Part 11
--Mi general--contestó el comandante Sanz--, parte de los milicianos se opone a retirarse.
--Se les desarma--dijo Quesada.
En esto algunos isabelinos se acercaron al grupo del general y sus amigos y comenzaron a increparles.
--¡Fuera los traidores!--gritó uno.
--¡Viva la Constitución de 1812!
--¡Viva la Niña!
--Quesada levantó el bastón en el aire con intención de descargarlo sobre la cabeza de los milicianos, que gritaban. La rabia de éstos se volvió contra él:
--¡Muera Quesada!
--¡Muera!
--¡Abajo los absolutistas!
--¡Abajo!
Los milicianos fueron a coger sus armas; y todo el grupo de Quesada y sus amigos lo hubiese pasado mal si los milicianos de Guadalajara no hubieran formado en los arcos para defenderles. Quesada, con los suyos, se dirigió corriendo hacia el Arco de Platerías, y saltando por una barricada salió a la calle Mayor. Con él salieron los dos oficiales y Espronceda, Borrego y los paisanos.
Quesada iba echando espuma por la boca, de rabia, e inmediatamente se presentó al Gobierno a ofrecerse para atacar inmediatamente a los sublevados.
A las seis de la mañana las tropas del Gobierno, dirigidas por Latre, Ezpeleta y Quesada, salían de los cuarteles y ocupaban la plaza de Oriente y la de los Consejos, y poco después, la calle de Santiago y la del Sacramento, hasta la plaza del Conde de Barajas. A esta hora los sublevados pensarían en mí.
III
PARTIDA PERDIDA
Sólo a las temeridades las sentencia la fortuna; pues con juicio desigual hace que el nombre les den: de hazaña, si salen bien, y de locura, si mal.
BANCES CANDAMO: _Por su rey y por su dama_.
ESTABA la partida perdida cuando los sublevados pensaron en mí.
A eso de las nueve, un grupo de milicianos armados se presentaron en la plaza de Santa Cruz delante de la Cárcel de Corte; entraron aquí, llamaron al alcaide y le exigieron que me dejara en libertad. El alcaide, naturalmente, se opuso; pero, ante la amenaza de soltar a todos los presos, cedió.
Yo estaba preparado y el padre Anselmo también.
--Aprovéchese usted--le dije--y salga usted conmigo.
--Pero, ¿cómo?
--Nada, nada, coja usted sus bártulos y sígame usted.
El alcaide se quiso oponer; pero hice que nos rodearan a los dos los milicianos y salimos a la plaza de Santa Cruz, y después, a la Plaza Mayor.
El pobre cura, al ver tanta gente armada, estaba asombrado. Con su maleta en la mano no sabía qué hacer.
Al entrar en la Plaza Mayor le vi a Bartolillo, el chico de la librería de la calle de la Paz, que andaba curioseando por allá. Le llamé:
--¡Bartolo!
--¿Qué?
--¿Quieres acompañarle a este cura?
--Sí.
--Pues vete con él a la calle de Segovia; bajando a mano derecha, y en una casa grande, entre la plaza de la Cruz Verde y la calle de la Ventanilla, que tiene en el piso bajo una panadería, entráis, subís al piso cuarto y preguntáis por doña Nacimiento. La dices a esa señora que el cura va de parte de don Eugenio y que me esperará allí.
--Muy bien.
El cura quería llevarse la maleta.
--Deje usted la maleta aquí, yo se la mandaré dentro de un momento.
Se fueron el padre Anselmo y Bartolillo; guardé yo la maleta en una taberna próxima a la Escalera de Piedra y me dediqué a examinar tranquilamente la situación.
La partida estaba perdida.
Hablé con los jefes de la Milicia Urbana, y cada uno opinaba de manera diferente. Le envié un recado a Palafox por si éste se atrevía a ponerse a la cabeza del movimiento; pero a Palafox no le convenía aparecer, y se eclipsó.
Entonces hablé con el capitán Miláns del Bosch, hombre enérgico, para ver si él era capaz de erigirse en jefe del movimiento y asumir su responsabilidad.
