se envilece. Allí no hay que hacerse ilusiones. Hay que dejar toda esperanza; no hay mas que miradas de odio, de rabia, de desesperación o de desprecio. El que teme caer, sabe que si cae todos pasarán por encima de su cabeza; por eso hay que pisar fuerte y no resbalar. En una cárcel no se puede ser mas que un santo, un miserable o un misántropo. Vivir en una cárcel es hacerse para siempre enemigo del hombre.
Al principio, al entrar en el segundo patio se creía notar que todos los encerrados allí tenían una gran alegría: se cantaba, se jugaba, se vociferaba; pronto se podía ver que la alegría era ficticia y que por debajo de ella latía una sorda irritación.
Otra cosa se notaba, y es que no había nadie independiente; allí ninguno podía apartarse de la acción común. Ya el lenguaje era especial para la cárcel, mezcla de germanía y de caló. Jorge Borrow, el escritor inglés, me explicó varias veces cómo la germanía y el caló no son lo mismo, pues la germanía es una lengua figurada, como el _argot_ francés, y, en cambio, el caló es un idioma.
Además de la comunidad de lengua, había en la cárcel la comunidad de la acción. Cuando se comía había que repartirse por cuadrillas; al hacerse la limpieza del patio, unos la hacían; otros, no; al jugar, unos tenían categoría para jugar; otros no podían ser mas que espectadores, y otros ni eso; para dormir existían también sus categorías. Había una disciplina cuya dirección se subastaba a cada paso, y se daba al más audaz y al más valiente. Cuando entré por primera vez en el segundo patio, me acompañaban Román y el padre Anselmo. A éste le dirigieron las más innobles chacotas:
--Oiga usted, pae cura. Me tiene usted que dar el modelo de esa sotanilla.
--La sotana es vieja--replicó el padre Anselmo--; pero los que no somos ricos no podemos llevarlas mejores.
--Bien dicho--afirmé yo.
--Oiga usté, pae cura--le preguntó otro de los presos--,¿cuántos hijos tiene usté en el pueblo?
--Yo no tengo hijos, porque soy cura--contestó él--; pero a todos mis feligreses los considero como si fuesen hijos míos.
El pobre hombre contestó varias veces con prontitud y con gracia, y llegó a hacerse respetar.
VII
LOS MATONES
Hallóse allí Calamorra sobre si no mata siete, bravo de contaduría, de relaciones valiente.
QUEVEDO: _Romances_.
LOS matones del segundo patio eran Paco el Sastre, el Fortuna, el Mandita y el Manchado, que compartían el poder con dos falsificadores llamados los Pinturas, y con un caballero de industria, el señor Pérez de Bustamante. Paco el Sastre, amigo y cómplice de Candelas, se había escapado varias veces de distintas cárceles, lo que le daba gran prestigio.
El Fortuna, guapo de casa de juego, fanfarrón y atrevido, estaba preso por una muerte. El Mandita era ladrón, un tipo fino, de nariz larga, ojos claros e inteligentes, labios muy delgados, cara afilada, bigote ralo y mano de hierro.
El Mandita rompía las nueces con los dedos.
El Manchado era hombre de cara dura y color terroso, pómulos salientes, mandíbula grande y fuerte, los ojos torcidos, la boca recta como una cortadura. El Manchado parecía un calmuco y tenía una agresividad feroz. Durante la matanza de frailes se había exhibido, lleno de sangre, en la taberna de Balseiro, y había intentado vender ornamentos de iglesia. Estaba herido desde entonces y llevaba una venda sucia en la frente.
El Fortuna le temía al Manchado. El Fortuna había llegado a matón por inteligencia, por comprender la cobardía de los demás; el Manchado, no; éste no discurría; se sentía bruto naturalmente, sin complicaciones ni razonamientos.
Los Pinturas, padre e hijo, tenían mucha influencia. Los Pinturas eran falsificadores. El padre, un viejo calvo, apacible y burlón, tenía un aire de hombre frío y lleno de inteligencia, los ojos agudos y perspicaces, la frente ancha y desguarnecida, la boca muy cerrada, de labios finos.
