El sabor de la tierruca

Part 9

Chapter 94,100 wordsPublic domain

--¿Qué puede ver y sentir? Un infierno de cosas y de impresiones. Ve, por de pronto, convertirse para él en leyes infalibles lo que para otros son coincidencias insignificantes. Por ejemplo: que las cartas sin valor que recibe y le hacen perder las bazas, son del palo de oros cuando da Fulano, ó del de copas cuando da Mengano; que siempre que éste enciende un cigarro ó el otro enreda con las fichas, le ganan á él un resto, ó le dan codillo, ó le acusan las cuarenta; que cada vez que Zutano se sonríe mirándole, le sacan uno á uno, y arrastrados ignominiosamente, los pocos triunfos que había podido adquirir... en suma, cada peripecia del juego parece fatalmente subordinada á un plan de la enemiga suerte. Jurara entonces que las figuras de la baraja, tendidas sobre la mesa, adquieren vida y movimiento, y que se burlan de él con sus caras ridículas y contrahechas. Pero hay algo más irritante aún que todo esto; y es una especie de diablillo que lo va señalando con el dedo para que nada pase inadvertido; diablo sin color ni formas, pero perfectamente visible á los ojos del espíritu excitado y vibrante. Toda esta infernal conjuración asedia sin descanso al jugador de mi ejemplo; y esto es lo que le incomoda y le saca de quicio; esto es lo que le ensoberbece y descompone, no los tres míseros ochavos que pierde en la partida; esto es, en fin, lo que no toman en consideración los hombres de «mucha correa» que le acosan en vez de ayudarle, no á ganar, que absurdo fuera entre contrarios, sino á vencer á los conjurados, con un poco de tolerancia y de afabilidad. ¡Valiente hazaña consuman los que de nada se quejan porque nada les duele! En cambio, quien tiene por naturaleza un manojo de cuerdas sonoras, ¿qué mucho que, cuando se le hiere, vibre alguna de ellas! Lo asombroso fuera lo contrario. Luego no se ha de buscar en él sólo el remedio contra ciertas desafinaciones de su temperamento, sino también en la prudencia de quienes se le acerquen y le traten.

--No me parece del todo mal esta teoría--dijo don Pedro,--aunque algunos reparos se me ocurren en favor de las gentes cachazudas que juegan para divertirse y no para ejercitarse en la faena espinosa de conjurar las demasías de un compañero atrabiliario; pero ¿á qué viene toda esa cuestión aquí?

--¡Pues me gusta la pregunta!--repuso don Juan de Prezanes.--¿He sido yo, por ventura, quien la ha traído?... ¿Ó piensas que me mamo el dedo... que no penetro lo que _se me quiere decir_?

--Por el amor de Dios, Juan, ¡no empecemos!

--¿Lo ve usted!... Ya voy yo á pagar los vidrios rotos.

--¡Te digo que no!

--¡Te digo que sí!

En este punto el altercado, entró Ana en la sala.

--Tiene razón mi padre--dijo muy formal y resuelta:--parece que se complace todo el mundo en llevarle la contraria. No es él quien ha sacado á relucir esa endiablada cuestión.

--Sí, hija mía, sí--añadió don Juan con nerviosa ironía:--sí he sido yo, el insufrible, el energúmeno de tu padre. Aquí todos son buenos, mansos é inofensivos... Ya lo ves: hasta tu madrina calla como una muerta, señal de que también ella me quiere endosar el mochuelo... Y es natural, ¡como yo tengo la culpa!... De todo, ¡de todo lo malo la tengo yo, hija mía! Aquí no oirás otra cosa.

--Pero ¿qué quieres que haga yo, Juan--dijo doña Teresa muy apenada,--si en cuanto comenzáis á hablar de eso ya me tiemblan las carnes! Lo que de buena gana haría, si pudiera, es poneros una mordaza algunas veces, como ahora.

--Con dar la razón al que la tiene, no se agravia á nadie y se evita que las cuestiones se caldeen,--observó don Juan de Prezanes.

--Pues figúrate que fué Pedro quien sacó la conversación...

--Yo no me he acordado de semejante cosa, ¡caramba!--saltó con presteza el aludido.

--Pues ni fué usted ni fué mi padre--dijo Ana.--Sépase de una vez la verdad: quien la sacó fué Pablo.