Le dije que parte de la Guardia Real se vendría con nosotros; que yo me comprometía a verle a Urbina, y que le convencería o me fusilaría. Luego supe que el oficial que le acompañaba a Quesada no era el Urbina que conocía yo, sino otro; le dije también que el coronel don Antonio Martín, hermano del Empecinado, sublevaría su regimiento de caballería.
--¿Cómo vamos a sostenernos en esta plaza?--me dijo Miláns--. ¿Dónde están los víveres?
--Salgamos de aquí--le dije yo--. Cinco mil hombres y un regimiento de caballería es mucho.
--Sí, si hubiera disciplina; pero no la hay. Estos hombres están desmoralizados.
--Entonces la partida está perdida. Démosla como terminada.
Yo subí sobre un banco de la plaza y expliqué que no había mas que una alternativa: o salir inmediatamente y atacar a las tropas en la Puerta del Sol y seguir adelante, o abandonar la empresa.
--¡Vamos! ¡Vamos!--gritaron los exaltados.
Pero ya era imposible, y nadie dió el paso adelante.
Los cañones de la tropa comenzaron a acercarse a los arcos.
Yo volví al banco y grité:
--¡Señores! Esto está acabado. Yo no tengo la culpa. A mí me han llamado tarde. Ahora cada cual que se vaya a su casa.
Al anochecer, los milicianos, en masa, dejaban sus fusiles y se marchaban.
Los ex voluntarios realistas de los Barrios Bajos, al ver la derrota de los milicianos, atacaron a los fugitivos a tiros y a palos, y no sé si llegaron a matar a alguno. Sobre todo, las viejas se mostraron más terribles, y esperaban a los liberales con la navaja en la mano. A una de estas furias, que cosió a cuchilladas a un miliciano que pretendía entrar en su casa, la prendieron, la juzgaron y la llevaron, pocos días después, al patíbulo.
Así, el despecho de Quesada, la ambición de Espronceda y de Borrego, los planes míos, concluyeron en que se ejecutara a una pobre vieja, fanática, que creía seguramente que era una obra meritoria el matar a un liberal.
IV
ESCAPATORIA
Que aquesto es el Castañar que más estimo, señor, que cuanta hacienda y honor los reyes me pueden dar.
ROJAS: _García del Castañar_.
AL anochecer del día 16, cuando vi la Plaza Mayor desierta, entré en la taberna próxima a la Escalerilla; saqué la maleta del padre Anselmo, y me puse el manteo y la teja nueva. Metí mi sombrero en la maleta, y bajé por la escalera a la calle de Cuchilleros. Llegué hasta Puerta Cerrada y encontré allí una patrulla de voluntarios realistas.
--¿Se puede ir hacia la Plaza Mayor?--les pregunté.
--No; no vaya usted por allí, padre.
--Entonces tendré que volverme a casa.
Seguí hasta la calle de Segovia. En la escalera de casa de doña Nacimiento me quité el manteo y me encontré con don Anselmo.
Pasamos el cura y yo seis días en aquella casa, sin salir una vez siquiera, esperando el giro de los acontecimientos.
Supimos que al volver el Gobierno de la Granja, el presidente, el conde de Toreno, ofreció doscientas onzas de oro y un empleo a quien descubriera mi paradero, y la policía hizo los mayores esfuerzos para cogerme.
El padre Anselmo y yo preparamos un plan de fuga. El padre Anselmo tenía un sobrino y ahijado que vivía en Alcalá. Unos días después, el 24 de agosto, era la feria de este pueblo.
Saldríamos de Madrid en calesa hasta las Ventas del Espíritu Santo; aquí esperaríamos una galera y entraríamos en Alcalá, confundidos con carreteros y arrieros que fuesen a la feria, e iríamos a parar a casa del ahijado del cura.
Doña Nacimiento conocía a un calesero y le llamó. El calesero era liberal y se prestó a lo que le propusimos.
El chico del calesero se vestiría de muchacha; el padre Anselmo, con traje de aldeano, y yo sería el calesero. Iríamos hasta las Ventas del Espíritu Santo, esperaríamos allí, donde dejaríamos la calesa, y marcharíamos en un carro camino de Alcalá, como si fuéramos a la gran feria que se celebraba en la ciudad del Henares el día 24. Así lo hicimos, y todo nos resultó bien.
