Part 10
El Fortuna había desaparecido. Ya estábamos a la salida del patio cuando el matón se presentó con una navaja, oculta en la manga, y se lanzó sobre Gasparito como un toro; Gasparito tuvo tiempo de escapar a la acometida dando un salto rápido para atrás. Román, el hijo del librero, agarró al matón del borde de la chaqueta, y Gasparito, con gran valor, le arrancó la navaja de las manos.
El Fortuna, loco, enfurecido, le mordió en el brazo izquierdo. Entonces, Gasparito, en un momento de terrible furia, empuñó la navaja con toda su fuerza y dió tal navajada al matón en el vientre, que el Fortuna dió un grito de becerro que matan, y cayó al suelo. Yo vi brillar la hoja de la navaja como un relámpago y desaparecer en el vientre del matón. Le salían las entrañas por la herida y se iba desangrando rápidamente.
--¡Socorro! ¡Socorro!--gritó--. Me ha matado.
A los gritos vinieron el alcaide y los cabos de vara, prendieron a Gasparito y llevaron al matón a la enfermería, el cual falleció poco después, asistido por el padre Anselmo.
--¡A quién se le ocurre matar a la Fortuna!--dijo el Pinturas con indiferencia.
Gaspar pasó unos días en el calabozo y tuvo un proceso. Yo declaré a su favor; Pérez de Bustamente, en contra, y el tribunal le condenó al zapatero a una pena ínfima.
Años después le vi en su tienda y le pregunté:
--¿Se acuerda usted de la Cárcel de Corte?
--No, don Eugenio; ¿y usted?
Me dijo que muy pocas veces había pensado en aquel bruto a quien había matado, y, al parecer, recordaba el suceso sin remordimiento.
Adán, al salir de la cárcel, se hizo un criminal completo, y debió acabar su vida en presidio.
Itzea, diciembre, 1920.
MI DESQUITE
Todo esto es salud, y otro tanto ingenio.
QUEVEDO: _El Buscón_.
DURANTE mucho tiempo, no pudimos luchar con los presos carlistas. En el cuarto del abogado Selva, el mejor de todos de la Cárcel de Corte, se reunían cuatro o cinco frailes, dos o tres curas y otros tantos guerrilleros, y en esta Junta apostólica se tomaban acuerdos que don Paco, el alcaide, seguía al pie de la letra.
La Junta de Selva se erigió en soberana de la cárcel: ella decidía lo que se había de hacer; quién debía estar castigado; quién, no; quién debía ser tratado con benevolencia, y quién con severidad.
--Yo, por entonces, tenía asegurada la comunicación con los de fuera, y mis amigos de la Isabelina me mandaban cartas y papeles y me indicaban el giro que iban tomando los asuntos políticos.
A pesar de que yo me quejaba constantemente de la situación en que nos encontrábamos los liberales en la cárcel, los amigos no hacían nada por nosotros. Entonces, desesperado, se me ocurrió enviar un escrito al Gobierno, afirmando a rajatabla que en la Cárcel de Corte se fraguaba una conspiración carlista.
El Gobierno no desconfió de mi denuncia, y envió en concepto de preso a un coronel, don Andrés Robledo, con la misión de observar lo que pasaba y de ver si era cierta mi denuncia.
Yo mismo no creía gran cosa en que allí se conspirase; pero cuando Robledo comenzó sus investigaciones, vi que mi hipótesis era una realidad, y que en la Cárcel de Corte se estaba tramando una de las muchas intrigas carlistas que por entonces tuvieron Madrid por centro.
El coronel Robledo me contaba sus descubrimientos; yo le daba datos acerca de los presos carlistas, y entre los dos redactábamos los partes al Gobierno.
Tan graves hallaron el ministro y el jefe de policía el contenido de estos partes, que enviaron a la cárcel a dos comisarios de policía, uno de ellos Luna, auxiliados por sesenta miñones aragoneses y varios celadores.
Luna conferenció conmigo y con Robledo, y dispusimos prender a don Paco el alcaide y a sus dependientes, al abogado Selva, al escribano de mi causa, García, y enviarlos a la cárcel de la Villa.