El Pinturas joven parecía una araña, alto, delgado, sonriente, con cara de polichinela y voz de lo mismo. Era muy burlón y satirizaba con mucha gracia a todo el mundo. Tenía siempre a su disposición papel y pluma, y servía de memorialista a los presos. Les escribía cartas con la letra que quisieran. En un par de minutos de estudiar una letra, la adoptaba como si fuera suya y seguía escribiendo con ella. Al Pinturas joven le gustaba leer mucho; fabricaba juguetes con alambres y cartón, que conseguía vender en las calles, y cuando no tenía nada que hacer hacía juegos de manos.
Por lo que se decía, había falsificado escrituras, contratos, testamentos, y seguía trabajando en la cárcel.
Respecto al señor Pérez de Bustamante, era un caballero de industria, charlatán, mentiroso, que quería hacerse pasar por aristócrata.
Este hombre había vivido durante los primeros meses de la guerra haciendo suscripciones para viudas de oficiales muertos en la campaña, y cuando explotó el lado liberal pasó a cultivar el campo carlista. Pérez de Bustamante era hombre osado y decidido.
Otro tipo curioso era _Doña Paquita_, el cinedo de la cárcel, joven ambiguo que hacía ademanes de mujer. Este muchacho tenía la nariz respingona, con las ventanas muy abiertas, la barba azul, del afeitado, y la manera de hablar afeminada.
Algunos de los presos habían conseguido cierta independencia y hacerse respetar del grupo que cobraba el barato.
Uno de ellos era un topista, que llamaban Mangas, afiliado al grupo liberal. El Mangas tenía una cara de galgo, la nariz larga, la boca como recogida, los ojos pequeños y claros y el pelo rubio. Vestía bien, era gallego, aunque él decía que no. Se le había encontrado con unos cálices, después de la matanza de Julio, en una taberna de una vieja a quien llamaban la tía Matafrailes.
Entre los presos de delitos comunes que se decían carlistas había gente bárbara y maleante, como entre los que se consideraban liberales.
Uno de los carlistas de quien todos se reían era un labriego, el Paleto, que había robado una mula. El Paleto tenía la cara parada y estúpida, la cabeza grande y la voz chillona. Solía servir de blanco a las bromas de todos.
Otro carlista que se distinguía por su aire hipócrita era el Seminarista, que había sido estudiante de cura y tenía la especialidad de hacer digresiones místicas, en las que barajaba muchos latines. A este truhán le habían encontrado varias veces desvalijando los cepillos de las iglesias con una ballena untada de liga.
Al poco tiempo de entrar en el segundo patio, el alcaide se dió cuenta de que yo iba allí para hacer propaganda entre los presos contra los carlistas y contra él; entonces me prohibió el paso.
Yo tenía mis medios de comunicación asegurados.
Mi duelo con el alcaide acabó con la victoria mía; pues conseguí al año que él se quedara preso y yo saliera libre.
LA MUERTE DE CHICO O LA VENGANZA DE UN JUGADOR
PRIMERA PARTE
ANTECEDENTES
I
UNA NOCHE DE NIEVE
En la niebla y en la bruma, en la nieve profunda, en el bosque inculto, en la noche de invierno oigo el aullido hambriento del lobo y el grito sombrío de la lechuza.
GOETHE: _Lied del bohemio_.
AL día siguiente en que don Eugenio nos contó su vida en la Cárcel de Corte, comenzó a caer una gran nevada. Habían acudido a la cocina del tío Chaparro más gente que la noche anterior, y los pastores y cabreros fantaseaban acerca de las consecuencias de la nevada y de la aparición de los lobos en la garganta de Covaleda y en los montes del Urbión.
Habían visto sus huellas en la nieve; habían dejado leña en las chozas, y quesos y cecina sobre las ramas altas de los pinos para que no los cogieran los lobos.
Aviraneta y yo estábamos al lado del fuego, sentados en dos grandes sillones; él llevaba puesto un abrigo grueso y tenía sobre la espalda un mantón de su mujer. Escuchábamos la conversación de los pastores, oíamos el ladrido de los perros y, a veces, el chirrido de la lechuza.
De pronto, Aviraneta me dijo en voz baja:
--Relacionándola con aquella época de la Cárcel de Corte de que te hablaba ayer noche, recuerdo una historia bastante siniestra en la que figuró un tal Castelo y el policía Chico. Ya te la habré contado, ¿verdad?
--No.
--¿No te la he contado?
--No.
--Pues es raro.
--Cuéntela usted, don Eugenio--dijo el tío Chaparro, terciando en la conversación--; mandaré traer un poco de café con aguardiente, echaremos más leña al fuego y dejaré a los muchachos aquí a que le oigan a usted, porque mañana es domingo y se pueden levantar un poco más tarde que de costumbre.
