El sabor de la tierruca

Part 8

Chapter 83,819 wordsPublic domain

Andaba éste en tentaciones de pedir á Catalina á la hora menos pensada; visitábala por las noches, en presencia de toda la familia, pues este favor no se niega jamás en ninguna cocina montañesa, y gustábale mostrarse rumboso ante la gente de Cumbrales, por lo que esto pudiera servirle de recomendación á los ojos de su novia, que, dicho sea de paso, no se los ponía de resistencia, aunque sólo con el disculpable propósito de encender resquemores en el pecho de Nisco. Tomaba Chiscón la buena acogida por donde más le halagaba, y proponíase abreviar los procedimientos, por lo que pudiera ocurrir. De esto se había hablado algo aquella tarde entre él y el Sevillano, que con sus consejos y protección le ayudaba, y hasta acababa de brindarse al de Rinconeda para _limpiarle_ de estorbos el camino, si por estorbo tenía á Nisco todavía. Cabalmente había sido el hijo de Juanguirle el causante de que Catalina no le diera cara cuando él la pretendió. Y bien sabe Dios que si Nisco le hizo desalojar la calleja más que á paso, fué porque él no llevaba encima _la herramienta_, y el otro comenzó á ventear el garrote. ¡Si le tendría ganas el Sevillano! Agradecióle el brindis Chiscón, pero desechó el servicio por innecesario.

En esto llegó Tablucas, que no habló de sus máquinas ni sacó los papeles de su pleito. Traíale últimamente muy preocupado y absorto otro asunto harto excepcional y perentorio; y por esta herida respiraba solamente, y de esto hablaba en todas partes, y de esto habló allí entonces tan pronto como se sentó y le pellizcaron la lengua Resquemín y el Sevillano, que ya conocían el conflicto.

--De lejos todos somos valientes--decía el hombre de los inventos y de las herencias, respondiendo á las chanzas de los otros;--pero allí vos quisiera yo ver, ¡córcia! allí, en la soledá de la noche, clamando la familia aterecía de espanto; y tamborilazo va y tamborilazo viene á la puerta. ¡Vos digo que aquello levanta en vilo!...

Aquí estaba el asunto cuando entró en la taberna don Baldomero. Arrimóse al lado libre de la mesa, sentóse perezosamente, y dijo, después de dar entre dientes las buenas tardes:

--Resquemín... la _sosiega_.

El tabernero tiró de pronto la tiza contra la pared, púsose en jarras, y moviendo á uno y otro lado la cabeza, sin apartar de don Baldomero los ojos de gato irritado, comenzó á decir con su voz atiplada:

--Me paece á mí, ¡jinojo! que el día menos pensao le va á _resquemar_ á alguno el mote en la asadura; porque ¡jinojo! si piensan que yo soy guitarra para dejarme tocar de todo chafandín que á bien lo tenga, ya estáis aviaos... ¡Porque ¡jinojo! cuando á mí se me sube el tufo á la cabeza, soy tan hombre como el que más!... ¡Y no digo más!... ¡Y ésta y no más!... ¡Pues no faltaba más!... ¡Jinojo!

--¡Ingrato! ¡mal tabernero!... ¡Después que te lo digo para adularte, me riñes todavía?

Á esta chanza socarrona del impasible don Baldomero, replicó Resquemín hecho una lumbre:

--¡Yo no necesito las adulaciones de usté ni de naide, jinojo!... Yo me futro en ellas ahora y siempre; y en usté... y en todos los presentes... y en el mundo entero, ¡jinojo! que no estoy aquí para recreo de naide, sino por el mío, ¡jinojo!... Y el día que me dé la gana, dejo el oficio, ¡andando! que para eso tengo posibles... Y si me da el real antojo, echo todos estos trastos á la calleja, ¡rejinojo!... y si me apuran un poco, lo hago ahora mismo... ¿ve usté este vaso? ¿le ve usté bien? Pues éste es el caso que hago yo de este vaso... (Y no le rompió.)--¿Ve usté esta botella? ¿la ve usté bien? Pues éste es el caso que hago yo de esta botella. (Y la dejó donde estaba.) ¡Á mí con esas, jinojo!... ¡Si soy yo más hombre!... ¡Con burlas á mí!... Valiérales más á algunos pagar á menudo las cuentas; que á fe que la hay con más renglones que la letanía de los Santos, ¡jinojo! Y no digo de quién, porque no me da la gana: por eso... ¡Y no hay más que eso!... ¡Y sobra con eso!... ¡Jinojo!...