Se comenzó a instruír un voluminoso proceso acerca de esta causa, y se le encargó de él a mi amigo el juez don Modesto Cortázar, a quien conocía desde Aranda del año 20.
Los cargos de alcaide, de llavero y de carceleros se proveyeron en personas de antecedentes liberales, y desde entonces pudimos estar los constitucionales a nuestras anchas.
El fiscal que nombraron para esta causa fué don Laureano de Jado, enemigo mío, que meses después decía a todo el que le quería oír:
--Estoy admirado del genio fecundo y de la travesura de Aviraneta. El ha conseguido embrollar su proceso de tal manera, que ha sido preciso a los Tribunales poner en libertad como inocentes a todos sus cómplices, y, para complemento de su maquiavelismo, ha fraguado este proceso de la conspiración de la Cárcel de Corte, que es la concepción más revolucionaria que ha podido imaginar el cerebro de un hombre para vengarse de los que él consideraba enemigos, y hasta del juez Regio y del escribano de la causa. Este proceso está vestido con tales declaraciones y pruebas, que me veo obligado a pedir contra los presuntos reos, cuando menos, un presidio. Pues bien: si como fiscal estoy en la obligación de obrar de esta manera, como particular me hallo cada vez más convencido y casi seguro de que todo el proceso no es mas que un solemnísimo embrollo fraguado por la fecunda imaginación de Aviraneta.
Con razón o sin ella, conseguimos vernos libres de la dictadura de los carlistas.
Yo quise influír en Cortázar para que dejara libre al padre Anselmo; pero el cura estaba pendiente de la causa y no se le podía libertar.
Como la vida en la cárcel para nosotros se hizo más llevadera, yo comencé a recibir visitas de los antiguos afiliados a la Isabelina, que podían hablarme con completa libertad. La opinión de la gente reaccionó a mi favor, y todo el mundo decía que era un absurdo que permaneciera preso por una conspiración que no había existido nunca. Yo me hacía la víctima y esperaba el desquite.
Unos días después supe que en un movimiento revolucionario que estalló por entonces en Barcelona y que costó la vida al general Bassa, habían destituído del cargo, que le dieron meses antes, a mi denunciador Civat.
Poco después, Martínez de la Rosa salía del Gobierno. Yo me consideraba vengado, pero me faltaba conseguir mi libertad.
I
PLAN DEL PRONUNCIAMIENTO
Yo pienso, pues, que vale más ser impetuoso que circunspecto, porque la fortuna es mujer, y para subyugarla es mejor batirla y atropellarla, porque se deja más bien vencer por los audaces que por los que obran fríamente.
MAQUIAVELO: _El Príncipe_.
LO que tengo que contar ahora no es ninguna novedad para ti--me dijo Aviraneta--, porque pertenece en parte a la historia del tiempo.
Una mañana de agosto se presentaron en la Cárcel de Corte el capitán Ríos, ayo de los hijos del conde de Parcent, con otro oficial de la Milicia Urbana, de paisano. El alcaide me dejaba gran libertad y me permitió hablar con ellos largamente.
Los dos oficiales venían nada menos que a pedirme un Plan de sublevación, hecho a base de la Milicia Urbana.
--Señores--les dije yo--, no creo, claro es, que ustedes hayan venido aquí a tenderme un lazo, ni mucho menos; pero ustedes pueden muy bien engañarse respecto al espíritu del pueblo y de la Milicia, y yo, antes de idear un plan y de ser responsable de él, quisiera cerciorarme de lo que ustedes dicen.
Ríos me contestó que traerían una carta de tres comandantes de la Milicia Urbana corroborando lo que decían ellos, y que vendría al día siguiente un agente de Bolsa amigo mío llamado Robles. Vino Ríos con la carta y con Robles, y hablamos.
Robles me dijo que reinaba, efectivamente, gran descontento en el pueblo liberal; que las noticias de la guerra eran malas; que se acusaba al Gobierno de inactivo; que la Corte en la Granja se dedicaba a divertirse, y que todo el mundo decía que tenía que venir un cambio en la política. Era una época en la que había entusiasmo y fe en las nuevas ideas, entusiasmo y fe que luego han ido decayendo.