--¡Si no he desplegado los labios hace media hora!--respondió el mozo desde un rincón de la sala.

--Pues sería yo... ó el diablo, que es lo más seguro--añadió Ana, incomodada de veras.--¡Vea usted qué delito tan grave para que tanto nos empeñemos en sacudirnos de él! Tengan todos un poco de tolerancia, y verán cómo no pasan de lo justo las porfías.

--Por ese lado iban precisamente mis quejas,--exclamó don Juan.

--Pues se quejaba usted con muchísima razón,--repuso su hija.

--Lo cierto es--dijo Pablo, tal vez respondiendo más á sus recónditos pensamientos que á las palabras que oía,--que no bien comienza á sonreirle á uno un poco el corazón, ya tiene el nublado encima.

--Pues por esta vez al menos--contestó Ana,--no han de faltarte brisas que le esparzan... y le esparcerán... Ea, ¡ya le esparcieron!

Y como al decir esto se iluminara repentinamente la sala con los rayos de la luna, que reaparecía sin estorbos enfrente de las puertas del balcón, añadió con suma gracia, señalando al astro refulgente de la noche, mientras fijaba sus ojos picarescos en su padrino:

--¿Quién es el guapo que se atreve á desmentirme?

Celebró don Pedro con recias carcajadas la felicísima coincidencia, y aplaudiéronla los demás, excepto don Juan de Prezanes, que tuvo que morderse los labios porque no le _desautorizara_ la risa que le retozaba en ellos.

--Y ahora--prosiguió Ana,--sepan ustedes, si es que mi padre no lo ha dicho, como lo temo, que este santo que hoy se celebra aquí, tiene octava; en virtud de lo cual el señor don Juan de Prezanes invita á ustedes á tomar chocolate mañana en su casa, donde espera demostrarles que si en rumbo y en despensa hay quien le aventaje, á nadie cede en cariño y buen deseo. ¿No es esto lo que usted pensaba decir, padre?

--Cabalmente--respondió de muy buena gana don Juan, que no había pensado en semejante cosa.--Sólo que con la conversación...

--Se le fué á usted el santo al cielo--concluyó Ana.--Eso sucede siempre que se habla de lo que no viene al caso. Y con esto, si ustedes no disponen otra cosa, nos retiramos mi padre y yo, que ya es hora.

Marcháronse, en efecto, tras una cordial despedida; y con marcharse estos personajes, se acabó el asunto del presente capítulo.

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XIII

LAS ALAS DE CERA

Cuando Pablo y Nisco iban al cierro, su paso por las mieses de la vega era una continua observación y un incesante comentario.

--¡Lo que puede la desidia!--exclamaba, por ejemplo, el primero, delante de un prado con matorros y mimbreras.--Tres años hace no más que nació el primer escajo aquí. Con la punta de la navaja pudo arrancarse entonces: hoy da que rozar para medio día lo que se ve, y en una semana no desencasta los raigones el azadón. ¡Coja usted buena yerba así! Ni más ni menos que el que le sigue. ¿Te acuerdas de lo que era ese prado cuando le compró su dueño? La palma de la mano daba tanta yerba como él. Mírale hoy hecho una hermosura por beneficiársele mucho y á tiempo. Está visto que no hay tierra mala bien administrada, ni buena dejada en abandono... Después (yo no sé si tú has reparado en ello alguna vez): tal es la finca, tal es su dueño; según ella está de cultivo, así anda él de calzones.

--Lo que yo no acabo de entender--decía Nisco un poco más adelante,--es por qué esta tierra, que es buena de por sí, ha de perderse por la charca que tiene en medio, cuando con una sangría, por la parte de abajo, saldría lo que daña, sin llevarse la frescura que beneficia.

--¿Sabes de quién es la finca?--preguntábale Pablo.

--¡No he de saberlo?