Después abrió los bastidores de un armarillo, y volvió á cerrarlos, y tornó á abrirlos, y al cabo cogió un vaso pequeño, le llenó de aguardiente y se lo llevó á don Baldomero.

--Aquí está la sosiega--dijo plantando el cortadillo en la mesa.--Y ¡jinojo!--continuó,--naide se extrañe de que el hombre se remonte un poco á lo mejor... porque no es uno de peña, ¡jinojo!... Y buenas son las chanzas, pero no tanto que ofendan. Tanto me estimas, tanto te aprecio. ¿No está esto en ley?... ¡Pues vívase en ley!... ¡Esa es la ley... jinojo!

Así era aquel hombre.

Chiscón y el Sevillano, sin hacerle maldito el caso, seguían comentando, medio en serio y medio en broma, los relatos de Tablucas.

--La primera vez--dijo éste, cuando calló Resquemín,--pensé que era algún vecino que llamaba con apuro. Salí corriendo, abrí la puerta... y ná, por más que miré aquí y allí. Pregunté á la viuda... porque ya sabéis cómo está la mi casa... desde aquí se ve enfilá con el esconce de la iglesia: tal como aquí está ella, y pegante por la derecha la de la viuda de Pedro Jelechos; en un mesmo portal... puerta con puerta, vamos. Pregunté á la viuda, y díjome que ni ella había llamao ni había oído porrazo alguno. Un bardalón tremendo rodea por detrás las dos casas... por allí no puede saltar naide á los huertos, ni tiempo tuvo de esconderse en ellos después de llamar, porque yo abrí tan aína como oí los golpes, y el corral no tiene más salida que la portalá; las tapias son muy altas, y en el corral no se vió alma viviente, ¡y eso que la luna alumbraba de firme! Bueno. Á la otra noche, estábamos cenando, y ¡plun! de repente, ¡zas! á la puerta. ¡Cristo mío, qué tamborilazos! ¡Naide probó más bocao allí! En esto se oye una voz, como de alma en pena, que dice por el ojo mesmo de la llave:--«¡El que salga afuera en toa la noche, ó quiera saber quién llama, perece!...» Quedéme patifuso, y entendí que la mujer y los hijos fenecían de temblor. ¡Como no saliéramos, córcia!...

--¿Y á la otra noche?--preguntó el Sevillano, que no apartaba la vista de los ojos de Tablucas.

--Á la otra noche--continuó éste,--ná, porque arreció el ábrego... ¡y esto me da á mí mucho que cavilar! ¿Hay juriacán ó negrura? Ni un soplo se oye allí. ¿Hay sosiego y luna clara? Pus ¡leña á la puerta! De modo y manera que, por unas ó por otras, de mi casa no sale una mosca tan aína como anochece... Y esta vida traigo dos semanas hace... ¡Decíme vusotros, córcia, si tal vida se puede aguantar!

Don Baldomero, en tanto, fumaba, sorbía alguna que otra vez, y parecía no dar la menor importancia al relato de Tablucas.

Preguntóle Chiscón si sospechaba de alguien, y respondió el atribulado personaje:

--¡Córcia, si sospecho!.,. Y no lo digo por la viuda, aunque mujer es de laberintos y tapujos y de un vivir como es público y notorio desde que le faltó el marido y paece que le cayeron las Indias en casa, según lo que se peripone y redondea, cuando, en pura equidá, debiera andar á la limosna, sola y sin bienes como se ve... Más poder tiene que ella y que todo hombre nació quien la mi puerta aporrea sin fegura corporal como nusotros. Lo que con ese ultraje se busca en mi casa, no lo sé á la presente; pero tocante á quien me le hace... ¡córcia si lo sé! Y lo sé, porque lo he visto... ¡lo he visto con estos mesmos ojos!... Y al auto de ello, vos diré que en una de las noches de los tamborilazos, no teniendo pecho para abrir la puerta, subíme al sobrao, y por un ujero de la ventana miré hacia el Campo de la Iglesia, por si descubría á alguno que corriera hacia acá, cuando veo encima de ese murio viejo que pega con el mi corral, y mira que mira hacia mí, un perrazo blanco y negro, que no miento si digo que era tan grande como el toro de la cabaña. Á la otra noche, el mesmo perro en el mesmo sitio... y siempre que hay garrotazos en la mi puerta, el perro en el murio. ¿Qué hace allí ese perro, córcia? ¿Qué perro puede ser ese? ¿Qué ha de ser ese perro sino _ella mesma_?

--Y ¿quién es ella mesma?--preguntáronle.

--¡Pus la Rámila, córcia... la Rámila! Pondría las dos orejas á que es ella. Y si miento ú no miento, ha de saberse pronto, porque tengo en el magín una idea... que se verá en su día... Y no digo más, ¡córcia!

Apuró don Baldomero el último trago de la sosiega, y dijo á Tablucas:

--Pues yo te daría un consejo... si estás en tus cabales cuando oyes los linternazos á la puerta y ves el perro en el murio.

--Lo oigo y lo veo como á usté á la presente; y lo oyen y lo ven la mujer y los hijos. ¡Ojalá no lo viéramos ni lo oyéramos pizca!

--Pues mi consejo es que hables poco de ello y que sigáis cerrando la puerta al anochecer... por si acaso te baldan de un garrotazo. Por de pronto--añadió don Baldomero cogiendo la baraja que estaba sobre la mesa,--vamos tú y yo á meter mano á estos dos valientes, en un partido á la flor; y eso te distraerá un poco.

--Hasta el anochecer y no más, ¡córcia!--replicó Tablucas;--porque en cerrando la noche, no será el hijo de mi padre quien pase junto al murio.

--Yo te aseguro que estando conmigo--díjole don Baldomero,--nada malo han de hacerte las brujas: soy un puro amuleto de los pies á la cabeza.

Aceptóse de buena gana el desafío por el Sevillano y Chiscón, á quienes tenía muy suspensos el relato de Tablucas, y se dió comienzo á la partida.

Es cosa averiguada que aquella noche, por indicación del jándalo, en lugar de ir el de Rinconeda á casa de Catalina por la calleja contigua al murio, como de costumbre, se dieron ambos un paseo, _para tomar el aire_, por la barriada opuesta; y desde allí, rodeando mucho, llegó á su casa el Sevillano, admirado, por primera vez en su vida, de lo que ladraban los perros en Cumbrales en cuanto anochecía, y siguió Chiscón, solo y relinchando, en busca del norte de sus pensamientos.

[Ilustración]

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XII

MEDIAS TINTAS

Bueno estuvo el agasajo aquél!... ¡bueno de veras!... Primeramente, conservas de guindas y ciruelas claudias, queso de Flandes y miel de abejas; después, chocolate con _sobadas_ de manteca y bollos de Mallorca; y para endulzar el agua, azucarillos de color de rosa. De todo había en la despensa, gracias á Dios. De lo uno, porque abundaban los frutales y los _dujos_[1] en la huerta, y las vacas de leche en los establos de don Pedro Mortera; y las manos de su señora (y aprovecho esta ocasión para decir que se llamaba doña Teresa Coteros, cepa de lustre en la Montaña), así como las de su hija, se pintaban solas para entender en ese ramo de golosinas. De lo demás y otro tanto, como la villa estaba cerca, nunca faltaba en casa la necesaria provisión.

[1] Colmenas.

Repito que estuvo bueno, ¡bueno de veras! el agasajo, servido en amplia mesa, en mitad de la sala. Pero ¡bien le hizo los honores y le ponderó el complacidísimo don Juan de Prezanes!