Ríos añadió que estaba todo preparado para un pronunciamiento de la Milicia; que el pueblo secundaría el movimiento, y que Andrés Borrego había visitado al general Quesada, y que éste daba su palabra de que la Guardia Real no atacaría a los sublevados.
--¿Cómo puede asegurar esto Quesada?--pregunté yo--. El está de reemplazo.
--Sí; pero tiene de su parte toda la oficialidad de la Guardia Real.
--¿Han pactado algo Borrego y Quesada?
--No.
--¿Está usted seguro?
--Sí.
Luego se supo que Borrego había conferenciado con Quesada y con dos jefes de la Guardia Real, el general Soria y el conde de Cleonart. En esta conferencia, que yo no conocía, se había pactado que la Milicia Urbana haría una manifestación. Borrego y Olózaga escribirían una petición a la Reina, firmada por los cuatro jefes de la Milicia Urbana, y, presentada la petición, la Milicia dejaría las armas.
Si yo hubiera sabido que Quesada estaba en el ajo, no entro en la combinación.
Quesada era un militar ordenancista, bárbaro e incomprensivo. Era muy valiente y de costumbres rudas, arrebatado, ajeno a todo miramiento; decía que no sabía mas que mandar y obedecer, declaración que basta para juzgar cualquiera. Muy duro en el mando, muy destemplado en el lenguaje, a pesar de creerse muy fijo en sus ideas, era completamente voluble.
Muchas veces dijo, refiriéndose a los liberales: «He de ser peor que Atila con esa canalla».
Un hombre como Quesada, que tenía por norma el no razonar, no podía ser hombre de ideas; así se le vió figurar en una época con los absolutistas, después hacerse masón, sentirse medio liberal y, al mismo tiempo, enemigo de la Constitución. Para él todas estas volubilidades e inconsecuencias se velaban con la disciplina.
Sólo a Borrego, a Espronceda y a González Brabo, gente que quería medrar sin esfuerzo, se les pudo ocurrir apoyarse en un hombre como Quesada.
Quesada en esta época, 1835, estaba de cuartel en Madrid. Le habían separado de la Capitanía General en enero, lo que consideraba como una ofensa a su persona.
Si, como digo, hubiese tenido conocimiento de la participación de Quesada en el asunto, hubiese llevado éste de otra manera muy diferente.
Hablamos Robles y Ríos, y quedamos de acuerdo en que el objeto de la sublevación sería:
1.º Apoderarse de Madrid.
2.º Nombrar una Junta Revolucionaria.
3.º Ponerse en relación con los sublevados de Zaragoza.
De acuerdo en esto, les dije que al día siguiente les daría mi plan. Fué el siguiente:
PLAN DEL PRONUNCIAMIENTO
(_Orden general para la Milicia._)
Pasado mañana, 15 de agosto, hay función de toros, y da el piquete de la Plaza la Milicia. Este piquete, en vez de disolverse al llegar a la Puerta del Sol, hará que sus tambores toquen generala, esparciéndose por la población. Los individuos de la Milicia, avisados, se irán reuniendo en la Plaza Mayor; se ocuparán las casas y se harán barricadas en las avenidas de los arcos. También se ocupará el telégrafo para impedir se avise al Gobierno. Una compañía se posesionará de la Puerta de Hierro e impedirá el paso al Sitio (La Granja), Hecho esto, se pondrá inmediatamente en libertad a Aviraneta, que dirá lo demás que debe ejecutarse.
AVISO A LOS ISABELINOS
Se avisará a las centurias de la Isabelina para que asistan el día 15 de agosto, día de la Asunción, a la corrida de toros. A la salida rodearán al piquete de la Guardia Urbana y provocarán todo el escándalo posible. Se alarmará al vecindario.
AVISO A LOS DIPUTADOS
Inmediatamente se avisará a los diputados liberales para que vayan a la Plaza Mayor y formen una Junta de Gobierno.
DISPOSICIONES INMEDIATAS
Si las tropas del Gobierno no se oponen, la Milicia se apoderará lo más rápidamente posible de la casa de Oñate, en la calle Mayor, de la Imprenta Real y del Principal.