--Pues sabiéndolo, ¿de qué te admiras, hombre? Su dueño es de los que ciegan de buena gana porque otros no vean. Esa sangría tiene que hacerse en el prado que le sigue y que peca de secano. Con las aguas que aquí sobran, ganaba mucho el otro, y hasta los de más abajo; y este hombre prefiere segar espadañas, juncos y rabos de zorra en agosto, en vez de yerba superior, á que el vecino la obtenga mediana por la virtud del riego regalado... Pues ¿qué diremos de esta heredad que hoy no da un garrote de panojas, en maíces tísicos, cuando antes era un granero de punta á cabo? Aprendió una vez el testarudo de su dueño que la cal es buena para las tierras, y, sin averiguar otra cosa, cuanta cal adquiere desde entonces, á la heredad con ella. Así la está abrasando, el pedazo de bárbaro, con lo mismo que, mezclado en las debidas proporciones, le produciría buenas cosechas.

--¡Qué quieres tú! No saben más.

--Pero saben reírse de quien les dice que se equivocan, como éste se rió de mí cuando le dije cómo debía hacerse uso de la cal, y en qué clase de tierras... ¡Buena va este año la heredad grande de tu padre!... ¡Vaya un bosque de maíces!... ¡Y qué muestra de _faisanes_!

--Milagros del abono, Pablo.

--Poca calabaza: así me gusta. Es fruto sin substancia y roba mucho á la tierra.

--Pero _campa_ en la heredad.

--Eso sí: gusta ver la planta, cargada de hojas como paraguas, arrastrarse larga, larga, dejando enredado acá un miembro y allá el otro, hasta poner al sol la cabeza sobre el retoño de la linde. Pero decía un médico viejo, á quien yo conocí, que de todas las calabazas del mundo no sacaría el mejor químico un adarme de substancia; y á esto me atengo. Fruto que no alimenta, ¿de qué sirve en la heredad, sino de estorbo?

Así llegaban al cierro, verdadero muestrario de cultivos; vasta extensión de terreno, labrado en la sierra inmediata al monte, bien soleado y circuído de un vallado con hondo foso, y erizado de una espinera blanca, recia y tupida, que en la primavera, cargada de flores, parecía un muro de nieve. Allí ensayaba Pablo sus atrevimientos de cultivador cuando estaba en el pueblo; y desde que era mozo y tan pronto como se acentuaron en él estas aficiones, nunca dejó de hacer una escapada desde la Universidad, con mucha complacencia de su padre, en la estación conveniente á sus propósitos; pues no era imposible, durante el curso universitario, acomodar las exigencias de las principales labores agrícolas á los días de vacaciones.

Cómo volaba el tiempo para Pablo mientras estaba allí metido con Nisco examinando el cierro planta á planta y yerba á yerba, ponderando esto y lamentándose de aquello, lo uno porque respondía fielmente á sus imaginaciones, y lo otro porque le había producido un desengaño, lo comprenderá el lector sin que yo se lo explique en largas consideraciones, que habrían de fatigarle, y á mí también. Y ahora le advierto que si digo todo lo que dicho queda en el presente capítulo, de los entusiasmos campestres de Pablo, no es porque yo me imagine que le sientan bien á un mozo de su edad estas formalidades precoces, pues bien sabe Dios que con ellas solas y sin las muchachadas por que le reprendió su padrino, y la sencillez y noble despreocupación de que nos ha dado muestras, más apto le juzgara para zagal de un idilio cursi, que para personaje de una novela realista; dígolo para que, teniéndolo en cuenta el que leyere, dé toda la significación que le corresponde á la actitud en que, al día siguiente de haber refrescado la familia de don Pedro Mortera en casa de don Juan de Prezanes, sin detrimento de la buena armonía, Pablo y su amigo, que no se habían visto desde la antevíspera, caminaban hacia el cierro del monte.

Iban el uno en pos del otro, lentamente y pensativos. Pablo tronchando yerbas y flores con una varita que llevaba en la mano, y Nisco, con la chaqueta al hombro y el sombrero sobre las cejas, arrollando y desarrollando maquinalmente con sus índices una hoja de maíz. Pasaron junto á un maizal en que habían hozado puercos muy recientemente, y ni una palabra arrancó á los caminantes el suceso; más adelante hallaron á una familia _cogiendo_ una heredad, cosa que nadie pensaba hacer todavía en la vega, y ni siquiera se cansaron en preguntar si el maíz aquél se cogía por _tempraniego_ ó para secarlo en el horno... Aunque vieran cuervos picoteando las panojas, y maíces tronzados ó seturas entornadas, señales de haber entrado bestias en la mies, y tal cual prado todavía con el pelo de agosto, seco, podrido y ya sin jugos... nada, nada les ofrecía motivo para una sola pregunta, ni los sacaba de sus tenaces meditaciones.