--¡Buen punto de dulce!--decía al probar el de guinda.--En este ramo, Ana, tienes que bajar la cabeza delante de tu madrina: no llegas á ella... ¡y eso que lo haces bien! En cambio, no hay repostero que entienda las compotas como tú.

--Pues mira cómo te equivocas--respondió su comadre:--ese dulce es obra de María.

--¿Sí? Pues es señal de que la discípula va á dar quince y raya á la maestra. Sea enhorabuena, muchacha.

Al tomar luégo chocolate, exclamó, después de olerlo y de probarlo:

--¡Soberbio!... Esto es _de tres hervidas_, como mandan los inteligentes: el chocolate ha de _subir_ tres veces en la chocolatera; luégo un poquito de reposo, y á la jícara en seguida... Dame un par de rebanadas de ese pan tostado, Pedro... y esa mantequilla fresca para untarlas... ¡Cosa exquisita!

--El apetito que tú tienes, Juan--díjole su compadre,--y los buenos ojos con que lo miras todo. ¡Eso sí que es exquisito!

--No te diré que no, Pedro; que con el ánimo atribulado, suelen los estómagos ser melindrosos. Pero no por eso deja de ser bueno lo que lo es, como esto que yo alabo... Arrima hacia acá esos bollos de Mallorca, Teresa, que esponjas de miel deben ser para el chocolate... ¡Bien á mano los tenías, mujer, para regalarme hoy con ellos!

--Ayer se hicieron, Juan,--respondió doña Teresa arrimando la canastilla llena de bollos á su compadre.

--¡Mira qué á tiempo!

--¡Ésta sí que es obra de María!--exclamó don Juan de Prezanes saboreando parte de uno, mojado en chocolate.

--Pues cabalmente los hizo mi madre--respondió, riéndose, María:--lo mismo que las sobadas.

--¡Superior estaba también la que he comido!

--Torpe andas hoy, Juan, en tus presunciones--díjole don Pedro Mortera con socarronería;--y esa torpeza no es disculpable en un jurisconsulto viejo, que debe tener buena nariz para todo.

--Cierto es eso, Pedro amigo; pero ¡hace tanto tiempo que dejé el oficio!... Sin embargo, no he olvidado el principio fundamental de la recta justicia: _Suum cuique tribuere_; en virtud del cual, doy á tu mujer la enhorabuena que pensaba dar á María. Conste que te felicito, Teresa.

Y así por el estilo. Á todo lo cual callaba Pablo y no decía Ana mucho más que su amiga, que también callaba. Verdad es que don Juan de Prezanes no dejaba meter baza á nadie, porque hablaba por todos.

* * * * *

Media hora después de anochecido, Ana y María estaban en un rincón de la solana, embutida entre los dos cortafuegos, muy salientes, de la fachada. El aire continuaba siendo seco y pesado, y no había que temer daños del relente. Ana se mecía sobre los pies traseros de una silla, apoyando las puntas de los suyos diminutos en los gruesos y torneados balaustres del balcón, para guardar el equilibrio, cuando no descansaba reclinando la silla contra la pared. María, sentada á su lado, contemplaba la luna, redonda y resplandeciente como un disco de oro bruñido, en el no muy ancho lugar que los nubarrones le dejaban libre en el cielo; y aun allí no imperaba á su antojo sobre las tinieblas de la noche, pues de vez en cuando empañaban sus fulgores pardos crespones que el viento llevaba por delante en la senda que recorría en el espacio. Estaban envueltas en sombra las montañas, y sólo las del Sur perfilaban sus crestas gallardamente sobre un fondo diáfano y luminoso.

Rato hacía que las dos jóvenes callaban. De pronto Ana, cuyo carácter alegre y travieso no la permitía hacer largas amistades con el silencio, exclamó contemplando también la luna:

--Mírala, mujer, qué rechonchaza y papujona sale ahora. ¡De qué buena gana la daba un par de carrilladas en aquellos mofletes! Asomando entre las nubes, me recuerda la cara de tía Pepa Tortas, cuando se quita la muselina.

María se echó á reir, y preguntó á su amiga:

--¿De veras hallas en la luna cosa que se parezca á un rostro humano?