Se fueron los militares y yo me quedé en la cárcel. Aquellos días estuve leyendo el _Diablo Cojuelo_, de Vélez de Guevara, que me prestó un preso, y pensando en la idea original del autor.
La tarde y la noche del 15 de agosto las pasé en una gran angustia. Al anochecer me pareció oír desde mi cuarto gritos y ruido de tambores; luego cesó todo rumor y volvió el silencio. Cuando a las diez de la noche vi que no venía nadie a buscarme, creí que el pronunciamiento habría fracasado. Yo pensaba--y en estas cosas se equivoca uno siempre--que podía fracasar el movimiento; lo que no se me ocurría es que, después de hecho con éxito, mis amigos no vinieran en seguida a sacarme de la cárcel. Sin embargo, así fué. Un pelotón de milicianos, pertenecientes a la Isabelina, quisieron venir; pero los centinelas no les dejaron pasar. Otros me dijeron que no habían ido a la cárcel por no molestarme. ¡Por no molestar a un preso retardar su libertad! ¡y retardarla creyéndolo necesario! ¡Qué absurdo!
Al día siguiente, domingo, a las nueve de la mañana, vinieron a buscarme a la Cárcel de Corte.
II
LO OCURRIDO
Una vez que no se entendían en una disputa de la Academia, dijo M. de Mairan: «Caballeros: ¡si no habláramos más de cuatro a la vez!»
CHAMFORT: _Caracteres y anécdotas_.
EL pronunciamiento se había hecho y estaba ya vencido. Al terminar la corrida del día de la Asunción, dos compañías de milicianos volvían formados por la calle de Alcalá, con la música al frente, tocando himnos patrióticos. El _Himno de Riego_ producía entre la muchedumbre tempestades de aplausos. La gente daba vivas y mueras, a cada momento más estrepitosos. Al llegar a la Puerta del Sol la algazara subió de pronto; comenzaron a oírse gritos de «¡Viva la libertad!», «¡Mueran los carlistas!», «¡Viva la Soberanía Nacional!». Al acercarse a la Plaza Mayor la Milicia había perdido las filas y se había mezclado con los paisanos.
De pronto sonaron unos cuantos tiros, se oyeron toques estridentes de corneta, y se inició el pánico en la ciudad. Se cerraron las puertas y ventanas de las casas, y los tambores comenzaron a tocar generala por las calles desiertas de Madrid, en distintos puntos de la capital. Se les había avisado a los milicianos que estuviesen preparados para el toque de generala, y se les vió que cruzaban presurosos las calles y corrían a reunirse a sus respectivos batallones, en los puntos que se les tenía señalados para caso de alarma. Luego, los batallones fueron a la Plaza Mayor y formaron a lo largo de sus cuatro frentes.
Se ocupó la casa de la Panadería y la de Oñate, en la calle Mayor, y se empezaron a hacer zanjas en los arcos. Se trajeron de los almacenes del Ayuntamiento maderos y carros y se cerraron las distintas calles que rodean a la plaza.
El segundo batallón de milicianos no entró en la Plaza Mayor, sino que quedó en la del Rey, con su comandante don Rodrigo Aranda, probablemente más inclinado a obedecer al Gobierno que a hacer causa común con los sublevados.
De noche se le avisó y se le envió hacia Puerta de Moros para que observara lo que pasaba con la tropa en el cuartel de San Francisco.
A las nueve de la noche se presentaron en la Plaza Mayor don Fermín Caballero, Chacón, el conde de las Navas, don Joaquín María López, Gaminde, Calvo de Rozas, y otros muchos, a proponer que se formara inmediatamente una Junta de Gobierno; pero Borrego, Espronceda, González Brabo, Ventura de la Vega, Olózaga y otros jóvenes dijeron que había que esperar la llegada del general Quesada; que éste era el director del movimiento y que él tenía que dar las órdenes.
Los liberales, en vez de obrar inmediatamente, se dejaron convencer.
A la misma hora Quesada había sido llamado por el secretario del Ministerio de lo Interior, don Mariano Zea, al Principal. Estaban allí el corregidor marqués de Pontejos y el capitán general conde de Ezpeleta. Se decía, sin duda, que Quesada tenía participación en el movimiento de los milicianos.