Databan éstas, que no eran tristes por cierto, de la misma fecha. Las de Pablo nacieron del consejo que le dió su padrino delante de Ana; las de Nisco, de su conversación con María. Desde entonces andaban los dos camaradas como pareja de palominos atolondrados. Pablo, como quien despierta de un sueño agradable y se deleita en armonizar ideas no muy acordes, y en grabar en la mente imágenes fugaces y confusas; Nisco, viendo y palpando cuadros de bulto, con luz de colores y auras de tomillo y malva rosa.

Entraron en el cierro sin hablar palabra, y con el mismo silencio llegaron al punto más alto de él... y allí se sentaron _subter viridi fronde_, quedando ante su vista el panorama de Cumbrales y lo mejor de su vega. Llenóse Pablo los ojos de aquel hermoso espectáculo, y el pecho de aquellos aires puros y fragantes, y no dejó Nisco de dar pruebas de que también sabía sentir la hermosura de la naturaleza. Diólas primero mirando con avidez aquí y allá, á pesar de sus cavilaciones; y, por último, rompiendo á hablar de esta manera:

--Lo que se recrea el hombre con visualidades como ésta, es mucho de todo, Pablo.

Nada respondió éste, y añadió el otro:

--Pues cuando uno tiene en sus adentros algo enternecida la entraña, por estimación á otra persona que le quita el sueño, dígote que cosa es que pasma cómo la ves onde quiera que pones los ojos, ni más ni menos que si la llevaras en ellos. Así es que resulta que esa persona, sin estar delante de tí en cuerpo y alma, es á modo de luz que te lo alumbra todo... Entiéndolo yo tal, sólo con las feguraciones de un bien querer... porque no cabe en lenguas ni en papeles lo que uno viera, en salva la ocasión presente, si en manos de uno estuviera aquello que apetece ó que puede apetecer, por convenirle.

Calló Nisco porque se enmarañaba y perdía entre estas metafísicas, y acaso también porque Pablo parecía estar más atento que á escucharle, á contar los varazos que se daba en sus piernas estiradas sobre el campo.

Tras otro rato de silencio, soltó Nisco, de repente y á quemarropa, esta pregunta á su amigo:

--¿Por qué no te casas con Ana, Pablo?

Con la cual pregunta sintióse el mozo tocado en lo más profundo del alma; sacudió el letargo en que yacía, enrojeciósele el semblante, y respondió, entre contrariado y satisfecho:

--¡También tú, Nisco?

--No pensé que naide me hubiera cogido en el dicho la delantera--replicó éste.--Siempre entendí que eso debía de ser; vino á cuento ahora, y te lo dije. Por las trazas, ¿otros más que yo te han cantado la mesma solfa?

--¡Muchos!--respondió Pablo con la mayor sinceridad.

Sólo á Nisco se lo había oído en el mundo; pero hacía cuarenta y ocho horas que se lo estaba aconsejando el corazón, y el pobre mozo pensaba que no le hablaban las gentes de otra cosa.

--Y ¿qué es lo que te para--volvió á preguntarle Nisco,--siendo cosa tan hacedera y conveniente?

--Ya trataremos de eso en tiempo y sazón,--respondió Pablo, mostrándose poco dispuesto á continuar hablando del mismo asunto.

Pasado otro ratito de silencio, dijo Nisco tímidamente:

--Pues, hombre... ya que de eso no, bien pudiéramos tratar de algo que se le asemeja, respetive... á otra persona. ¿Paécete, Pablo?

--Tú dirás,--respondió éste con escaso interés.

Se le bajó el color á Nisco entonces; empañósele la voz un tantico, señales de que iba á acometer arriesgada empresa, y habló así:

--Amigo eres mío, ú no le tengo en el mundo; un sentir me enternece de un tiempo acá, y contigo le quiero tratar como corresponde. Si, llegado el caso, el sentir te ofendiere, cuenta que no te le dije, y perdona... pero considera que si de él te hablo ahora, es porque ya no me cabe en la entraña.

Con este exordio se despertó un poquillo la curiosidad de Pablo. Miró éste á su amigo, y díjole para animarle:

--Veamos qué es ello, señor enamorado.