--Yo no he visto eso en otras lunas que las pintadas en el calendario, María; pero, forzando un poco la imaginación, se distingue algo como nariz...

--Pues yo no veo sino un rimero de manchas...

--Justo, lo que ven los muchachos de Cumbrales: una vieja sentada encima de un coloño de espinos. Estaba robándolos de noche, y, en castigo, la sorbió la luna.

--Así dicen.

--Por bien poco se atufó esa señora... ¡Si el robo hubiera sido de un bolsillo de onzas siquiera!...

--¡Esta sí que no es ilusión, Ana!... Mira aquella nube amarillenta y sola, á la derecha de la luna. ¿Has visto cosa más parecida á un león agazapado?

--Algo tiene de eso, efectivamente... Pero si á ver vamos, mira estas pardas de la izquierda: yo veo en ellas un caballo á escape, y otro á su lado mordiéndole las crines; y detrás, un rebaño... no sé de qué; y hasta los pastores con sus palos...

--¡Ave María purísima! Yo no veo señal de esas cosas.

--Pues yo sí, y no me asombran, que, aun sin subir tan arriba, se ven otras mucho más raras. Aquí abajo, en Cumbrales mismo, hay mujer que á su amiga ¡qué digo amiga! á su hermana, le oculta el sentir de su corazón.

--¿Volvemos á lo de antes, Ana?

--Sí, señora... ¡y mucho que vuelvo! porque eso no se hace. ¡Tener ya envejecido, como quien dice, un amor en el pecho, y necesitar yo, su amiga y confidente, sacarle con tenazas lo poco que he llegado á saber!...

--Y ¿qué adelantaríamos, Ana, con que yo te hubiera dado cuenta de todo?

--Lo que se adelanta siempre en esos casos: por lo menos, hablar de ello á menudo.

--Un imposible. ¡Buen asunto para nuestras conversaciones!

--Se habla sobre el mejor modo de vencerle.

--Como yo sé que no le he de vencer...

--Pues se la riñe á usted por haberse metido en tales honduras á tontas y á locas.

--Cuanto más se manosea una herida, más duele: es preferible hacer lo que yo hago, considerando la mía incurable: tratar de olvidarla en silencio.

--Pero, María--dijo aquí Ana acercando más su silla á la de su amiga,--hablando con toda formalidad, ¿será posible que los síntomas que vengo observando en tí algún tiempo hace, y las pocas palabras que he podido arrancarte, acusen real y verdaderamente una enfermedad de tal naturaleza?

--¿De qué naturaleza?--preguntó María sorprendida.

--Me has asegurado que jamás tu padre aprobaría esa elección que has hecho...

--Y es la verdad.

--Porque hay entre él y esa persona poco menos que un abismo.

--Cabal.

--Pues en ese abismo es donde se pierde mi curiosidad, María; que aunque todos los abismos convienen en ser «negros é insondables,» según la fama (yo no he visto ninguno todavía), debe haberlos más y menos espantosos... y hasta más y menos necesarios; y tales riesgos pueden existir para tí al otro lado del tuyo, que mi padrino haya obrado como un sabio al ponértele delante.

--Muchas gracias por el consuelo, Ana.

--No te lo dije por mortificarte, María, y perdóname... pero escucha. Hay matrimonios, llamados imposibles, por discordancias de caracteres entre las dos familias interesadas; por diversidad de ideas religiosas ó políticas; por notable desequilibrio en los bienes de fortuna ó en la honra personal; por diferencia de alcurnias; y, por último, los hay que, además, son ridículos, y si me apuras, grotescos, por no concordar los novios ni en caudales, ni en jerarquía, ni en educación. Con franqueza, María, ¿cuál de estos casos es el tuyo?

Á lo cual dijo María con calor:

--¿Me prometes, si te lo confieso, responderme con la misma franqueza á las preguntas que yo te haga después?

--¿Sobre asunto parecido?--preguntó Ana.

--Idéntico,--respondió María.

Sonrióse aquélla y dijo:

--¡Qué más quisiera yo, hija mía, que tener algo de eso que contarte!