Aviraneta hizo una señal de asentimiento. Se puso una cafetera grande en las brasas y se trajo una botella de licor.
Por la pequeña ventana de la cocina se veía el campo nevado, y los grandes copos de nieve que caían lenta y blandamente, como espesos plumones blancos.
Aviraneta, que estaba empotrado en su sillón y mirando con sus ojos, de un azul brillante, el fuego, se recogió un momento, tomó una gran taza de café muy caliente que le sirvieron, contempló a su auditorio sonriendo y comenzó su relación así:
II
UN PRESO NUEVO
El despertar que sigue a una primera noche de prisión es una cosa horrible.
SILVIO PELLICO: _Mis prisiones_.
LOS lectores de folletines y de novelas por entregas, en los cuales hay con frecuencia odios sostenidos y venganzas a largo plazo, como en el _Conde de Monte Cristo_, suelen discutir si estos sentimientos son o no lógicos y verdaderos. Afirman unos, que la venganza es un instinto natural del hombre, que perdura y no se borra jamás; y dicen otros, que todo se olvida, hasta las mayores ofensas, con el transcurso de los años.
Yo siempre me he inclinado a pensar que la mayoría de la gente llega a perder el recuerdo de los agravios con el tiempo y que no se vengan mas que rara vez.
El caso que les voy a contar demuestra un rencor profundo y sostenido, terminado en una cruel venganza.
Como decía la otra noche, a los quince o veinte días de estar en la cárcel tuve que guardar cama una temporada, porque se me exacerbaron los dolores reumáticos.
Después se me permitió andar por la cárcel y entrar en el segundo patio, en donde se hallaban los presos de delitos comunes.
Hacía dos meses que estaba en la cárcel cuando conocí a un nuevo preso, de aspecto extraño.
Acababa de entrar. Era un muchacho joven, sombrío, moreno, de ojos negros, cabello largo, a la moda de la época, y aire reconcentrado y fuerte. Pasó por el primer patio vigilado por dos alguaciles. Subieron los tres a una oficina donde se tomaba la filiación a los detenidos.
En la mesa había un empleado escribiendo, un hombre con el pelo rizado y la mano llena de anillos.
Los alguaciles le hablaron en voz baja y le entregaron unos papeles, que el escribiente leyó con gran indiferencia.
--Ahora viene don Paco--dijo uno de los alguaciles.
Don Paco era el alcaide. Efectivamente, llegó, tomó los papeles que había traído el alguacil y los leyó con atención.
El alcaide interrogó al preso con una voz amable y una dulce sonrisa que, para el que sabía cómo las gastaba aquel hombre, no eran nada tranquilizadoras.
--Soy inocente--dijo el joven con aire dramático--. No tengo más dinero que el que he ganado con mi trabajo.
El alcaide sonrió, porque consideraba como algo lógico y natural que todo preso suyo y aun toda persona que tuviese que ver con él fuera un perfecto granuja.
--Si ha guardado usted el dinero en alguna parte yo no pretendo que me lo diga usted. Aquí sabemos también ser caballeros.
--Afirmo que soy inocente--replicó el joven.
El alcaide explicó a su nuevo huésped el precio de los cuartos que se alquilaban en la cárcel y las diferencias que había entre las distintas clases.
--Venga usted, caballero--le dijo después--; permita usted que le acompañe. Puede usted tranquilizarse.
--No necesito tranquilizarme. Estoy tranquilo.
--Quiero decir--repuso el alcaide--que aquí nadie le quiere mal. Le voy a llevar a su cuarto.
El joven preso siguió al alcaide hasta el fin de un corredor; un carcelero descorrió el cerrojo de una puerta maciza, al lado de la cual se veían dos mozos con un cabo de vara de aire siniestro.
Recorrieron otro corredor, salieron al segundo patio, y el alcaide mandó abrir la puerta de un cuchitril obscuro, bajo de techo y con un banco de madera.
--Aquí tiene usted su cuarto. Puede usted pedir a su casa unas mantas para dormir. Si quiere usted le pueden traer una cama, una mesa y una silla.
--Está bien--dijo el joven; y se sentó en el banco con un aire entre resuelto y desesperado.
Los carceleros cerraron llaves y cerrojos, y el joven se quedó allí dentro.
III
MIGUEL ROCAFORTE