--Bien sabes tú--prosiguió Nisco,--que hay un decir que dice que la primera vez que se quiere es cuando se quiere de veras... Pues yo te puedo asegurar que ese decir es una mentira muy gorda. Quise yo á... esa probe muchacha que está loca por mí, y antojóseme que aquello y no más era lo que había que ver en el mundo. Paecíanme de mieles sus palabras, soles sus ojos, el mesmo cielo su cara, y su cuerpo, estampa de la gracia andando; pero, hablando con verdá, aunque todo esto me paecía, ni me quebrantaba el apetito ni me quitaba el dormir... como ahora me pasa con esto otro, Pablo; que tal es, que no puedo con ello. Yo nunca tuve este desgano que me añuda el pasapán; ni este temblor de allá dentro, que me engurruña y apoca; ni este acabarme en sospiros día y noche; ni esta congoja del arca, como tengo de antayer acá, sin hora de sosiego.

--¿Desde anteayer lo tienes, Nisco?--preguntóle su amigo.

--¡Desde antayer, Pablo; desde antayer lo tengo!

--¡Malos vientos corrieron ese día!--dijo Pablo sonriendo.

--¡Ni aunque hechizos los trajeran!--respondió Nisco sin penetrar la intención de su amigo.--Desde entonces es cuando ni el sueño me busca, ni el pan me sabe, ni el trabajo me _rejunde_[2]... Tal me pasa, Pablo; tal te cuento, y el por qué sabrás también, si no te ofende.

[2] Me luce.

--Vamos por partes--dijo Pablo, conteniendo á su amigo que iba animándose por instantes.--Supongo que esa mujer que tales impresiones te causa, valdrá más que Catalina.

--¡Qué tiene que ver!...

--Será más guapa...

--¡Qué tiene que ver!...

--Más rica...

--¡Qué tiene que ver!

--Vamos, una medio señora.

--Medio ¿eh?... ¡Tan señora como la que más!

--Y ¿quiérete como tú la quieres?

--Eso es lo que yo no sé á punto fijo, Pablo.

--Pero ¿lo sospechas?

--Barruntos y feguraciones tengo, que bien pudieran engañarme. Por eso quiero hablar contigo y oir tu paecer.

--Pues voy á dártele en seguida.

--¡Si no te he relatado el caso!

--No lo necesito... ni lo deseo,--dijo el mozo, muy formal.

Si receló algo que no le hizo gracia, jamás se supo; pero es averiguado que habló al hijo de Juanguirle de este modo:

--Nunca te pregunté, Nisco, por qué dejaste á Catalina; pues nunca me hablaste de ese asunto, y á mí no me gusta meterme donde no me llaman. Ahora me llamas, y te lo pregunto. ¿Por qué la dejaste?

--Porque me gustó _la otra_ más que ella,--respondió Nisco sin titubear.

--Pues eso es una mala partida, y, además, un mal negocio para tí. Así lo entiendo y así te lo digo. Tú, con tu chaqueta, tus rizos y tus labranzas, con el hacha en la mano ó bailando en el corro en mangas de camisa, eres un mozo como no hay otro en estos lugares; pero échate encima de repente una levita y arrímate á una señora, y hasta los muchachos te correrán; porque todo esto que has aprendido y antes no sabías, si te levanta mucho sobre los de tu condición, te deja todavía á cien leguas de lo que pretendes. Doy por hecho que una dama como la que sueñas te elevara á su altura de la noche á la mañana, porque hay gustos para todo: ¿qué ibas ganando en ello, valiendo, donde te ponían, mucho menos que tu mujer? Y yo creo, Nisco, que el matrimonio en que el marido no sabe guardar su puesto, es mal matrimonio; y el puesto se guarda valiendo el marido más que la mujer, es decir, siendo rey y señor de su casa, no sólo por más fuerte, sino por más entendido en cuanto les rodee en la esfera que ocupen ambos. Cuanto más tenga la una que aprender del otro, más se ufanará con él y más alta se pondrá en la consideración de las gentes. Pues dame el caso á la inversa, y verás á los dos en la picota de la zumba; porque esa es la ley... y así debe de ser. Y si esto sucede aun siendo la mujer y el marido de una misma alcurnia y de idéntica educación, ¿qué no sucederá cuando, además de ignorante, él es tosco destripaterrones, y ella una dama culta y discreta? Y ¿cómo la mujer que comienza por avergonzarse en público de las groserías de su marido, no ha de concluir por perderle la estimación, y hasta por aborrecerle en secreto? Pues á todo esto se expone, á mi entender, quien intenta lo que tú, de golpe y porrazo y sin limpiarse antes las costras del oficio, rodando mucho por el mundo y calándose los hábitos de señor por sus pasos contados. Éste es, Nisco, mi parecer.