El ahijado de don Anselmo, a quien le habíamos anunciado nuestra llegada, nos esperó y nos llevó a una finca que tenía a una legua del pueblo.
Era una propiedad no muy grande, pero muy bien cuidada. Juan, el sobrino y ahijado del padre Anselmo, era un hombre joven, fuerte, labrador, cazador y muy activo. La mujer, la Ambrosia, era una mujer rozagante, que había echado al mundo nueve hijos y pensaba seguir echando más.
Juan, con su escopeta y sus perros, marchando de caza al amanecer, acostándose al hacerse de noche y contento con su suerte, me recordaba a García del Castañar.
El matrimonio nos recibió muy amablemente al cura y a mí.
Viví yo en aquella casa una semana, y, pasada ésta, me despedí del padre Anselmo y de sus sobrinos y me fuí a Zaragoza.
Aquí publiqué un folletito sobre el Estatuto Real, en la imprenta de Ramón León, y esperé hasta que Mendizábal me llamó y me dió un encargo para Barcelona; pero esto--terminó diciendo Aviraneta--es otro capítulo de mi vida.
EPÍLOGO
Todo es hecho del polvo, y todo se tornará en el mismo polvo.
EL ECLESIASTÉS.
POR la época de la guerra de Cuba--dice Leguía--, solía ir yo a Madrid a un hotel de la calle del Arenal, y visitaba las librerías de viejo próximas. Me detenía con frecuencia a charlar con un librero de viejo que tenía su tienda en una rinconada que había en la calle de Capellanes, al acercarse a la calle de Preciados.
Le había encargado a este librero, como a otros, que me guardase lo que encontrara de papeles históricos y de estampas españoles del siglo XIX.
El librero era un viejo, muy viejo, y me proporcionaba lo que le pedía.
Cuando subía desde la calle del Arenal por la de Capellanes solía echar una mirada por una ventana enrejada que daba al horno de una panadería, y recordaba la historia de don Tomás Manso y de su sobrino. Unos años más tarde de la guerra de Cuba, el librero de la rinconada me dijo que tiraban la casa grande de los Capellanes y que él iba a traspasar su tiendecilla.
Cuatro o cinco meses después vi la casa de la calle de la Misericordia derribada y la alineación de la calle de Capellanes hecha.
El librero me dijo que al derribar la casa, en un sótano, debajo de un almacén que tenía en la pared una fuentecilla con una cabeza de Medusa, se encontró un esqueleto de un hombre y unos huesecillos de feto.
Los anticlericales de la vecindad supusieron que estos serían de alguna monja del convento vecino; respecto al esqueleto del hombre no se pudo saber de quién era.
El día en que el librero me contaba esto entró un trapero, un tuerto desharrapado de cara alegre, barbas enmarañadas y la nariz roja, con un gran lío de papeles.
--No los quiero--dijo el librero--; te los puedes llevar, Tuerto, yo ya me retiro.
--A ver que trae usted ahí--le indiqué yo.
--Lo daré muy barato--me dijo el trapero, dejando el paquete en una silla y quitándole una lía hecha con bramantes viejos y balduques.
Había un tomo del _Palacio de los Crímenes_, de Ayguals de Izco; la _Historia de la revolución del 54_, por Ribot y Fontseré; dos folletos de Aviraneta, varios _Ecos del Comercio_, amarillos, y la proclama de los nacionales en agosto de 1835.
Ni el librero ni el trapero habían oído hablar nunca de Chico, ni de Aviraneta, y mucho menos del pronunciamiento de los Urbanos.
A mí, que había visto durante tanto tiempo carteles pintados con la muerte de Chico, del Cura Merino y de los hermanos Marina, que un hombre mostraba con un puntero en las plazas, me chocaba que todo esto hubiera desaparecido tan completamente del recuerdo de las gentes.
Y, sin embargo, así era.
--Todo esto que traes aquí--dijo el librero--no vale nada. Cosas pasadas, sin importancia.
--Nosotros también somos viejos--repuso el trapero y se nos ha pasado el tiempo.