--No trates de curarte en sana salud.

--Te contaré hasta mis _aprensiones_: ¿quieres más?

--Eso me basta. Trato hecho, y empiezo á cumplir mi compromiso... es decir, á responder á tu pregunta.

En esto se oyó vocear á don Juan de Prezanes, que con sus compadres y Pablo continuaba charlando, á obscuras, en la sala. Sobresaltóse Ana, más por lo especial del sonido que por la fuerza de la voz, y dijo á María interrumpiéndola:

--Se me antoja que no ha de ser muy duradera esta reconciliación si se dejan los genios á su albedrío. No va á haber otro remedio, María, que armar un pronunciamiento entre nosotras.

--¿Qué temes ahora?--preguntó María.

--Escucha á mi padre.

La voz de éste era recia y destemplada entonces.

--Ya que el diablo ha metido aquí la pata--decía,--echando sobre la mesa la envenenada manzana de la sempiterna cuestión de los genios dulces ó amargos, déjese á cada cual defender el suyo en buena lid, que hablando se entiende la gente, y no metiéndose los dedos por los ojos, ¡caramba! Yo no pretendo ser mejor que nadie; pero tampoco me conformo con que otros presuman de ser mejores que yo. La forma no importa dos cominos: el fondo es lo que hay que mirar; justamente lo que menos se mira y se respeta en el mundo. Estoy cansado de oir: «don Fulano... ¡gran sujeto!... persona muy atenta, muy fina, incapaz de faltar á nadie;» y todo porque don Fulano jamás dijo una palabra más alta que otra, y tiene siempre una sonrisa en los labios... hasta cuando despluma á su vecino, ó vende la amistad jurada por un puñado de dinero ó por cosa que lo valga. Pues al contrario: «¡don Perengano!... ¡no se le puede aguantar; es un grosero, una fiera!» porque don Perengano se tasa en lo que vale y no engaña al mundo con sonrisas falsas.

--Te sales ya del carril, Juan--dijo entonces don Pedro.--Bueno es que el hombre lleve el corazón en la mano; pero en lo puramente genial, hay que irse con mucho tino; hay que contenerse, que dominarse un poco...

--Justamente, Pedro. Pero que no se eche toda la carga al irascible; que empiecen por contemplarle algo los que saben de qué enfermedad padece; que no le irriten; que no le puncen; que le concedan siquiera lo que en justicia se le debe... Y esto me trae á la memoria un ejemplo de todos los días. Cuatro personas se ponen á jugar, por pasar el tiempo. Tres de ellas son de las llamadas _de mucha correa_. Pierden, y permanecen serenas, inalterables, atentas, finas y comedidas en todo: lo mismo que cuando ganan. La otra persona es un hombre de los míos: nervioso, irritable, sulfúrico. Tócale perder á él y comienza á descomponerse, y acaba por ser, real y verdaderamente, inaguantable... Pero ¿por qué? Por la falta de consideración de los demás. Lo que pierde es insignificante; y no es esto lo que le irrita. Acaso sea él el más desinteresado de todos; quizá, fuera de allí, sea un manirroto para el dinero, al paso que los otros tres den primero un diente que un ochavo. Pero á las primeras señales de su inquietud, comenzaron los señores «de mucha correa» á dejar de tenerla para él; á irritarle con gestos de desagrado, con sonrisas de burla ó con palabras acres; hasta que, en fuerza de avivarse el fuego, llegó éste á la pólvora y voló la santabárbara.

--Pero ¿por qué el irascible no se contiene antes de dar ocasión á que sus compañeros, con razón sobrada, comiencen á renegar de él?

--Porque no puede: lisa y llanamente porque no puede. Cuando «los hombres de correa» pierden, no ven más sino que no ganan, que _se les niega el naipe_ y que se levantarán de la mesa con unos reales menos de los que tenían en el bolsillo cuando se sentaron. Esto es todo lo que ven y esto es todo lo que _sienten_: nada de lo que siente y ve el otro.

--¿Qué puede ver y sentir ese otro, que más valga en el juego, aunque sea éste por mero pasatiempo?