Zea y Ezpeleta, que estaban desprevenidos y no contaban en aquel momento con fuerzas, le dijeron a Quesada que debía ir a la Plaza Mayor a verse con los sublevados y a preguntarles qué es lo que deseaban y cuál era la causa de su movimiento.
Fueron Quesada, Pontejos y el concejal Roca a la Plaza Mayor, donde les esperaban Olózaga y Borrego. Quesada se quejó de que en el Arco de Platerías hubiese atravesados carros y maderos. Borrego le dijo que se quitarían. Subieron a una habitación alta del Ayuntamiento y se celebró una reunión. Quesada y Pontejos esperaron el resultado en un cuarto próximo.
En la reunión estaban los jefes de la Milicia: el duque de Abrantes, Gálvez, Castaño y José María Sanz; otros oficiales, como el capitán Ríos, el capitán Nocedal y muchos paisanos: Chacón, Espronceda, Gaminde y los diputados liberales.
Entonces Borrego dijo que el general Quesada conocía el origen del movimiento; que no pretendía ser mas que una manifestación de la Milicia Urbana; que después de dirigir una petición a la Reina se disolvería.
Los liberales quedaron extrañados. ¿Entonces, para qué nos han llamado?, se preguntaban. Chacón y el conde de las Navas insistieron en la formación de una Junta. Espronceda y Borrego replicaron que era desvirtuar el movimiento y que se había dado palabra al general de no ir más allá.
Se discutió entre unos y otros, y se apeló a los jefes de la Milicia, y éstos, en su mayoría, afirmaron que los milicianos no querían mas que hacer la petición a la Reina y disolverse.
Como no había unanimidad se dijo que convenía llamar a todos los jefes y oficiales de la Milicia Urbana y consultarles. En general, todos fueron partidarios de la exposición, seguida de la disolución inmediata.
Ante esto, los partidarios de la Junta cedieron, y Olózaga y Borrego entraron en un salón e hicieron como que redactaban un escrito, que ya tenían redactado. Después fueron a ver al general Quesada y le entregaron la exposición para que la llevara al ministro.
Pasaba el tiempo, y los milicianos en la plaza iban perdiendo el entusiasmo al ver que no se tomaban determinaciones rápidas. Algunos isabelinos empezaron a reforzar las barricadas de los arcos; pero el comandante Sanz y Borrego, con un grupo de oficiales, mandaron que se quitaran los obstáculos, pues se había prometido a Quesada dejar las puertas francas.
Con la exposición de los milicianos en el bolsillo entró en la sala Quesada, donde se discutió.
Borrego explicó lo ocurrido; dijo cómo se había escrito una exposición a la Reina; que una copia se había dado a Quesada para que la mostrara al Gobierno, y que los jefes de la Milicia querían ir a la Granja a entregarla a la Regente.
Quesada habló. Dijo las vulgaridades de cajón.
Que desaprobaba los tumultos de la fuerza armada contra el Gobierno constituído; que la Milicia Urbana no debía salirse del campo de la ley; que aquel acontecimiento favorecía a los partidarios de Don Carlos, y que él llevaría la exposición al Ministerio.
Con esto se retiró.
Chacón replicó que había ido engañado a la reunión, pues le habían avisado que se quería formar una Junta de Gobierno; que, puesto que se trataba de otra cosa, se retiraba, no sin advertir que la exposición tendría la eficacia de los paños calientes y del agua de cerrajas. Por otra parte, él no podía creer que el general Quesada fuera siempre tan atento con los Gobiernos constituídos, pues todo el mundo recordaba que el general, ahora tan respetuoso con lo establecido, había sido un faccioso y un rebelde en los años 22 y 23, en los cuales había mandado el Ejército de la Fe, que era una gavilla de asesinos.
Borrego y Espronceda no supieron qué decir, y Chacón y los suyos se marcharon. Su marcha fué un desencanto para los exaltados.