--Todo pasa, amigo trapero--le dije yo--. La hoja del árbol cae, la hoja de rosa se marchita, la hoja de papel se arruga y la comen los lepismas. El lepisma devora el papel; la carcoma y la polilla devoran la madera; las penas nos devoran a nosotros hasta que entregan su presa a los gusanos.
--Todo no es mas que miseria--dijo el librero.
--¿Saben ustedes cómo arreglo yo eso?--preguntó el trapero.
--¿Cómo lo arregla usted?
--Pues echándome un quince siempre que puedo.
--La otra manera de arreglarlo es la filosofía.
--Mi filosofía es el vino. ¿Hace alguna de estas cosas, caballero? Me da usted lo que usted quiera por ellas.
Le di tres pesetas por los dos folletos y por la proclama.
--¡Bueno, señores!--dijo el hombre volviendo a atar los libros--. Me voy a dedicar... a la filosofía.
--Es usted un compadre alegre y jovial--le dije yo.
--Naturalmente. Ahora me voy yo a la taberna del Vaqueiro del callejón de Preciados, y me tomo una tajada de bacalao y un quince, y me río yo de los peces de colores.
--¡Hombre, eso está mal!--le dije yo.
--¿Por qué?--preguntó el hombre extrañado.
--Yo me figuro que el bacalao es un pez, y comérselo y reírse luego de él, no me parece bien.
--¡Vamos! Usted es un guasón. Pues sí, me tomo un quince o dos quinces, y le hago un corte de mangas al mundo entero.
--Hasta que el vino te haga un corte de mangas a ti, Tuerto, y te lleve al Este--dijo el librero.
--¡Bah!
--Ten cuidado con esa nariz, se va pareciendo al Vesubio en ignición.
--Te veo... Vesubio.
--¿Tiene usted hijos, trapero?--le pregunté yo.
--Se tienen ellos...; yo, no... Yo los he traído al mundo...; ellos se agarran como pueden... ¡Salud, señores!
El trapero echó su paquete al hombro, y yo volví al hotel pasando por delante del solar de la casa de los Capellanes y pensando que todo está hecho de polvo y que todo se tornará en el mismo polvo.
Madrid, marzo, 1921.
FIN DE EL SABOR DE LA VENGANZA
ÍNDICE
Páginas.
PRÓLOGO 9
LA CÁRCEL DE CORTE
I.--El calamar 15
II.--Solo 21
III.--La cárcel 25
IV.--El padre Anselmo 31
V.--Luchas 35
VI.--El segundo patio 39
VII.--Los matones 43
LA MUERTE DE CHICO O LA VENGANZA DE UN JUGADOR
PRIMERA PARTE
ANTECEDENTES
I.--Una noche de nieve 49
II.--Un preso nuevo 53
III.--Miguel Rocaforte 57
IV.--Un asunto embrollado 61
V.--Lo ocurrido 69
VI.--Se echa tierra al asunto 73
VII.--Castelo y Paca Dávalos 79
VIII.--Hacia el abismo 83
IX.--Chico y Castelo 89
SEGUNDA PARTE
CONSECUENCIAS
I.--La revolución del 54 101
II.--Mal paso 107
III.--Una noche de insomnio 117
IV.--El final de Chico 121
V.--Acosado 127
VI.--En el Saladero 133
VII.--El hospital 139
VIII.--La locura 143
IX.--Alimañas 147
LA CASA DE LA CALLE DE LA MISERICORDIA
I.--La casa de los Capellanes de las Descalzas 153
II.--Fauna y flora de la casa 159
III.--La ejecución de Miyar, el librero 171
IV.--Soledad 179
V.--Anónimos 187
VI.--Preparativos 191
VII.--El crimen 195
VIII.--La escuela de Cristo 199
IX.--El fantasma 203
ADÁN EN EL INFIERNO
I.--Adán 207
II.--La cuadrilla del Fortuna 209
III.--El odio 213
MI DESQUITE
I.--Plan de pronunciamiento 223
II.--Lo ocurrido 229
III.--Partida perdida 239
IV.--Escapatoria 243
EPÍLOGO 247