Con las alas del corazón lacias y caídas le recibió el presuntuoso hijo del alcalde, que mayores alientos aguardaba de su amigo. ¡Y esa que Pablo sólo conocía hasta entonces el pecado! ¡Qué no se le ocurriera si también le fuera conocido el nombre de la pecadora!

Guardóle Nisco en lo más recóndito de su memoria, y callóse como un muerto.

No por verle mudo y abatido se ablandó Pablo, que era la misma sinceridad. Antes bien, tomó el punto donde le había dejado, y añadióle estas palabras:

--Por supuesto, que tú no estás enamorado.

--¡Que no?--exclamó Nisco casi haciendo pucheros.

--No--insistió Pablo.--El amor necesita algo en qué fundarse, y aquí no hay más base que el viento de tu cabeza. Eres presumido; eres ambicioso; antojósete que venían las cosas por el camino de tus deseos... y eso es lo que hoy te atolondra: la hinchazón de tu vanidad, por una ganga entre cejas. Ni más ni menos. ¡Y por esa majadería, que no pasa de un sueño tonto, dejas á Catalina!

--¡Dale con esa... miseria!--gruñó Nisco despechado y nervioso.

Cargóse Pablo de veras, y le enderezó estas razones:

--¡Miseria Catalina!... ¡la mejor moza del pueblo! ¡tan rica como tú! ¡honrada como la que más!... ¿En qué la aventajas, meleno? ¿Dónde habría matrimonio más igual ni más lucido? ¿Dónde te vieras tú más honrado, más en tu puesto, más rey y señor de tu casa, que siendo marido de Catalina, que se miraría en tus ojos y te adivinaría los pensamientos? Y ¿qué otra cosa necesitas tú, con la cuna en que naciste, la educación que tienes y el oficio que traes, para no envidiar ni al rey en su trono?... Yo no sé adular, Nisco.

--¡Bien se te conoce, paño!--respondió éste, de muy mal humor.

--Tú lo has querido.

--Es verdá; pero no lo conté tan amargo.

--Por tu bien lo dije como á mí me sabe.

--Se agradece el deseo, Pablo; pero... cada uno es cada uno... y yo me entiendo.

--Pues buen provecho te haga lo que te espera, si oyes más á tu vanidad que á mis consejos.

Y con esto se acabó la conversación. Levantóse Pablo, imitóle Nisco; y ambos, después de dar una vuelta maquinal por el cierro, sin hablarse palabra, volviéronse á Cumbrales, mudos también: pensativo, pero no triste, el uno; acongojado, lacio y gemebundo el otro.

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XIV

POR LO FINO

Pablo contaba uno á uno los días que iban corriendo sin que desapareciera la extraña impresión que le había causado aquella palabra prosáica y vulgar, dicha por su padrino delante de Ana, y observaba, con asombro, que cuanto más tiempo corría, más honda se le grababa dentro de su corazón. Arrastrábanle fuerzas invencibles y desconocidas hacia el objeto de sus nuevas ansias; y, al hallarse á su lado, antes crecía que se calmaba la singular anhelación de su espíritu. Porque Ana no era entonces la traviesa y desengañada amiga de otras veces, que le entretenía, sin cautivarle, con donaires y zumbas en casto y fraternal abandono. Parecía haber perdido el atrevimiento, ó, cuando menos, la confianza; y á menudo encomendaba á sus ojos tímidos empresas que debían acometer los labios. Estas miradas, al hallarse en el camino con las de Pablo, producían choques magnéticos, que repercutían en el corazón del sencillo mozo y se revelaban en Ana enrojeciendo sus tersas mejillas, y aquel color era para Pablo algo como fuego en que iba fundiéndose poco á poco el hielo de sus pasadas frialdades.