A media noche comenzaron en la plaza las discusiones y las riñas. Estaban encendidos los faroles y se habían hecho algunas hogueras. Hubo grandes peleas entre exaltados y pacíficos; los exaltados eran de Madrid, y a los pacíficos los llamaban de Guadalajara. Los exaltados decían que era una vergüenza haber servido de comparsas a Espronceda y a Borrego, con los cuales Quesada estaba jugando; los pacíficos respondían que no se habían comprometido mas que a aquello. Los exaltados insultaban a los pacíficos, y añadían que deshonrarían la Milicia si soltaban las armas. Entre conversaciones y discursos se bebió mucho y la exaltación volvió a los ánimos.
Mientras los milicianos discutían y reñían con furia en la Plaza Mayor, el Gobierno, representado por el capitán general de Madrid, el superintendente de policía, el secretario Zea, el alcalde, Pontejos, y el concejal Roca, discutieron la exposición de la Milicia llevada al Principal por el general Quesada y Olózaga.
Zea dijo que el Gobierno no podía resolver acerca de la mayoría de las peticiones sin las Cortes. Que en la exposición había que borrar estos puntos, para resolver los cuales no tenía atribuciones el Ministerio.
Volvió Quesada a la plaza a las cuatro, y Borrego redactó una nueva exposición, suprimiendo todos los puntos importantes de la anterior, y Quesada se encargó de llevarla al Ministerio. Al salir dijo que quitaran las barricadas, porque era inútil y peligroso dejarlas.
Salió Quesada de la plaza para el Ministerio, y tras él, una comisión de seis oficiales milicianos, con el duque de Abrantes a la cabeza, que iban a pedir al Gobierno que les diera pasaporte para llegar hasta la Reina y entregarle a aquella exposición tan venida a menos.
Estando los jefes en el Ministerio llegó una proclama, impresa en la Imprenta Real, con este título: «La Milicia Urbana de Madrid, al pueblo y benemérita guarnición».
Quesada les reconvino a los jefes urbanos por la proclama, y éstos protestaron de que no habían sido ellos los inspiradores de este papel. Pensaban que serían los amigos de don Fermín Caballero y de Chacón los que habían impreso aquello. Zea, entonces, haciéndose el enérgico, dijo que de ninguna manera podía dar los pasaportes a los que miraba como rebeldes, y el capitán general le dió la razón.
Zea supo en aquel momento que tenía la guarnición de Madrid segura, y por esto se sintió valiente.
Los oficiales, ya asustados, dijeron a Quesada que volviera a la plaza, y que entre todos convencerían a los urbanos para que se retiraran sin más exigencias.
Fueron de nuevo a la plaza Quesada, acompañado del coronel de la plana mayor de la Guardia Real, don Cayetano Urbina, y del teniente de caballería Pezuela.
En la habitación donde se habían celebrado las anteriores conferencias entraron los jefes, los soldados urbanos y los amigos de Espronceda y Borrego.
Quesada les recriminó por la proclama dirigida al pueblo, y Espronceda y Borrego dijeron que ellos no la habían escrito.
--Es la expresión de los sentimientos de la mayoría de la Milicia Urbana--saltó diciendo uno del público.
--No es cierto.
--Sí, sí; lo es. ¡Bravo!
Quesada, que iba incomodándose, dijo que era necesario que los sublevados quitasen las barricadas, pues si no, él se pondría a la cabeza de la Guardia Real y les dejaría sepultados bajo las ruinas de la plaza.
Quesada puso su cara de pocos amigos para decir esto. Borrego y Espronceda, agarrándose a la última tabla de salvación, afirmaron que se quitarían los obstáculos si la tropa se retiraba a sus cuarteles y se cumplía lo pedido en la exposición.
El general dió por terminada la conferencia y comenzó a bajar las escaleras refunfuñando, diciendo que iba a hacer una de las suyas.
Quesada apareció en los soportales de la plaza rodeado de los dos oficiales de la Guardia Real, de uniforme, y seguido de Espronceda, Borrego, Ventura de la Vega, Luis González Brabo, y otros.
Al ver que había obstáculos en el callejón del Infierno gritó a uno de los comandantes:
--¿No habíamos quedado en que desaparecerían las barricadas y que los milicianos se retirarían a sus casas?